Aprender es arriesgarse a errar. El que nunca se equivoca es el que no hace nada. Lo decía lapidariamente Théodore de Banville: “Los que no hacen nada nunca yerran”. No hay mayor equivocación que pretender evitar cualquier equivocación. El temor a equivocarse puede resultar paralizante. Si quienes estudian un nuevo idioma sólo repiten las estructuras sintácticas que ya dominan, no aprenderán nada nuevo. Los que se arriesgan a utilizar nuevas estructuras, es probable que se equivoquen. Esa equivocación es una señal de progreso. Quien aprende a conducir, meterá alguna vez mal las marchas, pero podrá aprovechar ese error para hacerlo luego bien.
Hace ya más de cincuenta años decía Gaston Bachelard que “se conoce en contra de un conocimiento, destruyendo conocimientos mal hechos, superando lo que en la mente hace de obstáculo”. Viene a decir que no hay verdad sin error rectificado.
Leí hace tiempo un pequeño libro de Jean Pierre Astolfi titulado “El error, un medio para enseñar”. Dice el autor que si analizamos el error podemos comprender qué obstáculos existen para el aprendizaje. Por eso, el profesor puede decir a los alumnos: “Vuestros errores me interesan”. El error es un indicador de procesos. Los errores no son fallos condenables sino ocasiones para identificar los obstáculos.
Voy a poner un ejemplo, entre los miles que se producen cada día en las aulas. A un niño le pregunta el profesor:
- ¿Por qué fueron expulsados los judíos de la península?
El niño contesta:
- Porque no quisieron dejarse hacer fotos.
El profesor, sorprendido, requiere una explicación arrugando el entrecejo:
- Lo dice mi libro, asegura el niño con tranquilidad y con aplomo.
- ¿Qué es lo que dice tu libro? No puede ser. Lee de nuevo con atención. Lee despacio.
El niño lee: “Los judíos fueron expulsados de España porque no quisieron (titubea, titubea) retractarse”.
El profesor descubre a través del error que el niño confunde dos conceptos muy distintos: retratarse y retractarse. Puede explicar sus diferencias. Puede hacer referencia a la aparición de la técnica fotográfica y situar ambos hechos en su justa cronología. Puede ayudarle a leer con atención.
Hay que explorar en el contenido del error, en su naturaleza. No basta detectarlo. Si un niño se equivoca en una suma y no sabemos si la equivocación obedece a que no sabe distinguir unidades, decenas y centenas, a que lo sabe pero desconoce el mecanismo de “llevarse”, si sabe ambas cosas pero se equivoca en la suma…, no podremos encauzar debidamente la enseñanza.
Es preciso ponerse de acuerdo en lo que vamos a considerar un error, descubrirlo y analizarlo con precisión. Y luego ver cómo y por qué se produce. Finalmente, hay que aprender del error.
A un alumno le preguntan cuáles son los fines de la misa. Con el mayor aplomo contesta:
- Podéis ir en paz. Demos gracias a Dios.
¿No tiene el niño algo de razón? En el error hay, a veces, partes de verdad. De otra verdad. Resulta pernicioso el culto a la respuesta única, que es la que tiene en la cabeza aquel que pregunta. Sobre todo, cuando posee el conocimiento hegemónico y cuando tiene el poder de evaluar, el poder de sancionar
No es suficiente cometer un error para se produzca el aprendizaje. No, si no se reconoce, si no se sabe por qué se produce y cómo se puede corregir. Hay quien se obstina en los errores cometidos, quien no los reconoce. En ese caso, será difícil aprender del error. Eso le sucede a quien se considera en posesión de la verdad, a quien piensa que hay verdades indiscutibles, a quien cree que los errores sólo están en la mente y en el comportamiento de los demás.
Umberto Eco habla de la fertilidad del error, de las posibilidades educativas de las equivocaciones y de los fallos. Las famosas y abundantes antologías del disparate de los alumnos (sólo conozco una referida al profesorado y titulada “Voy a pasar lista cronológicamente”) permiten descubrir algunos problemas del aprendizaje. Reflexionar sobre ellos es un instrumento para la enseñanza y para el aprendizaje de los profesores.
La teoría que planteo vale para la enseñanza y vale también para la vida. Suelo decir que es magnífico el arte de convertir dos signos menos en un signo más. Algunos dominan, lamentablemente, el arte contrario. De un signo más (algo bueno que les sucede), producen dos motivos de desaliento.
Lo pernicioso del error no es haberlo cometido sino obstinarse en él, aferrarse a él como si la rectificación fuese humillante. Lo pernicioso del error es despreciarse por haberlo cometido. Hay quien no se perdona haber incurrido en un error. Es inadmisible para su autoestima. Esa es la gran equivocación.
Los errores propician, si somos inteligentes, dos tipos de beneficios: el primero, al que he hecho referencia, es que podemos aprender. El segundo, es que nos hace personas humildes. Nos equivocamos, somos falibles.
José Luis Pinillos, a quien muchos conocerán por sus escritos, me decía un buen día tomando café en un bar de la Complutense:
- El día que me convencí, de verdad-de verdad, de que no era Dios, se me solucionaron muchos problemas. Porque cuando creía que lo era, no me permitía tener fallos, no aceptaba cometer errores, no soportaba ningún rechazo…
Me han invitado a participar en un Congreso médico (se celebrará en marzo en la ciudad de Marbella) que se va a dedicar a analizar los desastres de la medicina, los errores que cometen los profesionales de la salud. Para ver cómo se puede aprender de ellos: Me parece una hermosa y fecunda idea. Creo que bien podríamos utilizarla en educación. ¿Por qué fracasó aquel programa que parecía tan bien concebido? ¿Por qué fue tan desastroso un determinado proyecto? ¿Qué hizo inútil aquella Reforma?
Detectar los errores, analizarlos, reconocerlos, asumirlos y tratar de aprender de ellos es un camino excelente para la mejora de las personas, de los profesionales, de las instituciones y de la sociedad.
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La fertilidad del error
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2011/01/29/la-fertilidad-del-error/
January 28 2011, 10:00pm | Comments »
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El escalofrio
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2011/01/15/el-escalofrio/
Al terminar una conferencia en la ciudad argentina de Rosario del Tala (Entre Ríos) se me acercó una docente y me entregó un escrito redactado por un alumno de 12 años. Me contó que una profesora les había pedido a sus alumnos y alumnas que escribieran lo que sucedía en el trayecto que recorrían desde la casa a la escuela. Uno de los niños había presentado el ejercicio que, en ese momento, ella ponía en mis manos. Lo transcribo íntegramente eliminando cualquier referencia que permita identificar al alumno, al colegio y a la profesora: “Cuando salgo de mi casa voy muy bien hasta que llego a la calle (…). Cuando entro al Colegio y miro para fuera veo a la señora (…) venir en su moto 110. Me da un escalofrío y cuando termina la hora de ella es para todos un alivio”. El texto no puede ser más corto ni más elocuente. Todo hace pensar que el escalofrío del que habla el niño tiene que ver con el miedo y no con el entusiasmo. Las cosas van bien hasta que llega la hora de clase de esa docente. Y luego todo va mal hasta que termina. Por lo que escribe el alumno, eso sucede con todo el grupo al que pertenece. No es, por consiguiente, un mal rollo del autor del escrito. Es un problema que genera la actitud de la profesora. Me gustaría saber con qué ánimo acude la docente a sus clases. Si disfruta o padece su trabajo, si quiere a los niños y a las niñas o los aborrece. O quizás, si le son indiferentes. Me gustaría saber cómo termina ella su hora de clase. Es decir, si ese sentimiento de alivio que tienen sus alumnos es también para ella un sentimiento de liberación. Porque creo que las relaciones del aula se establecen en espejo. Los niños ven reflejada su imagen en el espejo del profesor y viceversa. Ambos devuelven la imagen proyectando lo que sienten, reflejando lo que viven. Ambos se retroalimentan. En esta historia me preocupan los alumnos y las alumnas. Y también la profesora. No creo que se sienta muy feliz. Y no hay nada más importante que serlo. ¿No sería mejor que pudiese disfrutar de su tarea? Pero hoy me quiero centrar en la actitud de esta docente que convierte sus clases en un calvario para los escolares. Lo que podía ser un fiesta se convierte por arte de su mala magia en una tortura. Lo que podría ser hermoso se convierte en horrible. Decía Winston Churchill: “Me encanta aprender, pero me horroriza que me enseñen”. Es probable que, preguntada por las reacciones de sus pupilos, ella argumente que son indeseables, que son malos estudiantes, personas de escasa capacidad y de nulo interés. Sin caer en la cuenta de que, quizás, ese mismo grupo sea un grupo aceptable o excelente para otros docentes que trabajan con ella en la misma escuela. Sé que hay alumnos y alumnas que hacen la vida imposible a sus compañeros y a sus profesores. Es muy fácil reventar una clase. Sé que hay alumnos y alumnas que acuden a la escuela forzados por la familia y por la ley. Lo oigo cada día. Y sé que no es fácil, para aquellos docentes esforzados que quieren enseñar, reducir esos aires desafiantes y provocadores. Sobre todo si los padres han arrojado la toalla o han dimitido de cualquier responsabilidad. El verbo aprender como el verbo amar no se pueden conjugar en imperativo. Sólo aprende el que quiere. Pero no es menos cierto que nosotros podemos hacer más cosas y, sobre todo, hacerlas mejor. La docente de nuestra historia está enfrentada a la enseñanza. Está enemistada con ella. Su presencia hace ingrata una tarea que, en sí misma, es placentera e, incluso, apasionante. El ser humano está diseñado para el aprendizaje. Los niños y las niñas gatean, exploran, preguntan, tienen una curiosidad innata. ¿Cómo es posible que cuando llega la hora de realizar aprendizajes sientan el escalofrío del miedo? ¿Cómo es posible que cuando termina una experiencia de aprendizaje sientan alivio? Algo falla cuando esto sucede. Y si sucediese en todas las clases no es aventurado deducir que los alumnos carecen de aquella disposición emocional para el aprendizaje que hace viables las adquisiciones relevantes y significativas. Pero si sólo sucede en una asignatura, si sólo sucede con una profesora, es obvio que ella arrastra un problema a sus clases, que su actitud está provocando un rechazo peligroso. No todas las clases pueden ser divertidas, chispeantes, motivadoras. Los niños y las niñas tienen que aprender que algunas serán más aburridas, más pesadas, menos emocionantes. Es entonces cuando tienen que echar mano de la voluntad, del esfuerzo complementario, del interés añadido. Pero es obligación del docente procurar que sus alumnos tengan interés por el aprendizaje, provocar con su actitud, con sus métodos, con su ejemplo y con sus palabras el deseo de aprender y de ayudar a que los demás aprendan. Cuando saco a colación un caso como este no es que quiera desprestigiar a los docentes, sacarles los colores o decir cuán inútiles son. No. Sé que la inmensa mayoría de los docentes son trabajadores esforzados y entusiastas. Lo que me interesa es instar a la pregunta, a la interrogación, a la preocupación por la mejora. Porque si no nos hacemos preguntas es imposible que busquemos y que encontremos respuestas. Dice Manuel Cruz en un excelente artículo titulado “Amar la duda”: “Al ignorante, por su condición de tal, todo debería sorprenderle y, sin embargo, nada parece venirle de nuevas”. Eso es. Cuando la rutina, la pereza, el desamor, el pesimismo, la comodidad o el desaliento matan la perplejidad, estamos condenados a repetir aquello que hacemos, aunque esté impregnado de evidentes y lamentables errores.
January 14 2011, 10:00pm | Comments »
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Construir una catedral
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/12/04/construir-una-catedral/
Es curioso. En dos libros que acabo de leer (los dos del año 2010), he visto reproducida una historia de la que ya conocía una versión peculiar. El primer libro es de José Antonio Marina, afamado filósofo y pedagogo irreductible, que anda empeñado en una imprescindible “movilización educativa”. El libro se titula “La educación del talento”.y es el primero de una serie que constituirá la Biblioteca de la Universidad de Padres (UP) que él mismo ha puesto en marcha. Del segundo es autor Enrique Mariscal, reconocido escritor argentino que ha inundado el mercado con hermosos libros de cuentos. La obra se titula “La magia de la felicidad”. Los dos son prolíficos autores y ambos me honran con su amistad. Esta coincidencia ha sido el revulsivo que me ha llevado a contar a los lectores y lectoras este relato al que alguna vez me he referido en clases y conferencias. Llama la atención que, tratándose en esencia de la misma historia, existan versiones tan dispares. El acervo cultural imprime en cada una matices diferentes de fechas, contextos ,y expresiones aunque mantiene en cada caso el mismo fondo aleccionador. Compartiré con el lector o lectora la versión que no sé por qué camino me había llegado hace ya muchos años. Se estaba construyendo la catedral de Chartres. Los obreros trabajaban afanosamente en las tareas de la costosa y lenta edificación. Un buen día pasó por allí un viandante que se detuvo para observar las obras. El día era en extremo caluroso y, bajo aquel sol de justicia, los obreros trabajaban sudorosos y extenuados. El viandante se dirigió a uno de los trabajadores que, maldiciente y, con el rostro contraído por el esfuerzo y la acritud, levantaba una piedra enorme. - ¿Qué está haciendo, buen hombre?, preguntó el viajero. - Ya lo ve, levantando esta enorme piedra. Con este sol abrasador el trabajo resulta insoportable. Esto no hay quien lo aguante. Un día tras otro. Un mes tras otro. Un año tras otro. Unos días, como éste, con calor, otros con lluvia, muchos con frío. Maldito el día en que me contrataron para este trabajo,. El viandante camina unos pasos y se dirige a otro trabajador que, después de golpear una enorme piedra con el pico, está levantando con gran esfuerzo para colocarla sobre otra. - ¿Qué hace usted, buen hombre?, pregunta al esforzado trabajador. Molesto por la mirada del visitante y malhumorado por el terrible esfuerzo que acaba de realizar, contesta mientras se seca el sudor : - ¿Es que no lo ve? Estoy levantando este interminable muro que, si Dios no lo remedia, acabará conmigo. El viandante avanza un poco más y se encuentra a un tercer trabajador que está realizando una tarea similar a la de los dos anteriores. Está levantando una enorme piedra para colocarla en el lugar adecuado. - ¿Qué está haciendo usted, buen hombre?, pregunta por tercera vez el viandante. El trabajador, sonriente y orgulloso, contesta de manera entusiasta - Estoy construyendo una catedral. Los tres trabajadores estaban haciendo una tarea similar. Una tarea que requería esfuerzo y tesón. Pero la actitud con la que la realizaban era muy diferente. Uno maldecía la tarea. Otro, resignado y miope, realizaba rutinariamente su trabajo a la espera del jornal. El tercero disfrutaba de la tarea imprimiendo a su trabajo un sentido elevado y motivador. Esta leyenda (o cuento, o historia, o metáfora, o parábola…) nos invita a reflexionar sobre el sentido que damos a nuestro trabajo. Pienso en la actitud con la que los profesores y profesoras realizan su trabajo. Pienso en un maestro o maestra que acude a la escuela cada lunes con la actitud de aquel condenado a muerte que caminaba hacia el cadalso un lunes por la mañana, mientras decía: - Mal empiezo la semana. ¿Qué se puede esperar de quien va a la escuela dándose latigazos en la espalda y maldiciendo el día en que abrazó su profesión? Él estará amargado y sus alumnos y alumnas sufrirán las consecuencias de su desgraciada actitud. Otro, resignadamente, arrastra la monotonía de una tarea que considera aburrida y tediosa. Soporta lo que hace, arrastra las horas con dejadez esperando el fin de mes para cobrar el salario. El tercero hace las mismas cosas que los otros, pero no con la misma actitud, no con el miso ánimo, no con la misma pasión. Porque éste sabe imprimir a su trabajo un sentido excelso. Éste sabe que está realizando una tarea que redime a la humanidad de su ignorancia y de su opresión. Éste es consciente de que forma parte de esa legión de maestros y maestras que a lo largo de la historia ha rescatado del cubo de la basura los conceptos de libertad, de dignidad, de solidaridad, de respeto y de compasión. Los tres cobran lo mismo, los tres están trabajando en la misma escuela, con el mismo Ministro, el mismo Consejero, el mismo Inspector, el mismo Director, idénticas condiciones y parecidos alumnos o alumnas. Pero la diferencia entre ellos es abismal, dependiendo de la actitud con la que viven el trabajo. Los obreros de la catedral realizaban idéntico trabajo y hacían un esfuerzo similar, pero su actitud, sus miras, su sentido de la tarea eran muy diferentes. En el caso de los profesores o profesoras las consecuencias de la actitud son todavía mayores porque las piedras no sienten ni padecen, pero los alumnos y alumnas sí,. No es lo mismo trabajar con un profesor ilusionado, entusiasmado, apasionado, feliz que con otro que maldice su profesión y lamenta cada minuto el esfuerzo que realiza. Por la cuenta que les trae a nuestros alumnos y alumnas y por la cuenta que nos trae a nosotros, es muy importante ser conscientes de que esta profesión resulta imprescindible para el desarrollo de las personas y para la mejora de las sociedades,. Dice Herbert Wells que “la historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”. Y nosotros estamos en la educación. ¿Hay quien da más?
December 3 2010, 10:00pm | Comments »
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Construir una catedral
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/12/03/construir-una-catedral/
Es curioso. En dos libros que acabo de leer (los dos del año 2010), he visto reproducida una historia de la que ya conocía una versión peculiar. El primer libro es de José Antonio Marina, afamado filósofo y pedagogo irreductible, que anda empeñado en una imprescindible “movilización educativa”. El libro se titula “La educación del talento”.y es el primero de una serie que constituirá la Biblioteca de la Universidad de Padres (UP) que él mismo ha puesto en marcha. Del segundo es autor Enrique Mariscal, reconocido escritor argentino que ha inundado el mercado con hermosos libros de cuentos. La obra se titula “La magia de la felicidad”. Los dos son prolíficos autores y ambos me honran con su amistad. Esta coincidencia ha sido el revulsivo que me ha llevado a contar a los lectores y lectoras este relato al que alguna vez me he referido en clases y conferencias. Llama la atención que, tratándose en esencia de la misma historia, existan versiones tan dispares. El acervo cultural imprime en cada una matices diferentes de fechas, contextos ,y expresiones aunque mantiene en cada caso el mismo fondo aleccionador. Compartiré con el lector o lectora la versión que no sé por qué camino me había llegado hace ya muchos años. Se estaba construyendo la catedral de Chartres. Los obreros trabajaban afanosamente en las tareas de la costosa y lenta edificación. Un buen día pasó por allí un viandante que se detuvo para observar las obras. El día era en extremo caluroso y, bajo aquel sol de justicia, los obreros trabajaban sudorosos y extenuados. El viandante se dirigió a uno de los trabajadores que, maldiciente y, con el rostro contraído por el esfuerzo y la acritud, levantaba una piedra enorme. - ¿Qué está haciendo, buen hombre?, preguntó el viajero. - Ya lo ve, levantando esta enorme piedra. Con este sol abrasador el trabajo resulta insoportable. Esto no hay quien lo aguante. Un día tras otro. Un mes tras otro. Un año tras otro. Unos días, como éste, con calor, otros con lluvia, muchos con frío. Maldito el día en que me contrataron para este trabajo,. El viandante camina unos pasos y se dirige a otro trabajador que, después de golpear una enorme piedra con el pico, está levantando con gran esfuerzo para colocarla sobre otra. - ¿Qué hace usted, buen hombre?, pregunta al esforzado trabajador. Molesto por la mirada del visitante y malhumorado por el terrible esfuerzo que acaba de realizar, contesta mientras se seca el sudor : - ¿Es que no lo ve? Estoy levantando este interminable muro que, si Dios no lo remedia, acabará conmigo. El viandante avanza un poco más y se encuentra a un tercer trabajador que está realizando una tarea similar a la de los dos anteriores. Está levantando una enorme piedra para colocarla en el lugar adecuado. - ¿Qué está haciendo usted, buen hombre?, pregunta por tercera vez el viandante. El trabajador, sonriente y orgulloso, contesta de manera entusiasta - Estoy construyendo una catedral. Los tres trabajadores estaban haciendo una tarea similar. Una tarea que requería esfuerzo y tesón. Pero la actitud con la que la realizaban era muy diferente. Uno maldecía la tarea. Otro, resignado y miope, realizaba rutinariamente su trabajo a la espera del jornal. El tercero disfrutaba de la tarea imprimiendo a su trabajo un sentido elevado y motivador. Esta leyenda (o cuento, o historia, o metáfora, o parábola…) nos invita a reflexionar sobre el sentido que damos a nuestro trabajo. Pienso en la actitud con la que los profesores y profesoras realizan su trabajo. Pienso en un maestro o maestra que acude a la escuela cada lunes con la actitud de aquel condenado a muerte que caminaba hacia el cadalso un lunes por la mañana, mientras decía: - Mal empiezo la semana. ¿Qué se puede esperar de quien va a la escuela dándose latigazos en la espalda y maldiciendo el día en que abrazó su profesión? Él estará amargado y sus alumnos y alumnas sufrirán las consecuencias de su desgraciada actitud. Otro, resignadamente, arrastra la monotonía de una tarea que considera aburrida y tediosa. Soporta lo que hace, arrastra las horas con dejadez esperando el fin de mes para cobrar el salario. El tercero hace las mismas cosas que los otros, pero no con la misma actitud, no con el miso ánimo, no con la misma pasión. Porque éste sabe imprimir a su trabajo un sentido excelso. Éste sabe que está realizando una tarea que redime a la humanidad de su ignorancia y de su opresión. Éste es consciente de que forma parte de esa legión de maestros y maestras que a lo largo de la historia ha rescatado del cubo de la basura los conceptos de libertad, de dignidad, de solidaridad, de respeto y de compasión. Los tres cobran lo mismo, los tres están trabajando en la misma escuela, con el mismo Ministro, el mismo Consejero, el mismo Inspector, el mismo Director, idénticas condiciones y parecidos alumnos o alumnas. Pero la diferencia entre ellos es abismal, dependiendo de la actitud con la que viven el trabajo. Los obreros de la catedral realizaban idéntico trabajo y hacían un esfuerzo similar, pero su actitud, sus miras, su sentido de la tarea eran muy diferentes. En el caso de los profesores o profesoras las consecuencias de la actitud son todavía mayores porque las piedras no sienten ni padecen, pero los alumnos y alumnas sí,. No es lo mismo trabajar con un profesor ilusionado, entusiasmado, apasionado, feliz que con otro que maldice su profesión y lamenta cada minuto el esfuerzo que realiza. Por la cuenta que les trae a nuestros alumnos y alumnas y por la cuenta que nos trae a nosotros, es muy importante ser conscientes de que esta profesión resulta imprescindible para el desarrollo de las personas y para la mejora de las sociedades,. Dice Herbert Wells que “la historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”. Y nosotros estamos en la educación. ¿Hay quien da más?
December 3 2010, 5:57am | Comments »
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El maestro del biblioburro
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/10/23/el-maestro-del-biblioburro/
Dice la profesora inglesa Joan Dean que, si los profesores compartiésemos las experiencias positivas que vivimos, encontraríamos una fuente inagotable de energía y de optimismo. No lo hacemos por un falso pudor, por pereza o por creer que lo que hacemos no tiene la misma importancia que las iniciativas que otros llevan a cabo. ¿Cuántas experiencias creativas, hermosas y emocionantes llevan a cabo los docentes en los diversos ámbitos de intervención del sistema educativo? ¿E, incluso, fuera del mismo? ¿Por qué no difundirlas y combatir así ese fondo de pesimismo que es tan nocivo y, por otra parte, tan antagónico con la esencia de la educación? Me han enviado un maravilloso documento pedagógico que quiero compartir con mis lectores y lectoras. Se trata de la iniciativa que hace varios años, diez aproximadamente, está llevando a la práctica un maestro colombiano llamado Humberto Luis Soriano Borges en La Gloria, Departamento de Magdalena (República de Colombia). Se trata de una biblioteca ambulante que se mueve a lomos de un burro y de una burra. La burra se llama Alfa y el burro se llama Beto. “Biblioburro” llama a su biblioteca andante este joven maestro. Él dice que hay niños y niñas que viven apartados de cualquier tipo de libros, ya que sus familias se encuentran diseminadas por los valles y perdidas en pequeñas aldeas de montaña. No llega allí ningún tipo de vehículo y ellos no tienen posibilidades de acudir a los centros de población en los que hay bibliotecas. Los fines de semana, el maestro Soriano, carga de libros las alforjas de Alfa y Beto y va con esos humildes tesoros al encuentro de los niños y de las niñas que los reciben con entusiasmo. El dice que pretende cultivar su imaginación, que pretende poner un poco de color en sus vidas grises. Él dice, que esos niños y niñas “atravesados por la violencia”, necesitan asomarse a las maravillas que encierran los libros. Es emocionante ver las caras de los niños y de las niñas leyendo los libros y haciendo ejercicios diversos después de la lectura. Es emocionante escuchar las opiniones que los padres y las madres de esos niños manifiestan respecto a la iniciativa del maestro.. - Espectacular, dice una niña entusiasmada refiriéndose al encuentro con Alfa y Beto. - Como los niños no pueden acudir a las bibliotecas, el maestro les trae la biblioteca a los niños, señala una mamá agradecida. Mi admiración por este maestro que no se somete a su horario ni está pendiente del reloj para medir su jornada. Él acude a visitar a los niños y a las niñas que, alborozados, celebran la llegada de la biblioteca. Me admira también que no se trate de una experiencia de un día o de dos, ocasional, pasajera, sino de un proyecto prolongado en el tiempo, que se ha hecho parte de la vida de esas personas a las que Paulo Freire calificaba de “los desheredados de la tierra”. Me pregunto por qué no hace el gobierno la tarea que este humilde maestro realiza en sus horas de descanso. ¿Por qué abandona el gobierno a esas criaturas que necesitan acceder a los bienes de la cultura en mayor medida que otras que tienen a mano muchos medios y recursos? ¿Por qué las ignora y las deja abandonadas a su suerte? Tiene que ser este soñador y sacrificado maestro el que realiza estas labores de rescate. Él tiene que brindar su preocupación, su sensibilidad, su tiempo y su dinero para suplir las carencias del Ministerio de Educación del país. Uno llega a pensar si no es verdad aquella antigua sospecha que muchos albergaban respecto al poder: ¿no le interesará que los ciudadanos y ciudadanos sean ignorantes? De esa manera no pondrán en solfa su actitud y sus políticas. De esa manera no pretenderán desalojarles del poder. Cuando contemplaba, emocionado, las imágenes a las que remito al lector o lectora (escriban en cualquier buscador la palabra biblioburro), pensaba en la desafección que muchos de nuestros escolares muestrean hacia los libros y hacia la lectura. ¿Qué nos pasa? Creo que la sobreabundancia nos ha saciado y ya no mostramos aprecio a bienes de los que otros carecen y que valoran en muy alto grado. Es muy significativo ver cómo reciben los niños y las niñas de estas aldeas al maestro y a sus burros y comparar esa actitud con el rechazo que algunos de nuestros escolares tienen hacia la lectura. He contado en alguna ocasión la anécdota que el fallecido y querido Eduardo Haro Tecglen transcribió en su entonces habitual columna de El País. Contaba que, estando haciendo una mudanza, un joven levantaba sudoroso en su casa una pesada caja de libros. Eduardo le dice: - Siento que tengas que hacer un esfuerzo tan grande. Los libros pesan y, además, la caja es excesivamente grande. Y el chico le dice: - No se preocupe por mí, Don Eduardo. Lo mío no es nada. Lo malo es lo suyo que tiene que leerlos. ¿Por qué este rechazo, por qué esta aversión, por qué esta actitud negativa hacia la lectura. Es preciso pensar qué estrategias didácticas utilizamos en las casas y en las escuelas. Y pensar si otros estímulos están conquistando las parcelas de curiosidad innata que tiene el ser humano. Es preciso pensar también si nuestra actitud hacia la lectura arrastra hacia los libros o aleja de ellos a nuestros hijos y a nuestros alumnos. Porque no hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Los niños y las niñas actúan como nosotros somos, no tanto como nosotros les decimos que tienen que actuar. Una persona que no ama los libros no puede contagiar el deseo de leer. El maestro colombiano de nuestra historia es una apasionado de la lectura, es un verdadero ejemplo de amor a los libros. Por eso contagia su actitud, por eso transmite tan eficazmente su emoción.
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October 22 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Salgan de la cama de la gente
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/10/09/salgan-de-la-cama-de-la-gente/
Me sorprende, tanto como me indigna, la intromisión del episcopado en el gobierno y la vida de todos los ciudadanos y ciudadanas de la sociedad civil. No es de recibo que la Iglesia pretenda decidir lo que debemos hacer los demás. Y esto sucede de manera muy especial en todo lo que concierne a la sexualidad. Me pregunto por qué tanto interés por estas cuestiones y creo que se debe a que todas las personas tienen sexualidad. Y, claro, controlando la sexualidad se controla a todas las personas. No todas tienen poder, ni dinero, ni fama, ni títulos académicos. Pero todas tienen sexualidad. Y ahí está la Iglesia diciendo lo que hay que hacer respecto al uso de anticonceptivos, al aborto, a la homosexualidad, a la masturbación, a las relaciones prematrimoniales, a la píldora del día después, al divorcio, a la fecundación in vitro (es reciente la cruzada contra la concesión del Nobel de Medicina a Robert Edwars)… ¿Le decimos los demás a la jerarquía eclesiástica qué es lo que tiene que hacer con el celibato, con la castidad o con la opción sexual? También pensamos, también tenemos criterios, también tenemos conciencia y responsabilidad sobre esas cuestiones. ¿Sería razonable que pretendiésemos imponérselas? ¿No sería más coherente, más honesto, más justo, que los obispos se dedicasen a pensar en lo que sucede con el comportamiento sexual de sus clérigos, especialmente en lo relacionado con la pedofilia? Acabo de leer en El País (día 6 de octubre) que el señor Camps, Presidente de la Comunidad Valenciana, ha exigido la suspensión temporal de todos los cursos de educación sexual que imparten los técnicos de la Consejería de Sanidad en los colegios, a instancia del Arzobispo Carlos Osoro. La razón que aduce monseñor Osoro es que los contenidos de los programas tienen “una visión muy reduccionista del ser humano”. ¿Qué significa reduccionista? Pues muy sencillo, que carece de las claves que considera valiosas Monseñor Osoro. ¿Y si otros no estamos de acuerdo con esas claves? ¿Y si queremos que sea reduccionista esa visión? Cuando se carece de algo, es decisivo decidir si ese “algo” es deseable. Alguien que no tiene una visión transcendente o religiosa de la vida, carece de algo, sí. ¿Qué sucede si así lo desea? Cuando alguien no tiene una joroba carece de algo. Pero parece muy lógico que no desee tenerla. La Consejería envió el 12 de julio una circular a los centros de salud sexual y reproductiva en la que notifica la “suspensión temporal de la planificación de las intervenciones de los Programas de Intervención en Educación Sexual (PIES)” que se ofrecen a los alumnos de 3º de ESO (14 y 15 años). Pero no son esos los únicos cursos de sexualidad que imparten los sexólogos o enfermeras de la sanidad valenciana y que se han parado. Desde hace muchos años se vienen impartiendo cursos de educación afectivo sexual a alumnos de 5º de Primaria, 3º y 4º de ESO y 1º y 2º de Bachillerato (además de los PIES). Todos estos programas formativos también han sido congelados. Los materiales cuentan con el respaldo de sociedades científicas como la Academia Española de Especialistas en Sexología, la Fundación Española contra la Contracepción o la principal entidad de médicos de familia Semfyc. Los programas de educación sexual, según informa El País, están siendo rediseñados. “El Arzobispado de Valencia encargó hace meses al Instituto Valenciano de Fertilidad, Sexualidad y Relaciones Familiares, próximo al Opus Dei, el diseño de unos cursos alternativos para poder ofrecérselos a los colegios. Fuentes de la institución religiosa indican que los materiales se están ultimando pero que aún no existen acuerdos con la Generalitat para impartirlos”, señala el periódico. Lo que más me sorprende es que los ciudadanos y ciudadanas no reaccionen de forma crítica, incluso violenta, ante estos atropellos. Sólo se levantan algunas voces, como la de Marga Sanz, coordinadora de Esquerra Unida, que acusó a Camps de “gestionar la educación, la sanidad y los servicios a golpe de rosario”. ¿Cómo pueden votar los ciudadanos a un gobernante que se pliega de esta manera tan sumisa y tan injusta a la voluntad no de quien le ha votado sino de quien se inmiscuye descaradamente en lo que no le concierne? Las familias a quienes les gusta la visión del Arzobispo tienen sus parroquias y sus catequesis para cultivarla. A mí me parecerá estupendo y respetable. Cada vez que, en una sociedad democrática como la nuestra, en un estado aconfesional, suceden hechos de este tipo, me llevo las manos a la cabeza y, seguidamente, al ordenador. Porque me indigna que la Iglesia pretenda gobernar la vida de los ciudadanos, de los creyentes y de los no creyentes, de los católicos y de los budistas, de los judíos y de los musulmanes. ¿No tienen sus iglesias y sus catequesis para explicar su credo y su moral a sus fieles? ¿Por qué tienen que imponer uno y otra a toda la ciudadanía? ¿Somos tan tontos (y tan tontas) que necesitamos la tutela moral del episcopado? ¿Somos tan malos (y tan malas) que precisamos que alguien nos vigile, nos oriente y nos pastoree? Por favor, dejen que la sociedad civil decida por sí misma. Déjennos condenarnos si queremos. Yo mismo he sentido esa invasión de la jerarquía hace unos meses en Argentina ya que una Editorial, por presiones del episcopado y del Opus Dei, censuró un libro mío titulado “Pasión por la escuela. Cartas a la comunidad educativa” porque contenía una “Carta abierta a un profesor homosexual”. Una carta nacida de la compasión hacia un ser humano que todavía sufre discriminación, desprecio y burla. Dice el obispo díscolo francés Jacques Gaillot: “El Vaticano tiene que salir de la cama de la gente”. Lo suscribo. Yo también me dirijo con él a los obispos para decirles lo que ya anticipé en el título del artículo: Salgan de la cama de la gente.
October 8 2010, 11:00pm | Comments »
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Nunca sueltan a su presa
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/09/11/nunca-sueltan-a-su-presa/
Dice Emilio Lledó que “enseñar no es sólo una forma de ganarse la vida sino que es, sobre todo, una forma de ganar la vida de los otros”. Comparto plenamente su opinión. Estoy convencido de que muchas personas han salvado la vida gracias a buenos maestros y maestras. Quizás gracias a uno sólo. “Nadie olvida a un buen maestro”, reza el título de un libro de Raúl Cremades. Yo pienso que se trata de un título muy acertado y muy preciso. Si cada uno mira hacia sí mismo podrá encontrarse, probablemente, con algunos maestros o maestras de ese tipo. De esos que no han pasado en balde por la vida de los alumnos y de las alumnas. De esos que han dejado huella. Recuerdo haber leído en el estupendo libro “Mal de escuela” (tan bien escrito y tan bien traducido), de Daniel Pennac, que a él le salvaron tres profesores. Dice de ellos que tenían una característica común. Y la describe con una expresión contundente: “nunca soltaban a su presa”. Qué hermosas palabras, qué extraordinaria realidad. Dice Daniel Pennac que él era un zoquete en la escuela y que su libro no es un libro sobre la escuela sino sobre los zoquetes en la escuela. El fue librado del fracaso hasta convertirse en un famoso novelista traducido a muchos idiomas y un acreditado profesor de literatura en secundaria durante más de veinticinco años. ¿Cómo son, a mi juicio, esos profesores y profesoras que “nunca sueltan a su presa”? Son profesionales comprometidos con su tarea, a quienes les importan las personas, que tienen pasión por lo que hacen. Dice Sthendal que “hay que desempeñar el oficio con pasión”. Viven la tarea como un reto, como una aventura, con un nivel de compromiso que va más allá del cumplimiento de los mínimos. No son mercenarios que realizan una tarea por un sueldo sino personas que empeñan su vida en compromiso con los demás. Para enseñar, para invitar, para dialogar, para amar. Son profesionales perseverantes. No se gana a una persona, no se la salva de una catástrofe vital, no se la ayuda a desarrollar o recuperar su autoconcepto, no se consigue encarrilarla, con una sola conversación, con un gesto mágico, con una intervención milagrosa. El éxito suele ser fruto de la paciencia, de un conjunto concatenado de pequeños éxitos y de grandes fracasos. El desaliento no tiene cabida en su corazón a pesar de todas las evidencias en contra. Siempre gana en ellos la esperanza, la fe en el otro. Son profesionales optimistas. Tienen dificultades, tienen problemas, claro que sí. El que sean optimistas no quiere decir que sean ingenuos y, mucho menos, imbéciles. Creen con Phillipe Meirieu que “la educabilidad se rompe en el momento que pensamos que el otro no puede aprender y que nosotros no podemos ayudarle a conseguirlo”. Saben que sin optimismo podemos ser buenos adiestradores pero no buenos educadores. Son profesionales creativos. Se las ingenian para llegar al otro, para mostrar interés por él sin avasallarle, para dialogar sin que se cierre herméticamente por la torpeza o la insensibilidad. Saben que cada persona es única, irrepetible, irreemplazable, dinámica y llena de valores. Saben que lo que hay que hacer con cada persona no aparece en un manual. Por eso, a veces, buscan formas de intervención nunca vistas, nunca ensayadas, que sólo valen para esa persona, para ese momento de esa persona. Son profesionales pacientes. La paciencia exige muchas veces tranquilidad, porque la reacción primera es desesperarse y abandonar. Cuando ven que una y otra vez se rechaza por el interesado la mano tendida la tentación es retirar para siempre la mano. Ellos y ellas nunca se cruzan de brazos. Y, por supuesto, nunca golpean. Son profesionales amorosos. El mismo Pennac dice que hay una palabra en esta profesión que a veces no se puede pronunciar en algunas instituciones pero que es fundamental para hacer con éxito la tarea: el amor. Aconsejo a mis pacientes lectores y lectoras el estupendo libro de José María Toro titulado “Educar con “co-razón”. No basta el amor, ya lo sé. El amor está lleno de trampas, pero estos profesionales las saben sortear de manera clara y eficiente. Son profesionales competentes. Personas con un elevado nivel de saber profesional. Salva el afecto, pero un afecto asentado en el quehacer experto, en el dominio de las destrezas de la profesión. De la misma manera que un cirujano no puede realizar bien una operación si no domina las destrezas profesionales de su oficio, por mucho que ame a su paciente, el profesor no puede tener éxito si no es competente en las habilidades de su oficio. Se aprende a ser un profesional de este tipo. No se nace sabiendo, se nace con capacidad de aprender. Se aprende en los libros, en la experiencia, en la vida. Se aprende en el trato con los demás. Cuando alguno de mis alumnos se presenta a las oposiciones con el fin convertirse en un profesor para toda la vida yo le digo que me gustaría poder felicitarle porque las ha ganado pero que, sobre todo, me gustaría poder felicitar a sus futuros alumnos y alumnas porque el profesor que van a tener será uno de estos profesores o profesoras que “nunca sueltan a su presa”. Empieza un nuevo curso. Se abren las puertas de los centros y se abren las puertas de la mente y de los corazones de las personas que van a compartir una experiencia educativa. Ojalá se puedan alegrar las familias y los alumnos por la calidad del profesorado que va a dirigir la singular aventura de un aprendizaje compartido. Ojalá se puedan alegrar los profesores y profesoras del entusiasmo y de la capacidad de esfuerzo de su alumnado. Porque el verbo aprender como el verbo amar no se pueden conjugar en imperativo.
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September 10 2010, 11:00pm | Comments »
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El Arca de Noé
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/09/04/el-arca-de-noe-3/
Me cuenta mi migo Horacio Muros, fuente inagotable de sugerencias didácticas, que en la provincia de San Juan (Argentina) hay una escuela que tiene por nombre “El Arca de Noé”. Me ha parecido una magnífica denominación para representar el papel de una institución que navega en medio de un diluvio de mensajes neoliberales y en un mar proceloso y convulso en el que fácilmente podría naufragar la humanidad. El nombre de las escuelas tiene que ver habitualmente con algún personaje célebre o con algún acontecimiento relevante de la historia de un pueblo. Pero, pocas veces, reflejan el imaginario social y la construcción de representaciones simbólicas. Pocas veces hacen referencia al papel que la institución desempeña en la sociedad, a su significado para la vida de los docentes, de los escolares y de los ciudadanos en general. “El Arca de Noé”: qué nombre más hermoso para una escuela. Esa humilde escuela (todas las escuelas son humildes) recibe a los alumnos y alumnas de contextos desfavorecidos y en ella se refugian de la ignorancia y de la inmadurez hasta que pasen los cuarenta días del diluvio. Se trata de un diluvio de concepciones, de actitudes y de comportamientos que amenazan la permanencia del Arca sobre las aguas agitadas. Individualismo exacerbado, competitividad extrema, relativismo moral, eficientismo, olvido de los desfavorecidos, privatización de bienes y servicios, hipertrofia de la imagen, imperio de las leyes del mercado, capitalismo salvaje, reificación del conocimiento… Sólo se salvarán quienes estén dentro del Arca. Protegidos del avance las aguas. Aunque el Arca sea frágil (o precisamente porque es frágil) podrá mantenerse a flote. Hay niños y niñas que sólo en la escuela podrán refugiarse de la ignorancia y de la abalancha de contravalores de una sociedad que se asemeja a una selva en la que sólo puede sobrevivir el más fuerte. Hay niños y niñas cuyos entornos familiares y sociales están tan depauperados que poco pueden hacer las familias para sacarles de la ignorancia y de la miseria. Para ellos la escuela es un salvífico “Arca de Noé”. Incluso los niños y niñas de familias cultas y económicamente desahogadas van a encontrar en la escuela esa tabla de salvación que les haga sentirse iguales a los otros y responsables de la superación de las desigualdades. Al salir del Arca habrá que emprender una tarea conjunta de reconstrucción de la sociedad. Una sociedad que se asiente sobre la solidaridad, la justicia, la libertad, el respeto a la dignidad de las personas. Se trata de vivir en el Arca no para reinstaurar la selva sino para poner en práctica los principios de la convivencia que se han aprendido dentro de ella. La escuela, sobre esas aguas agitadas, mantiene el equilibrio inestable esperando el sol y el anuncio del ramo de olivo en el pico de la paloma de la paz. En “El Arca de Noé” se produce una mezcolanza insuperable de etnias, de credos, de culturas, de edades, de sexos, de inteligencias, de expectativas…. Todos tienen un lugar en ese Arca que se ha convertido actualmente, en palabras de Phillip Roth, en la gran “mezcladora social”. Juntos aprenden, juntos conviven, juntos se relacionan, juntos miran el futuro desde la misma incertidumbre y desde parecida confianza. Mientras están en ese refugio contra la ignorancia y las perversiones, están protegidos de la destrucción. Hay quien pensará que le estoy dando demasiada importancia a la escuela. Pero incluso los defensores y practicantes de la Home School tendrán que reconocer que no pueden sustituir de manera plena e indefinida a la escuela institucional. Pasados unos años tienen que incorporar a sus hijos e hijas al sistema educativo. En El Arca de Noé están también los profesores y profesoras. Ellos y ellas se salvan o se hunden con todos los que están cobijados bajo su techo. Ellos se salvan de la vulgaridad, del individualismo, de la superficialidad, del egoísmo y de la ignorancia porque tienen que realizar una función excelsa en el seno de un equipo. Noé y su familia también se salvaron del diluvio. Aprender a convivir en el Arca es una empresa tan complicada como importante. Cada uno es diferente. Cada uno tiene su régimen de comida y sus condiciones peculiares de vida. El que todos se salven depende de que cada uno lo haga posible. El que casa uno se salve depende de que todos lo hagan posible. Los constructores del Arca tienen que hacerla sólida y firme, con buenos materiales porque las dificultades que tiene que superar son muy grandes: vientos de disputa ideológica, lluvia de críticas injustas, tempestades de demandas crecientes, olas de avatares legislativos, escollos de dificultades imprevistas… No se puede hacer frente a grandes problemas con una estructura frágil y unas pobres condiciones . Salvarse en el Arca de Noé no tiene que ver sólo con el egoísmo de la sobrevivencia, tiene que ver con la posterior vida en común. Se ha sorteado el peligro de la destrucción toda con el fin de construir una sociedad mejor. Me gustan los profesores, los alumnos, las familias y los ciudadanos que valoran la escuela, que la aman. No me gustan las bromas como la que circula por la red bajo el título “demolition call” en la que una niña inglesa llama a una empresa de derribos pidiendo que destruyan la escuela asegurándose de que los profesores se encuentran dentro de ella. Destruir el Arca de Noé sería un desastre para todos los que en ella pueden salvarse, en definitiva, para toda la humanidad.
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September 3 2010, 11:00pm | Comments »
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El Arca de Noé
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/09/04/el-arca-de-noe-2/
Me cuenta mi migo Horacio Muros, fuente inagotable de sugerencias didácticas, que en la provincia de San Juan (Argentina) hay una escuela que tiene por nombre “El Arca de Noé”. Me ha parecido una magnífica denominación para representar el papel de una institución que navega en medio de un diluvio de mensajes neoliberales y en un mar proceloso y convulso en el que fácilmente podría naufragar la humanidad. El nombre de las escuelas tiene que ver habitualmente con algún personaje célebre o con algún acontecimiento relevante de la historia de un pueblo. Pero, pocas veces, reflejan el imaginario social y la construcción de representaciones simbólicas. Pocas veces hacen referencia al papel que la institución desempeña en la sociedad, a su significado para la vida de los docentes, de los escolares y de los ciudadanos en general. “El Arca de Noé”: qué nombre más hermoso para una escuela. Esa humilde escuela (todas las escuelas son humildes) recibe a los alumnos y alumnas de contextos desfavorecidos y en ella se refugian de la ignorancia y de la inmadurez hasta que pasen los cuarenta días del diluvio. Se trata de un diluvio de concepciones, de actitudes y de comportamientos que amenazan la permanencia del Arca sobre las aguas agitadas. Individualismo exacerbado, competitividad extrema, relativismo moral, eficientismo, olvido de los desfavorecidos, privatización de bienes y servicios, hipertrofia de la imagen, imperio de las leyes del mercado, capitalismo salvaje, reificación del conocimiento… Sólo se salvarán quienes estén dentro del Arca. Protegidos del avance las aguas. Aunque el Arca sea frágil (o precisamente porque es frágil) podrá mantenerse a flote. Hay niños y niñas que sólo en la escuela podrán refugiarse de la ignorancia y de la abalancha de contravalores de una sociedad que se asemeja a una selva en la que sólo puede sobrevivir el más fuerte. Hay niños y niñas cuyos entornos familiares y sociales están tan depauperados que poco pueden hacer las familias para sacarles de la ignorancia y de la miseria. Para ellos la escuela es un salvífico “Arca de Noé”. Incluso los niños y niñas de familias cultas y económicamente desahogadas van a encontrar en la escuela esa tabla de salvación que les haga sentirse iguales a los otros y responsables de la superación de las desigualdades. Al salir del Arca habrá que emprender una tarea conjunta de reconstrucción de la sociedad. Una sociedad que se asiente sobre la solidaridad, la justicia, la libertad, el respeto a la dignidad de las personas. Se trata de vivir en el Arca no para reinstaurar la selva sino para poner en práctica los principios de la convivencia que se han aprendido dentro de ella. La escuela, sobre esas aguas agitadas, mantiene el equilibrio inestable esperando el sol y el anuncio del ramo de olivo en el pico de la paloma de la paz. En “El Arca de Noé” se produce una mezcolanza insuperable de etnias, de credos, de culturas, de edades, de sexos, de inteligencias, de expectativas…. Todos tienen un lugar en ese Arca que se ha convertido actualmente, en palabras de Phillip Roth, en la gran “mezcladora social”. Juntos aprenden, juntos conviven, juntos se relacionan, juntos miran el futuro desde la misma incertidumbre y desde parecida confianza. Mientras están en ese refugio contra la ignorancia y las perversiones, están protegidos de la destrucción. Hay quien pensará que le estoy dando demasiada importancia a la escuela. Pero incluso los defensores y practicantes de la Home School tendrán que reconocer que no pueden sustituir de manera plena e indefinida a la escuela institucional. Pasados unos años tienen que incorporar a sus hijos e hijas al sistema educativo. En El Arca de Noé están también los profesores y profesoras. Ellos y ellas se salvan o se hunden con todos los que están cobijados bajo su techo. Ellos se salvan de la vulgaridad, del individualismo, de la superficialidad, del egoísmo y de la ignorancia porque tienen que realizar una función excelsa en el seno de un equipo. Noé y su familia también se salvaron del diluvio. Aprender a convivir en el Arca es una empresa tan complicada como importante. Cada uno es diferente. Cada uno tiene su régimen de comida y sus condiciones peculiares de vida. El que todos se salven depende de que cada uno lo haga posible. El que casa uno se salve depende de que todos lo hagan posible. Los constructores del Arca tienen que hacerla sólida y firme, con buenos materiales porque las dificultades que tiene que superar son muy grandes: vientos de disputa ideológica, lluvia de críticas injustas, tempestades de demandas crecientes, olas de avatares legislativos, escollos de dificultades imprevistas… No se puede hacer frente a grandes problemas con una estructura frágil y unas pobres condiciones . Salvarse en el Arca de Noé no tiene que ver sólo con el egoísmo de la sobrevivencia, tiene que ver con la posterior vida en común. Se ha sorteado el peligro de la destrucción toda con el fin de construir una sociedad mejor. Me gustan los profesores, los alumnos, las familias y los ciudadanos que valoran la escuela, que la aman. No me gustan las bromas como la que circula por la red bajo el título “demolition call” en la que una niña inglesa llama a una empresa de derribos pidiendo que destruyan la escuela asegurándose de que los profesores se encuentran dentro de ella. Destruir el Arca de Noé sería un desastre para todos los que en ella pueden salvarse, en definitiva, para toda la humanidad.
September 3 2010, 5:42pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Las ratas chinas
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/07/17/las-ratas-chinas/
A veces es peor el remedio que la enfermedad. A veces se toman decisiones con la mejor intención y sucede que no sólo resultan inútiles sino que se convierten en contraproducentes. Damos por hecho que, por tener el buen deseo de haber hecho bien las cosas, los resultados van a ser los esperados. En todos los ámbitos de la vida, después de hacer un diagnóstico más o menos riguroso de la situación, tomamos decisiones que consideramos justas y racionales y que luego nos olvidamos de evaluar. Damos por hecho que el buen criterio o la buena voluntad resultarán suficientes. No siempre es así. Los hechos, que son muy tozudos, dicen luego si la decisión fue acertada o equivocada, eficaz o perniciosa. Por eso es necesario analizar, a corto y largo plazo, las consecuencias de las decisiones. Cuentan que en China se produjo una enorme invasión de ratas. La alarma se hizo mayor al saber que las ratas eran portadoras de una terrible epidemia. La proliferación fue tan grande que el gobierno decidió tomar cartas en el asunto y preparó rápidamente un decreto con la intención de acabar cuanto antes con la plaga. En él se anunció que se premiaría con una cantidad de dinero a todos los que se presentasen en el Ayuntamiento mostrando una rata muerta. Los empleados las recogerían y las quemarían para acabar con el problema. El dinero por cada rata muerta era tan abundante que las ratas, de entes amenazadores y repungantes, se convirtieron en bienes preciados, de manera que las personas las buscaban y las sacrificaban sin descanso. ¿Qué sucedió? Que los chinos descubrieron muy pronto que la cantidad de dinero percibida por las ratas capturadas y entregadas al Ayuntamiento era tan suculenta que decidieron dejar de plantar arroz y ponerse a criar ratas. El problema no se hizo esperar. Faltaban alimentos. Tenían mucho dinero, pero era un dinero que no les permitía satisfacer sus necesidades más perentorias. La medida parecía lógica, pero la realidad torció la intención del legislador. La pretensión de acabar con las ratas se convirtió en el principal modo de multiplicarlas. Si se hubiesen quedado tan tranquilos, sin ver cómo evolucionaba la realidad, hubieran sufrido graves consecuencias. Hay que estar atentos, pues, a la realidad. Hay que analizar qué es lo que puede cambiar la intención de quien decide. Intereses de otras personas se interponen, a veces, en la puesta en acción de una medida cargada de bondad y de lógica. Otras veces es la aparición de nuevas e inesperadas circunstancias lo que acaba pervirtiendo la voluntad benéfica de quien decide. Quizás, en algunas ocasiones, sea un malhadado azar. (Doy por supuesto en este caso que se ha hecho un diagnóstico riguroso y que se ha tomado la decisión de manera bienintencionada e inteligente. Ya sé que hay casos en que no es así). Me centraré en el campo educativo que es el que más me interesa y me preocupa. Y pondré algunos ejemplos tomados de manera escalonada, de lo más general a lo más particular. Pienso en las grandes reformas del sistema educativo. Algunas están inspiradas en la democratización, en la justicia y en la equidad. En definitiva, en el deseo de corregir, cuando no de eliminar, las desigualdades existentes. Pero luego viene la realidad con su pertinaz desarrollo de los hechos. Diversificar el currículo, por ejemplo, si no se pone dinero en la escuela pública, acabará dando más oportunidades a quien más oportunidades tiene ya en la escuela privada. Decía Papagiannis ya hace unos cuantos años que muchas reformas educativas que se emprenden para favorecer a los más desfavorecidos el sistema las acaba convirtiendo en reformas que favorecen a los más favorecidos. Hay que pensar. En algunos centros se ponen en funcionamiento medidas que pretenden eliminar los conflictos. Se instalan cámaras, se aumentan las amenazas, se endurecen los castigos. Y, a veces, lo que se consigue es que los alumnos aprendan a delinquir de manera más subrepticia, a extorsionar sin que les sorprendan, a molestar sin ser descubiertos. La escuela no es una institución coercitiva sino educativa y en ella se ha de tratar de enseñar respeto a la dignidad de las personas. ¿Qué sucederá cuando no tengan vigilancia, amenazas y castigos? Hay que pensar. El tercer nivel de concreción será un caso concreto. En una familia que conozco el hijo robó en la casa una determinada cantidad de euros. La orientadora de su centro supo de su boca que la finalidad era comprar un móvil porque no tenía amigos y pensaba que el móvil podría servirle de gancho. Los padres, desconocedores de la causa del robo, le habían prohibido las salidas durante todo el trimestre. De ese modo habían agudizado la crisis de soledad y la angustia por sus malas comunicaciones con los pares. Hay que pensar. La mecánica de las decisiones nos puede dejar encerrados en nuestra buena voluntad y en nuestro análisis preliminar. La carencia de dudas, la instalación en la certidumbre, el orgullo que nos conduce a pensar que no podemos equivocarnos, nos impide interrogarnos sobre las consecuencias de nuestras acciones. ¿Hasta cuándo ha de durar el seguimiento de las decisiones? No hay un plazo exacto porque depende de la naturaleza de la misma, de la edad de los destinatarios, de las características del contexto, del valor de la experiencia anterior. Pero sí se puede decir que no basta una preocupación por la reacción inmediata. Hay que darle tiempo al tiempo. Las prisas son malas consejeras. De la misma manera que los efectos deseados no aparecen, a veces, de forma inmediata, tampoco lo hacen los efectos perversos, que permanecen ocultos bajo diversas inofensivas apariencias. Hay que pensar.
July 16 2010, 11:00pm | Comments »
