Cada día me sorprendo más de la facilidad con la que los seres humanos nos dejamos guiar por supersticiones de todo tipo. Basta ver la televisión por la noche para comprobar la cantidad de adivinos, de echadores de cartas, de tarotistas, de magos y de videntes que pueblan la televisión a esas horas proclives a la seducción..
Lo que más me preocupa no es que haya todo este tipo de programas sino que haya espectadores que los siguen. Porque el círculo se cierra de una manera consistente: hay programas de ese tipo porque tienen audiencia y hay audiencis porque se proyectan este tipo de programas. La mejor manera de acabar con ellos es apagar la televisión. Solo hay una forma de romper ese círculo vicioso: tener personas mejor educadas.
Las cartomantes (hay más mujeres que hombres, no sé por qué) viven de sus intuiciones gracias a la credulidad de las personas. Ganan dinero, esa el la clave. No se dedican a lo que se dedican por amor al conocimiento o por acendrado altruismo. Lo hacen porque viven de sus mentiras. No tienen toda la culpa ellas. La mayor parte de la responsabilidad está en quienes acuden, a veces a la desesperada, a pagar esas fraudulentas informaciones.
No sé si habrá algún vidente honesto. Puede ser. Puede haber personas que se crean sus propias mentiras. También puede haber ingenuidad en el otro lado. Pero, en la mayoría de los casos, vender esos informes como si fueran ciencia, es de un cinismo descarado.
De vez en cuando recibo en el móvil un mensaje de alguna vidente que me invita a utilizar sus servicios “profesionales”. En estos momentos de crisis se está incrementando este tipo de indignantes intromisiones. He aquí el último: “Estamos en año nuevo, mi videncia me habla de cambios importantes que deves (sic) saber para tomar la decisión. Llama y te ayudaré. Serás feliz”. ¿Cómo me puede hacer creer esta mujer que su “videncia” le ha ofrecido información sobre mi vida sin conocerme de nada? ¡Qué cara más dura! ¿Cómo se ha hecho con mi número de teléfono? ¿Por qué se toma la libertad de escribirme? La verdad es que siempre me dan ganar de contestar y decir cuatro cosas a la entrometida. Pero pienso que es entrar en su juego. Ellas mandarán miles de mensajes y algunos cientos de incautos se pondrán en contacto con estas embaucadoras.
Este hecho me hace formular una pregunta que nunca he sabido responder: ¿cómo puede alguien fiarse de estos personajes y responder a la invitación?
¿Cuántos nexos causales se establecen sin rigor, sin exigencia intelectual alguna? Comemos las doce uvas en el filo de la Nochevieja con la esperanza de que esa costumbre, asegure la prosperidad y la felicidad. Pocas personas saben que esa costumbre tiene un origen puramente económica. En 1909 hubo una cosecha que produjo excedente de uvas. Y los cosecheros idearon la forma de solucionar el problema… ¿Hay alguna constancia de que se produzca la conexión doce uvas en las doce campanadas-felicidad en el nuevo año? Algunos futbolistas entran en el campo tocando el césped y haciendo dos o tres veces la señal de la cruz. ¿Han podido comprobar alguna vez que ese gesto les ayuda a marcar un gol o a ganar el partido? Algunos pasan el décimo de la lotería por no sé cuántas partes del cuerpo. ¿Tienen alguna constancia sobre el proceso atributivo que le asegura la suerte?
Ya sé que no todo es lógica en la vida. Ya sé que hay sentimientos, emociones, intuiciones y creencias. Pero también hay ingenuidad, estupidez y manipulación. Hay personas que se benefician de la credulidad de otras. ¿Cuántas personas utilizan los servicios de videntes y echadores de cartas? Más complicado es engañarse uno a sí mismo. Y dar por buenas supersticiones a todas luces irracionales.
La explicación a tanta credulidad la podemos encontrar en esa ilógica sospecha que se esconde en nuestros corazones. ¿Y si fuera verdad? He leído un estupendo libro de Sergi Pamiés que tiene por título el que figura en estas líneas. Tienes que esperar al último párrafo del libro para ver de dónde procede la idea. “He oído en la radio que si te comes un limón sin hacer muecas, todo lo que desees se cumplirá, pero me da miedo probarlo, hacer muecas y que ningún deseo se haga realidad”.
Es el trasfondo de esta anécdota que no sé dónde leí hace tiempo. Niels Borg, premio Nobel de Física, fue visitado en su cada por dos periodistas. En un momento de la entrevista, uno de ellos preguntó:
- ¿Usted cree que las herraduras colocadas en las puertas de las casas, ¿traen suertes a quienes habitan en ellas?
-No, contestó el científico. No puedo creer en esas supersticiones desde mi condición de investigador.
- Sin embargo, ¿usted tiene una herradura en la puerta de su casa?, inquirió uno de los periodistas.
- Eso es otra cosa. Porque me han dicho que las herraduras en las puertas de las casas traen suerte incluso a quienes no creen en ello.
De cualquier manera, como en tantos otros asuntos problemáticos, la solución a estas manipulaciones está en la educación. Creo que una de las finalidades de la educación es ayudar a que las personas dependan menos de supercherías y más de la lógica. Es lo que Paulo Freire definía como pasar de una mentalidad ingenua a una mentalidad crítica. Las personas con mayor formación son menos dependientes de supersticiones.. Está claro: contra superchería, educación.
A medida que la ciencia ha ido avanzando, han ido retrocediendo las supersticiones. Por eso considero tan importante la educación. Sin educación las personas son más fácilmente manipulables. Cuántas veces los hechiceros han engañado a los miembros de la tribu con explicaciones falsas e interesadas. Si esos ciudadanos y ciudadanas hubieran estado bien formados, les habrían mostrado con fuerza el dedo corazón.
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Si te comes un limón sin hacer muecas
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January 7 2011, 10:00pm | Comments »
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Todo es para bien
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Al despedir el año se acumulan los recuerdos, unos buenos y otros malos. Al saludar el año nuevo, se esperan experiencias gratificantes y se temen acontecimientos ingratos. Cuando miramos hacia atrás hacemos balance y cuando miramos hacia adelante forjamos proyectos. La Nochevieja es una frontera artificial con la que los humanos dividimos el tiempo, que es un continuum no fragmentable. La Nochevieja es una noche más en el incesante ritmo nictameral o circadiano, pero nosotros la hacemos especial porque en ella despedimos al año viejo y saludamos con alborozo al nuevo año. Es la Nochevieja una fiesta de sabor agridulce. Se va un año (adiós, 2010) y le damos la bienvenida al 2011, aturdidos por el vértigo del paso del tiempo y esperanzados por los sueños que volcamos en el porvenir. Hay que beber, cantar y gritar con júbilo porque estamos vivos. Hay que beber, cantar y gritar para no pensar que tenemos un año menos y que la vida se nos va. Ante lo bueno y malo que nos pasó y ante lo malo y lo bueno que vendrá se puede mantener una actitud positiva o una actitud negativa. ¿De qué depende? No tanto de la proporción de cosas buenas o malas, cuanto de la actitud que tenemos ante ellas. Porque experiencia no es lo que pasa sino lo que nos pasa. Y lo que nos pasa depende más de nosotros que de los acontecimientos externos. Permitidme despedir al 2010 y recibir al 2011 con una historia aleccionadora, como todas las historias. Tiene que ver con esto que estoy diciendo de la actitud. Un rey tiene noticias de que en un lugar apartado del reino vive un sabio que siempre interpreta la realidad desde una perspectiva optimista. Todos los acontecimientos pasan para él por un filtro de análisis que se resume en una sentencia: Todo es para bien. Desea conocer al sabio y lo cita en el palacio. El sabio acude a la cita del monarca. Después de una larga entrevista, el rey, entusiasmado con su filosofía, decide contratar sus servicios. El nuevo asesor se convierte casi de inmediato en el predilecto, concitando las envidias de sus compañeros. Un buen día sufre el rey una terrible caída por las escaleras imperiales. Se fractura un brazo que, inmediatamente, los doctores colocan en cabestrillo. Los asesores del rey piensan que, cuando el rey se encuentre con su sabio favorito y le cuente lo sucedido, el rey montará en cólera, indignado por el inevitable diagnóstico de que todo es para bien. Así sucede. Cuando el sabio se encuentra con el rey y ve el llamativo vendaje, le pregunta: - ¿Qué ha pasado, Majestad? - Me he caído, me he fracturado el brazo y tengo unos dolores insoportables. - Majestad, esté tranquilo, todo es para bien. El rey, irritado por los dolores y por una contestación que le parece estúpida y sádica, enfurece y ordena que inmediatamente el sabio sea encerrado en las mazmorras del palacio. Desesperado por el dolor, incapaz de ocuparse en nada, sale de palacio a caballo sin rumbo fijo. Cabalga durante mucho tiempo y, de pronto, se da cuenta de que se ha perdido. No encuentra a nadie a su paso para pedir información. Sigue cabalgando acuciado por los dolores y tratando de buscar el camino de palacio. En vano. Está completamente perdido. De pronto, es capturado por una tribu de antropófagos que decide matarlo y comerlo. Se dispone la ceremonia. En pleno ritual, el hechicero de la tribu llama la atención del jefe y de todos los asistentes. - Alto. No podemos seguir. El rehén tiene un brazo malo. Mirad esos vendajes. Si lo comemos podemos enfermar y morir. Hay que liberarlo inmediatamente y rogarle que se aleje de forma rápida. El rey pregunta por el emplazamiento del palacio. Y de inmediato parte buscando el camino. Mientras cabalga piensa que su asesor tenía razón. Gracias a que tenía el brazo roto, ha podido salvar la vida. Cuando llega a palacio, lo primero que hace es acudir a las mazmorras y ordenar la liberación del sabio. Cuando lo tiene en su presencia, le cuanta lo sucedido. Y concluye. - Tenías razón, una vez más. Ha sido para bien. Si no hubiera tenido el brazo roto me habrían matado y comido. Pero tienes que perdonarme, porque tú has estado encarcelado. Para ti no ha sido para bien. - No Majestad, contesta el sabio. También para mí ha sido para bien. Porque si no hubiera estado en la cárcel, hubiera salido de paseo, como de costumbre, con su Majestad, Nos hubiéramos perdido, nos habrían capturado los antropófagos y, como yo estoy sano, me hubieran comido, aunque su Majestad se hubiera librado. Ya sé que es casi insultante decir que algunas cosas que nos han pasado o que nos pasan se han producido para nuestro bien. La muerte de un familiar, la pérdida del empleo en plena crisis, una ruptura amorosa, la ruina económica, un diagnóstico fatal… ¿Cómo decir que todo ello tiene que ver con nuestro bien? No, no soy estúpido, Esas son desgracias. Pero, ante las desgracias, se puede reaccionar de forma diferente. Se puede uno hundir o puede fortalecerse. Ante el dolor puede alguien aniquilarse y otra persona puede crecer. Nunca desearé que haya corrupción, asesinatos, violaciones, pobreza, opresión… Nunca pediré que ocurran o que me ocurran desgracias. Pero cuando llegan no quiero resignarme, no quiero bajar los brazos, no quiero hundirme. Quiero reaccionar positivamente. Quiero luchar y recuperarme. Quiero buscar esa parte de estímulo que tiene la lucha y la fe en el ser humano. Quiero apoyarme en ese dolor para pensar que debo salir del atolladero. Para hacer lo posible por ser feliz, que es el mandato de la inteligencia. Será inevitable padecer desgracias, fracasos, errores y calamidades en el nuevo año. Pero ante ellas, podemos venirnos abajo o tratar de reaccionar con valentía. Hay un arte en la vida que permite convertir dos signos menos en un signo más. Feliz Nochevieja. Feliz Año Nuevo.
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December 30 2010, 10:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Un tsunami de regalos
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/02/13/un-tsunami-de-regalos/
¿No estaremos pasándonos un poco con los regalos de los niños? Han pasado las Navidades dejando un verdadero tsunami de regalos entre los niños y las niñas de nuestro país. Ya sé qué que la cuestión afecta sólo a una parte de la infancia y que hay otra parte que sólo recibe un aluvión de olvido y de miseria. Para muchos niños y niñas de esta sociedad consumista se está produciendo un fenómeno verdaderamente preocupante. Hay regalos de Papá Noel, de Nochevieja, de Año Nuevo y de Reyes Magos. Y los hay en la casa de papá y mamá (o de papá por una parte y de mamá por otra si la pareja está separada), en casa de los abuelos maternos y paternos (o en las cuatro si están divorciados), en la de los tíos, primos, amigos, conocidos y vecinos…En definitiva, el milagro de la multiplicación de los regalos y de los paquetes. Para que todo esto llegue, el niño o la niña sólo tienen que hacer un pequeño esfuerzo: existir.
Los niños y las niñas están tan saturados de regalos que no tienen tiempo para disfrutarlos. Casi ni para abrirlos. Obsérvese la rapidez con la que desembalan los paquetes en la mañana de Reyes. Sólo existen unos segundos para fijar la atención en el objeto que aparece debajo del envoltorio. Es suficiente con ver su forma o su tamaño o su color. A veces, ni siquiera saben para qué sirve aquel artilugio. Enseguida deben abrir otro. El niño parece poquita cosa entre aquella montaña que parece medir el amor de los progenitores hacia su criatura. Progenitores que recogerán pacientemente los cartones, los papeles y los libros de instrucciones esparcidos por el suelo. Los niños y niñas eligen ( y exigen) lo que se les tiene que regalar. Padres y abuelos corren de tienda en tienda en busca de aquella novedad que ha sido el boom entre la infancia y que, para más inri se ha agotado. Y llegan a la última tienda exhaustos, después de un peregrinaje por centros comerciales: - No me diga que no les queda ni un sólo ejemplar de… ¿Y no lo habrá en otra de sus tiendas, aunque no sea de Málaga? ¿No van a recibir una nueva remesa? Después de las Navidades (o antes, que para el caso es lo mismo) hay que celebrar el cumpleaños con los compañeros y compañeras de la clase. Cada niño o niña viene a la fiesta con su correspondiente obsequio. Veinticinco. Treinta. Literalmente, no dan abasto. Hay que abrir un paquete tras otro, a cual más grande, a cuál más llamativo. Una vez abierto un regalo, enseguida le ofrecen otro que tiene que abrir con rapidez porque otro compañero espera. La atención de la niña o del niño sobre cada objeto no dura más de unos segundos. Uno a uno, hasta veinticinco, hasta treinta. Una locura. Los regalos se van amontonando en un rincón porque no hay tiempo para entretenerse con ellos. El parque de bolas espera para los juegos, los saltos y las carreras. Los juguetes casi no caben en el coche. Y, al llegar a casa, hay que colocados en armarios atestados o en huecos recónditos. El niño o la niña no saben quién le ha regalado qué. Y luego llegan otras fechas, otros acontecimientos, otras ocasiones de recibir regalos. Los viajes, por ejemplo. Hace poco, al regreso de un viaje, mi pequeña Carla me preguntó: - Papá, ¿sólo me has traído eso? Esta oleada sucesiva de regalos, este tsunami, no depende sólo del poder adquisitivo de los padres y de las madres. Satisfacer a los niños se han convertido en lo primero. Pueden faltar en la casa libros, ropa y hasta comida, pero a los niños no les puede faltar nada. Nada que tengan otros niños. Porque aquí reside otro problema: la competitividad. Hay situaciones en las que el problema se agrava: hijos únicos, matrimonios mal avenidos que quieren compensar la ausencia de lo esencial con objetos, compra del niño a través de obsequios más abundantes y caros por parte de los cónyuges separados, familia que ha perdido a un hijo y colma al otro con regalos, historia pasada de los padres en la que carecieron de lo que ahora le pueden ofrecer con facilidad a su niño… El comercio, además, nos invade con publicidad atractiva, engañosa y persistente ante la que los niños y las niñas reaccionan: - Me lo pido, me lo pido, me lo pido… Creo que estamos cayendo en un tremendo error. Porque les estamos robando la ilusión. Les estamos matando el deseo porque el deseo se sacia y dejan de florecer otros nuevos. No esperan nada porque lo tienen todo. No tienen que ganarse nada porque se les regala todo. Y hasta piensan que las cosas no cuestan dinero ni esfuerzo porque todo les llega de forma gratuita y misteriosa. Como caído del cielo. Nosotros somos el maremoto que genera este tsunami de cosas bajo la que quedan sepultados los sueños y las ilusiones. ¿Cómo detener esas gigantescas olas que amenazan con anegarlo todo? Poniendo freno a este derroche, a esta locura. Racionalizando y ordenando las compras. Por ejemplo, ¿no sería mejor que cada familia pusiera una pequeña cantidad de dinero y, entre todas, comprasen un sólo regalo de cumpleaños de los compañeros de clase? ¿No sería conveniente elegir una de las fechas -sólo una- para los regalos de Navidad? ¿No sería mejor que el niño descubriera que un regalo es algo excepcional y no algo rutinario? No estoy contra los regalos. Estoy contra la avalancha de regalos, contra los regalos sin ton ni son, contra la sobreabundancia, contra la irracionalidad, contra la competitividad y contra el exceso. No me ocupo ahora de cuáles son los regalos, que es otra cuestión importante. Me mueve también a hacer este comentario el hecho de que millones de niños y de niñas en el mundo no tengan nada, no digo ya de regalos sino de lo más indispensable, como es el vestido y la comida. Ya sé que por dejar de comprar regalos a los hijos y a las hijas no se soluciona el problema de los niños y de las niñas necesitados. Pero algo habrá que hacer también en ese sentido explicando a los niños que no es justo que unos estén nadando en la abundancia mientras otros no tienen nada. Explicando y, claro está, actuando consecuentemente.
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February 12 2010, 10:00pm | Comments »
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