La relación entre padres y madres y sus hijos e hijas adolescentes suele ser problemática. No es fácil tratar con alguien que ha dejado de ser niño y todavía no es un adulto, aunque él se lo crea. No es fácil. hacer frente a las exigencias, a las pretensiones y a las desconsideradas y agresivas actitudes de quien hace poco fue un bebé y ahora se erige en mandamás. Ya sé que no se puede meter en un saco a todos los adolescentes como si todos y todas fueran iguales. Algunos, no sé si muchos, plantean a sus progenitores sus exigencias como si todo se les debiera y mantienen unas actitudes violentas, que tienen poco que ver con el necesario respeto y la debida consideración. Gritan, exigen, juzgan, sin tener en cuenta la historia y circunstancias de quienes les están educando. Han aprendido derechos, pero no saben de obligaciones. Siendo profesor de bachillerato le oí decir a un adolescente, dirigiéndose a su padre:: - Trabaja, cabrón, que trabajas para mí. Me duelen, me indignan y me preocupan estas posturas exigentes y altaneras, mantenidas algunas veces ante personas que han sufrido mucho y que se han esforzado al máximo por ofrecerles lo mejor. Me escribe una madre y profesora cuyo nombre y procedencia voy a silenciar por motivos obvios, contándome una experiencia personal que ha vivido recientemente con su hijo mayor. Aunque los hechos son reales, todos los nombres son supuestos. Esta madre, se carga de razones cuando le recuerda a su hijo lo que ella ha vivido y lo contrasta con la situación de privilegio que el hijo está viviendo. Estas son las palabras que le dirige en una carta, después de aguantar sus gritos y descalificaciones: “Querido Javier: cuando te enojes conmigo por algo, en lugar de gritarme, amenazarme o insultarme, tómate la molestia al menos de preguntar por qué hago lo que hago. Tengo cincuenta años de razones para explicarte mi actitud con el abuelo. Nunca fue un buen padre. Me hizo trabajar desde los 5 o 6 años en trabajos muy pesados, como cuidar animales, hacer quinta, cosechar maíz… Recuerdo que lloraba de frío arrastrando una bolsa pesada que casi podía conmigo… Siempre me pegó terribles palizas, con la mano, con palos, con sogas. Toda la infancia tuve las piernas llenas de moretones de las palizas que me daba. La última la recibí a los 15, porque no me había presentado a unos exámenes. De castigo me quitó toda la ropa y unas sandalias rojas y unos suecos y los partió con el hacha (…). Todas las chicas usaban minifaldas, nosotras teníamos que usar las polleras por la rodilla y ropas con mangas. Parecíamos de asilo. A los 15 años me depilé por primera vez las cejas y papá me dio una tremenda cachetada y me dijo que parecía una puta. Como éramos muy pobres y no teníamos más que para comer, mis abuelos y sobre todo la tía Laura nos hacían de papá Noel y de Reyes Magos y nos regalaban esas cosas que tanto deseábamos: una malla, unas sandalias, algún vestidito y golosinas. Cuando Mi tía Laura se iba, papá hacía una pila con todo lo que nos había traído y le prendía fuego… Lo mismo hacía con nuestros pocos juguetes, también regalados por nuestros abuelos, si los llegábamos a dejar tirados. Recuerdo que para el día de mi primera comunión (tenía 6 años) mi madrina me había regalado una preciosa muñeca. Mi hermana, que era muy chiquita, la dejó por ahí. Nunca más la vi. Él la quemó al día siguiente de mi comunión. A los 16 años me fui de casa a una comunidad religiosa (la de la tía Victoria) no porque tuviera ninguna vocación sino porque quería irme lejos de papá y que nunca más volviera a pegarme ni tuviera ninguna autoridad sobre mi. Solo iba de visita dos veces al año. Todo lo que soy lo hice a pulmón y gracias a mamá y a la comunidad de la tía Victoria. Tuve la mala suerte de que mamá estuviera en una silla de ruedas toda mi vida. Yo solo tenía nueve años cuando quedó paralítica. Ella ni siquiera pudo ir a llevarla. A los 28 volví. Y estuve dos años en el campo. Trabajando por supuesto y gratis o mejor dicho por casa y comida. Le ayudé a construir el negocio y lo atendía el día entero todos los días incluidos los domingos. Esos dos años también tuvimos muchas peleas, solo que ya no podía pegarme. Esto son solo algunas pequeñas cosas personales. Me olvidaba contarte que al igual que mis hermanos, siempre estuve cuando me necesitó. Pero esta vez me cansé. Estoy harta de abuso y manipulación. No puedo sentir ninguna ternura por alguien que siempre fue increíblemente egoísta. Dirás que por qué pasan estás cosas ahora. Es que no está la abuela. Ella que fue la persona más increíble que conocí, con la cuál nunca jamás tuve ningún pero, hizo siempre de paragolpes. Estuvo siempre en el medio para apaciguar y consolar, para aconsejar y proteger, para querer a cada uno como cada uno era. Siento contarte estás cosas. Pero si eres un adulto para gritarme y para poner en tela de juicio lo que hago también lo eres para saberlas. Es tu abuelo. Con eso no me meto. Quizás como abuelo trate de redimir todo lo que no fue como padre. Ahora te pido que hagas un repaso de tu vida y veas si le encuentras algún parecido con la mía. Dios te regalo un padre que es un lujo. Quizás al leer esto puedes entender lo que vale. Siempre envidié el padre que tenéis. Un abrazo. Te quiero mucho. Mamá”. Esta madre ha puesto la cruda verdad ante los ojos de su hijo. Es necesario, a veces, plantear con esta claridad las cosas. No se debe mantener a los hijos adolescentes en una perpetua infancia. Deben saber lo que es la vida. Deben saber dónde están los límites. Hay que bajar a los adolescentes de las nubes de sus fantasías a la realidad de la tierra.
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Tú trabajas para mí
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2011/01/22/tu-trabajas-para-mi/
January 21 2011, 10:00pm | Comments »
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Jefes tóxicos en educación
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/11/13/jefes-toxicos-en-educacion/
La autoridad, para ser tal, tiene que estar al servicio de la comunidad. Hablo de autoridad, no de poder. La palabra autoridad proviene del verbo latino auctor, augere, que significa hacer crecer. De modo que tiene autoridad aquella persona que ayuda a que los demás se desarrollen, que ayuda a crecer. Quien aplasta, humilla, engaña, silencia, castiga y, en definitiva y destruye, no tiene autoridad, sino poder. Leí hace tiempo un libro de Iñaki Piñuel, cuyo título sirvió de anzuelo para mi curiosidad: “Neomanagement. Jefes tóxicos y sus víctimas”. A juicio del autor, hay jefes (y jefas, digo yo) que no sólo no ayudan, ni estimulan, ni coordinan, ni alientan a los súbditos sino que los envenenan, destruyen, engañan, manipulan, humillan y “carbonizan”. La toxina es un veneno producido por los organismos vivos. Se entiende que el veneno, en este caso, es de naturaleza psicológica. Los efectos que produce en las víctimas el veneno que le inoculan los jefes (o jefas) perversos son de diversa naturaleza e intensidad: destrucción del autoconcepto, condena al ostracismo, anulación de estímulos, angustia, silencio, impotencia, rabia, desmoralización…. El jefe tóxico se siente superior, se cree superior. Los más acomplejados tienen que mostrar más claramente esa pretendida superioridad. Qué decir del jefe tóxico varón cuando tiene bajo sus órdenes a una mujer eficaz siendo él un inútil. La única forma que tiene de sentirse importante es anularla. No soporta que una mujer diligente, guapa y feminista (todas deberían serlo) le esté recordando a cada minuto su nimiedad, su incompetencia, su inutilidad. Si la puede eliminar, la elimina. Si la puede humillar, la humilla. Si la puede arrinconar, la arrincona. Porque es un miserable y un cobarde. La luz que desprende una mujer brillante deja al descubierto la basura que cubre al jefe misógino. Lo más triste es que haya mujeres que asuman tan rápidamente los esquemas mentales del mando machista autoritario. Qué triste. Habría que esperar de ellas un estilo de dirección más sensible, más inteligente, más honesto. Los jefecillos tóxicos suelen ser serviles con quienes tienen por encima en el escalafón. Son duros con las espigas y blandos con las espuelas. Una vez en el poder se vuelven cínicos, tramposos, déspotas, crueles. Existe para mí un criterio decisivo para valorar la actuación de un jefe: ¿a quién desea tener contentos, a los de arriba o a los de abajo? Si es adulador con quienes mandan y cruel con aquellos a quienes tiene debajo, yo creo que es un jefe tóxico. Los jefes tóxicos suelen actuar de forma casi natural en organizaciones tóxicas y aprenden fácilmente de otros jefes tóxicos a los que han visto actuar o de los cuales han sido víctimas. Los jefes tóxicos agresivos suelen ser tolerados y tratados con mucha tolerancia atribuyendo su actuación al hecho de ser “personas con carácter” o sencillamente con la explicación de que “son así” o de que “hay que aceptarlas como son”. Claro que, ante un jefe tóxico, la mejor forma de reaccionar es la inteligencia y el desdén. Los jefes tóxicos deben ser derrocados por el sentido común de quien los nombra o por la actitud democrática de quienes los padecen. En este sentido me preocupa la pasividad y la capacidad de aguante de algunos subordinados. Uno se pregunta si es que no se enteran o si es que les da igual todo. ¿Por qué se callan? ¿Por qué miran para otra parte? ¿Por qué se distancian de los críticos como si fueran estos los culpables? Estos emisores de toxinas son dañinos en cualquier organización pero en escenarios educativos son todavía más nefastos, porque rompen el núcleo esencial de la educación que es el cultivo de la dignidad de la persona. Mi pregunta es si la acción de los directores y directoras de las escuelas se dirige a finalidades educativas o si se enmaraña en el ejercicio de la burocracia, del control, del autoritarismo y de las intrigas. Tengo noticia de algunos casos preocupantes. Casos en los que la dirección es la fuerza que paraliza el cambio y la mejora, el punto negro de la institución. Quien dirige y, por consiguiente, debería esforzarse para que haya transparencia, participación, entusiasmo y compromiso, es el principal agente del descontento, de la arbitrariedad y de la injusticia. Me preocupa más todavía que, elevados por el profesorado los problemas de la dirección a las autoridades competentes, éstas miren para otra parte o den la razón de forma indiscriminada a quien ejerce el poder. Como si haciendo así las cosas se reforzase la autoridad. No. La autoridad no se gana así. La autoridad se gana con el trabajo, con el ejemplo, con la coherencia, con el diálogo, con la humildad. La estructura jerárquica del sistema educativo ganará en eficacia en todos sus niveles si entiende que quien está arriba debe ayudar a quien está debajo y no a la inversa. Se fortalecerán los ejes de la educación si quien manda pone todas sus fuerzas al servicio de la comunidad y no a la inversa. Si quien ejerce la autoridad se siente servidor y no amo. Alguna vez he hablado de las funciones ricas y de las funciones pobres de la dirección. Creo que podríamos ponernos fácilmente de acuerdo en definir que las tareas de representación, de burocracia, de control… son pedagógicamente más pobres que las dedicadas a cohesionar al equipo, a impulsar un buen proyecto, a coordinar los esfuerzos, a generar entusiasmo… ¿A cuáles de ellas se dedica más tiempo? El coche no avanzará si quien ha de ser el acelerador (del compromiso, de la honradez y de la mejora) se convierte en el freno que detiene o que disminuye el empuje. El ambiente no mejorará si quien tiene la responsabilidad de purificarlo y enriquecerlo es quien más toxinas desprende.
November 12 2010, 10:00pm | Comments »
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El maestro del biblioburro
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/10/23/el-maestro-del-biblioburro/
Dice la profesora inglesa Joan Dean que, si los profesores compartiésemos las experiencias positivas que vivimos, encontraríamos una fuente inagotable de energía y de optimismo. No lo hacemos por un falso pudor, por pereza o por creer que lo que hacemos no tiene la misma importancia que las iniciativas que otros llevan a cabo. ¿Cuántas experiencias creativas, hermosas y emocionantes llevan a cabo los docentes en los diversos ámbitos de intervención del sistema educativo? ¿E, incluso, fuera del mismo? ¿Por qué no difundirlas y combatir así ese fondo de pesimismo que es tan nocivo y, por otra parte, tan antagónico con la esencia de la educación? Me han enviado un maravilloso documento pedagógico que quiero compartir con mis lectores y lectoras. Se trata de la iniciativa que hace varios años, diez aproximadamente, está llevando a la práctica un maestro colombiano llamado Humberto Luis Soriano Borges en La Gloria, Departamento de Magdalena (República de Colombia). Se trata de una biblioteca ambulante que se mueve a lomos de un burro y de una burra. La burra se llama Alfa y el burro se llama Beto. “Biblioburro” llama a su biblioteca andante este joven maestro. Él dice que hay niños y niñas que viven apartados de cualquier tipo de libros, ya que sus familias se encuentran diseminadas por los valles y perdidas en pequeñas aldeas de montaña. No llega allí ningún tipo de vehículo y ellos no tienen posibilidades de acudir a los centros de población en los que hay bibliotecas. Los fines de semana, el maestro Soriano, carga de libros las alforjas de Alfa y Beto y va con esos humildes tesoros al encuentro de los niños y de las niñas que los reciben con entusiasmo. El dice que pretende cultivar su imaginación, que pretende poner un poco de color en sus vidas grises. Él dice, que esos niños y niñas “atravesados por la violencia”, necesitan asomarse a las maravillas que encierran los libros. Es emocionante ver las caras de los niños y de las niñas leyendo los libros y haciendo ejercicios diversos después de la lectura. Es emocionante escuchar las opiniones que los padres y las madres de esos niños manifiestan respecto a la iniciativa del maestro.. - Espectacular, dice una niña entusiasmada refiriéndose al encuentro con Alfa y Beto. - Como los niños no pueden acudir a las bibliotecas, el maestro les trae la biblioteca a los niños, señala una mamá agradecida. Mi admiración por este maestro que no se somete a su horario ni está pendiente del reloj para medir su jornada. Él acude a visitar a los niños y a las niñas que, alborozados, celebran la llegada de la biblioteca. Me admira también que no se trate de una experiencia de un día o de dos, ocasional, pasajera, sino de un proyecto prolongado en el tiempo, que se ha hecho parte de la vida de esas personas a las que Paulo Freire calificaba de “los desheredados de la tierra”. Me pregunto por qué no hace el gobierno la tarea que este humilde maestro realiza en sus horas de descanso. ¿Por qué abandona el gobierno a esas criaturas que necesitan acceder a los bienes de la cultura en mayor medida que otras que tienen a mano muchos medios y recursos? ¿Por qué las ignora y las deja abandonadas a su suerte? Tiene que ser este soñador y sacrificado maestro el que realiza estas labores de rescate. Él tiene que brindar su preocupación, su sensibilidad, su tiempo y su dinero para suplir las carencias del Ministerio de Educación del país. Uno llega a pensar si no es verdad aquella antigua sospecha que muchos albergaban respecto al poder: ¿no le interesará que los ciudadanos y ciudadanos sean ignorantes? De esa manera no pondrán en solfa su actitud y sus políticas. De esa manera no pretenderán desalojarles del poder. Cuando contemplaba, emocionado, las imágenes a las que remito al lector o lectora (escriban en cualquier buscador la palabra biblioburro), pensaba en la desafección que muchos de nuestros escolares muestrean hacia los libros y hacia la lectura. ¿Qué nos pasa? Creo que la sobreabundancia nos ha saciado y ya no mostramos aprecio a bienes de los que otros carecen y que valoran en muy alto grado. Es muy significativo ver cómo reciben los niños y las niñas de estas aldeas al maestro y a sus burros y comparar esa actitud con el rechazo que algunos de nuestros escolares tienen hacia la lectura. He contado en alguna ocasión la anécdota que el fallecido y querido Eduardo Haro Tecglen transcribió en su entonces habitual columna de El País. Contaba que, estando haciendo una mudanza, un joven levantaba sudoroso en su casa una pesada caja de libros. Eduardo le dice: - Siento que tengas que hacer un esfuerzo tan grande. Los libros pesan y, además, la caja es excesivamente grande. Y el chico le dice: - No se preocupe por mí, Don Eduardo. Lo mío no es nada. Lo malo es lo suyo que tiene que leerlos. ¿Por qué este rechazo, por qué esta aversión, por qué esta actitud negativa hacia la lectura. Es preciso pensar qué estrategias didácticas utilizamos en las casas y en las escuelas. Y pensar si otros estímulos están conquistando las parcelas de curiosidad innata que tiene el ser humano. Es preciso pensar también si nuestra actitud hacia la lectura arrastra hacia los libros o aleja de ellos a nuestros hijos y a nuestros alumnos. Porque no hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Los niños y las niñas actúan como nosotros somos, no tanto como nosotros les decimos que tienen que actuar. Una persona que no ama los libros no puede contagiar el deseo de leer. El maestro colombiano de nuestra historia es una apasionado de la lectura, es un verdadero ejemplo de amor a los libros. Por eso contagia su actitud, por eso transmite tan eficazmente su emoción.
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October 22 2010, 11:00pm | Comments »
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¿Educación a la carta?
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/10/02/%C2%BFeducacion-a-la-carta/
Atraído por el título, he leído el desconcertante libro de Nikolái Lilin, ”Educación siberiana”. El adjetivo que acompaña a la palabra educación me lleva a plantear una cuestión de fondo: ¿hay tantos tipos de educación como adjetivos se deseen utilizar? Así habría, según los gustos, educación francesa, educación tibetana, educación judía, educación colombiana, educación militar, educación opusdeista, educación catalana, educación católica, educación criminal, educación budista, educación hitleriana, educación etarra…. ¿Hasta dónde? ¿Quién o quiénes eligen el adjetivo y su correspondiente contenido intelectual, cultural, ético, político…? ¿Los educandos? ¿Los educadores? ¿Las instituciones? ¿El gobierno de turno? ¿La familia? De esta forma cada colectivo tendría las claves de esa educación que consistiría en transmitir las bases de la cultura, sin ponerse a pensar si son buenas o malas, saludables o insanas, justas o injustas… Se definiría la educación de forma interna, sin tener en cuenta los patrones de una ética universal. El individuo tendría que asimilar los contenidos de esa educación sin rechistar e, incluso, sentirse orgulloso de hacer suyas esas normas. ¿No sería esto adiestramiento? ¿No sería indoctrinación? Es decir que el educando no tendría la facultad de poner en tela de juicio esas reglas, de rechazarlas o de quebrantarlas a su albedrío. No tendría libertad. El libro al que hago referencia, aunque es una novela, está basado en la experiencia personal del autor. Es, de alguna manera, una curiosa autobiografía. Describe la vida, costumbres y valores de diferentes comunidades, sobre todo la de los urcas, una insólita comunidad de bandidos siberianos que fueron deportados por Stalin desde Siberia a la Transnitria, una franja en tierra de nadie entre Moldavia y Ucrania. (en 1990 declaró su independencia, pero ningún Estado la reconoce). En Bender (Transnitria) nace el autor de la obra, en el seno de una familia que no reconoce más autoridad que la de sus ancianos, obligando a sus miembros a respetar un estricto código de conducta que les define como “criminales honrados”. Después de ser reclutado a la fuerza por el ejército ruso y de pasar una temporada como soldado en Chechenia, se trasladó a Italia. Desde 2003 vive en el norte de este país, donde se gana la vida como tatuador profesional, especializado en mantener viva la tradición de los tatuajes siberianos. (Especialmente llamativo es el capítulo del libro dedicado a los tatuajes, que lleva por título “Cuando la piel habla”). En la obra se describe minuciosamente la vida y costumbres de los urcas. A cada paso aparecen armas, peleas, asesinatos, cárceles y acciones violentas sin cuento ni cuenta… Choca una y otra vez encontrarse con expresiones como “criminales honestos”, “bandidos buenos”, “reglas de juego criminales”… Y todo mezclado con un sentimiento religioso un tanto mágico que introduce invocaciones a Dios y a Jesucristo de manera constante. Ver la palabra educación presidiendo este entramado de tropelías, de agresiones, de golpes, de navajazos y de muertes sin sentido, me ha dejado de una pieza. ¿Puede llamarse a ese fenómeno de inculturación, un proceso educativo? Creo que no porque la educación exige la capacidad de poner en tela de juicio la cultura. No todo es bueno en ella, no todo es admisible. La transmisión o la asimilación indiscriminada de reglas, normas y costumbres no es, a mi juicio, educación sino adiestramiento. La educación incluye una dimensión crítica. Y, además, un inexcusable componente ético. ¿Cómo se puede justificar el robo, el asalto, el asesinato, el ajuste de cuentas sin otro criterio que las normas internas de la tribu? Es probable que el lector o lectora comparta mi preocupación si transcribo algunos párrafos literales. “Nuestros mayores nos educaban bien. Para empezar, nos enseñaban a respetar a todos los seres vivos, categoría en la que no entraban los policías, las personas relacionadas con el gobierno, los banqueros, los usureros y todos aquellos que ostentaban poder económico y explotaban a la gente sencilla” (pág. 115). “Dos años antes un amigo nuestro, Mitia, alias Giulic, que en jerga significa pequeño criminal, había matado de un navajazo a un georgiano que lo ofendió por hablar en su idioma ante él” (pág. 272). “Los criminales dignos se presentan, se saludan y se desean lo mejor incluso cuando van a matarse” (pág. 281) “Bueno, tranquilo hasta cierto punto, porque una vez había matado a martillazos a un chaval del Centro que había querido rebajarlo ante una chica con la que Guiguit mantuvo primero una relación de amor y luego de amistad” (pág. 294). “Su madre, la tía Svetlana, era jefa de una pequeña banda de ladrones que se dedicaba a hacer turnéi, esto es, a robar de ciudad en ciudad. Asaltaban casas de ricos y políticos locales, pero sobre todo de los llamados empresarios ocultos, productores y comerciantes ilegales asociados con los directores de las grandes fábricas” (pág. 295). Dentro de la filosofía de los urcas aparecen con frecuencia valores como la lealtad, la humildad, la generosidad. Prohíben las drogas, la violación y el desprecio hacia los débiles, delitos que castigan con la muerte. Pero sólo de puertas adentro. Matar policías, por ejemplo, es un meritísimo ejercicio cultural. Se habla de alguna “autoridad” que tenía a gala haber matado más de catorce mil. El periodista Roberto Saviano dice en el diario La República que “para leer este libro hay que estar dispuesto a olvidar las definiciones de bien y de mal tal como las conocemos…”. Y yo me pregunto: ¿cómo podemos olvidarnos de la ética cuando hablamos de educación, cómo podemos dejar a un lado los valores? ¿Qué educación es ésta? ¿Puede existir educación a la carta?
October 1 2010, 11:00pm | Comments »
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Papá, mira lo que hago
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/08/14/papa-mira-lo-que-hago/
Quien tenga hijos o hijas de corta edad sabrá con cuánta insistencia se dirigen a los padres y a las madres, diciendo ante cualquiera de sus nuevas o ya conocidas habilidades: - Papá, mamá, mira lo que hago. Quien esté en un aula con niños y niñas, sabe con qué persistente asiduidad se dirigen al maestro o a la maestra para mostrarle la obra que con tanto empeño han concluido: - Seño, mira mi dibujo… Lo mismo digo respecto al comportamiento que quieren ofrecer como muestra de su esfuerzo, de su aplicación o de su obediencia: - Mamá, ¿has visto lo bien que me he portado? Y es que los niños y las niñas tienen necesidad del reconocimiento de los adultos. Necesitan el respaldo de quien tiene la autoridad de decir lo que está bien y lo que está mal y el elogio por el esfuerzo realizado o el reproche por lo que han hecho. Ellos se miran en el espejo de nuestros ojos y en la sonrisa o el reproche que merece lo que han conseguido. Sin esa retroalimentación, sin ese eco de atención su esfuerzo les parece baldío. Hace unos días, mi hija Carla, cinco años, se echó a llorar desesperadamente porque yo no le había prestado atención mientras se tiraba de cabeza en la piscina. Ella quería que su papá fuese testigo de los avances que estaba realizando. Sin ese reconocimiento, sin esa mirada, sin esa presencia, el éxito no se producía. Cuando le pregunté por qué lloraba, me lo explicó de forma clara y terminante: - Porque tú no me mirabas, porque tú no me mirabas… Los niños y las niñas necesitan de nuestra presencia, de nuestra valoración, de nuestra aprobación. Necesitan que alguien que les quiere, los mire y reconozca sus avances, sus esfuerzos, sus intentos de mejora. Porque quieren superarse constantemente. Nos distraen de esa mirada atenta y de esa atención amorosa muchas ocupaciones, muchas preocupaciones, muchos intereses, muchas personas a primera vista más importantes que esos pequeños, a veces minúsculos progresos. Parece que las cosas de los niños y de las niñas son siempre cosas sin importancia. A nuestros ojos de adultos lo que ellos hacen puede ser irrelevante, pero para ellos es toda su vida, es todo lo que tienen, todo lo que son. No hay nada más importante que ese reconocimiento, que esa felicitación, que esa sonrisa. “La sonrisa es una línea curva que lo endereza todo”, dice Phillis Diller. Esa actitud amorosa del adulto es sumamente importante para los niños y las niñas. Esa postura atenta a las pequeñas cosas, a los diminutos avances es lo que necesitan para crecer. ¿Por qué estorban tanto los niños a ciertos adultos? - Vete a ver la televisión… - ¿Por qué no vas a tu cuarto a jugar? - Busca a tu hermano y juega con él - Ha llamado tu tío para llevarte al cine ¡Uf, qué respiro! Algunos padres consideran muy largas las vacaciones. Les resulta agotador estar constantemente pendientes de sus pequeños sin caer en la cuenta de que necesitan esa mirada solícita, esa preocupación cercana. Ya sé que no se puede leer, que no se puede conversar, que no se puede dormir la siesta, que no se puede tomar tranquilamente el sol. Pero ellos necesitan sentirse mirados como las plantas necesitan la luz del sol. De esa manera se sienten importantes, se sienten únicos, se sienten queridos. - Papá, mira lo que hago… Es una demandan de atención y de reconocimiento. Muchas veces rompe nuestra comodidad, nuestro egoísmo, nuestros intereses de adultos, pero alimenta la construcción de una identidad sana y equilibrada. Esa actitud cuidadosa, sensible, cercana y generosa no sólo beneficiará a los niños y a las niñas sino que nos hará a nosotros mejores personas. Porque no es igual practicar el egoísmo que la generosidad, la responsabilidad que el abandono, la dureza que la sensibilidad, la ternura que a violencia, la alegría que la tristeza… He leído esta hermosa historia en el libro de Isha “¿Por qué caminar si puedes volar?” . Un chico corre al encuentro de su abuelo y le dice: - Abuelo, abuelo, ¿cuál es el secreto de la vida? En la boca arrugada del anciano se dibuja una sonrisa mientras responde: Mi niño, dentro de todos nosotros es como si hubiese dos lobos luchando. Uno está enfocado en proteger su territorio, en la rabia, la crítica y el resentimiento; es miedoso y controlador. El otro está enfocado en el amor, la alegría y la paz; es travieso y está lleno de aventuras. Pero abuelo, exclamó el niño con sus ojos muy abiertos de curiosidad, ¿cuál de ellos es el que va a ganar? El anciano le responde: - El que tú alimentes. Ahí está la clave. Lo vemos en estas fechas de vacaciones. Hay personas que se hartan de los niños, que los soportan como si fueran una tortura, que están deseando que empiece el colegio para librarse de ellos. Otras personas, sin embargo, disfrutan de los niños, juegan con ellos, los tienen en la presencia de su mirada y en el afecto de la compañía. Y, puestos a hacer confidencias, diré que tengo una suegra que se encuentra entre este segundo tipo de personas. Demuestra esa magnífica actitud la expresión que utiliza después de una tarde en compañía de su nieta: - ¡Lo que he disfrutado de la niña esta tarde! Eso es. Esa es la actitud que hace crecer y la que permite disfrutar. Y no la de quien se pasa rabiando y despotricando del permanente ajetreo, de la incesante movilidad y de la inacabable demanda de atención de los niños y de las niñas. Porque ellos necesitan nuestra mirada amorosa y nuestra exigente atención. Ellos necesitan, para crecer y alimentar su personalidad, la conciencia de que son importantes para alguien, de que lo que ellos hacen merece la atención de quien les quiere.
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August 13 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Tapar la boca
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/07/24/tapar-la-boca/
La libertad de expresión es un derecho básico de los ciudadanos y ciudadanas en una democracia. Tapar la boca a las personas para que no puedan decir lo que piensan es un atropello inadmisible. Si la causa de la decisión es que quien habla critica al poder, resulta doblemente pernicioso porque no sólo se destruye la libertad sino que se ejercita el abuso de autoridad, cáncer de la democracia. La democracia consiste en reconocer que el poder está en el pueblo. El pueblo es la autoridad. Y quienes han sido elegidos por el pueblo tienen el deber de servir, no de acallar, tienen el deber de garantizar la libertad, no de coartarla. Eso es lo que ha sucedido en el Ayuntamiento de Valdivielso (norte de Burgos). Acabo de escuchar la grabación del pleno municipal celebrado el día 4 de julio en el que se debatió la continuidad de una Radio Municipal que lleva funcionado varios años. Se trata de una Radio que organiza muchas actividades con niños y adultos, que pretende preservar la memoria del pueblo, que rescata del olvido usos y costumbres, que sirve de enlace entre los ciudadanos y ciudadanas para ofrecer ayuda a quien se ha quedado sin gasolina o necesita alguna cosa urgente… En un punto del orden del día del citado pleno se aborda la continuidad de la radio que está sufragada con las aportaciones de los miembros de una Asociación Cultural y con una subvención de 8900 euros anuales del Ayuntamiento. Se dice literalmente en el pleno que no se puede aceptar que una Asociación que recibe esa ayuda se dedique a criticar a los concejales y al alcalde. Lo que debería haber hecho la Corporación al concederles la ayuda es exigirles bajo contrato que dedicasen varios programas a cantar las loas de los señores concejales y del señor alcalde. El error básico reside, a mi juicio, en la concepción del dinero público que tienen esos gobernantes. Creen que el dinero es suyo. Y, por consiguiente, tienen que decir cómo se ha de emplear. Pues no. El dinero es del pueblo (¿o lo han puesto de su bolsillo?) y los gobernantes lo tienen que administrar según los intereses y la voluntad del pueblo. Criticar las actuaciones del alcalde es un ejercicio de democracia que no se puede eliminar. La composición de la corporación es de tres miembros del PSOE, entre ellos el alcalde, tres concejales del PP y una concejala que es miembro de la Agrupación “Juntos por Valdivielso”. Los tres miembros del PP quieren clausurar la radio. Los tres del PSOE quieren sustituir a quien la dirige por un periodista contratado durante seis meses hasta que llegue, en primavera, una nueva Corporación tras las elecciones. Y la concejala que pertenece a la Agrupación quiere la continuidad de la radio. Ante el resultado de la votación 3-3-1 se impone el voto de calidad del alcalde. Y allí, sin más, éste da por zanjado el asunto diciendo que si cuesta mucho llevar a cabo la decisión ganadora, se impondrá la decisión del PP. Es decir, que se acaba con la Asociación o se acaba con la Asociación. Y, por consiguiente, con la radio. Al parecer la radio puso en marcha una recogida de firmas que no gustó a los munícipes. Y se quejan de que esa no es una función cultural. Depende de lo que entendamos por cultura, claro está. Porque si entendemos por cultura el conocimiento, el análisis y la participación en lo que atañe a la ciudadanía la recogida de firmas es cultura. En el pleno se ve claramente que la decisión está tomada, que no interesa debatir, que no se cuenta con la opinión del pueblo, que lo que se pretende es acabar con la radio. No se puede silenciar esta radio. No se puede acallar la voz de quienes opinan. Lo que tienen que hacer el alcalde y los concejales es rebatir en la radio los argumentos que consideren falsos. Estoy seguro de que nunca se lo han impedido. No puede calificar la crítica de falta de respeto porque falta de respeto es la suya al decidir acabar con la Asociación y con la radio. Lo que tiene que hacer es ofrecer la oportunidad de hablar de la libertad de expresión y de las cortapisas que esta encuentra cuando el ejercicio de esa libertad desagrada a quien tiene el poder. Un empresario decía: a mí no me gusta que mis trabajadores me adulen, a mí me gusta que digan la verdad, aunque eso les cueste el puesto. La pregunta es bien sencilla: ¿Hubieran tomado esta decisión sobre la radio si no se hubiera mostrado crítica con el poder, si hubiera recogido firmas para apoyar la gestión municipal? Otro empresario invitó a un grupo de trabajadores a una comida de fraternidad. En los postres se puso de pie y contó un chiste. Todos los trabajadores se rieron a carcajadas, menos uno, que se quedó impasible. El empresario se dirigió a él y le preguntó: - ¿Es que a usted no le ha hecho gracia? Y el trabajador contestó: - Mire usted, a mí me ha hecho la misma gracia que a todos los demás, pero es que yo me jubilo mañana. Si el alcalde, como dice en el pleno, entiende que la radio le falta al respeto, que denuncie los hechos ante el juzgado, pero que no cierre la radio. El juez dirá quién tiene la razón. Es fácil confundir con falta de respeto el sano ejercicio de la crítica que manifiesta con crudeza el desacuerdo ante la política. No vale decir cualquier cosa: no vale calumniar, por ejemplo. No vale insultar, pero hay modos de saber si lo que se dice es una opinión razonada o un exabrupto indecente. Lo último es tapar la boca a quien habla, con la excusa de que no están hablando bien del que les ha regalado un micrófono. Intenté hablar con el alcalde, pero no fue posible, a pesar de su buena disposición. Me hubiera gustado conocer directamente su opinión. En cualquier conflicto es conveniente escuchar a las dos partes. Pero bueno, él habló con sus intervenciones y con su decisión en el pleno. Invito a la Corporación a que revoque la decisión que ha tomado y de continuidad a la radio renovando el contrato que vence el 31 de agosto. Esa radio es una hermosa iniciativa de la que todo el pueblo se beneficia y se siente orgulloso. Sería un gesto de inteligencia y de honradez. Cuando en una sociedad los aduladores prosperan y los críticos están condenados a la persecución o al ostracismo la democracia está en peligro.
July 23 2010, 11:00pm | Comments »
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¿Quién lo ha dicho?
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/04/10/%C2%BFquien-lo-ha-dicho/
Existe un concepto jerárquico de verdad que podría definirse así: “verdad es lo que la autoridad dice que es verdad”. Sea ésta religiosa, política o académica. Craso error que ha servido para manipular muchas mentes y para extender muchos errores. Anthony Wenston escribió hace unos años un pequeño pero enjundioso libro titulado “Las claves de la argumentación”. Uno de los capítulos del libro está dedicado a los argumentos de autoridad. “A menudo tenemos que confiar en otros para informarnos y para que nos digan lo que no podemos saber por nosotros mismos…. Sin embargo, confiar en otros –dice Wenston- resulta, en ocasiones arriesgado”. Cuando pretendemos dar a nuestra posición cierta credibilidad citando una fuente de autoridad, corremos el riesgo de no aportar ninguna prueba de valor. Por eso, es necesario que las fuentes estén bien citadas, que esas fuentes tengan una buena información y que, a la vez, sean imparciales. He realizado hace unos días en la clase una pequeña experiencia. Repartí a los alumnos y alumnas un pensamiento para que manifestaran el grado de acuerdo o desacuerdo que les suscitaba. Podían expresar su posición en la siguiente gama de opciones: muy de acuerdo, bastante de acuerdo, ni de acuerdo ni en desacuerdo, bastante en desacuerdo, muy en desacuerdo. La frase era la siguiente: “Las tormentas en el mundo político son tan necesarias como las tormentas en el mundo físico. Descargan la energía, remueven el ambiente y purifican la atmósfera”. Lo que no sabían era que la frase que recibía la mitad de la clase (la misma que recibía la otra mitad) estaba firmada por José Luis Rodríguez Zapatero (Discurso de Investidura. Madrid). La frase entregada al resto (insisto, la misma frase) estaba firmada por Mariano Rajoy (Discurso de Apertura del Congreso del Partido. Valencia). Ni qué decir tiene que las referencias de las citas eran falsas. Probablemente ni Zapatero ni Rajoy habrán dicho nunca algo semejante y, por supuesto, no lo han dicho en los discursos citados. El contenido de la frase era el mismo para las dos grupos, pero pesó muchísimo en las contestaciones la valoración del autor de la frase. Ellos y ellas dijeron que se habían guiado fundamentalmente, antes de contestar, por el autor. Mucho más que por el análisis del contenido. Es decir, que el argumento de autoridad pesa mucho. Si lo ha dicho el Papa está bien (o está mal) no según el contenido de la afirmación sino según la valoración que el oyente o el lector hacen del personaje a quien se atribuye la afirmación. Decía Chesterton: “Cuando entramos en la iglesia se nos pide que quitemos el sombrero, pero no la cabeza”. “Lo ha dicho fulano” se convierte en un argumento. No por lo que diga sino por quién lo ha dicho. Proceder que no tiene mucha lógica y revela la parcialidad de muchas de nuestras opiniones, Obsérvese la facilidad con la que se invoca en los debates la autoridad de una cita. Lo mismo que yo piensa fulano de tal. Bueno, ¿y qué? Lo importante sería saber cuáles son los argumentos que utiliza para afirmar lo que afirma. Esto que sucede en la argumentación, sucede también en la vida con las actuaciones, con los hechos. Pondré algunos ejemplos de todos conocidos. - Si un militante de un partido político se convierte en tránsfuga es que ha desertado. Pero si es del partido opositor y se pasa a sus filas es porque ha descubierto dónde estaba la honradez. - Si un creyente deja un determinado credo es que ha renegado, pero si otro de una religión distinta se pasa a su seno es porque se ha convertido. - Los seguidores de un equipo silban el hecho de que un jugador del equipo contrario retrase el balón a su portero, pero aplauden cuando lo hace un jugador de los suyos. Según quien lo diga o quien lo haga estará bien o mal. No es tanto la naturaleza o el contenido de la acción lo que importa, sino el agente que habla o que actúa. Si lo dicen o hacen los otros es distinto. El llamado argumento de autoridad debería tener menos peso en la argumentación y en la vida. “Es que lo ha dicho fulano de tal”. Bueno, ¿y qué? Lo que importa es la lógica de lo que ha dicho, la fundamentación, el rigor, las pruebas. Las personas dan crédito a aquellos que piensan lo mismo que ellas. Uno invoca el testimonio de un médico que rechaza el aborto y los que defienden el derecho a realizarlo citan a médicos que defienden exactamente lo contrario. Creo que unos y otros deberíamos ser más rigurosos en la argumentación. “Es que lo ha dicho fulano o mengano” no es ningún argumento sólido. Ya sé que si esa persona es un sabio será más probable que diga algo que tenga fundamento. Pero no necesariamente es así. Por otra parte, las autoridades sobre un determinado tema no necesariamente están bien informadas sobre cualquier otra cuestión acerca de la cual opinan. Si decimos que Einstein era un pacifista y que de ahí se deduce que el pacifismo es una magnífica solución, no reparamos en que el genio de Einstein en física no le convierte en un genio en filosofía política. Los ataques personales no descalifican las fuentes. Es decir que una fuente puede ser descalificada si no está bien informada, si no es imparcial o si no ha razonado con rigor, pero no porque el autor o autora sea guapo, feo, creyente o descreído. Ludwig Von Misses describe una serie de ataques ilegítimos contra el economista Ricardo: “La teoría de Ricardo es espuria a los ojos de los marxistas porque Ricardo es un burgués. Los racistas alemanes condenan la misma teoría porque Ricardo es judío, y los nacionalistas alemanes porque era un inglés… Algunos profesores alemanes formulan conjuntamente estos tres argumentos contra la validez de las teorías de Ricardo”. Tenemos que ser más rigurosos al aceptar o al rechazar las tesis que otros formulan.
April 9 2010, 11:00pm | Comments »
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¿Quién lo ha dicho?
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Existe un concepto jerárquico de verdad que podría definirse así: “verdad es lo que la autoridad dice que es verdad”. Sea ésta religiosa, política o académica. Craso error que ha servido para manipular muchas mentes y para extender muchos errores. Anthony Wenston escribió hace unos años un pequeño pero enjundioso libro titulado “Las claves de la argumentación”. Uno de los capítulos del libro está dedicado a los argumentos de autoridad. “A menudo tenemos que confiar en otros para informarnos y para que nos digan lo que no podemos saber por nosotros mismos…. Sin embargo, confiar en otros –dice Wenston- resulta, en ocasiones arriesgado”. Cuando pretendemos dar a nuestra posición cierta credibilidad citando una fuente de autoridad, corremos el riesgo de no aportar ninguna prueba de valor. Por eso, es necesario que las fuentes estén bien citadas, que esas fuentes tengan una buena información y que, a la vez, sean imparciales. He realizado hace unos días en la clase una pequeña experiencia. Repartí a los alumnos y alumnas un pensamiento para que manifestaran el grado de acuerdo o desacuerdo que les suscitaba. Podían expresar su posición en la siguiente gama de opciones: muy de acuerdo, bastante de acuerdo, ni de acuerdo ni en desacuerdo, bastante en desacuerdo, muy en desacuerdo. La frase era la siguiente: “Las tormentas en el mundo político son tan necesarias como las tormentas en el mundo físico. Descargan la energía, remueven el ambiente y purifican la atmósfera”. Lo que no sabían era que la frase que recibía la mitad de la clase (la misma que recibía la otra mitad) estaba firmada por José Luis Rodríguez Zapatero (Discurso de Investidura. Madrid). La frase entregada al resto (insisto, la misma frase) estaba firmada por Mariano Rajoy (Discurso de Apertura del Congreso del Partido. Valencia). Ni qué decir tiene que las referencias de las citas eran falsas. Probablemente ni Zapatero ni Rajoy habrán dicho nunca algo semejante y, por supuesto, no lo han dicho en los discursos citados. El contenido de la frase era el mismo para las dos grupos, pero pesó muchísimo en las contestaciones la valoración del autor de la frase. Ellos y ellas dijeron que se habían guiado fundamentalmente, antes de contestar, por el autor. Mucho más que por el análisis del contenido. Es decir, que el argumento de autoridad pesa mucho. Si lo ha dicho el Papa está bien (o está mal) no según el contenido de la afirmación sino según la valoración que el oyente o el lector hacen del personaje a quien se atribuye la afirmación. Decía Chesterton: “Cuando entramos en la iglesia se nos pide que quitemos el sombrero, pero no la cabeza”. “Lo ha dicho fulano” se convierte en un argumento. No por lo que diga sino por quién lo ha dicho. Proceder que no tiene mucha lógica y revela la parcialidad de muchas de nuestras opiniones, Obsérvese la facilidad con la que se invoca en los debates la autoridad de una cita. Lo mismo que yo piensa fulano de tal. Bueno, ¿y qué? Lo importante sería saber cuáles son los argumentos que utiliza para afirmar lo que afirma. Esto que sucede en la argumentación, sucede también en la vida con las actuaciones, con los hechos. Pondré algunos ejemplos de todos conocidos. - Si un militante de un partido político se convierte en tránsfuga es que ha desertado. Pero si es del partido opositor y se pasa a sus filas es porque ha descubierto dónde estaba la honradez. - Si un creyente deja un determinado credo es que ha renegado, pero si otro de una religión distinta se pasa a su seno es porque se ha convertido. - Los seguidores de un equipo silban el hecho de que un jugador del equipo contrario retrase el balón a su portero, pero aplauden cuando lo hace un jugador de los suyos. Según quien lo diga o quien lo haga estará bien o mal. No es tanto la naturaleza o el contenido de la acción lo que importa, sino el agente que habla o que actúa. Si lo dicen o hacen los otros es distinto. El llamado argumento de autoridad debería tener menos peso en la argumentación y en la vida. “Es que lo ha dicho fulano de tal”. Bueno, ¿y qué? Lo que importa es la lógica de lo que ha dicho, la fundamentación, el rigor, las pruebas. Las personas dan crédito a aquellos que piensan lo mismo que ellas. Uno invoca el testimonio de un médico que rechaza el aborto y los que defienden el derecho a realizarlo citan a médicos que defienden exactamente lo contrario. Creo que unos y otros deberíamos ser más rigurosos en la argumentación. “Es que lo ha dicho fulano o mengano” no es ningún argumento sólido. Ya sé que si esa persona es un sabio será más probable que diga algo que tenga fundamento. Pero no necesariamente es así. Por otra parte, las autoridades sobre un determinado tema no necesariamente están bien informadas sobre cualquier otra cuestión acerca de la cual opinan. Si decimos que Einstein era un pacifista y que de ahí se deduce que el pacifismo es una magnífica solución, no reparamos en que el genio de Einstein en física no le convierte en un genio en filosofía política. Los ataques personales no descalifican las fuentes. Es decir que una fuente puede ser descalificada si no está bien informada, si no es imparcial o si no ha razonado con rigor, pero no porque el autor o autora sea guapo, feo, creyente o descreído. Ludwig Von Misses describe una serie de ataques ilegítimos contra el economista Ricardo: “La teoría de Ricardo es espuria a los ojos de los marxistas porque Ricardo es un burgués. Los racistas alemanes condenan la misma teoría porque Ricardo es judío, y los nacionalistas alemanes porque era un inglés… Algunos profesores alemanes formulan conjuntamente estos tres argumentos contra la validez de las teorías de Ricardo”. Tenemos que ser más rigurosos al aceptar o al rechazar las tesis que otros formulan.
April 9 2010, 5:21am | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Eso no ser puede hacer
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/03/27/eso-no-ser-puede-hacer/
Hay quien pone a las personas al servicio de las normas y hay quien pone las normas al servicio de las personas. No tengo duda de cuál de las dos opciones es mejor. Mejor por más lógica y mejor por más beneficiosa. Cargarse prescripciones y de normas sólo es bueno si éstas acaban ayudando a vivir mejor, a ser más felices. Tiene que haber normas, porque la sociedad no es la selva. Pero hemos de ser inteligentes y dotarnos de normas que beneficien la convivencia, que no la dificulten, que la hagan más amable. Y esas normas deben ser cumplidas por todos y por todas con racionalidad y con sentido de la justicia. Conviene aplicar la norma con flexibilidad, lo cual no quiere decir con arbitrariedad, capricho, debilidad, nepotismo o injusticia. No es débil, sino todo lo contrario, aquel que se muestra magnánimo en el cumplimiento de la norma. Lo he visto mil veces. En mi profesión, por ejemplo. He podido comprobar cómo profesores y profesoras actúan en la evaluación con el siguiente lema: “si puedo aprobarlo, lo apruebo”. Y he visto quien se rige por la consigna contraria: “si puedo suspenderlo, lo suspendo”. Y así, si es preciso para aprobar alcanzar un 5, alguien no acepta un 4.9 y otro lo da por bueno interpretando flexiblemente lo prescrito. No es difícil constatar esa actitud divergente en la vida. No es difícil encontrarse con personas rígidas y con personas flexibles. Porque, en efecto, frente a la flexibilidad está la rigidez, frente a la magnanimidad la mezquindad, frente a la dureza la sensibilidad, frente a la estupidez la cordura y frente a la intransigencia, la permisividad. Pondré algunos ejemplos con los que la mayoría de los lectores y lectoras se habrá topado en su vida cotidiana. Todo el mundo habrá tenido experiencia de un signo u otro. Todo el mundo se habrá encontrado con un conductor de autobús que no le ha querido cambiar un billete de veinte euros (aunque tuviera suficientes monedas para hacerlo), con un funcionario que le ha dado con la ventanilla en las narices a la hora exacta del cierre, con un policía que le ha multado por aparcar dos minutos en zona de carga y descarga… De la misma manera, todo el mundo se habrá encontrado con un farmacéutico que ha abierto la puerta que tenía ya cerrada cuando ha visto la cara de desesperación del que llega tarde, con un conductor que abre la puerta a un viajero que llega corriendo con la lengua fuera, con un profesor que ha subido una décima para salvar un curso… Hace unos días, en un aeropuerto de la península, al pasar una maleta por el control de seguridad, la persona encargada de la pantalla que visualiza el contenido, me dijo:: - Esa colonia excede del tamaño reglamentario….. La próxima vez no se la dejaré pasar…. Qué contraste con esta otra actitud aeroportuaria: a un pasajero no le deja viajar con el carnet de conducir un celoso trabajador que interpreta que sólo es válido como documento acreditativo el Documento Nacional de Identidad o el pasaporte.. ¿De dónde procede esa actitud diametralmente opuesta? Puede explicar ese modo de actuar (uno y otro) el carácter que ha ido fraguando en la vida, la forma en que uno ha sido tratado, la educación que ha recibido, la imitación de personas a las que admira, alguna mala experiencia vivida, el tipo de jefes que ha disfrutado o padecido Las actitudes a las que hago referencia tienen que ver, realmente, con quien toma la decisión auténtica. Digo esto porque algunas personas, de talante amable, no se atreven a intervenir de forma que pueda contrariar a su jefe. Lo habrá oído el lector (o lectora) alguna vez: - Mire, señor, por mí lo haría, pero yo obedezco órdenes. Si mi jefe se entera…No puedo jugarme el puesto. Es curioso comprobar la vehemencia con la que los intransigentes justifican su modo de proceder. “La norma es la norma”, dicen. “Si se quebranta una vez, se puede quebrantar siempre”, añaden. “No debe haber excepciones en el cumplimiento de las normas”, sentencian. Y cuando tratas de razonar se cierran herméticamente. “Esa es la norma”, te dicen. Es como pretender romper una pared con la cabeza. Te rompes la cabeza y la pared no se mueve. Es más fácil y más eficiente ir en busca de otra persona que te sepa escuchar. Las personas rígidas se consideran justas cuando actúan con un elevado nivel de exigencia. - Es que eso que usted pide no se puede hacer. - Dirá que se debe hacer, porque poder sí se puede y de hecho algunos han podido hacerlo, replica con razón quien pide un trato singular. Ante las súplicas, sobre todo si son insistentes y apremiantes, la persona rígida no se ablanda. Tiene idea de que si cede pierde toda la autoridad y toda su dignidad.. - He dicho que no y es que no. Los intransigentes se consideran a sí mismos buenos cumplidores de la ley. Yo pienso que no lo son. Porque creo que hay que interpretar la norma y aplicarla para ayudar a las personas, no para someterlas, no para esclavizarlas, no para fastidiarlas. Desde esa concepción rígida del cumplimiento de la norma, es fácil asumir una pequeña parcela de poder como si se tratase del gobierno de un imperio. A alguien le das una gorra y se siente un general. Uno se echa a temblar cuando piensa en la forma de actuar que tendrían si tuviesen en sus manos un gran poder de decisión. Esa actitud es hija de la cortedad mental y del orgullo más ramplón. Hay quien pone como excusa que actuar de una forma flexible genera un precedente. Pues qué bien, si se trata de un buen precedente. Ojalá se actuase de la misma manera en ocasiones similares. La cara y la cruz. ¿En que lado estás, lector o lectora? ¿En el orilla de la amabilidad o la de la intransigencia? Tengo, para actuar en estos casos, un criterio que puede ser útil: ¿Cómo me gustaría que me tratasen a mí en una situación similar?
March 26 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Estúpida burocracia
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/01/16/estupida-burocracia/
Se habla mucho de la inutilidad de la burocracia, pero menos del desconsuelo que procura. Me cuenta una querida cuñada que está desesperada con el trabajo desmedido que le encomienda la inspección. Es una excelente maestra, una profesional concienzuda, una magnífica persona que se desvive por los niños y las niñas que le han tocado en suerte. Y hoy la veo abrumada y desconsolada con el ímprobo y absurdo trabajo que tiene que llevar a cabo. Me impresionó oírla decir hace poco: - No creo que yo me jubile como maestra. Es una pena. Porque disfruta trabajando con los niños y las niñas, pero sufre llevándose tarea a la casa diariamente, en los fines de semana y durante las vacaciones. Está metida en un sinvivir. Tiene la convicción de que muchas de las tareas burocráticas que le imponen no sirven para nada, salvo para hacer estadísticas y amontonar papeles. No es justo, no es lógico, no es decente que la burocracia abrase a los mejores profesionales de la educación. Hay que preguntarse con seriedad y urgencia: ¿Cuántas horas de trabajo burocrático asumen los profesionales de la educación? ¿Cuántas horas se dilapidan entregadas a tareas absurdas que no sirven para nada? ¿Cuánto aburrimiento se acumula en las mentes y en el corazón de los docentes por estas iniciativas cada vez más ridículas? La pirámide jerárquica no se rompe nunca. El ministro le exige a los consejeros, los consejeros a los delegados, los delegados a los inspectores, los inspectores a los directores y los directores a los profesores. (Ya sé que también hay mujeres, y muchas, en la educación, pero no he querido redactar un párrafo rocambolesco). ¿Por dónde se romper esa cadena maldita? ¿Quién le pone el cascabel al gato? ¿Quién es capaz de decir “yo eso no lo mando porque es un sinsentido o “yo eso no lo hago porque es un estupidez”?. ¿Para cuándo la unión de todos y de todas contra la irracionalidad? Hay quien toma el camino más corto. Se va. Pide una baja y se acabó el problema. Mi cuñada no es capaz de hacerlo porque es una persona con responsabilidad. Entrega como tributo su salud física y mental. Porque es una persona sacrificada. Y hace a conciencia lo que se le pide. Mil doscientas dieciséis fichas ha tenido que entregar hace poco, correspondientes a los trescientos cuatro alumnos y alumnas a quienes tiene que enseñar inglés. Ficha de cada concepto que ha enseñado en cuatro dimensiones: leer, escribir, escuchar, hablar. Es decir que es para la autoridad educativa es más importante dedicarse a contar lo que se ha hecho que tratar de mejorar las condiciones para hacerlo bien. ¿Quién detiene esta trituradora de ilusiones? ¿Quién para esta maquinaria infernal? No es justo, no es lógico que el trabajo tenga que realizarse a costa de la familia, de la salud o del descanso. Hay que decir basta. Alguien tiene que poner coto a esta insensatez progresiva. La burocracia es un condena en cualquier trabajo. En la enseñanza es una maldición. Porque se desperdician las horas y porque los profesionales se queman inútilmente. La burocracia potencia el régimen organizativo jerarquizado e impone una obediencia irracional “Esto hay que hacerlo porque hay que hacerlo”. Pero, qué sentido tiene, para qué sirve, qué impide hacer, qué consecuencias tiene, son preguntas que nadie se hace y si se las hace se las contesta cada uno en privado sin que las respuestas ayuden a corregir las situaciones injustas e irracionales. Tiene la situación un efecto derivado pernicioso, que es el desarrollo de la cultura burocrática en la que se instalan las prácticas de manera rutinaria, acrítica e irracional. Esas prácticas se perpetúan a veces a través del tiempo y se convierten en comportamientos anquilosados que nadie sabe a qué finalidad responden. Pero se repiten una y otra vez. ¿Cuántas horas dedican los directores y directoras a la burocracia? Pueden destinar su tiempo a tareas pedagógicamente ricas, como coordinar,inspirar proyectos innovadores, investigar sobre la práctica, crear un clima positivo, hacer equipo, proponer iniciativas… O bien, a tareas pedagógicamente pobres, una de las más apremiantes y absorbentes sería la de rellenar papeles, hacer estadísticas y cultivar la burocracia. Sería un atropello exigirles que la mayor parte de su tiempo se invirtiese en tareas tan aburridas como inútiles. Recuerdo ahora aquella vieja historia que pasa de boca en boca. En un centro se pintó un banco y se encargó a un conserje que se sentara en otro que estaba enfrente para advertir a las personas que el banco estaba recién pintado y que no podían sentarse en él. Diez años después, todas las mañanas, un conserje se sentaba en aquel banco. Cuando alguien le preguntó cual era su misión, no supo qué responder. Siempre, desde que él entró, se había hecho así. La burocracia potencia el poder irracional. Si tienes que hacer por obediencia cosas más absurdas e ineficaces re refuerza la sensación de que quien manda puede mandar lo que quiera. Robert Mitchel elevó esta idean a una “ley de hierro de la oligarquía”, según la cual cuanto más crece y se burocratiza una organización, más grado de poder se concentra en manos de un pequeño número de personas de posiciones elevadas. Esta ley da por bueno el dicho de P. Masson: “Los funcionarios son como los libros de una biblioteca: los que están en los lugares más altos son los que menos sirven”. Las autoridades educativas tienen que velar para que los educadores más sensibles no se convierten en burócratas acomodados o desesperados. Sería muy triste que utilizasen su poder para hacer exactamente lo contrario a lo que deben. Y me temo, por lo que mi cuñada me cuenta, que es lo que está sucediendo. Los alumnos y alumnas de mi cuñada no se merecen que traten así a su maestra quienes tienen que cuidarla. Y ella, menos.
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January 15 2010, 10:00pm | Comments »
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