VORACIDAD RECAUDADORA Hemos recibido siete multas en menos de un mes. Todas por el mismo motivo. Por exceso de velocidad en un mismo punto de la autovía cuando regresamos a casa desde Málaga (A-7. P. Kil. 246 sentido C-Creciente. Málaga). Llevamos viviendo en esta casa casi veinte años y hemos transitado siempre por esa autovía sin ningún problema. Ni una multa en ese punto. Pero ahora hace falta recaudar dinero. No importa que no haya trabajo, que los sueldos se hayan recortado, que las familias estén endeudadas. Hay que recaudar. Y entonces se ponen “trampas” en las carreteras. Coches camuflados, rádares escondidos, señales arbitrarias… Trampas. Legales, eso sí. Una limitación a 80 en un lugar en el que se puede circular tranquilamente a 100 kms/hora, sin el menor riesgo para el conductor ni para los demás conductores o peatones es una trampa. La señal, que antes indicaba una limitación de 100, ahora se ha colocado con 80. Y cae la gente como moscas. ¿Por qué el cambio? ¿Había allí algún riesgo? ¿Se trata de prevenir accidentes? No. Se trata de recaudar. El radar es implacable. El motivo de la multa siempre es el mismo: “Circular a 100 kms/hora teniendo limitada la velocidad a 80 kms/hora…” Y tienes que pagar. Inexorablemente. No vale decir: es que no tengo dinero, es que cobro menos, es que tengo necesidades apremiantes. La finalidad de la multa no es eliminar los accidentes sino llenar las arcas vacías del Estado. Las multas han crecido en los últimos meses de forma exponencial. Me lo decía el cartero: - Antes repartíamos un lote de sobres con multas de este tamaño (hace con los dedos índice y pulgar de la mano derecha un gesto que señala dos centímetros). Ahora el lote es así (y muestra entre sus dos manos una distancia de 30 centímetros). Por supuesto, no recurro esas multas. Las pago con su reducción. Y alguien me dirá: - Si la señal indica 80, ¿por qué circula usted a 100? Pues muy sencillo, porque no puedo ir con la mirada clavada en el cuentakilómetros de forma permanente. Porque voy conduciendo prudentemente sin asumir riesgos. Porque en esa zona no existe peligro evidente. Porque se trata de una autovía. Porque he pasado por ese punto de la carretera durante veinte años sin problemas. Porque fabrican los coches para que circulen velozmente. - Ya lo sé. Tengo que conducir a 80 si hay una indicación que lo exige. Por eso he ido a pagar religiosamente. Pero tengo que discutir por qué ahora esta señal indica un límite menor, tengo que cuestionar si está colocada con lógica, si la han puesto ahí para protegerme o para machacarme. Y quiero añadir que ese rigor en tiempos de crisis es un atropello. Hay más. Cuando piden la identificación del conductor del vehículo sancionado, si no se hace a su debido tiempo, la sanción es de 900 euros. Antes, si mal no recuerdo era de 300. ¿Han subido en esa misma proporción los sueldos? Pero estos señores, ¿qué se han pensado? ¿Viven en otro país? ¿Saben lo que gana la gente? No hay derecho. ¿Cuánto dinero creen los legisladores que tienen las familias para hacer frente a esas multas? Porque las multas le llegan igual a un potentado que a un parado empobrecido por la crisis. Si aparcas mal, aunque sea durante dos minutos, la foto te mostrará de forma implacable la infracción. Claro que quien ha decidido la cuantía de la sanción, es probable que también haya decidido tener un lugar (de terreno público) para aparcamiento propio. ¿Cuál es la finalidad de las multas? ¿Es mejorar el tráfico? ¿Es recaudar fondos para las arcas del Estado? Esta política perversa lleva a que sólo importe evitar las sanciones y nada absolutamente conducir de forma responsable. El espíritu ciudadano debe llevarnos a cumplir con las normas, a respetar las señales, a ser civilizados. No se podría circular si cada uno hiciera lo que quisiera. Pero el espíritu ciudadano nos lleva también a cuestionar las normas arbitrarias y a exigir que se cambien. Esa actitud de conseguir el cumplimiento de las prescripciones a palo limpio no es muy educativa. Esa postura rabiosamente punitiva nos induce a burlar las normas cuando nadie nos ven. Porque parece que la finalidad del buen comportamiento no es el respeto al prójimo sino evitar las sanciones. He leído hace poco el libro “Heidegger y un hipopótamo van al cielo”, obra de los filósofos Thomas Cathcart y Daniel Klein. El subtítulo dice: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. De él recojo la siguiente historia. Kevin pensaba que estaba muerto, cuando en realidad estaba vivo. Su alucinación se convirtió en semejante problema que su familia finalmente pagó para que viera a un psiquiatra. El psiquiatra pasó varias sesiones de duro trabajo intentando convencer a Kevin de que seguía vivo. No parecía funcionar nada. Finalmente el médico intentó una última táctica Sacó unos libros de medicina y le mostró al paciente que los hombres muertos no sangran. Tras horas de tedioso estudio, Kevin parecía convencido de que los hombres muertos realmente no sangran. - ¿Estás de acuerdo en que los hombres muertos no sangran?, preguntó el médico. - Sí lo estoy, contestó Kevin. Entonces el médico tomó una aguja y pinchó el dedo de Kevin. Del pinchazo salieron unas gotas de sangre. El médico le preguntó: - ¿Qué te demuestra esto? - Dios mío, exclamó Kevin, mientras miraba su dedo con incredulidad, los hombres muertos sí sangran. Aunque vean sangrar a los ciudadanos, algunos políticos siguen manteniendo sus tesis. Aunque las evidencias del descontento sean palmarias no modifican sus planteamientos. Interpretan la realidad de manera que les de la razón. ¿Se convencerán alguna vez de que el fin de la política es servir a los ciudadanos y a las ciudadanas y no servirse de ellos y de ellas?
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Voracidad recaudadora
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/11/20/voracidad-recaudadora/
November 19 2010, 10:00pm | Comments »
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Mujeres en construcción
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/08/21/mujeres-en-construccion/
He visto un documental conmovedor sobre un grupo de mujeres que han sufrido los horrores del terrorismo. Está dirigido por Begoña Atin y Montse Ibáñez. Tenían que ser mujeres también. Sólo desde su sensibilidad se puede entrar con ese tacto y con esa profundidad en el corazón de quien sufre. El documental lleva el significativo título que he querido utilizar para encabezar estas líneas. Es un buen título. Porque estas mujeres, cuya vida fue destruida de forma súbita, injusta y cruel, están reconstruyendo sus historias personales sobre los escombros psicológicos en los que se convirtieron. Hace falta coraje. Hace falta constancia. Hace falta mucho esfuerzo para salir a flote de un inmenso mar de lágrimas. Quiero comenzar felicitando a quienes han tenido esta hermosa iniciativa de rescatar del silencio el dolor insondable de estas mujeres. Porque un atentado terrorista tiene sólo presencia en los medios unos días. Y, a veces, ni eso. Una escueta noticia a la que ya estamos habituados y que sólo nos ocupa unos momentos de atención. Pero la vida de quien ha perdido al marido, al padre, al hermano, al hijo…sigue, desde ese momento, inmersa en el dolor, en la angustia, en el miedo y en la rabia. ¿Cómo se sale de ese pozo oscuro, profundo, asfixiante en el que la sinrazón ha arrojado a esas heroicas mujeres? El documental, técnicamente impecable en cuanto al montaje, la planificación, las angulaciones, los movimientos de cámara, la música, los tiempos y el guión, nos mete de lleno, desde las primeras imágenes, en ese mundo terrible de las secuelas de los atentados para aquellas personas que reciben la noticia, que la asumen y que tienen que seguir viviendo, con ese indescriptible dolor, con esa terrible y definitiva ausencia. El documental deja claro quiénes son las protagonistas: esas mujeres que luchan, que amasan con sufrimiento la superación, que ofrecen sus testimonios doloridos y serenos, que lloran a veces cuando hablan. Los protagonistas de este interesante documental no son los asesinos de ETA, ni los políticos que combaten el terrorismo de una forma u otra, ni los técnicos que filman, ni las directoras que elaboran y desarrollan el guión técnico… Las protagonistas son estas mujeres que han sufrido el golpe brutal de un atentado y que, durante años –día a día, noche a noche- van reconstruyendo sus vidas con un inmenso dolor en el corazón. Me he imaginado durante el documental, cómo podría contemplar esas imágenes tan contundentes los asesinos que han matado, que están pensando en matar o quienes apoyan y alientan a los que matan. Y me he preguntado por los caminos que recorre el ser humano para llegar a un grado de envilecimiento y de locura semejantes. Me ha sorprendido que no aparezca un sentimiento que, desde que apreté el botón del play me asaltaba sin cesar. ¿Por qué estas muertes? ¿Por qué y para qué estos atentados? Cuando una enfermedad, un accidente o incluso un suicidio, nos arrebatan a un ser querido, nos cuesta un triunfo superar la ausencia. A la muerte, como al sol, no se les puede mirar de frente. Pero cuando esa muerte ha sido el fruto de una decisión deliberada, planificada y ejecutada a sangre fría por un semejante sobre una víctima inocente, imagino que el dolor y la desesperación es aún mayor. Las mujeres, de diversas edades y condiciones, van desgranando sus ideas y sentimientos de una manera que parece espontánea y que sin duda es sincera. Esas imágenes tienen detrás un intenso trabajo, una idea directriz y una planificación exigente. Explorar el mundo de los sentimientos es tan importante como difícil. Porque estamos más acostumbrados a decir lo que pensamos que a expresar lo que sentimos. Una de las manifestantes dice que lo más horrible es que haya niños y niñas afectados por esa brutalidad incomprensible. ¿Cómo se le puede arrebatar a un niño o a una niña a su padre para siempre? ¿Qué maldita causa merece un tributo de tal magnitud? Una de las primeras reacciones que varias manifestantes expresan, al recibir la noticia que cambiará sus vidas, es la de incredulidad: “no me lo podía creer”, “no puede ser”, “no me cabía en la cabeza”, “mi vida no me importaba”, “esto es una pesadilla y cuando despierte habrá pasado”… Es lógico. Cuesta recuperarse de ese mazazo, de ese golpe brutal que detiene súbitamente la vida. Y luego viene esa desgana por vivir, esa falta de energía para encontrar sentido a las cosas, esa difícil para hacerle frente a la vida: “estaba acobardada”, “nos paralizó por completo”, “no quise seguir adelante”, “el sofá es mi vida”, “casi no hablábamos”, “todo se vuelve oscuro”, “vives de forma mecánica”, “te falta aire”… Cuántas lágrimas. Cuánto dolor. Cuánta ausencia. Al ver las imágenes puedes entender cómo esas personas han visto marcadas sus vidas por la tragedia. Hay un antes y un después del atentado. Hay una vida plena antes y una vida en construcción después. Los materiales están hechos de sufrimientos y la argamasa está hecha de lágrimas. Y algunas veces de terapias, de antidepresivos, de somníferos. Y vas viendo cómo lentamente, esforzadamente van edificando la vida: “ya puedo acercarme al centro”, “te caes de bruces y te levantas”, “tienes que seguir”… Lo dice magníficamente Victoria Campo recitando un poema con el que se cierra el documental: “Puedes llorar/ porque se ha ido/ o puedes reír porque ha vivido”. Con estas líneas quiero rendir un sencillo y humilde homenaje a estas mujeres que han recibido el zarpazo irracional del terrorismo y que se esfuerzan con paciencia y coraje ilimitados en reconstruir las vidas que les fueron arrebatadas. Gracias por vuestro ejemplo. Y suerte sin límites. La que un día se os negó tan cruelmente.
August 20 2010, 11:00pm | Comments »
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Regalar una oveja
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/06/12/regalar-una-oveja/
Estoy sorprendido y preocupado por el escaso éxito que tienen en este país los procesos de negociación. Algunos se ponen en entredicho, como sucedió (para mí inexplicablemente) con la negociación del Gobierno para acabar con el terrorismo. La oleada de críticas fue feroz. ¿Por qué? Es detestable matar pero sentarse con quien mata para que deje de hacerlo es muy loable. ¡Qué maravilloso sería poder decir a nuestros hijos que lo que no lograron las armas lo pudo conseguir la palabra! ¿Quién esta más con las víctimas que quien hace todo lo posible para que no haya más? ¿Por qué se dio por fracasado el proceso de paz porque hubiera un atentado? ¿Es que no los hay cuando la lucha se limita a la persecución política y policial? ¿Y ésta no fracasa entonces? En el libro “El arte de la negociación”, de Maurice Bercoff, se dice que “hay dos formas extremas de ver la negociación…: como una relación de fuerza en la que el más fuerte, el más astuto es el que manda en detrimento de su adversario o, por el contrario, como un proceso de intercambio, una oportunidad para imaginar y construir en común las soluciones”. Hubo hace poco otro pacto imposible que fue planteado por el Ministro de Educación a todos los agentes sociales y políticos. Un pacto por la educación que califiqué de imprescindible. No se pudo alcanzar. ¿Por qué? ¿Es que el interés común no puede anteponerse nunca a los intereses partidistas? ¿No es posible alcanzar ningún acuerdo sobre financiación, sobre la formación de los docentes, sobre la estructura del sistema educativo…? Ya hay muchas cosas que la investigación ha demostrado y es inadmisible que intereses, excusas, suposiciones, agravios, intereses particulares y errores queden por encima del bien común. Acaba de fracasar el proceso de negociación para consensuar los términos de una reforma laboral, al parecer urgente y necesario. Dos años sin alcanzar un acuerdo a todas luces imprescindible. Gobierno, patronal y sindicatos han dedicado horas y horas a conseguir un inalcanzable acuerdo. Ante el evidente fiasco los tres acusan ahora a los demás del fracaso. El Gobierno no tiene capacidad de liderazgo, dice la oposición. Los sindicatos no son capaces de ceder un milímetro, dice la patronal. Los empresarios quieren llevarse la tajada mayor, dicen los sindicatos. ¿Y qué dicen los ciudadanos y las ciudadanas? Pues que están al borde del hartazgo si no lo han sobrepasado ya. ¿Por qué no son capaces de llegar a un acuerdo que sería beneficioso para todos? Me preocupa esta falta de flexibilidad, de ingenio, de generosidad, de escucha, de habilidad que supone tanto fracaso. Me preocupa que nadie sea capaz de hacer autocrítica viendo la parte de mezquindad o de torpeza que le corresponde en el fracaso. ¿Es razonable atribuir las culpas en exclusiva a los demás? ¿Ninguno de los negociadores puede ni siquiera lamentar la desgracia del desacuerdo? En cualquier negociación están presentes intereses, actitudes, principios, estrategias, relaciones, alianzas, ritmos presiones… Sé que no es fácil. Sé que los negociadores tienen que explicar luego a sus representados por qué han cedido o por qué no lo han hecho. Y tienen miedo de llegar con las manos vacías. No puede exigirse en una negociación que ceda uno sólo, que ceda en todo y que ceda siempre. Pero todos tienen que ceder algo en aras del bien común. ¿Es tan difícil de entender? ¿Es tan imposible de hacer? Para que haya una negociación exitosa es preciso también agudizar el ingenio para buscar propuestas imaginativas ideas nuevas, soluciones creativas. No se trata de sentarse en la mesa y repetir de forma machacona aquello a lo que no queremos renunciar. Hace tiempo leí un hermoso libro de Malba Tahan, seudónimo con que el profesor Julio César Mello e Souza se dio a conocer fuera del aula por sus numerosos libros, en los que crea una didáctica propia y divertida, ingeniosa y amena. El libro se titula “El hombre que calculaba” y en él se narran los numerosos desafíos que afronta Beremiz Samir, matemático persa, en un antiquísimo Irak habitado por califas, jeques y visires. En cada uno de los relatos Samir demuestra su extraordinario dominio sobre los números, que siempre va acompañado por la razón ética, por la justicia y por la paz entre los seres humanos He elegido una de las historias para demostrar cómo el ingenio consigue solucionar problemas que su ausencia mantiene o agrava. Cito de memoria. Se trataba de solucionar mediante una negociación un problema que parecía irresoluble. Un hombre quería hacer testamento en favor de sus tres hijos. Al mayor quería dejarle en herencia la mitad de sus bienes, al segundo, la tercera parte y al pequeño la novena parte. Tenía un rebaño de diecisiete ovejas de extraordinaria calidad y no quería matar ni vender ninguna. No le salían las cuentas. Quiso negociar la solución con un sabio y éste le dijo: - – Le voy a regalar a usted una oveja, aunque sea extraordinariamente cara, como me dice. - – ¿Y eso resuelve mi problema? - – Sí porque ahora ya tiene usted dieciocho. Le da al mayor la mitad, es decir, nueve. Al segundo le da la tercera parte, seis. Y al pequeño le entrega en herencia una novena parte de dieciocho, es decir, dos. Nueve y seis, quince. Quince y dos, diecisiete. Me devuelve la oveja que le había regalado y tiene usted resuelto el problema. - Las negociaciones se suelen plantear bajo este lema: si tú ganas, yo pierdo y si tú pierdes, yo gano. No siempre es así, como puede verse en la negociación que se realiza en esta historia. Ninguno de los dos perdió. El resultado de las negociaciones fracasadas a las que he hecho referencia es que todos hemos perdido. Es una pena. Pero bueno, si somos inteligentes, queda la esperanza de aprender de los errores y de la torpeza.
June 12 2010, 1:30am | Comments »
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Regalar una oveja
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/06/12/regalar-una-oveja/
Estoy sorprendido y preocupado por el escaso éxito que tienen en este país los procesos de negociación. Algunos se ponen en entredicho, como sucedió (para mí inexplicablemente) con la negociación del Gobierno para acabar con el terrorismo. La oleada de críticas fue feroz. ¿Por qué? Es detestable matar pero sentarse con quien mata para que deje de hacerlo es muy loable. ¡Qué maravilloso sería poder decir a nuestros hijos que lo que no lograron las armas lo pudo conseguir la palabra! ¿Quién esta más con las víctimas que quien hace todo lo posible para que no haya más? ¿Por qué se dio por fracasado el proceso de paz porque hubiera un atentado? ¿Es que no los hay cuando la lucha se limita a la persecución política y policial? ¿Y ésta no fracasa entonces? En el libro “El arte de la negociación”, de Maurice Bercoff, se dice que “hay dos formas extremas de ver la negociación…: como una relación de fuerza en la que el más fuerte, el más astuto es el que manda en detrimento de su adversario o, por el contrario, como un proceso de intercambio, una oportunidad para imaginar y construir en común las soluciones”. Hubo hace poco otro pacto imposible que fue planteado por el Ministro de Educación a todos los agentes sociales y políticos. Un pacto por la educación que califiqué de imprescindible. No se pudo alcanzar. ¿Por qué? ¿Es que el interés común no puede anteponerse nunca a los intereses partidistas? ¿No es posible alcanzar ningún acuerdo sobre financiación, sobre la formación de los docentes, sobre la estructura del sistema educativo…? Ya hay muchas cosas que la investigación ha demostrado y es inadmisible que intereses, excusas, suposiciones, agravios, intereses particulares y errores queden por encima del bien común. Acaba de fracasar el proceso de negociación para consensuar los términos de una reforma laboral, al parecer urgente y necesario. Dos años sin alcanzar un acuerdo a todas luces imprescindible. Gobierno, patronal y sindicatos han dedicado horas y horas a conseguir un inalcanzable acuerdo. Ante el evidente fiasco los tres acusan ahora a los demás del fracaso. El Gobierno no tiene capacidad de liderazgo, dice la oposición. Los sindicatos no son capaces de ceder un milímetro, dice la patronal. Los empresarios quieren llevarse la tajada mayor, dicen los sindicatos. ¿Y qué dicen los ciudadanos y las ciudadanas? Pues que están al borde del hartazgo si no lo han sobrepasado ya. ¿Por qué no son capaces de llegar a un acuerdo que sería beneficioso para todos? Me preocupa esta falta de flexibilidad, de ingenio, de generosidad, de escucha, de habilidad que supone tanto fracaso. Me preocupa que nadie sea capaz de hacer autocrítica viendo la parte de mezquindad o de torpeza que le corresponde en el fracaso. ¿Es razonable atribuir las culpas en exclusiva a los demás? ¿Ninguno de los negociadores puede ni siquiera lamentar la desgracia del desacuerdo? En cualquier negociación están presentes intereses, actitudes, principios, estrategias, relaciones, alianzas, ritmos presiones… Sé que no es fácil. Sé que los negociadores tienen que explicar luego a sus representados por qué han cedido o por qué no lo han hecho. Y tienen miedo de llegar con las manos vacías. No puede exigirse en una negociación que ceda uno sólo, que ceda en todo y que ceda siempre. Pero todos tienen que ceder algo en aras del bien común. ¿Es tan difícil de entender? ¿Es tan imposible de hacer? Para que haya una negociación exitosa es preciso también agudizar el ingenio para buscar propuestas imaginativas ideas nuevas, soluciones creativas. No se trata de sentarse en la mesa y repetir de forma machacona aquello a lo que no queremos renunciar. Hace tiempo leí un hermoso libro de Malba Tahan, seudónimo con que el profesor Julio César Mello e Souza se dio a conocer fuera del aula por sus numerosos libros, en los que crea una didáctica propia y divertida, ingeniosa y amena. El libro se titula “El hombre que calculaba” y en él se narran los numerosos desafíos que afronta Beremiz Samir, matemático persa, en un antiquísimo Irak habitado por califas, jeques y visires. En cada uno de los relatos Samir demuestra su extraordinario dominio sobre los números, que siempre va acompañado por la razón ética, por la justicia y por la paz entre los seres humanos He elegido una de las historias para demostrar cómo el ingenio consigue solucionar problemas que su ausencia mantiene o agrava. Cito de memoria. Se trataba de solucionar mediante una negociación un problema que parecía irresoluble. Un hombre quería hacer testamento en favor de sus tres hijos. Al mayor quería dejarle en herencia la mitad de sus bienes, al segundo, la tercera parte y al pequeño la novena parte. Tenía un rebaño de diecisiete ovejas de extraordinaria calidad y no quería matar ni vender ninguna. No le salían las cuentas. Quiso negociar la solución con un sabio y éste le dijo: - – Le voy a regalar a usted una oveja, aunque sea extraordinariamente cara, como me dice. - – ¿Y eso resuelve mi problema? - – Sí porque ahora ya tiene usted dieciocho. Le da al mayor la mitad, es decir, nueve. Al segundo le da la tercera parte, seis. Y al pequeño le entrega en herencia una novena parte de dieciocho, es decir, dos. Nueve y seis, quince. Quince y dos, diecisiete. Me devuelve la oveja que le había regalado y tiene usted resuelto el problema. - Las negociaciones se suelen plantear bajo este lema: si tú ganas, yo pierdo y si tú pierdes, yo gano. No siempre es así, como puede verse en la negociación que se realiza en esta historia. Ninguno de los dos perdió. El resultado de las negociaciones fracasadas a las que he hecho referencia es que todos hemos perdido. Es una pena. Pero bueno, si somos inteligentes, queda la esperanza de aprender de los errores y de la torpeza.
June 11 2010, 11:00pm | Comments »
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En estado vegetativo
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/04/02/en-estado-vegetativo/
Me han enviado un correo con un mensaje ingenioso y, a la vez, inquietante. Se trata de una de esas perlas que te encuentras explorando en la red y que alguna vez te llegan como pequeños regalos anónimos. Ayudan a pensar y, a veces, a sonreír. Se pregunta uno por las fuentes de donde brota tanto ingenio y tanta sabiduría. Sin autoría garantizada, sin patentes rigurosas. Agustín Rodríguez Mas publicó, en el año 2002, una sugerente recopilación bajo el título “E-mail. Historias de humor que circulan por la red”. Quiero compartir y comentar con el lector o lectora esta pequeña anécdota procedente, como dice Bioy Casares, “de jardines ajenos”. “Anoche, mi papá y yo estábamos sentados en el salón hablando de las muchas cosas de la vida; entre otras, estábamos hablando del tema de vivir y de morir. En un momento de la conversación le dije, de la manera más convincente que pude: - Papá, nunca me dejes vivir en estado vegetativo, dependiendo de máquinas y líquidos de una botella. Si me ves en ese estado, desenchufa los artefactos y tira las botellas que me mantienen vivo. Prefiero morir. Entonces, mi papá se levantó con decisión exhibiendo una sonrisa irónica y me desenchufó el televisor, el DVD, el cable de internet, la PC, el mp3, la play y el teléfono. Seguidamente me quitó el móvil, la notebook y me tiró todas las cervezas a la basura. - ¿A quién se le ocurre? Casi me muero, me dije entre desconcertado y furioso”. Vivimos así, con una enorme cantidad de adicciones. No podemos prescindir de la televisión. Parece que nos falta algo esencial si no funciona, parece que nuestra vida no es plena si no podemos contar con su chorro incesante de imágenes, noticias y anuncios. La televisión no es aquello que vemos sino aquello con lo que vemos. Como si tuviéramos un sentido nuevo y necesitásemos ejercitarlo. He visto a personas que entran en casa y lo primero que hacen es encender la televisión. Luego van a colgar el abrigo, pasan por el baño y saludan a los miembros de la familia… La televisión ya está funcionando. Está asegurada la conexión. No podemos entender la vida sin el teléfono mal llamado móvil (porque por sí mismo no se mueve) que nos mantiene conectados con el mundo entero. Necesitamos tener la línea abierta para estar en contacto con quien quiera llamarnos y para poder entrar en la vida de cualquier persona sin previo aviso. ¿Qué decir de internet? La red se ha convertido en un lugar de citas en la que nos encontramos de forma casi instantánea con personas del mundo entero. Allí acudimos para buscar información, recibir un mensaje, encontrar y formular una opinión, escuchar música, ver una película, conocer una noticia o ver el resultado de un partido… Algunos se han convertido en “ermitaños del siglo XXI”, desconectados de todo lo que les rodea y enganchados a desconocidos que se esconden detrás de una personalidad fingida. Solitarios en el monasterio que ha construido la red. Cuando nos vamos de vacaciones (si es que las tenemos porque las adicciones se imponen a veces a la lógica y a la necesidad), procuramos tener conexión con todos esos cables de los que parece pender la vida, en los que parece residir la felicidad. A veces nos preguntamos cómo podíamos vivir sin todos estos avances, sin esta tecnología que nos agita, nos divierte, nos informa, nos comunica y nos mantiene en ascuas. Me pregunto hasta qué punto somos propietarios de nuestra propia existencia. Me pregunto hasta qué punto no vivimos en ese “estado vegetativo” al que irónicamente hace referencia la anécdota que me ha servido de excusa para hacer estos comentarios. No sé si la vida se va haciendo cada vez más libre o cada vez más dependiente. No sé si vamos siendo cada vez más lo que nosotros queremos o lo que quieren los agentes que, a través de los medios técnicos, gobiernan la realidad o un modo determinado de verla. Todo ello me pone ante el reto que se le presenta a la educación. No podemos vivir de espaldas al progreso, al margen de la realidad, pero hemos de tener en cuenta que, otras personas pueden coger el mando de nuestra vida y llevarnos hacia donde no queremos ir. Es decir, que es preciso enseñar a utilizar los medios para que no sean ellos los que nos utilicen a nosotros. La iniciativa, la capacidad de discernimiento, la sabiduría de las elecciones tienen que estar en nuestras manos. Un cuchillo puede ser un instrumento de gran utilidad pero también puede servir para causar heridas. Vegetar es vivir maquinalmente con vida meramente orgánica comparable a la de las plantas. Vivir vegetativamente nos limita a las funciones básicas inconscientes. Una vida llena de adicciones nos priva del ejercicio de la libertad y merma el desarrollo de la responsabilidad. En la anécdota que ha inspirado estas líneas se habla también de las botellas que mantienen el estado vegetativo. No puedo emitir su importancia. ¿Cómo no hacer referencia al abuso del alcohol que nos atrofia y enajena? Me preocupa la concentración de los jóvenes en torno a las bebidas que atrofian la mente y debilitan la voluntad. Es hermoso reunirse para hablar, para conocerse, para compartir, para divertirse, para hacer proyectos. Es penoso hacerlo en el caldo del cultivo del alcohol. Algunos (y algunas) tienen que beber para desinhibirse, para lanzarse a la aventura, al sexo, a las drogas y a la conducción temeraria. No estoy contra los medios. Estoy contra la utilización torpe y esclavizante de ellos. No estoy contra los medios, digo, ya que están llenos de inmensos aprendizajes y de comunicaciones hermosas. Estoy contra una forma de utilizarlos que empobrece las relaciones, genera servidumbre y destruye la libertad.
April 1 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
La clase de la azafata
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/01/30/la-clase-de-la-azafata/
¿Entienden algo los 'alumnos' de un avión? Se está imponiendo en casi todos los sistemas educativos del mundo el enfoque del currículo por competencias. Me parece muy bien, aunque el modelo encierre sus riesgos (hay quien ha entendido que se trata de una vuelta a los objetivos operativos de Mayer o a las taxonomías de Bloom). Es necesario huir de la escuela academicista, memorística y teorizante en busca de otra que brinde aprendizajes prácticos, integradores, aplicables, significativos y, por ende, motivadores. Se trata de saber, de saber hacer y de querer hacer. Se trata de incorporar complejos sistemas de acción y de reflexión. No es que la actual escuela no trabaje las competencias. Claro que lo hace, pero precisa profundizar, sistematizar, planificar, actuar y evaluar de forma más rigurosa según el modelo competencial. Pienso en esta cuestión mientras la azafata del vuelo imparte “una clase” estereotipada, teórica y estéril. En primer lugar, da la explicación de una forma mecánica y rutinaria, de idéntica manera para todos los pasajeros y pasajeras. Da igual que entre los viajeros haya un piloto con muchísimas horas de vuelo, un ciego que no está viendo los gestos, un sordo que no está oyendo la explicación que se emite por megafonía, un señor que ha volado miles de veces o una chica que viaja por primera vez. Para todos y para todas la misma explicación. Los mismos métodos, los mismos gestos, las mismas palabras, el mismo tiempo. En algunos aviones lo hacen a través de una pantalla en la que una persona da la explicación, previamente grabada. Cuando termina se remite a unos materiales que están en el respaldo del asiento anterior. Pocas veces he visto que alguien se dirija a consultar esas instrucciones. Y nunca he visto a alguien extraer el chaleco y comenzar a experimentar para aprender lo que le han explicado de forma práctica. ¿Qué han entendido los “alumnos” del avión? Nunca se sabe, porque nunca se comprueba. Digamos que a la azafata le da exactamente igual. A ella le pagan por hacer lo que hace. Nunca he visto que pregunte a los pasajeros: ¿sabéis por qué es importante aprender lo que he explicado?, ¿hay alguien que no lo haya entendido? ¿Alguna pregunta que hacer? ¿Está todo claro? Si alguien no entiende los idiomas en los que explica, pues qué le vamos a hacer. Allá él. Nunca he visto tampoco que, al terminar la explicación la azafata se dirija a un pasajero y diga: - Venga, a ver, usted, ¿qué ha entendido ¿Dónde está el chaleco? ¿Cómo se saca? ¿ Cómo se coloca? ¿Cómo se usa? Por favor, póngaselo. No sé cómo se sentirá la azafata al ver la actitud desatenta de muchos de sus improvisados alumnos. No sé qué pensará de la situación. Si realmente le importase que aquello que explica sea aprendido, esa desmotivación resultaría insoportable. La similitud con algunas clases va más allá de lo dicho. Por ejemplo, hay poca creatividad en la forma de explicar. Es más, probablemente una azafata que se quiera salir de la norma, que quiera innovar en la forma de explicar el contenido de su mensaje, será convenientemente amonestada. “Aténgase a lo prescrito”, le dirían. He oído miles de veces la misma explicación de la azafata (o del azafato) pero, estoy convencido de que yo no sabría actuar de forma conveniente en caso de emergencia con esa somera explicación. ¿Por qué? Porque se trata de una explicación meramente teórica, estereotipada, más conducente a cumplir una norma que a solucionar un problema o a propiciar una competencia. Se trata de una explicación que nadie piensa que vaya a necesitar. De hecho se ve a muchas personas que están leyendo el periódico, dormitando en su asiento o hablando con quienes están sentados a su lado. No prestan la más mínima atención. Otros miran por la ventanilla o concentran su atención en las bonitas piernas de la azafata o en el esbelto porte del azafato. Si lo que se pretende es que aprendan a ponerse el chaleco salvavidas esta metodología es completamente ineficaz. ¿Qué sucedería en el caso de una emergencia? Qué diferente situación. Cada uno vería colgada su vida de esa sencillo aprendizaje. Y pondría el máximo interés en escuchar la explicación y, sobre todo, en llevarla a la práctica, en aplicarla. Entonces habría un aprendizaje significativo. Si cada uno tiene su chaleco, si lo saca, se lo pone y lo utiliza, aprenderá a hacerlo. Si solamente escucha, aunque sea con atención, tendrá dificultades prácticas para hacerlo. Si lo aprende bien, podrá transferir ese aprendizaje a un nuevo contexto. Y eso que la azafata hace en el avión lo que en algunas clases no se hace, que es mostrar el chaleco y explicar con él cómo habría que proceder. Lo que habitualmente sucede en las clases es que los chicos oyen, pero no ven y no hacen. Y hacer es el mejor modo de aprender. Uno es competente porque sabe hacer y porque sabe qué sentido tiene lo que hace. Una persona competente no es un autómata. ¿Cómo habría que evaluar ese aprendizaje? ¿Bastaría con hacer unas preguntas teóricas? ¿Sería suficiente una prueba objetiva de opciones múltiples en las que marcar con una cruz la respuesta correcta? ¿No sería mejor que cada pasajero, para mostrar si realmente ha aprendido, se colocase el cinturón de manera rápida y correcta? Si, después de hacer la evaluación se comprobase que muy pocos saben colocárselo, ¿a quién habría que achacar el fracaso? ¿Sólo a los desatentos y torpes pasajeros? ¿O, también, a quien diseña una forma tan mecánica y estereotipada de enseñanza? La competencia no es una mera destreza. Toca la esfera de las actitudes, de los sentimientos y de los valores. Apreciar la propia vida y la de los demás, ser conscientes de la responsabilidad de actuar correctamente y discernir por qué es mejor hacer una cosa que no hacerla son aspectos cruciales para un aprendizaje relevante.
January 29 2010, 10:00pm | Comments »
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