VORACIDAD RECAUDADORA Hemos recibido siete multas en menos de un mes. Todas por el mismo motivo. Por exceso de velocidad en un mismo punto de la autovía cuando regresamos a casa desde Málaga (A-7. P. Kil. 246 sentido C-Creciente. Málaga). Llevamos viviendo en esta casa casi veinte años y hemos transitado siempre por esa autovía sin ningún problema. Ni una multa en ese punto. Pero ahora hace falta recaudar dinero. No importa que no haya trabajo, que los sueldos se hayan recortado, que las familias estén endeudadas. Hay que recaudar. Y entonces se ponen “trampas” en las carreteras. Coches camuflados, rádares escondidos, señales arbitrarias… Trampas. Legales, eso sí. Una limitación a 80 en un lugar en el que se puede circular tranquilamente a 100 kms/hora, sin el menor riesgo para el conductor ni para los demás conductores o peatones es una trampa. La señal, que antes indicaba una limitación de 100, ahora se ha colocado con 80. Y cae la gente como moscas. ¿Por qué el cambio? ¿Había allí algún riesgo? ¿Se trata de prevenir accidentes? No. Se trata de recaudar. El radar es implacable. El motivo de la multa siempre es el mismo: “Circular a 100 kms/hora teniendo limitada la velocidad a 80 kms/hora…” Y tienes que pagar. Inexorablemente. No vale decir: es que no tengo dinero, es que cobro menos, es que tengo necesidades apremiantes. La finalidad de la multa no es eliminar los accidentes sino llenar las arcas vacías del Estado. Las multas han crecido en los últimos meses de forma exponencial. Me lo decía el cartero: - Antes repartíamos un lote de sobres con multas de este tamaño (hace con los dedos índice y pulgar de la mano derecha un gesto que señala dos centímetros). Ahora el lote es así (y muestra entre sus dos manos una distancia de 30 centímetros). Por supuesto, no recurro esas multas. Las pago con su reducción. Y alguien me dirá: - Si la señal indica 80, ¿por qué circula usted a 100? Pues muy sencillo, porque no puedo ir con la mirada clavada en el cuentakilómetros de forma permanente. Porque voy conduciendo prudentemente sin asumir riesgos. Porque en esa zona no existe peligro evidente. Porque se trata de una autovía. Porque he pasado por ese punto de la carretera durante veinte años sin problemas. Porque fabrican los coches para que circulen velozmente. - Ya lo sé. Tengo que conducir a 80 si hay una indicación que lo exige. Por eso he ido a pagar religiosamente. Pero tengo que discutir por qué ahora esta señal indica un límite menor, tengo que cuestionar si está colocada con lógica, si la han puesto ahí para protegerme o para machacarme. Y quiero añadir que ese rigor en tiempos de crisis es un atropello. Hay más. Cuando piden la identificación del conductor del vehículo sancionado, si no se hace a su debido tiempo, la sanción es de 900 euros. Antes, si mal no recuerdo era de 300. ¿Han subido en esa misma proporción los sueldos? Pero estos señores, ¿qué se han pensado? ¿Viven en otro país? ¿Saben lo que gana la gente? No hay derecho. ¿Cuánto dinero creen los legisladores que tienen las familias para hacer frente a esas multas? Porque las multas le llegan igual a un potentado que a un parado empobrecido por la crisis. Si aparcas mal, aunque sea durante dos minutos, la foto te mostrará de forma implacable la infracción. Claro que quien ha decidido la cuantía de la sanción, es probable que también haya decidido tener un lugar (de terreno público) para aparcamiento propio. ¿Cuál es la finalidad de las multas? ¿Es mejorar el tráfico? ¿Es recaudar fondos para las arcas del Estado? Esta política perversa lleva a que sólo importe evitar las sanciones y nada absolutamente conducir de forma responsable. El espíritu ciudadano debe llevarnos a cumplir con las normas, a respetar las señales, a ser civilizados. No se podría circular si cada uno hiciera lo que quisiera. Pero el espíritu ciudadano nos lleva también a cuestionar las normas arbitrarias y a exigir que se cambien. Esa actitud de conseguir el cumplimiento de las prescripciones a palo limpio no es muy educativa. Esa postura rabiosamente punitiva nos induce a burlar las normas cuando nadie nos ven. Porque parece que la finalidad del buen comportamiento no es el respeto al prójimo sino evitar las sanciones. He leído hace poco el libro “Heidegger y un hipopótamo van al cielo”, obra de los filósofos Thomas Cathcart y Daniel Klein. El subtítulo dice: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. De él recojo la siguiente historia. Kevin pensaba que estaba muerto, cuando en realidad estaba vivo. Su alucinación se convirtió en semejante problema que su familia finalmente pagó para que viera a un psiquiatra. El psiquiatra pasó varias sesiones de duro trabajo intentando convencer a Kevin de que seguía vivo. No parecía funcionar nada. Finalmente el médico intentó una última táctica Sacó unos libros de medicina y le mostró al paciente que los hombres muertos no sangran. Tras horas de tedioso estudio, Kevin parecía convencido de que los hombres muertos realmente no sangran. - ¿Estás de acuerdo en que los hombres muertos no sangran?, preguntó el médico. - Sí lo estoy, contestó Kevin. Entonces el médico tomó una aguja y pinchó el dedo de Kevin. Del pinchazo salieron unas gotas de sangre. El médico le preguntó: - ¿Qué te demuestra esto? - Dios mío, exclamó Kevin, mientras miraba su dedo con incredulidad, los hombres muertos sí sangran. Aunque vean sangrar a los ciudadanos, algunos políticos siguen manteniendo sus tesis. Aunque las evidencias del descontento sean palmarias no modifican sus planteamientos. Interpretan la realidad de manera que les de la razón. ¿Se convencerán alguna vez de que el fin de la política es servir a los ciudadanos y a las ciudadanas y no servirse de ellos y de ellas?
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Voracidad recaudadora
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/11/20/voracidad-recaudadora/
November 19 2010, 10:00pm | Comments »
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Mañana no será lo que Dios quiera
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/10/30/manana-no-sera-lo-que-dios-quiera/
Me llaman mucho la atención los latiguillos lingüísticos que utilizamos para atribuirlo todo a la voluntad divina más que a las decisiones humanas: “hasta mañana, si Dios quiere”, “ya estamos en casa, gracias a Dios”, “ iremos a veros el próximo verano, Dios mediante”… Creo que es más sensato, más responsable y más lógico pensar que somos nosotros quienes decidimos lo que hacer con nuestra vida, con nuestro futuro, con nuestra sociedad. Por eso me ha gustado tanto la frase que preside estas líneas, que pertenece a un poema de Angel González y que ha dado título a un libro del también poeta Luis García Montero. Un precioso libro lleno de historia y de lirismo en el que glosa la vida y la obra del poeta asturiano. “Tendremos los hijos que Dios nos mande”, dice el devoto matrimonio sin tener en cuenta que será su maternidad y su paternidad responsable quien ha de decidir el número de hijos que quiere o que debe tener. No los que Dios quiera sino los que ellos quieran tener. “Mi vida será lo que Dios quiera”, dice el joven fervoroso dejando a Dios la responsabilidad de su destino. No, querido, tu futuro dependerá de tu esfuerzo, de tu constancia, de tu coraje. “Tendremos la sociedad que Dios quiera”, dice el político creyente. Pues, no señor, tendremos la sociedad que nos labremos con nuestro trabajo, nuestra responsabilidad y nuestro sentido de la ciudadanía. Esta postura conformista e irresponsable hace que depositemos en las manos de Dios el quehacer que nos corresponde a los humanos. Hay en ella un fatalismo con el que no simpatizo. Como sucederá lo que Dios quiera, vienen a decir estas personas, da igual lo que nosotros queramos o hagamos. Todo está decidido en los divinos e incomprensibles arcanos, Creo que nosotros construimos la historia, colectiva y personal. Es nuestra responsabilidad hacer un mundo habitable. Dejar las cosas en manos de Dios equivale a que nosotros nos lavemos las nuestras. La e es un compromiso y no una deserción. Leí en El País y, si mal no recuerdo, en la columna de Rosa Montero, la historia de un señor que, al anunciarse un terrible temporal de lluvias, es invitado a subirse a un autobús que desalojará todo la ciudad. Él decide subirse a la planta alta de su casa y espera a que llegue la ayuda de Dios, porque se considera un buen cristiano y cree a pie juntillas que sus ruegos serán oídos. Las aguas crecen y llega una barca anunciando por un megáfono que seguirá lloviendo y que es la última oportunidad de salvarse. Pero él se aferra a su fe y sigue invocando la ayuda de Dio, convencido de que le salvará. Entonces sube al tejado de la casa. Cuando ya las aguas han ocultado las tejas llega un helicóptero y tiende una escalera de cuerda para que sea librado de una muerte segura. Pero él se niega a agarrarse a la soga, seguro de que Dios le salvará de morir ahogado. El helicóptero se va. Sigue lloviendo durante horas. Y el hombre muere ahogado. Al llegar al cielo se queja enfurecido a Dios: - Me has fallado, Señor. Te pedí con fe y devoción que me salvases y no lo hiciste. Y Dios le dice, reprochando su falta de cordura: - Que yo sepa, te mandé primero un autobús, después una barca y finalmente un helicóptero. Fue tuya la responsabilidad. He oído decir muchas veces: “Si Dios no existiera, esto sería una selva”. ¿Por qué? José Antonio Marina dice en su hermoso libro “Ética para náufragos” que la ética nace de un acuerdo que hacemos los seres humanos mediante el cual nos reconocemos una dignidad fundamental por el simple hecho de ser personas. Creyentes y ateos, ricos y pobres, listos y torpes, hombres y mujeres, feos y guapos, blancos y negros… Por el hecho de ser personas gozamos de una dignidad que nos hace acreedores de derechos. Por el simple hecho de ser personas merecemos el respeto de todos los demás y, en consecuencia, debemos tributar ese mismo respeto a los otros. Cuando un creyente dice que ayuda y respeta al prójimo porque ve en él la imagen de Jesús o de Dios está diciendo algo, a mi juicio, que empobrece su ayuda y su respeto. ¿Y si no viese en él a Jesús o a Dios? A quien de verdad considera importarle el creyente no es al prójimo sino a Jesús. Si ese creyente abandonase la fe, ¿ya no ayudaría ni respetaría a sus semejantes? Esa visión hace pensar que gracias a que existe otra vida debemos ser buenas personas en ésta. Yo pienso lo contrario, que hay que hacer todo lo posible porque las cosas vayan bien aquí. Fiar la felicidad al más allá ha hecho que algunos se olviden de que hay que buscarla en este mundo con todas las fuerzas. Por eso algunos dan por hecho que la defensa y la práctica de los valores y de la dignidad humana sólo se pueden desarrollar bajo el prisma de la fe. Pienso, por el contrario, que hay creyentes desaprensivos y agnósticos o ateos que practican una moral cargada de respeto al prójimo. En el libro de Thomas Cathcart y Daniel Klein titulado “Heidegger y un hipopótamo va la cielo”, que lleva por subtítulo “La vida, la muerte y el más allá estudiados con filosofía y mucho humor” se nos cuenta el siguiente relato, que no necesita el más mínimo comentario. Un hombre se cae a un precipicio y desciende unos treinta metros antes de aferrarse a una rama. La fuerza de sus manos se debilita cada vez más y en su desesperación grita: - ¿Hay alguien por ahí? - Mira hacia arriba y todo lo que ve es un retazo de cielo. De pronto las nubes se separan y un rayo de luz brillante cae sobre él. Una voz profunda retumba en el aire. - Yo soy el Señor, estoy aquí. Suéltate y te recogeré. El hombre se lo piensa un momento y luego grita: - ¿Hay alguien más por ahí?
October 29 2010, 11:00pm | Comments »
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El saltamontes no oye
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/29/el-saltamontes-no-oye-2/
Siempre me ha parecido llamativa la facilidad y la arbitrariedad con la que establecemos los nexos causales que nos interesan. Una cosa son los hechos y otra las relaciones que establecemos entre ellos. Lo hacemos de forma constante. “Esto ha sucedido por esto”, decimos sin la menor vacilación. Como si esas conexiones fuesen palmarias e indiscutibles. Atribuimos a la intervención divina un hecho que nos ha sucedido sin tener constancia alguna de la conexión causa/efecto.“Dios nos salvó de la muerte, dicen los supervivientes del accidente aéreo, sin caer en la cuenta de que al decir eso, afirman que condenó a muerte a los que fallecieron”. Explicamos que los alumnos han suspendido porque no tienen capacidad o preparación o interés, sin caer en la cuenta que puede haber muchas otras causas, entre ellas la incompetencia de los docentes o la estupidez del currículo. Decimos que todo el paro del país se debe al gobierno sin pensar que pueden existir otras causas y que ya arrastrábamos un porcentaje de paro muy elevado antes de que fuese elegido por los ciudadanos. Y el gobierno actual dirá que la causa de todos los males se encuentra en la formar de proceder que tuvo el partido de la oposición cuando gobernada. Podría seguir poniendo ejemplos de forma ininterrumpida porque la frecuencia con la que manejamos la atribución causal es casi constante. Y, desde luego, poco rigurosa. Esta arbitrariedad responde casi siempre a intereses más o menos camuflados, más o menos legítimos, más o menos confesables. Cuando nos interesa llegar a una conclusión hacemos que los datos hablen a nuestro favor. Los datos, sometidos a tortura, acaban confesando lo que quiere quien los maneja. Voy a traer a colación una pequeña anécdota que refleja muy bien lo que estoy diciendo. Supongamos que tengo un saltamontes en la palma de la mano izquierda. Y le digo imperativamente mostrándole la palma de la mano derecha: - ¡Saltamontes, salta! Y salta. Cuando le tengo en la palma de la mano derecha le vuelvo a decir mostrándole la otra mano: - ¡Saltamontes, salta! Y salta. Cuando se encuentra en la palma de la mano izquierda le corto todas las patas (es sólo un ejemplo, que nadie se asuste por el imaginario maltrato) le vuelvo a decir: - ¡Saltamontes, salta! Y ahora no salta. Entonces saco la conclusión: Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye. Claro que puedo sacar esa conclusión, pero está muy claro también que es completamente gratuita. Los procesos de atribución que manejamos en la vida nos llevan muchas veces al autoengaño. Y, lo que es más grave, son utilizados para engañar y agredir al prójimo. Frecuentemente son utilizados en el debate político para atacar al adversario. Te propongo, querido lector o lectora, que analices un discurso político o un mitin y descubras cuántas atribuciones se hacen a la ligera. Respecto a esta parcela me remito al libro “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”, libro que los autores (Thomas Cathcart y Daniel Klein) subtitulan de esta manera: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. En la primera de las ilustraciones se puede ver a varias personas en la Sede de Campaña electoral. Una de ellas dice a las demás: “Es un buen discurso… sólo hay un par de puntos que necesitan un poco más de confusión”. No me puedo evadir de otro campo en el que las atribuciones se hacen con excesiva frecuencia y ligereza. Me refiero al campo educativo. Un campo en el que, además, no suele suceder que si A entonces B, sino algo mucho más problemático: si A, entonces B, quizás. ¿Cuántas veces oímos decir que el bajo nivel de los alumnos y alumnas actuales se debe al influjo nefasto de la LOGSE? Pero, ¿existen pruebas? Sí, existen, pero de la afirmación contraria. También en este segundo bloque que he elegido para ejemplificar el problema de los procesos atributivos interesados quiero hacen mención a un libro que desmonta con humor muchos tópicos y muchos estereotipos en los que se atribuyen de forma ligera determinados efectos a determinadas causas. Se trata de “Retrato canalla del malestar docente. Una defensa inteligente y mordaz del actual sistema educativo frente a los tópicos anti-LOGSE”, escrito por Juan José Romera, profesor de Lengua y Literatura en un IES de Málaga. Altamente aconsejable. Hay un tercer campo en el que las atribuciones son, si cabe, más frecuentes y arbitrarias. Me refiero al campo religioso. Cuando los feligreses sacan en procesión al santo patrón para invocar que su intervención traiga la lluvia, ¿se puede establecer el nexo causal entre la lluvia que realmente cae horas después y las oraciones de los fieles? ¿Cómo se puede probar? Cuando el futbolista sale al campo y hace la señal de la cruz pidiendo a Dios que le ayude a realizar un buen partido, ¿se puede establecer un nexo causal entre su gesto suplicante y el hecho de que después marque un gol? Me remito también aquí a un estupendo libro que acaba de publicar Luis Rojas Marcos y que lleva por título “Superar la adversidad”. En él podemos leer lo que sigue: “Las explicaciones positivas estimulan la confianza en uno mismo. Así, la explicación “Nos salvamos del accidente porque soy un buen conductor y tengo excelentes reflejos” es más reconfortante que “No nos matamos porque Dios no quiso”. Sería un buen ejercicio de racionalidad analizar una homilía y ver cuántas atribuciones se hacen de manera poco fundada.
Hay que ponerse a la tarea de buscar nexos causales arbitrarios en cualquiera de las parcelas de la vida. En honor a la verdad.May 28 2010, 11:00pm | Comments »
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El saltamontes no oye
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/28/el-saltamontes-no-oye-2/
Siempre me ha parecido llamativa la facilidad y la arbitrariedad con la que establecemos los nexos causales que nos interesan. Una cosa son los hechos y otra las relaciones que establecemos entre ellos. Lo hacemos de forma constante. “Esto ha sucedido por esto”, decimos sin la menor vacilación. Como si esas conexiones fuesen palmarias e indiscutibles. Atribuimos a la intervención divina un hecho que nos ha sucedido sin tener constancia alguna de la conexión causa/efecto.“Dios nos salvó de la muerte, dicen los supervivientes del accidente aéreo, sin caer en la cuenta de que al decir eso, afirman que condenó a muerte a los que fallecieron”. Explicamos que los alumnos han suspendido porque no tienen capacidad o preparación o interés, sin caer en la cuenta que puede haber muchas otras causas, entre ellas la incompetencia de los docentes o la estupidez del currículo. Decimos que todo el paro del país se debe al gobierno sin pensar que pueden existir otras causas y que ya arrastrábamos un porcentaje de paro muy elevado antes de que fuese elegido por los ciudadanos. Y el gobierno actual dirá que la causa de todos los males se encuentra en la formar de proceder que tuvo el partido de la oposición cuando gobernada. Podría seguir poniendo ejemplos de forma ininterrumpida porque la frecuencia con la que manejamos la atribución causal es casi constante. Y, desde luego, poco rigurosa. Esta arbitrariedad responde casi siempre a intereses más o menos camuflados, más o menos legítimos, más o menos confesables. Cuando nos interesa llegar a una conclusión hacemos que los datos hablen a nuestro favor. Los datos, sometidos a tortura, acaban confesando lo que quiere quien los maneja. Voy a traer a colación una pequeña anécdota que refleja muy bien lo que estoy diciendo. Supongamos que tengo un saltamontes en la palma de la mano izquierda. Y le digo imperativamente mostrándole la palma de la mano derecha: - ¡Saltamontes, salta! Y salta. Cuando le tengo en la palma de la mano derecha le vuelvo a decir mostrándole la otra mano: - ¡Saltamontes, salta! Y salta. Cuando se encuentra en la palma de la mano izquierda le corto todas las patas (es sólo un ejemplo, que nadie se asuste por el imaginario maltrato) le vuelvo a decir: - ¡Saltamontes, salta! Y ahora no salta. Entonces saco la conclusión: Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye. Claro que puedo sacar esa conclusión, pero está muy claro también que es completamente gratuita. Los procesos de atribución que manejamos en la vida nos llevan muchas veces al autoengaño. Y, lo que es más grave, son utilizados para engañar y agredir al prójimo. Frecuentemente son utilizados en el debate político para atacar al adversario. Te propongo, querido lector o lectora, que analices un discurso político o un mitin y descubras cuántas atribuciones se hacen a la ligera. Respecto a esta parcela me remito al libro “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”, libro que los autores (Thomas Cathcart y Daniel Klein) subtitulan de esta manera: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. En la primera de las ilustraciones se puede ver a varias personas en la Sede de Campaña electoral. Una de ellas dice a las demás: “Es un buen discurso… sólo hay un par de puntos que necesitan un poco más de confusión”. No me puedo evadir de otro campo en el que las atribuciones se hacen con excesiva frecuencia y ligereza. Me refiero al campo educativo. Un campo en el que, además, no suele suceder que si A entonces B, sino algo mucho más problemático: si A, entonces B, quizás. ¿Cuántas veces oímos decir que el bajo nivel de los alumnos y alumnas actuales se debe al influjo nefasto de la LOGSE? Pero, ¿existen pruebas? Sí, existen, pero de la afirmación contraria. También en este segundo bloque que he elegido para ejemplificar el problema de los procesos atributivos interesados quiero hacen mención a un libro que desmonta con humor muchos tópicos y muchos estereotipos en los que se atribuyen de forma ligera determinados efectos a determinadas causas. Se trata de “Retrato canalla del malestar docente. Una defensa inteligente y mordaz del actual sistema educativo frente a los tópicos anti-LOGSE”, escrito por Juan José Romera, profesor de Lengua y Literatura en un IES de Málaga. Altamente aconsejable. Hay un tercer campo en el que las atribuciones son, si cabe, más frecuentes y arbitrarias. Me refiero al campo religioso. Cuando los feligreses sacan en procesión al santo patrón para invocar que su intervención traiga la lluvia, ¿se puede establecer el nexo causal entre la lluvia que realmente cae horas después y las oraciones de los fieles? ¿Cómo se puede probar? Cuando el futbolista sale al campo y hace la señal de la cruz pidiendo a Dios que le ayude a realizar un buen partido, ¿se puede establecer un nexo causal entre su gesto suplicante y el hecho de que después marque un gol? Me remito también aquí a un estupendo libro que acaba de publicar Luis Rojas Marcos y que lleva por título “Superar la adversidad”. En él podemos leer lo que sigue: “Las explicaciones positivas estimulan la confianza en uno mismo. Así, la explicación “Nos salvamos del accidente porque soy un buen conductor y tengo excelentes reflejos” es más reconfortante que “No nos matamos porque Dios no quiso”. Sería un buen ejercicio de racionalidad analizar una homilía y ver cuántas atribuciones se hacen de manera poco fundada.
Hay que ponerse a la tarea de buscar nexos causales arbitrarios en cualquiera de las parcelas de la vida. En honor a la verdad.May 28 2010, 4:31am | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Mentira cochina
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2009/12/05/mentira-cochina/
El armadillo, ejemplo de como acorazarse ante el entorno. Acabo de leer un curioso libro escrito por dos reconocidos filósofos, Thomas Cathcart y Daniel Klein, licenciados por la Facultad de Filosofía de Harvard. El libro tiene un título ciertamente llamativo: “Aristóteles y un armadillo van a la capital”. Estos mismos autores escribieron hace poco una historia de la filosofía que también titularon de manera original: “Platón y un ornitorrinco entran en un bar”. Me gustó más el primero, pero éste no tiene desperdicio. El subtítulo orienta sobre el contenido: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. Quiero en estas líneas abrir un poco el diafragma de la visión para referirme a todos aquellos que dicen mentiras en la política, en los periódicos, en las televisiones, en los púlpitos y en las clases. O mejor, de quienes las escuchan impávida e ingenuamente. Pretendo llamar la atención sobre la necesidad de permanecer atentos a las falacias y a los engaños. Muchas de las mentiras están ancladas en el lenguaje. Hay muchos sofismas que adulteran la argumentación. Es preciso saber descubrirlos para no dejarse engañar. Otras, sencilla y llanamente, se explican por la credulidad de los destinatarios. Las mentiras son, casi siempre fruto del interés. Te engaña quien promete en época de elecciones hacer un puente en una localidad que ni siquiera tiene río. Para que le votes. Te engaña quien te anuncia un producto a través de una inteligente asociación de imágenes. Para que compres. Te engaña quien te presenta un falso modelo de individuo como feliz triunfador. Para que lo sigas. Te engaña quien te anuncia milagros de manera irracional..Para que creas. Me sorprende la ingenuidad que tenemos los humanos. Es decir, la facilidad con la que nos dejamos engañar. Me sorprende, por ejemplo, El enorme poder de seducción de las televisiones. - Si lo ha dicho la tele, exclama con énfasis el espectador convencido de que aquello tiene que ser verdad si se si todo el mundo lo sabe porque se ha dicho en televisión. Con la cacareada crisis vengo recibiendo mensajes de engañabobos que anuncian a través de videncia, cartas del tarot y otras singulares artes la solución a todos los problemas. ¿Cómo se han hecho con mi número de teléfono? ¿Quién les ha dado autorización para entrar en mi vida? Pero claro, si lo hacen, es porque muchos caen en la trampa. ¿Cómo puede morder alguien ese anzuelo tan escandalosamente visible? Cuántas sectas proliferan prometiendo lo habido y por haber. Con qué increíble facilidad entran algunas personas en esas engañifas. Me gustaría que en las homilías, en los mítines, en las clases…, se pudiera levantar la mano con más facilidad y frecuencia para decir, ante una afirmación engañosa: - ¡Mentira cochina! Y luego poder argumentar por qué se considera aquella idea, aquel dato, aquella conclusión una solemne mentira. Pero no. Lo normal es callar, lo normal es aceptar, lo normal es creer. Desmenuzar el contenido de los mítines sería un excelente ejercicio de detección de mentiras y de engaños más o menos sutiles. Hay casos en que la mentira se encuentra escondida bajo el manto de la confusión. Lo dicen en una pequeña viñeta de su libro Cathcart y Klein. Corresponde a la fase de preparación de un mitin. Uno de los personajes le dice a otro: “Es un buen discurso…sólo hay un par de puntos que necesitan un poco más de confusión”. Hace unos días Mariano Rajoy respondía a la inteligente y sensata (acaso dictada) pregunta de un escolar en un Colegio privado: - Tener trabajo, decía el niño, es un derecho que tienen las personas, ¿por qué no es real ese derecho? Y Mariano Rajoy, con una “jeta de feldespato”, en expresión de alguien que no es santo de mi devoción, contesta a su pequeño interlocutor (¿de unos 10 añitos?): . - Porque el Gobierno está haciendo las cosas muy mal. Si nosotros gobernásemos habría trabajo para todos. - ¡Mentira cochina y mentira cochina! Dos de una tacada. ¿Es posible un cinismo mayor? ¿Sólo es culpa del Gobierno? ¿No hay otros factores? ¿Ningún otro factor? ¿Cuando gobernaba el señor Mariano Rajoy –que ya gobernó- había trabajo para todos? ¿Cuando gobierne -si gobierna algún día- lo habrá? Hace muy poquito, en el periódico El País, decía mi admirada Rosa Montero en un artículo titulado “Mentirosos”: “Lo cierto es que la vida pública española ha adquirido un tono general de mentira estridente que resulta difícilmente soportable. Como suele suceder con los grandes falsarios, todos se acusan mutuamente de engañar pero cuanto más alardean de honestidad, menos fiables resultan. Aristóteles decía que, para ser convincente era mejor utilizar una mentira creíble que una verdad increíble. Pero aquí ya ni se molestan en ser buenos farsantes y sueltan sin pudor mentiras increíbles, porque de alguna manera parece que mentir no importa, que la sociedad se ha resignado a ello como si fuera algo inevitable”. A muchos que han sido pillados con la trola en la boca nada les sucede y siguen tan campantes. Es más, vuelven a ser votados. ¿Por qué esta complicidad con los mentirosos? Creo que la tarea de la educación consiste en ayudar a que las personas aprendan a pensar por sí mismas, a tener criterios rigurosos de análisis, a saber discernir cuándo les dicen la verdad y cuándo les pretenden engañar. El conocimiento nos viene de muchas fuentes. La información nos llega de muchas personas. Es preciso saber discernir si el agua de la argumentación es potable o está contaminada por intereses políticos, religiosos, comerciales o proselitistas. Criticar no es demoler, es discernir. Educar es ayudar a que cada uno construya un detector de mentiras poderoso y sensible.
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December 4 2009, 10:00pm | Comments »
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