Al terminar una conferencia en la ciudad argentina de Rosario del Tala (Entre Ríos) se me acercó una docente y me entregó un escrito redactado por un alumno de 12 años. Me contó que una profesora les había pedido a sus alumnos y alumnas que escribieran lo que sucedía en el trayecto que recorrían desde la casa a la escuela. Uno de los niños había presentado el ejercicio que, en ese momento, ella ponía en mis manos. Lo transcribo íntegramente eliminando cualquier referencia que permita identificar al alumno, al colegio y a la profesora: “Cuando salgo de mi casa voy muy bien hasta que llego a la calle (…). Cuando entro al Colegio y miro para fuera veo a la señora (…) venir en su moto 110. Me da un escalofrío y cuando termina la hora de ella es para todos un alivio”. El texto no puede ser más corto ni más elocuente. Todo hace pensar que el escalofrío del que habla el niño tiene que ver con el miedo y no con el entusiasmo. Las cosas van bien hasta que llega la hora de clase de esa docente. Y luego todo va mal hasta que termina. Por lo que escribe el alumno, eso sucede con todo el grupo al que pertenece. No es, por consiguiente, un mal rollo del autor del escrito. Es un problema que genera la actitud de la profesora. Me gustaría saber con qué ánimo acude la docente a sus clases. Si disfruta o padece su trabajo, si quiere a los niños y a las niñas o los aborrece. O quizás, si le son indiferentes. Me gustaría saber cómo termina ella su hora de clase. Es decir, si ese sentimiento de alivio que tienen sus alumnos es también para ella un sentimiento de liberación. Porque creo que las relaciones del aula se establecen en espejo. Los niños ven reflejada su imagen en el espejo del profesor y viceversa. Ambos devuelven la imagen proyectando lo que sienten, reflejando lo que viven. Ambos se retroalimentan. En esta historia me preocupan los alumnos y las alumnas. Y también la profesora. No creo que se sienta muy feliz. Y no hay nada más importante que serlo. ¿No sería mejor que pudiese disfrutar de su tarea? Pero hoy me quiero centrar en la actitud de esta docente que convierte sus clases en un calvario para los escolares. Lo que podía ser un fiesta se convierte por arte de su mala magia en una tortura. Lo que podría ser hermoso se convierte en horrible. Decía Winston Churchill: “Me encanta aprender, pero me horroriza que me enseñen”. Es probable que, preguntada por las reacciones de sus pupilos, ella argumente que son indeseables, que son malos estudiantes, personas de escasa capacidad y de nulo interés. Sin caer en la cuenta de que, quizás, ese mismo grupo sea un grupo aceptable o excelente para otros docentes que trabajan con ella en la misma escuela. Sé que hay alumnos y alumnas que hacen la vida imposible a sus compañeros y a sus profesores. Es muy fácil reventar una clase. Sé que hay alumnos y alumnas que acuden a la escuela forzados por la familia y por la ley. Lo oigo cada día. Y sé que no es fácil, para aquellos docentes esforzados que quieren enseñar, reducir esos aires desafiantes y provocadores. Sobre todo si los padres han arrojado la toalla o han dimitido de cualquier responsabilidad. El verbo aprender como el verbo amar no se pueden conjugar en imperativo. Sólo aprende el que quiere. Pero no es menos cierto que nosotros podemos hacer más cosas y, sobre todo, hacerlas mejor. La docente de nuestra historia está enfrentada a la enseñanza. Está enemistada con ella. Su presencia hace ingrata una tarea que, en sí misma, es placentera e, incluso, apasionante. El ser humano está diseñado para el aprendizaje. Los niños y las niñas gatean, exploran, preguntan, tienen una curiosidad innata. ¿Cómo es posible que cuando llega la hora de realizar aprendizajes sientan el escalofrío del miedo? ¿Cómo es posible que cuando termina una experiencia de aprendizaje sientan alivio? Algo falla cuando esto sucede. Y si sucediese en todas las clases no es aventurado deducir que los alumnos carecen de aquella disposición emocional para el aprendizaje que hace viables las adquisiciones relevantes y significativas. Pero si sólo sucede en una asignatura, si sólo sucede con una profesora, es obvio que ella arrastra un problema a sus clases, que su actitud está provocando un rechazo peligroso. No todas las clases pueden ser divertidas, chispeantes, motivadoras. Los niños y las niñas tienen que aprender que algunas serán más aburridas, más pesadas, menos emocionantes. Es entonces cuando tienen que echar mano de la voluntad, del esfuerzo complementario, del interés añadido. Pero es obligación del docente procurar que sus alumnos tengan interés por el aprendizaje, provocar con su actitud, con sus métodos, con su ejemplo y con sus palabras el deseo de aprender y de ayudar a que los demás aprendan. Cuando saco a colación un caso como este no es que quiera desprestigiar a los docentes, sacarles los colores o decir cuán inútiles son. No. Sé que la inmensa mayoría de los docentes son trabajadores esforzados y entusiastas. Lo que me interesa es instar a la pregunta, a la interrogación, a la preocupación por la mejora. Porque si no nos hacemos preguntas es imposible que busquemos y que encontremos respuestas. Dice Manuel Cruz en un excelente artículo titulado “Amar la duda”: “Al ignorante, por su condición de tal, todo debería sorprenderle y, sin embargo, nada parece venirle de nuevas”. Eso es. Cuando la rutina, la pereza, el desamor, el pesimismo, la comodidad o el desaliento matan la perplejidad, estamos condenados a repetir aquello que hacemos, aunque esté impregnado de evidentes y lamentables errores.
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El escalofrio
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2011/01/15/el-escalofrio/
January 14 2011, 10:00pm | Comments »
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Salgan de la cama de la gente
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/10/09/salgan-de-la-cama-de-la-gente/
Me sorprende, tanto como me indigna, la intromisión del episcopado en el gobierno y la vida de todos los ciudadanos y ciudadanas de la sociedad civil. No es de recibo que la Iglesia pretenda decidir lo que debemos hacer los demás. Y esto sucede de manera muy especial en todo lo que concierne a la sexualidad. Me pregunto por qué tanto interés por estas cuestiones y creo que se debe a que todas las personas tienen sexualidad. Y, claro, controlando la sexualidad se controla a todas las personas. No todas tienen poder, ni dinero, ni fama, ni títulos académicos. Pero todas tienen sexualidad. Y ahí está la Iglesia diciendo lo que hay que hacer respecto al uso de anticonceptivos, al aborto, a la homosexualidad, a la masturbación, a las relaciones prematrimoniales, a la píldora del día después, al divorcio, a la fecundación in vitro (es reciente la cruzada contra la concesión del Nobel de Medicina a Robert Edwars)… ¿Le decimos los demás a la jerarquía eclesiástica qué es lo que tiene que hacer con el celibato, con la castidad o con la opción sexual? También pensamos, también tenemos criterios, también tenemos conciencia y responsabilidad sobre esas cuestiones. ¿Sería razonable que pretendiésemos imponérselas? ¿No sería más coherente, más honesto, más justo, que los obispos se dedicasen a pensar en lo que sucede con el comportamiento sexual de sus clérigos, especialmente en lo relacionado con la pedofilia? Acabo de leer en El País (día 6 de octubre) que el señor Camps, Presidente de la Comunidad Valenciana, ha exigido la suspensión temporal de todos los cursos de educación sexual que imparten los técnicos de la Consejería de Sanidad en los colegios, a instancia del Arzobispo Carlos Osoro. La razón que aduce monseñor Osoro es que los contenidos de los programas tienen “una visión muy reduccionista del ser humano”. ¿Qué significa reduccionista? Pues muy sencillo, que carece de las claves que considera valiosas Monseñor Osoro. ¿Y si otros no estamos de acuerdo con esas claves? ¿Y si queremos que sea reduccionista esa visión? Cuando se carece de algo, es decisivo decidir si ese “algo” es deseable. Alguien que no tiene una visión transcendente o religiosa de la vida, carece de algo, sí. ¿Qué sucede si así lo desea? Cuando alguien no tiene una joroba carece de algo. Pero parece muy lógico que no desee tenerla. La Consejería envió el 12 de julio una circular a los centros de salud sexual y reproductiva en la que notifica la “suspensión temporal de la planificación de las intervenciones de los Programas de Intervención en Educación Sexual (PIES)” que se ofrecen a los alumnos de 3º de ESO (14 y 15 años). Pero no son esos los únicos cursos de sexualidad que imparten los sexólogos o enfermeras de la sanidad valenciana y que se han parado. Desde hace muchos años se vienen impartiendo cursos de educación afectivo sexual a alumnos de 5º de Primaria, 3º y 4º de ESO y 1º y 2º de Bachillerato (además de los PIES). Todos estos programas formativos también han sido congelados. Los materiales cuentan con el respaldo de sociedades científicas como la Academia Española de Especialistas en Sexología, la Fundación Española contra la Contracepción o la principal entidad de médicos de familia Semfyc. Los programas de educación sexual, según informa El País, están siendo rediseñados. “El Arzobispado de Valencia encargó hace meses al Instituto Valenciano de Fertilidad, Sexualidad y Relaciones Familiares, próximo al Opus Dei, el diseño de unos cursos alternativos para poder ofrecérselos a los colegios. Fuentes de la institución religiosa indican que los materiales se están ultimando pero que aún no existen acuerdos con la Generalitat para impartirlos”, señala el periódico. Lo que más me sorprende es que los ciudadanos y ciudadanas no reaccionen de forma crítica, incluso violenta, ante estos atropellos. Sólo se levantan algunas voces, como la de Marga Sanz, coordinadora de Esquerra Unida, que acusó a Camps de “gestionar la educación, la sanidad y los servicios a golpe de rosario”. ¿Cómo pueden votar los ciudadanos a un gobernante que se pliega de esta manera tan sumisa y tan injusta a la voluntad no de quien le ha votado sino de quien se inmiscuye descaradamente en lo que no le concierne? Las familias a quienes les gusta la visión del Arzobispo tienen sus parroquias y sus catequesis para cultivarla. A mí me parecerá estupendo y respetable. Cada vez que, en una sociedad democrática como la nuestra, en un estado aconfesional, suceden hechos de este tipo, me llevo las manos a la cabeza y, seguidamente, al ordenador. Porque me indigna que la Iglesia pretenda gobernar la vida de los ciudadanos, de los creyentes y de los no creyentes, de los católicos y de los budistas, de los judíos y de los musulmanes. ¿No tienen sus iglesias y sus catequesis para explicar su credo y su moral a sus fieles? ¿Por qué tienen que imponer uno y otra a toda la ciudadanía? ¿Somos tan tontos (y tan tontas) que necesitamos la tutela moral del episcopado? ¿Somos tan malos (y tan malas) que precisamos que alguien nos vigile, nos oriente y nos pastoree? Por favor, dejen que la sociedad civil decida por sí misma. Déjennos condenarnos si queremos. Yo mismo he sentido esa invasión de la jerarquía hace unos meses en Argentina ya que una Editorial, por presiones del episcopado y del Opus Dei, censuró un libro mío titulado “Pasión por la escuela. Cartas a la comunidad educativa” porque contenía una “Carta abierta a un profesor homosexual”. Una carta nacida de la compasión hacia un ser humano que todavía sufre discriminación, desprecio y burla. Dice el obispo díscolo francés Jacques Gaillot: “El Vaticano tiene que salir de la cama de la gente”. Lo suscribo. Yo también me dirijo con él a los obispos para decirles lo que ya anticipé en el título del artículo: Salgan de la cama de la gente.
October 8 2010, 11:00pm | Comments »
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¡A jugar a la calle!
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/09/18/%C2%A1a-jugar-a-la-calle/
Acabo de leer la interesante novela “Aurora boreal” de Äsa Larsson. No haré ninguna glosa sobre ella. Solamente voy a remitirme a un breve pasaje que me llamó la atención por su interés pedagógico. Uno de los magníficos personajes de la novela, llamado Siving, le dice a la abogada Rebecka Martinsson: “Aunque hoy en día parece que algunos críos no saben jugar fuera de casa por culpa de las películas y todos esos juegos de la consola. ¿Te acuerdas de Manfred, el que vive al otro lado del río,? Me contó que fueron a verle sus nietos este verano. Al final los tuvo que obligar a salir para que salieran fuera. “ En verano solo se puede estar dentro de caqsa si llueve a cántaros”, les dijo. Y los niños salieron. Pero no tenían ni idea de cómo jugar. Se quedaron allí en el jardín, totalmente apáticos. Al cabo de un rato Manfred vio que se había puesto en círculo cogidos de la mano. Cuando salió y lesa preguntó qué hacían, le dijeron que estaban pidiendo a Dios que se pusiera a llover a cántaros”. Significativa anécdota. Un grupo de niños le pide a Dios que llueva a cántaros para poder estar en casa y no salir a jugar a la calle. ¿Qué pasa hoy en día con el juego de los niños y de las niñas? ¿Qué pasa con sus formas de vivirlo y practicarlo? En primer lugar, los juegos están diseñados, programados y organizados por otros. En segundo lugar son juegos que se pueden practicar en solitario, en tercer lugar, que hay que practicarlos sentados en un sillón y en cuarto lugar que son enormemente caros. Dice Bruner: “estoy firmemente convencido de que un juego más elaborado, más rico y más prolongado da lugar a que crezcan seres humanos más completos”. Desde ese presupuesto, que comparto íntegramente, nos queda a los adultos de hoy preguntarnos lo que sucede con el juego de nuestros niños y de nuestras niñas. No me reprocharán mis críticos en esta ocasión que utilice ambos géneros, ya que hay peculiaridades muy interesantes en el juego de unos y de otras. Y hay repercusiones importantes diferenciales para unos y para otras. Recuerdo los juegos de mi infancia en Grajal de Campos, un pequeño pueblo de la provincia de León. Todo el día en la calle. Todo el día en la libertad, en la relación y en la plena creatividad. Bastaba un aro y su guía, unas tabas, unas piedras que servían de portería… Todo gratis, claro. Todo en grupo. Todo inventado. Con una camiseta vieja y una cuerda se podía hacer un improvisado balón. Sabido es que el pedagogo italiano Francesco Tonucci trabaja con niños y niñas cómo ha de ser la configuración de las ciudades Con buen criterio dice que si una ciudad está hecha a la medida de los niños y de las niñas, todo el mundo puede vivir en ella seguro: enfermos, ancianos, discapacitados. Si, por el contrario, una ciudad se construye teniendo como prototipo al conductor, varón, apresurado y violento, hay personas que no tienen cabida en ella. En cierta ocasión me contó que, cuando le preguntó a un niño cómo quería que fuese su ciudad, éste le contestó con aplomo representando los intereses de su colegas: - Queremos jugar gratis. Para que un niño pueda jugar hoy hace falta mucho dinero en cualquier ciudad. Es necesario pagar para entrar en los parques acuáticos, en los parques de atracciones, en las salas de cine… Es necesario pagar para jugar una partida de futbolín, o para conducir un cochecito eléctrico; hace falta pagar para subirse a una cama elástica o a un castillo hinchable… Todo se ha convertido en negocio. Hasta el juego de los niños y de las niñas, juego que necesitan como el aire para respirar. Es decir que les cobramos por respirar. Les cobramos por ser niños. Les cobramos por vivir. ¿Qué sucede con los niños cuyos padres no tienen dinero? Pues que deben adaptarse a una permanente frustración. Pueden ver y no tocar. Pueden envidiar cómo otros disfrutan sin que ellos puedan hacerlo. Jugar es caro en una sociedad mercantilista como la nuestra. Además, las ocupaciones crecientes que les imponemos dejan un tiempo escaso para el juego. Los “deberes” de los colegios, con frecuencia desmesurados, comienzan muy pronto como exigencia de una escuela encaminada al logro más que a la felicidad. Cada profesor demanda unas tareas sin tener en cuenta lo que piden sus colegas. La suma de todos los trabajos ocupa un tiempo que no deja lugar al juego y al descanso. Las familias, por motivos diversos (interés por los aprendizajes, dificultad para atenderlos, comparación con lo que hacen otras familias, compensación de viejas frustraciones…) se empeñan en que, a una edad temprana, los niños y las niñas realicen una serie de aprendizajes añadidos a los que brinda la institución escolar. Aprenden piano, ballet, canto, baile, judo, macramé…Son actividades que les gustan, decimos. Pero lo cierto es que les gustaría más estar jugando libremente. Resulta dramático pensar en ese grupo de niños cogidos de la mano pidiendo a Dios que se ponga a llover a cántaros para poder entrar en la casa y dedicarse a juegos sedentarios, individualistas y diseñados por otros. ¿Qué nos está pasando? ¿No serían más felices nuestros niños y niñas si tuviesen más tiempo para jugar en la calle, juntos y a juegos que ellos mismos se inventasen? Parece que sólo son efectivos y valiosos los aprendizajes formales Escuchemos a Bruner: “El juego proporciona una excelente oportunidad para ensayar combinaciones de conductas que nunca serían intentadas bajo condiciones de presión funcional”. El tiempo de juego no es tiempo perdido, sino plenamente aprovechado. No les robemos el tiempo de juego. No les encerremos en jaulas, aunque sean de oro.
September 17 2010, 11:00pm | Comments »
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Papá, mira lo que hago
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/08/14/papa-mira-lo-que-hago/
Quien tenga hijos o hijas de corta edad sabrá con cuánta insistencia se dirigen a los padres y a las madres, diciendo ante cualquiera de sus nuevas o ya conocidas habilidades: - Papá, mamá, mira lo que hago. Quien esté en un aula con niños y niñas, sabe con qué persistente asiduidad se dirigen al maestro o a la maestra para mostrarle la obra que con tanto empeño han concluido: - Seño, mira mi dibujo… Lo mismo digo respecto al comportamiento que quieren ofrecer como muestra de su esfuerzo, de su aplicación o de su obediencia: - Mamá, ¿has visto lo bien que me he portado? Y es que los niños y las niñas tienen necesidad del reconocimiento de los adultos. Necesitan el respaldo de quien tiene la autoridad de decir lo que está bien y lo que está mal y el elogio por el esfuerzo realizado o el reproche por lo que han hecho. Ellos se miran en el espejo de nuestros ojos y en la sonrisa o el reproche que merece lo que han conseguido. Sin esa retroalimentación, sin ese eco de atención su esfuerzo les parece baldío. Hace unos días, mi hija Carla, cinco años, se echó a llorar desesperadamente porque yo no le había prestado atención mientras se tiraba de cabeza en la piscina. Ella quería que su papá fuese testigo de los avances que estaba realizando. Sin ese reconocimiento, sin esa mirada, sin esa presencia, el éxito no se producía. Cuando le pregunté por qué lloraba, me lo explicó de forma clara y terminante: - Porque tú no me mirabas, porque tú no me mirabas… Los niños y las niñas necesitan de nuestra presencia, de nuestra valoración, de nuestra aprobación. Necesitan que alguien que les quiere, los mire y reconozca sus avances, sus esfuerzos, sus intentos de mejora. Porque quieren superarse constantemente. Nos distraen de esa mirada atenta y de esa atención amorosa muchas ocupaciones, muchas preocupaciones, muchos intereses, muchas personas a primera vista más importantes que esos pequeños, a veces minúsculos progresos. Parece que las cosas de los niños y de las niñas son siempre cosas sin importancia. A nuestros ojos de adultos lo que ellos hacen puede ser irrelevante, pero para ellos es toda su vida, es todo lo que tienen, todo lo que son. No hay nada más importante que ese reconocimiento, que esa felicitación, que esa sonrisa. “La sonrisa es una línea curva que lo endereza todo”, dice Phillis Diller. Esa actitud amorosa del adulto es sumamente importante para los niños y las niñas. Esa postura atenta a las pequeñas cosas, a los diminutos avances es lo que necesitan para crecer. ¿Por qué estorban tanto los niños a ciertos adultos? - Vete a ver la televisión… - ¿Por qué no vas a tu cuarto a jugar? - Busca a tu hermano y juega con él - Ha llamado tu tío para llevarte al cine ¡Uf, qué respiro! Algunos padres consideran muy largas las vacaciones. Les resulta agotador estar constantemente pendientes de sus pequeños sin caer en la cuenta de que necesitan esa mirada solícita, esa preocupación cercana. Ya sé que no se puede leer, que no se puede conversar, que no se puede dormir la siesta, que no se puede tomar tranquilamente el sol. Pero ellos necesitan sentirse mirados como las plantas necesitan la luz del sol. De esa manera se sienten importantes, se sienten únicos, se sienten queridos. - Papá, mira lo que hago… Es una demandan de atención y de reconocimiento. Muchas veces rompe nuestra comodidad, nuestro egoísmo, nuestros intereses de adultos, pero alimenta la construcción de una identidad sana y equilibrada. Esa actitud cuidadosa, sensible, cercana y generosa no sólo beneficiará a los niños y a las niñas sino que nos hará a nosotros mejores personas. Porque no es igual practicar el egoísmo que la generosidad, la responsabilidad que el abandono, la dureza que la sensibilidad, la ternura que a violencia, la alegría que la tristeza… He leído esta hermosa historia en el libro de Isha “¿Por qué caminar si puedes volar?” . Un chico corre al encuentro de su abuelo y le dice: - Abuelo, abuelo, ¿cuál es el secreto de la vida? En la boca arrugada del anciano se dibuja una sonrisa mientras responde: Mi niño, dentro de todos nosotros es como si hubiese dos lobos luchando. Uno está enfocado en proteger su territorio, en la rabia, la crítica y el resentimiento; es miedoso y controlador. El otro está enfocado en el amor, la alegría y la paz; es travieso y está lleno de aventuras. Pero abuelo, exclamó el niño con sus ojos muy abiertos de curiosidad, ¿cuál de ellos es el que va a ganar? El anciano le responde: - El que tú alimentes. Ahí está la clave. Lo vemos en estas fechas de vacaciones. Hay personas que se hartan de los niños, que los soportan como si fueran una tortura, que están deseando que empiece el colegio para librarse de ellos. Otras personas, sin embargo, disfrutan de los niños, juegan con ellos, los tienen en la presencia de su mirada y en el afecto de la compañía. Y, puestos a hacer confidencias, diré que tengo una suegra que se encuentra entre este segundo tipo de personas. Demuestra esa magnífica actitud la expresión que utiliza después de una tarde en compañía de su nieta: - ¡Lo que he disfrutado de la niña esta tarde! Eso es. Esa es la actitud que hace crecer y la que permite disfrutar. Y no la de quien se pasa rabiando y despotricando del permanente ajetreo, de la incesante movilidad y de la inacabable demanda de atención de los niños y de las niñas. Porque ellos necesitan nuestra mirada amorosa y nuestra exigente atención. Ellos necesitan, para crecer y alimentar su personalidad, la conciencia de que son importantes para alguien, de que lo que ellos hacen merece la atención de quien les quiere.
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August 13 2010, 11:00pm | Comments »
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Déjate de cuentos
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/04/24/dejate-de-cuentos/
Me gustaría tener a mi lado mientras escribo a mi querido amigo Paco Abril. Es el mejor cuentacuentos que conozco y uno de los mejores “escribecuentos”. Él me ha explicado muchas veces que los cuentos son la sustancia de la vida. Ha escrito que “los cuentos se dirigen al oído emocional de los niños y de las niñas. Les llegan a lo más profundo de sí mismos, a diferencia de los discursos moralistas de sus mayores, a los que se van haciendo, con el tiempo, más y más impermeables”. Pero, precisamente por su enorme poder educativo, hay que estar prevenidos de sus peligros. Rosetta Forner ha escrito un libro que se titula “Déjate de cuentos”. En él se plantea la interesante cuestión de cómo los cuentos clásicos abordan la relación entre los sexos. ¿Dé qué hablan, qué moralejas tienen, qué papel desempeñan en ellos las mujeres? La autora va recorriendo los cuentos tradicionales que han alimentado nuestra infancia y va haciendo visible la tremenda carga sexista que encierran a través de versiones en las que ella aporta una visión feminista. ¿Por qué Cenicienta, por ejemplo, se resigna a ser maltratada por su madrastra? ¿Por qué acepta ser la sirvienta de sus cínicas hermanas? ¿Por qué tiene que aceptar que una carroza la lleve a la fiesta pudiendo desplazarse por sus propios medios?…La Cenicienta tiene que mostrarse atractiva para el Príncipe, lo tiene que conquistar, tiene que aparecer ante él de tal forma que le pueda gustar. ¿Por qué? Respecto a Caperucita Roja se pregunta la autora: “Acaso era tonta Caperucita o nos la han querido pintar así, desvalida y alelada, infantil y crédula para que pensásemos que todas las niñas del mundo son presa fácil del lobo?”. Respecto a la abuela dice que bien podría haber sido una abuela resuelta, valiente y de rompe y rasga, una que le hubiese plantado cara al lobo feroz. Pero no. No era una abuela así. ¿Por qué Bella Durmiente sólo puede ser rescatada del sueño por el beso de un Príncipe? ¿Por qué ha de esperar dormida la llegada del Príncipe salvador? ¿Nunca salva la mujer a los hombres? Rosetta Forner le da la vuelta a los cuentos tradicionales y escribe sobre los conocidos relatos otros de corte diferente en los que las niñas son de otro modo, desempeñan otros papeles y tienen otras actitudes. En todos los cuentos la mujer se ha de mostrar atractiva y ha de ser hermosa para conquistar la aceptación y el enamoramiento. Es la tiranía de la belleza. De ahí la esclavitud del acicalamiento. De ahí esta obsesiva búsqueda de la delgadez. De ahí la persecución incesante de la moda. De ahí tantas operaciones de cirugía y tantos casos de anorexia. La mujer puede buscar verse bien a sí misma. Es estupendo que sea así. Pero no por sometimiento, por sumisión y por el único deseo de agradar, de satisfacer el deseo de los hombres. Invito a que el lector o lectora se ejercite en analizar los comportamientos, las palabras y las actitudes. En definitiva, todo lo que piensa, dice o hace para descubrir las pautas sexistas que, muchas veces de forma inconsciente, lo penetra. Todo. Se trata de ponerse las gafas del feminismo para analizar la realidad de forma rigurosa ye inteligente. Todo tiene importancia en esta cuestión. Todo tiene unas consecuencias fatales. Nadie piensa que un copo de nieve tenga peso suficiente para vencer una rama y partirla, Lo cierto es que, a fuerza de nevar, a fuerza de que caigan copos y más copos, hay uno que rompe la rama. ¿Por qué no pensar que el copo de nieve, de peso casi imperceptible, de ese gesto sexista es precisamente el que hunde el cuchillo en el corazón de una mujer? Los personajes de los cuentos actúan como estereotipos modélicos sobre la psicología de los niños y de las niñas. Los héroes se convierten en ejemplo que seguir y se debe seguir y las actitudes que encarnan en conductas que se deben imitar. Comencé a redactar este artículo en un vuelo aéreo de Málaga a Madrid. Las librerías tienen para mí un imán que me arrastra sin remedio. Así que, al llegar al aeropuerto de Barajas me dirigí, llevado por ese irrefrenable impulso, a la librería donde imagino que los libros me esperan con sus brazos abiertos. Y me encontré con un cuento de Munila López Salamero, prologado por Maruja Torres, que se titula, no de forma ingenua, “La Caperucita que no quería comer perdices”. Tiene unas magníficas ilustraciones de Myriam Cameros Sierra. Dice Maruja Torres en su hermoso prólogo: “”Nuestra Cenicienta sin ceniza en la frente y con la cabeza muy alta, nos avisa de que cada generación, cada mujer, tiene que volver a empezar. Porque, a la que se descuida, los tacones altos, ese regalo envenenado, la conducen a un camino de espinas. La ponen a cocinar perdices para cualquier príncipe titular o secundario. Y puede acabar no reconociéndose , no sabiendo cómo llorar sus vidas impuestas, cómo vaciarse de los mandamientos, cómo deshacerse dl sometimiento”. La autora del texto cuenta, al final, cómo surgió la idea de escribirlo. Dice que desde hace siglos y siglos las mujeres han sido bombardeadas por el mensaje “se casaron, fueron felices y comieron perdices” y que unos pocos años de feminismo no protegen de la presión que ejercen películas, anuncios, libros y, sobre todo “cuentos que nos contaron de pequeñas y que siguen impunes en el mercado”. Un grupo de mujeres contra la violencia de género del barrio de Horta (Barcelona) le pide a Munila que escriba un cuento que cuestione la filosofía machista de los cuentos tradicionales ya que consideraban que las mujeres habían sido víctimas de un mensaje atroz. Y así surgió la idea de escribir “La cenicienta que no quería comer perdices” cuyo mensaje es, en palabras de la autora, “quiérete a ti misma”. Dice Maruja Torres que este libro, que contiene verdades como puños”, debería ser lectura obligada en los colegios. Mientras llega ese momento, yo lo recomiendo a los lectores y lectoras de este artículo. Que aproveche.
April 23 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Esqueismo
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/02/27/esqueismo/
Hay gente que nunca va a tener la culpa de nada. Aunque la esté utilizando aquí, la palabra esqueismo no existe. Me refiero con ella a ese vicio tan extendido de utilizar excusas para justificar comportamientos indebidos u omisiones flagrantes. Llamo esqueismo, pues, al hábito de utilizar la expresión “es que…”. Hay personas especializadas en el uso de esta locución exculpatoria. Personas que hacen un uso tan frecuente de ella, que ya lo han mecanizado, lo han convertido en un automatismo. Seguro que el lector conoce a más de una. Porque abundan. En lugar de reconocer un error, una equivocación, un olvido, un despiste o un fallo, dirán con una contundencia y un desparpajo admirables: “Es que…”. Tienen una rara habilidad para cargar en las espaldas de los demás el peso de sus fallos. Si te pisan dirán que no tenías que tener el pie debajo en ese momento. Si las pisas dirán que tenías que haber mirado previamente. Ellas son perfectas. Nunca tienen la culpa de nada. “Todos son culpables, salvo yo”, decía Celine. El diccionario de la RAE define el concepto de excusa como “el motivo o pretexto que se invoca para eludir una obligación o disculpar una omisión”. La excusa se sustenta en un motivo insuficiente, arbitrario, poco real. Una cosa es una justificación rigurosa y otra una excusa. Cuando explicamos por qué hemos hecho algo o por qué lo hemos dejado de hacer, tratamos de ofrecer un argumento creíble. Puede ser que resulte creíble para el que lo da, pero no para el que lo recibe. O al revés. Algunas veces, quien ofrece la explicación sabe que miente, pero el que la recibe se lo cree a pie juntillas. ¿Cuándo una explicación se convierte en una excusa? Cuando es mentirosa o no tiene consistencia. En el campo de la enseñanza, que me resulta tan cercano, se practica con frecuencia el “esqueismo”: es que los alumnos son vagos, torpes y están mal preparados, la Administración es injusta, las familias son desaprensivas, la sociedad es desastrosa, los sueldos son bajos y la televisión resulta estúpida. Los alumnos también lo practican con soltura: es que los profesores son exigentes, me tienen manía, no saben explicar, los libros son difíciles y el Colegio o el Instituto son aburridos. Las familias pueden apuntarse, como no podía ser menos, a esta reacción que impide pensar, reconocer y actuar positivamente: es que los profesores sólo piensan en las vacaciones, sólo se preocupan de los que van bien, los chicos sólo piensan en divertirse, la vida se ha puesto así… En la política son frecuentes las excusas: es que el partido que gobernaba dejó las arcas vacías, dice el partido que gobierna. Es que el gobierno no quiere pactar, dice la oposición que no desea llegar a un acuerdo. Una excusa siempre es interesada. Detrás de ella escondemos las verdaderas razones: la torpeza, la incompetencia, la cobardía, el olvido, la dejadez o la maldad. La excusa más incoherente y pintoresca que he escuchado en mi vida me la dio un alumno mío de diez años en un colegio de Oviedo cuando le pregunté por qué llegaba tarde a la clase. Me dijo: - Es que me ha salido un toro en la calle y he tenido torearlo. No sé si la había elaborado previamente o se le ocurrió en el momento. Lo cierto es que, con toda la tranquilidad del mundo me explicó la causa del retraso a través de una emergencia insólita. No pensó que acaso hubiera sido más lógico correr delante del toro y llegar antes de la hora. Sobre todo, al no disponer del necesario capote y de la imprescindible valentía. Algunas veces, la excusa es previa a la acción o a la omisión. Y se convierte en la causa de la inacción. Es que no se lo merecen, dice el profesor que no quiere llevar a los alumnos de excursión. Es que voy a suspender de todos modos, dice el alumno que no quiere estudiar. Es que no sabe apreciar los buenos regalos, dice el novio que no quiere gastarse mucho dinero en el obsequio que debe hacer a su pareja.
El engaño tiene que ver con los demás pero también con nosotros mismos. Nosotros podemos convertir en un motivo lo que no es más que una excusa descarada. Cualquier espectador imparcial podría corroborarlo.
¿Cómo nos las arreglamos para proteger la irresponsabilidad detrás de explicaciones futiles? Haciéndolas lo más creíbles que se puede. Mientras más irresponsabilidad existe, se manejarán más excusas. Los niños y las niñas utilizan excusas con frecuencia. Mientras menos autenticidad tenga una persona, más fácil será el uso y el abuso de excusas. Todos conocemos gente especialista en formularlas. Es fácil que, después de un tiempo, hasta las explicaciones verdaderas de esas personas sean tomadas por falsas. Desde el punto de vista social, la irresponsabilidad demuestra una pésima integración del individuo en una colectividad civilizada. Por eso el individuo maduro, el individuo responsable, es capaz de asumir sus fallos y sus limitaciones. Y es capaz de hacer frente a la consecuencias de sus actos. Pascal Bruckner, autor en 1995 de “La tentación de la inocencia”, auténtico vademecum de la moderna cultura de la irresponsabilidad, dice: “Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes”. Al rechazar su responsabilidad, las personas se convierten en autistas morales. Unas veces mediante la maldad, otras mediante el autoengaño. Y es que, como decía La Rochefoucauld: “Es tan fácil engañarse a uno mismo sin darse cuenta como engañar a los demás sin que se den cuenta”. No nos engañemos. No nos dejemos engañar.
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February 26 2010, 10:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Mentira cochina
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2009/12/05/mentira-cochina/
El armadillo, ejemplo de como acorazarse ante el entorno. Acabo de leer un curioso libro escrito por dos reconocidos filósofos, Thomas Cathcart y Daniel Klein, licenciados por la Facultad de Filosofía de Harvard. El libro tiene un título ciertamente llamativo: “Aristóteles y un armadillo van a la capital”. Estos mismos autores escribieron hace poco una historia de la filosofía que también titularon de manera original: “Platón y un ornitorrinco entran en un bar”. Me gustó más el primero, pero éste no tiene desperdicio. El subtítulo orienta sobre el contenido: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. Quiero en estas líneas abrir un poco el diafragma de la visión para referirme a todos aquellos que dicen mentiras en la política, en los periódicos, en las televisiones, en los púlpitos y en las clases. O mejor, de quienes las escuchan impávida e ingenuamente. Pretendo llamar la atención sobre la necesidad de permanecer atentos a las falacias y a los engaños. Muchas de las mentiras están ancladas en el lenguaje. Hay muchos sofismas que adulteran la argumentación. Es preciso saber descubrirlos para no dejarse engañar. Otras, sencilla y llanamente, se explican por la credulidad de los destinatarios. Las mentiras son, casi siempre fruto del interés. Te engaña quien promete en época de elecciones hacer un puente en una localidad que ni siquiera tiene río. Para que le votes. Te engaña quien te anuncia un producto a través de una inteligente asociación de imágenes. Para que compres. Te engaña quien te presenta un falso modelo de individuo como feliz triunfador. Para que lo sigas. Te engaña quien te anuncia milagros de manera irracional..Para que creas. Me sorprende la ingenuidad que tenemos los humanos. Es decir, la facilidad con la que nos dejamos engañar. Me sorprende, por ejemplo, El enorme poder de seducción de las televisiones. - Si lo ha dicho la tele, exclama con énfasis el espectador convencido de que aquello tiene que ser verdad si se si todo el mundo lo sabe porque se ha dicho en televisión. Con la cacareada crisis vengo recibiendo mensajes de engañabobos que anuncian a través de videncia, cartas del tarot y otras singulares artes la solución a todos los problemas. ¿Cómo se han hecho con mi número de teléfono? ¿Quién les ha dado autorización para entrar en mi vida? Pero claro, si lo hacen, es porque muchos caen en la trampa. ¿Cómo puede morder alguien ese anzuelo tan escandalosamente visible? Cuántas sectas proliferan prometiendo lo habido y por haber. Con qué increíble facilidad entran algunas personas en esas engañifas. Me gustaría que en las homilías, en los mítines, en las clases…, se pudiera levantar la mano con más facilidad y frecuencia para decir, ante una afirmación engañosa: - ¡Mentira cochina! Y luego poder argumentar por qué se considera aquella idea, aquel dato, aquella conclusión una solemne mentira. Pero no. Lo normal es callar, lo normal es aceptar, lo normal es creer. Desmenuzar el contenido de los mítines sería un excelente ejercicio de detección de mentiras y de engaños más o menos sutiles. Hay casos en que la mentira se encuentra escondida bajo el manto de la confusión. Lo dicen en una pequeña viñeta de su libro Cathcart y Klein. Corresponde a la fase de preparación de un mitin. Uno de los personajes le dice a otro: “Es un buen discurso…sólo hay un par de puntos que necesitan un poco más de confusión”. Hace unos días Mariano Rajoy respondía a la inteligente y sensata (acaso dictada) pregunta de un escolar en un Colegio privado: - Tener trabajo, decía el niño, es un derecho que tienen las personas, ¿por qué no es real ese derecho? Y Mariano Rajoy, con una “jeta de feldespato”, en expresión de alguien que no es santo de mi devoción, contesta a su pequeño interlocutor (¿de unos 10 añitos?): . - Porque el Gobierno está haciendo las cosas muy mal. Si nosotros gobernásemos habría trabajo para todos. - ¡Mentira cochina y mentira cochina! Dos de una tacada. ¿Es posible un cinismo mayor? ¿Sólo es culpa del Gobierno? ¿No hay otros factores? ¿Ningún otro factor? ¿Cuando gobernaba el señor Mariano Rajoy –que ya gobernó- había trabajo para todos? ¿Cuando gobierne -si gobierna algún día- lo habrá? Hace muy poquito, en el periódico El País, decía mi admirada Rosa Montero en un artículo titulado “Mentirosos”: “Lo cierto es que la vida pública española ha adquirido un tono general de mentira estridente que resulta difícilmente soportable. Como suele suceder con los grandes falsarios, todos se acusan mutuamente de engañar pero cuanto más alardean de honestidad, menos fiables resultan. Aristóteles decía que, para ser convincente era mejor utilizar una mentira creíble que una verdad increíble. Pero aquí ya ni se molestan en ser buenos farsantes y sueltan sin pudor mentiras increíbles, porque de alguna manera parece que mentir no importa, que la sociedad se ha resignado a ello como si fuera algo inevitable”. A muchos que han sido pillados con la trola en la boca nada les sucede y siguen tan campantes. Es más, vuelven a ser votados. ¿Por qué esta complicidad con los mentirosos? Creo que la tarea de la educación consiste en ayudar a que las personas aprendan a pensar por sí mismas, a tener criterios rigurosos de análisis, a saber discernir cuándo les dicen la verdad y cuándo les pretenden engañar. El conocimiento nos viene de muchas fuentes. La información nos llega de muchas personas. Es preciso saber discernir si el agua de la argumentación es potable o está contaminada por intereses políticos, religiosos, comerciales o proselitistas. Criticar no es demoler, es discernir. Educar es ayudar a que cada uno construya un detector de mentiras poderoso y sensible.
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December 4 2009, 10:00pm | Comments »
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