Cada día me sorprendo más de la facilidad con la que los seres humanos nos dejamos guiar por supersticiones de todo tipo. Basta ver la televisión por la noche para comprobar la cantidad de adivinos, de echadores de cartas, de tarotistas, de magos y de videntes que pueblan la televisión a esas horas proclives a la seducción..
Lo que más me preocupa no es que haya todo este tipo de programas sino que haya espectadores que los siguen. Porque el círculo se cierra de una manera consistente: hay programas de ese tipo porque tienen audiencia y hay audiencis porque se proyectan este tipo de programas. La mejor manera de acabar con ellos es apagar la televisión. Solo hay una forma de romper ese círculo vicioso: tener personas mejor educadas.
Las cartomantes (hay más mujeres que hombres, no sé por qué) viven de sus intuiciones gracias a la credulidad de las personas. Ganan dinero, esa el la clave. No se dedican a lo que se dedican por amor al conocimiento o por acendrado altruismo. Lo hacen porque viven de sus mentiras. No tienen toda la culpa ellas. La mayor parte de la responsabilidad está en quienes acuden, a veces a la desesperada, a pagar esas fraudulentas informaciones.
No sé si habrá algún vidente honesto. Puede ser. Puede haber personas que se crean sus propias mentiras. También puede haber ingenuidad en el otro lado. Pero, en la mayoría de los casos, vender esos informes como si fueran ciencia, es de un cinismo descarado.
De vez en cuando recibo en el móvil un mensaje de alguna vidente que me invita a utilizar sus servicios “profesionales”. En estos momentos de crisis se está incrementando este tipo de indignantes intromisiones. He aquí el último: “Estamos en año nuevo, mi videncia me habla de cambios importantes que deves (sic) saber para tomar la decisión. Llama y te ayudaré. Serás feliz”. ¿Cómo me puede hacer creer esta mujer que su “videncia” le ha ofrecido información sobre mi vida sin conocerme de nada? ¡Qué cara más dura! ¿Cómo se ha hecho con mi número de teléfono? ¿Por qué se toma la libertad de escribirme? La verdad es que siempre me dan ganar de contestar y decir cuatro cosas a la entrometida. Pero pienso que es entrar en su juego. Ellas mandarán miles de mensajes y algunos cientos de incautos se pondrán en contacto con estas embaucadoras.
Este hecho me hace formular una pregunta que nunca he sabido responder: ¿cómo puede alguien fiarse de estos personajes y responder a la invitación?
¿Cuántos nexos causales se establecen sin rigor, sin exigencia intelectual alguna? Comemos las doce uvas en el filo de la Nochevieja con la esperanza de que esa costumbre, asegure la prosperidad y la felicidad. Pocas personas saben que esa costumbre tiene un origen puramente económica. En 1909 hubo una cosecha que produjo excedente de uvas. Y los cosecheros idearon la forma de solucionar el problema… ¿Hay alguna constancia de que se produzca la conexión doce uvas en las doce campanadas-felicidad en el nuevo año? Algunos futbolistas entran en el campo tocando el césped y haciendo dos o tres veces la señal de la cruz. ¿Han podido comprobar alguna vez que ese gesto les ayuda a marcar un gol o a ganar el partido? Algunos pasan el décimo de la lotería por no sé cuántas partes del cuerpo. ¿Tienen alguna constancia sobre el proceso atributivo que le asegura la suerte?
Ya sé que no todo es lógica en la vida. Ya sé que hay sentimientos, emociones, intuiciones y creencias. Pero también hay ingenuidad, estupidez y manipulación. Hay personas que se benefician de la credulidad de otras. ¿Cuántas personas utilizan los servicios de videntes y echadores de cartas? Más complicado es engañarse uno a sí mismo. Y dar por buenas supersticiones a todas luces irracionales.
La explicación a tanta credulidad la podemos encontrar en esa ilógica sospecha que se esconde en nuestros corazones. ¿Y si fuera verdad? He leído un estupendo libro de Sergi Pamiés que tiene por título el que figura en estas líneas. Tienes que esperar al último párrafo del libro para ver de dónde procede la idea. “He oído en la radio que si te comes un limón sin hacer muecas, todo lo que desees se cumplirá, pero me da miedo probarlo, hacer muecas y que ningún deseo se haga realidad”.
Es el trasfondo de esta anécdota que no sé dónde leí hace tiempo. Niels Borg, premio Nobel de Física, fue visitado en su cada por dos periodistas. En un momento de la entrevista, uno de ellos preguntó:
- ¿Usted cree que las herraduras colocadas en las puertas de las casas, ¿traen suertes a quienes habitan en ellas?
-No, contestó el científico. No puedo creer en esas supersticiones desde mi condición de investigador.
- Sin embargo, ¿usted tiene una herradura en la puerta de su casa?, inquirió uno de los periodistas.
- Eso es otra cosa. Porque me han dicho que las herraduras en las puertas de las casas traen suerte incluso a quienes no creen en ello.
De cualquier manera, como en tantos otros asuntos problemáticos, la solución a estas manipulaciones está en la educación. Creo que una de las finalidades de la educación es ayudar a que las personas dependan menos de supercherías y más de la lógica. Es lo que Paulo Freire definía como pasar de una mentalidad ingenua a una mentalidad crítica. Las personas con mayor formación son menos dependientes de supersticiones.. Está claro: contra superchería, educación.
A medida que la ciencia ha ido avanzando, han ido retrocediendo las supersticiones. Por eso considero tan importante la educación. Sin educación las personas son más fácilmente manipulables. Cuántas veces los hechiceros han engañado a los miembros de la tribu con explicaciones falsas e interesadas. Si esos ciudadanos y ciudadanas hubieran estado bien formados, les habrían mostrado con fuerza el dedo corazón.
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Si te comes un limón sin hacer muecas
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2011/01/08/si-te-comes-un-limon-sin-hacer-muecas/
January 7 2011, 10:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Mañana no será lo que Dios quiera
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/10/30/manana-no-sera-lo-que-dios-quiera/
Me llaman mucho la atención los latiguillos lingüísticos que utilizamos para atribuirlo todo a la voluntad divina más que a las decisiones humanas: “hasta mañana, si Dios quiere”, “ya estamos en casa, gracias a Dios”, “ iremos a veros el próximo verano, Dios mediante”… Creo que es más sensato, más responsable y más lógico pensar que somos nosotros quienes decidimos lo que hacer con nuestra vida, con nuestro futuro, con nuestra sociedad. Por eso me ha gustado tanto la frase que preside estas líneas, que pertenece a un poema de Angel González y que ha dado título a un libro del también poeta Luis García Montero. Un precioso libro lleno de historia y de lirismo en el que glosa la vida y la obra del poeta asturiano. “Tendremos los hijos que Dios nos mande”, dice el devoto matrimonio sin tener en cuenta que será su maternidad y su paternidad responsable quien ha de decidir el número de hijos que quiere o que debe tener. No los que Dios quiera sino los que ellos quieran tener. “Mi vida será lo que Dios quiera”, dice el joven fervoroso dejando a Dios la responsabilidad de su destino. No, querido, tu futuro dependerá de tu esfuerzo, de tu constancia, de tu coraje. “Tendremos la sociedad que Dios quiera”, dice el político creyente. Pues, no señor, tendremos la sociedad que nos labremos con nuestro trabajo, nuestra responsabilidad y nuestro sentido de la ciudadanía. Esta postura conformista e irresponsable hace que depositemos en las manos de Dios el quehacer que nos corresponde a los humanos. Hay en ella un fatalismo con el que no simpatizo. Como sucederá lo que Dios quiera, vienen a decir estas personas, da igual lo que nosotros queramos o hagamos. Todo está decidido en los divinos e incomprensibles arcanos, Creo que nosotros construimos la historia, colectiva y personal. Es nuestra responsabilidad hacer un mundo habitable. Dejar las cosas en manos de Dios equivale a que nosotros nos lavemos las nuestras. La e es un compromiso y no una deserción. Leí en El País y, si mal no recuerdo, en la columna de Rosa Montero, la historia de un señor que, al anunciarse un terrible temporal de lluvias, es invitado a subirse a un autobús que desalojará todo la ciudad. Él decide subirse a la planta alta de su casa y espera a que llegue la ayuda de Dios, porque se considera un buen cristiano y cree a pie juntillas que sus ruegos serán oídos. Las aguas crecen y llega una barca anunciando por un megáfono que seguirá lloviendo y que es la última oportunidad de salvarse. Pero él se aferra a su fe y sigue invocando la ayuda de Dio, convencido de que le salvará. Entonces sube al tejado de la casa. Cuando ya las aguas han ocultado las tejas llega un helicóptero y tiende una escalera de cuerda para que sea librado de una muerte segura. Pero él se niega a agarrarse a la soga, seguro de que Dios le salvará de morir ahogado. El helicóptero se va. Sigue lloviendo durante horas. Y el hombre muere ahogado. Al llegar al cielo se queja enfurecido a Dios: - Me has fallado, Señor. Te pedí con fe y devoción que me salvases y no lo hiciste. Y Dios le dice, reprochando su falta de cordura: - Que yo sepa, te mandé primero un autobús, después una barca y finalmente un helicóptero. Fue tuya la responsabilidad. He oído decir muchas veces: “Si Dios no existiera, esto sería una selva”. ¿Por qué? José Antonio Marina dice en su hermoso libro “Ética para náufragos” que la ética nace de un acuerdo que hacemos los seres humanos mediante el cual nos reconocemos una dignidad fundamental por el simple hecho de ser personas. Creyentes y ateos, ricos y pobres, listos y torpes, hombres y mujeres, feos y guapos, blancos y negros… Por el hecho de ser personas gozamos de una dignidad que nos hace acreedores de derechos. Por el simple hecho de ser personas merecemos el respeto de todos los demás y, en consecuencia, debemos tributar ese mismo respeto a los otros. Cuando un creyente dice que ayuda y respeta al prójimo porque ve en él la imagen de Jesús o de Dios está diciendo algo, a mi juicio, que empobrece su ayuda y su respeto. ¿Y si no viese en él a Jesús o a Dios? A quien de verdad considera importarle el creyente no es al prójimo sino a Jesús. Si ese creyente abandonase la fe, ¿ya no ayudaría ni respetaría a sus semejantes? Esa visión hace pensar que gracias a que existe otra vida debemos ser buenas personas en ésta. Yo pienso lo contrario, que hay que hacer todo lo posible porque las cosas vayan bien aquí. Fiar la felicidad al más allá ha hecho que algunos se olviden de que hay que buscarla en este mundo con todas las fuerzas. Por eso algunos dan por hecho que la defensa y la práctica de los valores y de la dignidad humana sólo se pueden desarrollar bajo el prisma de la fe. Pienso, por el contrario, que hay creyentes desaprensivos y agnósticos o ateos que practican una moral cargada de respeto al prójimo. En el libro de Thomas Cathcart y Daniel Klein titulado “Heidegger y un hipopótamo va la cielo”, que lleva por subtítulo “La vida, la muerte y el más allá estudiados con filosofía y mucho humor” se nos cuenta el siguiente relato, que no necesita el más mínimo comentario. Un hombre se cae a un precipicio y desciende unos treinta metros antes de aferrarse a una rama. La fuerza de sus manos se debilita cada vez más y en su desesperación grita: - ¿Hay alguien por ahí? - Mira hacia arriba y todo lo que ve es un retazo de cielo. De pronto las nubes se separan y un rayo de luz brillante cae sobre él. Una voz profunda retumba en el aire. - Yo soy el Señor, estoy aquí. Suéltate y te recogeré. El hombre se lo piensa un momento y luego grita: - ¿Hay alguien más por ahí?
October 29 2010, 11:00pm | Comments »
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Mujeres en construcción
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/08/21/mujeres-en-construccion/
He visto un documental conmovedor sobre un grupo de mujeres que han sufrido los horrores del terrorismo. Está dirigido por Begoña Atin y Montse Ibáñez. Tenían que ser mujeres también. Sólo desde su sensibilidad se puede entrar con ese tacto y con esa profundidad en el corazón de quien sufre. El documental lleva el significativo título que he querido utilizar para encabezar estas líneas. Es un buen título. Porque estas mujeres, cuya vida fue destruida de forma súbita, injusta y cruel, están reconstruyendo sus historias personales sobre los escombros psicológicos en los que se convirtieron. Hace falta coraje. Hace falta constancia. Hace falta mucho esfuerzo para salir a flote de un inmenso mar de lágrimas. Quiero comenzar felicitando a quienes han tenido esta hermosa iniciativa de rescatar del silencio el dolor insondable de estas mujeres. Porque un atentado terrorista tiene sólo presencia en los medios unos días. Y, a veces, ni eso. Una escueta noticia a la que ya estamos habituados y que sólo nos ocupa unos momentos de atención. Pero la vida de quien ha perdido al marido, al padre, al hermano, al hijo…sigue, desde ese momento, inmersa en el dolor, en la angustia, en el miedo y en la rabia. ¿Cómo se sale de ese pozo oscuro, profundo, asfixiante en el que la sinrazón ha arrojado a esas heroicas mujeres? El documental, técnicamente impecable en cuanto al montaje, la planificación, las angulaciones, los movimientos de cámara, la música, los tiempos y el guión, nos mete de lleno, desde las primeras imágenes, en ese mundo terrible de las secuelas de los atentados para aquellas personas que reciben la noticia, que la asumen y que tienen que seguir viviendo, con ese indescriptible dolor, con esa terrible y definitiva ausencia. El documental deja claro quiénes son las protagonistas: esas mujeres que luchan, que amasan con sufrimiento la superación, que ofrecen sus testimonios doloridos y serenos, que lloran a veces cuando hablan. Los protagonistas de este interesante documental no son los asesinos de ETA, ni los políticos que combaten el terrorismo de una forma u otra, ni los técnicos que filman, ni las directoras que elaboran y desarrollan el guión técnico… Las protagonistas son estas mujeres que han sufrido el golpe brutal de un atentado y que, durante años –día a día, noche a noche- van reconstruyendo sus vidas con un inmenso dolor en el corazón. Me he imaginado durante el documental, cómo podría contemplar esas imágenes tan contundentes los asesinos que han matado, que están pensando en matar o quienes apoyan y alientan a los que matan. Y me he preguntado por los caminos que recorre el ser humano para llegar a un grado de envilecimiento y de locura semejantes. Me ha sorprendido que no aparezca un sentimiento que, desde que apreté el botón del play me asaltaba sin cesar. ¿Por qué estas muertes? ¿Por qué y para qué estos atentados? Cuando una enfermedad, un accidente o incluso un suicidio, nos arrebatan a un ser querido, nos cuesta un triunfo superar la ausencia. A la muerte, como al sol, no se les puede mirar de frente. Pero cuando esa muerte ha sido el fruto de una decisión deliberada, planificada y ejecutada a sangre fría por un semejante sobre una víctima inocente, imagino que el dolor y la desesperación es aún mayor. Las mujeres, de diversas edades y condiciones, van desgranando sus ideas y sentimientos de una manera que parece espontánea y que sin duda es sincera. Esas imágenes tienen detrás un intenso trabajo, una idea directriz y una planificación exigente. Explorar el mundo de los sentimientos es tan importante como difícil. Porque estamos más acostumbrados a decir lo que pensamos que a expresar lo que sentimos. Una de las manifestantes dice que lo más horrible es que haya niños y niñas afectados por esa brutalidad incomprensible. ¿Cómo se le puede arrebatar a un niño o a una niña a su padre para siempre? ¿Qué maldita causa merece un tributo de tal magnitud? Una de las primeras reacciones que varias manifestantes expresan, al recibir la noticia que cambiará sus vidas, es la de incredulidad: “no me lo podía creer”, “no puede ser”, “no me cabía en la cabeza”, “mi vida no me importaba”, “esto es una pesadilla y cuando despierte habrá pasado”… Es lógico. Cuesta recuperarse de ese mazazo, de ese golpe brutal que detiene súbitamente la vida. Y luego viene esa desgana por vivir, esa falta de energía para encontrar sentido a las cosas, esa difícil para hacerle frente a la vida: “estaba acobardada”, “nos paralizó por completo”, “no quise seguir adelante”, “el sofá es mi vida”, “casi no hablábamos”, “todo se vuelve oscuro”, “vives de forma mecánica”, “te falta aire”… Cuántas lágrimas. Cuánto dolor. Cuánta ausencia. Al ver las imágenes puedes entender cómo esas personas han visto marcadas sus vidas por la tragedia. Hay un antes y un después del atentado. Hay una vida plena antes y una vida en construcción después. Los materiales están hechos de sufrimientos y la argamasa está hecha de lágrimas. Y algunas veces de terapias, de antidepresivos, de somníferos. Y vas viendo cómo lentamente, esforzadamente van edificando la vida: “ya puedo acercarme al centro”, “te caes de bruces y te levantas”, “tienes que seguir”… Lo dice magníficamente Victoria Campo recitando un poema con el que se cierra el documental: “Puedes llorar/ porque se ha ido/ o puedes reír porque ha vivido”. Con estas líneas quiero rendir un sencillo y humilde homenaje a estas mujeres que han recibido el zarpazo irracional del terrorismo y que se esfuerzan con paciencia y coraje ilimitados en reconstruir las vidas que les fueron arrebatadas. Gracias por vuestro ejemplo. Y suerte sin límites. La que un día se os negó tan cruelmente.
August 20 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Controles descendentes
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/07/31/controles-descendentes/
Estoy comprobando que, cada día que pasa, se hacen más estrictos y minuciosos los controles sobre el dinero público. Pero, curiosamente, sólo con carácter descendente. Es decir, que a los ciudadanos de a pie que manejamos cantidades casi ridículas se nos mira con lupa. A mí me parece muy bien que se vigile estrechamente el dinero de todos. Pero claro, uno se pregunta: ¿cómo es posible que esos controles tan finos permitan la evasión de miles de millones? El dinero público se ha gastado muchas veces con excesiva alegría: comidas, viajes en primera clase, coches oficiales, regalos, fiestas, protocolo… No se pide lo mismo en un restaurante cuando uno paga de su bolsillo que cuando se paga con dinero ajeno. Basta ver el distinto consumo que se produce en un avión cuando invita la compañía o cuando paga el pasajero. Si la azafata sirve un refresco gratuito casi todos los pasajeros tienen sed. Si hay que pagarlo, ya beberemos lo que sea cuando lleguemos a casa. Es así de sencillo. Dada esta tendencia se hace necesario controlar el gasto del dinero público. Defiendo que así sea. Exijo que así sea. Y esa es una muestra del buen funcionamiento de la democracia. Pero, si se ha de hacer debe hacerse con mayor celo mirando hacia arriba que hacia abajo. Por dos motivos: el primero porque las cantidades suelen ser más elevadas. El segundo por una cuestión de ejemplo. La democracia no es un sistema de control descendente sino ascendente. El control descendente lo ejerce a las mil maravillas las dictadura. El tirano actúa en coherencia con la permisiva ventaja que se ha tomado. Exige a todos y a él nadie la puede exigir nada. Pero en una democracia el poder está en el pueblo. Una democracia está corrompida en la medida de que los que tienen el poder (por voluntad del pueblo) viven con menos controles que el pueblo, con más prebendas que quienes les han votado. Por eso la corrupción resulta tan escandalosa en una democracia, “Nosotros te ponemos ahí para que veles por los intereses de todos y tú aprovechas la confianza que hemos depositado en ti para engañarnos a todos, para robarnos a todos, para reírte de todos”. Eso es lo que dice el pueblo a quienes no sólo se corrompen a sí mismos sino al sistema que nos hemos dado para vivir. Lo diré con un ejemplo, que es una manía arraigada de los profesores. He impartido una conferencia en una de nuestras islas canarias. Tuve que justificar el gasto de taxis enviando los correspondientes justificantes. Y luego me llega una hoja en la que debo dejar constancia firmada de que esos tickets corresponden a desplazamientos que yo he hecho. Pero, hombre, si figuran las fechas, los lugares y los importes en cada ticket. ¿Me los he podido inventar? ¿A qué viene esa necesidad de firmar un documento acreditativo? Me pidieron también los resguardos de las tarjetas de embarque. ¿No estuve allí? ¿Había hecho el desplazamiento a nado? ¿No habían pagado ellos mismos los billetes de avión? Además tuve que enviar un justificante acreditativo de que la cuenta en la que se iba a ingresar el dinero era la mía. Perdí unas horas yendo al banco para sellar el documento en el que se decía que yo era el titular de la cuenta de ingreso. Me pidieron también una fotocopia de mi carnet de identidad y una declaración jurada certificando que las horas de la conferencia no excedían el máximo de las horas permitidas a aun funcionario público para realizar esas actividades. Todo me parece muy bien. Lo que me indigna es que después, con esos controles tan minuciosos, en el mismo lugar desaparezcan cantidades enormes de dinero sin que nadie se entere. Si las grietas son tan pequeñas y están tan vigiladas, ¿cómo se puede escapar esa enorme cantidad de agua? ¿Cómo se explica ese control desmedido para las cantidades minúsculas y esa laxitud para las cantidades exorbitantes? Pues muy sencillo. Porque los controles tienen un sentido descendente y no ascendente. Porque la mirada se agudiza hacia los comportamientos de los inferiores Y eso tiene consecuencias perversas. Porque, en el fondo, percibes un proceder hipócrita. Lo que se ofrece es una imagen de honradez extremadamente fina. Pero, según los hechos, eso es sólo una imagen. Si correspondiese a una realidad fehaciente, no desaparecerían después esas cantidades astronómicas. Porque nacen de una desconfianza radical de unos en otros. Y ya he dicho que no me parece mal controlar el dinero público,. Pero no me gusta que desconfíen de mí y que no lo hagan de quien después resulta que se lleva el dinero a expuertas. Porque esos controles minuciosos acaban siendo muy caros. Exigen un personal, unos medios y unos tiempos que cuestan dinero. Y luego se producen dos hechos para mí inaceptables cuando uno de estos ladrones se larga con el dinero público. Algunos lo hacen impunemente, porque se guardan muy mucho de dejar rastro, pero otros que son acusados y condenados y que, incluso, van a la cárcel, salen de ella sin devolver un euro. ¿Cómo se les deja salir de la cárcel sin que hayan devuelto hasta el último céntimo? Si así se hiciera veríamos cómo aparecen como por ensalmo los dineros volatilizados. Y si no aparecen, no hay libertad. Te cuesta ver cómo algunos golfos redomados, después de permanecer en la cárcel, disfrutan de las fortunas que han amasado robándonos a todos. No hay derecho. El segundo hecho tiene que ver con la existencia de paraísos fiscales. ¿Cómo se puede burlar así a la justicia? Hoy, que tanta importancia damos a la justicia universal, ¿no se puede fortalecer el mecanismo de la justicia para que inspeccione hasta el último rincón del último banco del mundo? Si se puede perseguir a las personas hasta dar con ellas, ¿por qué no se puede buscar el dinero? Hay que intensificar los controles ascendentes.
July 30 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
El saltamontes no oye
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/29/el-saltamontes-no-oye-2/
Siempre me ha parecido llamativa la facilidad y la arbitrariedad con la que establecemos los nexos causales que nos interesan. Una cosa son los hechos y otra las relaciones que establecemos entre ellos. Lo hacemos de forma constante. “Esto ha sucedido por esto”, decimos sin la menor vacilación. Como si esas conexiones fuesen palmarias e indiscutibles. Atribuimos a la intervención divina un hecho que nos ha sucedido sin tener constancia alguna de la conexión causa/efecto.“Dios nos salvó de la muerte, dicen los supervivientes del accidente aéreo, sin caer en la cuenta de que al decir eso, afirman que condenó a muerte a los que fallecieron”. Explicamos que los alumnos han suspendido porque no tienen capacidad o preparación o interés, sin caer en la cuenta que puede haber muchas otras causas, entre ellas la incompetencia de los docentes o la estupidez del currículo. Decimos que todo el paro del país se debe al gobierno sin pensar que pueden existir otras causas y que ya arrastrábamos un porcentaje de paro muy elevado antes de que fuese elegido por los ciudadanos. Y el gobierno actual dirá que la causa de todos los males se encuentra en la formar de proceder que tuvo el partido de la oposición cuando gobernada. Podría seguir poniendo ejemplos de forma ininterrumpida porque la frecuencia con la que manejamos la atribución causal es casi constante. Y, desde luego, poco rigurosa. Esta arbitrariedad responde casi siempre a intereses más o menos camuflados, más o menos legítimos, más o menos confesables. Cuando nos interesa llegar a una conclusión hacemos que los datos hablen a nuestro favor. Los datos, sometidos a tortura, acaban confesando lo que quiere quien los maneja. Voy a traer a colación una pequeña anécdota que refleja muy bien lo que estoy diciendo. Supongamos que tengo un saltamontes en la palma de la mano izquierda. Y le digo imperativamente mostrándole la palma de la mano derecha: - ¡Saltamontes, salta! Y salta. Cuando le tengo en la palma de la mano derecha le vuelvo a decir mostrándole la otra mano: - ¡Saltamontes, salta! Y salta. Cuando se encuentra en la palma de la mano izquierda le corto todas las patas (es sólo un ejemplo, que nadie se asuste por el imaginario maltrato) le vuelvo a decir: - ¡Saltamontes, salta! Y ahora no salta. Entonces saco la conclusión: Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye. Claro que puedo sacar esa conclusión, pero está muy claro también que es completamente gratuita. Los procesos de atribución que manejamos en la vida nos llevan muchas veces al autoengaño. Y, lo que es más grave, son utilizados para engañar y agredir al prójimo. Frecuentemente son utilizados en el debate político para atacar al adversario. Te propongo, querido lector o lectora, que analices un discurso político o un mitin y descubras cuántas atribuciones se hacen a la ligera. Respecto a esta parcela me remito al libro “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”, libro que los autores (Thomas Cathcart y Daniel Klein) subtitulan de esta manera: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. En la primera de las ilustraciones se puede ver a varias personas en la Sede de Campaña electoral. Una de ellas dice a las demás: “Es un buen discurso… sólo hay un par de puntos que necesitan un poco más de confusión”. No me puedo evadir de otro campo en el que las atribuciones se hacen con excesiva frecuencia y ligereza. Me refiero al campo educativo. Un campo en el que, además, no suele suceder que si A entonces B, sino algo mucho más problemático: si A, entonces B, quizás. ¿Cuántas veces oímos decir que el bajo nivel de los alumnos y alumnas actuales se debe al influjo nefasto de la LOGSE? Pero, ¿existen pruebas? Sí, existen, pero de la afirmación contraria. También en este segundo bloque que he elegido para ejemplificar el problema de los procesos atributivos interesados quiero hacen mención a un libro que desmonta con humor muchos tópicos y muchos estereotipos en los que se atribuyen de forma ligera determinados efectos a determinadas causas. Se trata de “Retrato canalla del malestar docente. Una defensa inteligente y mordaz del actual sistema educativo frente a los tópicos anti-LOGSE”, escrito por Juan José Romera, profesor de Lengua y Literatura en un IES de Málaga. Altamente aconsejable. Hay un tercer campo en el que las atribuciones son, si cabe, más frecuentes y arbitrarias. Me refiero al campo religioso. Cuando los feligreses sacan en procesión al santo patrón para invocar que su intervención traiga la lluvia, ¿se puede establecer el nexo causal entre la lluvia que realmente cae horas después y las oraciones de los fieles? ¿Cómo se puede probar? Cuando el futbolista sale al campo y hace la señal de la cruz pidiendo a Dios que le ayude a realizar un buen partido, ¿se puede establecer un nexo causal entre su gesto suplicante y el hecho de que después marque un gol? Me remito también aquí a un estupendo libro que acaba de publicar Luis Rojas Marcos y que lleva por título “Superar la adversidad”. En él podemos leer lo que sigue: “Las explicaciones positivas estimulan la confianza en uno mismo. Así, la explicación “Nos salvamos del accidente porque soy un buen conductor y tengo excelentes reflejos” es más reconfortante que “No nos matamos porque Dios no quiso”. Sería un buen ejercicio de racionalidad analizar una homilía y ver cuántas atribuciones se hacen de manera poco fundada.
Hay que ponerse a la tarea de buscar nexos causales arbitrarios en cualquiera de las parcelas de la vida. En honor a la verdad.May 28 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
El saltamontes no oye
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/28/el-saltamontes-no-oye-2/
Siempre me ha parecido llamativa la facilidad y la arbitrariedad con la que establecemos los nexos causales que nos interesan. Una cosa son los hechos y otra las relaciones que establecemos entre ellos. Lo hacemos de forma constante. “Esto ha sucedido por esto”, decimos sin la menor vacilación. Como si esas conexiones fuesen palmarias e indiscutibles. Atribuimos a la intervención divina un hecho que nos ha sucedido sin tener constancia alguna de la conexión causa/efecto.“Dios nos salvó de la muerte, dicen los supervivientes del accidente aéreo, sin caer en la cuenta de que al decir eso, afirman que condenó a muerte a los que fallecieron”. Explicamos que los alumnos han suspendido porque no tienen capacidad o preparación o interés, sin caer en la cuenta que puede haber muchas otras causas, entre ellas la incompetencia de los docentes o la estupidez del currículo. Decimos que todo el paro del país se debe al gobierno sin pensar que pueden existir otras causas y que ya arrastrábamos un porcentaje de paro muy elevado antes de que fuese elegido por los ciudadanos. Y el gobierno actual dirá que la causa de todos los males se encuentra en la formar de proceder que tuvo el partido de la oposición cuando gobernada. Podría seguir poniendo ejemplos de forma ininterrumpida porque la frecuencia con la que manejamos la atribución causal es casi constante. Y, desde luego, poco rigurosa. Esta arbitrariedad responde casi siempre a intereses más o menos camuflados, más o menos legítimos, más o menos confesables. Cuando nos interesa llegar a una conclusión hacemos que los datos hablen a nuestro favor. Los datos, sometidos a tortura, acaban confesando lo que quiere quien los maneja. Voy a traer a colación una pequeña anécdota que refleja muy bien lo que estoy diciendo. Supongamos que tengo un saltamontes en la palma de la mano izquierda. Y le digo imperativamente mostrándole la palma de la mano derecha: - ¡Saltamontes, salta! Y salta. Cuando le tengo en la palma de la mano derecha le vuelvo a decir mostrándole la otra mano: - ¡Saltamontes, salta! Y salta. Cuando se encuentra en la palma de la mano izquierda le corto todas las patas (es sólo un ejemplo, que nadie se asuste por el imaginario maltrato) le vuelvo a decir: - ¡Saltamontes, salta! Y ahora no salta. Entonces saco la conclusión: Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye. Claro que puedo sacar esa conclusión, pero está muy claro también que es completamente gratuita. Los procesos de atribución que manejamos en la vida nos llevan muchas veces al autoengaño. Y, lo que es más grave, son utilizados para engañar y agredir al prójimo. Frecuentemente son utilizados en el debate político para atacar al adversario. Te propongo, querido lector o lectora, que analices un discurso político o un mitin y descubras cuántas atribuciones se hacen a la ligera. Respecto a esta parcela me remito al libro “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”, libro que los autores (Thomas Cathcart y Daniel Klein) subtitulan de esta manera: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. En la primera de las ilustraciones se puede ver a varias personas en la Sede de Campaña electoral. Una de ellas dice a las demás: “Es un buen discurso… sólo hay un par de puntos que necesitan un poco más de confusión”. No me puedo evadir de otro campo en el que las atribuciones se hacen con excesiva frecuencia y ligereza. Me refiero al campo educativo. Un campo en el que, además, no suele suceder que si A entonces B, sino algo mucho más problemático: si A, entonces B, quizás. ¿Cuántas veces oímos decir que el bajo nivel de los alumnos y alumnas actuales se debe al influjo nefasto de la LOGSE? Pero, ¿existen pruebas? Sí, existen, pero de la afirmación contraria. También en este segundo bloque que he elegido para ejemplificar el problema de los procesos atributivos interesados quiero hacen mención a un libro que desmonta con humor muchos tópicos y muchos estereotipos en los que se atribuyen de forma ligera determinados efectos a determinadas causas. Se trata de “Retrato canalla del malestar docente. Una defensa inteligente y mordaz del actual sistema educativo frente a los tópicos anti-LOGSE”, escrito por Juan José Romera, profesor de Lengua y Literatura en un IES de Málaga. Altamente aconsejable. Hay un tercer campo en el que las atribuciones son, si cabe, más frecuentes y arbitrarias. Me refiero al campo religioso. Cuando los feligreses sacan en procesión al santo patrón para invocar que su intervención traiga la lluvia, ¿se puede establecer el nexo causal entre la lluvia que realmente cae horas después y las oraciones de los fieles? ¿Cómo se puede probar? Cuando el futbolista sale al campo y hace la señal de la cruz pidiendo a Dios que le ayude a realizar un buen partido, ¿se puede establecer un nexo causal entre su gesto suplicante y el hecho de que después marque un gol? Me remito también aquí a un estupendo libro que acaba de publicar Luis Rojas Marcos y que lleva por título “Superar la adversidad”. En él podemos leer lo que sigue: “Las explicaciones positivas estimulan la confianza en uno mismo. Así, la explicación “Nos salvamos del accidente porque soy un buen conductor y tengo excelentes reflejos” es más reconfortante que “No nos matamos porque Dios no quiso”. Sería un buen ejercicio de racionalidad analizar una homilía y ver cuántas atribuciones se hacen de manera poco fundada.
Hay que ponerse a la tarea de buscar nexos causales arbitrarios en cualquiera de las parcelas de la vida. En honor a la verdad.May 28 2010, 4:31am | Comments »
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Ladrones de sueños
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/15/ladrones-de-suenos/
Hace unos días, mi compañera y amiga Juana María Sancho, catedrática de la Universidad de Barcelona, me contaba la tremenda impresión que le produjo, en su etapa de maestra, una observación que vio en la ficha de uno de sus alumnos (dudo ahora si se trataba de un niño o de una niña). Cuando se describía la inteligencia de esa persona, el psicólogo (o psicóloga, tampoco lo sé) de la institución había escrito una sola palabra: NULA. Me costaba creerlo, pero ella me persuadió de la verdad cuando me dijo que esa anotación no sólo le había producido consternación sino que le había hecho derramar alguna lágrima. ¿Cómo se puede decir de alguien que tiene una inteligencia nula? ¿Nula? Inteligencia nula tienen las piedras, pero una persona no puede tener inteligencia nula. ¿Desde qué tipo de diagnóstico se puede llegar a esa conclusión? Hablamos largamente sobre esa tremenda responsabilidad que los educadores tenemos en las manos. La responsabilidad de estimular, de ayudar, de impulsar… pero también la de hundir, de aplastar, de bloquear… Desde esa valoración se puede comprender fácilmente la actitud educativa (o, mejor dicho, deseducativa) que la inspira: desesperanza, abandono y fatalismo. Para concluir, cuando el estrepitoso fracaso se produzca, que “eso estaba cantado”, “que ya se veía venir”, “que era imposible esperar otro resultado”. Le dije a Juana María que esa actitud negativa me preocupaba hondamente e, incluso, le prometí convertir su pequeña anécdota en el presente artículo. Quiero aportar, para insistir en esta cuestión una pequeña historia que acabo de leer en el libro “¿Por qué caminar si quieres volar?, escrito por Isha, del que ya he tomado alguna otra. Había una vez un joven cuyo padre era un pobre entrenador de caballos que si bien disfrutaba de su trabajo apenas ganaba suficiente dinero para mantener a su familia. Un día al niño le asignaron en la escuela la tarea de escribir sobre lo que le gustaría ser cuando fuera mayor. Esa noche, muy emocionado, escribió un ensayo de siete páginas describiendo su sueño de ser, algún día, dueño de una caballeriza para así criar a sus caballos. Escribió su ensayo con mucho cuidado y atención a los detalles. Incluso dibujó un plano de la tierra y la casa que soñaba poseer. Puso todo su corazón en ese proyecto. Al día siguiente le entregó su proyecto a su profesor. Cuando lo recibió de vuelta había sido calificado con una E (error), y su profesor había escrito en la parte superior del ensayo, en letras rojas: “Véame después de la clase”. El joven se quedó después de que el timbre de salida hubiera sonado y le preguntó a su profesor: ¿Por qué me ha calificado el trajo con una E? El profesor le dijo: “Para eso te he llamado. Para explicarte la calificación. Tu ensayo describe un futuro irreal para un joven como tú. No tienes dinero y tu familia es pobre. No tienes recursos para comprar tu propia caballeriza. Tendrías que comprar la tierra, los caballos y todos los recursos necesarios y, además, tendrías que pagar los costos del mantenimiento, No hay forma de que puedas lograr eso”. El joven fue a casa y lo pensó durante largo rato. Incluso le preguntó a su padre qué debería hacer. Su padre le respondió: “Mira, hijo, tienes que decidir por ti mismo. Esa es una decisión importante, y no puedo tomarla por ti”. Después de considerarlo durante todo un día, el chico entregó el ensayo a su profesor sin ningún cambio, y le dijo: “Usted puede mantener su mala calificación. Yo voy a mantener mi sueño” Pasaron lo años. Un día el profesor, ahora próximo a la jubilación, llevó a un grupo de niños a visitar una famosa caballeriza que criaba algunos de los caballos más espectaculares del país. Y se asombró cuando reconoció al dueño. Se dio cuenta de que era el mismo joven al que había calificado el trabajo con una E.. Antes de marcharse, el viejo profesor le dijo al dueño de la caballeriza: “Cuando era tu profesor, hace muchos años, yo era un ladrón de sueños. Durante años le robé los sueños a los niños. Afortunadamente tú te las arreglaste para mantener el tuyo”. No parece justo que quien está pagado para ayudar a crecer emplee su posición y su fuerza en destruir los sueños, en mermar las esperanzas, en destrozar las ilusiones. ¿Cuántas veces nos hemos equivocado en los vaticinios? Y, sobre todo, ¿cuántas veces hemos convertido esas profecías en hechos que las han confirmado? El profesor de nuestra historia acabó reconociendo, aunque tarde, su tremendo error y, humildemente se confiesa un ladrón de sueños. Eso le honra. Qué hermosa tarea la de generar sueños, impulsarlos, mantenerlos y potenciarlos. A riesgo de que alguna vez no se cumplan, de que se produzcan algunas frustraciones. Habrá que ayudar también s superar esas decepciones, nacidas algunas veces de las adversidades de la vida y otras de la insuficiencias de nuestro empeño. Habrá que enseñar también que los sueños se construyen con esfuerzo, con fe y con una inquebrantable constancia. Porque alcanzar un sueño no es un regalo de los dioses sino el fruto de una fortaleza y de una una ilusión contrastadas. Quiero pensar que los educadores somos creadores de sueños y no ladrones que se aprovechan de su situación privilegiada para arrebatar los que comienzan a formarse en el corazón y en la mente de sus alumnos y alumnas.
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May 14 2010, 11:00pm | Comments »
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Ladrones de sueños
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Hace unos días, mi compañera y amiga Juana María Sancho, catedrática de la Universidad de Barcelona, me contaba la tremenda impresión que le produjo, en su etapa de maestra, una observación que vio en la ficha de uno de sus alumnos (dudo ahora si se trataba de un niño o de una niña). Cuando se describía la inteligencia de esa persona, el psicólogo (o psicóloga, tampoco lo sé) de la institución había escrito una sola palabra: NULA. Me costaba creerlo, pero ella me persuadió de la verdad cuando me dijo que esa anotación no sólo le había producido consternación sino que le había hecho derramar alguna lágrima. ¿Cómo se puede decir de alguien que tiene una inteligencia nula? ¿Nula? Inteligencia nula tienen las piedras, pero una persona no puede tener inteligencia nula. ¿Desde qué tipo de diagnóstico se puede llegar a esa conclusión? Hablamos largamente sobre esa tremenda responsabilidad que los educadores tenemos en las manos. La responsabilidad de estimular, de ayudar, de impulsar… pero también la de hundir, de aplastar, de bloquear… Desde esa valoración se puede comprender fácilmente la actitud educativa (o, mejor dicho, deseducativa) que la inspira: desesperanza, abandono y fatalismo. Para concluir, cuando el estrepitoso fracaso se produzca, que “eso estaba cantado”, “que ya se veía venir”, “que era imposible esperar otro resultado”. Le dije a Juana María que esa actitud negativa me preocupaba hondamente e, incluso, le prometí convertir su pequeña anécdota en el presente artículo. Quiero aportar, para insistir en esta cuestión una pequeña historia que acabo de leer en el libro “¿Por qué caminar si quieres volar?, escrito por Isha, del que ya he tomado alguna otra. Había una vez un joven cuyo padre era un pobre entrenador de caballos que si bien disfrutaba de su trabajo apenas ganaba suficiente dinero para mantener a su familia. Un día al niño le asignaron en la escuela la tarea de escribir sobre lo que le gustaría ser cuando fuera mayor. Esa noche, muy emocionado, escribió un ensayo de siete páginas describiendo su sueño de ser, algún día, dueño de una caballeriza para así criar a sus caballos. Escribió su ensayo con mucho cuidado y atención a los detalles. Incluso dibujó un plano de la tierra y la casa que soñaba poseer. Puso todo su corazón en ese proyecto. Al día siguiente le entregó su proyecto a su profesor. Cuando lo recibió de vuelta había sido calificado con una E (error), y su profesor había escrito en la parte superior del ensayo, en letras rojas: “Véame después de la clase”. El joven se quedó después de que el timbre de salida hubiera sonado y le preguntó a su profesor: ¿Por qué me ha calificado el trajo con una E? El profesor le dijo: “Para eso te he llamado. Para explicarte la calificación. Tu ensayo describe un futuro irreal para un joven como tú. No tienes dinero y tu familia es pobre. No tienes recursos para comprar tu propia caballeriza. Tendrías que comprar la tierra, los caballos y todos los recursos necesarios y, además, tendrías que pagar los costos del mantenimiento, No hay forma de que puedas lograr eso”. El joven fue a casa y lo pensó durante largo rato. Incluso le preguntó a su padre qué debería hacer. Su padre le respondió: “Mira, hijo, tienes que decidir por ti mismo. Esa es una decisión importante, y no puedo tomarla por ti”. Después de considerarlo durante todo un día, el chico entregó el ensayo a su profesor sin ningún cambio, y le dijo: “Usted puede mantener su mala calificación. Yo voy a mantener mi sueño” Pasaron lo años. Un día el profesor, ahora próximo a la jubilación, llevó a un grupo de niños a visitar una famosa caballeriza que criaba algunos de los caballos más espectaculares del país. Y se asombró cuando reconoció al dueño. Se dio cuenta de que era el mismo joven al que había calificado el trabajo con una E.. Antes de marcharse, el viejo profesor le dijo al dueño de la caballeriza: “Cuando era tu profesor, hace muchos años, yo era un ladrón de sueños. Durante años le robé los sueños a los niños. Afortunadamente tú te las arreglaste para mantener el tuyo”. No parece justo que quien está pagado para ayudar a crecer emplee su posición y su fuerza en destruir los sueños, en mermar las esperanzas, en destrozar las ilusiones. ¿Cuántas veces nos hemos equivocado en los vaticinios? Y, sobre todo, ¿cuántas veces hemos convertido esas profecías en hechos que las han confirmado? El profesor de nuestra historia acabó reconociendo, aunque tarde, su tremendo error y, humildemente se confiesa un ladrón de sueños. Eso le honra. Qué hermosa tarea la de generar sueños, impulsarlos, mantenerlos y potenciarlos. A riesgo de que alguna vez no se cumplan, de que se produzcan algunas frustraciones. Habrá que ayudar también s superar esas decepciones, nacidas algunas veces de las adversidades de la vida y otras de la insuficiencias de nuestro empeño. Habrá que enseñar también que los sueños se construyen con esfuerzo, con fe y con una inquebrantable constancia. Porque alcanzar un sueño no es un regalo de los dioses sino el fruto de una fortaleza y de una una ilusión contrastadas. Quiero pensar que los educadores somos creadores de sueños y no ladrones que se aprovechan de su situación privilegiada para arrebatar los que comienzan a formarse en el corazón y en la mente de sus alumnos y alumnas.
May 14 2010, 3:07am | Comments »
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Mamá, quiero ser viejo
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/03/20/mama-quiero-ser-viejo/
Al terminar hace unos días la conferencia de apertura del V Encuentro Nacional de Orientación en Sevilla se me acercó una de las asistentes y, con ojos llenos de tristeza, me habló de la experiencia de un hijo suyo de diez años que le había dicho: - Mamá, quiero ser viejo. - ¿Por qué, hijo?, le preguntó ella, sorprendida y preocupada. - Porque no quiero ir a la escuela. La mamá, orientadora de profesión y, por consiguiente, persona muy vinculada a la escuela, vivió aquella confidencia con una profunda desolación. Que un niño de diez años quiera ser un viejo es algo anormal. Y que la causa sea el rechazo de la escuela es algo preocupante. Si los profesionales de la educación atribuimos la cusa de esa desafección a que el niño tiene escasa motivación, nulo interés, poca capacidad, insuficiente valía, mala relación con los demás, excesiva pereza, conducta indeseable o sobreprotección familiar, será imposible mejorar lo que hacemos. Si nos excusamos en el hecho de que otros sí que quieren ir a la escuela y, por consiguiente, esa es una demostración de nuestro buen hacer, conseguiremos instalarnos en la rutina y dejaremos que algunos o muchos niños y niñas sigan fracasando. Porque los niños y las niñas no sólo tienen derecho a la escolarización. A lo que de verdad tienen derecho es a tener éxito en la escolarización. Y ya sé que una parte depende de los niños y de las niñas. De su esfuerzo, de su aplicación, de su constancia. Nosotros debemos preguntarnos por qué ese niño quiere ser viejo para no ir a la escuela. Y si nos lo preguntamos quizá descubramos que el niño se aburre, no se siente querido, se ve comparado y descalificado, estudia cosas que no le interesan, se siente acosado… Y ese descubrimiento nos tiene que hacer reaccionar para mejorar aquello que le hace ver la escuela como un lugar indeseado. Las personas están diseñadas para aprender. El ser humano tiene una curiosidad innata. Tenemos que preguntarnos por qué no quieren aprender o, como en este caso, por qué no quieren ir al lugar donde se aprende. Decía Winston Churchill: “Me encanta aprender, pero me horroriza que me enseñen”. No me sorprendió la angustia de la madre. Tiene que ser horrible percibir esa reacción en un hijo que no quiere ir a una institución en la que tú crees, a la que tú amas y por la que tú trabajas. Que nadie entienda esta reflexión como una descalificación a quienes trabajan en las escuelas sino como una invitación a la reflexión, al compromiso, a la cooperación. En el año 2003 publicó la Editorial Gedisa un hermoso libro titulado “Por qué tengo que ir a la escuela”. El libro lleva como subtítulo “Cartas a Tobías”. Explicaré por qué. Una familia está despidiendo en la estación a un familiar, reconocido pedagogo alemán llamado Harmunt Von Hentig. El niño, que se llama Tobías, se muestra revoltoso y agitado, se tira al suelo para ver los frenos del tren, no para quieto un momento. La madre, un tanto irritada, le dice: - Ya está bien. Ganas tengo de que empiece la escuela. El niño se pone de pie y formula esta pregunta a los padres: - ¿Por qué tengo que ir a la escuela? El tren está arrancando, de modo que el tío, que ha escuchado la pregunta, le dice al sobrino, mientras agita la mano en son de despedida: - Yo te voy a contestar a esa pregunta. El tren se va, la madre sigue reconviniendo al niño mientras regresan a casa. Y el tío le envía a su nieto Tobías 26 cartas en las que le explica cuáles son los motivos por los que tiene que ir a la escuela. Se trata de relatos breves y sugerentes que empiezan explicando por qué en la experiencia de su tío fue importante acudir a la escuela. Todas van dirigidas a Tobías. Y todas las firma su tío Harmunt. “Mis cartas os pueden ser útiles –le dice en la primera de ellas-, sobre todo si las leéis todos juntos. Se lo propondré a tus padres. Pero son tus cartas; cuando hayas leído la segunda o la tercera carta, decide tú cómo quieres hacerlo”. Este libro, que puede ser leído por padres, profesores y alumnos, es una invitación a reflexionar sobre el sentido de la escuela y sobre la forma en que la escuela puede convertirse en una institución creativa que verdaderamente ayude a responder a la curiosidad innata de los seres humanos por aprender. La escuela no está ahí como caída del cielo. Hacemos la escuela entre todos. Se lo dice Von Hentig a su sobrino. Puede ser que la escuela a la que vas –viene a decir- tenga cosas que no te gusten, pero tú puedes contribuir a cambiarlas, a mejorarlas. Hacemos la esuela cada día con nuestro trabajo, nuestras actitudes y nuestras relaciones con los demás. No es producto que3 venga manufacturado y que no podamos tocar sino que es, en buena medida, lo que nosotros queramos que sea. La exclamación del niño nos pone a todos y a todas contra las cuerdas. ¿Por qué este niño, que está empezando a vivir, quiere hacerse de repente un viejo? ¿Cómo puede dejarnos indiferentes su rechazo, sin preguntarnos qué pasa con su terrible experiencia, con su dolor cotidiano? Porque, aunque él no quiera, tiene que ir a la escuela cada día, de modo que una tarea apasionante como aprender se puede convertir en una condena a trabajos forzados. ¿Cómo no estimularnos para hacer de la escuela un lugar soñado de aprendizajes relevantes y de encuentros enriquecedores? ¿Cómo no comprometernos en hacer una escuela donde todos y cada uno de los alumnos y de las alumnas puedan encontrarse con quienes van a guiarlos amorosa y exigentemente hacia cotas elevadas de saber y de felicidad? Ya sé que estudiar es a veces arduo y difícil, pero no es igual para hacerlo tener una disposición emocional positiva hacia al aprendizaje que desear tener canas para quedarse en casa viendo la televisión.
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March 19 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Longanimidad
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/01/02/longanimidad/
Crecerse ante la adversidad es una virtud que todos desearíamos tener. No sé si algún lector o lectora desconocerá, ya que no se utiliza mucho, el significado de la palabra longanimidad. Dice el diccionario de la RAE que longanimidad es “grandeza y constancia en las adversidades”. Claro que una persona que conoce lo que significa esta palabra puede no ser longánima y otra que no lo conoce puede serlo hasta extremos espectaculares. Una persona longánima es aquella que no se arredra ante las dificultades. No es frecuente encontrarse con personas que tengan esta cualidad del ánimo. Algunas no saben reaccionar ante situaciones persistentemente difíciles. Se derrumban y se entregan al desaliento. Me preocupa mucho la actitud de las jóvenes antes las inevitables dificultades que se van encontrando en la vida. Algunos, hoy en día y después de una etapa infantil llena de comodidades, se vienen abajo ante la primera adversidad. No están acostumbrados a solucionar por sí mismos los problemas. Un soplo de viento tumba a ciertas personas, habituadas a una vida fácil. La fortaleza de ánimo es imprescindible para poder vivir. Porque es inevitable que haya problemas en la vida. De salud, de dinero, de amor, de trabajo…Sin dolor no tendríamos ni conciencia de nosotros mismos. La cuestión importante es cómo reaccionamos ante las dificultades. Ante las mismas o parecidas dificultades unas personas se acobardan y otras se estimulan. Podemos responder a los problemas con pusilanimidad, con miedo, con angustia, con impaciencia, con rabia o, por el contrario, con fortaleza, con coraje, con valentía y con entereza. Decía Tolstoi: “la felicidad no depende de acontecimientos externos, sino de cómo los consideramos”. Otro componente nada desdeñable de la longanimidad, además de la fortaleza, es la constancia. Es más fácil tener un arranque de coraje que persistir en una actitud valiente y decidida. Resistir a la dificultad prolongada es lo verdaderamente difícil. Mantener el buen ánimo en la adversidad ayuda a superar las dificultades. No se solucionan los problemas mientras más dolor manifestemos. Si viniese la superación de la dificultad en función del dolor y las lágrimas tendría algún sentido entregarse al sufrimiento. Pero no es así. Más bien sucede lo contrario como explica Luis Rojas Marcos en su excelente libro “La fuerza del optimismo”. Aunque no es un componente intrínseco de la longanimidad, creo que la manifestación persistente a los demás, en un tono masoquista y quejicoso, de la dificultad que se vive ayuda muy poco a la superación de las dificultades. Resulta insoportable una persona que constantemente está expresando su tristeza y su dolor. Parece que el mundo gira alrededor de su ombligo. Un mundo lleno de lágrimas amargas y negro como el azabache. No digo que se pueda expresar y compartir el dolor y la dificultad, digo que hay que huir de una actitud lastimera y quejumbrosa. La magnificación de la dificultad nos mete en un callejón sin salida, en un laberinto de amargura. El pensador francés André Maurois decía que “hay que trabajar las catástrofes como molestias y jamás las molestias como catástrofes”. A veces bastaría pensar en situaciones terribles que viven otras personas para relativizar las nuestras. Una insignificante dificultad, un pequeño problema, un mínimo fracaso bastan para sumir a algunas personas en un sentimiento de fracaso total. Por eso es tan importante aprender a superar el fracaso, a encajar los rechazos, a superar las dificultades. El esfuerzo y la superación de la dificultad nos fortalecen y nos capacitan para hacer frente a nuevas situaciones difíciles. Alex Rovira, en su libro “La buena crisis” ilustra esta idea con un interesante ejemplo. Dice que si se evitasen a la mariposa los esfuerzos que tiene que realizar cuando es un gusano para salir del capullo, después no podría volar. El gusano de seda construye un capullo para luego liberarse de él y renacer como mariposa tras la metamorfosis. El proceso de liberación es extraordinariamente complicado, porque la crisálida tiene que aplicar una enorme cantidad de fuerza con sus apenas formadas alas para romper la cáscara de seda que la ha protegido durante la transformación. Este es el experimento que cuenta Rovira:”Cuando llegó el momento de la liberación abrieron artificialmente desde el exterior una serie de capullos. Las mariposas ilesas empezaron a hormiguear liberadas de la seda, pero fueron incapaces de emprender el vuelo. No se pudieron alimentar y murieron, porque no podían ni sabían volar. Ninguna fue capaz de elevarse por los aires y, como en aquel estado no podían acceder al néctar de ninguna flor, murieron de inanición”. Así es la vida. Un exceso de facilidades, un proceso de sobreprotección impide que las personas se hagan autónomas, que puedan crecer y que sean capaces de superar las inherentes dificultades de la experiencia. Nos remite esta cuestión a las auténticas actitudes educativas. Decir no, dejar que cada uno haga su camino, aún a costa de caídas y graves dificultades para avanzar, ayuda a que las personas puedan ser ellas mismas, a que tengan confianza en sus propias fuerzas y, por supuesto, a caminar en la buena dirección. Si siempre llevásemos a un niño en los brazos para evitarle tropiezos, conseguiríamos que nunca aprendiese a caminar. Esta actitud corajuda y valerosa ante las dificultades de la vida nos hará mejores personas. Más fuertes y más sensibles a la vez. Más comprensivas, más compasivas y más solidarias. Decía Nietzsche: ¿Qué es ser bueno? Ser valiente es ser bueno”.
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January 1 2010, 10:00pm | Comments »
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