Al terminar una conferencia en la ciudad argentina de Rosario del Tala (Entre Ríos) se me acercó una docente y me entregó un escrito redactado por un alumno de 12 años. Me contó que una profesora les había pedido a sus alumnos y alumnas que escribieran lo que sucedía en el trayecto que recorrían desde la casa a la escuela. Uno de los niños había presentado el ejercicio que, en ese momento, ella ponía en mis manos. Lo transcribo íntegramente eliminando cualquier referencia que permita identificar al alumno, al colegio y a la profesora: “Cuando salgo de mi casa voy muy bien hasta que llego a la calle (…). Cuando entro al Colegio y miro para fuera veo a la señora (…) venir en su moto 110. Me da un escalofrío y cuando termina la hora de ella es para todos un alivio”. El texto no puede ser más corto ni más elocuente. Todo hace pensar que el escalofrío del que habla el niño tiene que ver con el miedo y no con el entusiasmo. Las cosas van bien hasta que llega la hora de clase de esa docente. Y luego todo va mal hasta que termina. Por lo que escribe el alumno, eso sucede con todo el grupo al que pertenece. No es, por consiguiente, un mal rollo del autor del escrito. Es un problema que genera la actitud de la profesora. Me gustaría saber con qué ánimo acude la docente a sus clases. Si disfruta o padece su trabajo, si quiere a los niños y a las niñas o los aborrece. O quizás, si le son indiferentes. Me gustaría saber cómo termina ella su hora de clase. Es decir, si ese sentimiento de alivio que tienen sus alumnos es también para ella un sentimiento de liberación. Porque creo que las relaciones del aula se establecen en espejo. Los niños ven reflejada su imagen en el espejo del profesor y viceversa. Ambos devuelven la imagen proyectando lo que sienten, reflejando lo que viven. Ambos se retroalimentan. En esta historia me preocupan los alumnos y las alumnas. Y también la profesora. No creo que se sienta muy feliz. Y no hay nada más importante que serlo. ¿No sería mejor que pudiese disfrutar de su tarea? Pero hoy me quiero centrar en la actitud de esta docente que convierte sus clases en un calvario para los escolares. Lo que podía ser un fiesta se convierte por arte de su mala magia en una tortura. Lo que podría ser hermoso se convierte en horrible. Decía Winston Churchill: “Me encanta aprender, pero me horroriza que me enseñen”. Es probable que, preguntada por las reacciones de sus pupilos, ella argumente que son indeseables, que son malos estudiantes, personas de escasa capacidad y de nulo interés. Sin caer en la cuenta de que, quizás, ese mismo grupo sea un grupo aceptable o excelente para otros docentes que trabajan con ella en la misma escuela. Sé que hay alumnos y alumnas que hacen la vida imposible a sus compañeros y a sus profesores. Es muy fácil reventar una clase. Sé que hay alumnos y alumnas que acuden a la escuela forzados por la familia y por la ley. Lo oigo cada día. Y sé que no es fácil, para aquellos docentes esforzados que quieren enseñar, reducir esos aires desafiantes y provocadores. Sobre todo si los padres han arrojado la toalla o han dimitido de cualquier responsabilidad. El verbo aprender como el verbo amar no se pueden conjugar en imperativo. Sólo aprende el que quiere. Pero no es menos cierto que nosotros podemos hacer más cosas y, sobre todo, hacerlas mejor. La docente de nuestra historia está enfrentada a la enseñanza. Está enemistada con ella. Su presencia hace ingrata una tarea que, en sí misma, es placentera e, incluso, apasionante. El ser humano está diseñado para el aprendizaje. Los niños y las niñas gatean, exploran, preguntan, tienen una curiosidad innata. ¿Cómo es posible que cuando llega la hora de realizar aprendizajes sientan el escalofrío del miedo? ¿Cómo es posible que cuando termina una experiencia de aprendizaje sientan alivio? Algo falla cuando esto sucede. Y si sucediese en todas las clases no es aventurado deducir que los alumnos carecen de aquella disposición emocional para el aprendizaje que hace viables las adquisiciones relevantes y significativas. Pero si sólo sucede en una asignatura, si sólo sucede con una profesora, es obvio que ella arrastra un problema a sus clases, que su actitud está provocando un rechazo peligroso. No todas las clases pueden ser divertidas, chispeantes, motivadoras. Los niños y las niñas tienen que aprender que algunas serán más aburridas, más pesadas, menos emocionantes. Es entonces cuando tienen que echar mano de la voluntad, del esfuerzo complementario, del interés añadido. Pero es obligación del docente procurar que sus alumnos tengan interés por el aprendizaje, provocar con su actitud, con sus métodos, con su ejemplo y con sus palabras el deseo de aprender y de ayudar a que los demás aprendan. Cuando saco a colación un caso como este no es que quiera desprestigiar a los docentes, sacarles los colores o decir cuán inútiles son. No. Sé que la inmensa mayoría de los docentes son trabajadores esforzados y entusiastas. Lo que me interesa es instar a la pregunta, a la interrogación, a la preocupación por la mejora. Porque si no nos hacemos preguntas es imposible que busquemos y que encontremos respuestas. Dice Manuel Cruz en un excelente artículo titulado “Amar la duda”: “Al ignorante, por su condición de tal, todo debería sorprenderle y, sin embargo, nada parece venirle de nuevas”. Eso es. Cuando la rutina, la pereza, el desamor, el pesimismo, la comodidad o el desaliento matan la perplejidad, estamos condenados a repetir aquello que hacemos, aunque esté impregnado de evidentes y lamentables errores.
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El escalofrio
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2011/01/15/el-escalofrio/
January 14 2011, 10:00pm | Comments »
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El maestro del biblioburro
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/10/23/el-maestro-del-biblioburro/
Dice la profesora inglesa Joan Dean que, si los profesores compartiésemos las experiencias positivas que vivimos, encontraríamos una fuente inagotable de energía y de optimismo. No lo hacemos por un falso pudor, por pereza o por creer que lo que hacemos no tiene la misma importancia que las iniciativas que otros llevan a cabo. ¿Cuántas experiencias creativas, hermosas y emocionantes llevan a cabo los docentes en los diversos ámbitos de intervención del sistema educativo? ¿E, incluso, fuera del mismo? ¿Por qué no difundirlas y combatir así ese fondo de pesimismo que es tan nocivo y, por otra parte, tan antagónico con la esencia de la educación? Me han enviado un maravilloso documento pedagógico que quiero compartir con mis lectores y lectoras. Se trata de la iniciativa que hace varios años, diez aproximadamente, está llevando a la práctica un maestro colombiano llamado Humberto Luis Soriano Borges en La Gloria, Departamento de Magdalena (República de Colombia). Se trata de una biblioteca ambulante que se mueve a lomos de un burro y de una burra. La burra se llama Alfa y el burro se llama Beto. “Biblioburro” llama a su biblioteca andante este joven maestro. Él dice que hay niños y niñas que viven apartados de cualquier tipo de libros, ya que sus familias se encuentran diseminadas por los valles y perdidas en pequeñas aldeas de montaña. No llega allí ningún tipo de vehículo y ellos no tienen posibilidades de acudir a los centros de población en los que hay bibliotecas. Los fines de semana, el maestro Soriano, carga de libros las alforjas de Alfa y Beto y va con esos humildes tesoros al encuentro de los niños y de las niñas que los reciben con entusiasmo. El dice que pretende cultivar su imaginación, que pretende poner un poco de color en sus vidas grises. Él dice, que esos niños y niñas “atravesados por la violencia”, necesitan asomarse a las maravillas que encierran los libros. Es emocionante ver las caras de los niños y de las niñas leyendo los libros y haciendo ejercicios diversos después de la lectura. Es emocionante escuchar las opiniones que los padres y las madres de esos niños manifiestan respecto a la iniciativa del maestro.. - Espectacular, dice una niña entusiasmada refiriéndose al encuentro con Alfa y Beto. - Como los niños no pueden acudir a las bibliotecas, el maestro les trae la biblioteca a los niños, señala una mamá agradecida. Mi admiración por este maestro que no se somete a su horario ni está pendiente del reloj para medir su jornada. Él acude a visitar a los niños y a las niñas que, alborozados, celebran la llegada de la biblioteca. Me admira también que no se trate de una experiencia de un día o de dos, ocasional, pasajera, sino de un proyecto prolongado en el tiempo, que se ha hecho parte de la vida de esas personas a las que Paulo Freire calificaba de “los desheredados de la tierra”. Me pregunto por qué no hace el gobierno la tarea que este humilde maestro realiza en sus horas de descanso. ¿Por qué abandona el gobierno a esas criaturas que necesitan acceder a los bienes de la cultura en mayor medida que otras que tienen a mano muchos medios y recursos? ¿Por qué las ignora y las deja abandonadas a su suerte? Tiene que ser este soñador y sacrificado maestro el que realiza estas labores de rescate. Él tiene que brindar su preocupación, su sensibilidad, su tiempo y su dinero para suplir las carencias del Ministerio de Educación del país. Uno llega a pensar si no es verdad aquella antigua sospecha que muchos albergaban respecto al poder: ¿no le interesará que los ciudadanos y ciudadanos sean ignorantes? De esa manera no pondrán en solfa su actitud y sus políticas. De esa manera no pretenderán desalojarles del poder. Cuando contemplaba, emocionado, las imágenes a las que remito al lector o lectora (escriban en cualquier buscador la palabra biblioburro), pensaba en la desafección que muchos de nuestros escolares muestrean hacia los libros y hacia la lectura. ¿Qué nos pasa? Creo que la sobreabundancia nos ha saciado y ya no mostramos aprecio a bienes de los que otros carecen y que valoran en muy alto grado. Es muy significativo ver cómo reciben los niños y las niñas de estas aldeas al maestro y a sus burros y comparar esa actitud con el rechazo que algunos de nuestros escolares tienen hacia la lectura. He contado en alguna ocasión la anécdota que el fallecido y querido Eduardo Haro Tecglen transcribió en su entonces habitual columna de El País. Contaba que, estando haciendo una mudanza, un joven levantaba sudoroso en su casa una pesada caja de libros. Eduardo le dice: - Siento que tengas que hacer un esfuerzo tan grande. Los libros pesan y, además, la caja es excesivamente grande. Y el chico le dice: - No se preocupe por mí, Don Eduardo. Lo mío no es nada. Lo malo es lo suyo que tiene que leerlos. ¿Por qué este rechazo, por qué esta aversión, por qué esta actitud negativa hacia la lectura. Es preciso pensar qué estrategias didácticas utilizamos en las casas y en las escuelas. Y pensar si otros estímulos están conquistando las parcelas de curiosidad innata que tiene el ser humano. Es preciso pensar también si nuestra actitud hacia la lectura arrastra hacia los libros o aleja de ellos a nuestros hijos y a nuestros alumnos. Porque no hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Los niños y las niñas actúan como nosotros somos, no tanto como nosotros les decimos que tienen que actuar. Una persona que no ama los libros no puede contagiar el deseo de leer. El maestro colombiano de nuestra historia es una apasionado de la lectura, es un verdadero ejemplo de amor a los libros. Por eso contagia su actitud, por eso transmite tan eficazmente su emoción.
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October 22 2010, 11:00pm | Comments »
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El Arca de Noé
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/09/04/el-arca-de-noe-3/
Me cuenta mi migo Horacio Muros, fuente inagotable de sugerencias didácticas, que en la provincia de San Juan (Argentina) hay una escuela que tiene por nombre “El Arca de Noé”. Me ha parecido una magnífica denominación para representar el papel de una institución que navega en medio de un diluvio de mensajes neoliberales y en un mar proceloso y convulso en el que fácilmente podría naufragar la humanidad. El nombre de las escuelas tiene que ver habitualmente con algún personaje célebre o con algún acontecimiento relevante de la historia de un pueblo. Pero, pocas veces, reflejan el imaginario social y la construcción de representaciones simbólicas. Pocas veces hacen referencia al papel que la institución desempeña en la sociedad, a su significado para la vida de los docentes, de los escolares y de los ciudadanos en general. “El Arca de Noé”: qué nombre más hermoso para una escuela. Esa humilde escuela (todas las escuelas son humildes) recibe a los alumnos y alumnas de contextos desfavorecidos y en ella se refugian de la ignorancia y de la inmadurez hasta que pasen los cuarenta días del diluvio. Se trata de un diluvio de concepciones, de actitudes y de comportamientos que amenazan la permanencia del Arca sobre las aguas agitadas. Individualismo exacerbado, competitividad extrema, relativismo moral, eficientismo, olvido de los desfavorecidos, privatización de bienes y servicios, hipertrofia de la imagen, imperio de las leyes del mercado, capitalismo salvaje, reificación del conocimiento… Sólo se salvarán quienes estén dentro del Arca. Protegidos del avance las aguas. Aunque el Arca sea frágil (o precisamente porque es frágil) podrá mantenerse a flote. Hay niños y niñas que sólo en la escuela podrán refugiarse de la ignorancia y de la abalancha de contravalores de una sociedad que se asemeja a una selva en la que sólo puede sobrevivir el más fuerte. Hay niños y niñas cuyos entornos familiares y sociales están tan depauperados que poco pueden hacer las familias para sacarles de la ignorancia y de la miseria. Para ellos la escuela es un salvífico “Arca de Noé”. Incluso los niños y niñas de familias cultas y económicamente desahogadas van a encontrar en la escuela esa tabla de salvación que les haga sentirse iguales a los otros y responsables de la superación de las desigualdades. Al salir del Arca habrá que emprender una tarea conjunta de reconstrucción de la sociedad. Una sociedad que se asiente sobre la solidaridad, la justicia, la libertad, el respeto a la dignidad de las personas. Se trata de vivir en el Arca no para reinstaurar la selva sino para poner en práctica los principios de la convivencia que se han aprendido dentro de ella. La escuela, sobre esas aguas agitadas, mantiene el equilibrio inestable esperando el sol y el anuncio del ramo de olivo en el pico de la paloma de la paz. En “El Arca de Noé” se produce una mezcolanza insuperable de etnias, de credos, de culturas, de edades, de sexos, de inteligencias, de expectativas…. Todos tienen un lugar en ese Arca que se ha convertido actualmente, en palabras de Phillip Roth, en la gran “mezcladora social”. Juntos aprenden, juntos conviven, juntos se relacionan, juntos miran el futuro desde la misma incertidumbre y desde parecida confianza. Mientras están en ese refugio contra la ignorancia y las perversiones, están protegidos de la destrucción. Hay quien pensará que le estoy dando demasiada importancia a la escuela. Pero incluso los defensores y practicantes de la Home School tendrán que reconocer que no pueden sustituir de manera plena e indefinida a la escuela institucional. Pasados unos años tienen que incorporar a sus hijos e hijas al sistema educativo. En El Arca de Noé están también los profesores y profesoras. Ellos y ellas se salvan o se hunden con todos los que están cobijados bajo su techo. Ellos se salvan de la vulgaridad, del individualismo, de la superficialidad, del egoísmo y de la ignorancia porque tienen que realizar una función excelsa en el seno de un equipo. Noé y su familia también se salvaron del diluvio. Aprender a convivir en el Arca es una empresa tan complicada como importante. Cada uno es diferente. Cada uno tiene su régimen de comida y sus condiciones peculiares de vida. El que todos se salven depende de que cada uno lo haga posible. El que casa uno se salve depende de que todos lo hagan posible. Los constructores del Arca tienen que hacerla sólida y firme, con buenos materiales porque las dificultades que tiene que superar son muy grandes: vientos de disputa ideológica, lluvia de críticas injustas, tempestades de demandas crecientes, olas de avatares legislativos, escollos de dificultades imprevistas… No se puede hacer frente a grandes problemas con una estructura frágil y unas pobres condiciones . Salvarse en el Arca de Noé no tiene que ver sólo con el egoísmo de la sobrevivencia, tiene que ver con la posterior vida en común. Se ha sorteado el peligro de la destrucción toda con el fin de construir una sociedad mejor. Me gustan los profesores, los alumnos, las familias y los ciudadanos que valoran la escuela, que la aman. No me gustan las bromas como la que circula por la red bajo el título “demolition call” en la que una niña inglesa llama a una empresa de derribos pidiendo que destruyan la escuela asegurándose de que los profesores se encuentran dentro de ella. Destruir el Arca de Noé sería un desastre para todos los que en ella pueden salvarse, en definitiva, para toda la humanidad.
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September 3 2010, 11:00pm | Comments »
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El Arca de Noé
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/09/04/el-arca-de-noe-2/
Me cuenta mi migo Horacio Muros, fuente inagotable de sugerencias didácticas, que en la provincia de San Juan (Argentina) hay una escuela que tiene por nombre “El Arca de Noé”. Me ha parecido una magnífica denominación para representar el papel de una institución que navega en medio de un diluvio de mensajes neoliberales y en un mar proceloso y convulso en el que fácilmente podría naufragar la humanidad. El nombre de las escuelas tiene que ver habitualmente con algún personaje célebre o con algún acontecimiento relevante de la historia de un pueblo. Pero, pocas veces, reflejan el imaginario social y la construcción de representaciones simbólicas. Pocas veces hacen referencia al papel que la institución desempeña en la sociedad, a su significado para la vida de los docentes, de los escolares y de los ciudadanos en general. “El Arca de Noé”: qué nombre más hermoso para una escuela. Esa humilde escuela (todas las escuelas son humildes) recibe a los alumnos y alumnas de contextos desfavorecidos y en ella se refugian de la ignorancia y de la inmadurez hasta que pasen los cuarenta días del diluvio. Se trata de un diluvio de concepciones, de actitudes y de comportamientos que amenazan la permanencia del Arca sobre las aguas agitadas. Individualismo exacerbado, competitividad extrema, relativismo moral, eficientismo, olvido de los desfavorecidos, privatización de bienes y servicios, hipertrofia de la imagen, imperio de las leyes del mercado, capitalismo salvaje, reificación del conocimiento… Sólo se salvarán quienes estén dentro del Arca. Protegidos del avance las aguas. Aunque el Arca sea frágil (o precisamente porque es frágil) podrá mantenerse a flote. Hay niños y niñas que sólo en la escuela podrán refugiarse de la ignorancia y de la abalancha de contravalores de una sociedad que se asemeja a una selva en la que sólo puede sobrevivir el más fuerte. Hay niños y niñas cuyos entornos familiares y sociales están tan depauperados que poco pueden hacer las familias para sacarles de la ignorancia y de la miseria. Para ellos la escuela es un salvífico “Arca de Noé”. Incluso los niños y niñas de familias cultas y económicamente desahogadas van a encontrar en la escuela esa tabla de salvación que les haga sentirse iguales a los otros y responsables de la superación de las desigualdades. Al salir del Arca habrá que emprender una tarea conjunta de reconstrucción de la sociedad. Una sociedad que se asiente sobre la solidaridad, la justicia, la libertad, el respeto a la dignidad de las personas. Se trata de vivir en el Arca no para reinstaurar la selva sino para poner en práctica los principios de la convivencia que se han aprendido dentro de ella. La escuela, sobre esas aguas agitadas, mantiene el equilibrio inestable esperando el sol y el anuncio del ramo de olivo en el pico de la paloma de la paz. En “El Arca de Noé” se produce una mezcolanza insuperable de etnias, de credos, de culturas, de edades, de sexos, de inteligencias, de expectativas…. Todos tienen un lugar en ese Arca que se ha convertido actualmente, en palabras de Phillip Roth, en la gran “mezcladora social”. Juntos aprenden, juntos conviven, juntos se relacionan, juntos miran el futuro desde la misma incertidumbre y desde parecida confianza. Mientras están en ese refugio contra la ignorancia y las perversiones, están protegidos de la destrucción. Hay quien pensará que le estoy dando demasiada importancia a la escuela. Pero incluso los defensores y practicantes de la Home School tendrán que reconocer que no pueden sustituir de manera plena e indefinida a la escuela institucional. Pasados unos años tienen que incorporar a sus hijos e hijas al sistema educativo. En El Arca de Noé están también los profesores y profesoras. Ellos y ellas se salvan o se hunden con todos los que están cobijados bajo su techo. Ellos se salvan de la vulgaridad, del individualismo, de la superficialidad, del egoísmo y de la ignorancia porque tienen que realizar una función excelsa en el seno de un equipo. Noé y su familia también se salvaron del diluvio. Aprender a convivir en el Arca es una empresa tan complicada como importante. Cada uno es diferente. Cada uno tiene su régimen de comida y sus condiciones peculiares de vida. El que todos se salven depende de que cada uno lo haga posible. El que casa uno se salve depende de que todos lo hagan posible. Los constructores del Arca tienen que hacerla sólida y firme, con buenos materiales porque las dificultades que tiene que superar son muy grandes: vientos de disputa ideológica, lluvia de críticas injustas, tempestades de demandas crecientes, olas de avatares legislativos, escollos de dificultades imprevistas… No se puede hacer frente a grandes problemas con una estructura frágil y unas pobres condiciones . Salvarse en el Arca de Noé no tiene que ver sólo con el egoísmo de la sobrevivencia, tiene que ver con la posterior vida en común. Se ha sorteado el peligro de la destrucción toda con el fin de construir una sociedad mejor. Me gustan los profesores, los alumnos, las familias y los ciudadanos que valoran la escuela, que la aman. No me gustan las bromas como la que circula por la red bajo el título “demolition call” en la que una niña inglesa llama a una empresa de derribos pidiendo que destruyan la escuela asegurándose de que los profesores se encuentran dentro de ella. Destruir el Arca de Noé sería un desastre para todos los que en ella pueden salvarse, en definitiva, para toda la humanidad.
September 3 2010, 5:42pm | Comments »
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Regalar una oveja
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/06/12/regalar-una-oveja/
Estoy sorprendido y preocupado por el escaso éxito que tienen en este país los procesos de negociación. Algunos se ponen en entredicho, como sucedió (para mí inexplicablemente) con la negociación del Gobierno para acabar con el terrorismo. La oleada de críticas fue feroz. ¿Por qué? Es detestable matar pero sentarse con quien mata para que deje de hacerlo es muy loable. ¡Qué maravilloso sería poder decir a nuestros hijos que lo que no lograron las armas lo pudo conseguir la palabra! ¿Quién esta más con las víctimas que quien hace todo lo posible para que no haya más? ¿Por qué se dio por fracasado el proceso de paz porque hubiera un atentado? ¿Es que no los hay cuando la lucha se limita a la persecución política y policial? ¿Y ésta no fracasa entonces? En el libro “El arte de la negociación”, de Maurice Bercoff, se dice que “hay dos formas extremas de ver la negociación…: como una relación de fuerza en la que el más fuerte, el más astuto es el que manda en detrimento de su adversario o, por el contrario, como un proceso de intercambio, una oportunidad para imaginar y construir en común las soluciones”. Hubo hace poco otro pacto imposible que fue planteado por el Ministro de Educación a todos los agentes sociales y políticos. Un pacto por la educación que califiqué de imprescindible. No se pudo alcanzar. ¿Por qué? ¿Es que el interés común no puede anteponerse nunca a los intereses partidistas? ¿No es posible alcanzar ningún acuerdo sobre financiación, sobre la formación de los docentes, sobre la estructura del sistema educativo…? Ya hay muchas cosas que la investigación ha demostrado y es inadmisible que intereses, excusas, suposiciones, agravios, intereses particulares y errores queden por encima del bien común. Acaba de fracasar el proceso de negociación para consensuar los términos de una reforma laboral, al parecer urgente y necesario. Dos años sin alcanzar un acuerdo a todas luces imprescindible. Gobierno, patronal y sindicatos han dedicado horas y horas a conseguir un inalcanzable acuerdo. Ante el evidente fiasco los tres acusan ahora a los demás del fracaso. El Gobierno no tiene capacidad de liderazgo, dice la oposición. Los sindicatos no son capaces de ceder un milímetro, dice la patronal. Los empresarios quieren llevarse la tajada mayor, dicen los sindicatos. ¿Y qué dicen los ciudadanos y las ciudadanas? Pues que están al borde del hartazgo si no lo han sobrepasado ya. ¿Por qué no son capaces de llegar a un acuerdo que sería beneficioso para todos? Me preocupa esta falta de flexibilidad, de ingenio, de generosidad, de escucha, de habilidad que supone tanto fracaso. Me preocupa que nadie sea capaz de hacer autocrítica viendo la parte de mezquindad o de torpeza que le corresponde en el fracaso. ¿Es razonable atribuir las culpas en exclusiva a los demás? ¿Ninguno de los negociadores puede ni siquiera lamentar la desgracia del desacuerdo? En cualquier negociación están presentes intereses, actitudes, principios, estrategias, relaciones, alianzas, ritmos presiones… Sé que no es fácil. Sé que los negociadores tienen que explicar luego a sus representados por qué han cedido o por qué no lo han hecho. Y tienen miedo de llegar con las manos vacías. No puede exigirse en una negociación que ceda uno sólo, que ceda en todo y que ceda siempre. Pero todos tienen que ceder algo en aras del bien común. ¿Es tan difícil de entender? ¿Es tan imposible de hacer? Para que haya una negociación exitosa es preciso también agudizar el ingenio para buscar propuestas imaginativas ideas nuevas, soluciones creativas. No se trata de sentarse en la mesa y repetir de forma machacona aquello a lo que no queremos renunciar. Hace tiempo leí un hermoso libro de Malba Tahan, seudónimo con que el profesor Julio César Mello e Souza se dio a conocer fuera del aula por sus numerosos libros, en los que crea una didáctica propia y divertida, ingeniosa y amena. El libro se titula “El hombre que calculaba” y en él se narran los numerosos desafíos que afronta Beremiz Samir, matemático persa, en un antiquísimo Irak habitado por califas, jeques y visires. En cada uno de los relatos Samir demuestra su extraordinario dominio sobre los números, que siempre va acompañado por la razón ética, por la justicia y por la paz entre los seres humanos He elegido una de las historias para demostrar cómo el ingenio consigue solucionar problemas que su ausencia mantiene o agrava. Cito de memoria. Se trataba de solucionar mediante una negociación un problema que parecía irresoluble. Un hombre quería hacer testamento en favor de sus tres hijos. Al mayor quería dejarle en herencia la mitad de sus bienes, al segundo, la tercera parte y al pequeño la novena parte. Tenía un rebaño de diecisiete ovejas de extraordinaria calidad y no quería matar ni vender ninguna. No le salían las cuentas. Quiso negociar la solución con un sabio y éste le dijo: - – Le voy a regalar a usted una oveja, aunque sea extraordinariamente cara, como me dice. - – ¿Y eso resuelve mi problema? - – Sí porque ahora ya tiene usted dieciocho. Le da al mayor la mitad, es decir, nueve. Al segundo le da la tercera parte, seis. Y al pequeño le entrega en herencia una novena parte de dieciocho, es decir, dos. Nueve y seis, quince. Quince y dos, diecisiete. Me devuelve la oveja que le había regalado y tiene usted resuelto el problema. - Las negociaciones se suelen plantear bajo este lema: si tú ganas, yo pierdo y si tú pierdes, yo gano. No siempre es así, como puede verse en la negociación que se realiza en esta historia. Ninguno de los dos perdió. El resultado de las negociaciones fracasadas a las que he hecho referencia es que todos hemos perdido. Es una pena. Pero bueno, si somos inteligentes, queda la esperanza de aprender de los errores y de la torpeza.
June 12 2010, 1:30am | Comments »
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Regalar una oveja
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/06/12/regalar-una-oveja/
Estoy sorprendido y preocupado por el escaso éxito que tienen en este país los procesos de negociación. Algunos se ponen en entredicho, como sucedió (para mí inexplicablemente) con la negociación del Gobierno para acabar con el terrorismo. La oleada de críticas fue feroz. ¿Por qué? Es detestable matar pero sentarse con quien mata para que deje de hacerlo es muy loable. ¡Qué maravilloso sería poder decir a nuestros hijos que lo que no lograron las armas lo pudo conseguir la palabra! ¿Quién esta más con las víctimas que quien hace todo lo posible para que no haya más? ¿Por qué se dio por fracasado el proceso de paz porque hubiera un atentado? ¿Es que no los hay cuando la lucha se limita a la persecución política y policial? ¿Y ésta no fracasa entonces? En el libro “El arte de la negociación”, de Maurice Bercoff, se dice que “hay dos formas extremas de ver la negociación…: como una relación de fuerza en la que el más fuerte, el más astuto es el que manda en detrimento de su adversario o, por el contrario, como un proceso de intercambio, una oportunidad para imaginar y construir en común las soluciones”. Hubo hace poco otro pacto imposible que fue planteado por el Ministro de Educación a todos los agentes sociales y políticos. Un pacto por la educación que califiqué de imprescindible. No se pudo alcanzar. ¿Por qué? ¿Es que el interés común no puede anteponerse nunca a los intereses partidistas? ¿No es posible alcanzar ningún acuerdo sobre financiación, sobre la formación de los docentes, sobre la estructura del sistema educativo…? Ya hay muchas cosas que la investigación ha demostrado y es inadmisible que intereses, excusas, suposiciones, agravios, intereses particulares y errores queden por encima del bien común. Acaba de fracasar el proceso de negociación para consensuar los términos de una reforma laboral, al parecer urgente y necesario. Dos años sin alcanzar un acuerdo a todas luces imprescindible. Gobierno, patronal y sindicatos han dedicado horas y horas a conseguir un inalcanzable acuerdo. Ante el evidente fiasco los tres acusan ahora a los demás del fracaso. El Gobierno no tiene capacidad de liderazgo, dice la oposición. Los sindicatos no son capaces de ceder un milímetro, dice la patronal. Los empresarios quieren llevarse la tajada mayor, dicen los sindicatos. ¿Y qué dicen los ciudadanos y las ciudadanas? Pues que están al borde del hartazgo si no lo han sobrepasado ya. ¿Por qué no son capaces de llegar a un acuerdo que sería beneficioso para todos? Me preocupa esta falta de flexibilidad, de ingenio, de generosidad, de escucha, de habilidad que supone tanto fracaso. Me preocupa que nadie sea capaz de hacer autocrítica viendo la parte de mezquindad o de torpeza que le corresponde en el fracaso. ¿Es razonable atribuir las culpas en exclusiva a los demás? ¿Ninguno de los negociadores puede ni siquiera lamentar la desgracia del desacuerdo? En cualquier negociación están presentes intereses, actitudes, principios, estrategias, relaciones, alianzas, ritmos presiones… Sé que no es fácil. Sé que los negociadores tienen que explicar luego a sus representados por qué han cedido o por qué no lo han hecho. Y tienen miedo de llegar con las manos vacías. No puede exigirse en una negociación que ceda uno sólo, que ceda en todo y que ceda siempre. Pero todos tienen que ceder algo en aras del bien común. ¿Es tan difícil de entender? ¿Es tan imposible de hacer? Para que haya una negociación exitosa es preciso también agudizar el ingenio para buscar propuestas imaginativas ideas nuevas, soluciones creativas. No se trata de sentarse en la mesa y repetir de forma machacona aquello a lo que no queremos renunciar. Hace tiempo leí un hermoso libro de Malba Tahan, seudónimo con que el profesor Julio César Mello e Souza se dio a conocer fuera del aula por sus numerosos libros, en los que crea una didáctica propia y divertida, ingeniosa y amena. El libro se titula “El hombre que calculaba” y en él se narran los numerosos desafíos que afronta Beremiz Samir, matemático persa, en un antiquísimo Irak habitado por califas, jeques y visires. En cada uno de los relatos Samir demuestra su extraordinario dominio sobre los números, que siempre va acompañado por la razón ética, por la justicia y por la paz entre los seres humanos He elegido una de las historias para demostrar cómo el ingenio consigue solucionar problemas que su ausencia mantiene o agrava. Cito de memoria. Se trataba de solucionar mediante una negociación un problema que parecía irresoluble. Un hombre quería hacer testamento en favor de sus tres hijos. Al mayor quería dejarle en herencia la mitad de sus bienes, al segundo, la tercera parte y al pequeño la novena parte. Tenía un rebaño de diecisiete ovejas de extraordinaria calidad y no quería matar ni vender ninguna. No le salían las cuentas. Quiso negociar la solución con un sabio y éste le dijo: - – Le voy a regalar a usted una oveja, aunque sea extraordinariamente cara, como me dice. - – ¿Y eso resuelve mi problema? - – Sí porque ahora ya tiene usted dieciocho. Le da al mayor la mitad, es decir, nueve. Al segundo le da la tercera parte, seis. Y al pequeño le entrega en herencia una novena parte de dieciocho, es decir, dos. Nueve y seis, quince. Quince y dos, diecisiete. Me devuelve la oveja que le había regalado y tiene usted resuelto el problema. - Las negociaciones se suelen plantear bajo este lema: si tú ganas, yo pierdo y si tú pierdes, yo gano. No siempre es así, como puede verse en la negociación que se realiza en esta historia. Ninguno de los dos perdió. El resultado de las negociaciones fracasadas a las que he hecho referencia es que todos hemos perdido. Es una pena. Pero bueno, si somos inteligentes, queda la esperanza de aprender de los errores y de la torpeza.
June 11 2010, 11:00pm | Comments »
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El saltamontes no oye
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/29/el-saltamontes-no-oye-2/
Siempre me ha parecido llamativa la facilidad y la arbitrariedad con la que establecemos los nexos causales que nos interesan. Una cosa son los hechos y otra las relaciones que establecemos entre ellos. Lo hacemos de forma constante. “Esto ha sucedido por esto”, decimos sin la menor vacilación. Como si esas conexiones fuesen palmarias e indiscutibles. Atribuimos a la intervención divina un hecho que nos ha sucedido sin tener constancia alguna de la conexión causa/efecto.“Dios nos salvó de la muerte, dicen los supervivientes del accidente aéreo, sin caer en la cuenta de que al decir eso, afirman que condenó a muerte a los que fallecieron”. Explicamos que los alumnos han suspendido porque no tienen capacidad o preparación o interés, sin caer en la cuenta que puede haber muchas otras causas, entre ellas la incompetencia de los docentes o la estupidez del currículo. Decimos que todo el paro del país se debe al gobierno sin pensar que pueden existir otras causas y que ya arrastrábamos un porcentaje de paro muy elevado antes de que fuese elegido por los ciudadanos. Y el gobierno actual dirá que la causa de todos los males se encuentra en la formar de proceder que tuvo el partido de la oposición cuando gobernada. Podría seguir poniendo ejemplos de forma ininterrumpida porque la frecuencia con la que manejamos la atribución causal es casi constante. Y, desde luego, poco rigurosa. Esta arbitrariedad responde casi siempre a intereses más o menos camuflados, más o menos legítimos, más o menos confesables. Cuando nos interesa llegar a una conclusión hacemos que los datos hablen a nuestro favor. Los datos, sometidos a tortura, acaban confesando lo que quiere quien los maneja. Voy a traer a colación una pequeña anécdota que refleja muy bien lo que estoy diciendo. Supongamos que tengo un saltamontes en la palma de la mano izquierda. Y le digo imperativamente mostrándole la palma de la mano derecha: - ¡Saltamontes, salta! Y salta. Cuando le tengo en la palma de la mano derecha le vuelvo a decir mostrándole la otra mano: - ¡Saltamontes, salta! Y salta. Cuando se encuentra en la palma de la mano izquierda le corto todas las patas (es sólo un ejemplo, que nadie se asuste por el imaginario maltrato) le vuelvo a decir: - ¡Saltamontes, salta! Y ahora no salta. Entonces saco la conclusión: Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye. Claro que puedo sacar esa conclusión, pero está muy claro también que es completamente gratuita. Los procesos de atribución que manejamos en la vida nos llevan muchas veces al autoengaño. Y, lo que es más grave, son utilizados para engañar y agredir al prójimo. Frecuentemente son utilizados en el debate político para atacar al adversario. Te propongo, querido lector o lectora, que analices un discurso político o un mitin y descubras cuántas atribuciones se hacen a la ligera. Respecto a esta parcela me remito al libro “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”, libro que los autores (Thomas Cathcart y Daniel Klein) subtitulan de esta manera: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. En la primera de las ilustraciones se puede ver a varias personas en la Sede de Campaña electoral. Una de ellas dice a las demás: “Es un buen discurso… sólo hay un par de puntos que necesitan un poco más de confusión”. No me puedo evadir de otro campo en el que las atribuciones se hacen con excesiva frecuencia y ligereza. Me refiero al campo educativo. Un campo en el que, además, no suele suceder que si A entonces B, sino algo mucho más problemático: si A, entonces B, quizás. ¿Cuántas veces oímos decir que el bajo nivel de los alumnos y alumnas actuales se debe al influjo nefasto de la LOGSE? Pero, ¿existen pruebas? Sí, existen, pero de la afirmación contraria. También en este segundo bloque que he elegido para ejemplificar el problema de los procesos atributivos interesados quiero hacen mención a un libro que desmonta con humor muchos tópicos y muchos estereotipos en los que se atribuyen de forma ligera determinados efectos a determinadas causas. Se trata de “Retrato canalla del malestar docente. Una defensa inteligente y mordaz del actual sistema educativo frente a los tópicos anti-LOGSE”, escrito por Juan José Romera, profesor de Lengua y Literatura en un IES de Málaga. Altamente aconsejable. Hay un tercer campo en el que las atribuciones son, si cabe, más frecuentes y arbitrarias. Me refiero al campo religioso. Cuando los feligreses sacan en procesión al santo patrón para invocar que su intervención traiga la lluvia, ¿se puede establecer el nexo causal entre la lluvia que realmente cae horas después y las oraciones de los fieles? ¿Cómo se puede probar? Cuando el futbolista sale al campo y hace la señal de la cruz pidiendo a Dios que le ayude a realizar un buen partido, ¿se puede establecer un nexo causal entre su gesto suplicante y el hecho de que después marque un gol? Me remito también aquí a un estupendo libro que acaba de publicar Luis Rojas Marcos y que lleva por título “Superar la adversidad”. En él podemos leer lo que sigue: “Las explicaciones positivas estimulan la confianza en uno mismo. Así, la explicación “Nos salvamos del accidente porque soy un buen conductor y tengo excelentes reflejos” es más reconfortante que “No nos matamos porque Dios no quiso”. Sería un buen ejercicio de racionalidad analizar una homilía y ver cuántas atribuciones se hacen de manera poco fundada.
Hay que ponerse a la tarea de buscar nexos causales arbitrarios en cualquiera de las parcelas de la vida. En honor a la verdad.May 28 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
El saltamontes no oye
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/28/el-saltamontes-no-oye-2/
Siempre me ha parecido llamativa la facilidad y la arbitrariedad con la que establecemos los nexos causales que nos interesan. Una cosa son los hechos y otra las relaciones que establecemos entre ellos. Lo hacemos de forma constante. “Esto ha sucedido por esto”, decimos sin la menor vacilación. Como si esas conexiones fuesen palmarias e indiscutibles. Atribuimos a la intervención divina un hecho que nos ha sucedido sin tener constancia alguna de la conexión causa/efecto.“Dios nos salvó de la muerte, dicen los supervivientes del accidente aéreo, sin caer en la cuenta de que al decir eso, afirman que condenó a muerte a los que fallecieron”. Explicamos que los alumnos han suspendido porque no tienen capacidad o preparación o interés, sin caer en la cuenta que puede haber muchas otras causas, entre ellas la incompetencia de los docentes o la estupidez del currículo. Decimos que todo el paro del país se debe al gobierno sin pensar que pueden existir otras causas y que ya arrastrábamos un porcentaje de paro muy elevado antes de que fuese elegido por los ciudadanos. Y el gobierno actual dirá que la causa de todos los males se encuentra en la formar de proceder que tuvo el partido de la oposición cuando gobernada. Podría seguir poniendo ejemplos de forma ininterrumpida porque la frecuencia con la que manejamos la atribución causal es casi constante. Y, desde luego, poco rigurosa. Esta arbitrariedad responde casi siempre a intereses más o menos camuflados, más o menos legítimos, más o menos confesables. Cuando nos interesa llegar a una conclusión hacemos que los datos hablen a nuestro favor. Los datos, sometidos a tortura, acaban confesando lo que quiere quien los maneja. Voy a traer a colación una pequeña anécdota que refleja muy bien lo que estoy diciendo. Supongamos que tengo un saltamontes en la palma de la mano izquierda. Y le digo imperativamente mostrándole la palma de la mano derecha: - ¡Saltamontes, salta! Y salta. Cuando le tengo en la palma de la mano derecha le vuelvo a decir mostrándole la otra mano: - ¡Saltamontes, salta! Y salta. Cuando se encuentra en la palma de la mano izquierda le corto todas las patas (es sólo un ejemplo, que nadie se asuste por el imaginario maltrato) le vuelvo a decir: - ¡Saltamontes, salta! Y ahora no salta. Entonces saco la conclusión: Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye. Claro que puedo sacar esa conclusión, pero está muy claro también que es completamente gratuita. Los procesos de atribución que manejamos en la vida nos llevan muchas veces al autoengaño. Y, lo que es más grave, son utilizados para engañar y agredir al prójimo. Frecuentemente son utilizados en el debate político para atacar al adversario. Te propongo, querido lector o lectora, que analices un discurso político o un mitin y descubras cuántas atribuciones se hacen a la ligera. Respecto a esta parcela me remito al libro “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”, libro que los autores (Thomas Cathcart y Daniel Klein) subtitulan de esta manera: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. En la primera de las ilustraciones se puede ver a varias personas en la Sede de Campaña electoral. Una de ellas dice a las demás: “Es un buen discurso… sólo hay un par de puntos que necesitan un poco más de confusión”. No me puedo evadir de otro campo en el que las atribuciones se hacen con excesiva frecuencia y ligereza. Me refiero al campo educativo. Un campo en el que, además, no suele suceder que si A entonces B, sino algo mucho más problemático: si A, entonces B, quizás. ¿Cuántas veces oímos decir que el bajo nivel de los alumnos y alumnas actuales se debe al influjo nefasto de la LOGSE? Pero, ¿existen pruebas? Sí, existen, pero de la afirmación contraria. También en este segundo bloque que he elegido para ejemplificar el problema de los procesos atributivos interesados quiero hacen mención a un libro que desmonta con humor muchos tópicos y muchos estereotipos en los que se atribuyen de forma ligera determinados efectos a determinadas causas. Se trata de “Retrato canalla del malestar docente. Una defensa inteligente y mordaz del actual sistema educativo frente a los tópicos anti-LOGSE”, escrito por Juan José Romera, profesor de Lengua y Literatura en un IES de Málaga. Altamente aconsejable. Hay un tercer campo en el que las atribuciones son, si cabe, más frecuentes y arbitrarias. Me refiero al campo religioso. Cuando los feligreses sacan en procesión al santo patrón para invocar que su intervención traiga la lluvia, ¿se puede establecer el nexo causal entre la lluvia que realmente cae horas después y las oraciones de los fieles? ¿Cómo se puede probar? Cuando el futbolista sale al campo y hace la señal de la cruz pidiendo a Dios que le ayude a realizar un buen partido, ¿se puede establecer un nexo causal entre su gesto suplicante y el hecho de que después marque un gol? Me remito también aquí a un estupendo libro que acaba de publicar Luis Rojas Marcos y que lleva por título “Superar la adversidad”. En él podemos leer lo que sigue: “Las explicaciones positivas estimulan la confianza en uno mismo. Así, la explicación “Nos salvamos del accidente porque soy un buen conductor y tengo excelentes reflejos” es más reconfortante que “No nos matamos porque Dios no quiso”. Sería un buen ejercicio de racionalidad analizar una homilía y ver cuántas atribuciones se hacen de manera poco fundada.
Hay que ponerse a la tarea de buscar nexos causales arbitrarios en cualquiera de las parcelas de la vida. En honor a la verdad.May 28 2010, 4:31am | Comments »
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El sentido del deber
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/22/el-sentido-del-deber/
Se ha insistido tanto últimamente en la exigencia de los derechos propios que algunos se han olvidado de hacer el mismo hincapié en el cumplimiento de los deberes. Es bueno y necesario conocer los derechos y exigir su ejercicio por todos los medios. Es una parte del desarrollo ciudadano. Pero no es menos cierto que debemos ser conscientes de las obligaciones. Y asumir que esas obligaciones nos interpelan desde nuestra condición de personas. Hay quien aplica la ley del embudo a esta correlación de derechos y deberes. “Yo tengo derechos respecto a los demás, y los demás tienen deberes respecto a mí”, sería el lema de estos personajes. “El deber es lo que esperas de los demás”, decía Albert Camus. Debemos tener en cuenta este equilibrio en la formación de nuestros hijos y en la de nuestros alumnos. Es necesario trabajar en el desarrollo de los deberes, y en el cumplimiento de las obligaciones. No porque podamos incurrir en sanciones cuando no las cumplimos o recibir recompensas cuando lo hacemos sino por la conciencia del deber. “El sendero del deber, decía Niceto Alcalá Zamora, se encuentra enfrente del sendero del egoísmo”. Me preocupa en ese sentido la formación de los profesionales. Voy a referirme al colectivo sanitario, pero podría decir lo mismo de otros colectivos, por ejemplo, el de docentes. Una cirujana plástica, excelente profesional por lo que pude saber, me habla en un curso impartido a tutores y tutoras, de su inquietud al respecto y me brinda una anécdota que le ha parecido muy significativa y que más adelante contaré. Es importante la formación técnica de los médicos que se incorporan al sistema sanitario, pero me preocupa más, si cabe, su compromiso con la profesión. Suelo hacer hincapié en la importancia de esa forma de ser, de estar y de relacionarse con los demás y con la tarea que se circunscribe a la esfera de los valores. Es importante lo que se sabe, pero es muy importante lo que se es. De ahí que en las estrategias de formación y evaluación de los profesionales de la salud no debamos estar sólo preocupados por los conocimientos y las destrezas de la especialidad sino por la forma de vivir la profesión, de ser y de estar en ella. Esa excelente cirujana de la especialidad a la que antes aludía, ha tenido la amabilidad de compartir conmigo esta curiosa anécdota, acaecida recientemente. Una noche de guardia en el Hospital, sobre las once de la noche, llamaron al busca del residente para comentarle que un paciente de la planta se encontraba peor y requería que fuese evaluado por el médico de guardia para ver si precisaba algún tratamiento complementario o cambios en el que ya tenía. El residente respondió a la llamada y, una vez colgado el teléfono, llamó inmediatamente al adjunto de guardia, que se encontraba en el Hospital, aunque en otra planta y le dijo lo siguiente: - Perdóname, X, me han llamado de la planta para avisarme de que el paciente de la 13-2 está peor y deberíamos pasar a verlo. Ve tú que estás más cerca, si no te importa, porque yo estoy terminando de ver una película… No digo con esta anécdota que todos los MIR tengan la misma o parecida actitud ante la tarea y la comunicación con los colegas. No trato de reflejar la identidad de una generación sino de llamar la atención sobre una parcela del compromiso profesional. La actitud de este médico sería rechazable, aún viniendo de una persona con rango superior. Es más grave que la demanda esté formulada por una persona en período de formación. No es, a mi juicio, de recibo enviar a otro a realizar una tarea urgente porque resulta más cómodo seguir viendo una película. Es preocupante que una persona que está empezando le pida a un “superior” que le supla en una demanda urgente para poder ver el desenlace de una película, por muy emocionante que ésta sea. El sentido de la responsabilidad exige el saber priorizar. Y, en este caso, está muy claro que lo que demanda el deber es acudir a la planta y atender al paciente. Lo que exige la solidaridad es no molestar a otro que está realizando su trabajo y que no puede dejarlo súbitamente por un antojo ajeno. Lo que demanda el sentido común es no invertir la jerarquía institucional por capricho y comodidad. Se imagina uno fácilmente cómo actuará una persona con esta actitud cuando tenga unos cuantos años más y ocupe un cargo de responsabilidad en la institución. No quisiera ser un súbdito suyo. Ni un compañero. Ni un paciente. Hay que preocuparse en la formación por la esfera de los valores. No se debe olvidar que fueron médicos muy buen preparados, ingenieros muy bien formados y enfermeras muy capacitadas en su oficio los profesionales que diseñaron las cámaras de gas en la Segunda Guerra Mundial. ¿Sabían mucho? Sí, sin duda. Se han hecho estudios sobre lo bien que ventilaban los hornos crematorios. Pero carecían de una parte esencial de la formación: la dimensión ética. No tenían conciencia de su deber. En la formación, en el trabajo y en la evaluación de los profesionales hay que tener en cuenta como criterio esencial el saber ser un auténtico profesional. Y eso requiere tener buenas actitudes, relaciones respetuosas y desarrollo de los valores. Me gusta brindar a los profesionales un lema que a mí me ha servido en el desarrollo de mi actividad: “Que mi institución sea mejor porque yo estoy trabajando en ella”. Es preciso ejercitarse en el cumplimiento del deber. De manera placentera a veces y otras esforzada. Thomas W. Wilson decía: “El carácter se forja en el gran laboratorio diario del deber”. Pero todavía hay una exigencia más compleja e importante, que nos recuerda Alejandro Vinet: “Nada vale que se nos enseñe cuál es nuestro deber si no se nos hace amarlo”.
May 21 2010, 11:00pm | Comments »
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El sentido del deber
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/20/el-sentido-del-deber/
Se ha insistido tanto últimamente en la exigencia de los derechos propios que algunos se han olvidado de hacer el mismo hincapié en el cumplimiento de los deberes. Es bueno y necesario conocer los derechos y exigir su ejercicio por todos los medios. Es una parte del desarrollo ciudadano. Pero no es menos cierto que debemos ser conscientes de las obligaciones. Y asumir que esas obligaciones nos interpelan desde nuestra condición de personas. Hay quien aplica la ley del embudo a esta correlación de derechos y deberes. “Yo tengo derechos respecto a los demás, y los demás tienen deberes respecto a mí”, sería el lema de estos personajes. “El deber es lo que esperas de los demás”, decía Albert Camus. Debemos tener en cuenta este equilibrio en la formación de nuestros hijos y en la de nuestros alumnos. Es necesario trabajar en el desarrollo de los deberes, y en el cumplimiento de las obligaciones. No porque podamos incurrir en sanciones cuando no las cumplimos o recibir recompensas cuando lo hacemos sino por la conciencia del deber. “El sendero del deber, decía Niceto Alcalá Zamora, se encuentra enfrente del sendero del egoísmo”. Me preocupa en ese sentido la formación de los profesionales. Voy a referirme al colectivo sanitario, pero podría decir lo mismo de otros colectivos, por ejemplo, el de docentes. Una cirujana plástica, excelente profesional por lo que pude saber, me habla en un curso impartido a tutores y tutoras, de su inquietud al respecto y me brinda una anécdota que le ha parecido muy significativa y que más adelante contaré. Es importante la formación técnica de los médicos que se incorporan al sistema sanitario, pero me preocupa más, si cabe, su compromiso con la profesión. Suelo hacer hincapié en la importancia de esa forma de ser, de estar y de relacionarse con los demás y con la tarea que se circunscribe a la esfera de los valores. Es importante lo que se sabe, pero es muy importante lo que se es. De ahí que en las estrategias de formación y evaluación de los profesionales de la salud no debamos estar sólo preocupados por los conocimientos y las destrezas de la especialidad sino por la forma de vivir la profesión, de ser y de estar en ella. Esa excelente cirujana de la especialidad a la que antes aludía, ha tenido la amabilidad de compartir conmigo esta curiosa anécdota, acaecida recientemente. Una noche de guardia en el Hospital, sobre las once de la noche, llamaron al busca del residente para comentarle que un paciente de la planta se encontraba peor y requería que fuese evaluado por el médico de guardia para ver si precisaba algún tratamiento complementario o cambios en el que ya tenía. El residente respondió a la llamada y, una vez colgado el teléfono, llamó inmediatamente al adjunto de guardia, que se encontraba en el Hospital, aunque en otra planta y le dijo lo siguiente: - Perdóname, X, me han llamado de la planta para avisarme de que el paciente de la 13-2 está peor y deberíamos pasar a verlo. Ve tú que estás más cerca, si no te importa, porque yo estoy terminando de ver una película… No digo con esta anécdota que todos los MIR tengan la misma o parecida actitud ante la tarea y la comunicación con los colegas. No trato de reflejar la identidad de una generación sino de llamar la atención sobre una parcela del compromiso profesional. La actitud de este médico sería rechazable, aún viniendo de una persona con rango superior. Es más grave que la demanda esté formulada por una persona en período de formación. No es, a mi juicio, de recibo enviar a otro a realizar una tarea urgente porque resulta más cómodo seguir viendo una película. Es preocupante que una persona que está empezando le pida a un “superior” que le supla en una demanda urgente para poder ver el desenlace de una película, por muy emocionante que ésta sea. El sentido de la responsabilidad exige el saber priorizar. Y, en este caso, está muy claro que lo que demanda el deber es acudir a la planta y atender al paciente. Lo que exige la solidaridad es no molestar a otro que está realizando su trabajo y que no puede dejarlo súbitamente por un antojo ajeno. Lo que demanda el sentido común es no invertir la jerarquía institucional por capricho y comodidad. Se imagina uno fácilmente cómo actuará una persona con esta actitud cuando tenga unos cuantos años más y ocupe un cargo de responsabilidad en la institución. No quisiera ser un súbdito suyo. Ni un compañero. Ni un paciente. Hay que preocuparse en la formación por la esfera de los valores. No se debe olvidar que fueron médicos muy buen preparados, ingenieros muy bien formados y enfermeras muy capacitadas en su oficio los profesionales que diseñaron las cámaras de gas en la Segunda Guerra Mundial. ¿Sabían mucho? Sí, sin duda. Se han hecho estudios sobre lo bien que ventilaban los hornos crematorios. Pero carecían de una parte esencial de la formación: la dimensión ética. No tenían conciencia de su deber. En la formación, en el trabajo y en la evaluación de los profesionales hay que tener en cuenta como criterio esencial el saber ser un auténtico profesional. Y eso requiere tener buenas actitudes, relaciones respetuosas y desarrollo de los valores. Me gusta brindar a los profesionales un lema que a mí me ha servido en el desarrollo de mi actividad: “Que mi institución sea mejor porque yo estoy trabajando en ella”. Es preciso ejercitarse en el cumplimiento del deber. De manera placentera a veces y otras esforzada. Thomas W. Wilson decía: “El carácter se forja en el gran laboratorio diario del deber”. Pero todavía hay una exigencia más compleja e importante, que nos recuerda Alejandro Vinet: “Nada vale que se nos enseñe cuál es nuestro deber si no se nos hace amarlo”.
May 20 2010, 3:58pm | Comments »
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