Aprender es arriesgarse a errar. El que nunca se equivoca es el que no hace nada. Lo decía lapidariamente Théodore de Banville: “Los que no hacen nada nunca yerran”. No hay mayor equivocación que pretender evitar cualquier equivocación. El temor a equivocarse puede resultar paralizante. Si quienes estudian un nuevo idioma sólo repiten las estructuras sintácticas que ya dominan, no aprenderán nada nuevo. Los que se arriesgan a utilizar nuevas estructuras, es probable que se equivoquen. Esa equivocación es una señal de progreso. Quien aprende a conducir, meterá alguna vez mal las marchas, pero podrá aprovechar ese error para hacerlo luego bien.
Hace ya más de cincuenta años decía Gaston Bachelard que “se conoce en contra de un conocimiento, destruyendo conocimientos mal hechos, superando lo que en la mente hace de obstáculo”. Viene a decir que no hay verdad sin error rectificado.
Leí hace tiempo un pequeño libro de Jean Pierre Astolfi titulado “El error, un medio para enseñar”. Dice el autor que si analizamos el error podemos comprender qué obstáculos existen para el aprendizaje. Por eso, el profesor puede decir a los alumnos: “Vuestros errores me interesan”. El error es un indicador de procesos. Los errores no son fallos condenables sino ocasiones para identificar los obstáculos.
Voy a poner un ejemplo, entre los miles que se producen cada día en las aulas. A un niño le pregunta el profesor:
- ¿Por qué fueron expulsados los judíos de la península?
El niño contesta:
- Porque no quisieron dejarse hacer fotos.
El profesor, sorprendido, requiere una explicación arrugando el entrecejo:
- Lo dice mi libro, asegura el niño con tranquilidad y con aplomo.
- ¿Qué es lo que dice tu libro? No puede ser. Lee de nuevo con atención. Lee despacio.
El niño lee: “Los judíos fueron expulsados de España porque no quisieron (titubea, titubea) retractarse”.
El profesor descubre a través del error que el niño confunde dos conceptos muy distintos: retratarse y retractarse. Puede explicar sus diferencias. Puede hacer referencia a la aparición de la técnica fotográfica y situar ambos hechos en su justa cronología. Puede ayudarle a leer con atención.
Hay que explorar en el contenido del error, en su naturaleza. No basta detectarlo. Si un niño se equivoca en una suma y no sabemos si la equivocación obedece a que no sabe distinguir unidades, decenas y centenas, a que lo sabe pero desconoce el mecanismo de “llevarse”, si sabe ambas cosas pero se equivoca en la suma…, no podremos encauzar debidamente la enseñanza.
Es preciso ponerse de acuerdo en lo que vamos a considerar un error, descubrirlo y analizarlo con precisión. Y luego ver cómo y por qué se produce. Finalmente, hay que aprender del error.
A un alumno le preguntan cuáles son los fines de la misa. Con el mayor aplomo contesta:
- Podéis ir en paz. Demos gracias a Dios.
¿No tiene el niño algo de razón? En el error hay, a veces, partes de verdad. De otra verdad. Resulta pernicioso el culto a la respuesta única, que es la que tiene en la cabeza aquel que pregunta. Sobre todo, cuando posee el conocimiento hegemónico y cuando tiene el poder de evaluar, el poder de sancionar
No es suficiente cometer un error para se produzca el aprendizaje. No, si no se reconoce, si no se sabe por qué se produce y cómo se puede corregir. Hay quien se obstina en los errores cometidos, quien no los reconoce. En ese caso, será difícil aprender del error. Eso le sucede a quien se considera en posesión de la verdad, a quien piensa que hay verdades indiscutibles, a quien cree que los errores sólo están en la mente y en el comportamiento de los demás.
Umberto Eco habla de la fertilidad del error, de las posibilidades educativas de las equivocaciones y de los fallos. Las famosas y abundantes antologías del disparate de los alumnos (sólo conozco una referida al profesorado y titulada “Voy a pasar lista cronológicamente”) permiten descubrir algunos problemas del aprendizaje. Reflexionar sobre ellos es un instrumento para la enseñanza y para el aprendizaje de los profesores.
La teoría que planteo vale para la enseñanza y vale también para la vida. Suelo decir que es magnífico el arte de convertir dos signos menos en un signo más. Algunos dominan, lamentablemente, el arte contrario. De un signo más (algo bueno que les sucede), producen dos motivos de desaliento.
Lo pernicioso del error no es haberlo cometido sino obstinarse en él, aferrarse a él como si la rectificación fuese humillante. Lo pernicioso del error es despreciarse por haberlo cometido. Hay quien no se perdona haber incurrido en un error. Es inadmisible para su autoestima. Esa es la gran equivocación.
Los errores propician, si somos inteligentes, dos tipos de beneficios: el primero, al que he hecho referencia, es que podemos aprender. El segundo, es que nos hace personas humildes. Nos equivocamos, somos falibles.
José Luis Pinillos, a quien muchos conocerán por sus escritos, me decía un buen día tomando café en un bar de la Complutense:
- El día que me convencí, de verdad-de verdad, de que no era Dios, se me solucionaron muchos problemas. Porque cuando creía que lo era, no me permitía tener fallos, no aceptaba cometer errores, no soportaba ningún rechazo…
Me han invitado a participar en un Congreso médico (se celebrará en marzo en la ciudad de Marbella) que se va a dedicar a analizar los desastres de la medicina, los errores que cometen los profesionales de la salud. Para ver cómo se puede aprender de ellos: Me parece una hermosa y fecunda idea. Creo que bien podríamos utilizarla en educación. ¿Por qué fracasó aquel programa que parecía tan bien concebido? ¿Por qué fue tan desastroso un determinado proyecto? ¿Qué hizo inútil aquella Reforma?
Detectar los errores, analizarlos, reconocerlos, asumirlos y tratar de aprender de ellos es un camino excelente para la mejora de las personas, de los profesionales, de las instituciones y de la sociedad.
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La fertilidad del error
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2011/01/29/la-fertilidad-del-error/
January 28 2011, 10:00pm | Comments »
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Si te comes un limón sin hacer muecas
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2011/01/08/si-te-comes-un-limon-sin-hacer-muecas/
Cada día me sorprendo más de la facilidad con la que los seres humanos nos dejamos guiar por supersticiones de todo tipo. Basta ver la televisión por la noche para comprobar la cantidad de adivinos, de echadores de cartas, de tarotistas, de magos y de videntes que pueblan la televisión a esas horas proclives a la seducción.. Lo que más me preocupa no es que haya todo este tipo de programas sino que haya espectadores que los siguen. Porque el círculo se cierra de una manera consistente: hay programas de ese tipo porque tienen audiencia y hay audiencis porque se proyectan este tipo de programas. La mejor manera de acabar con ellos es apagar la televisión. Solo hay una forma de romper ese círculo vicioso: tener personas mejor educadas. Las cartomantes (hay más mujeres que hombres, no sé por qué) viven de sus intuiciones gracias a la credulidad de las personas. Ganan dinero, esa el la clave. No se dedican a lo que se dedican por amor al conocimiento o por acendrado altruismo. Lo hacen porque viven de sus mentiras. No tienen toda la culpa ellas. La mayor parte de la responsabilidad está en quienes acuden, a veces a la desesperada, a pagar esas fraudulentas informaciones. No sé si habrá algún vidente honesto. Puede ser. Puede haber personas que se crean sus propias mentiras. También puede haber ingenuidad en el otro lado. Pero, en la mayoría de los casos, vender esos informes como si fueran ciencia, es de un cinismo descarado. De vez en cuando recibo en el móvil un mensaje de alguna vidente que me invita a utilizar sus servicios “profesionales”. En estos momentos de crisis se está incrementando este tipo de indignantes intromisiones. He aquí el último: “Estamos en año nuevo, mi videncia me habla de cambios importantes que deves (sic) saber para tomar la decisión. Llama y te ayudaré. Serás feliz”. ¿Cómo me puede hacer creer esta mujer que su “videncia” le ha ofrecido información sobre mi vida sin conocerme de nada? ¡Qué cara más dura! ¿Cómo se ha hecho con mi número de teléfono? ¿Por qué se toma la libertad de escribirme? La verdad es que siempre me dan ganar de contestar y decir cuatro cosas a la entrometida. Pero pienso que es entrar en su juego. Ellas mandarán miles de mensajes y algunos cientos de incautos se pondrán en contacto con estas embaucadoras. Este hecho me hace formular una pregunta que nunca he sabido responder: ¿cómo puede alguien fiarse de estos personajes y responder a la invitación?
¿Cuántos nexos causales se establecen sin rigor, sin exigencia intelectual alguna? Comemos las doce uvas en el filo de la Nochevieja con la esperanza de que esa costumbre, asegure la prosperidad y la felicidad. Pocas personas saben que esa costumbre tiene un origen puramente económica. En 1909 hubo una cosecha que produjo excedente de uvas. Y los cosecheros idearon la forma de solucionar el problema… ¿Hay alguna constancia de que se produzca la conexión doce uvas en las doce campanadas-felicidad en el nuevo año? Algunos futbolistas entran en el campo tocando el césped y haciendo dos o tres veces la señal de la cruz. ¿Han podido comprobar alguna vez que ese gesto les ayuda a marcar un gol o a ganar el partido? Algunos pasan el décimo de la lotería por no sé cuántas partes del cuerpo. ¿Tienen alguna constancia sobre el proceso atributivo que le asegura la suerte? Ya sé que no todo es lógica en la vida. Ya sé que hay sentimientos, emociones, intuiciones y creencias. Pero también hay ingenuidad, estupidez y manipulación. Hay personas que se benefician de la credulidad de otras. ¿Cuántas personas utilizan los servicios de videntes y echadores de cartas? Más complicado es engañarse uno a sí mismo. Y dar por buenas supersticiones a todas luces irracionales. La explicación a tanta credulidad la podemos encontrar en esa ilógica sospecha que se esconde en nuestros corazones. ¿Y si fuera verdad? He leído un estupendo libro de Sergi Pamiés que tiene por título el que figura en estas líneas. Tienes que esperar al último párrafo del libro para ver de dónde procede la idea. “He oído en la radio que si te comes un limón sin hacer muecas, todo lo que desees se cumplirá, pero me da miedo probarlo, hacer muecas y que ningún deseo se haga realidad”. Es el trasfondo de esta anécdota que no sé dónde leí hace tiempo. Niels Borg, premio Nobel de Física, fue visitado en su cada por dos periodistas. En un momento de la entrevista, uno de ellos preguntó: - ¿Usted cree que las herraduras colocadas en las puertas de las casas, ¿traen suertes a quienes habitan en ellas? -No, contestó el científico. No puedo creer en esas supersticiones desde mi condición de investigador. - Sin embargo, ¿usted tiene una herradura en la puerta de su casa?, inquirió uno de los periodistas. - Eso es otra cosa. Porque me han dicho que las herraduras en las puertas de las casas traen suerte incluso a quienes no creen en ello. De cualquier manera, como en tantos otros asuntos problemáticos, la solución a estas manipulaciones está en la educación. Creo que una de las finalidades de la educación es ayudar a que las personas dependan menos de supercherías y más de la lógica. Es lo que Paulo Freire definía como pasar de una mentalidad ingenua a una mentalidad crítica. Las personas con mayor formación son menos dependientes de supersticiones.. Está claro: contra superchería, educación. A medida que la ciencia ha ido avanzando, han ido retrocediendo las supersticiones. Por eso considero tan importante la educación. Sin educación las personas son más fácilmente manipulables. Cuántas veces los hechiceros han engañado a los miembros de la tribu con explicaciones falsas e interesadas. Si esos ciudadanos y ciudadanas hubieran estado bien formados, les habrían mostrado con fuerza el dedo corazón.January 7 2011, 10:00pm | Comments »
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La infancia robada
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/12/11/la-infancia-robada/
Habituados a contemplar la infancia en un contexto, nos olvidamos fácilmente de otros en los que la realidad es muy diferente. Como vemos escolarizada a la práctica totalidad de los niños y de las niñas de nuestro entorno, no reparamos en que existen millones de niños y de niñas sometidos a la tortura de la explotación laboral. Hoy debemos considerar trabajo infantil (más allá de la relación laboral de empleo) toda aquella actividad económica, remunerada o no, realizada por niños y niñas, por debajo de la edad mínima de admisión al empleo o trabajo. La Convención sobre los Derechos del Niño, en su artículo 32, define con claridad el derecho del niño a ser protegido del trabajo infantil: “Los Estados Partes reconocen el derecho del niño a estar protegido contra la explotación económica y contra el desempeño de cualquier trabajo que pueda ser peligroso o entorpecer su educación, o que sea nocivo para su salud o para su desarrollo físico, mental, espiritual, moral o social”. No estoy muy de acuerdo con esta redacción, aunque sí con el principio que la inspira. Y no estoy de acuerdo porque no hay nada que especificar. Los niños y las niñas deben ser protegidos contra el desarrollo de cualquier trabajo que no sea el de su educación. Porque se puede dar a entender que si el trabajo no es peligroso o nocivo para la salud o para su desarrollo entonces no hay problema. Y lo hay. Choca ver con qué facilidad se incumplen las leyes que no interesan. Si se atenta contra la propiedad privada de cualquier político o de cualquier juez, las consecuencias de esa acción serán inevitables, Pero si, contraviniendo la ley, se pone en peligro la vida de millones de niños y de niñas, no pasa nada. Respecto al trabajo infantil existen algunos mitos y errores que conviene denunciar. Uno de ellos consiste en pensar que “el trabajo dignifica”. El trabajo es un valor para los adultos pero, para los niños y las niñas, es una forma de tortura. Otro mito es afirmar que “los niños y las niñas son explotados por sus padres y madres” cuando lo que en realidad sucede es que toda la familia es víctima de la pobreza. Un tercer mito es decir que “es mejor que los niños trabajen a que estén sin hacer nada”. Los niños y las niñas tienen derecho a su educación y ésta es esencial para su desarrollo. El cuarto mito al que quiero referirme es el que sostiene que “si un niño trabaja va a estar mejor preparado para conseguir empleos cuando sea adulto”. No es así. Por el contrario, todo lo que atenta contra una buena educación, limita las posibilidades de empleo en el fututo. “Los niños tienen mejores condiciones que los adultos para realizar ciertos trabajos”, dice el quinto mito. No es cierto que puedan realizar mejor los trabajos, aunque sí es cierto que son tratados y pagados de forma diferente. El sexto mito se enuncia así: “Es mejor que un niño trabaje a que esté robando”. No es cierta la afirmación de que hay delincuencia porque los niños no trabajan. El último se refiere a las niñas y dice “que las niñas que realizan trabajos domésticos en el hogar no trabajan”. Entonces, ¿qué hacen? La pobreza es la principal causa del trabajo infantil en el mundo. Pero lo es también la avaricia y la insensibilidad de muchas personas que pretenden enriquecerse de forma abusiva. Hay en el mundo un elevadísimo número de niños a quienes se está robando la infancia. Familias que viven en la miseria, sacan del trabajo de sus hijos e hijas un pequeño emolumento que les permite sobrevivir. El patrón es, a veces, el propio padre. Otras veces se trata de empresas que utilizan una mano de obra dócil y barata. El problema no reside sólo en la explotación y en las malas condiciones de trabajo, que ya es mucho. El problema es que esa situación les arrebata el tiempo de juego y la ocasión de aprender. El lugar de los niños es el hogar, es la escuela. El lugar de los niños no es la fábrica, la calle o el campo. Además, cuando el trabajo no supone la plena desescolarización suele producir malos resultados en el aprendizaje, repetición de cursos y abandono temprano. Hay muchas modalidades de trabajo infantil, Citaré las más frecuentes: - Cuidado de la casa y de sus hermanos cuando los mayores no están. - Trabajo doméstico en su propia casa o en casa de terceros. - Industria textil y de calzado, del vidrio, de materiales eléctricos, construcción, fabricación de juguetes, minería, cuero… - Petición de propinas, apertura de puertas de taxis, limpieza de parabrisas, cuidado y lavado de coches… - Venta ambulante. - Utilización de armas en situaciones de guerra. - Recuperación de materiales reciclables. - Explotación sexual, tráfico y venta de droga y actividades ilícitas. - Preparación de la tierra, siembra y cosechas en el campo. - Cuidado de animales y cultivos, fumigaciones, acarreo de agua. Es necesario erradicar el trabajo infantil en el mundo. Todos los niños y las niñas deberían importarnos. Millones de víctimas se ven obligadas a realizar trabajos inhumanos y a renunciar a su derecho a la educación. ¿Qué pasa con la leyes que proclaman los derechos de los niños y de las niñas? Son papel mojado en muchos lugares del mundo en los que los infantes son condenados a la explotación más denigrante. La impune violación de los derechos de los niños y de las niñas no puede dejar indiferente a nadie. Y, por ello, nadie debe quedarse con los brazos cruzados. El hecho de que esos niños y esas niñas no estén cerca no quiere decir que no existan. ¿Cómo mostrarnos impasibles ante esta tragedia que sigue en vigor mientras nuestros niños y niñas acuden cada día a las escuelas? ¿Cómo no denunciar a quienes explotan de manera tan brutal a estas criaturas? ¿Cómo no gritar y exigir a los políticos que tomen cartas en el asunto? ¿Cómo no comprometernos a mandar a la ruina a todos aquellos negocios que se construyen con el sudor de los niños y de las niñas?
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December 10 2010, 10:00pm | Comments »
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Construir una catedral
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/12/04/construir-una-catedral/
Es curioso. En dos libros que acabo de leer (los dos del año 2010), he visto reproducida una historia de la que ya conocía una versión peculiar. El primer libro es de José Antonio Marina, afamado filósofo y pedagogo irreductible, que anda empeñado en una imprescindible “movilización educativa”. El libro se titula “La educación del talento”.y es el primero de una serie que constituirá la Biblioteca de la Universidad de Padres (UP) que él mismo ha puesto en marcha. Del segundo es autor Enrique Mariscal, reconocido escritor argentino que ha inundado el mercado con hermosos libros de cuentos. La obra se titula “La magia de la felicidad”. Los dos son prolíficos autores y ambos me honran con su amistad. Esta coincidencia ha sido el revulsivo que me ha llevado a contar a los lectores y lectoras este relato al que alguna vez me he referido en clases y conferencias. Llama la atención que, tratándose en esencia de la misma historia, existan versiones tan dispares. El acervo cultural imprime en cada una matices diferentes de fechas, contextos ,y expresiones aunque mantiene en cada caso el mismo fondo aleccionador. Compartiré con el lector o lectora la versión que no sé por qué camino me había llegado hace ya muchos años. Se estaba construyendo la catedral de Chartres. Los obreros trabajaban afanosamente en las tareas de la costosa y lenta edificación. Un buen día pasó por allí un viandante que se detuvo para observar las obras. El día era en extremo caluroso y, bajo aquel sol de justicia, los obreros trabajaban sudorosos y extenuados. El viandante se dirigió a uno de los trabajadores que, maldiciente y, con el rostro contraído por el esfuerzo y la acritud, levantaba una piedra enorme. - ¿Qué está haciendo, buen hombre?, preguntó el viajero. - Ya lo ve, levantando esta enorme piedra. Con este sol abrasador el trabajo resulta insoportable. Esto no hay quien lo aguante. Un día tras otro. Un mes tras otro. Un año tras otro. Unos días, como éste, con calor, otros con lluvia, muchos con frío. Maldito el día en que me contrataron para este trabajo,. El viandante camina unos pasos y se dirige a otro trabajador que, después de golpear una enorme piedra con el pico, está levantando con gran esfuerzo para colocarla sobre otra. - ¿Qué hace usted, buen hombre?, pregunta al esforzado trabajador. Molesto por la mirada del visitante y malhumorado por el terrible esfuerzo que acaba de realizar, contesta mientras se seca el sudor : - ¿Es que no lo ve? Estoy levantando este interminable muro que, si Dios no lo remedia, acabará conmigo. El viandante avanza un poco más y se encuentra a un tercer trabajador que está realizando una tarea similar a la de los dos anteriores. Está levantando una enorme piedra para colocarla en el lugar adecuado. - ¿Qué está haciendo usted, buen hombre?, pregunta por tercera vez el viandante. El trabajador, sonriente y orgulloso, contesta de manera entusiasta - Estoy construyendo una catedral. Los tres trabajadores estaban haciendo una tarea similar. Una tarea que requería esfuerzo y tesón. Pero la actitud con la que la realizaban era muy diferente. Uno maldecía la tarea. Otro, resignado y miope, realizaba rutinariamente su trabajo a la espera del jornal. El tercero disfrutaba de la tarea imprimiendo a su trabajo un sentido elevado y motivador. Esta leyenda (o cuento, o historia, o metáfora, o parábola…) nos invita a reflexionar sobre el sentido que damos a nuestro trabajo. Pienso en la actitud con la que los profesores y profesoras realizan su trabajo. Pienso en un maestro o maestra que acude a la escuela cada lunes con la actitud de aquel condenado a muerte que caminaba hacia el cadalso un lunes por la mañana, mientras decía: - Mal empiezo la semana. ¿Qué se puede esperar de quien va a la escuela dándose latigazos en la espalda y maldiciendo el día en que abrazó su profesión? Él estará amargado y sus alumnos y alumnas sufrirán las consecuencias de su desgraciada actitud. Otro, resignadamente, arrastra la monotonía de una tarea que considera aburrida y tediosa. Soporta lo que hace, arrastra las horas con dejadez esperando el fin de mes para cobrar el salario. El tercero hace las mismas cosas que los otros, pero no con la misma actitud, no con el miso ánimo, no con la misma pasión. Porque éste sabe imprimir a su trabajo un sentido excelso. Éste sabe que está realizando una tarea que redime a la humanidad de su ignorancia y de su opresión. Éste es consciente de que forma parte de esa legión de maestros y maestras que a lo largo de la historia ha rescatado del cubo de la basura los conceptos de libertad, de dignidad, de solidaridad, de respeto y de compasión. Los tres cobran lo mismo, los tres están trabajando en la misma escuela, con el mismo Ministro, el mismo Consejero, el mismo Inspector, el mismo Director, idénticas condiciones y parecidos alumnos o alumnas. Pero la diferencia entre ellos es abismal, dependiendo de la actitud con la que viven el trabajo. Los obreros de la catedral realizaban idéntico trabajo y hacían un esfuerzo similar, pero su actitud, sus miras, su sentido de la tarea eran muy diferentes. En el caso de los profesores o profesoras las consecuencias de la actitud son todavía mayores porque las piedras no sienten ni padecen, pero los alumnos y alumnas sí,. No es lo mismo trabajar con un profesor ilusionado, entusiasmado, apasionado, feliz que con otro que maldice su profesión y lamenta cada minuto el esfuerzo que realiza. Por la cuenta que les trae a nuestros alumnos y alumnas y por la cuenta que nos trae a nosotros, es muy importante ser conscientes de que esta profesión resulta imprescindible para el desarrollo de las personas y para la mejora de las sociedades,. Dice Herbert Wells que “la historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”. Y nosotros estamos en la educación. ¿Hay quien da más?
December 3 2010, 10:00pm | Comments »
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Construir una catedral
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/12/03/construir-una-catedral/
Es curioso. En dos libros que acabo de leer (los dos del año 2010), he visto reproducida una historia de la que ya conocía una versión peculiar. El primer libro es de José Antonio Marina, afamado filósofo y pedagogo irreductible, que anda empeñado en una imprescindible “movilización educativa”. El libro se titula “La educación del talento”.y es el primero de una serie que constituirá la Biblioteca de la Universidad de Padres (UP) que él mismo ha puesto en marcha. Del segundo es autor Enrique Mariscal, reconocido escritor argentino que ha inundado el mercado con hermosos libros de cuentos. La obra se titula “La magia de la felicidad”. Los dos son prolíficos autores y ambos me honran con su amistad. Esta coincidencia ha sido el revulsivo que me ha llevado a contar a los lectores y lectoras este relato al que alguna vez me he referido en clases y conferencias. Llama la atención que, tratándose en esencia de la misma historia, existan versiones tan dispares. El acervo cultural imprime en cada una matices diferentes de fechas, contextos ,y expresiones aunque mantiene en cada caso el mismo fondo aleccionador. Compartiré con el lector o lectora la versión que no sé por qué camino me había llegado hace ya muchos años. Se estaba construyendo la catedral de Chartres. Los obreros trabajaban afanosamente en las tareas de la costosa y lenta edificación. Un buen día pasó por allí un viandante que se detuvo para observar las obras. El día era en extremo caluroso y, bajo aquel sol de justicia, los obreros trabajaban sudorosos y extenuados. El viandante se dirigió a uno de los trabajadores que, maldiciente y, con el rostro contraído por el esfuerzo y la acritud, levantaba una piedra enorme. - ¿Qué está haciendo, buen hombre?, preguntó el viajero. - Ya lo ve, levantando esta enorme piedra. Con este sol abrasador el trabajo resulta insoportable. Esto no hay quien lo aguante. Un día tras otro. Un mes tras otro. Un año tras otro. Unos días, como éste, con calor, otros con lluvia, muchos con frío. Maldito el día en que me contrataron para este trabajo,. El viandante camina unos pasos y se dirige a otro trabajador que, después de golpear una enorme piedra con el pico, está levantando con gran esfuerzo para colocarla sobre otra. - ¿Qué hace usted, buen hombre?, pregunta al esforzado trabajador. Molesto por la mirada del visitante y malhumorado por el terrible esfuerzo que acaba de realizar, contesta mientras se seca el sudor : - ¿Es que no lo ve? Estoy levantando este interminable muro que, si Dios no lo remedia, acabará conmigo. El viandante avanza un poco más y se encuentra a un tercer trabajador que está realizando una tarea similar a la de los dos anteriores. Está levantando una enorme piedra para colocarla en el lugar adecuado. - ¿Qué está haciendo usted, buen hombre?, pregunta por tercera vez el viandante. El trabajador, sonriente y orgulloso, contesta de manera entusiasta - Estoy construyendo una catedral. Los tres trabajadores estaban haciendo una tarea similar. Una tarea que requería esfuerzo y tesón. Pero la actitud con la que la realizaban era muy diferente. Uno maldecía la tarea. Otro, resignado y miope, realizaba rutinariamente su trabajo a la espera del jornal. El tercero disfrutaba de la tarea imprimiendo a su trabajo un sentido elevado y motivador. Esta leyenda (o cuento, o historia, o metáfora, o parábola…) nos invita a reflexionar sobre el sentido que damos a nuestro trabajo. Pienso en la actitud con la que los profesores y profesoras realizan su trabajo. Pienso en un maestro o maestra que acude a la escuela cada lunes con la actitud de aquel condenado a muerte que caminaba hacia el cadalso un lunes por la mañana, mientras decía: - Mal empiezo la semana. ¿Qué se puede esperar de quien va a la escuela dándose latigazos en la espalda y maldiciendo el día en que abrazó su profesión? Él estará amargado y sus alumnos y alumnas sufrirán las consecuencias de su desgraciada actitud. Otro, resignadamente, arrastra la monotonía de una tarea que considera aburrida y tediosa. Soporta lo que hace, arrastra las horas con dejadez esperando el fin de mes para cobrar el salario. El tercero hace las mismas cosas que los otros, pero no con la misma actitud, no con el miso ánimo, no con la misma pasión. Porque éste sabe imprimir a su trabajo un sentido excelso. Éste sabe que está realizando una tarea que redime a la humanidad de su ignorancia y de su opresión. Éste es consciente de que forma parte de esa legión de maestros y maestras que a lo largo de la historia ha rescatado del cubo de la basura los conceptos de libertad, de dignidad, de solidaridad, de respeto y de compasión. Los tres cobran lo mismo, los tres están trabajando en la misma escuela, con el mismo Ministro, el mismo Consejero, el mismo Inspector, el mismo Director, idénticas condiciones y parecidos alumnos o alumnas. Pero la diferencia entre ellos es abismal, dependiendo de la actitud con la que viven el trabajo. Los obreros de la catedral realizaban idéntico trabajo y hacían un esfuerzo similar, pero su actitud, sus miras, su sentido de la tarea eran muy diferentes. En el caso de los profesores o profesoras las consecuencias de la actitud son todavía mayores porque las piedras no sienten ni padecen, pero los alumnos y alumnas sí,. No es lo mismo trabajar con un profesor ilusionado, entusiasmado, apasionado, feliz que con otro que maldice su profesión y lamenta cada minuto el esfuerzo que realiza. Por la cuenta que les trae a nuestros alumnos y alumnas y por la cuenta que nos trae a nosotros, es muy importante ser conscientes de que esta profesión resulta imprescindible para el desarrollo de las personas y para la mejora de las sociedades,. Dice Herbert Wells que “la historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”. Y nosotros estamos en la educación. ¿Hay quien da más?
December 3 2010, 5:57am | Comments »
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Fábula del tonto
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/09/25/fabula-del-tonto/
¿Quién es tonto y quién es listo? ¿Qué es ser inteligente? Binet, que creó el primer test para medir la inteligencia definió así esta capacidad humana: “inteligencia es lo que mide mi test”. Ya hace tiempo que se sabe que ser inteligente no es tener la capacidad de almacenar muchos conocimientos abstractos o de memorizar los textos más largos y complejos. Ya hace mucho que se descubrió que hay inteligencias múltiples, que la inteligencia puede desarrollarse, que depende del contexto y que tiene que ver con la forma de vida. ¿Es inteligente la persona que no sabe relacionarse, que vive desgraciadamente, que no sabe aceptarse a sí mima, aunque haya alcanzado el máximo nivel académico en la mejor Universidad del mundo? Es inteligente aquella persona que sabe vivir dignamente y que es capaz de situarse de forma razonable en el mundo. Fracasa la inteligencia, dice José Antonio Marina en su preciso libro “La inteligencia fracasada”, cuando nos convertimos en seres desgraciados. Repito: ¿quién es tonto y quién es inteligente? Una querida amiga me envía un aleccionador relato sobre la cuestión. Se titula “Fábula del tonto”. Dice así: Se cuenta que en una lugar del interior un grupo de personas se divertían con el tonto del pueblo, un pobre infeliz de poca inteligencia que vivía haciendo pequeños recados y recibiendo limosnas. Diariamente algunos hombres llamaban al tonto al bar donde se reunían y le ofrecían escoger entre dos monedas: una grande de 50 céntimos y otra más pequeña, pero de 1 peso. Él siempre tomaba la más grande y menos valiosa, lo que era motivo de risas para todos. Le dejaban llevarse la moneda de 50 céntimos mientras le miraban burlonamente. Un día alguien que observaba al grupo divertirse con el inocente hombre le llamó aparte y le preguntó si todavía no había percibido que la moneda de mayor tamaño valía menos y éste le respondió: - Lo sé, señor, no soy tan tonto, vale la mitad, pero el día que escoja la otra, el juego se acabará y no volveré a ganar mi moneda. Esta historia podría concluir aquí, como un simple chiste, pero de ella se pueden extraer varias conclusiones. Quien parece tonto, no siempre lo es. Los verdaderos tontos de esta historia son los que quieren aparecer como inteligentes. Una ambición desmedida puede acabar cortando la fuente de ingresos. Podemos estar bien, aun cuando los otros no tengan buena opinión de nosotros. Por lo tanto, lo que importa no es lo que piensen los demás de nosotros sino lo que pensamos de nosotros mismos. Y, sobre todo, el verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser tonto delante de un tonto que aparenta ser inteligente. Como decía, esta fábula es aleccionadora, como suelen serlo las fábulas. Y centra la atención en lo que es inteligencia y estupidez. Cuestión de gran interés que tendría que plantear casi obsesivamente la educación. ¿Cómo desarrollar la inteligencia? ¿Cómo no caer en la estupidez? Quien se amarga la existencia de manera creciente y profunda, ¿es una persona inteligente? ¿Por qué consideramos inteligentes a las personas que escriben libros o saben muchas cosas, si no fuesen capaces de entender la vida, de comprender al prójimo y de aceptarse a sí mimas? Hay quien se considera inteligente porque sabe engañar, porque sabe explotar a los otros, porque es capaz de vivir sin dar golpe, porque es capaz de hacer dinero fácilmente, porque se aprovecha de todo y de todos… Hay quien considera tonto a quien ayuda, a quien paga sus impuestos, a quien cumple las leyes, a quien respeta al prójimo, a quien trabaja, a quien se esfuerza… Cuando pensamos así, nos instalamos en una gran equivocación. Se suele pensar que es inteligente el pícaro, el descarado, el aprovechado. Alguna vez he contado que un anciano que acudió a las oficinas del censo en la ciudad argentina de Santiago del Estero fue preguntado por el funcionario de turno: - ¿Cuántos hijos tiene usted? - Cinco, respondió. - ¿Todos vivos?, inquirió el funcionario. - No. Dos trabajan, contestó con plena convicción el anciano. La contestación dejó meridianamente claro cuál era su visión de la inteligencia. Ser inteligente es vivir del cuento, ser inteligente es vivir sin dar golpe, ser inteligente es vivir a costa de los demás. El fracaso de la inteligencia es la desgracia, es la infelicidad, es la maldad. El fin más importante de la educación debería ser enseñar a ser felices. “La inteligencia fracasa, dice Marina en el libro citado, cuando se equivoca en la elección de marco. El marco de superior jerarquía para el individuo es su felicidad. Es un fracaso de la inteligencia aquello que lo aparte o le impida conseguir la felicidad”. Está visto que hay quien sitúa el marco en otras esferas: en el dinero, en el poder, en la fama, en el alcohol, en la droga. Está claro que no constituyen en sí mismos un verdadero y sostenible marco de felicidad. Lo que digo para los individuos lo aplico también a las sociedades. ¿Cuándo nos comportamos de manera inteligente como ciudadanos y ciudadanas? Cuando contribuimos a crear y a mantener una comunidad justa, solidaria, compasiva y, en definitiva, feliz. Si cada vez fuésemos más prósperos y más infelices habría que pensar si no estaríamos instalados en la estupidez. Vuelvo de nuevo al libro de Marina: “Son inteligentes las sociedades justas. Y estúpidas las injustas. Puesto que la inteligencia tiene como meta la felicidad privada y pública, todo fracaso de la inteligencia entraña desdicha. La desdicha privada es el dolor. La desdicha pública es el mal, es decir, la injusticia”. Son enemigos de la inteligencia el pesimismo, la pereza, el fanatismo, el desamor, el odio, la injusticia, las diversas adicciones, la sumisión, la cobardía, el fatalismo, la rutina que conduce al conformismo… Esos poderosos enemigos acaban derrotando a la inteligencia. Pero pienso que hemos de mantener el optimismo respecto a la capacidad (individual y colectiva) que tiene el ser humano de aprender, de mejorar, de construir una sociedad mejor. El optimismo es la gran condición que nos pone en el camino de la inteligencia.
September 24 2010, 11:00pm | Comments »
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La niña y el cigarrillo
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/07/03/la-nina-y-el-cigarrillo/
He leído un libro polémico. O eso pienso. Se titula “La niña y el cigarrillo”. Su autor es Benoît Duteurtre, novelista, ensayista y crítico musical. Es dueño de una prosa clara, en absoluto preciosista. Sus novelas (hasta el momento diecinueve) contemplan la sociedad contemporánea con una mirada irónica que suscitan, a la vez, polémica y admiración. El libro que me ocupa está bien escrito (y bien traducido), pero la tesis es, a mi juicio, más que discutible. El autor viene a sostener que los niños y niñas de hoy son depositarios de muchos derechos y que los adultos van viendo paulatinamente recortados los suyos. Y pone como ejemplo el derecho de fumar. La historia no tiene desperdicio. El protagonista, hombre muy aficionado al tabaco y muy desafecto respecto a los niños y niñas (le molestan allí donde se encuentren), se ve constreñido a fumar en los servicios de su lugar de trabajo. Para hacerlo con tranquilidad, se baja los pantalones y, en calzoncillos, se sienta sobre la taza. Lleva un destornillador para abrir la ventana y que el humo no le delate. Un buen día que se había dejado sin echar el pestillo, una niña de cinco años abre la puerta y sorprende a nuestro personaje fumando. - ¿Por qué tienes bajados los pantalones y no los calzoncillos?, pregunta la niña. - He dicho que salgas. - Pero ella le corrige con su vocecilla infantil: - ¡Aquí no se puede fumar! ¡Es por la salud de los niños! El la echa con cajas destempladas, blandiendo el destornillador: - ¡Que te vayas, pedazo de tonta!, son sus palabras exactas. A partir de este hecho en apariencia inocuo se desencadena una pesadilla horrible. La niña acusa al hombre de amenazas y de abusos. Como, al parecer, no se puede poner en tela de juicio el testimonio de una niña, ya que siempre dice la verdad, la bola se va haciendo cada vez más grande. Sucesivas y terribles tergiversaciones de los hechos (policía, abogados, jueces…) llevan al personaje de la novela a pasar por un tremendo calvario. Las cosas se van complicando de tal manera que el desenlace de la obra (que no quiero descubrir del todo) no puede ser más fatal. Me ha gustado el libro, pero no la tesis que defiende: nos hemos pasado concediendo derechos a los niños y a las niñas. En un pasaje de la obra dice Duteurtre: “La edad adulta era nuestro horizonte y nuestro ideal. La infancia estaba sometida a reglas ingratas; durante esos años, demasiado largos, vivíamos como esclavos en espera de la libertad”. Lo que viene a decir el autor con esta novela es que ahora los esclavos son los adultos y a quienes se procura una total libertad (inmerecida, desde luego) es a los niños y a las niñas. Hace precisamente unas semanas compartí en Granada con Francesco Tonucci una experiencia de formación y reflexión en una Asociación Pedagógica que, felizmente, lleva su nombre. El eje de la preocupación eran la escuela y la infancia. Como no podía ser de otro moldo los niños y las niñas tuvieron un lugar de privilegio. Nos presentaron a los conferenciantes, preguntaron cosas sugerentes e hicieron propuestas muy lúcidas. El querido y admirado pedagogo italiano, al que se ha dado en llamar niñólogo por su apasionada defensa de los niños y de las niñas, llegó a decir que las escuelas son ilegales porque incumplen leyes que obligan a pedir opinión a los niños en aquellos asuntos que les conciernen. Y por eso habría que cerrarlas. Hablaba del artículo 12 de la Convención que dice “Los Estados Partes garantizarán al niño que esté en condiciones de formarse un juicio propio, el derecho de expresar su opinión libremente en todos los asuntos que afecten al niño, teniéndose debidamente en cuenta las opiniones del niño, en función de la edad y madurez…”. Al autor de esta novela no le gusta esta tesis. Pero yo creo que es extremadamente justa. Porque los niños y las niñas tienen la indiscutible condición de personas y se encuentran en una posición de fragilidad social, física, psicológica, económica e institucional que debe ser protegida. Pasaron los siglos en que el filicidio estaba permitido y en los que el maltrato era una práctica común. Aún existen muchos niños explotados en trabajos inhumanos, maltratados y castigados sin piedad. El pedagogo francés Philippe Meirieu acaba de publicar un hermoso libro que se titula “Una llamada de atención. Carta a los mayores sobre los niños de hoy”. Y habla de esta cuestión en el capítulo 3 que tiene este significativo título: “Los derechos del niño: ¿impostura o exigencia?”. Meirieu adopta, como se ve, una postura interrogativa sobre esta espinosa cuestión. Dice que “la necesaria división entre el adulto –ciudadano de derecho- y el niño –ciudadano en formación- no anula, antes bien cimenta la necesidad de formar al ciudadano, lo que vale para todos los niños y desde la más tierna infancia. Porque existe una frontera que hay que aprender a cruzar”. Lo que plantea este lúcido profesor de la Universidad Lumière-Lyon 2 es que mientras el niño está en etapa de formación no es ciudadano de pleno derecho. “Antes de acceder a la mayoría de edad civil, no es un sujeto de derecho en el sentido estricto del término”. Por eso, dice que “escucharlo es reconocer su derecho a expresarse al tiempo que nos reservamos el derecho a decidir”. Nos encontramos ante una cuestión delicada. Me sumo a la postura de Tonucci, aunque comparto algunos interrogantes de Meirieu. La educación tiene, pues, un determinante papel en la formación del ciudadano. Eso quiere decir que los niños y las niñas no sólo tienen derechos. Tienen también obligaciones y, en la medida de su responsabilidad, debe exigírseles que las cumplan. Eso es la educación.
July 2 2010, 11:00pm | Comments »
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Tontos, pero no tanto
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/06/26/tontos-pero-no-tanto/
Algunas veces tengo la sensación de que nos consideran imbéciles. Los políticos en el poder nos ofrecen explicaciones absolutamente ridículas para justificar las decisiones que toman. Nos sueltan unas mentiras tan increíbles que no se las tragaría ni un niño de cinco años. Durante la campaña electoral nos prometen cosas que son abiertamente imposibles como que se va a construir un puente en un pueblo que no hay río. Los políticos en la oposición descalifican al Gobierno por su afán de mantenerse en el poder haciéndonos creer que a ellos no les importaría mucho seguir donde están en aras del bien común. Y critican todo lo que se hace y se decide desde el poder con el fin de sustituir a quien gobierna a pesar de que esa postura perjudique los intereses de la ciudadanía. No todos los políticos son malos. Ni todos son iguales. Decir lo contrario es un ataque frontal a la democracia. ¿Qué es mejor, uno sólo que piense por todos y que decida por todos? Hay que confiar en la política, hay que fortalecer la democracia. Y eso significa que hay que exigir a los políticos razonamientos rigurosos, comportamientos honestos y dedicación ejemplar. No es de recibo que engañen. Para eso hay que apelar a la honradez de quienes lanzan mensajes. Pero, sobre todo, hay que educar la capacidad de análisis de quienes reciben esos mensajes. Siempre que haya bobos habrá engañabobos, le he oído decir a Manuel Toharia. Los medios de comunicación nos pasan la realidad por un filtro que venden como riguroso pero que no es más que el tamiz de sus intereses y prejuicios. Los publicistas nos presentan señuelos que parecen diseñados para estúpidos. Los obispos nos amenazan con unas penas presentes o futuras que hacen reír. ¿Qué sucede? Que ellos se consideran muy listos, pero no es de recibo que a los demás nos consideren tontos. Tienen tan buen concepto de sí mismos como lo tienen pésimo de los demás. Como respuesta a un escrito que he presentado pidiendo explicaciones (no quiero entrar en detalles) por el retraso en ciertas obras, acabo de recibir una explicación en la que se me dice que las cosas se harán “cuando sea oportuno” y de “la manera conveniente”. ¿Me consideran estúpido? Porque esa contestación quiere decir que se harán “cuando nos de la gana” y “como se nos antoje”. Hace poco explicaban un retraso en una compañía aérea atribuyéndolo a “causas operativas”. Yo me preguntaba: ¿qué son causas operativas? ¿Es que me toman por imbéciles? Pues sí, nos toman por imbéciles. Y en algunas ocasiones hemos demostrado que lo somos. Pero, no tanto. Muchas veces hemos aceptado cosas tan imposibles que hemos dado esa impresión. Pero no deberían pensar que siempre vamos a ser tan tontos. Hay muchas personas que pueden considerarnos y tratarnos como imbéciles: los jefes, los políticos, los medios de comunicación, los publicistas, los curas… Y acabamos dando por buena esa tomadura de pelo. Acabo de leer un libro de Julian Baggini titulado “¿Se creen que somos tontos?”. El subtítulo aclara muy bien el contenido: “100 formas de detectar las falacias de los políticos, los tertulianos y los medios de comunicación”. El autor, que es cofundador de The Philosophers Magazine, escribió antes un curioso best seller titulado “El cerdo que quería ser jamón”. El libro al que hago referencia está cargado de argumentos contundentes, de interesantes propuestas y de ingeniosos ejemplos. Nos muestra con argumentos rigurosos muchas de las falacias en las que solemos incurrir. Altamente recomendable para hacer frente a muchas trampas que son monedas de ley en los tiempos que corren. El autor hace referencia a engaños reiterados y clamorosos de los políticos, de los tertulianos y de los medios de comunicación. Sin embargo, muchos de los argumentos que utiliza para defenderse de la estupidez nos previenen de cualquier tipo de engaño. También ha caído en mis manos otro libro, recientemente publicado, que se titula “El Poder de la estupidez”. Su autor es Giancarlo Livraghi., licenciado en filosofía y experto en cultura humana y comunicación. Livraghi habla en uno de sus capítulos sobre el círculo vicioso de la estupidez. En él dice: “Donde se impone la estupidez, todo el sistema se torna estúpido”. Y añade: “Las estrategia basadas en la estupidez y el engaño son perjudiciales para quienes las practican, pues crean un círculo vicioso que en realidad es una espiral degenerativa”. Los programas del corazón, por ejemplo, tratan de estúpidos a los espectadores, pero estos los siguen viendo, de modo que siguen haciéndose de forma insistente y perfeccionada.
A mi juicio, la finalidad de la educación es ayudar a pensar. No hacer que las personas piensen como nosotros sino que sean capaces de pensar por sí mismas. La persona educada es capaz de descubrir los hilos ocultos que mueven los mecanismos de esta sociedad, de saber que se mueven por intereses, de investigar y descubrir quiénes salen beneficiados de su existencia. Saben también que esos hilos se pueden romper (no están ahí por azar o como fruto de la voluntad divina) y que se pueden instalar otros que responsan a los intereses generales. Educar es un proceso que ayuda a la mosca a salir del cazamoscas. De algunas actuaciones podría deducirse que no interesa que haya una buena educación. De otras que sería bueno reducirla a un simple mecanismo de domesticación o de indoctrinación. Educar es enseñar a pensar. No está en nuestras manos el evitar que nos quieran engañar, pero sí el no ser engañados. Dice Oscar Wilde que “no hay más pecado que la estupidez”.June 25 2010, 11:00pm | Comments »
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El verdulero de San Rafael
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/06/05/el-verdulero-de-san-rafael/
Horacio Muros vive, trabaja y educa en la ciudad de San Rafael, provincia de Mendoza (Argentina). Es ingeniero de formación y educador de cuerpo y alma. Dirige, es decir, hace crecer una escuela que se esfuerza cada día en aprender, no sólo en enseñar. Como es un excelente educador va por la vida con los ojos bien abiertos para ver dónde se dan lecciones de las que se pueda aprender. Está claro que las personas inteligentes aprenden siempre. Me cuenta mi querido amigo Horacio que un verdulero al que visita con frecuencia para las compras domésticas tiene instalada en su puesto de verduras una pizarra de 2 metros por 1.50 en la que cada día escribe una sentencia. De esta forma ha convertido el mercado en un aula desde la que imparte a quien quiera recibirlas algunas lecciones de optimismo, de esperanza y de buena educación. Me imagino al pedagógico verdulero buscando cada noche, en su memoria, en los libros o en los archivos de la vida, un pensamiento ejemplar que contenga algún mensaje saludable para sus clientes y para el público en general. Me lo imagino escribiendo, con aplicación y buena letra, la frase elegida, no sé si con arreglo a la fecha o, sencillamente, sin ningún referencia al calendario. Lo cierto es que todos los días las personas que se acercan a su verdulería se pueden llevar unas zanahorias, unos tomates, unas lechugas o unos puerros acompañados de un pensamiento que pretende hacer mejores a quienes estén en disposición de intentarlo. Él hace su parte, que es elegir, escribir y exponer la sabia sentencia. Queda en los demás el leerla, el memorizarla y el llevarla a la práctica de sus vidas. El tamaño de la pizarra hace que se entere todo el vecindario e, incluso, los conductores que pasan por la calle en la que está instalado su puesto de venta. Podría utilizar la pizarra para exponer el precio de los pepinos, pero no, a él le importan también otras cosas de mayor calado. Qué hermosa lección para los niños y las niñas a quienes dañan los ojos tantos grafitis agresivos y groseros y a quienes machacan los oídos tantas frases estúpidas y cargadas de maldad. Pasar por el puesto de este ilustrado vendedor de frutas y verduras es como ir a una clase de filosofía. Citaré algunas sentencias que Horacio recuerda, ya que me dice que no se ha tomado la precaución de escribirlas todas y estudiar si tienen algún hilo conductor o alguna estructura lógica: “¿Y si tengo yo la culpa?”, “Por orgullo perdí muchas cosas”, “Mas vale te con pan que leche en discordia”, “Qué lindo día hace hoy”, “Hoy puede ser un gran día”… Estoy convencido de que a muchos de los lectores de la pizarra del verdulero les habrá hecho pensar alguna frase, otra les habrá hecho sonreír, quizá alguna otra les habrá llevado a una buena acción. Se trata, como verá el lector o la lectora, de frases cortas que ofrecen un mensaje positivo. En medio de un clima de negatividad en el que las consignas nos cargan de pesimismo y desaliento, de egoísmo y zafiedad, de competitividad y eficientismo, de avaricia y de relativismo moral…, es bueno que un ciudadano de a pie, que no es ni un profesor, ni sacerdote, ni un filósofo… nos recuerde que la vida merece la pena ser vivida y que está en nuestras manos aportar un granito de arena para que así sea. No sé si utiliza esta estrategia como un reclamo comercial o si, sencilla y llanamente, quiere ofrecer a sus conciudadanos un pequeño aliciente para pasar mejor el día. Es sabido que no sólo se vive de pan. El alimento gratuito que ofrece el verdulero mendocino es un magnífico sustento del optimismo y de la bondad. El caso del verdulero me lleva a reflexionar sobre la cantidad tremenda de mensajes que nos invade cada día. Y a pensar en la naturaleza de sus contenidos. Muchos de esos mensajes van calando en la memoria y en la conciencia de las personas y creando un estado de opinión que acaba configurando la actitud y el comportamiento: “Tú a lo tuyo”, “Sálvese el que pueda”, “Por la caridad entró la peste”, “Vale todo”, “Al que Dios se la da, San Pedro se la bendice”, “Piensa mal y acertarás”, “Esto es un asco”, “La vida es como el palo de un gallinero, corta y llena de mierda”… Me dirá alguno o alguna: lo que hace falta es cambiar las estructuras económicas y políticas, lo que es preciso para mejorar la vida es una revolución de carácter social que ponga patas arriba el mundo. No me voy a oponer a estas tesis ambiciosas. Pero veo más factible, más rápido y más eficaz el paso que puede dar cada uno transformando y mejorando la pequeña parcela en la que se desenvuelve su vida. Por otra parte, no son incompatibles ambas estrategias.. Se puede luchar por la transformación social y conseguir ser mejores personas cada día y ayudar a que otros lo sean. Vivimos en tiempos críticos. Es necesario avanzar a través de dificultades de diverso tipo. Luis Rojas Marcos acaba de publicar un interesante libro titulado “Superar la adversidad”. Para hacerlo, explica, es necesaria la fuerza del optimismo, el sentimiento positivo de la vida. Dice textualmente: “El estilo optimista de juzgar los avatares de la vida nos ayuda a minimizar el impacto de las desgracias, al tiempo que nos protege del derrotismo y de la indefensión”. No sé si algún día le llegará este artículo al verdulero de San Rafael. Es probable. Porque estoy seguro de que mi amigo Horacio será un buen cartero. En ese caso, quiero que reciba mi más sincera felicitación por su iniciativa. Sin recibir un sueldo se ha convertido en un educador de calle, en un maestro que vende peras, manzanas y sandías mientras hace brotar una sonrisa y buen deseo en las personas que leen la frase de su pizarra.
June 4 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
El verdulero de San Rafael
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/06/04/el-verdulero-de-san-rafael/
Horacio Muros vive, trabaja y educa en la ciudad de San Rafael, provincia de Mendoza (Argentina). Es ingeniero de formación y educador de cuerpo y alma. Dirige, es decir, hace crecer una escuela que se esfuerza cada día en aprender, no sólo en enseñar. Como es un excelente educador va por la vida con los ojos bien abiertos para ver dónde se dan lecciones de las que se pueda aprender. Está claro que las personas inteligentes aprenden siempre. Me cuenta mi querido amigo Horacio que un verdulero al que visita con frecuencia para las compras domésticas tiene instalada en su puesto de verduras una pizarra de 2 metros por 1.50 en la que cada día escribe una sentencia. De esta forma ha convertido el mercado en un aula desde la que imparte a quien quiera recibirlas algunas lecciones de optimismo, de esperanza y de buena educación. Me imagino al pedagógico verdulero buscando cada noche, en su memoria, en los libros o en los archivos de la vida, un pensamiento ejemplar que contenga algún mensaje saludable para sus clientes y para el público en general. Me lo imagino escribiendo, con aplicación y buena letra, la frase elegida, no sé si con arreglo a la fecha o, sencillamente, sin ningún referencia al calendario. Lo cierto es que todos los días las personas que se acercan a su verdulería se pueden llevar unas zanahorias, unos tomates, unas lechugas o unos puerros acompañados de un pensamiento que pretende hacer mejores a quienes estén en disposición de intentarlo. Él hace su parte, que es elegir, escribir y exponer la sabia sentencia. Queda en los demás el leerla, el memorizarla y el llevarla a la práctica de sus vidas. El tamaño de la pizarra hace que se entere todo el vecindario e, incluso, los conductores que pasan por la calle en la que está instalado su puesto de venta. Podría utilizar la pizarra para exponer el precio de los pepinos, pero no, a él le importan también otras cosas de mayor calado. Qué hermosa lección para los niños y las niñas a quienes dañan los ojos tantos grafitis agresivos y groseros y a quienes machacan los oídos tantas frases estúpidas y cargadas de maldad. Pasar por el puesto de este ilustrado vendedor de frutas y verduras es como ir a una clase de filosofía. Citaré algunas sentencias que Horacio recuerda, ya que me dice que no se ha tomado la precaución de escribirlas todas y estudiar si tienen algún hilo conductor o alguna estructura lógica: “¿Y si tengo yo la culpa?”, “Por orgullo perdí muchas cosas”, “Mas vale te con pan que leche en discordia”, “Qué lindo día hace hoy”, “Hoy puede ser un gran día”… Estoy convencido de que a muchos de los lectores de la pizarra del verdulero les habrá hecho pensar alguna frase, otra les habrá hecho sonreír, quizá alguna otra les habrá llevado a una buena acción. Se trata, como verá el lector o la lectora, de frases cortas que ofrecen un mensaje positivo. En medio de un clima de negatividad en el que las consignas nos cargan de pesimismo y desaliento, de egoísmo y zafiedad, de competitividad y eficientismo, de avaricia y de relativismo moral…, es bueno que un ciudadano de a pie, que no es ni un profesor, ni sacerdote, ni un filósofo… nos recuerde que la vida merece la pena ser vivida y que está en nuestras manos aportar un granito de arena para que así sea. No sé si utiliza esta estrategia como un reclamo comercial o si, sencilla y llanamente, quiere ofrecer a sus conciudadanos un pequeño aliciente para pasar mejor el día. Es sabido que no sólo se vive de pan. El alimento gratuito que ofrece el verdulero mendocino es un magnífico sustento del optimismo y de la bondad. El caso del verdulero me lleva a reflexionar sobre la cantidad tremenda de mensajes que nos invade cada día. Y a pensar en la naturaleza de sus contenidos. Muchos de esos mensajes van calando en la memoria y en la conciencia de las personas y creando un estado de opinión que acaba configurando la actitud y el comportamiento: “Tú a lo tuyo”, “Sálvese el que pueda”, “Por la caridad entró la peste”, “Vale todo”, “Al que Dios se la da, San Pedro se la bendice”, “Piensa mal y acertarás”, “Esto es un asco”, “La vida es como el palo de un gallinero, corta y llena de mierda”… Me dirá alguno o alguna: lo que hace falta es cambiar las estructuras económicas y políticas, lo que es preciso para mejorar la vida es una revolución de carácter social que ponga patas arriba el mundo. No me voy a oponer a estas tesis ambiciosas. Pero veo más factible, más rápido y más eficaz el paso que puede dar cada uno transformando y mejorando la pequeña parcela en la que se desenvuelve su vida. Por otra parte, no son incompatibles ambas estrategias.. Se puede luchar por la transformación social y conseguir ser mejores personas cada día y ayudar a que otros lo sean. Vivimos en tiempos críticos. Es necesario avanzar a través de dificultades de diverso tipo. Luis Rojas Marcos acaba de publicar un interesante libro titulado “Superar la adversidad”. Para hacerlo, explica, es necesaria la fuerza del optimismo, el sentimiento positivo de la vida. Dice textualmente: “El estilo optimista de juzgar los avatares de la vida nos ayuda a minimizar el impacto de las desgracias, al tiempo que nos protege del derrotismo y de la indefensión”. No sé si algún día le llegará este artículo al verdulero de San Rafael. Es probable. Porque estoy seguro de que mi amigo Horacio será un buen cartero. En ese caso, quiero que reciba mi más sincera felicitación por su iniciativa. Sin recibir un sueldo se ha convertido en un educador de calle, en un maestro que vende peras, manzanas y sandías mientras hace brotar una sonrisa y buen deseo en las personas que leen la frase de su pizarra.
June 4 2010, 3:04am | Comments »
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