Atraído por el título, he leído el desconcertante libro de Nikolái Lilin, ”Educación siberiana”. El adjetivo que acompaña a la palabra educación me lleva a plantear una cuestión de fondo: ¿hay tantos tipos de educación como adjetivos se deseen utilizar? Así habría, según los gustos, educación francesa, educación tibetana, educación judía, educación colombiana, educación militar, educación opusdeista, educación catalana, educación católica, educación criminal, educación budista, educación hitleriana, educación etarra…. ¿Hasta dónde? ¿Quién o quiénes eligen el adjetivo y su correspondiente contenido intelectual, cultural, ético, político…? ¿Los educandos? ¿Los educadores? ¿Las instituciones? ¿El gobierno de turno? ¿La familia? De esta forma cada colectivo tendría las claves de esa educación que consistiría en transmitir las bases de la cultura, sin ponerse a pensar si son buenas o malas, saludables o insanas, justas o injustas… Se definiría la educación de forma interna, sin tener en cuenta los patrones de una ética universal. El individuo tendría que asimilar los contenidos de esa educación sin rechistar e, incluso, sentirse orgulloso de hacer suyas esas normas. ¿No sería esto adiestramiento? ¿No sería indoctrinación? Es decir que el educando no tendría la facultad de poner en tela de juicio esas reglas, de rechazarlas o de quebrantarlas a su albedrío. No tendría libertad. El libro al que hago referencia, aunque es una novela, está basado en la experiencia personal del autor. Es, de alguna manera, una curiosa autobiografía. Describe la vida, costumbres y valores de diferentes comunidades, sobre todo la de los urcas, una insólita comunidad de bandidos siberianos que fueron deportados por Stalin desde Siberia a la Transnitria, una franja en tierra de nadie entre Moldavia y Ucrania. (en 1990 declaró su independencia, pero ningún Estado la reconoce). En Bender (Transnitria) nace el autor de la obra, en el seno de una familia que no reconoce más autoridad que la de sus ancianos, obligando a sus miembros a respetar un estricto código de conducta que les define como “criminales honrados”. Después de ser reclutado a la fuerza por el ejército ruso y de pasar una temporada como soldado en Chechenia, se trasladó a Italia. Desde 2003 vive en el norte de este país, donde se gana la vida como tatuador profesional, especializado en mantener viva la tradición de los tatuajes siberianos. (Especialmente llamativo es el capítulo del libro dedicado a los tatuajes, que lleva por título “Cuando la piel habla”). En la obra se describe minuciosamente la vida y costumbres de los urcas. A cada paso aparecen armas, peleas, asesinatos, cárceles y acciones violentas sin cuento ni cuenta… Choca una y otra vez encontrarse con expresiones como “criminales honestos”, “bandidos buenos”, “reglas de juego criminales”… Y todo mezclado con un sentimiento religioso un tanto mágico que introduce invocaciones a Dios y a Jesucristo de manera constante. Ver la palabra educación presidiendo este entramado de tropelías, de agresiones, de golpes, de navajazos y de muertes sin sentido, me ha dejado de una pieza. ¿Puede llamarse a ese fenómeno de inculturación, un proceso educativo? Creo que no porque la educación exige la capacidad de poner en tela de juicio la cultura. No todo es bueno en ella, no todo es admisible. La transmisión o la asimilación indiscriminada de reglas, normas y costumbres no es, a mi juicio, educación sino adiestramiento. La educación incluye una dimensión crítica. Y, además, un inexcusable componente ético. ¿Cómo se puede justificar el robo, el asalto, el asesinato, el ajuste de cuentas sin otro criterio que las normas internas de la tribu? Es probable que el lector o lectora comparta mi preocupación si transcribo algunos párrafos literales. “Nuestros mayores nos educaban bien. Para empezar, nos enseñaban a respetar a todos los seres vivos, categoría en la que no entraban los policías, las personas relacionadas con el gobierno, los banqueros, los usureros y todos aquellos que ostentaban poder económico y explotaban a la gente sencilla” (pág. 115). “Dos años antes un amigo nuestro, Mitia, alias Giulic, que en jerga significa pequeño criminal, había matado de un navajazo a un georgiano que lo ofendió por hablar en su idioma ante él” (pág. 272). “Los criminales dignos se presentan, se saludan y se desean lo mejor incluso cuando van a matarse” (pág. 281) “Bueno, tranquilo hasta cierto punto, porque una vez había matado a martillazos a un chaval del Centro que había querido rebajarlo ante una chica con la que Guiguit mantuvo primero una relación de amor y luego de amistad” (pág. 294). “Su madre, la tía Svetlana, era jefa de una pequeña banda de ladrones que se dedicaba a hacer turnéi, esto es, a robar de ciudad en ciudad. Asaltaban casas de ricos y políticos locales, pero sobre todo de los llamados empresarios ocultos, productores y comerciantes ilegales asociados con los directores de las grandes fábricas” (pág. 295). Dentro de la filosofía de los urcas aparecen con frecuencia valores como la lealtad, la humildad, la generosidad. Prohíben las drogas, la violación y el desprecio hacia los débiles, delitos que castigan con la muerte. Pero sólo de puertas adentro. Matar policías, por ejemplo, es un meritísimo ejercicio cultural. Se habla de alguna “autoridad” que tenía a gala haber matado más de catorce mil. El periodista Roberto Saviano dice en el diario La República que “para leer este libro hay que estar dispuesto a olvidar las definiciones de bien y de mal tal como las conocemos…”. Y yo me pregunto: ¿cómo podemos olvidarnos de la ética cuando hablamos de educación, cómo podemos dejar a un lado los valores? ¿Qué educación es ésta? ¿Puede existir educación a la carta?
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¿Educación a la carta?
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October 1 2010, 11:00pm | Comments »
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Nunca sueltan a su presa
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/09/11/nunca-sueltan-a-su-presa/
Dice Emilio Lledó que “enseñar no es sólo una forma de ganarse la vida sino que es, sobre todo, una forma de ganar la vida de los otros”. Comparto plenamente su opinión. Estoy convencido de que muchas personas han salvado la vida gracias a buenos maestros y maestras. Quizás gracias a uno sólo. “Nadie olvida a un buen maestro”, reza el título de un libro de Raúl Cremades. Yo pienso que se trata de un título muy acertado y muy preciso. Si cada uno mira hacia sí mismo podrá encontrarse, probablemente, con algunos maestros o maestras de ese tipo. De esos que no han pasado en balde por la vida de los alumnos y de las alumnas. De esos que han dejado huella. Recuerdo haber leído en el estupendo libro “Mal de escuela” (tan bien escrito y tan bien traducido), de Daniel Pennac, que a él le salvaron tres profesores. Dice de ellos que tenían una característica común. Y la describe con una expresión contundente: “nunca soltaban a su presa”. Qué hermosas palabras, qué extraordinaria realidad. Dice Daniel Pennac que él era un zoquete en la escuela y que su libro no es un libro sobre la escuela sino sobre los zoquetes en la escuela. El fue librado del fracaso hasta convertirse en un famoso novelista traducido a muchos idiomas y un acreditado profesor de literatura en secundaria durante más de veinticinco años. ¿Cómo son, a mi juicio, esos profesores y profesoras que “nunca sueltan a su presa”? Son profesionales comprometidos con su tarea, a quienes les importan las personas, que tienen pasión por lo que hacen. Dice Sthendal que “hay que desempeñar el oficio con pasión”. Viven la tarea como un reto, como una aventura, con un nivel de compromiso que va más allá del cumplimiento de los mínimos. No son mercenarios que realizan una tarea por un sueldo sino personas que empeñan su vida en compromiso con los demás. Para enseñar, para invitar, para dialogar, para amar. Son profesionales perseverantes. No se gana a una persona, no se la salva de una catástrofe vital, no se la ayuda a desarrollar o recuperar su autoconcepto, no se consigue encarrilarla, con una sola conversación, con un gesto mágico, con una intervención milagrosa. El éxito suele ser fruto de la paciencia, de un conjunto concatenado de pequeños éxitos y de grandes fracasos. El desaliento no tiene cabida en su corazón a pesar de todas las evidencias en contra. Siempre gana en ellos la esperanza, la fe en el otro. Son profesionales optimistas. Tienen dificultades, tienen problemas, claro que sí. El que sean optimistas no quiere decir que sean ingenuos y, mucho menos, imbéciles. Creen con Phillipe Meirieu que “la educabilidad se rompe en el momento que pensamos que el otro no puede aprender y que nosotros no podemos ayudarle a conseguirlo”. Saben que sin optimismo podemos ser buenos adiestradores pero no buenos educadores. Son profesionales creativos. Se las ingenian para llegar al otro, para mostrar interés por él sin avasallarle, para dialogar sin que se cierre herméticamente por la torpeza o la insensibilidad. Saben que cada persona es única, irrepetible, irreemplazable, dinámica y llena de valores. Saben que lo que hay que hacer con cada persona no aparece en un manual. Por eso, a veces, buscan formas de intervención nunca vistas, nunca ensayadas, que sólo valen para esa persona, para ese momento de esa persona. Son profesionales pacientes. La paciencia exige muchas veces tranquilidad, porque la reacción primera es desesperarse y abandonar. Cuando ven que una y otra vez se rechaza por el interesado la mano tendida la tentación es retirar para siempre la mano. Ellos y ellas nunca se cruzan de brazos. Y, por supuesto, nunca golpean. Son profesionales amorosos. El mismo Pennac dice que hay una palabra en esta profesión que a veces no se puede pronunciar en algunas instituciones pero que es fundamental para hacer con éxito la tarea: el amor. Aconsejo a mis pacientes lectores y lectoras el estupendo libro de José María Toro titulado “Educar con “co-razón”. No basta el amor, ya lo sé. El amor está lleno de trampas, pero estos profesionales las saben sortear de manera clara y eficiente. Son profesionales competentes. Personas con un elevado nivel de saber profesional. Salva el afecto, pero un afecto asentado en el quehacer experto, en el dominio de las destrezas de la profesión. De la misma manera que un cirujano no puede realizar bien una operación si no domina las destrezas profesionales de su oficio, por mucho que ame a su paciente, el profesor no puede tener éxito si no es competente en las habilidades de su oficio. Se aprende a ser un profesional de este tipo. No se nace sabiendo, se nace con capacidad de aprender. Se aprende en los libros, en la experiencia, en la vida. Se aprende en el trato con los demás. Cuando alguno de mis alumnos se presenta a las oposiciones con el fin convertirse en un profesor para toda la vida yo le digo que me gustaría poder felicitarle porque las ha ganado pero que, sobre todo, me gustaría poder felicitar a sus futuros alumnos y alumnas porque el profesor que van a tener será uno de estos profesores o profesoras que “nunca sueltan a su presa”. Empieza un nuevo curso. Se abren las puertas de los centros y se abren las puertas de la mente y de los corazones de las personas que van a compartir una experiencia educativa. Ojalá se puedan alegrar las familias y los alumnos por la calidad del profesorado que va a dirigir la singular aventura de un aprendizaje compartido. Ojalá se puedan alegrar los profesores y profesoras del entusiasmo y de la capacidad de esfuerzo de su alumnado. Porque el verbo aprender como el verbo amar no se pueden conjugar en imperativo.
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September 10 2010, 11:00pm | Comments »
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Ladrones de sueños
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/15/ladrones-de-suenos/
Hace unos días, mi compañera y amiga Juana María Sancho, catedrática de la Universidad de Barcelona, me contaba la tremenda impresión que le produjo, en su etapa de maestra, una observación que vio en la ficha de uno de sus alumnos (dudo ahora si se trataba de un niño o de una niña). Cuando se describía la inteligencia de esa persona, el psicólogo (o psicóloga, tampoco lo sé) de la institución había escrito una sola palabra: NULA. Me costaba creerlo, pero ella me persuadió de la verdad cuando me dijo que esa anotación no sólo le había producido consternación sino que le había hecho derramar alguna lágrima. ¿Cómo se puede decir de alguien que tiene una inteligencia nula? ¿Nula? Inteligencia nula tienen las piedras, pero una persona no puede tener inteligencia nula. ¿Desde qué tipo de diagnóstico se puede llegar a esa conclusión? Hablamos largamente sobre esa tremenda responsabilidad que los educadores tenemos en las manos. La responsabilidad de estimular, de ayudar, de impulsar… pero también la de hundir, de aplastar, de bloquear… Desde esa valoración se puede comprender fácilmente la actitud educativa (o, mejor dicho, deseducativa) que la inspira: desesperanza, abandono y fatalismo. Para concluir, cuando el estrepitoso fracaso se produzca, que “eso estaba cantado”, “que ya se veía venir”, “que era imposible esperar otro resultado”. Le dije a Juana María que esa actitud negativa me preocupaba hondamente e, incluso, le prometí convertir su pequeña anécdota en el presente artículo. Quiero aportar, para insistir en esta cuestión una pequeña historia que acabo de leer en el libro “¿Por qué caminar si quieres volar?, escrito por Isha, del que ya he tomado alguna otra. Había una vez un joven cuyo padre era un pobre entrenador de caballos que si bien disfrutaba de su trabajo apenas ganaba suficiente dinero para mantener a su familia. Un día al niño le asignaron en la escuela la tarea de escribir sobre lo que le gustaría ser cuando fuera mayor. Esa noche, muy emocionado, escribió un ensayo de siete páginas describiendo su sueño de ser, algún día, dueño de una caballeriza para así criar a sus caballos. Escribió su ensayo con mucho cuidado y atención a los detalles. Incluso dibujó un plano de la tierra y la casa que soñaba poseer. Puso todo su corazón en ese proyecto. Al día siguiente le entregó su proyecto a su profesor. Cuando lo recibió de vuelta había sido calificado con una E (error), y su profesor había escrito en la parte superior del ensayo, en letras rojas: “Véame después de la clase”. El joven se quedó después de que el timbre de salida hubiera sonado y le preguntó a su profesor: ¿Por qué me ha calificado el trajo con una E? El profesor le dijo: “Para eso te he llamado. Para explicarte la calificación. Tu ensayo describe un futuro irreal para un joven como tú. No tienes dinero y tu familia es pobre. No tienes recursos para comprar tu propia caballeriza. Tendrías que comprar la tierra, los caballos y todos los recursos necesarios y, además, tendrías que pagar los costos del mantenimiento, No hay forma de que puedas lograr eso”. El joven fue a casa y lo pensó durante largo rato. Incluso le preguntó a su padre qué debería hacer. Su padre le respondió: “Mira, hijo, tienes que decidir por ti mismo. Esa es una decisión importante, y no puedo tomarla por ti”. Después de considerarlo durante todo un día, el chico entregó el ensayo a su profesor sin ningún cambio, y le dijo: “Usted puede mantener su mala calificación. Yo voy a mantener mi sueño” Pasaron lo años. Un día el profesor, ahora próximo a la jubilación, llevó a un grupo de niños a visitar una famosa caballeriza que criaba algunos de los caballos más espectaculares del país. Y se asombró cuando reconoció al dueño. Se dio cuenta de que era el mismo joven al que había calificado el trabajo con una E.. Antes de marcharse, el viejo profesor le dijo al dueño de la caballeriza: “Cuando era tu profesor, hace muchos años, yo era un ladrón de sueños. Durante años le robé los sueños a los niños. Afortunadamente tú te las arreglaste para mantener el tuyo”. No parece justo que quien está pagado para ayudar a crecer emplee su posición y su fuerza en destruir los sueños, en mermar las esperanzas, en destrozar las ilusiones. ¿Cuántas veces nos hemos equivocado en los vaticinios? Y, sobre todo, ¿cuántas veces hemos convertido esas profecías en hechos que las han confirmado? El profesor de nuestra historia acabó reconociendo, aunque tarde, su tremendo error y, humildemente se confiesa un ladrón de sueños. Eso le honra. Qué hermosa tarea la de generar sueños, impulsarlos, mantenerlos y potenciarlos. A riesgo de que alguna vez no se cumplan, de que se produzcan algunas frustraciones. Habrá que ayudar también s superar esas decepciones, nacidas algunas veces de las adversidades de la vida y otras de la insuficiencias de nuestro empeño. Habrá que enseñar también que los sueños se construyen con esfuerzo, con fe y con una inquebrantable constancia. Porque alcanzar un sueño no es un regalo de los dioses sino el fruto de una fortaleza y de una una ilusión contrastadas. Quiero pensar que los educadores somos creadores de sueños y no ladrones que se aprovechan de su situación privilegiada para arrebatar los que comienzan a formarse en el corazón y en la mente de sus alumnos y alumnas.
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May 14 2010, 11:00pm | Comments »
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Ladrones de sueños
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/14/ladrones-de-suenos/
Hace unos días, mi compañera y amiga Juana María Sancho, catedrática de la Universidad de Barcelona, me contaba la tremenda impresión que le produjo, en su etapa de maestra, una observación que vio en la ficha de uno de sus alumnos (dudo ahora si se trataba de un niño o de una niña). Cuando se describía la inteligencia de esa persona, el psicólogo (o psicóloga, tampoco lo sé) de la institución había escrito una sola palabra: NULA. Me costaba creerlo, pero ella me persuadió de la verdad cuando me dijo que esa anotación no sólo le había producido consternación sino que le había hecho derramar alguna lágrima. ¿Cómo se puede decir de alguien que tiene una inteligencia nula? ¿Nula? Inteligencia nula tienen las piedras, pero una persona no puede tener inteligencia nula. ¿Desde qué tipo de diagnóstico se puede llegar a esa conclusión? Hablamos largamente sobre esa tremenda responsabilidad que los educadores tenemos en las manos. La responsabilidad de estimular, de ayudar, de impulsar… pero también la de hundir, de aplastar, de bloquear… Desde esa valoración se puede comprender fácilmente la actitud educativa (o, mejor dicho, deseducativa) que la inspira: desesperanza, abandono y fatalismo. Para concluir, cuando el estrepitoso fracaso se produzca, que “eso estaba cantado”, “que ya se veía venir”, “que era imposible esperar otro resultado”. Le dije a Juana María que esa actitud negativa me preocupaba hondamente e, incluso, le prometí convertir su pequeña anécdota en el presente artículo. Quiero aportar, para insistir en esta cuestión una pequeña historia que acabo de leer en el libro “¿Por qué caminar si quieres volar?, escrito por Isha, del que ya he tomado alguna otra. Había una vez un joven cuyo padre era un pobre entrenador de caballos que si bien disfrutaba de su trabajo apenas ganaba suficiente dinero para mantener a su familia. Un día al niño le asignaron en la escuela la tarea de escribir sobre lo que le gustaría ser cuando fuera mayor. Esa noche, muy emocionado, escribió un ensayo de siete páginas describiendo su sueño de ser, algún día, dueño de una caballeriza para así criar a sus caballos. Escribió su ensayo con mucho cuidado y atención a los detalles. Incluso dibujó un plano de la tierra y la casa que soñaba poseer. Puso todo su corazón en ese proyecto. Al día siguiente le entregó su proyecto a su profesor. Cuando lo recibió de vuelta había sido calificado con una E (error), y su profesor había escrito en la parte superior del ensayo, en letras rojas: “Véame después de la clase”. El joven se quedó después de que el timbre de salida hubiera sonado y le preguntó a su profesor: ¿Por qué me ha calificado el trajo con una E? El profesor le dijo: “Para eso te he llamado. Para explicarte la calificación. Tu ensayo describe un futuro irreal para un joven como tú. No tienes dinero y tu familia es pobre. No tienes recursos para comprar tu propia caballeriza. Tendrías que comprar la tierra, los caballos y todos los recursos necesarios y, además, tendrías que pagar los costos del mantenimiento, No hay forma de que puedas lograr eso”. El joven fue a casa y lo pensó durante largo rato. Incluso le preguntó a su padre qué debería hacer. Su padre le respondió: “Mira, hijo, tienes que decidir por ti mismo. Esa es una decisión importante, y no puedo tomarla por ti”. Después de considerarlo durante todo un día, el chico entregó el ensayo a su profesor sin ningún cambio, y le dijo: “Usted puede mantener su mala calificación. Yo voy a mantener mi sueño” Pasaron lo años. Un día el profesor, ahora próximo a la jubilación, llevó a un grupo de niños a visitar una famosa caballeriza que criaba algunos de los caballos más espectaculares del país. Y se asombró cuando reconoció al dueño. Se dio cuenta de que era el mismo joven al que había calificado el trabajo con una E.. Antes de marcharse, el viejo profesor le dijo al dueño de la caballeriza: “Cuando era tu profesor, hace muchos años, yo era un ladrón de sueños. Durante años le robé los sueños a los niños. Afortunadamente tú te las arreglaste para mantener el tuyo”. No parece justo que quien está pagado para ayudar a crecer emplee su posición y su fuerza en destruir los sueños, en mermar las esperanzas, en destrozar las ilusiones. ¿Cuántas veces nos hemos equivocado en los vaticinios? Y, sobre todo, ¿cuántas veces hemos convertido esas profecías en hechos que las han confirmado? El profesor de nuestra historia acabó reconociendo, aunque tarde, su tremendo error y, humildemente se confiesa un ladrón de sueños. Eso le honra. Qué hermosa tarea la de generar sueños, impulsarlos, mantenerlos y potenciarlos. A riesgo de que alguna vez no se cumplan, de que se produzcan algunas frustraciones. Habrá que ayudar también s superar esas decepciones, nacidas algunas veces de las adversidades de la vida y otras de la insuficiencias de nuestro empeño. Habrá que enseñar también que los sueños se construyen con esfuerzo, con fe y con una inquebrantable constancia. Porque alcanzar un sueño no es un regalo de los dioses sino el fruto de una fortaleza y de una una ilusión contrastadas. Quiero pensar que los educadores somos creadores de sueños y no ladrones que se aprovechan de su situación privilegiada para arrebatar los que comienzan a formarse en el corazón y en la mente de sus alumnos y alumnas.
May 14 2010, 3:07am | Comments »
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Cortar la rama
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/01/cortar-la-rama/
La educación es una tarea compleja y altamente problemática. Pretende que el individuo alcance su mayor desarrollo en todos los aspectos de su personalidad a lo largo de toda la vida. Pero, ¿cómo se alcanza esa finalidad?, ¿cómo se consigue que la persona llegue a desarrollar al máximo sus potencialidades (intelectuales, afectivas, morales…)? Hay formas de proceder que, con mucha probabilidad, van a conseguir resultados escasamente positivos. Por ejemplo, darle al aprendiz todo pensado, todo decidido, todo hecho. De esa él no aprenderá a pensar, a decidir o a hacer las cosas por sí mismo. Habrá que generar ocasiones para que él pueda pensar, para que pueda tomar decisiones y para que pueda actuar de manera autónoma. Me pregunto muchas veces cuál es el margen de autonomía que la escuela concede al alumnado. ¿Qué decide, qué piensa, qué hace que no sea obedecer y repetir? No podemos olvidar que la pretensión es que lleguen a ser aprendices crónicos, aprendices autónomos, aprendices responsables y apasionados. Pero, para ello, tienen que asumir responsabilidades, tienen que tener autonomía. Acabo de leer un pequeño libro que se titula ¿Por qué caminar si puedes volar? Está escrito por Isha, una australiana afincada en suramérica, y publicado por la editorial Aguilar. En ese libro he descubierto esta sugerente historia. Había una vez un rey que recibió como regalo dos magníficos halcones de Arabia. Eran halcones peregrinos, las aves más hermosas que se hayan visto jamás. El rey entregó las preciosas aves al maestro de cetrería para que las entrenara. Pasaron los meses y un día el maestro de cetrería informó al rey que uno de los halcones estaba volando majestuosamente, planeando alto en los cielos, pero el otro halcón no se había movido de su rama desde el día que llegó. El rey convocó a curanderos y hechiceros de todas las tierras para atender al halcón, pero ninguno pudo hacer que el ave volara. Luego le presentó la tarea a los miembros de su corte. Sin embargo, al día siguiente, el rey vio a través de la ventana del palacio que el ave no se movía de su percha. Habiéndolo intentado todo, el rey pensó: “Tal vez necesito a alguien que esté más familiarizado con la vida del campo para que entienda la naturaleza del problema”. Entonces le dijo a su corte. - Vayan a buscar al granjero. A la mañana siguiente el rey se emocionó al ver al halcón volando muy alto sobre los jardines del palacio y le dijo a su corte: - Tráiganme al hacedor del milagro. La corte rápidamente localizó al granjero, quien vino ante el rey. Éste le preguntó: - ¿Qué hiciste para que el halcón volara? Con reverencia, el grajero le dijo al rey: - Fue fácil, majestad. Simplemente corté la rama. Fácil decisión pero, a la vez, muy difícil. Porque no ponemos al halcón en la tesitura de tener que levantar las alas. El halcón se vio compelido a volar porque encontró la necesidad de hacerlo. Y eso pasa con las personas. Se retrasa innecesariamente el momento de la autonomía. Creo que hay que facilitar a las personas las ocasiones para decidir por sí mismas, para pensar por sí mismas, para actuar por sí mismas. Lejos de cortar la rama, tenemos la tendencia de hacer una jaula para que el halcón no vuele, para que el halcón esté a buen recaudo, sin correr riesgos. Para crecer hay que asumir riesgos. Si los niños y las niñas fueran llevados siempre en brazos para que no se cayeran, jamás aprenderían a caminar. Si, por temor a una caída, nunca se subieran a una bicicleta o a una moto o a un coche, jamás aprenderían a conducir. Hay que cortar la rama de la seguridad y del inmovilismo, asumiendo riesgos y afrontando con vigor las dificultades. Sólo así se podrá elevar el vuelo. Lo que nos dicen los alumnos a los profesores y los hijos a los padres es lo siguiente: “Ayúdame a hacerlo solo”. Y lo que nosotros debemos decirles es: “Tú tienes que aprender a hacerlo solo”. Pero para aprender a hacerlo tiene que hacerlo. Eso supone asumir algunos riesgos. Y ahí está el quid de la cuestión. Cuál es el ritmo del ejercicio de la libertad. Cuál es el equilibrio entre responsabilidad y libertad. No es cierto que hasta que no sean responsables no pueden ser libres sino que, si no son libres, no podrán aprender a ser responsables. Por eso, el primer día que el niño pueda cruzar solo el paso de peatones no debe ir agarrado a la mano de su mamá o de su papá. Por eso el primer día que pueda peinarse solo ya nadie le tendrá que ayudar. Por eso el primer día que pueda abrocharse los zapatos ya nadie se los tendrá que abrochar. La tentación educativa (o, mejor dicho, deseducativa) es la inversa: retrasar lo más posible el momento de la autonomía, ir dando largas bajo la excusa de que la persona todavía no sabe actuar por sí misma, bajo la sospecha de que todavía no está madura, sin caer en la cuenta de que esa postura es la que está bloqueando la maduración. Lo cual convierte a los aprendices en inútiles o en rebeldes. En súbditos incompetentes o en díscolos despechados. Todo lo que se les enseña a los niños se les impide descubrirlo por sí mismos, se ha dicho con evidente verdad. Pero los adultos nos sentimos mejor mostrando lo que sabemos que ayudando al otro a que sea capaz de buscar por sí mismo. Nos sentimos mejor protegiendo que dejando márgenes de libertad para que la persona aprenda a protegerse a sí misma. Recuérdese la hermosa metáfora de Holderlin: Los educadores forman a sus educandos como los océanos forman a los continentes, retirándose. Cortar la rama de la dependencia, de la sumisión, del conformismo, de la seguridad, de la comodidad, del inmovilismo y de la inacción es poner a la persona en condiciones de volar por sí misma.
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April 30 2010, 11:00pm | Comments »
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Cortar la rama
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/04/29/cortar-la-rama/
La educación es una tarea compleja y altamente problemática. Pretende que el individuo alcance su mayor desarrollo en todos los aspectos de su personalidad a lo largo de toda la vida. Pero, ¿cómo se alcanza esa finalidad?, ¿cómo se consigue que la persona llegue a desarrollar al máximo sus potencialidades (intelectuales, afectivas, morales…)? Hay formas de proceder que, con mucha probabilidad, van a conseguir resultados escasamente positivos. Por ejemplo, darle al aprendiz todo pensado, todo decidido, todo hecho. De esa él no aprenderá a pensar, a decidir o a hacer las cosas por sí mismo. Habrá que generar ocasiones para que él pueda pensar, para que pueda tomar decisiones y para que pueda actuar de manera autónoma. Me pregunto muchas veces cuál es el margen de autonomía que la escuela concede al alumnado. ¿Qué decide, qué piensa, qué hace que no sea obedecer y repetir? No podemos olvidar que la pretensión es que lleguen a ser aprendices crónicos, aprendices autónomos, aprendices responsables y apasionados. Pero, para ello, tienen que asumir responsabilidades, tienen que tener autonomía. Acabo de leer un pequeño libro que se titula ¿Por qué caminar si puedes volar? Está escrito por Isha, una australiana afincada en suramérica, y publicado por la editorial Aguilar. En ese libro he descubierto esta sugerente historia. Había una vez un rey que recibió como regalo dos magníficos halcones de Arabia. Eran halcones peregrinos, las aves más hermosas que se hayan visto jamás. El rey entregó las preciosas aves al maestro de cetrería para que las entrenara. Pasaron los meses y un día el maestro de cetrería informó al rey que uno de los halcones estaba volando majestuosamente, planeando alto en los cielos, pero el otro halcón no se había movido de su rama desde el día que llegó. El rey convocó a curanderos y hechiceros de todas las tierras para atender al halcón, pero ninguno pudo hacer que el ave volara. Luego le presentó la tarea a los miembros de su corte. Sin embargo, al día siguiente, el rey vio a través de la ventana del palacio que el ave no se movía de su percha. Habiéndolo intentado todo, el rey pensó: “Tal vez necesito a alguien que esté más familiarizado con la vida del campo para que entienda la naturaleza del problema”. Entonces le dijo a su corte. - Vayan a buscar al granjero. A la mañana siguiente el rey se emocionó al ver al halcón volando muy alto sobre los jardines del palacio y le dijo a su corte: - Tráiganme al hacedor del milagro. La corte rápidamente localizó al granjero, quien vino ante el rey. Éste le preguntó: - ¿Qué hiciste para que el halcón volara? Con reverencia, el grajero le dijo al rey: - Fue fácil, majestad. Simplemente corté la rama. Fácil decisión pero, a la vez, muy difícil. Porque no ponemos al halcón en la tesitura de tener que levantar las alas. El halcón se vio compelido a volar porque encontró la necesidad de hacerlo. Y eso pasa con las personas. Se retrasa innecesariamente el momento de la autonomía. Creo que hay que facilitar a las personas las ocasiones para decidir por sí mismas, para pensar por sí mismas, para actuar por sí mismas. Lejos de cortar la rama, tenemos la tendencia de hacer una jaula para que el halcón no vuele, para que el halcón esté a buen recaudo, sin correr riesgos. Para crecer hay que asumir riesgos. Si los niños y las niñas fueran llevados siempre en brazos para que no se cayeran, jamás aprenderían a caminar. Si, por temor a una caída, nunca se subieran a una bicicleta o a una moto o a un coche, jamás aprenderían a conducir. Hay que cortar la rama de la seguridad y del inmovilismo, asumiendo riesgos y afrontando con vigor las dificultades. Sólo así se podrá elevar el vuelo. Lo que nos dicen los alumnos a los profesores y los hijos a los padres es lo siguiente: “Ayúdame a hacerlo solo”. Y lo que nosotros debemos decirles es: “Tú tienes que aprender a hacerlo solo”. Pero para aprender a hacerlo tiene que hacerlo. Eso supone asumir algunos riesgos. Y ahí está el quid de la cuestión. Cuál es el ritmo del ejercicio de la libertad. Cuál es el equilibrio entre responsabilidad y libertad. No es cierto que hasta que no sean responsables no pueden ser libres sino que, si no son libres, no podrán aprender a ser responsables. Por eso, el primer día que el niño pueda cruzar solo el paso de peatones no debe ir agarrado a la mano de su mamá o de su papá. Por eso el primer día que pueda peinarse solo ya nadie le tendrá que ayudar. Por eso el primer día que pueda abrocharse los zapatos ya nadie se los tendrá que abrochar. La tentación educativa (o, mejor dicho, deseducativa) es la inversa: retrasar lo más posible el momento de la autonomía, ir dando largas bajo la excusa de que la persona todavía no sabe actuar por sí misma, bajo la sospecha de que todavía no está madura, sin caer en la cuenta de que esa postura es la que está bloqueando la maduración. Lo cual convierte a los aprendices en inútiles o en rebeldes. En súbditos incompetentes o en díscolos despechados. Todo lo que se les enseña a los niños se les impide descubrirlo por sí mismos, se ha dicho con evidente verdad. Pero los adultos nos sentimos mejor mostrando lo que sabemos que ayudando al otro a que sea capaz de buscar por sí mismo. Nos sentimos mejor protegiendo que dejando márgenes de libertad para que la persona aprenda a protegerse a sí misma. Recuérdese la hermosa metáfora de Holderlin: Los educadores forman a sus educandos como los océanos forman a los continentes, retirándose. Cortar la rama de la dependencia, de la sumisión, del conformismo, de la seguridad, de la comodidad, del inmovilismo y de la inacción es poner a la persona en condiciones de volar por sí misma.
April 28 2010, 5:37pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Estúpida burocracia
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/01/16/estupida-burocracia/
Se habla mucho de la inutilidad de la burocracia, pero menos del desconsuelo que procura. Me cuenta una querida cuñada que está desesperada con el trabajo desmedido que le encomienda la inspección. Es una excelente maestra, una profesional concienzuda, una magnífica persona que se desvive por los niños y las niñas que le han tocado en suerte. Y hoy la veo abrumada y desconsolada con el ímprobo y absurdo trabajo que tiene que llevar a cabo. Me impresionó oírla decir hace poco: - No creo que yo me jubile como maestra. Es una pena. Porque disfruta trabajando con los niños y las niñas, pero sufre llevándose tarea a la casa diariamente, en los fines de semana y durante las vacaciones. Está metida en un sinvivir. Tiene la convicción de que muchas de las tareas burocráticas que le imponen no sirven para nada, salvo para hacer estadísticas y amontonar papeles. No es justo, no es lógico, no es decente que la burocracia abrase a los mejores profesionales de la educación. Hay que preguntarse con seriedad y urgencia: ¿Cuántas horas de trabajo burocrático asumen los profesionales de la educación? ¿Cuántas horas se dilapidan entregadas a tareas absurdas que no sirven para nada? ¿Cuánto aburrimiento se acumula en las mentes y en el corazón de los docentes por estas iniciativas cada vez más ridículas? La pirámide jerárquica no se rompe nunca. El ministro le exige a los consejeros, los consejeros a los delegados, los delegados a los inspectores, los inspectores a los directores y los directores a los profesores. (Ya sé que también hay mujeres, y muchas, en la educación, pero no he querido redactar un párrafo rocambolesco). ¿Por dónde se romper esa cadena maldita? ¿Quién le pone el cascabel al gato? ¿Quién es capaz de decir “yo eso no lo mando porque es un sinsentido o “yo eso no lo hago porque es un estupidez”?. ¿Para cuándo la unión de todos y de todas contra la irracionalidad? Hay quien toma el camino más corto. Se va. Pide una baja y se acabó el problema. Mi cuñada no es capaz de hacerlo porque es una persona con responsabilidad. Entrega como tributo su salud física y mental. Porque es una persona sacrificada. Y hace a conciencia lo que se le pide. Mil doscientas dieciséis fichas ha tenido que entregar hace poco, correspondientes a los trescientos cuatro alumnos y alumnas a quienes tiene que enseñar inglés. Ficha de cada concepto que ha enseñado en cuatro dimensiones: leer, escribir, escuchar, hablar. Es decir que es para la autoridad educativa es más importante dedicarse a contar lo que se ha hecho que tratar de mejorar las condiciones para hacerlo bien. ¿Quién detiene esta trituradora de ilusiones? ¿Quién para esta maquinaria infernal? No es justo, no es lógico que el trabajo tenga que realizarse a costa de la familia, de la salud o del descanso. Hay que decir basta. Alguien tiene que poner coto a esta insensatez progresiva. La burocracia es un condena en cualquier trabajo. En la enseñanza es una maldición. Porque se desperdician las horas y porque los profesionales se queman inútilmente. La burocracia potencia el régimen organizativo jerarquizado e impone una obediencia irracional “Esto hay que hacerlo porque hay que hacerlo”. Pero, qué sentido tiene, para qué sirve, qué impide hacer, qué consecuencias tiene, son preguntas que nadie se hace y si se las hace se las contesta cada uno en privado sin que las respuestas ayuden a corregir las situaciones injustas e irracionales. Tiene la situación un efecto derivado pernicioso, que es el desarrollo de la cultura burocrática en la que se instalan las prácticas de manera rutinaria, acrítica e irracional. Esas prácticas se perpetúan a veces a través del tiempo y se convierten en comportamientos anquilosados que nadie sabe a qué finalidad responden. Pero se repiten una y otra vez. ¿Cuántas horas dedican los directores y directoras a la burocracia? Pueden destinar su tiempo a tareas pedagógicamente ricas, como coordinar,inspirar proyectos innovadores, investigar sobre la práctica, crear un clima positivo, hacer equipo, proponer iniciativas… O bien, a tareas pedagógicamente pobres, una de las más apremiantes y absorbentes sería la de rellenar papeles, hacer estadísticas y cultivar la burocracia. Sería un atropello exigirles que la mayor parte de su tiempo se invirtiese en tareas tan aburridas como inútiles. Recuerdo ahora aquella vieja historia que pasa de boca en boca. En un centro se pintó un banco y se encargó a un conserje que se sentara en otro que estaba enfrente para advertir a las personas que el banco estaba recién pintado y que no podían sentarse en él. Diez años después, todas las mañanas, un conserje se sentaba en aquel banco. Cuando alguien le preguntó cual era su misión, no supo qué responder. Siempre, desde que él entró, se había hecho así. La burocracia potencia el poder irracional. Si tienes que hacer por obediencia cosas más absurdas e ineficaces re refuerza la sensación de que quien manda puede mandar lo que quiera. Robert Mitchel elevó esta idean a una “ley de hierro de la oligarquía”, según la cual cuanto más crece y se burocratiza una organización, más grado de poder se concentra en manos de un pequeño número de personas de posiciones elevadas. Esta ley da por bueno el dicho de P. Masson: “Los funcionarios son como los libros de una biblioteca: los que están en los lugares más altos son los que menos sirven”. Las autoridades educativas tienen que velar para que los educadores más sensibles no se convierten en burócratas acomodados o desesperados. Sería muy triste que utilizasen su poder para hacer exactamente lo contrario a lo que deben. Y me temo, por lo que mi cuñada me cuenta, que es lo que está sucediendo. Los alumnos y alumnas de mi cuñada no se merecen que traten así a su maestra quienes tienen que cuidarla. Y ella, menos.
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January 15 2010, 10:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
No puedo crecer por ti
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/01/09/no-puedo-crecer-por-ti/
Cada persona tiene que madurar y crecer a través de su propio esfuerzo. Nadie puede suplir a otro en la tarea de su maduración. Los demás pueden ayudar, aconsejar, aplaudir, pero no pueden reemplazar a nadie en lo que cada persona tiene que hacer. Hay que regar el árbol, abonarlo y podarlo, pero es el árbol quien tiene que crecer. Y, por cierto, hace muy poco ruido cuando crece. No se puede tirar de las ramas hacia arriba para que lo haga. Los agentes externos facilitan, propician ayudan, pero no crecen por él. Suelo aplicar a la educación una metáfora que Neruda dedica al amor. Amar (educar) es hacer con las personas lo que la primavera hace con los cerezos. La primera crea las condiciones pero es el árbol el que crece. el que florece, el que da frutos. Es necesaria la primavera, pero ella sola no hace que el árbol se desarrolle. En plena primavera hay árboles que se atrofian, que acaban muriendo. Reivindico aquí la autonomía del ser humano para llegar a ser lo que realmente quiere ser, dentro de sus posibilidades genéticas, dentro de sus potencialidades, en el marco del contexto que elige. Reivindico su derecho a desarrollar al máximo y de forma autónoma sus potencialidades. Lo que los hijos y alumnos nos dicen a los adultos es lo siguiente: “Ayúdame a hacerlo sólo”. De lo que se trata no es de que los alumnos y los hijos piensen como nosotros sino de que piensen por sí mismos. Lo que se pretende no es que decidan lo que nosotros queremos sino que aprendan a decidir por sí mismos. La indoctrinación se diferencia de la educación en que no deja un margen a la libertad del individuo. Impone los valores a la fuerza. Y un valor que se impone a la fuerza deja de ser un valor. La educación propone, sugiere, explica, pero respeta la libertad del educando. De ahí la importancia de la libertad y de la responsabilidad que de ella se deriva. No es cierto que hasta que no tengan responsabilidad no se les puede conceder libertad sino que mientras no ejerciten la libertad no pueden adquirir responsabilidad. (Tengo que matizar lo que he dicho. Porque he hablado de conceder libertad. Sería más preciso hablar de devolver la libertad. Porque la libertad es suya, no es que nosotros se la concedamos). Cuando se habla y se piensa y se escribe sobre educación se suele poner el foco en los educadores y menos veces en los educandos. Ellos tienen una parte inexcusable de responsabilidad. Hace tiempo y no sé dónde leí (o escuché) una anécdota que viene como anillo al dedo para explicar lo que quiero decir. Un profesor recibe una demanda exigente de un alumno para que le explique con más detalle, con más pormenores, de manera desmenuzada y clara el tema que tiene que estudiar. Y, además, le exige que le indique dónde puede encontrar más información. El profesor le dice que le explicará lo que le pide, pero que será en otro momento. Invita a comer a su alumno y, en los postres, le dice que le permita hacerle un pequeño favor en muestra del aprecio que le tiene. El favor consiste en pelar el melocotón que el alumno va a tomar de postre. - No, por favor, dice el alumno, yo puedo hacerlo sin dificultad alguna. - Por favor, insiste el profesor, yo lo haré encantado. Quiero mostrarte mi aprecio. El profesor monda el melocotón cuidadosamente. Una vez realizada la tarea le dice al sorprendido alumno: - Permíteme ahora partírtelo en pequeños trozos para que puedas comerlo con facilidad. - No, por favor, profesor, yo puedo hacerlo solo. Estoy acostumbrado. El profesor parte el melocotón en pedazos ante la asombrada mirada de su alumno. Y, al terminar, le dice, metiendo un trozo en la boca: - Permíteme que te lo mastique para que puedas comerlo de manera más fácil. El alumno comprende lo que le ha querido decir el profesor con la metáfora del melocotón. Avergonzado, se disculpa con rapidez: - Gracias, profesor Tiene usted razón. Me he equivocado al pedir que recorriese por mí el camino que yo tenía que atravesar en el proceso de mi aprendizaje. - Sí, amigo, yo no puedo crecer por ti, concluye el profesor. En el discurso pedagógico se olvida frecuentemente el papel del alumno, como si todo dependiese del quehacer del profesor, de la institución escolar y de la familia. Es cierto que algunos docentes han quemado las mejores ilusiones de sus alumnos por aprender, pero no es menos cierto que algunos alumnos han destruido las mejores intenciones que tenían sus profesores de enseñar. Tendremos mejores alumnos en la medida que haya buenos profesores, pero será más fácil que haya buenos profesores si tenemos buenos alumnos. Los alumnos tienen su papel, un papel determinante. Porque sólo aprende el que quiere. Cuando un alumno no se esfuerza, cuando no pone nada de su parte, se hace inútil la tarea del profesor. Hay que insistir en esa parte de la responsabilidad en el éxito escolar. Frecuentemente se atribuye el fracaso a la administración educativa, al profesorado, a la familia, a los medios de comunicación, a la sociedad en general, pero no se piensa en la parte que le corresponde al estudiante. Hay que decirlo así de claro. El estudiante tiene que ser consciente del privilegio que supone poder estudiar de forma gratuita. Hay muchos niños y jóvenes en el mundo que no pueden disfrutar de él. Tiene que saber lo que cuesta su puesto en una escuela. Tiene que prestar atención a cada explicación o consigna, tiene que tratar bien las instalaciones y los materiales, tiene que esforzarse (porque el estudio requiere esfuerzo) de forma continuada y tiene que respetar a quienes tratan de ayudarle a aprender. En sus manos está una gran parte de la clave del éxito o del fracaso..Tenemos que decírselo así de claro los profesores y profesoras. Y no menos claramente los padres y las madres.
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January 8 2010, 10:00pm | Comments »
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