Estamos en época de evaluación del alumnado. El estamento más bajo de la escala académica recibe evaluaciones inexorables. Hacia arriba en esa escala va disminuyendo la evaluación. Al decir esto pienso en las jerarquías y pienso en las instituciones. La única manera que tienen las instituciones de mejorar lo que hacen es someter a un riguroso análisis su estructura y funcionamiento. Si se justifica todo desde la óptica de la buena intención (se hace lo que se puede), de la rutina (siempre se ha hecho así) o de las mala actuación ajena (la culpa es de los otros), la institución seguirá anclada en sus errores. No se puede mirar para otra parte cuando algo falla. No se puede mirar sólo a los demás para que mejoren sus actitudes o sus comportamientos. Es preciso hacer autocrítica y abrirse a la crítica de los demás. Sucedió hace ya algunos años. En una reunión de la Junta de Facultad, el señor decano leyó una carta que habían enviado varias exalumnas. En ella expresaban con bastante crudeza lo que había supuesto su paso por la Facultad. Era una ocasión magnífica para repensar, a luz de aquellas opiniones, la calidad de la práctica cotidiana que los profesionales de la enseñanza universitaria desarrollábamos cada día. El decano leyó, entre murmullos, aquel escrito y, antes de terminar, había varias manos levantadas pidiendo la palabra. - Señor decano, ¿está firmado ese cristo? - Sí, ¿por qué? - Porque voy a denunciar a estas personas en un juzgado de guardia por lo que dicen de la Facultad y del profesorado. Resulta que en algunas asignaturas que se imparten en esa Facultad en las que se trabaja la evaluación de instituciones han tenido que estudiar (y repetir) que para hacer una evaluación rigurosa de una institución es preciso liberar la voz de los protagonistas. Pero, cuando ellas pretenden hacer aquello que estudiaron, las quieren llevar al juzgado. Otro miembro de las Junta dijo: - Según lo que he oído, quienes firman el documento no son alumnas sino exalumnas. ¿Qué tienen que decir ahora de lo que se hace aquí? ¿Por qué no lo dijeron cuando estaban? Bueno, respondámonos con sinceridad. ¿Por qué no lo dijeron cuando estaban? ¿Gozaban de libertad para hacerlo? ¿Mostramos interés en saberlo? ¿Preguntamos? Un tercer profesor levantó la mano para decir lo siguiente (no son palabras literales, claro está): - Señor decano, este escrito ¿qué naturaleza tiene? ¿Es una denuncia, es un informe, es una carta? - Es una carta. - ¿Piden que contestemos?, añadió - No. No piden nada. Sencillamente han enviado la carta. - Pues si no piden que contestemos, bastante hemos hecho ya con escuchar lo que dicen. Pasemos al punto siguiente del orden del día y no perdamos más tiempo. Hubo una cuarta intervención: - Veo que aquí hay cierto nerviosismo y cierta irritación, pero esto hay que entenderlo. Seguramente que algún profesor fue duro con ellas en alguna calificación y ahora están bajo el síndrome de la venganza. Pero, cuando esto se les pase ya comprenderán todo lo que la Facultad hizo por ellas. Tomé entonces la palabra para decir dos cosas: una, para pedir que se escribiera una carta de agradecimiento a las exalumnas por el tiempo que habían perdido al redactar y enviar el escrito; otra para decir que nosotros no teníamos remedio, que si ese documento no nos hacía preguntarnos sobre lo que hacemos, no nos ayudaba a reflexionar sobre nuestra tarea, estábamos condenados a repetir los errores. ¿Cómo cambiar si no nos interrogamos? ¿Cómo mejorar si no ponemos en tela de juicio nuestras prácticas? ¿Cómo vamos a transformar la realidad si no escuchamos las opiniones de los destinatarios de nuestra actividad, si no comprobamos lo que sucede con su aprendizaje? Parece que lo importante es que nosotros enseñemos, no que ellos aprendan. Lo que decían las exalumnas en su escrito era muy preocupante: que se aburrían en las clases, que había muchas contradicciones entre lo que se enseñaba y lo que hacía, que las prácticas eras demasiado breves, que las clases estaban masificadas, que no se cumplían las horas de tutoría… Deberíamos pagar estas opiniones, buscarlas, sistematizarlas. Sería necesario que quien sale de una Facultad nos diga si la preparación recibida le sirve o no para afrontar la responsabilidad profesional. Las instituciones educativas viven de espaldas a su éxito o fracaso e, incluso, despreocupadas por identificar lo que se entiende por éxito o fracaso. ¿Cómo se puede mirar para otra parte? ¿Cómo se pueden echar tantos balones fuera? Semanas después de este hecho me pidieron una texto sobre evaluación de instituciones para unas Jornadas que se iban a celebrar en Medina del Campo. Comencé contando lo que había vivido en mi Junta de Facultad. El texto se publicó y uno de los colegas que lo leyó (magnífico colega que lee lo que otros compañeros escriben), me invitó a tomar café. - ¿Cómo se te ha ocurrido comenzar el relato sobre aquel incidente de la Junta diciendo “en mi Facultad”? Si quieres contarlo cuéntalo, pero diciendo “en una Facultad…”, porque todo el mundo sabe dónde trabajas. Le contesté con una pregunta: - ¿A ti qué te preocupa, que pase o que se sepa que pasa? Es como si en un Hospital, le dije, el cirujano que saca un cadáver tras otro del quirófano sólo estuviese preocupado de que no se supiese dónde se producen esas muertes. Las instituciones necesitan analizar sus prácticas, revisar su estructura y evaluar su funcionamiento. Hay cosas que pueden ir mal. Pero no se puede atribuir todo el fracaso a causas ajenas a la institución. Habrá en otros agentes una parte de responsabilidad, pero una buena parte de ella será de la institución. La primera exigencia para poder corregir las deficiencias es conocerlas, analizarlas y comprenderlas. La segunda es no conformarse con ellas y la tercera tratar de corregirlas con rapidez y rigor.
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Balones fuera
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June 18 2010, 11:00pm | Comments »
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El verdulero de San Rafael
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/06/05/el-verdulero-de-san-rafael/
Horacio Muros vive, trabaja y educa en la ciudad de San Rafael, provincia de Mendoza (Argentina). Es ingeniero de formación y educador de cuerpo y alma. Dirige, es decir, hace crecer una escuela que se esfuerza cada día en aprender, no sólo en enseñar. Como es un excelente educador va por la vida con los ojos bien abiertos para ver dónde se dan lecciones de las que se pueda aprender. Está claro que las personas inteligentes aprenden siempre. Me cuenta mi querido amigo Horacio que un verdulero al que visita con frecuencia para las compras domésticas tiene instalada en su puesto de verduras una pizarra de 2 metros por 1.50 en la que cada día escribe una sentencia. De esta forma ha convertido el mercado en un aula desde la que imparte a quien quiera recibirlas algunas lecciones de optimismo, de esperanza y de buena educación. Me imagino al pedagógico verdulero buscando cada noche, en su memoria, en los libros o en los archivos de la vida, un pensamiento ejemplar que contenga algún mensaje saludable para sus clientes y para el público en general. Me lo imagino escribiendo, con aplicación y buena letra, la frase elegida, no sé si con arreglo a la fecha o, sencillamente, sin ningún referencia al calendario. Lo cierto es que todos los días las personas que se acercan a su verdulería se pueden llevar unas zanahorias, unos tomates, unas lechugas o unos puerros acompañados de un pensamiento que pretende hacer mejores a quienes estén en disposición de intentarlo. Él hace su parte, que es elegir, escribir y exponer la sabia sentencia. Queda en los demás el leerla, el memorizarla y el llevarla a la práctica de sus vidas. El tamaño de la pizarra hace que se entere todo el vecindario e, incluso, los conductores que pasan por la calle en la que está instalado su puesto de venta. Podría utilizar la pizarra para exponer el precio de los pepinos, pero no, a él le importan también otras cosas de mayor calado. Qué hermosa lección para los niños y las niñas a quienes dañan los ojos tantos grafitis agresivos y groseros y a quienes machacan los oídos tantas frases estúpidas y cargadas de maldad. Pasar por el puesto de este ilustrado vendedor de frutas y verduras es como ir a una clase de filosofía. Citaré algunas sentencias que Horacio recuerda, ya que me dice que no se ha tomado la precaución de escribirlas todas y estudiar si tienen algún hilo conductor o alguna estructura lógica: “¿Y si tengo yo la culpa?”, “Por orgullo perdí muchas cosas”, “Mas vale te con pan que leche en discordia”, “Qué lindo día hace hoy”, “Hoy puede ser un gran día”… Estoy convencido de que a muchos de los lectores de la pizarra del verdulero les habrá hecho pensar alguna frase, otra les habrá hecho sonreír, quizá alguna otra les habrá llevado a una buena acción. Se trata, como verá el lector o la lectora, de frases cortas que ofrecen un mensaje positivo. En medio de un clima de negatividad en el que las consignas nos cargan de pesimismo y desaliento, de egoísmo y zafiedad, de competitividad y eficientismo, de avaricia y de relativismo moral…, es bueno que un ciudadano de a pie, que no es ni un profesor, ni sacerdote, ni un filósofo… nos recuerde que la vida merece la pena ser vivida y que está en nuestras manos aportar un granito de arena para que así sea. No sé si utiliza esta estrategia como un reclamo comercial o si, sencilla y llanamente, quiere ofrecer a sus conciudadanos un pequeño aliciente para pasar mejor el día. Es sabido que no sólo se vive de pan. El alimento gratuito que ofrece el verdulero mendocino es un magnífico sustento del optimismo y de la bondad. El caso del verdulero me lleva a reflexionar sobre la cantidad tremenda de mensajes que nos invade cada día. Y a pensar en la naturaleza de sus contenidos. Muchos de esos mensajes van calando en la memoria y en la conciencia de las personas y creando un estado de opinión que acaba configurando la actitud y el comportamiento: “Tú a lo tuyo”, “Sálvese el que pueda”, “Por la caridad entró la peste”, “Vale todo”, “Al que Dios se la da, San Pedro se la bendice”, “Piensa mal y acertarás”, “Esto es un asco”, “La vida es como el palo de un gallinero, corta y llena de mierda”… Me dirá alguno o alguna: lo que hace falta es cambiar las estructuras económicas y políticas, lo que es preciso para mejorar la vida es una revolución de carácter social que ponga patas arriba el mundo. No me voy a oponer a estas tesis ambiciosas. Pero veo más factible, más rápido y más eficaz el paso que puede dar cada uno transformando y mejorando la pequeña parcela en la que se desenvuelve su vida. Por otra parte, no son incompatibles ambas estrategias.. Se puede luchar por la transformación social y conseguir ser mejores personas cada día y ayudar a que otros lo sean. Vivimos en tiempos críticos. Es necesario avanzar a través de dificultades de diverso tipo. Luis Rojas Marcos acaba de publicar un interesante libro titulado “Superar la adversidad”. Para hacerlo, explica, es necesaria la fuerza del optimismo, el sentimiento positivo de la vida. Dice textualmente: “El estilo optimista de juzgar los avatares de la vida nos ayuda a minimizar el impacto de las desgracias, al tiempo que nos protege del derrotismo y de la indefensión”. No sé si algún día le llegará este artículo al verdulero de San Rafael. Es probable. Porque estoy seguro de que mi amigo Horacio será un buen cartero. En ese caso, quiero que reciba mi más sincera felicitación por su iniciativa. Sin recibir un sueldo se ha convertido en un educador de calle, en un maestro que vende peras, manzanas y sandías mientras hace brotar una sonrisa y buen deseo en las personas que leen la frase de su pizarra.
June 4 2010, 11:00pm | Comments »
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El verdulero de San Rafael
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Horacio Muros vive, trabaja y educa en la ciudad de San Rafael, provincia de Mendoza (Argentina). Es ingeniero de formación y educador de cuerpo y alma. Dirige, es decir, hace crecer una escuela que se esfuerza cada día en aprender, no sólo en enseñar. Como es un excelente educador va por la vida con los ojos bien abiertos para ver dónde se dan lecciones de las que se pueda aprender. Está claro que las personas inteligentes aprenden siempre. Me cuenta mi querido amigo Horacio que un verdulero al que visita con frecuencia para las compras domésticas tiene instalada en su puesto de verduras una pizarra de 2 metros por 1.50 en la que cada día escribe una sentencia. De esta forma ha convertido el mercado en un aula desde la que imparte a quien quiera recibirlas algunas lecciones de optimismo, de esperanza y de buena educación. Me imagino al pedagógico verdulero buscando cada noche, en su memoria, en los libros o en los archivos de la vida, un pensamiento ejemplar que contenga algún mensaje saludable para sus clientes y para el público en general. Me lo imagino escribiendo, con aplicación y buena letra, la frase elegida, no sé si con arreglo a la fecha o, sencillamente, sin ningún referencia al calendario. Lo cierto es que todos los días las personas que se acercan a su verdulería se pueden llevar unas zanahorias, unos tomates, unas lechugas o unos puerros acompañados de un pensamiento que pretende hacer mejores a quienes estén en disposición de intentarlo. Él hace su parte, que es elegir, escribir y exponer la sabia sentencia. Queda en los demás el leerla, el memorizarla y el llevarla a la práctica de sus vidas. El tamaño de la pizarra hace que se entere todo el vecindario e, incluso, los conductores que pasan por la calle en la que está instalado su puesto de venta. Podría utilizar la pizarra para exponer el precio de los pepinos, pero no, a él le importan también otras cosas de mayor calado. Qué hermosa lección para los niños y las niñas a quienes dañan los ojos tantos grafitis agresivos y groseros y a quienes machacan los oídos tantas frases estúpidas y cargadas de maldad. Pasar por el puesto de este ilustrado vendedor de frutas y verduras es como ir a una clase de filosofía. Citaré algunas sentencias que Horacio recuerda, ya que me dice que no se ha tomado la precaución de escribirlas todas y estudiar si tienen algún hilo conductor o alguna estructura lógica: “¿Y si tengo yo la culpa?”, “Por orgullo perdí muchas cosas”, “Mas vale te con pan que leche en discordia”, “Qué lindo día hace hoy”, “Hoy puede ser un gran día”… Estoy convencido de que a muchos de los lectores de la pizarra del verdulero les habrá hecho pensar alguna frase, otra les habrá hecho sonreír, quizá alguna otra les habrá llevado a una buena acción. Se trata, como verá el lector o la lectora, de frases cortas que ofrecen un mensaje positivo. En medio de un clima de negatividad en el que las consignas nos cargan de pesimismo y desaliento, de egoísmo y zafiedad, de competitividad y eficientismo, de avaricia y de relativismo moral…, es bueno que un ciudadano de a pie, que no es ni un profesor, ni sacerdote, ni un filósofo… nos recuerde que la vida merece la pena ser vivida y que está en nuestras manos aportar un granito de arena para que así sea. No sé si utiliza esta estrategia como un reclamo comercial o si, sencilla y llanamente, quiere ofrecer a sus conciudadanos un pequeño aliciente para pasar mejor el día. Es sabido que no sólo se vive de pan. El alimento gratuito que ofrece el verdulero mendocino es un magnífico sustento del optimismo y de la bondad. El caso del verdulero me lleva a reflexionar sobre la cantidad tremenda de mensajes que nos invade cada día. Y a pensar en la naturaleza de sus contenidos. Muchos de esos mensajes van calando en la memoria y en la conciencia de las personas y creando un estado de opinión que acaba configurando la actitud y el comportamiento: “Tú a lo tuyo”, “Sálvese el que pueda”, “Por la caridad entró la peste”, “Vale todo”, “Al que Dios se la da, San Pedro se la bendice”, “Piensa mal y acertarás”, “Esto es un asco”, “La vida es como el palo de un gallinero, corta y llena de mierda”… Me dirá alguno o alguna: lo que hace falta es cambiar las estructuras económicas y políticas, lo que es preciso para mejorar la vida es una revolución de carácter social que ponga patas arriba el mundo. No me voy a oponer a estas tesis ambiciosas. Pero veo más factible, más rápido y más eficaz el paso que puede dar cada uno transformando y mejorando la pequeña parcela en la que se desenvuelve su vida. Por otra parte, no son incompatibles ambas estrategias.. Se puede luchar por la transformación social y conseguir ser mejores personas cada día y ayudar a que otros lo sean. Vivimos en tiempos críticos. Es necesario avanzar a través de dificultades de diverso tipo. Luis Rojas Marcos acaba de publicar un interesante libro titulado “Superar la adversidad”. Para hacerlo, explica, es necesaria la fuerza del optimismo, el sentimiento positivo de la vida. Dice textualmente: “El estilo optimista de juzgar los avatares de la vida nos ayuda a minimizar el impacto de las desgracias, al tiempo que nos protege del derrotismo y de la indefensión”. No sé si algún día le llegará este artículo al verdulero de San Rafael. Es probable. Porque estoy seguro de que mi amigo Horacio será un buen cartero. En ese caso, quiero que reciba mi más sincera felicitación por su iniciativa. Sin recibir un sueldo se ha convertido en un educador de calle, en un maestro que vende peras, manzanas y sandías mientras hace brotar una sonrisa y buen deseo en las personas que leen la frase de su pizarra.
June 4 2010, 3:04am | Comments »
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Un faro con escasa luz
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/04/17/un-faro-con-escasa-luz/
El poeta y escritor inglés John Edward Masefield, fallecido en 1967, escribió hace ya muchos años, creo que fue en 1942, un texto sobre la Universidad que me gusta recordar y que quiero compartir contigo, querido lector, que has tenido la amabilidad de dedicarme estos minutos. Dice así: “Existen pocas cosas terrenales más bellas que una Universidad. Es un lugar donde aquellos que odian la ignorancia pueden esforzarse por saber, donde aquellos que perciben la verdad pueden esforzarse en que otros la vean, donde los buscadores y estudiosos, asociados en la búsqueda del conocimiento, honrarán el pensamiento en todas sus más delicadas formas, acogerán a los pensadores en peligro o el exilio, defenderán siempre la dignidad del pensamiento y del aprendizaje y exigirán valores morales a las cosas. Ellos dan a los jóvenes esa íntima camaradería que los jóvenes anhelan, y esa oportunidad de discusión infinita sobre temas que son infinitos, sin los cuales la juventud parecería una pérdida de tiempo. Existen pocas cosas más perdurables que una Universidad”. Hermoso texto. Aunque creo que entre lo que dice y la realidad, media hoy una gran distancia. Me preocupa comparar lo que debería ser y lo que cada día es la Universidad. Pienso que debería ser un faro que orientase en la noche de esta cultura neoliberal que nos invade, en la niebla de esta sociedad llena de tantas informaciones adulteradas por intereses comerciales, políticos y religiosos. Debería ser, pienso, el faro que permitiese orientarse en noches de tormenta, en días de escasa visibilidad, como los de hoy. Me temo que ese hipotético faro tenga hoy escasa luz. Y que ni siquiera esté bien orientado hacia la sociedad. En parte porque se han instalado en la Universidad algunas rutinas que afectan al entramado de una perversa micropolítica (selección endogámica, políticas pervertidas de evaluación, acomodación al funcionariado, intrigas mezquinas, escaso o nulo control democrático, cicatera financiación, masificación del alumnado, ensimismamiento…), en parte porque los profesionales que trabajamos en ella estamos poco preocupados por superar el individualismo, la mediocridad, la rutina, la comodidad y la obsesión por la meritocrática… El llamado Plan Bolonia, que pretendía ser una ocasión de transformación metodológica, de homogeneización con otras Universidades europeas y de racionalización del currículo, se está convirtiendo en un trampa ya que se pretende hacer los cambios con coste cero. Es decir que se está queriendo fabricar toneladas de nieve frita. ¿Cómo mejorar la calidad didáctica si no se reduce el número de alumnos por aula? ¿Cómo mejorar la calidad de la enseñanza si no se cuenta con el número necesario de profesores y profesoras? ¿Cómo mejorar el trabajo sin presupuestos que permitan disponer de los medios y espacios necesarios? ¿Cómo hacer mejor la tarea docente sin mejorar en algo al menos la capacitación pedagógica del profesorado? La obsesión meritocrática aleja de las preocupaciones por mejorar la docencia ya que no se evalúa ni se tiene en cuenta la valoración que de ella hacen los alumnos y alumnas. Sin embargo, los mecanismos para evaluar la investigación son cada día más rigurosos y exigentes. De ahí que, con ese modo de proceder, se esté castigando la docencia. Desde mi punto de vista la falta de preparación didáctica del profesorado es nuestra lacra más importante. He definido, no sin sarcasmo, la enseñanza universitaria como un proceso mediante el cual lo que está escrito en los papeles de los profesores pasa a los papeles de los alumnos sin pasar por la cabeza de ninguno de los dos. Sé que hay profesores y profesoras extraordinarios. Auténticos maestros. Mi respeto y mi admiración para ellos. Sobre estos magníficos profesionales escribió Ken Bain un hermoso libro titulado “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”. Pero sé también que la mayoría tenemos muchas cosas que mejorar. Otro pilar de la buena enseñanza y del buen aprendizaje es la calidad del trabajo del alumnado. No habrá buena enseñanza si no hay buenos aprendices. Si lo que les importa es aprobar al menor costo, si la obsesión es conseguir la mejor calificación con el menor esfuerzo, será muy difícil que exista calidad en la enseñanza universitaria. Hace unos años comencé la clase pidiendo a mis alumnos y alumnas que expresaraan en unas cuartillas cómo les defraudaría yo como profesor. Les dije que estudiaría sus demandas y que las discutiría con ellos. Podría muy bien suceder, les dije, que no quisiese satisfacer algunas de sus expectativas. Por ejemplo, si me pidiesen que no hubiese exigencia, que diese igual saber que no saber con tal de aprobar, que diese igual esforzarse que no, que se lo diese todo hecho… Y yo les escribí a ellos cómo me defraudarían como alumnos y alumnas. Les decía que me defraudarían si les viese más obsesionados por la calificación que por el aprendizaje, si les viese competir en lugar de ayudarse, si les viese desinteresados por saber, si no aportasen lo que ellos sabían, si no fuesen trabajadores y exigentes, si no se atrevieran a hacer preguntas, si se entregasen a la ley del mínimo esfuerzo, si hicieran trampas para aprobar.. Uno de ellos levantó la mano para decir que cuando había plazas de profesores en el Facultad se miraba el expediente y no la ilusión, la bondad o el esfuerzo. Estuve de acuerdo y les propuse hacer una comisión mixta en la que estuvieran ellos y yo para responder a esta pregunta: ¿Cómo nos defrauda el sistema a los dos? Así lo hicimos y así lo escribimos. Es muy importante que profesores y alumnos trabajemos como aliados y no como enemigos. En el fondo (y en la superficie) a los dos nos preocupa un fin común que es el aprendizaje. Y la mejora de la sociedad a través de la formación de ciudadanos inteligentes, críticos y comprometidos con los valores de una sociedad democrática.
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April 16 2010, 11:00pm | Comments »
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Un faro con escasa luz
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El poeta y escritor inglés John Edward Masefield, fallecido en 1967, escribió hace ya muchos años, creo que fue en 1942, un texto sobre la Universidad que me gusta recordar y que quiero compartir contigo, querido lector, que has tenido la amabilidad de dedicarme estos minutos. Dice así: “Existen pocas cosas terrenales más bellas que una Universidad. Es un lugar donde aquellos que odian la ignorancia pueden esforzarse por saber, donde aquellos que perciben la verdad pueden esforzarse en que otros la vean, donde los buscadores y estudiosos, asociados en la búsqueda del conocimiento, honrarán el pensamiento en todas sus más delicadas formas, acogerán a los pensadores en peligro o el exilio, defenderán siempre la dignidad del pensamiento y del aprendizaje y exigirán valores morales a las cosas. Ellos dan a los jóvenes esa íntima camaradería que los jóvenes anhelan, y esa oportunidad de discusión infinita sobre temas que son infinitos, sin los cuales la juventud parecería una pérdida de tiempo. Existen pocas cosas más perdurables que una Universidad”. Hermoso texto. Aunque creo que entre lo que dice y la realidad, media hoy una gran distancia. Me preocupa comparar lo que debería ser y lo que cada día es la Universidad. Pienso que debería ser un faro que orientase en la noche de esta cultura neoliberal que nos invade, en la niebla de esta sociedad llena de tantas informaciones adulteradas por intereses comerciales, políticos y religiosos. Debería ser, pienso, el faro que permitiese orientarse en noches de tormenta, en días de escasa visibilidad, como los de hoy. Me temo que ese hipotético faro tenga hoy escasa luz. Y que ni siquiera esté bien orientado hacia la sociedad. En parte porque se han instalado en la Universidad algunas rutinas que afectan al entramado de una perversa micropolítica (selección endogámica, políticas pervertidas de evaluación, acomodación al funcionariado, intrigas mezquinas, escaso o nulo control democrático, cicatera financiación, masificación del alumnado, ensimismamiento…), en parte porque los profesionales que trabajamos en ella estamos poco preocupados por superar el individualismo, la mediocridad, la rutina, la comodidad y la obsesión por la meritocrática… El llamado Plan Bolonia, que pretendía ser una ocasión de transformación metodológica, de homogeneización con otras Universidades europeas y de racionalización del currículo, se está convirtiendo en un trampa ya que se pretende hacer los cambios con coste cero. Es decir que se está queriendo fabricar toneladas de nieve frita. ¿Cómo mejorar la calidad didáctica si no se reduce el número de alumnos por aula? ¿Cómo mejorar la calidad de la enseñanza si no se cuenta con el número necesario de profesores y profesoras? ¿Cómo mejorar el trabajo sin presupuestos que permitan disponer de los medios y espacios necesarios? ¿Cómo hacer mejor la tarea docente sin mejorar en algo al menos la capacitación pedagógica del profesorado? La obsesión meritocrática aleja de las preocupaciones por mejorar la docencia ya que no se evalúa ni se tiene en cuenta la valoración que de ella hacen los alumnos y alumnas. Sin embargo, los mecanismos para evaluar la investigación son cada día más rigurosos y exigentes. De ahí que, con ese modo de proceder, se esté castigando la docencia. Desde mi punto de vista la falta de preparación didáctica del profesorado es nuestra lacra más importante. He definido, no sin sarcasmo, la enseñanza universitaria como un proceso mediante el cual lo que está escrito en los papeles de los profesores pasa a los papeles de los alumnos sin pasar por la cabeza de ninguno de los dos. Sé que hay profesores y profesoras extraordinarios. Auténticos maestros. Mi respeto y mi admiración para ellos. Sobre estos magníficos profesionales escribió Ken Bain un hermoso libro titulado “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”. Pero sé también que la mayoría tenemos muchas cosas que mejorar. Otro pilar de la buena enseñanza y del buen aprendizaje es la calidad del trabajo del alumnado. No habrá buena enseñanza si no hay buenos aprendices. Si lo que les importa es aprobar al menor costo, si la obsesión es conseguir la mejor calificación con el menor esfuerzo, será muy difícil que exista calidad en la enseñanza universitaria. Hace unos años comencé la clase pidiendo a mis alumnos y alumnas que expresaraan en unas cuartillas cómo les defraudaría yo como profesor. Les dije que estudiaría sus demandas y que las discutiría con ellos. Podría muy bien suceder, les dije, que no quisiese satisfacer algunas de sus expectativas. Por ejemplo, si me pidiesen que no hubiese exigencia, que diese igual saber que no saber con tal de aprobar, que diese igual esforzarse que no, que se lo diese todo hecho… Y yo les escribí a ellos cómo me defraudarían como alumnos y alumnas. Les decía que me defraudarían si les viese más obsesionados por la calificación que por el aprendizaje, si les viese competir en lugar de ayudarse, si les viese desinteresados por saber, si no aportasen lo que ellos sabían, si no fuesen trabajadores y exigentes, si no se atrevieran a hacer preguntas, si se entregasen a la ley del mínimo esfuerzo, si hicieran trampas para aprobar.. Uno de ellos levantó la mano para decir que cuando había plazas de profesores en el Facultad se miraba el expediente y no la ilusión, la bondad o el esfuerzo. Estuve de acuerdo y les propuse hacer una comisión mixta en la que estuvieran ellos y yo para responder a esta pregunta: ¿Cómo nos defrauda el sistema a los dos? Así lo hicimos y así lo escribimos. Es muy importante que profesores y alumnos trabajemos como aliados y no como enemigos. En el fondo (y en la superficie) a los dos nos preocupa un fin común que es el aprendizaje. Y la mejora de la sociedad a través de la formación de ciudadanos inteligentes, críticos y comprometidos con los valores de una sociedad democrática.
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April 16 2010, 2:37pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Mamá, quiero ser viejo
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/03/20/mama-quiero-ser-viejo/
Al terminar hace unos días la conferencia de apertura del V Encuentro Nacional de Orientación en Sevilla se me acercó una de las asistentes y, con ojos llenos de tristeza, me habló de la experiencia de un hijo suyo de diez años que le había dicho: - Mamá, quiero ser viejo. - ¿Por qué, hijo?, le preguntó ella, sorprendida y preocupada. - Porque no quiero ir a la escuela. La mamá, orientadora de profesión y, por consiguiente, persona muy vinculada a la escuela, vivió aquella confidencia con una profunda desolación. Que un niño de diez años quiera ser un viejo es algo anormal. Y que la causa sea el rechazo de la escuela es algo preocupante. Si los profesionales de la educación atribuimos la cusa de esa desafección a que el niño tiene escasa motivación, nulo interés, poca capacidad, insuficiente valía, mala relación con los demás, excesiva pereza, conducta indeseable o sobreprotección familiar, será imposible mejorar lo que hacemos. Si nos excusamos en el hecho de que otros sí que quieren ir a la escuela y, por consiguiente, esa es una demostración de nuestro buen hacer, conseguiremos instalarnos en la rutina y dejaremos que algunos o muchos niños y niñas sigan fracasando. Porque los niños y las niñas no sólo tienen derecho a la escolarización. A lo que de verdad tienen derecho es a tener éxito en la escolarización. Y ya sé que una parte depende de los niños y de las niñas. De su esfuerzo, de su aplicación, de su constancia. Nosotros debemos preguntarnos por qué ese niño quiere ser viejo para no ir a la escuela. Y si nos lo preguntamos quizá descubramos que el niño se aburre, no se siente querido, se ve comparado y descalificado, estudia cosas que no le interesan, se siente acosado… Y ese descubrimiento nos tiene que hacer reaccionar para mejorar aquello que le hace ver la escuela como un lugar indeseado. Las personas están diseñadas para aprender. El ser humano tiene una curiosidad innata. Tenemos que preguntarnos por qué no quieren aprender o, como en este caso, por qué no quieren ir al lugar donde se aprende. Decía Winston Churchill: “Me encanta aprender, pero me horroriza que me enseñen”. No me sorprendió la angustia de la madre. Tiene que ser horrible percibir esa reacción en un hijo que no quiere ir a una institución en la que tú crees, a la que tú amas y por la que tú trabajas. Que nadie entienda esta reflexión como una descalificación a quienes trabajan en las escuelas sino como una invitación a la reflexión, al compromiso, a la cooperación. En el año 2003 publicó la Editorial Gedisa un hermoso libro titulado “Por qué tengo que ir a la escuela”. El libro lleva como subtítulo “Cartas a Tobías”. Explicaré por qué. Una familia está despidiendo en la estación a un familiar, reconocido pedagogo alemán llamado Harmunt Von Hentig. El niño, que se llama Tobías, se muestra revoltoso y agitado, se tira al suelo para ver los frenos del tren, no para quieto un momento. La madre, un tanto irritada, le dice: - Ya está bien. Ganas tengo de que empiece la escuela. El niño se pone de pie y formula esta pregunta a los padres: - ¿Por qué tengo que ir a la escuela? El tren está arrancando, de modo que el tío, que ha escuchado la pregunta, le dice al sobrino, mientras agita la mano en son de despedida: - Yo te voy a contestar a esa pregunta. El tren se va, la madre sigue reconviniendo al niño mientras regresan a casa. Y el tío le envía a su nieto Tobías 26 cartas en las que le explica cuáles son los motivos por los que tiene que ir a la escuela. Se trata de relatos breves y sugerentes que empiezan explicando por qué en la experiencia de su tío fue importante acudir a la escuela. Todas van dirigidas a Tobías. Y todas las firma su tío Harmunt. “Mis cartas os pueden ser útiles –le dice en la primera de ellas-, sobre todo si las leéis todos juntos. Se lo propondré a tus padres. Pero son tus cartas; cuando hayas leído la segunda o la tercera carta, decide tú cómo quieres hacerlo”. Este libro, que puede ser leído por padres, profesores y alumnos, es una invitación a reflexionar sobre el sentido de la escuela y sobre la forma en que la escuela puede convertirse en una institución creativa que verdaderamente ayude a responder a la curiosidad innata de los seres humanos por aprender. La escuela no está ahí como caída del cielo. Hacemos la escuela entre todos. Se lo dice Von Hentig a su sobrino. Puede ser que la escuela a la que vas –viene a decir- tenga cosas que no te gusten, pero tú puedes contribuir a cambiarlas, a mejorarlas. Hacemos la esuela cada día con nuestro trabajo, nuestras actitudes y nuestras relaciones con los demás. No es producto que3 venga manufacturado y que no podamos tocar sino que es, en buena medida, lo que nosotros queramos que sea. La exclamación del niño nos pone a todos y a todas contra las cuerdas. ¿Por qué este niño, que está empezando a vivir, quiere hacerse de repente un viejo? ¿Cómo puede dejarnos indiferentes su rechazo, sin preguntarnos qué pasa con su terrible experiencia, con su dolor cotidiano? Porque, aunque él no quiera, tiene que ir a la escuela cada día, de modo que una tarea apasionante como aprender se puede convertir en una condena a trabajos forzados. ¿Cómo no estimularnos para hacer de la escuela un lugar soñado de aprendizajes relevantes y de encuentros enriquecedores? ¿Cómo no comprometernos en hacer una escuela donde todos y cada uno de los alumnos y de las alumnas puedan encontrarse con quienes van a guiarlos amorosa y exigentemente hacia cotas elevadas de saber y de felicidad? Ya sé que estudiar es a veces arduo y difícil, pero no es igual para hacerlo tener una disposición emocional positiva hacia al aprendizaje que desear tener canas para quedarse en casa viendo la televisión.
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March 19 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Esqueismo
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/02/27/esqueismo/
Hay gente que nunca va a tener la culpa de nada. Aunque la esté utilizando aquí, la palabra esqueismo no existe. Me refiero con ella a ese vicio tan extendido de utilizar excusas para justificar comportamientos indebidos u omisiones flagrantes. Llamo esqueismo, pues, al hábito de utilizar la expresión “es que…”. Hay personas especializadas en el uso de esta locución exculpatoria. Personas que hacen un uso tan frecuente de ella, que ya lo han mecanizado, lo han convertido en un automatismo. Seguro que el lector conoce a más de una. Porque abundan. En lugar de reconocer un error, una equivocación, un olvido, un despiste o un fallo, dirán con una contundencia y un desparpajo admirables: “Es que…”. Tienen una rara habilidad para cargar en las espaldas de los demás el peso de sus fallos. Si te pisan dirán que no tenías que tener el pie debajo en ese momento. Si las pisas dirán que tenías que haber mirado previamente. Ellas son perfectas. Nunca tienen la culpa de nada. “Todos son culpables, salvo yo”, decía Celine. El diccionario de la RAE define el concepto de excusa como “el motivo o pretexto que se invoca para eludir una obligación o disculpar una omisión”. La excusa se sustenta en un motivo insuficiente, arbitrario, poco real. Una cosa es una justificación rigurosa y otra una excusa. Cuando explicamos por qué hemos hecho algo o por qué lo hemos dejado de hacer, tratamos de ofrecer un argumento creíble. Puede ser que resulte creíble para el que lo da, pero no para el que lo recibe. O al revés. Algunas veces, quien ofrece la explicación sabe que miente, pero el que la recibe se lo cree a pie juntillas. ¿Cuándo una explicación se convierte en una excusa? Cuando es mentirosa o no tiene consistencia. En el campo de la enseñanza, que me resulta tan cercano, se practica con frecuencia el “esqueismo”: es que los alumnos son vagos, torpes y están mal preparados, la Administración es injusta, las familias son desaprensivas, la sociedad es desastrosa, los sueldos son bajos y la televisión resulta estúpida. Los alumnos también lo practican con soltura: es que los profesores son exigentes, me tienen manía, no saben explicar, los libros son difíciles y el Colegio o el Instituto son aburridos. Las familias pueden apuntarse, como no podía ser menos, a esta reacción que impide pensar, reconocer y actuar positivamente: es que los profesores sólo piensan en las vacaciones, sólo se preocupan de los que van bien, los chicos sólo piensan en divertirse, la vida se ha puesto así… En la política son frecuentes las excusas: es que el partido que gobernaba dejó las arcas vacías, dice el partido que gobierna. Es que el gobierno no quiere pactar, dice la oposición que no desea llegar a un acuerdo. Una excusa siempre es interesada. Detrás de ella escondemos las verdaderas razones: la torpeza, la incompetencia, la cobardía, el olvido, la dejadez o la maldad. La excusa más incoherente y pintoresca que he escuchado en mi vida me la dio un alumno mío de diez años en un colegio de Oviedo cuando le pregunté por qué llegaba tarde a la clase. Me dijo: - Es que me ha salido un toro en la calle y he tenido torearlo. No sé si la había elaborado previamente o se le ocurrió en el momento. Lo cierto es que, con toda la tranquilidad del mundo me explicó la causa del retraso a través de una emergencia insólita. No pensó que acaso hubiera sido más lógico correr delante del toro y llegar antes de la hora. Sobre todo, al no disponer del necesario capote y de la imprescindible valentía. Algunas veces, la excusa es previa a la acción o a la omisión. Y se convierte en la causa de la inacción. Es que no se lo merecen, dice el profesor que no quiere llevar a los alumnos de excursión. Es que voy a suspender de todos modos, dice el alumno que no quiere estudiar. Es que no sabe apreciar los buenos regalos, dice el novio que no quiere gastarse mucho dinero en el obsequio que debe hacer a su pareja.
El engaño tiene que ver con los demás pero también con nosotros mismos. Nosotros podemos convertir en un motivo lo que no es más que una excusa descarada. Cualquier espectador imparcial podría corroborarlo.
¿Cómo nos las arreglamos para proteger la irresponsabilidad detrás de explicaciones futiles? Haciéndolas lo más creíbles que se puede. Mientras más irresponsabilidad existe, se manejarán más excusas. Los niños y las niñas utilizan excusas con frecuencia. Mientras menos autenticidad tenga una persona, más fácil será el uso y el abuso de excusas. Todos conocemos gente especialista en formularlas. Es fácil que, después de un tiempo, hasta las explicaciones verdaderas de esas personas sean tomadas por falsas. Desde el punto de vista social, la irresponsabilidad demuestra una pésima integración del individuo en una colectividad civilizada. Por eso el individuo maduro, el individuo responsable, es capaz de asumir sus fallos y sus limitaciones. Y es capaz de hacer frente a la consecuencias de sus actos. Pascal Bruckner, autor en 1995 de “La tentación de la inocencia”, auténtico vademecum de la moderna cultura de la irresponsabilidad, dice: “Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes”. Al rechazar su responsabilidad, las personas se convierten en autistas morales. Unas veces mediante la maldad, otras mediante el autoengaño. Y es que, como decía La Rochefoucauld: “Es tan fácil engañarse a uno mismo sin darse cuenta como engañar a los demás sin que se den cuenta”. No nos engañemos. No nos dejemos engañar.
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February 26 2010, 10:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
No puedo crecer por ti
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/01/09/no-puedo-crecer-por-ti/
Cada persona tiene que madurar y crecer a través de su propio esfuerzo. Nadie puede suplir a otro en la tarea de su maduración. Los demás pueden ayudar, aconsejar, aplaudir, pero no pueden reemplazar a nadie en lo que cada persona tiene que hacer. Hay que regar el árbol, abonarlo y podarlo, pero es el árbol quien tiene que crecer. Y, por cierto, hace muy poco ruido cuando crece. No se puede tirar de las ramas hacia arriba para que lo haga. Los agentes externos facilitan, propician ayudan, pero no crecen por él. Suelo aplicar a la educación una metáfora que Neruda dedica al amor. Amar (educar) es hacer con las personas lo que la primavera hace con los cerezos. La primera crea las condiciones pero es el árbol el que crece. el que florece, el que da frutos. Es necesaria la primavera, pero ella sola no hace que el árbol se desarrolle. En plena primavera hay árboles que se atrofian, que acaban muriendo. Reivindico aquí la autonomía del ser humano para llegar a ser lo que realmente quiere ser, dentro de sus posibilidades genéticas, dentro de sus potencialidades, en el marco del contexto que elige. Reivindico su derecho a desarrollar al máximo y de forma autónoma sus potencialidades. Lo que los hijos y alumnos nos dicen a los adultos es lo siguiente: “Ayúdame a hacerlo sólo”. De lo que se trata no es de que los alumnos y los hijos piensen como nosotros sino de que piensen por sí mismos. Lo que se pretende no es que decidan lo que nosotros queremos sino que aprendan a decidir por sí mismos. La indoctrinación se diferencia de la educación en que no deja un margen a la libertad del individuo. Impone los valores a la fuerza. Y un valor que se impone a la fuerza deja de ser un valor. La educación propone, sugiere, explica, pero respeta la libertad del educando. De ahí la importancia de la libertad y de la responsabilidad que de ella se deriva. No es cierto que hasta que no tengan responsabilidad no se les puede conceder libertad sino que mientras no ejerciten la libertad no pueden adquirir responsabilidad. (Tengo que matizar lo que he dicho. Porque he hablado de conceder libertad. Sería más preciso hablar de devolver la libertad. Porque la libertad es suya, no es que nosotros se la concedamos). Cuando se habla y se piensa y se escribe sobre educación se suele poner el foco en los educadores y menos veces en los educandos. Ellos tienen una parte inexcusable de responsabilidad. Hace tiempo y no sé dónde leí (o escuché) una anécdota que viene como anillo al dedo para explicar lo que quiero decir. Un profesor recibe una demanda exigente de un alumno para que le explique con más detalle, con más pormenores, de manera desmenuzada y clara el tema que tiene que estudiar. Y, además, le exige que le indique dónde puede encontrar más información. El profesor le dice que le explicará lo que le pide, pero que será en otro momento. Invita a comer a su alumno y, en los postres, le dice que le permita hacerle un pequeño favor en muestra del aprecio que le tiene. El favor consiste en pelar el melocotón que el alumno va a tomar de postre. - No, por favor, dice el alumno, yo puedo hacerlo sin dificultad alguna. - Por favor, insiste el profesor, yo lo haré encantado. Quiero mostrarte mi aprecio. El profesor monda el melocotón cuidadosamente. Una vez realizada la tarea le dice al sorprendido alumno: - Permíteme ahora partírtelo en pequeños trozos para que puedas comerlo con facilidad. - No, por favor, profesor, yo puedo hacerlo solo. Estoy acostumbrado. El profesor parte el melocotón en pedazos ante la asombrada mirada de su alumno. Y, al terminar, le dice, metiendo un trozo en la boca: - Permíteme que te lo mastique para que puedas comerlo de manera más fácil. El alumno comprende lo que le ha querido decir el profesor con la metáfora del melocotón. Avergonzado, se disculpa con rapidez: - Gracias, profesor Tiene usted razón. Me he equivocado al pedir que recorriese por mí el camino que yo tenía que atravesar en el proceso de mi aprendizaje. - Sí, amigo, yo no puedo crecer por ti, concluye el profesor. En el discurso pedagógico se olvida frecuentemente el papel del alumno, como si todo dependiese del quehacer del profesor, de la institución escolar y de la familia. Es cierto que algunos docentes han quemado las mejores ilusiones de sus alumnos por aprender, pero no es menos cierto que algunos alumnos han destruido las mejores intenciones que tenían sus profesores de enseñar. Tendremos mejores alumnos en la medida que haya buenos profesores, pero será más fácil que haya buenos profesores si tenemos buenos alumnos. Los alumnos tienen su papel, un papel determinante. Porque sólo aprende el que quiere. Cuando un alumno no se esfuerza, cuando no pone nada de su parte, se hace inútil la tarea del profesor. Hay que insistir en esa parte de la responsabilidad en el éxito escolar. Frecuentemente se atribuye el fracaso a la administración educativa, al profesorado, a la familia, a los medios de comunicación, a la sociedad en general, pero no se piensa en la parte que le corresponde al estudiante. Hay que decirlo así de claro. El estudiante tiene que ser consciente del privilegio que supone poder estudiar de forma gratuita. Hay muchos niños y jóvenes en el mundo que no pueden disfrutar de él. Tiene que saber lo que cuesta su puesto en una escuela. Tiene que prestar atención a cada explicación o consigna, tiene que tratar bien las instalaciones y los materiales, tiene que esforzarse (porque el estudio requiere esfuerzo) de forma continuada y tiene que respetar a quienes tratan de ayudarle a aprender. En sus manos está una gran parte de la clave del éxito o del fracaso..Tenemos que decírselo así de claro los profesores y profesoras. Y no menos claramente los padres y las madres.
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January 8 2010, 10:00pm | Comments »
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