Habituados a contemplar la infancia en un contexto, nos olvidamos fácilmente de otros en los que la realidad es muy diferente. Como vemos escolarizada a la práctica totalidad de los niños y de las niñas de nuestro entorno, no reparamos en que existen millones de niños y de niñas sometidos a la tortura de la explotación laboral. Hoy debemos considerar trabajo infantil (más allá de la relación laboral de empleo) toda aquella actividad económica, remunerada o no, realizada por niños y niñas, por debajo de la edad mínima de admisión al empleo o trabajo. La Convención sobre los Derechos del Niño, en su artículo 32, define con claridad el derecho del niño a ser protegido del trabajo infantil: “Los Estados Partes reconocen el derecho del niño a estar protegido contra la explotación económica y contra el desempeño de cualquier trabajo que pueda ser peligroso o entorpecer su educación, o que sea nocivo para su salud o para su desarrollo físico, mental, espiritual, moral o social”. No estoy muy de acuerdo con esta redacción, aunque sí con el principio que la inspira. Y no estoy de acuerdo porque no hay nada que especificar. Los niños y las niñas deben ser protegidos contra el desarrollo de cualquier trabajo que no sea el de su educación. Porque se puede dar a entender que si el trabajo no es peligroso o nocivo para la salud o para su desarrollo entonces no hay problema. Y lo hay. Choca ver con qué facilidad se incumplen las leyes que no interesan. Si se atenta contra la propiedad privada de cualquier político o de cualquier juez, las consecuencias de esa acción serán inevitables, Pero si, contraviniendo la ley, se pone en peligro la vida de millones de niños y de niñas, no pasa nada. Respecto al trabajo infantil existen algunos mitos y errores que conviene denunciar. Uno de ellos consiste en pensar que “el trabajo dignifica”. El trabajo es un valor para los adultos pero, para los niños y las niñas, es una forma de tortura. Otro mito es afirmar que “los niños y las niñas son explotados por sus padres y madres” cuando lo que en realidad sucede es que toda la familia es víctima de la pobreza. Un tercer mito es decir que “es mejor que los niños trabajen a que estén sin hacer nada”. Los niños y las niñas tienen derecho a su educación y ésta es esencial para su desarrollo. El cuarto mito al que quiero referirme es el que sostiene que “si un niño trabaja va a estar mejor preparado para conseguir empleos cuando sea adulto”. No es así. Por el contrario, todo lo que atenta contra una buena educación, limita las posibilidades de empleo en el fututo. “Los niños tienen mejores condiciones que los adultos para realizar ciertos trabajos”, dice el quinto mito. No es cierto que puedan realizar mejor los trabajos, aunque sí es cierto que son tratados y pagados de forma diferente. El sexto mito se enuncia así: “Es mejor que un niño trabaje a que esté robando”. No es cierta la afirmación de que hay delincuencia porque los niños no trabajan. El último se refiere a las niñas y dice “que las niñas que realizan trabajos domésticos en el hogar no trabajan”. Entonces, ¿qué hacen? La pobreza es la principal causa del trabajo infantil en el mundo. Pero lo es también la avaricia y la insensibilidad de muchas personas que pretenden enriquecerse de forma abusiva. Hay en el mundo un elevadísimo número de niños a quienes se está robando la infancia. Familias que viven en la miseria, sacan del trabajo de sus hijos e hijas un pequeño emolumento que les permite sobrevivir. El patrón es, a veces, el propio padre. Otras veces se trata de empresas que utilizan una mano de obra dócil y barata. El problema no reside sólo en la explotación y en las malas condiciones de trabajo, que ya es mucho. El problema es que esa situación les arrebata el tiempo de juego y la ocasión de aprender. El lugar de los niños es el hogar, es la escuela. El lugar de los niños no es la fábrica, la calle o el campo. Además, cuando el trabajo no supone la plena desescolarización suele producir malos resultados en el aprendizaje, repetición de cursos y abandono temprano. Hay muchas modalidades de trabajo infantil, Citaré las más frecuentes: - Cuidado de la casa y de sus hermanos cuando los mayores no están. - Trabajo doméstico en su propia casa o en casa de terceros. - Industria textil y de calzado, del vidrio, de materiales eléctricos, construcción, fabricación de juguetes, minería, cuero… - Petición de propinas, apertura de puertas de taxis, limpieza de parabrisas, cuidado y lavado de coches… - Venta ambulante. - Utilización de armas en situaciones de guerra. - Recuperación de materiales reciclables. - Explotación sexual, tráfico y venta de droga y actividades ilícitas. - Preparación de la tierra, siembra y cosechas en el campo. - Cuidado de animales y cultivos, fumigaciones, acarreo de agua. Es necesario erradicar el trabajo infantil en el mundo. Todos los niños y las niñas deberían importarnos. Millones de víctimas se ven obligadas a realizar trabajos inhumanos y a renunciar a su derecho a la educación. ¿Qué pasa con la leyes que proclaman los derechos de los niños y de las niñas? Son papel mojado en muchos lugares del mundo en los que los infantes son condenados a la explotación más denigrante. La impune violación de los derechos de los niños y de las niñas no puede dejar indiferente a nadie. Y, por ello, nadie debe quedarse con los brazos cruzados. El hecho de que esos niños y esas niñas no estén cerca no quiere decir que no existan. ¿Cómo mostrarnos impasibles ante esta tragedia que sigue en vigor mientras nuestros niños y niñas acuden cada día a las escuelas? ¿Cómo no denunciar a quienes explotan de manera tan brutal a estas criaturas? ¿Cómo no gritar y exigir a los políticos que tomen cartas en el asunto? ¿Cómo no comprometernos a mandar a la ruina a todos aquellos negocios que se construyen con el sudor de los niños y de las niñas?
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La infancia robada
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/12/11/la-infancia-robada/
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December 10 2010, 10:00pm | Comments »
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El sentido del deber
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/22/el-sentido-del-deber/
Se ha insistido tanto últimamente en la exigencia de los derechos propios que algunos se han olvidado de hacer el mismo hincapié en el cumplimiento de los deberes. Es bueno y necesario conocer los derechos y exigir su ejercicio por todos los medios. Es una parte del desarrollo ciudadano. Pero no es menos cierto que debemos ser conscientes de las obligaciones. Y asumir que esas obligaciones nos interpelan desde nuestra condición de personas. Hay quien aplica la ley del embudo a esta correlación de derechos y deberes. “Yo tengo derechos respecto a los demás, y los demás tienen deberes respecto a mí”, sería el lema de estos personajes. “El deber es lo que esperas de los demás”, decía Albert Camus. Debemos tener en cuenta este equilibrio en la formación de nuestros hijos y en la de nuestros alumnos. Es necesario trabajar en el desarrollo de los deberes, y en el cumplimiento de las obligaciones. No porque podamos incurrir en sanciones cuando no las cumplimos o recibir recompensas cuando lo hacemos sino por la conciencia del deber. “El sendero del deber, decía Niceto Alcalá Zamora, se encuentra enfrente del sendero del egoísmo”. Me preocupa en ese sentido la formación de los profesionales. Voy a referirme al colectivo sanitario, pero podría decir lo mismo de otros colectivos, por ejemplo, el de docentes. Una cirujana plástica, excelente profesional por lo que pude saber, me habla en un curso impartido a tutores y tutoras, de su inquietud al respecto y me brinda una anécdota que le ha parecido muy significativa y que más adelante contaré. Es importante la formación técnica de los médicos que se incorporan al sistema sanitario, pero me preocupa más, si cabe, su compromiso con la profesión. Suelo hacer hincapié en la importancia de esa forma de ser, de estar y de relacionarse con los demás y con la tarea que se circunscribe a la esfera de los valores. Es importante lo que se sabe, pero es muy importante lo que se es. De ahí que en las estrategias de formación y evaluación de los profesionales de la salud no debamos estar sólo preocupados por los conocimientos y las destrezas de la especialidad sino por la forma de vivir la profesión, de ser y de estar en ella. Esa excelente cirujana de la especialidad a la que antes aludía, ha tenido la amabilidad de compartir conmigo esta curiosa anécdota, acaecida recientemente. Una noche de guardia en el Hospital, sobre las once de la noche, llamaron al busca del residente para comentarle que un paciente de la planta se encontraba peor y requería que fuese evaluado por el médico de guardia para ver si precisaba algún tratamiento complementario o cambios en el que ya tenía. El residente respondió a la llamada y, una vez colgado el teléfono, llamó inmediatamente al adjunto de guardia, que se encontraba en el Hospital, aunque en otra planta y le dijo lo siguiente: - Perdóname, X, me han llamado de la planta para avisarme de que el paciente de la 13-2 está peor y deberíamos pasar a verlo. Ve tú que estás más cerca, si no te importa, porque yo estoy terminando de ver una película… No digo con esta anécdota que todos los MIR tengan la misma o parecida actitud ante la tarea y la comunicación con los colegas. No trato de reflejar la identidad de una generación sino de llamar la atención sobre una parcela del compromiso profesional. La actitud de este médico sería rechazable, aún viniendo de una persona con rango superior. Es más grave que la demanda esté formulada por una persona en período de formación. No es, a mi juicio, de recibo enviar a otro a realizar una tarea urgente porque resulta más cómodo seguir viendo una película. Es preocupante que una persona que está empezando le pida a un “superior” que le supla en una demanda urgente para poder ver el desenlace de una película, por muy emocionante que ésta sea. El sentido de la responsabilidad exige el saber priorizar. Y, en este caso, está muy claro que lo que demanda el deber es acudir a la planta y atender al paciente. Lo que exige la solidaridad es no molestar a otro que está realizando su trabajo y que no puede dejarlo súbitamente por un antojo ajeno. Lo que demanda el sentido común es no invertir la jerarquía institucional por capricho y comodidad. Se imagina uno fácilmente cómo actuará una persona con esta actitud cuando tenga unos cuantos años más y ocupe un cargo de responsabilidad en la institución. No quisiera ser un súbdito suyo. Ni un compañero. Ni un paciente. Hay que preocuparse en la formación por la esfera de los valores. No se debe olvidar que fueron médicos muy buen preparados, ingenieros muy bien formados y enfermeras muy capacitadas en su oficio los profesionales que diseñaron las cámaras de gas en la Segunda Guerra Mundial. ¿Sabían mucho? Sí, sin duda. Se han hecho estudios sobre lo bien que ventilaban los hornos crematorios. Pero carecían de una parte esencial de la formación: la dimensión ética. No tenían conciencia de su deber. En la formación, en el trabajo y en la evaluación de los profesionales hay que tener en cuenta como criterio esencial el saber ser un auténtico profesional. Y eso requiere tener buenas actitudes, relaciones respetuosas y desarrollo de los valores. Me gusta brindar a los profesionales un lema que a mí me ha servido en el desarrollo de mi actividad: “Que mi institución sea mejor porque yo estoy trabajando en ella”. Es preciso ejercitarse en el cumplimiento del deber. De manera placentera a veces y otras esforzada. Thomas W. Wilson decía: “El carácter se forja en el gran laboratorio diario del deber”. Pero todavía hay una exigencia más compleja e importante, que nos recuerda Alejandro Vinet: “Nada vale que se nos enseñe cuál es nuestro deber si no se nos hace amarlo”.
May 21 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
El sentido del deber
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/20/el-sentido-del-deber/
Se ha insistido tanto últimamente en la exigencia de los derechos propios que algunos se han olvidado de hacer el mismo hincapié en el cumplimiento de los deberes. Es bueno y necesario conocer los derechos y exigir su ejercicio por todos los medios. Es una parte del desarrollo ciudadano. Pero no es menos cierto que debemos ser conscientes de las obligaciones. Y asumir que esas obligaciones nos interpelan desde nuestra condición de personas. Hay quien aplica la ley del embudo a esta correlación de derechos y deberes. “Yo tengo derechos respecto a los demás, y los demás tienen deberes respecto a mí”, sería el lema de estos personajes. “El deber es lo que esperas de los demás”, decía Albert Camus. Debemos tener en cuenta este equilibrio en la formación de nuestros hijos y en la de nuestros alumnos. Es necesario trabajar en el desarrollo de los deberes, y en el cumplimiento de las obligaciones. No porque podamos incurrir en sanciones cuando no las cumplimos o recibir recompensas cuando lo hacemos sino por la conciencia del deber. “El sendero del deber, decía Niceto Alcalá Zamora, se encuentra enfrente del sendero del egoísmo”. Me preocupa en ese sentido la formación de los profesionales. Voy a referirme al colectivo sanitario, pero podría decir lo mismo de otros colectivos, por ejemplo, el de docentes. Una cirujana plástica, excelente profesional por lo que pude saber, me habla en un curso impartido a tutores y tutoras, de su inquietud al respecto y me brinda una anécdota que le ha parecido muy significativa y que más adelante contaré. Es importante la formación técnica de los médicos que se incorporan al sistema sanitario, pero me preocupa más, si cabe, su compromiso con la profesión. Suelo hacer hincapié en la importancia de esa forma de ser, de estar y de relacionarse con los demás y con la tarea que se circunscribe a la esfera de los valores. Es importante lo que se sabe, pero es muy importante lo que se es. De ahí que en las estrategias de formación y evaluación de los profesionales de la salud no debamos estar sólo preocupados por los conocimientos y las destrezas de la especialidad sino por la forma de vivir la profesión, de ser y de estar en ella. Esa excelente cirujana de la especialidad a la que antes aludía, ha tenido la amabilidad de compartir conmigo esta curiosa anécdota, acaecida recientemente. Una noche de guardia en el Hospital, sobre las once de la noche, llamaron al busca del residente para comentarle que un paciente de la planta se encontraba peor y requería que fuese evaluado por el médico de guardia para ver si precisaba algún tratamiento complementario o cambios en el que ya tenía. El residente respondió a la llamada y, una vez colgado el teléfono, llamó inmediatamente al adjunto de guardia, que se encontraba en el Hospital, aunque en otra planta y le dijo lo siguiente: - Perdóname, X, me han llamado de la planta para avisarme de que el paciente de la 13-2 está peor y deberíamos pasar a verlo. Ve tú que estás más cerca, si no te importa, porque yo estoy terminando de ver una película… No digo con esta anécdota que todos los MIR tengan la misma o parecida actitud ante la tarea y la comunicación con los colegas. No trato de reflejar la identidad de una generación sino de llamar la atención sobre una parcela del compromiso profesional. La actitud de este médico sería rechazable, aún viniendo de una persona con rango superior. Es más grave que la demanda esté formulada por una persona en período de formación. No es, a mi juicio, de recibo enviar a otro a realizar una tarea urgente porque resulta más cómodo seguir viendo una película. Es preocupante que una persona que está empezando le pida a un “superior” que le supla en una demanda urgente para poder ver el desenlace de una película, por muy emocionante que ésta sea. El sentido de la responsabilidad exige el saber priorizar. Y, en este caso, está muy claro que lo que demanda el deber es acudir a la planta y atender al paciente. Lo que exige la solidaridad es no molestar a otro que está realizando su trabajo y que no puede dejarlo súbitamente por un antojo ajeno. Lo que demanda el sentido común es no invertir la jerarquía institucional por capricho y comodidad. Se imagina uno fácilmente cómo actuará una persona con esta actitud cuando tenga unos cuantos años más y ocupe un cargo de responsabilidad en la institución. No quisiera ser un súbdito suyo. Ni un compañero. Ni un paciente. Hay que preocuparse en la formación por la esfera de los valores. No se debe olvidar que fueron médicos muy buen preparados, ingenieros muy bien formados y enfermeras muy capacitadas en su oficio los profesionales que diseñaron las cámaras de gas en la Segunda Guerra Mundial. ¿Sabían mucho? Sí, sin duda. Se han hecho estudios sobre lo bien que ventilaban los hornos crematorios. Pero carecían de una parte esencial de la formación: la dimensión ética. No tenían conciencia de su deber. En la formación, en el trabajo y en la evaluación de los profesionales hay que tener en cuenta como criterio esencial el saber ser un auténtico profesional. Y eso requiere tener buenas actitudes, relaciones respetuosas y desarrollo de los valores. Me gusta brindar a los profesionales un lema que a mí me ha servido en el desarrollo de mi actividad: “Que mi institución sea mejor porque yo estoy trabajando en ella”. Es preciso ejercitarse en el cumplimiento del deber. De manera placentera a veces y otras esforzada. Thomas W. Wilson decía: “El carácter se forja en el gran laboratorio diario del deber”. Pero todavía hay una exigencia más compleja e importante, que nos recuerda Alejandro Vinet: “Nada vale que se nos enseñe cuál es nuestro deber si no se nos hace amarlo”.
May 20 2010, 3:58pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... terrear.blogspot.com
Se queres a paz, prepara a paz
http://terrear.blogspot.com/2008/12/se-queres-paz-prepara-paz.html
Escrevia, há pouco, sobre a gerra total. Ainda bem que me chegou ao olhar um texto sobre a paz. Se queres a paz, prepara a paz. Devia ser a regra número um que a todos vinculasse. Sobretudo quando se trabalha na educação.
«Existe uma tentação extremamente subtil e perigosa para confundir a paz com a simples ausência de guerra, como se fôssemos tentados a confundir a saúde com a simples ausência
December 10 2008, 4:26am | Comments »
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