Me gustaría tener a mi lado mientras escribo a mi querido amigo Paco Abril. Es el mejor cuentacuentos que conozco y uno de los mejores “escribecuentos”. Él me ha explicado muchas veces que los cuentos son la sustancia de la vida. Ha escrito que “los cuentos se dirigen al oído emocional de los niños y de las niñas. Les llegan a lo más profundo de sí mismos, a diferencia de los discursos moralistas de sus mayores, a los que se van haciendo, con el tiempo, más y más impermeables”. Pero, precisamente por su enorme poder educativo, hay que estar prevenidos de sus peligros. Rosetta Forner ha escrito un libro que se titula “Déjate de cuentos”. En él se plantea la interesante cuestión de cómo los cuentos clásicos abordan la relación entre los sexos. ¿Dé qué hablan, qué moralejas tienen, qué papel desempeñan en ellos las mujeres? La autora va recorriendo los cuentos tradicionales que han alimentado nuestra infancia y va haciendo visible la tremenda carga sexista que encierran a través de versiones en las que ella aporta una visión feminista. ¿Por qué Cenicienta, por ejemplo, se resigna a ser maltratada por su madrastra? ¿Por qué acepta ser la sirvienta de sus cínicas hermanas? ¿Por qué tiene que aceptar que una carroza la lleve a la fiesta pudiendo desplazarse por sus propios medios?…La Cenicienta tiene que mostrarse atractiva para el Príncipe, lo tiene que conquistar, tiene que aparecer ante él de tal forma que le pueda gustar. ¿Por qué? Respecto a Caperucita Roja se pregunta la autora: “Acaso era tonta Caperucita o nos la han querido pintar así, desvalida y alelada, infantil y crédula para que pensásemos que todas las niñas del mundo son presa fácil del lobo?”. Respecto a la abuela dice que bien podría haber sido una abuela resuelta, valiente y de rompe y rasga, una que le hubiese plantado cara al lobo feroz. Pero no. No era una abuela así. ¿Por qué Bella Durmiente sólo puede ser rescatada del sueño por el beso de un Príncipe? ¿Por qué ha de esperar dormida la llegada del Príncipe salvador? ¿Nunca salva la mujer a los hombres? Rosetta Forner le da la vuelta a los cuentos tradicionales y escribe sobre los conocidos relatos otros de corte diferente en los que las niñas son de otro modo, desempeñan otros papeles y tienen otras actitudes. En todos los cuentos la mujer se ha de mostrar atractiva y ha de ser hermosa para conquistar la aceptación y el enamoramiento. Es la tiranía de la belleza. De ahí la esclavitud del acicalamiento. De ahí esta obsesiva búsqueda de la delgadez. De ahí la persecución incesante de la moda. De ahí tantas operaciones de cirugía y tantos casos de anorexia. La mujer puede buscar verse bien a sí misma. Es estupendo que sea así. Pero no por sometimiento, por sumisión y por el único deseo de agradar, de satisfacer el deseo de los hombres. Invito a que el lector o lectora se ejercite en analizar los comportamientos, las palabras y las actitudes. En definitiva, todo lo que piensa, dice o hace para descubrir las pautas sexistas que, muchas veces de forma inconsciente, lo penetra. Todo. Se trata de ponerse las gafas del feminismo para analizar la realidad de forma rigurosa ye inteligente. Todo tiene importancia en esta cuestión. Todo tiene unas consecuencias fatales. Nadie piensa que un copo de nieve tenga peso suficiente para vencer una rama y partirla, Lo cierto es que, a fuerza de nevar, a fuerza de que caigan copos y más copos, hay uno que rompe la rama. ¿Por qué no pensar que el copo de nieve, de peso casi imperceptible, de ese gesto sexista es precisamente el que hunde el cuchillo en el corazón de una mujer? Los personajes de los cuentos actúan como estereotipos modélicos sobre la psicología de los niños y de las niñas. Los héroes se convierten en ejemplo que seguir y se debe seguir y las actitudes que encarnan en conductas que se deben imitar. Comencé a redactar este artículo en un vuelo aéreo de Málaga a Madrid. Las librerías tienen para mí un imán que me arrastra sin remedio. Así que, al llegar al aeropuerto de Barajas me dirigí, llevado por ese irrefrenable impulso, a la librería donde imagino que los libros me esperan con sus brazos abiertos. Y me encontré con un cuento de Munila López Salamero, prologado por Maruja Torres, que se titula, no de forma ingenua, “La Caperucita que no quería comer perdices”. Tiene unas magníficas ilustraciones de Myriam Cameros Sierra. Dice Maruja Torres en su hermoso prólogo: “”Nuestra Cenicienta sin ceniza en la frente y con la cabeza muy alta, nos avisa de que cada generación, cada mujer, tiene que volver a empezar. Porque, a la que se descuida, los tacones altos, ese regalo envenenado, la conducen a un camino de espinas. La ponen a cocinar perdices para cualquier príncipe titular o secundario. Y puede acabar no reconociéndose , no sabiendo cómo llorar sus vidas impuestas, cómo vaciarse de los mandamientos, cómo deshacerse dl sometimiento”. La autora del texto cuenta, al final, cómo surgió la idea de escribirlo. Dice que desde hace siglos y siglos las mujeres han sido bombardeadas por el mensaje “se casaron, fueron felices y comieron perdices” y que unos pocos años de feminismo no protegen de la presión que ejercen películas, anuncios, libros y, sobre todo “cuentos que nos contaron de pequeñas y que siguen impunes en el mercado”. Un grupo de mujeres contra la violencia de género del barrio de Horta (Barcelona) le pide a Munila que escriba un cuento que cuestione la filosofía machista de los cuentos tradicionales ya que consideraban que las mujeres habían sido víctimas de un mensaje atroz. Y así surgió la idea de escribir “La cenicienta que no quería comer perdices” cuyo mensaje es, en palabras de la autora, “quiérete a ti misma”. Dice Maruja Torres que este libro, que contiene verdades como puños”, debería ser lectura obligada en los colegios. Mientras llega ese momento, yo lo recomiendo a los lectores y lectoras de este artículo. Que aproveche.
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Déjate de cuentos
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/04/24/dejate-de-cuentos/
April 23 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
¿Quién lo ha dicho?
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/04/10/%C2%BFquien-lo-ha-dicho/
Existe un concepto jerárquico de verdad que podría definirse así: “verdad es lo que la autoridad dice que es verdad”. Sea ésta religiosa, política o académica. Craso error que ha servido para manipular muchas mentes y para extender muchos errores. Anthony Wenston escribió hace unos años un pequeño pero enjundioso libro titulado “Las claves de la argumentación”. Uno de los capítulos del libro está dedicado a los argumentos de autoridad. “A menudo tenemos que confiar en otros para informarnos y para que nos digan lo que no podemos saber por nosotros mismos…. Sin embargo, confiar en otros –dice Wenston- resulta, en ocasiones arriesgado”. Cuando pretendemos dar a nuestra posición cierta credibilidad citando una fuente de autoridad, corremos el riesgo de no aportar ninguna prueba de valor. Por eso, es necesario que las fuentes estén bien citadas, que esas fuentes tengan una buena información y que, a la vez, sean imparciales. He realizado hace unos días en la clase una pequeña experiencia. Repartí a los alumnos y alumnas un pensamiento para que manifestaran el grado de acuerdo o desacuerdo que les suscitaba. Podían expresar su posición en la siguiente gama de opciones: muy de acuerdo, bastante de acuerdo, ni de acuerdo ni en desacuerdo, bastante en desacuerdo, muy en desacuerdo. La frase era la siguiente: “Las tormentas en el mundo político son tan necesarias como las tormentas en el mundo físico. Descargan la energía, remueven el ambiente y purifican la atmósfera”. Lo que no sabían era que la frase que recibía la mitad de la clase (la misma que recibía la otra mitad) estaba firmada por José Luis Rodríguez Zapatero (Discurso de Investidura. Madrid). La frase entregada al resto (insisto, la misma frase) estaba firmada por Mariano Rajoy (Discurso de Apertura del Congreso del Partido. Valencia). Ni qué decir tiene que las referencias de las citas eran falsas. Probablemente ni Zapatero ni Rajoy habrán dicho nunca algo semejante y, por supuesto, no lo han dicho en los discursos citados. El contenido de la frase era el mismo para las dos grupos, pero pesó muchísimo en las contestaciones la valoración del autor de la frase. Ellos y ellas dijeron que se habían guiado fundamentalmente, antes de contestar, por el autor. Mucho más que por el análisis del contenido. Es decir, que el argumento de autoridad pesa mucho. Si lo ha dicho el Papa está bien (o está mal) no según el contenido de la afirmación sino según la valoración que el oyente o el lector hacen del personaje a quien se atribuye la afirmación. Decía Chesterton: “Cuando entramos en la iglesia se nos pide que quitemos el sombrero, pero no la cabeza”. “Lo ha dicho fulano” se convierte en un argumento. No por lo que diga sino por quién lo ha dicho. Proceder que no tiene mucha lógica y revela la parcialidad de muchas de nuestras opiniones, Obsérvese la facilidad con la que se invoca en los debates la autoridad de una cita. Lo mismo que yo piensa fulano de tal. Bueno, ¿y qué? Lo importante sería saber cuáles son los argumentos que utiliza para afirmar lo que afirma. Esto que sucede en la argumentación, sucede también en la vida con las actuaciones, con los hechos. Pondré algunos ejemplos de todos conocidos. - Si un militante de un partido político se convierte en tránsfuga es que ha desertado. Pero si es del partido opositor y se pasa a sus filas es porque ha descubierto dónde estaba la honradez. - Si un creyente deja un determinado credo es que ha renegado, pero si otro de una religión distinta se pasa a su seno es porque se ha convertido. - Los seguidores de un equipo silban el hecho de que un jugador del equipo contrario retrase el balón a su portero, pero aplauden cuando lo hace un jugador de los suyos. Según quien lo diga o quien lo haga estará bien o mal. No es tanto la naturaleza o el contenido de la acción lo que importa, sino el agente que habla o que actúa. Si lo dicen o hacen los otros es distinto. El llamado argumento de autoridad debería tener menos peso en la argumentación y en la vida. “Es que lo ha dicho fulano de tal”. Bueno, ¿y qué? Lo que importa es la lógica de lo que ha dicho, la fundamentación, el rigor, las pruebas. Las personas dan crédito a aquellos que piensan lo mismo que ellas. Uno invoca el testimonio de un médico que rechaza el aborto y los que defienden el derecho a realizarlo citan a médicos que defienden exactamente lo contrario. Creo que unos y otros deberíamos ser más rigurosos en la argumentación. “Es que lo ha dicho fulano o mengano” no es ningún argumento sólido. Ya sé que si esa persona es un sabio será más probable que diga algo que tenga fundamento. Pero no necesariamente es así. Por otra parte, las autoridades sobre un determinado tema no necesariamente están bien informadas sobre cualquier otra cuestión acerca de la cual opinan. Si decimos que Einstein era un pacifista y que de ahí se deduce que el pacifismo es una magnífica solución, no reparamos en que el genio de Einstein en física no le convierte en un genio en filosofía política. Los ataques personales no descalifican las fuentes. Es decir que una fuente puede ser descalificada si no está bien informada, si no es imparcial o si no ha razonado con rigor, pero no porque el autor o autora sea guapo, feo, creyente o descreído. Ludwig Von Misses describe una serie de ataques ilegítimos contra el economista Ricardo: “La teoría de Ricardo es espuria a los ojos de los marxistas porque Ricardo es un burgués. Los racistas alemanes condenan la misma teoría porque Ricardo es judío, y los nacionalistas alemanes porque era un inglés… Algunos profesores alemanes formulan conjuntamente estos tres argumentos contra la validez de las teorías de Ricardo”. Tenemos que ser más rigurosos al aceptar o al rechazar las tesis que otros formulan.
April 9 2010, 11:00pm | Comments »
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¿Quién lo ha dicho?
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/04/09/%C2%BFquien-lo-ha-dicho/
Existe un concepto jerárquico de verdad que podría definirse así: “verdad es lo que la autoridad dice que es verdad”. Sea ésta religiosa, política o académica. Craso error que ha servido para manipular muchas mentes y para extender muchos errores. Anthony Wenston escribió hace unos años un pequeño pero enjundioso libro titulado “Las claves de la argumentación”. Uno de los capítulos del libro está dedicado a los argumentos de autoridad. “A menudo tenemos que confiar en otros para informarnos y para que nos digan lo que no podemos saber por nosotros mismos…. Sin embargo, confiar en otros –dice Wenston- resulta, en ocasiones arriesgado”. Cuando pretendemos dar a nuestra posición cierta credibilidad citando una fuente de autoridad, corremos el riesgo de no aportar ninguna prueba de valor. Por eso, es necesario que las fuentes estén bien citadas, que esas fuentes tengan una buena información y que, a la vez, sean imparciales. He realizado hace unos días en la clase una pequeña experiencia. Repartí a los alumnos y alumnas un pensamiento para que manifestaran el grado de acuerdo o desacuerdo que les suscitaba. Podían expresar su posición en la siguiente gama de opciones: muy de acuerdo, bastante de acuerdo, ni de acuerdo ni en desacuerdo, bastante en desacuerdo, muy en desacuerdo. La frase era la siguiente: “Las tormentas en el mundo político son tan necesarias como las tormentas en el mundo físico. Descargan la energía, remueven el ambiente y purifican la atmósfera”. Lo que no sabían era que la frase que recibía la mitad de la clase (la misma que recibía la otra mitad) estaba firmada por José Luis Rodríguez Zapatero (Discurso de Investidura. Madrid). La frase entregada al resto (insisto, la misma frase) estaba firmada por Mariano Rajoy (Discurso de Apertura del Congreso del Partido. Valencia). Ni qué decir tiene que las referencias de las citas eran falsas. Probablemente ni Zapatero ni Rajoy habrán dicho nunca algo semejante y, por supuesto, no lo han dicho en los discursos citados. El contenido de la frase era el mismo para las dos grupos, pero pesó muchísimo en las contestaciones la valoración del autor de la frase. Ellos y ellas dijeron que se habían guiado fundamentalmente, antes de contestar, por el autor. Mucho más que por el análisis del contenido. Es decir, que el argumento de autoridad pesa mucho. Si lo ha dicho el Papa está bien (o está mal) no según el contenido de la afirmación sino según la valoración que el oyente o el lector hacen del personaje a quien se atribuye la afirmación. Decía Chesterton: “Cuando entramos en la iglesia se nos pide que quitemos el sombrero, pero no la cabeza”. “Lo ha dicho fulano” se convierte en un argumento. No por lo que diga sino por quién lo ha dicho. Proceder que no tiene mucha lógica y revela la parcialidad de muchas de nuestras opiniones, Obsérvese la facilidad con la que se invoca en los debates la autoridad de una cita. Lo mismo que yo piensa fulano de tal. Bueno, ¿y qué? Lo importante sería saber cuáles son los argumentos que utiliza para afirmar lo que afirma. Esto que sucede en la argumentación, sucede también en la vida con las actuaciones, con los hechos. Pondré algunos ejemplos de todos conocidos. - Si un militante de un partido político se convierte en tránsfuga es que ha desertado. Pero si es del partido opositor y se pasa a sus filas es porque ha descubierto dónde estaba la honradez. - Si un creyente deja un determinado credo es que ha renegado, pero si otro de una religión distinta se pasa a su seno es porque se ha convertido. - Los seguidores de un equipo silban el hecho de que un jugador del equipo contrario retrase el balón a su portero, pero aplauden cuando lo hace un jugador de los suyos. Según quien lo diga o quien lo haga estará bien o mal. No es tanto la naturaleza o el contenido de la acción lo que importa, sino el agente que habla o que actúa. Si lo dicen o hacen los otros es distinto. El llamado argumento de autoridad debería tener menos peso en la argumentación y en la vida. “Es que lo ha dicho fulano de tal”. Bueno, ¿y qué? Lo que importa es la lógica de lo que ha dicho, la fundamentación, el rigor, las pruebas. Las personas dan crédito a aquellos que piensan lo mismo que ellas. Uno invoca el testimonio de un médico que rechaza el aborto y los que defienden el derecho a realizarlo citan a médicos que defienden exactamente lo contrario. Creo que unos y otros deberíamos ser más rigurosos en la argumentación. “Es que lo ha dicho fulano o mengano” no es ningún argumento sólido. Ya sé que si esa persona es un sabio será más probable que diga algo que tenga fundamento. Pero no necesariamente es así. Por otra parte, las autoridades sobre un determinado tema no necesariamente están bien informadas sobre cualquier otra cuestión acerca de la cual opinan. Si decimos que Einstein era un pacifista y que de ahí se deduce que el pacifismo es una magnífica solución, no reparamos en que el genio de Einstein en física no le convierte en un genio en filosofía política. Los ataques personales no descalifican las fuentes. Es decir que una fuente puede ser descalificada si no está bien informada, si no es imparcial o si no ha razonado con rigor, pero no porque el autor o autora sea guapo, feo, creyente o descreído. Ludwig Von Misses describe una serie de ataques ilegítimos contra el economista Ricardo: “La teoría de Ricardo es espuria a los ojos de los marxistas porque Ricardo es un burgués. Los racistas alemanes condenan la misma teoría porque Ricardo es judío, y los nacionalistas alemanes porque era un inglés… Algunos profesores alemanes formulan conjuntamente estos tres argumentos contra la validez de las teorías de Ricardo”. Tenemos que ser más rigurosos al aceptar o al rechazar las tesis que otros formulan.
April 9 2010, 5:21am | Comments »
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