Las otras víctimas 'mortales' de la violencia de género: las muertas en vida. El pasado día 25 de noviembre se celebró el Día Internacional contra la violencia de género. Son ya cincuenta las mujeres que han fallecido en España en lo que va de año, víctimas de esta lacra social. ¿Y las que están muertas en vida? Atroz terrorismo contra el que debemos luchar. “Gritos silenciosos” es el significativo título del libro que escribió (bajo el pseudónimo de Paula Zubiaur) la protagonista de una terrible historia de malos tratos. El subtítulo pone al lector en el camino de su contenido: “El terrible testimonio de una mujer en un matrimonio aparentemente perfecto”. La intención de la autora se manifiesta con claridad en las primeras páginas: “Quiero que los lectores comprendan cómo se siente una mujer maltratada, que vean cómo con una apariencia de normalidad, incluso con prestigio profesional y personal dentro de su círculo, un hombre puede tener un comportamiento en la intimidad propio de asesinos de la peor calaña”. Estamos ya acostumbrados (qué horrible efecto de la rutina, adormecer la sensibilidad ante la tragedia) a leer en la prensa noticias de esta naturaleza: mujer estrangulada, mujer acuchillada, mujer golpeada, mujer arrojada por la ventana, mujer ahogada, mujer asesinada, mujer violada, mujer rociada con gasolina… Cientos de casos, miles de casos. Este es un fenómeno secular, terrible. Y es el fruto del machismo, de la sociedad patriarcal, de la cultura que considera a la mujer un simple objeto. La aportación del libro de Paula Zufiaur es que permite conocer desde dentro la psicología del torturador y de la maltratada. Una simple noticia no comunica más que el horror, pero no sus mecanismos más sutiles, sus engranajes internos. Mientras lees con asombro, dolor e indignación el sobrecogedor relato de esta víctima, vas descubriendo los ocultos e inexplicables mecanismos que sostienen el comportamiento de ambos. El torturador es, en este caso, hijo de un maltratador. Tiene una personalidad posesiva, tortuosa, obsesiva, atormentada, violenta. Quiere hacer de su mujer “un ser perfecto”, “una mujer diez”. Y pretende conseguirlo a través de palizas. Lo hace, dice cínicamente, “por su bien”, “por su perfeccionamiento”. Luego se arrepiente, pide perdón, colma a su mujer de regalos, le declara un amor indestructible, absoluto y eterno. El maltratador es una persona con éxito, buen amigo, buen jefe. Es un lobo con piel de cordero. La terrible situación de la víctima es que tiene que dormir con su enemigo, con su verdugo, con su asesino. Ella se siente metida en una trampa mortal. No puede salir por miedo, por la esperanza de que alguna vez cambie, por vergüenza, por la presión social de una familia y de una sociedad hipócrita y de una moral que insta al martirio para no romper un vínculo que se convierte en una soga estranguladora. Y luego está el silencio de quienes son testigos de esa tragedia, la propia familia que no quiere que caiga sobre ella ese baldón, los médicos que curan las heridas sin preguntar, los amigos que no saben sospechar ante tantas caídas fortuitas, tantos accidentes en las escaleras, tantos golpes con las puertas, tantos cortes con cuchillos… Y los asesores (religiosos en este caso) que aconsejan mantener el matrimonio unido por el bien de los hijos, porque no hay que romper lo que Dios ha unido… Es curioso observar la estrategia del macho para la conquista. En el momento que considera que ya “es suya”, en el momento en que ella quema las naves, que ya no tiene vuelta atrás, el torturador se quita la careta. ¿Cómo puede sentirse una mujer que sufre la primera paliza en la noche de bodas? ¿Cómo puede sentirse cuando el retroceso está cortado y por delante sólo tiene el abismo? El paso de las amenazas a la adulación, de las palizas a los regalos, de la violencia a la ternura, de la brutalidad a la dulzura es casi incomprensible. Pero real como es real el cuerpo, la casa, el trabajo, los hijos y la vida. Leyendo el libro puedes llegar a entender cómo una persona vive años y años (en este caso dieciséis interminables años) sumida en un infierno, sin fuerzas, sin coraje, sin iniciativa para abrir la puerta y huir. No es fácil entenderlo desde fuera. Lo que hace la autora es dejarnos entrar en su mente y comprender los ocultos resortes que la han hecho sumirse en la sumisión y en el silencio. De ahí a impedir que la mujer estudie, que la mujer se relacione, que la mujer tenga autonomía, a la patología de los celos, a la violencia más cruel, hay un paso. Si, además, la mujer no tiene recursos para valerse económicamente por sí misma, si no es capaz de sobrevivir en libertad, si cuando se rebela es considerada una mala madre o una pésima esposa, la solución se aleja hasta hacerse inalcanzable. Y, lo que es peor, si ella misma piensa que ese es su papel, que las cosas han sido y deben ser así, que la naturaleza la ha hecho inferior, la solución es imposible. No hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido mete en su cabeza los esquemas del opresor. ¿Dónde está la raíz de esta actitud que se repite en tantos casos que se explicitan y en tantos otros que mientras escribo y ahora mientras lees siguen ocurriendo? En la actitud sexista, en la consideración de la mujer como un objeto de disfrute del varón, en una cultura androcéntrica que lo impregna todo y que ha hecho sentir a la mujer como un ser inferior, como una propiedad. El título del libro es elocuente. Gritos silenciosos. O, más bien, gritos inaudibles. Son poderosos, agudos, aterradores. Pero no los queremos oír. En realidad, no son gritos silenciosos o inaudibles, son gritos silenciados. Silenciados por la indiferencia, por el egoísmo, por la torpeza, por la rutina, por la maldad. Cuando la garganta se rompe por un cuchillo o por un estrangulamiento, entonces nos sentimos estremecidos. Pero entonces ya es tarde.
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Gritos silenciosos
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November 27 2009, 10:00pm | Comments »
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