He leído un libro polémico. O eso pienso. Se titula “La niña y el cigarrillo”. Su autor es Benoît Duteurtre, novelista, ensayista y crítico musical. Es dueño de una prosa clara, en absoluto preciosista. Sus novelas (hasta el momento diecinueve) contemplan la sociedad contemporánea con una mirada irónica que suscitan, a la vez, polémica y admiración. El libro que me ocupa está bien escrito (y bien traducido), pero la tesis es, a mi juicio, más que discutible. El autor viene a sostener que los niños y niñas de hoy son depositarios de muchos derechos y que los adultos van viendo paulatinamente recortados los suyos. Y pone como ejemplo el derecho de fumar. La historia no tiene desperdicio. El protagonista, hombre muy aficionado al tabaco y muy desafecto respecto a los niños y niñas (le molestan allí donde se encuentren), se ve constreñido a fumar en los servicios de su lugar de trabajo. Para hacerlo con tranquilidad, se baja los pantalones y, en calzoncillos, se sienta sobre la taza. Lleva un destornillador para abrir la ventana y que el humo no le delate. Un buen día que se había dejado sin echar el pestillo, una niña de cinco años abre la puerta y sorprende a nuestro personaje fumando. - ¿Por qué tienes bajados los pantalones y no los calzoncillos?, pregunta la niña. - He dicho que salgas. - Pero ella le corrige con su vocecilla infantil: - ¡Aquí no se puede fumar! ¡Es por la salud de los niños! El la echa con cajas destempladas, blandiendo el destornillador: - ¡Que te vayas, pedazo de tonta!, son sus palabras exactas. A partir de este hecho en apariencia inocuo se desencadena una pesadilla horrible. La niña acusa al hombre de amenazas y de abusos. Como, al parecer, no se puede poner en tela de juicio el testimonio de una niña, ya que siempre dice la verdad, la bola se va haciendo cada vez más grande. Sucesivas y terribles tergiversaciones de los hechos (policía, abogados, jueces…) llevan al personaje de la novela a pasar por un tremendo calvario. Las cosas se van complicando de tal manera que el desenlace de la obra (que no quiero descubrir del todo) no puede ser más fatal. Me ha gustado el libro, pero no la tesis que defiende: nos hemos pasado concediendo derechos a los niños y a las niñas. En un pasaje de la obra dice Duteurtre: “La edad adulta era nuestro horizonte y nuestro ideal. La infancia estaba sometida a reglas ingratas; durante esos años, demasiado largos, vivíamos como esclavos en espera de la libertad”. Lo que viene a decir el autor con esta novela es que ahora los esclavos son los adultos y a quienes se procura una total libertad (inmerecida, desde luego) es a los niños y a las niñas. Hace precisamente unas semanas compartí en Granada con Francesco Tonucci una experiencia de formación y reflexión en una Asociación Pedagógica que, felizmente, lleva su nombre. El eje de la preocupación eran la escuela y la infancia. Como no podía ser de otro moldo los niños y las niñas tuvieron un lugar de privilegio. Nos presentaron a los conferenciantes, preguntaron cosas sugerentes e hicieron propuestas muy lúcidas. El querido y admirado pedagogo italiano, al que se ha dado en llamar niñólogo por su apasionada defensa de los niños y de las niñas, llegó a decir que las escuelas son ilegales porque incumplen leyes que obligan a pedir opinión a los niños en aquellos asuntos que les conciernen. Y por eso habría que cerrarlas. Hablaba del artículo 12 de la Convención que dice “Los Estados Partes garantizarán al niño que esté en condiciones de formarse un juicio propio, el derecho de expresar su opinión libremente en todos los asuntos que afecten al niño, teniéndose debidamente en cuenta las opiniones del niño, en función de la edad y madurez…”. Al autor de esta novela no le gusta esta tesis. Pero yo creo que es extremadamente justa. Porque los niños y las niñas tienen la indiscutible condición de personas y se encuentran en una posición de fragilidad social, física, psicológica, económica e institucional que debe ser protegida. Pasaron los siglos en que el filicidio estaba permitido y en los que el maltrato era una práctica común. Aún existen muchos niños explotados en trabajos inhumanos, maltratados y castigados sin piedad. El pedagogo francés Philippe Meirieu acaba de publicar un hermoso libro que se titula “Una llamada de atención. Carta a los mayores sobre los niños de hoy”. Y habla de esta cuestión en el capítulo 3 que tiene este significativo título: “Los derechos del niño: ¿impostura o exigencia?”. Meirieu adopta, como se ve, una postura interrogativa sobre esta espinosa cuestión. Dice que “la necesaria división entre el adulto –ciudadano de derecho- y el niño –ciudadano en formación- no anula, antes bien cimenta la necesidad de formar al ciudadano, lo que vale para todos los niños y desde la más tierna infancia. Porque existe una frontera que hay que aprender a cruzar”. Lo que plantea este lúcido profesor de la Universidad Lumière-Lyon 2 es que mientras el niño está en etapa de formación no es ciudadano de pleno derecho. “Antes de acceder a la mayoría de edad civil, no es un sujeto de derecho en el sentido estricto del término”. Por eso, dice que “escucharlo es reconocer su derecho a expresarse al tiempo que nos reservamos el derecho a decidir”. Nos encontramos ante una cuestión delicada. Me sumo a la postura de Tonucci, aunque comparto algunos interrogantes de Meirieu. La educación tiene, pues, un determinante papel en la formación del ciudadano. Eso quiere decir que los niños y las niñas no sólo tienen derechos. Tienen también obligaciones y, en la medida de su responsabilidad, debe exigírseles que las cumplan. Eso es la educación.
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La niña y el cigarrillo
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/07/03/la-nina-y-el-cigarrillo/
July 2 2010, 11:00pm | Comments »
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El saltamontes no oye
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/29/el-saltamontes-no-oye-2/
Siempre me ha parecido llamativa la facilidad y la arbitrariedad con la que establecemos los nexos causales que nos interesan. Una cosa son los hechos y otra las relaciones que establecemos entre ellos. Lo hacemos de forma constante. “Esto ha sucedido por esto”, decimos sin la menor vacilación. Como si esas conexiones fuesen palmarias e indiscutibles. Atribuimos a la intervención divina un hecho que nos ha sucedido sin tener constancia alguna de la conexión causa/efecto.“Dios nos salvó de la muerte, dicen los supervivientes del accidente aéreo, sin caer en la cuenta de que al decir eso, afirman que condenó a muerte a los que fallecieron”. Explicamos que los alumnos han suspendido porque no tienen capacidad o preparación o interés, sin caer en la cuenta que puede haber muchas otras causas, entre ellas la incompetencia de los docentes o la estupidez del currículo. Decimos que todo el paro del país se debe al gobierno sin pensar que pueden existir otras causas y que ya arrastrábamos un porcentaje de paro muy elevado antes de que fuese elegido por los ciudadanos. Y el gobierno actual dirá que la causa de todos los males se encuentra en la formar de proceder que tuvo el partido de la oposición cuando gobernada. Podría seguir poniendo ejemplos de forma ininterrumpida porque la frecuencia con la que manejamos la atribución causal es casi constante. Y, desde luego, poco rigurosa. Esta arbitrariedad responde casi siempre a intereses más o menos camuflados, más o menos legítimos, más o menos confesables. Cuando nos interesa llegar a una conclusión hacemos que los datos hablen a nuestro favor. Los datos, sometidos a tortura, acaban confesando lo que quiere quien los maneja. Voy a traer a colación una pequeña anécdota que refleja muy bien lo que estoy diciendo. Supongamos que tengo un saltamontes en la palma de la mano izquierda. Y le digo imperativamente mostrándole la palma de la mano derecha: - ¡Saltamontes, salta! Y salta. Cuando le tengo en la palma de la mano derecha le vuelvo a decir mostrándole la otra mano: - ¡Saltamontes, salta! Y salta. Cuando se encuentra en la palma de la mano izquierda le corto todas las patas (es sólo un ejemplo, que nadie se asuste por el imaginario maltrato) le vuelvo a decir: - ¡Saltamontes, salta! Y ahora no salta. Entonces saco la conclusión: Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye. Claro que puedo sacar esa conclusión, pero está muy claro también que es completamente gratuita. Los procesos de atribución que manejamos en la vida nos llevan muchas veces al autoengaño. Y, lo que es más grave, son utilizados para engañar y agredir al prójimo. Frecuentemente son utilizados en el debate político para atacar al adversario. Te propongo, querido lector o lectora, que analices un discurso político o un mitin y descubras cuántas atribuciones se hacen a la ligera. Respecto a esta parcela me remito al libro “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”, libro que los autores (Thomas Cathcart y Daniel Klein) subtitulan de esta manera: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. En la primera de las ilustraciones se puede ver a varias personas en la Sede de Campaña electoral. Una de ellas dice a las demás: “Es un buen discurso… sólo hay un par de puntos que necesitan un poco más de confusión”. No me puedo evadir de otro campo en el que las atribuciones se hacen con excesiva frecuencia y ligereza. Me refiero al campo educativo. Un campo en el que, además, no suele suceder que si A entonces B, sino algo mucho más problemático: si A, entonces B, quizás. ¿Cuántas veces oímos decir que el bajo nivel de los alumnos y alumnas actuales se debe al influjo nefasto de la LOGSE? Pero, ¿existen pruebas? Sí, existen, pero de la afirmación contraria. También en este segundo bloque que he elegido para ejemplificar el problema de los procesos atributivos interesados quiero hacen mención a un libro que desmonta con humor muchos tópicos y muchos estereotipos en los que se atribuyen de forma ligera determinados efectos a determinadas causas. Se trata de “Retrato canalla del malestar docente. Una defensa inteligente y mordaz del actual sistema educativo frente a los tópicos anti-LOGSE”, escrito por Juan José Romera, profesor de Lengua y Literatura en un IES de Málaga. Altamente aconsejable. Hay un tercer campo en el que las atribuciones son, si cabe, más frecuentes y arbitrarias. Me refiero al campo religioso. Cuando los feligreses sacan en procesión al santo patrón para invocar que su intervención traiga la lluvia, ¿se puede establecer el nexo causal entre la lluvia que realmente cae horas después y las oraciones de los fieles? ¿Cómo se puede probar? Cuando el futbolista sale al campo y hace la señal de la cruz pidiendo a Dios que le ayude a realizar un buen partido, ¿se puede establecer un nexo causal entre su gesto suplicante y el hecho de que después marque un gol? Me remito también aquí a un estupendo libro que acaba de publicar Luis Rojas Marcos y que lleva por título “Superar la adversidad”. En él podemos leer lo que sigue: “Las explicaciones positivas estimulan la confianza en uno mismo. Así, la explicación “Nos salvamos del accidente porque soy un buen conductor y tengo excelentes reflejos” es más reconfortante que “No nos matamos porque Dios no quiso”. Sería un buen ejercicio de racionalidad analizar una homilía y ver cuántas atribuciones se hacen de manera poco fundada.
Hay que ponerse a la tarea de buscar nexos causales arbitrarios en cualquiera de las parcelas de la vida. En honor a la verdad.May 28 2010, 11:00pm | Comments »
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El saltamontes no oye
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Siempre me ha parecido llamativa la facilidad y la arbitrariedad con la que establecemos los nexos causales que nos interesan. Una cosa son los hechos y otra las relaciones que establecemos entre ellos. Lo hacemos de forma constante. “Esto ha sucedido por esto”, decimos sin la menor vacilación. Como si esas conexiones fuesen palmarias e indiscutibles. Atribuimos a la intervención divina un hecho que nos ha sucedido sin tener constancia alguna de la conexión causa/efecto.“Dios nos salvó de la muerte, dicen los supervivientes del accidente aéreo, sin caer en la cuenta de que al decir eso, afirman que condenó a muerte a los que fallecieron”. Explicamos que los alumnos han suspendido porque no tienen capacidad o preparación o interés, sin caer en la cuenta que puede haber muchas otras causas, entre ellas la incompetencia de los docentes o la estupidez del currículo. Decimos que todo el paro del país se debe al gobierno sin pensar que pueden existir otras causas y que ya arrastrábamos un porcentaje de paro muy elevado antes de que fuese elegido por los ciudadanos. Y el gobierno actual dirá que la causa de todos los males se encuentra en la formar de proceder que tuvo el partido de la oposición cuando gobernada. Podría seguir poniendo ejemplos de forma ininterrumpida porque la frecuencia con la que manejamos la atribución causal es casi constante. Y, desde luego, poco rigurosa. Esta arbitrariedad responde casi siempre a intereses más o menos camuflados, más o menos legítimos, más o menos confesables. Cuando nos interesa llegar a una conclusión hacemos que los datos hablen a nuestro favor. Los datos, sometidos a tortura, acaban confesando lo que quiere quien los maneja. Voy a traer a colación una pequeña anécdota que refleja muy bien lo que estoy diciendo. Supongamos que tengo un saltamontes en la palma de la mano izquierda. Y le digo imperativamente mostrándole la palma de la mano derecha: - ¡Saltamontes, salta! Y salta. Cuando le tengo en la palma de la mano derecha le vuelvo a decir mostrándole la otra mano: - ¡Saltamontes, salta! Y salta. Cuando se encuentra en la palma de la mano izquierda le corto todas las patas (es sólo un ejemplo, que nadie se asuste por el imaginario maltrato) le vuelvo a decir: - ¡Saltamontes, salta! Y ahora no salta. Entonces saco la conclusión: Cuando a un saltamontes se le cortan las patas, no oye. Claro que puedo sacar esa conclusión, pero está muy claro también que es completamente gratuita. Los procesos de atribución que manejamos en la vida nos llevan muchas veces al autoengaño. Y, lo que es más grave, son utilizados para engañar y agredir al prójimo. Frecuentemente son utilizados en el debate político para atacar al adversario. Te propongo, querido lector o lectora, que analices un discurso político o un mitin y descubras cuántas atribuciones se hacen a la ligera. Respecto a esta parcela me remito al libro “Aristóteles y un armadillo llegan a la capital”, libro que los autores (Thomas Cathcart y Daniel Klein) subtitulan de esta manera: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. En la primera de las ilustraciones se puede ver a varias personas en la Sede de Campaña electoral. Una de ellas dice a las demás: “Es un buen discurso… sólo hay un par de puntos que necesitan un poco más de confusión”. No me puedo evadir de otro campo en el que las atribuciones se hacen con excesiva frecuencia y ligereza. Me refiero al campo educativo. Un campo en el que, además, no suele suceder que si A entonces B, sino algo mucho más problemático: si A, entonces B, quizás. ¿Cuántas veces oímos decir que el bajo nivel de los alumnos y alumnas actuales se debe al influjo nefasto de la LOGSE? Pero, ¿existen pruebas? Sí, existen, pero de la afirmación contraria. También en este segundo bloque que he elegido para ejemplificar el problema de los procesos atributivos interesados quiero hacen mención a un libro que desmonta con humor muchos tópicos y muchos estereotipos en los que se atribuyen de forma ligera determinados efectos a determinadas causas. Se trata de “Retrato canalla del malestar docente. Una defensa inteligente y mordaz del actual sistema educativo frente a los tópicos anti-LOGSE”, escrito por Juan José Romera, profesor de Lengua y Literatura en un IES de Málaga. Altamente aconsejable. Hay un tercer campo en el que las atribuciones son, si cabe, más frecuentes y arbitrarias. Me refiero al campo religioso. Cuando los feligreses sacan en procesión al santo patrón para invocar que su intervención traiga la lluvia, ¿se puede establecer el nexo causal entre la lluvia que realmente cae horas después y las oraciones de los fieles? ¿Cómo se puede probar? Cuando el futbolista sale al campo y hace la señal de la cruz pidiendo a Dios que le ayude a realizar un buen partido, ¿se puede establecer un nexo causal entre su gesto suplicante y el hecho de que después marque un gol? Me remito también aquí a un estupendo libro que acaba de publicar Luis Rojas Marcos y que lleva por título “Superar la adversidad”. En él podemos leer lo que sigue: “Las explicaciones positivas estimulan la confianza en uno mismo. Así, la explicación “Nos salvamos del accidente porque soy un buen conductor y tengo excelentes reflejos” es más reconfortante que “No nos matamos porque Dios no quiso”. Sería un buen ejercicio de racionalidad analizar una homilía y ver cuántas atribuciones se hacen de manera poco fundada.
Hay que ponerse a la tarea de buscar nexos causales arbitrarios en cualquiera de las parcelas de la vida. En honor a la verdad.May 28 2010, 4:31am | Comments »
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Machismo lingüístico
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2009/12/12/machismo-linguistico/
La palabra puede ser una forma de agresión tan brutal como los golpes. Frecuentemente nos golpean noticias de maltrato contra las mujeres. Cuando llega este momento, nos aflige el dolor y nos invade la rabia. Pero pronto volvemos a la tranquilidad, hasta que un nuevo golpe nos despierta de la indiferencia y el olvido. - Qué horrible, otra mujer asesinada por su pareja, decimos. Pero, ¿qué hacemos más allá de lamentarnos? Porque, entre todos y entre todas tenemos que detener ese brazo que golpea y golpea sin piedad. Y, ¿cómo podremos hacerlo? Pues muy sencillo y muy difícil a la vez: acabando con la terrible lacra del machismo. Lacra que no desaparece por decreto ley, aunque las leyes sean necesarias. “La sociedad no cambia por decreto”, reza el título de un libro de Michel Crozier. En efecto, ¿puede cambiar una ley las concepciones y las actitudes de las personas? Hay que combatir todas las formas en las que se manifiesta el sexismo, porque de él nace la violencia, la discriminación y el horror de los asesinatos. Por eso me entristecen (esa es la palabra exacta) esos artículos machistas que critican con buena carga de sorna, el uso no sexista del lenguaje, Ya sé que al decir “hombres” incluimos a hombres y a mujeres. Ya sé que al decir niños podemos referirnos genéricamente a niños y niñas. Pero no me dejará de reconocer el lector (o lectora) que en ambos casos silenciamos a las mujeres y a las niñas. Es indiscutible que, a través del lenguaje, se hacen invisibles. Por eso hay que referirse explícitamente a ellas. No me hacen gracias sus bromas, señor Pedro Jota (¿o será Pedro Joto para seguir sus derroteros de mordacidad?). No me gusta su estilo insensible a estas cuestiones, señor Pérez Reverte. Y no creo que se hagan más contundentes sus opiniones por utilizar unos términos gruesos y unas descalificaciones hirientes. No me hace ninguna gracia que usted califique el lenguaje no sexista como “una soplapollez”. No me gusta, señor Jiménez Losantos ese desprecio que usted muestra al Ministerio de Igualdad, a la Ministra y a las causas que plantea desde una cartera imprescindible. Me molestan sus palabras despectivas, señor Juan Manuel de Prada, por ejemplo cuando dice que “se necesitan vocablos nuevos para designar a esas mujeres que sólo alcanzarán la felicidad satisfecha de los lacayos cuando sienten que les crece una miembra virila entre las piernas” (ABC, 3/2/2007). Utilizar un lenguaje no sexista no es capricho, no es un intento de despreciar el diccionario y la gramática, es una exigencia de la lógica y e la justicia. Hay que conectar ese hecho, aparentemente menor, con la atrocidad del asesinato de las mujeres. Ya sé que no se puede establecer un nexo causal directo, pero sí se puede decir que ese árbol maldito que regamos de mil formas va dando frutos envenenados. Las gotas del lenguaje sexista, de los gestos discriminatorios, de las bromas procaces, de la falta de respeto van haciendo crecer y fructificar el árbol del sexismo. Si no lo hiciésemos así acabaría por secarse y pudrirse para siempre. Sé que hay que respetar la gramática y el diccionario y la sintaxis. Pero sé también que lo que no se nombra no existe. Sé también que hay que hacer visibles a la mujeres a través del lenguaje. No podemos olvidar que fueron hombres quienes hicieron la gramática, la sintaxis y los diccionarios. Cuando decimos que los adjetivos tienen que concordar con el sustantivo “por el género noble”, ¿a qué género nos estamos refiriendo? Obviamente, al género masculino. ¿Por qué es ese el género noble? Porque lo decidieron así quienes crearon la norma. No me gusta el efecto que produce sobre el lenguaje su uso no sexista. Lo hace más farragoso y menos elegante. Pero creo que, ante dos principios que chocan, ante esa disonancia lingüística, debe prevalecer el principio más noble, ahora sí. Es decir el que está del lado de la equidad. Remito al lector (o lectora) al excelente artículo de la profesora Olga Castro Vázquez “Rebatiendo lo que Otros dicen del lenguaje no sexista”, publicado en gallego en la Revista “Festa da Palabra Silenciada” en el número monográfico “O verbo patriarcal”. Una a una (hasta once) va desmontando las acusaciones que los detractores (también hay alguna detractora, por supuesto) del lenguaje no sexista formulan manifestando una inequívoca actitud sexista. Mencionaré sólo alguno de sus argumentos. Utilizar y defender un lenguaje no sexista es una cuestión importante porque pensamos con palabras y categorías gramaticales e imaginamos la realidad a través de la representación cognitiva que hacemos de ella mediante el lenguaje. No es, pues, una cuestión menor hacer visibles a las mujeres cuando se habla o se escribe. Reducir el lenguaje no sexista al que llena el texto de arrobas, barras, guiones, paréntesis, palabras inexistentes o dobles, entorpeciendo el texto y creando un lenguaje antinatural es una agresión es una ridiculización y una simplificación inadmisible. Decir que hay cosas más importantes por las que preocuparse no es más que una excusa sin fundamento. En primer lugar porque el uso no sexista del lenguaje no es incompatible con la lucha contra otras formas de discriminación como la violencia doméstica, la desigualdad salarial o la negación del derecho al aborto…No es cierto que el lenguaje no sexista sea antinatural . ¿Qué es un lenguaje antinatural? El lenguaje no es fenómeno estático e inamovible y por supuesto, ajeno al uso. Es una construcción humana que refleja concepciones, actitudes y valores (frecuentemente los dominantes). Es un constructo social y una cuestión de hábito que puede cambiarse y que de hecho se cambia. Muchas palabras que antes sonaban mal o, sencillamente, no sonaban, son hoy tan “naturales” como otras de uso secular. ¿A quién le sorprende hoy hablar de médicas, arquitectas, juezas y abogadas? ¿Por qué dentro de un tiempo no va a suceder lo mismo con otras palabras como miembra o fiscala? El lenguaje no sexista no es contrario a la economía del lenguaje. No es necesario escribir textos como éste: “Los empleados y las empleadas gallegos y gallegas están descontentos y descontentas por “. Estas expresiones invitan a la ridiculez. No se trata de escribir así sino de forma que se haga pensar en la representación de las mujeres y hombres en la lengua. Por ejemplo: “Las empleadas y empleados de Galicia están descontentos porque fueron instados, e incluso obligados a declararse personas católicas”. Es otra cosa. El uso no sexista del lenguaje es una forma más y no de escasa importancia para poner freno a ese terrible monstruo que devora a las mujeres.
December 11 2009, 10:00pm | Comments »
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Machismo lingüístico
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La palabra puede ser una forma de agresión tan brutal como los golpes. Frecuentemente nos golpean noticias de maltrato contra las mujeres. Cuando llega este momento, nos aflige el dolor y nos invade la rabia. Pero pronto volvemos a la tranquilidad, hasta que un nuevo golpe nos despierta de la indiferencia y el olvido. - Qué horrible, otra mujer asesinada por su pareja, decimos. Pero, ¿qué hacemos más allá de lamentarnos? Porque, entre todos y entre todas tenemos que detener ese brazo que golpea y golpea sin piedad. Y, ¿cómo podremos hacerlo? Pues muy sencillo y muy difícil a la vez: acabando con la terrible lacra del machismo. Lacra que no desaparece por decreto ley, aunque las leyes sean necesarias. “La sociedad no cambia por decreto”, reza el título de un libro de Michel Crozier. En efecto, ¿puede cambiar una ley las concepciones y las actitudes de las personas? Hay que combatir todas las formas en las que se manifiesta el sexismo, porque de él nace la violencia, la discriminación y el horror de los asesinatos. Por eso me entristecen (esa es la palabra exacta) esos artículos machistas que critican con buena carga de sorna, el uso no sexista del lenguaje, Ya sé que al decir “hombres” incluimos a hombres y a mujeres. Ya sé que al decir niños podemos referirnos genéricamente a niños y niñas. Pero no me dejará de reconocer el lector (o lectora) que en ambos casos silenciamos a las mujeres y a las niñas. Es indiscutible que, a través del lenguaje, se hacen invisibles. Por eso hay que referirse explícitamente a ellas. No me hacen gracias sus bromas, señor Pedro Jota (¿o será Pedro Joto para seguir sus derroteros de mordacidad?). No me gusta su estilo insensible a estas cuestiones, señor Pérez Reverte. Y no creo que se hagan más contundentes sus opiniones por utilizar unos términos gruesos y unas descalificaciones hirientes. No me hace ninguna gracia que usted califique el lenguaje no sexista como “una soplapollez”. No me gusta, señor Jiménez Losantos ese desprecio que usted muestra al Ministerio de Igualdad, a la Ministra y a las causas que plantea desde una cartera imprescindible. Me molestan sus palabras despectivas, señor Juan Manuel de Prada, por ejemplo cuando dice que “se necesitan vocablos nuevos para designar a esas mujeres que sólo alcanzarán la felicidad satisfecha de los lacayos cuando sienten que les crece una miembra virila entre las piernas” (ABC, 3/2/2007). Utilizar un lenguaje no sexista no es capricho, no es un intento de despreciar el diccionario y la gramática, es una exigencia de la lógica y e la justicia. Hay que conectar ese hecho, aparentemente menor, con la atrocidad del asesinato de las mujeres. Ya sé que no se puede establecer un nexo causal directo, pero sí se puede decir que ese árbol maldito que regamos de mil formas va dando frutos envenenados. Las gotas del lenguaje sexista, de los gestos discriminatorios, de las bromas procaces, de la falta de respeto van haciendo crecer y fructificar el árbol del sexismo. Si no lo hiciésemos así acabaría por secarse y pudrirse para siempre. Sé que hay que respetar la gramática y el diccionario y la sintaxis. Pero sé también que lo que no se nombra no existe. Sé también que hay que hacer visibles a la mujeres a través del lenguaje. No podemos olvidar que fueron hombres quienes hicieron la gramática, la sintaxis y los diccionarios. Cuando decimos que los adjetivos tienen que concordar con el sustantivo “por el género noble”, ¿a qué género nos estamos refiriendo? Obviamente, al género masculino. ¿Por qué es ese el género noble? Porque lo decidieron así quienes crearon la norma. No me gusta el efecto que produce sobre el lenguaje su uso no sexista. Lo hace más farragoso y menos elegante. Pero creo que, ante dos principios que chocan, ante esa disonancia lingüística, debe prevalecer el principio más noble, ahora sí. Es decir el que está del lado de la equidad. Remito al lector (o lectora) al excelente artículo de la profesora Olga Castro Vázquez “Rebatiendo lo que Otros dicen del lenguaje no sexista”, publicado en gallego en la Revista “Festa da Palabra Silenciada” en el número monográfico “O verbo patriarcal”. Una a una (hasta once) va desmontando las acusaciones que los detractores (también hay alguna detractora, por supuesto) del lenguaje no sexista formulan manifestando una inequívoca actitud sexista. Mencionaré sólo alguno de sus argumentos. Utilizar y defender un lenguaje no sexista es una cuestión importante porque pensamos con palabras y categorías gramaticales e imaginamos la realidad a través de la representación cognitiva que hacemos de ella mediante el lenguaje. No es, pues, una cuestión menor hacer visibles a las mujeres cuando se habla o se escribe. Reducir el lenguaje no sexista al que llena el texto de arrobas, barras, guiones, paréntesis, palabras inexistentes o dobles, entorpeciendo el texto y creando un lenguaje antinatural es una agresión es una ridiculización y una simplificación inadmisible. Decir que hay cosas más importantes por las que preocuparse no es más que una excusa sin fundamento. En primer lugar porque el uso no sexista del lenguaje no es incompatible con la lucha contra otras formas de discriminación como la violencia doméstica, la desigualdad salarial o la negación del derecho al aborto…No es cierto que el lenguaje no sexista sea antinatural . ¿Qué es un lenguaje antinatural? El lenguaje no es fenómeno estático e inamovible y por supuesto, ajeno al uso. Es una construcción humana que refleja concepciones, actitudes y valores (frecuentemente los dominantes). Es un constructo social y una cuestión de hábito que puede cambiarse y que de hecho se cambia. Muchas palabras que antes sonaban mal o, sencillamente, no sonaban, son hoy tan “naturales” como otras de uso secular. ¿A quién le sorprende hoy hablar de médicas, arquitectas, juezas y abogadas? ¿Por qué dentro de un tiempo no va a suceder lo mismo con otras palabras como miembra o fiscala? El lenguaje no sexista no es contrario a la economía del lenguaje. No es necesario escribir textos como éste: “Los empleados y las empleadas gallegos y gallegas están descontentos y descontentas por “. Estas expresiones invitan a la ridiculez. No se trata de escribir así sino de forma que se haga pensar en la representación de las mujeres y hombres en la lengua. Por ejemplo: “Las empleadas y empleados de Galicia están descontentos porque fueron instados, e incluso obligados a declararse personas católicas”. Es otra cosa. El uso no sexista del lenguaje es una forma más y no de escasa importancia para poner freno a ese terrible monstruo que devora a las mujeres.
December 10 2009, 10:00pm | Comments »
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