Horacio Muros vive, trabaja y educa en la ciudad de San Rafael, provincia de Mendoza (Argentina). Es ingeniero de formación y educador de cuerpo y alma. Dirige, es decir, hace crecer una escuela que se esfuerza cada día en aprender, no sólo en enseñar. Como es un excelente educador va por la vida con los ojos bien abiertos para ver dónde se dan lecciones de las que se pueda aprender. Está claro que las personas inteligentes aprenden siempre. Me cuenta mi querido amigo Horacio que un verdulero al que visita con frecuencia para las compras domésticas tiene instalada en su puesto de verduras una pizarra de 2 metros por 1.50 en la que cada día escribe una sentencia. De esta forma ha convertido el mercado en un aula desde la que imparte a quien quiera recibirlas algunas lecciones de optimismo, de esperanza y de buena educación. Me imagino al pedagógico verdulero buscando cada noche, en su memoria, en los libros o en los archivos de la vida, un pensamiento ejemplar que contenga algún mensaje saludable para sus clientes y para el público en general. Me lo imagino escribiendo, con aplicación y buena letra, la frase elegida, no sé si con arreglo a la fecha o, sencillamente, sin ningún referencia al calendario. Lo cierto es que todos los días las personas que se acercan a su verdulería se pueden llevar unas zanahorias, unos tomates, unas lechugas o unos puerros acompañados de un pensamiento que pretende hacer mejores a quienes estén en disposición de intentarlo. Él hace su parte, que es elegir, escribir y exponer la sabia sentencia. Queda en los demás el leerla, el memorizarla y el llevarla a la práctica de sus vidas. El tamaño de la pizarra hace que se entere todo el vecindario e, incluso, los conductores que pasan por la calle en la que está instalado su puesto de venta. Podría utilizar la pizarra para exponer el precio de los pepinos, pero no, a él le importan también otras cosas de mayor calado. Qué hermosa lección para los niños y las niñas a quienes dañan los ojos tantos grafitis agresivos y groseros y a quienes machacan los oídos tantas frases estúpidas y cargadas de maldad. Pasar por el puesto de este ilustrado vendedor de frutas y verduras es como ir a una clase de filosofía. Citaré algunas sentencias que Horacio recuerda, ya que me dice que no se ha tomado la precaución de escribirlas todas y estudiar si tienen algún hilo conductor o alguna estructura lógica: “¿Y si tengo yo la culpa?”, “Por orgullo perdí muchas cosas”, “Mas vale te con pan que leche en discordia”, “Qué lindo día hace hoy”, “Hoy puede ser un gran día”… Estoy convencido de que a muchos de los lectores de la pizarra del verdulero les habrá hecho pensar alguna frase, otra les habrá hecho sonreír, quizá alguna otra les habrá llevado a una buena acción. Se trata, como verá el lector o la lectora, de frases cortas que ofrecen un mensaje positivo. En medio de un clima de negatividad en el que las consignas nos cargan de pesimismo y desaliento, de egoísmo y zafiedad, de competitividad y eficientismo, de avaricia y de relativismo moral…, es bueno que un ciudadano de a pie, que no es ni un profesor, ni sacerdote, ni un filósofo… nos recuerde que la vida merece la pena ser vivida y que está en nuestras manos aportar un granito de arena para que así sea. No sé si utiliza esta estrategia como un reclamo comercial o si, sencilla y llanamente, quiere ofrecer a sus conciudadanos un pequeño aliciente para pasar mejor el día. Es sabido que no sólo se vive de pan. El alimento gratuito que ofrece el verdulero mendocino es un magnífico sustento del optimismo y de la bondad. El caso del verdulero me lleva a reflexionar sobre la cantidad tremenda de mensajes que nos invade cada día. Y a pensar en la naturaleza de sus contenidos. Muchos de esos mensajes van calando en la memoria y en la conciencia de las personas y creando un estado de opinión que acaba configurando la actitud y el comportamiento: “Tú a lo tuyo”, “Sálvese el que pueda”, “Por la caridad entró la peste”, “Vale todo”, “Al que Dios se la da, San Pedro se la bendice”, “Piensa mal y acertarás”, “Esto es un asco”, “La vida es como el palo de un gallinero, corta y llena de mierda”… Me dirá alguno o alguna: lo que hace falta es cambiar las estructuras económicas y políticas, lo que es preciso para mejorar la vida es una revolución de carácter social que ponga patas arriba el mundo. No me voy a oponer a estas tesis ambiciosas. Pero veo más factible, más rápido y más eficaz el paso que puede dar cada uno transformando y mejorando la pequeña parcela en la que se desenvuelve su vida. Por otra parte, no son incompatibles ambas estrategias.. Se puede luchar por la transformación social y conseguir ser mejores personas cada día y ayudar a que otros lo sean. Vivimos en tiempos críticos. Es necesario avanzar a través de dificultades de diverso tipo. Luis Rojas Marcos acaba de publicar un interesante libro titulado “Superar la adversidad”. Para hacerlo, explica, es necesaria la fuerza del optimismo, el sentimiento positivo de la vida. Dice textualmente: “El estilo optimista de juzgar los avatares de la vida nos ayuda a minimizar el impacto de las desgracias, al tiempo que nos protege del derrotismo y de la indefensión”. No sé si algún día le llegará este artículo al verdulero de San Rafael. Es probable. Porque estoy seguro de que mi amigo Horacio será un buen cartero. En ese caso, quiero que reciba mi más sincera felicitación por su iniciativa. Sin recibir un sueldo se ha convertido en un educador de calle, en un maestro que vende peras, manzanas y sandías mientras hace brotar una sonrisa y buen deseo en las personas que leen la frase de su pizarra.
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El verdulero de San Rafael
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/06/05/el-verdulero-de-san-rafael/
June 4 2010, 11:00pm | Comments »
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El verdulero de San Rafael
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/06/04/el-verdulero-de-san-rafael/
Horacio Muros vive, trabaja y educa en la ciudad de San Rafael, provincia de Mendoza (Argentina). Es ingeniero de formación y educador de cuerpo y alma. Dirige, es decir, hace crecer una escuela que se esfuerza cada día en aprender, no sólo en enseñar. Como es un excelente educador va por la vida con los ojos bien abiertos para ver dónde se dan lecciones de las que se pueda aprender. Está claro que las personas inteligentes aprenden siempre. Me cuenta mi querido amigo Horacio que un verdulero al que visita con frecuencia para las compras domésticas tiene instalada en su puesto de verduras una pizarra de 2 metros por 1.50 en la que cada día escribe una sentencia. De esta forma ha convertido el mercado en un aula desde la que imparte a quien quiera recibirlas algunas lecciones de optimismo, de esperanza y de buena educación. Me imagino al pedagógico verdulero buscando cada noche, en su memoria, en los libros o en los archivos de la vida, un pensamiento ejemplar que contenga algún mensaje saludable para sus clientes y para el público en general. Me lo imagino escribiendo, con aplicación y buena letra, la frase elegida, no sé si con arreglo a la fecha o, sencillamente, sin ningún referencia al calendario. Lo cierto es que todos los días las personas que se acercan a su verdulería se pueden llevar unas zanahorias, unos tomates, unas lechugas o unos puerros acompañados de un pensamiento que pretende hacer mejores a quienes estén en disposición de intentarlo. Él hace su parte, que es elegir, escribir y exponer la sabia sentencia. Queda en los demás el leerla, el memorizarla y el llevarla a la práctica de sus vidas. El tamaño de la pizarra hace que se entere todo el vecindario e, incluso, los conductores que pasan por la calle en la que está instalado su puesto de venta. Podría utilizar la pizarra para exponer el precio de los pepinos, pero no, a él le importan también otras cosas de mayor calado. Qué hermosa lección para los niños y las niñas a quienes dañan los ojos tantos grafitis agresivos y groseros y a quienes machacan los oídos tantas frases estúpidas y cargadas de maldad. Pasar por el puesto de este ilustrado vendedor de frutas y verduras es como ir a una clase de filosofía. Citaré algunas sentencias que Horacio recuerda, ya que me dice que no se ha tomado la precaución de escribirlas todas y estudiar si tienen algún hilo conductor o alguna estructura lógica: “¿Y si tengo yo la culpa?”, “Por orgullo perdí muchas cosas”, “Mas vale te con pan que leche en discordia”, “Qué lindo día hace hoy”, “Hoy puede ser un gran día”… Estoy convencido de que a muchos de los lectores de la pizarra del verdulero les habrá hecho pensar alguna frase, otra les habrá hecho sonreír, quizá alguna otra les habrá llevado a una buena acción. Se trata, como verá el lector o la lectora, de frases cortas que ofrecen un mensaje positivo. En medio de un clima de negatividad en el que las consignas nos cargan de pesimismo y desaliento, de egoísmo y zafiedad, de competitividad y eficientismo, de avaricia y de relativismo moral…, es bueno que un ciudadano de a pie, que no es ni un profesor, ni sacerdote, ni un filósofo… nos recuerde que la vida merece la pena ser vivida y que está en nuestras manos aportar un granito de arena para que así sea. No sé si utiliza esta estrategia como un reclamo comercial o si, sencilla y llanamente, quiere ofrecer a sus conciudadanos un pequeño aliciente para pasar mejor el día. Es sabido que no sólo se vive de pan. El alimento gratuito que ofrece el verdulero mendocino es un magnífico sustento del optimismo y de la bondad. El caso del verdulero me lleva a reflexionar sobre la cantidad tremenda de mensajes que nos invade cada día. Y a pensar en la naturaleza de sus contenidos. Muchos de esos mensajes van calando en la memoria y en la conciencia de las personas y creando un estado de opinión que acaba configurando la actitud y el comportamiento: “Tú a lo tuyo”, “Sálvese el que pueda”, “Por la caridad entró la peste”, “Vale todo”, “Al que Dios se la da, San Pedro se la bendice”, “Piensa mal y acertarás”, “Esto es un asco”, “La vida es como el palo de un gallinero, corta y llena de mierda”… Me dirá alguno o alguna: lo que hace falta es cambiar las estructuras económicas y políticas, lo que es preciso para mejorar la vida es una revolución de carácter social que ponga patas arriba el mundo. No me voy a oponer a estas tesis ambiciosas. Pero veo más factible, más rápido y más eficaz el paso que puede dar cada uno transformando y mejorando la pequeña parcela en la que se desenvuelve su vida. Por otra parte, no son incompatibles ambas estrategias.. Se puede luchar por la transformación social y conseguir ser mejores personas cada día y ayudar a que otros lo sean. Vivimos en tiempos críticos. Es necesario avanzar a través de dificultades de diverso tipo. Luis Rojas Marcos acaba de publicar un interesante libro titulado “Superar la adversidad”. Para hacerlo, explica, es necesaria la fuerza del optimismo, el sentimiento positivo de la vida. Dice textualmente: “El estilo optimista de juzgar los avatares de la vida nos ayuda a minimizar el impacto de las desgracias, al tiempo que nos protege del derrotismo y de la indefensión”. No sé si algún día le llegará este artículo al verdulero de San Rafael. Es probable. Porque estoy seguro de que mi amigo Horacio será un buen cartero. En ese caso, quiero que reciba mi más sincera felicitación por su iniciativa. Sin recibir un sueldo se ha convertido en un educador de calle, en un maestro que vende peras, manzanas y sandías mientras hace brotar una sonrisa y buen deseo en las personas que leen la frase de su pizarra.
June 4 2010, 3:04am | Comments »
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Cortar la rama
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/01/cortar-la-rama/
La educación es una tarea compleja y altamente problemática. Pretende que el individuo alcance su mayor desarrollo en todos los aspectos de su personalidad a lo largo de toda la vida. Pero, ¿cómo se alcanza esa finalidad?, ¿cómo se consigue que la persona llegue a desarrollar al máximo sus potencialidades (intelectuales, afectivas, morales…)? Hay formas de proceder que, con mucha probabilidad, van a conseguir resultados escasamente positivos. Por ejemplo, darle al aprendiz todo pensado, todo decidido, todo hecho. De esa él no aprenderá a pensar, a decidir o a hacer las cosas por sí mismo. Habrá que generar ocasiones para que él pueda pensar, para que pueda tomar decisiones y para que pueda actuar de manera autónoma. Me pregunto muchas veces cuál es el margen de autonomía que la escuela concede al alumnado. ¿Qué decide, qué piensa, qué hace que no sea obedecer y repetir? No podemos olvidar que la pretensión es que lleguen a ser aprendices crónicos, aprendices autónomos, aprendices responsables y apasionados. Pero, para ello, tienen que asumir responsabilidades, tienen que tener autonomía. Acabo de leer un pequeño libro que se titula ¿Por qué caminar si puedes volar? Está escrito por Isha, una australiana afincada en suramérica, y publicado por la editorial Aguilar. En ese libro he descubierto esta sugerente historia. Había una vez un rey que recibió como regalo dos magníficos halcones de Arabia. Eran halcones peregrinos, las aves más hermosas que se hayan visto jamás. El rey entregó las preciosas aves al maestro de cetrería para que las entrenara. Pasaron los meses y un día el maestro de cetrería informó al rey que uno de los halcones estaba volando majestuosamente, planeando alto en los cielos, pero el otro halcón no se había movido de su rama desde el día que llegó. El rey convocó a curanderos y hechiceros de todas las tierras para atender al halcón, pero ninguno pudo hacer que el ave volara. Luego le presentó la tarea a los miembros de su corte. Sin embargo, al día siguiente, el rey vio a través de la ventana del palacio que el ave no se movía de su percha. Habiéndolo intentado todo, el rey pensó: “Tal vez necesito a alguien que esté más familiarizado con la vida del campo para que entienda la naturaleza del problema”. Entonces le dijo a su corte. - Vayan a buscar al granjero. A la mañana siguiente el rey se emocionó al ver al halcón volando muy alto sobre los jardines del palacio y le dijo a su corte: - Tráiganme al hacedor del milagro. La corte rápidamente localizó al granjero, quien vino ante el rey. Éste le preguntó: - ¿Qué hiciste para que el halcón volara? Con reverencia, el grajero le dijo al rey: - Fue fácil, majestad. Simplemente corté la rama. Fácil decisión pero, a la vez, muy difícil. Porque no ponemos al halcón en la tesitura de tener que levantar las alas. El halcón se vio compelido a volar porque encontró la necesidad de hacerlo. Y eso pasa con las personas. Se retrasa innecesariamente el momento de la autonomía. Creo que hay que facilitar a las personas las ocasiones para decidir por sí mismas, para pensar por sí mismas, para actuar por sí mismas. Lejos de cortar la rama, tenemos la tendencia de hacer una jaula para que el halcón no vuele, para que el halcón esté a buen recaudo, sin correr riesgos. Para crecer hay que asumir riesgos. Si los niños y las niñas fueran llevados siempre en brazos para que no se cayeran, jamás aprenderían a caminar. Si, por temor a una caída, nunca se subieran a una bicicleta o a una moto o a un coche, jamás aprenderían a conducir. Hay que cortar la rama de la seguridad y del inmovilismo, asumiendo riesgos y afrontando con vigor las dificultades. Sólo así se podrá elevar el vuelo. Lo que nos dicen los alumnos a los profesores y los hijos a los padres es lo siguiente: “Ayúdame a hacerlo solo”. Y lo que nosotros debemos decirles es: “Tú tienes que aprender a hacerlo solo”. Pero para aprender a hacerlo tiene que hacerlo. Eso supone asumir algunos riesgos. Y ahí está el quid de la cuestión. Cuál es el ritmo del ejercicio de la libertad. Cuál es el equilibrio entre responsabilidad y libertad. No es cierto que hasta que no sean responsables no pueden ser libres sino que, si no son libres, no podrán aprender a ser responsables. Por eso, el primer día que el niño pueda cruzar solo el paso de peatones no debe ir agarrado a la mano de su mamá o de su papá. Por eso el primer día que pueda peinarse solo ya nadie le tendrá que ayudar. Por eso el primer día que pueda abrocharse los zapatos ya nadie se los tendrá que abrochar. La tentación educativa (o, mejor dicho, deseducativa) es la inversa: retrasar lo más posible el momento de la autonomía, ir dando largas bajo la excusa de que la persona todavía no sabe actuar por sí misma, bajo la sospecha de que todavía no está madura, sin caer en la cuenta de que esa postura es la que está bloqueando la maduración. Lo cual convierte a los aprendices en inútiles o en rebeldes. En súbditos incompetentes o en díscolos despechados. Todo lo que se les enseña a los niños se les impide descubrirlo por sí mismos, se ha dicho con evidente verdad. Pero los adultos nos sentimos mejor mostrando lo que sabemos que ayudando al otro a que sea capaz de buscar por sí mismo. Nos sentimos mejor protegiendo que dejando márgenes de libertad para que la persona aprenda a protegerse a sí misma. Recuérdese la hermosa metáfora de Holderlin: Los educadores forman a sus educandos como los océanos forman a los continentes, retirándose. Cortar la rama de la dependencia, de la sumisión, del conformismo, de la seguridad, de la comodidad, del inmovilismo y de la inacción es poner a la persona en condiciones de volar por sí misma.
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April 30 2010, 11:00pm | Comments »
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Cortar la rama
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/04/29/cortar-la-rama/
La educación es una tarea compleja y altamente problemática. Pretende que el individuo alcance su mayor desarrollo en todos los aspectos de su personalidad a lo largo de toda la vida. Pero, ¿cómo se alcanza esa finalidad?, ¿cómo se consigue que la persona llegue a desarrollar al máximo sus potencialidades (intelectuales, afectivas, morales…)? Hay formas de proceder que, con mucha probabilidad, van a conseguir resultados escasamente positivos. Por ejemplo, darle al aprendiz todo pensado, todo decidido, todo hecho. De esa él no aprenderá a pensar, a decidir o a hacer las cosas por sí mismo. Habrá que generar ocasiones para que él pueda pensar, para que pueda tomar decisiones y para que pueda actuar de manera autónoma. Me pregunto muchas veces cuál es el margen de autonomía que la escuela concede al alumnado. ¿Qué decide, qué piensa, qué hace que no sea obedecer y repetir? No podemos olvidar que la pretensión es que lleguen a ser aprendices crónicos, aprendices autónomos, aprendices responsables y apasionados. Pero, para ello, tienen que asumir responsabilidades, tienen que tener autonomía. Acabo de leer un pequeño libro que se titula ¿Por qué caminar si puedes volar? Está escrito por Isha, una australiana afincada en suramérica, y publicado por la editorial Aguilar. En ese libro he descubierto esta sugerente historia. Había una vez un rey que recibió como regalo dos magníficos halcones de Arabia. Eran halcones peregrinos, las aves más hermosas que se hayan visto jamás. El rey entregó las preciosas aves al maestro de cetrería para que las entrenara. Pasaron los meses y un día el maestro de cetrería informó al rey que uno de los halcones estaba volando majestuosamente, planeando alto en los cielos, pero el otro halcón no se había movido de su rama desde el día que llegó. El rey convocó a curanderos y hechiceros de todas las tierras para atender al halcón, pero ninguno pudo hacer que el ave volara. Luego le presentó la tarea a los miembros de su corte. Sin embargo, al día siguiente, el rey vio a través de la ventana del palacio que el ave no se movía de su percha. Habiéndolo intentado todo, el rey pensó: “Tal vez necesito a alguien que esté más familiarizado con la vida del campo para que entienda la naturaleza del problema”. Entonces le dijo a su corte. - Vayan a buscar al granjero. A la mañana siguiente el rey se emocionó al ver al halcón volando muy alto sobre los jardines del palacio y le dijo a su corte: - Tráiganme al hacedor del milagro. La corte rápidamente localizó al granjero, quien vino ante el rey. Éste le preguntó: - ¿Qué hiciste para que el halcón volara? Con reverencia, el grajero le dijo al rey: - Fue fácil, majestad. Simplemente corté la rama. Fácil decisión pero, a la vez, muy difícil. Porque no ponemos al halcón en la tesitura de tener que levantar las alas. El halcón se vio compelido a volar porque encontró la necesidad de hacerlo. Y eso pasa con las personas. Se retrasa innecesariamente el momento de la autonomía. Creo que hay que facilitar a las personas las ocasiones para decidir por sí mismas, para pensar por sí mismas, para actuar por sí mismas. Lejos de cortar la rama, tenemos la tendencia de hacer una jaula para que el halcón no vuele, para que el halcón esté a buen recaudo, sin correr riesgos. Para crecer hay que asumir riesgos. Si los niños y las niñas fueran llevados siempre en brazos para que no se cayeran, jamás aprenderían a caminar. Si, por temor a una caída, nunca se subieran a una bicicleta o a una moto o a un coche, jamás aprenderían a conducir. Hay que cortar la rama de la seguridad y del inmovilismo, asumiendo riesgos y afrontando con vigor las dificultades. Sólo así se podrá elevar el vuelo. Lo que nos dicen los alumnos a los profesores y los hijos a los padres es lo siguiente: “Ayúdame a hacerlo solo”. Y lo que nosotros debemos decirles es: “Tú tienes que aprender a hacerlo solo”. Pero para aprender a hacerlo tiene que hacerlo. Eso supone asumir algunos riesgos. Y ahí está el quid de la cuestión. Cuál es el ritmo del ejercicio de la libertad. Cuál es el equilibrio entre responsabilidad y libertad. No es cierto que hasta que no sean responsables no pueden ser libres sino que, si no son libres, no podrán aprender a ser responsables. Por eso, el primer día que el niño pueda cruzar solo el paso de peatones no debe ir agarrado a la mano de su mamá o de su papá. Por eso el primer día que pueda peinarse solo ya nadie le tendrá que ayudar. Por eso el primer día que pueda abrocharse los zapatos ya nadie se los tendrá que abrochar. La tentación educativa (o, mejor dicho, deseducativa) es la inversa: retrasar lo más posible el momento de la autonomía, ir dando largas bajo la excusa de que la persona todavía no sabe actuar por sí misma, bajo la sospecha de que todavía no está madura, sin caer en la cuenta de que esa postura es la que está bloqueando la maduración. Lo cual convierte a los aprendices en inútiles o en rebeldes. En súbditos incompetentes o en díscolos despechados. Todo lo que se les enseña a los niños se les impide descubrirlo por sí mismos, se ha dicho con evidente verdad. Pero los adultos nos sentimos mejor mostrando lo que sabemos que ayudando al otro a que sea capaz de buscar por sí mismo. Nos sentimos mejor protegiendo que dejando márgenes de libertad para que la persona aprenda a protegerse a sí misma. Recuérdese la hermosa metáfora de Holderlin: Los educadores forman a sus educandos como los océanos forman a los continentes, retirándose. Cortar la rama de la dependencia, de la sumisión, del conformismo, de la seguridad, de la comodidad, del inmovilismo y de la inacción es poner a la persona en condiciones de volar por sí misma.
April 28 2010, 5:37pm | Comments »
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Déjate de cuentos
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/04/24/dejate-de-cuentos/
Me gustaría tener a mi lado mientras escribo a mi querido amigo Paco Abril. Es el mejor cuentacuentos que conozco y uno de los mejores “escribecuentos”. Él me ha explicado muchas veces que los cuentos son la sustancia de la vida. Ha escrito que “los cuentos se dirigen al oído emocional de los niños y de las niñas. Les llegan a lo más profundo de sí mismos, a diferencia de los discursos moralistas de sus mayores, a los que se van haciendo, con el tiempo, más y más impermeables”. Pero, precisamente por su enorme poder educativo, hay que estar prevenidos de sus peligros. Rosetta Forner ha escrito un libro que se titula “Déjate de cuentos”. En él se plantea la interesante cuestión de cómo los cuentos clásicos abordan la relación entre los sexos. ¿Dé qué hablan, qué moralejas tienen, qué papel desempeñan en ellos las mujeres? La autora va recorriendo los cuentos tradicionales que han alimentado nuestra infancia y va haciendo visible la tremenda carga sexista que encierran a través de versiones en las que ella aporta una visión feminista. ¿Por qué Cenicienta, por ejemplo, se resigna a ser maltratada por su madrastra? ¿Por qué acepta ser la sirvienta de sus cínicas hermanas? ¿Por qué tiene que aceptar que una carroza la lleve a la fiesta pudiendo desplazarse por sus propios medios?…La Cenicienta tiene que mostrarse atractiva para el Príncipe, lo tiene que conquistar, tiene que aparecer ante él de tal forma que le pueda gustar. ¿Por qué? Respecto a Caperucita Roja se pregunta la autora: “Acaso era tonta Caperucita o nos la han querido pintar así, desvalida y alelada, infantil y crédula para que pensásemos que todas las niñas del mundo son presa fácil del lobo?”. Respecto a la abuela dice que bien podría haber sido una abuela resuelta, valiente y de rompe y rasga, una que le hubiese plantado cara al lobo feroz. Pero no. No era una abuela así. ¿Por qué Bella Durmiente sólo puede ser rescatada del sueño por el beso de un Príncipe? ¿Por qué ha de esperar dormida la llegada del Príncipe salvador? ¿Nunca salva la mujer a los hombres? Rosetta Forner le da la vuelta a los cuentos tradicionales y escribe sobre los conocidos relatos otros de corte diferente en los que las niñas son de otro modo, desempeñan otros papeles y tienen otras actitudes. En todos los cuentos la mujer se ha de mostrar atractiva y ha de ser hermosa para conquistar la aceptación y el enamoramiento. Es la tiranía de la belleza. De ahí la esclavitud del acicalamiento. De ahí esta obsesiva búsqueda de la delgadez. De ahí la persecución incesante de la moda. De ahí tantas operaciones de cirugía y tantos casos de anorexia. La mujer puede buscar verse bien a sí misma. Es estupendo que sea así. Pero no por sometimiento, por sumisión y por el único deseo de agradar, de satisfacer el deseo de los hombres. Invito a que el lector o lectora se ejercite en analizar los comportamientos, las palabras y las actitudes. En definitiva, todo lo que piensa, dice o hace para descubrir las pautas sexistas que, muchas veces de forma inconsciente, lo penetra. Todo. Se trata de ponerse las gafas del feminismo para analizar la realidad de forma rigurosa ye inteligente. Todo tiene importancia en esta cuestión. Todo tiene unas consecuencias fatales. Nadie piensa que un copo de nieve tenga peso suficiente para vencer una rama y partirla, Lo cierto es que, a fuerza de nevar, a fuerza de que caigan copos y más copos, hay uno que rompe la rama. ¿Por qué no pensar que el copo de nieve, de peso casi imperceptible, de ese gesto sexista es precisamente el que hunde el cuchillo en el corazón de una mujer? Los personajes de los cuentos actúan como estereotipos modélicos sobre la psicología de los niños y de las niñas. Los héroes se convierten en ejemplo que seguir y se debe seguir y las actitudes que encarnan en conductas que se deben imitar. Comencé a redactar este artículo en un vuelo aéreo de Málaga a Madrid. Las librerías tienen para mí un imán que me arrastra sin remedio. Así que, al llegar al aeropuerto de Barajas me dirigí, llevado por ese irrefrenable impulso, a la librería donde imagino que los libros me esperan con sus brazos abiertos. Y me encontré con un cuento de Munila López Salamero, prologado por Maruja Torres, que se titula, no de forma ingenua, “La Caperucita que no quería comer perdices”. Tiene unas magníficas ilustraciones de Myriam Cameros Sierra. Dice Maruja Torres en su hermoso prólogo: “”Nuestra Cenicienta sin ceniza en la frente y con la cabeza muy alta, nos avisa de que cada generación, cada mujer, tiene que volver a empezar. Porque, a la que se descuida, los tacones altos, ese regalo envenenado, la conducen a un camino de espinas. La ponen a cocinar perdices para cualquier príncipe titular o secundario. Y puede acabar no reconociéndose , no sabiendo cómo llorar sus vidas impuestas, cómo vaciarse de los mandamientos, cómo deshacerse dl sometimiento”. La autora del texto cuenta, al final, cómo surgió la idea de escribirlo. Dice que desde hace siglos y siglos las mujeres han sido bombardeadas por el mensaje “se casaron, fueron felices y comieron perdices” y que unos pocos años de feminismo no protegen de la presión que ejercen películas, anuncios, libros y, sobre todo “cuentos que nos contaron de pequeñas y que siguen impunes en el mercado”. Un grupo de mujeres contra la violencia de género del barrio de Horta (Barcelona) le pide a Munila que escriba un cuento que cuestione la filosofía machista de los cuentos tradicionales ya que consideraban que las mujeres habían sido víctimas de un mensaje atroz. Y así surgió la idea de escribir “La cenicienta que no quería comer perdices” cuyo mensaje es, en palabras de la autora, “quiérete a ti misma”. Dice Maruja Torres que este libro, que contiene verdades como puños”, debería ser lectura obligada en los colegios. Mientras llega ese momento, yo lo recomiendo a los lectores y lectoras de este artículo. Que aproveche.
April 23 2010, 11:00pm | Comments »
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Mamá, quiero ser viejo
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/03/20/mama-quiero-ser-viejo/
Al terminar hace unos días la conferencia de apertura del V Encuentro Nacional de Orientación en Sevilla se me acercó una de las asistentes y, con ojos llenos de tristeza, me habló de la experiencia de un hijo suyo de diez años que le había dicho: - Mamá, quiero ser viejo. - ¿Por qué, hijo?, le preguntó ella, sorprendida y preocupada. - Porque no quiero ir a la escuela. La mamá, orientadora de profesión y, por consiguiente, persona muy vinculada a la escuela, vivió aquella confidencia con una profunda desolación. Que un niño de diez años quiera ser un viejo es algo anormal. Y que la causa sea el rechazo de la escuela es algo preocupante. Si los profesionales de la educación atribuimos la cusa de esa desafección a que el niño tiene escasa motivación, nulo interés, poca capacidad, insuficiente valía, mala relación con los demás, excesiva pereza, conducta indeseable o sobreprotección familiar, será imposible mejorar lo que hacemos. Si nos excusamos en el hecho de que otros sí que quieren ir a la escuela y, por consiguiente, esa es una demostración de nuestro buen hacer, conseguiremos instalarnos en la rutina y dejaremos que algunos o muchos niños y niñas sigan fracasando. Porque los niños y las niñas no sólo tienen derecho a la escolarización. A lo que de verdad tienen derecho es a tener éxito en la escolarización. Y ya sé que una parte depende de los niños y de las niñas. De su esfuerzo, de su aplicación, de su constancia. Nosotros debemos preguntarnos por qué ese niño quiere ser viejo para no ir a la escuela. Y si nos lo preguntamos quizá descubramos que el niño se aburre, no se siente querido, se ve comparado y descalificado, estudia cosas que no le interesan, se siente acosado… Y ese descubrimiento nos tiene que hacer reaccionar para mejorar aquello que le hace ver la escuela como un lugar indeseado. Las personas están diseñadas para aprender. El ser humano tiene una curiosidad innata. Tenemos que preguntarnos por qué no quieren aprender o, como en este caso, por qué no quieren ir al lugar donde se aprende. Decía Winston Churchill: “Me encanta aprender, pero me horroriza que me enseñen”. No me sorprendió la angustia de la madre. Tiene que ser horrible percibir esa reacción en un hijo que no quiere ir a una institución en la que tú crees, a la que tú amas y por la que tú trabajas. Que nadie entienda esta reflexión como una descalificación a quienes trabajan en las escuelas sino como una invitación a la reflexión, al compromiso, a la cooperación. En el año 2003 publicó la Editorial Gedisa un hermoso libro titulado “Por qué tengo que ir a la escuela”. El libro lleva como subtítulo “Cartas a Tobías”. Explicaré por qué. Una familia está despidiendo en la estación a un familiar, reconocido pedagogo alemán llamado Harmunt Von Hentig. El niño, que se llama Tobías, se muestra revoltoso y agitado, se tira al suelo para ver los frenos del tren, no para quieto un momento. La madre, un tanto irritada, le dice: - Ya está bien. Ganas tengo de que empiece la escuela. El niño se pone de pie y formula esta pregunta a los padres: - ¿Por qué tengo que ir a la escuela? El tren está arrancando, de modo que el tío, que ha escuchado la pregunta, le dice al sobrino, mientras agita la mano en son de despedida: - Yo te voy a contestar a esa pregunta. El tren se va, la madre sigue reconviniendo al niño mientras regresan a casa. Y el tío le envía a su nieto Tobías 26 cartas en las que le explica cuáles son los motivos por los que tiene que ir a la escuela. Se trata de relatos breves y sugerentes que empiezan explicando por qué en la experiencia de su tío fue importante acudir a la escuela. Todas van dirigidas a Tobías. Y todas las firma su tío Harmunt. “Mis cartas os pueden ser útiles –le dice en la primera de ellas-, sobre todo si las leéis todos juntos. Se lo propondré a tus padres. Pero son tus cartas; cuando hayas leído la segunda o la tercera carta, decide tú cómo quieres hacerlo”. Este libro, que puede ser leído por padres, profesores y alumnos, es una invitación a reflexionar sobre el sentido de la escuela y sobre la forma en que la escuela puede convertirse en una institución creativa que verdaderamente ayude a responder a la curiosidad innata de los seres humanos por aprender. La escuela no está ahí como caída del cielo. Hacemos la escuela entre todos. Se lo dice Von Hentig a su sobrino. Puede ser que la escuela a la que vas –viene a decir- tenga cosas que no te gusten, pero tú puedes contribuir a cambiarlas, a mejorarlas. Hacemos la esuela cada día con nuestro trabajo, nuestras actitudes y nuestras relaciones con los demás. No es producto que3 venga manufacturado y que no podamos tocar sino que es, en buena medida, lo que nosotros queramos que sea. La exclamación del niño nos pone a todos y a todas contra las cuerdas. ¿Por qué este niño, que está empezando a vivir, quiere hacerse de repente un viejo? ¿Cómo puede dejarnos indiferentes su rechazo, sin preguntarnos qué pasa con su terrible experiencia, con su dolor cotidiano? Porque, aunque él no quiera, tiene que ir a la escuela cada día, de modo que una tarea apasionante como aprender se puede convertir en una condena a trabajos forzados. ¿Cómo no estimularnos para hacer de la escuela un lugar soñado de aprendizajes relevantes y de encuentros enriquecedores? ¿Cómo no comprometernos en hacer una escuela donde todos y cada uno de los alumnos y de las alumnas puedan encontrarse con quienes van a guiarlos amorosa y exigentemente hacia cotas elevadas de saber y de felicidad? Ya sé que estudiar es a veces arduo y difícil, pero no es igual para hacerlo tener una disposición emocional positiva hacia al aprendizaje que desear tener canas para quedarse en casa viendo la televisión.
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March 19 2010, 11:00pm | Comments »
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Esqueismo
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/02/27/esqueismo/
Hay gente que nunca va a tener la culpa de nada. Aunque la esté utilizando aquí, la palabra esqueismo no existe. Me refiero con ella a ese vicio tan extendido de utilizar excusas para justificar comportamientos indebidos u omisiones flagrantes. Llamo esqueismo, pues, al hábito de utilizar la expresión “es que…”. Hay personas especializadas en el uso de esta locución exculpatoria. Personas que hacen un uso tan frecuente de ella, que ya lo han mecanizado, lo han convertido en un automatismo. Seguro que el lector conoce a más de una. Porque abundan. En lugar de reconocer un error, una equivocación, un olvido, un despiste o un fallo, dirán con una contundencia y un desparpajo admirables: “Es que…”. Tienen una rara habilidad para cargar en las espaldas de los demás el peso de sus fallos. Si te pisan dirán que no tenías que tener el pie debajo en ese momento. Si las pisas dirán que tenías que haber mirado previamente. Ellas son perfectas. Nunca tienen la culpa de nada. “Todos son culpables, salvo yo”, decía Celine. El diccionario de la RAE define el concepto de excusa como “el motivo o pretexto que se invoca para eludir una obligación o disculpar una omisión”. La excusa se sustenta en un motivo insuficiente, arbitrario, poco real. Una cosa es una justificación rigurosa y otra una excusa. Cuando explicamos por qué hemos hecho algo o por qué lo hemos dejado de hacer, tratamos de ofrecer un argumento creíble. Puede ser que resulte creíble para el que lo da, pero no para el que lo recibe. O al revés. Algunas veces, quien ofrece la explicación sabe que miente, pero el que la recibe se lo cree a pie juntillas. ¿Cuándo una explicación se convierte en una excusa? Cuando es mentirosa o no tiene consistencia. En el campo de la enseñanza, que me resulta tan cercano, se practica con frecuencia el “esqueismo”: es que los alumnos son vagos, torpes y están mal preparados, la Administración es injusta, las familias son desaprensivas, la sociedad es desastrosa, los sueldos son bajos y la televisión resulta estúpida. Los alumnos también lo practican con soltura: es que los profesores son exigentes, me tienen manía, no saben explicar, los libros son difíciles y el Colegio o el Instituto son aburridos. Las familias pueden apuntarse, como no podía ser menos, a esta reacción que impide pensar, reconocer y actuar positivamente: es que los profesores sólo piensan en las vacaciones, sólo se preocupan de los que van bien, los chicos sólo piensan en divertirse, la vida se ha puesto así… En la política son frecuentes las excusas: es que el partido que gobernaba dejó las arcas vacías, dice el partido que gobierna. Es que el gobierno no quiere pactar, dice la oposición que no desea llegar a un acuerdo. Una excusa siempre es interesada. Detrás de ella escondemos las verdaderas razones: la torpeza, la incompetencia, la cobardía, el olvido, la dejadez o la maldad. La excusa más incoherente y pintoresca que he escuchado en mi vida me la dio un alumno mío de diez años en un colegio de Oviedo cuando le pregunté por qué llegaba tarde a la clase. Me dijo: - Es que me ha salido un toro en la calle y he tenido torearlo. No sé si la había elaborado previamente o se le ocurrió en el momento. Lo cierto es que, con toda la tranquilidad del mundo me explicó la causa del retraso a través de una emergencia insólita. No pensó que acaso hubiera sido más lógico correr delante del toro y llegar antes de la hora. Sobre todo, al no disponer del necesario capote y de la imprescindible valentía. Algunas veces, la excusa es previa a la acción o a la omisión. Y se convierte en la causa de la inacción. Es que no se lo merecen, dice el profesor que no quiere llevar a los alumnos de excursión. Es que voy a suspender de todos modos, dice el alumno que no quiere estudiar. Es que no sabe apreciar los buenos regalos, dice el novio que no quiere gastarse mucho dinero en el obsequio que debe hacer a su pareja.
El engaño tiene que ver con los demás pero también con nosotros mismos. Nosotros podemos convertir en un motivo lo que no es más que una excusa descarada. Cualquier espectador imparcial podría corroborarlo.
¿Cómo nos las arreglamos para proteger la irresponsabilidad detrás de explicaciones futiles? Haciéndolas lo más creíbles que se puede. Mientras más irresponsabilidad existe, se manejarán más excusas. Los niños y las niñas utilizan excusas con frecuencia. Mientras menos autenticidad tenga una persona, más fácil será el uso y el abuso de excusas. Todos conocemos gente especialista en formularlas. Es fácil que, después de un tiempo, hasta las explicaciones verdaderas de esas personas sean tomadas por falsas. Desde el punto de vista social, la irresponsabilidad demuestra una pésima integración del individuo en una colectividad civilizada. Por eso el individuo maduro, el individuo responsable, es capaz de asumir sus fallos y sus limitaciones. Y es capaz de hacer frente a la consecuencias de sus actos. Pascal Bruckner, autor en 1995 de “La tentación de la inocencia”, auténtico vademecum de la moderna cultura de la irresponsabilidad, dice: “Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes”. Al rechazar su responsabilidad, las personas se convierten en autistas morales. Unas veces mediante la maldad, otras mediante el autoengaño. Y es que, como decía La Rochefoucauld: “Es tan fácil engañarse a uno mismo sin darse cuenta como engañar a los demás sin que se den cuenta”. No nos engañemos. No nos dejemos engañar.
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February 26 2010, 10:00pm | Comments »
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Estúpida burocracia
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/01/16/estupida-burocracia/
Se habla mucho de la inutilidad de la burocracia, pero menos del desconsuelo que procura. Me cuenta una querida cuñada que está desesperada con el trabajo desmedido que le encomienda la inspección. Es una excelente maestra, una profesional concienzuda, una magnífica persona que se desvive por los niños y las niñas que le han tocado en suerte. Y hoy la veo abrumada y desconsolada con el ímprobo y absurdo trabajo que tiene que llevar a cabo. Me impresionó oírla decir hace poco: - No creo que yo me jubile como maestra. Es una pena. Porque disfruta trabajando con los niños y las niñas, pero sufre llevándose tarea a la casa diariamente, en los fines de semana y durante las vacaciones. Está metida en un sinvivir. Tiene la convicción de que muchas de las tareas burocráticas que le imponen no sirven para nada, salvo para hacer estadísticas y amontonar papeles. No es justo, no es lógico, no es decente que la burocracia abrase a los mejores profesionales de la educación. Hay que preguntarse con seriedad y urgencia: ¿Cuántas horas de trabajo burocrático asumen los profesionales de la educación? ¿Cuántas horas se dilapidan entregadas a tareas absurdas que no sirven para nada? ¿Cuánto aburrimiento se acumula en las mentes y en el corazón de los docentes por estas iniciativas cada vez más ridículas? La pirámide jerárquica no se rompe nunca. El ministro le exige a los consejeros, los consejeros a los delegados, los delegados a los inspectores, los inspectores a los directores y los directores a los profesores. (Ya sé que también hay mujeres, y muchas, en la educación, pero no he querido redactar un párrafo rocambolesco). ¿Por dónde se romper esa cadena maldita? ¿Quién le pone el cascabel al gato? ¿Quién es capaz de decir “yo eso no lo mando porque es un sinsentido o “yo eso no lo hago porque es un estupidez”?. ¿Para cuándo la unión de todos y de todas contra la irracionalidad? Hay quien toma el camino más corto. Se va. Pide una baja y se acabó el problema. Mi cuñada no es capaz de hacerlo porque es una persona con responsabilidad. Entrega como tributo su salud física y mental. Porque es una persona sacrificada. Y hace a conciencia lo que se le pide. Mil doscientas dieciséis fichas ha tenido que entregar hace poco, correspondientes a los trescientos cuatro alumnos y alumnas a quienes tiene que enseñar inglés. Ficha de cada concepto que ha enseñado en cuatro dimensiones: leer, escribir, escuchar, hablar. Es decir que es para la autoridad educativa es más importante dedicarse a contar lo que se ha hecho que tratar de mejorar las condiciones para hacerlo bien. ¿Quién detiene esta trituradora de ilusiones? ¿Quién para esta maquinaria infernal? No es justo, no es lógico que el trabajo tenga que realizarse a costa de la familia, de la salud o del descanso. Hay que decir basta. Alguien tiene que poner coto a esta insensatez progresiva. La burocracia es un condena en cualquier trabajo. En la enseñanza es una maldición. Porque se desperdician las horas y porque los profesionales se queman inútilmente. La burocracia potencia el régimen organizativo jerarquizado e impone una obediencia irracional “Esto hay que hacerlo porque hay que hacerlo”. Pero, qué sentido tiene, para qué sirve, qué impide hacer, qué consecuencias tiene, son preguntas que nadie se hace y si se las hace se las contesta cada uno en privado sin que las respuestas ayuden a corregir las situaciones injustas e irracionales. Tiene la situación un efecto derivado pernicioso, que es el desarrollo de la cultura burocrática en la que se instalan las prácticas de manera rutinaria, acrítica e irracional. Esas prácticas se perpetúan a veces a través del tiempo y se convierten en comportamientos anquilosados que nadie sabe a qué finalidad responden. Pero se repiten una y otra vez. ¿Cuántas horas dedican los directores y directoras a la burocracia? Pueden destinar su tiempo a tareas pedagógicamente ricas, como coordinar,inspirar proyectos innovadores, investigar sobre la práctica, crear un clima positivo, hacer equipo, proponer iniciativas… O bien, a tareas pedagógicamente pobres, una de las más apremiantes y absorbentes sería la de rellenar papeles, hacer estadísticas y cultivar la burocracia. Sería un atropello exigirles que la mayor parte de su tiempo se invirtiese en tareas tan aburridas como inútiles. Recuerdo ahora aquella vieja historia que pasa de boca en boca. En un centro se pintó un banco y se encargó a un conserje que se sentara en otro que estaba enfrente para advertir a las personas que el banco estaba recién pintado y que no podían sentarse en él. Diez años después, todas las mañanas, un conserje se sentaba en aquel banco. Cuando alguien le preguntó cual era su misión, no supo qué responder. Siempre, desde que él entró, se había hecho así. La burocracia potencia el poder irracional. Si tienes que hacer por obediencia cosas más absurdas e ineficaces re refuerza la sensación de que quien manda puede mandar lo que quiera. Robert Mitchel elevó esta idean a una “ley de hierro de la oligarquía”, según la cual cuanto más crece y se burocratiza una organización, más grado de poder se concentra en manos de un pequeño número de personas de posiciones elevadas. Esta ley da por bueno el dicho de P. Masson: “Los funcionarios son como los libros de una biblioteca: los que están en los lugares más altos son los que menos sirven”. Las autoridades educativas tienen que velar para que los educadores más sensibles no se convierten en burócratas acomodados o desesperados. Sería muy triste que utilizasen su poder para hacer exactamente lo contrario a lo que deben. Y me temo, por lo que mi cuñada me cuenta, que es lo que está sucediendo. Los alumnos y alumnas de mi cuñada no se merecen que traten así a su maestra quienes tienen que cuidarla. Y ella, menos.
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January 15 2010, 10:00pm | Comments »
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Machismo lingüístico
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2009/12/12/machismo-linguistico/
La palabra puede ser una forma de agresión tan brutal como los golpes. Frecuentemente nos golpean noticias de maltrato contra las mujeres. Cuando llega este momento, nos aflige el dolor y nos invade la rabia. Pero pronto volvemos a la tranquilidad, hasta que un nuevo golpe nos despierta de la indiferencia y el olvido. - Qué horrible, otra mujer asesinada por su pareja, decimos. Pero, ¿qué hacemos más allá de lamentarnos? Porque, entre todos y entre todas tenemos que detener ese brazo que golpea y golpea sin piedad. Y, ¿cómo podremos hacerlo? Pues muy sencillo y muy difícil a la vez: acabando con la terrible lacra del machismo. Lacra que no desaparece por decreto ley, aunque las leyes sean necesarias. “La sociedad no cambia por decreto”, reza el título de un libro de Michel Crozier. En efecto, ¿puede cambiar una ley las concepciones y las actitudes de las personas? Hay que combatir todas las formas en las que se manifiesta el sexismo, porque de él nace la violencia, la discriminación y el horror de los asesinatos. Por eso me entristecen (esa es la palabra exacta) esos artículos machistas que critican con buena carga de sorna, el uso no sexista del lenguaje, Ya sé que al decir “hombres” incluimos a hombres y a mujeres. Ya sé que al decir niños podemos referirnos genéricamente a niños y niñas. Pero no me dejará de reconocer el lector (o lectora) que en ambos casos silenciamos a las mujeres y a las niñas. Es indiscutible que, a través del lenguaje, se hacen invisibles. Por eso hay que referirse explícitamente a ellas. No me hacen gracias sus bromas, señor Pedro Jota (¿o será Pedro Joto para seguir sus derroteros de mordacidad?). No me gusta su estilo insensible a estas cuestiones, señor Pérez Reverte. Y no creo que se hagan más contundentes sus opiniones por utilizar unos términos gruesos y unas descalificaciones hirientes. No me hace ninguna gracia que usted califique el lenguaje no sexista como “una soplapollez”. No me gusta, señor Jiménez Losantos ese desprecio que usted muestra al Ministerio de Igualdad, a la Ministra y a las causas que plantea desde una cartera imprescindible. Me molestan sus palabras despectivas, señor Juan Manuel de Prada, por ejemplo cuando dice que “se necesitan vocablos nuevos para designar a esas mujeres que sólo alcanzarán la felicidad satisfecha de los lacayos cuando sienten que les crece una miembra virila entre las piernas” (ABC, 3/2/2007). Utilizar un lenguaje no sexista no es capricho, no es un intento de despreciar el diccionario y la gramática, es una exigencia de la lógica y e la justicia. Hay que conectar ese hecho, aparentemente menor, con la atrocidad del asesinato de las mujeres. Ya sé que no se puede establecer un nexo causal directo, pero sí se puede decir que ese árbol maldito que regamos de mil formas va dando frutos envenenados. Las gotas del lenguaje sexista, de los gestos discriminatorios, de las bromas procaces, de la falta de respeto van haciendo crecer y fructificar el árbol del sexismo. Si no lo hiciésemos así acabaría por secarse y pudrirse para siempre. Sé que hay que respetar la gramática y el diccionario y la sintaxis. Pero sé también que lo que no se nombra no existe. Sé también que hay que hacer visibles a la mujeres a través del lenguaje. No podemos olvidar que fueron hombres quienes hicieron la gramática, la sintaxis y los diccionarios. Cuando decimos que los adjetivos tienen que concordar con el sustantivo “por el género noble”, ¿a qué género nos estamos refiriendo? Obviamente, al género masculino. ¿Por qué es ese el género noble? Porque lo decidieron así quienes crearon la norma. No me gusta el efecto que produce sobre el lenguaje su uso no sexista. Lo hace más farragoso y menos elegante. Pero creo que, ante dos principios que chocan, ante esa disonancia lingüística, debe prevalecer el principio más noble, ahora sí. Es decir el que está del lado de la equidad. Remito al lector (o lectora) al excelente artículo de la profesora Olga Castro Vázquez “Rebatiendo lo que Otros dicen del lenguaje no sexista”, publicado en gallego en la Revista “Festa da Palabra Silenciada” en el número monográfico “O verbo patriarcal”. Una a una (hasta once) va desmontando las acusaciones que los detractores (también hay alguna detractora, por supuesto) del lenguaje no sexista formulan manifestando una inequívoca actitud sexista. Mencionaré sólo alguno de sus argumentos. Utilizar y defender un lenguaje no sexista es una cuestión importante porque pensamos con palabras y categorías gramaticales e imaginamos la realidad a través de la representación cognitiva que hacemos de ella mediante el lenguaje. No es, pues, una cuestión menor hacer visibles a las mujeres cuando se habla o se escribe. Reducir el lenguaje no sexista al que llena el texto de arrobas, barras, guiones, paréntesis, palabras inexistentes o dobles, entorpeciendo el texto y creando un lenguaje antinatural es una agresión es una ridiculización y una simplificación inadmisible. Decir que hay cosas más importantes por las que preocuparse no es más que una excusa sin fundamento. En primer lugar porque el uso no sexista del lenguaje no es incompatible con la lucha contra otras formas de discriminación como la violencia doméstica, la desigualdad salarial o la negación del derecho al aborto…No es cierto que el lenguaje no sexista sea antinatural . ¿Qué es un lenguaje antinatural? El lenguaje no es fenómeno estático e inamovible y por supuesto, ajeno al uso. Es una construcción humana que refleja concepciones, actitudes y valores (frecuentemente los dominantes). Es un constructo social y una cuestión de hábito que puede cambiarse y que de hecho se cambia. Muchas palabras que antes sonaban mal o, sencillamente, no sonaban, son hoy tan “naturales” como otras de uso secular. ¿A quién le sorprende hoy hablar de médicas, arquitectas, juezas y abogadas? ¿Por qué dentro de un tiempo no va a suceder lo mismo con otras palabras como miembra o fiscala? El lenguaje no sexista no es contrario a la economía del lenguaje. No es necesario escribir textos como éste: “Los empleados y las empleadas gallegos y gallegas están descontentos y descontentas por “. Estas expresiones invitan a la ridiculez. No se trata de escribir así sino de forma que se haga pensar en la representación de las mujeres y hombres en la lengua. Por ejemplo: “Las empleadas y empleados de Galicia están descontentos porque fueron instados, e incluso obligados a declararse personas católicas”. Es otra cosa. El uso no sexista del lenguaje es una forma más y no de escasa importancia para poner freno a ese terrible monstruo que devora a las mujeres.
December 11 2009, 10:00pm | Comments »
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Machismo lingüístico
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2009/12/11/machismo-linguistico/
La palabra puede ser una forma de agresión tan brutal como los golpes. Frecuentemente nos golpean noticias de maltrato contra las mujeres. Cuando llega este momento, nos aflige el dolor y nos invade la rabia. Pero pronto volvemos a la tranquilidad, hasta que un nuevo golpe nos despierta de la indiferencia y el olvido. - Qué horrible, otra mujer asesinada por su pareja, decimos. Pero, ¿qué hacemos más allá de lamentarnos? Porque, entre todos y entre todas tenemos que detener ese brazo que golpea y golpea sin piedad. Y, ¿cómo podremos hacerlo? Pues muy sencillo y muy difícil a la vez: acabando con la terrible lacra del machismo. Lacra que no desaparece por decreto ley, aunque las leyes sean necesarias. “La sociedad no cambia por decreto”, reza el título de un libro de Michel Crozier. En efecto, ¿puede cambiar una ley las concepciones y las actitudes de las personas? Hay que combatir todas las formas en las que se manifiesta el sexismo, porque de él nace la violencia, la discriminación y el horror de los asesinatos. Por eso me entristecen (esa es la palabra exacta) esos artículos machistas que critican con buena carga de sorna, el uso no sexista del lenguaje, Ya sé que al decir “hombres” incluimos a hombres y a mujeres. Ya sé que al decir niños podemos referirnos genéricamente a niños y niñas. Pero no me dejará de reconocer el lector (o lectora) que en ambos casos silenciamos a las mujeres y a las niñas. Es indiscutible que, a través del lenguaje, se hacen invisibles. Por eso hay que referirse explícitamente a ellas. No me hacen gracias sus bromas, señor Pedro Jota (¿o será Pedro Joto para seguir sus derroteros de mordacidad?). No me gusta su estilo insensible a estas cuestiones, señor Pérez Reverte. Y no creo que se hagan más contundentes sus opiniones por utilizar unos términos gruesos y unas descalificaciones hirientes. No me hace ninguna gracia que usted califique el lenguaje no sexista como “una soplapollez”. No me gusta, señor Jiménez Losantos ese desprecio que usted muestra al Ministerio de Igualdad, a la Ministra y a las causas que plantea desde una cartera imprescindible. Me molestan sus palabras despectivas, señor Juan Manuel de Prada, por ejemplo cuando dice que “se necesitan vocablos nuevos para designar a esas mujeres que sólo alcanzarán la felicidad satisfecha de los lacayos cuando sienten que les crece una miembra virila entre las piernas” (ABC, 3/2/2007). Utilizar un lenguaje no sexista no es capricho, no es un intento de despreciar el diccionario y la gramática, es una exigencia de la lógica y e la justicia. Hay que conectar ese hecho, aparentemente menor, con la atrocidad del asesinato de las mujeres. Ya sé que no se puede establecer un nexo causal directo, pero sí se puede decir que ese árbol maldito que regamos de mil formas va dando frutos envenenados. Las gotas del lenguaje sexista, de los gestos discriminatorios, de las bromas procaces, de la falta de respeto van haciendo crecer y fructificar el árbol del sexismo. Si no lo hiciésemos así acabaría por secarse y pudrirse para siempre. Sé que hay que respetar la gramática y el diccionario y la sintaxis. Pero sé también que lo que no se nombra no existe. Sé también que hay que hacer visibles a la mujeres a través del lenguaje. No podemos olvidar que fueron hombres quienes hicieron la gramática, la sintaxis y los diccionarios. Cuando decimos que los adjetivos tienen que concordar con el sustantivo “por el género noble”, ¿a qué género nos estamos refiriendo? Obviamente, al género masculino. ¿Por qué es ese el género noble? Porque lo decidieron así quienes crearon la norma. No me gusta el efecto que produce sobre el lenguaje su uso no sexista. Lo hace más farragoso y menos elegante. Pero creo que, ante dos principios que chocan, ante esa disonancia lingüística, debe prevalecer el principio más noble, ahora sí. Es decir el que está del lado de la equidad. Remito al lector (o lectora) al excelente artículo de la profesora Olga Castro Vázquez “Rebatiendo lo que Otros dicen del lenguaje no sexista”, publicado en gallego en la Revista “Festa da Palabra Silenciada” en el número monográfico “O verbo patriarcal”. Una a una (hasta once) va desmontando las acusaciones que los detractores (también hay alguna detractora, por supuesto) del lenguaje no sexista formulan manifestando una inequívoca actitud sexista. Mencionaré sólo alguno de sus argumentos. Utilizar y defender un lenguaje no sexista es una cuestión importante porque pensamos con palabras y categorías gramaticales e imaginamos la realidad a través de la representación cognitiva que hacemos de ella mediante el lenguaje. No es, pues, una cuestión menor hacer visibles a las mujeres cuando se habla o se escribe. Reducir el lenguaje no sexista al que llena el texto de arrobas, barras, guiones, paréntesis, palabras inexistentes o dobles, entorpeciendo el texto y creando un lenguaje antinatural es una agresión es una ridiculización y una simplificación inadmisible. Decir que hay cosas más importantes por las que preocuparse no es más que una excusa sin fundamento. En primer lugar porque el uso no sexista del lenguaje no es incompatible con la lucha contra otras formas de discriminación como la violencia doméstica, la desigualdad salarial o la negación del derecho al aborto…No es cierto que el lenguaje no sexista sea antinatural . ¿Qué es un lenguaje antinatural? El lenguaje no es fenómeno estático e inamovible y por supuesto, ajeno al uso. Es una construcción humana que refleja concepciones, actitudes y valores (frecuentemente los dominantes). Es un constructo social y una cuestión de hábito que puede cambiarse y que de hecho se cambia. Muchas palabras que antes sonaban mal o, sencillamente, no sonaban, son hoy tan “naturales” como otras de uso secular. ¿A quién le sorprende hoy hablar de médicas, arquitectas, juezas y abogadas? ¿Por qué dentro de un tiempo no va a suceder lo mismo con otras palabras como miembra o fiscala? El lenguaje no sexista no es contrario a la economía del lenguaje. No es necesario escribir textos como éste: “Los empleados y las empleadas gallegos y gallegas están descontentos y descontentas por “. Estas expresiones invitan a la ridiculez. No se trata de escribir así sino de forma que se haga pensar en la representación de las mujeres y hombres en la lengua. Por ejemplo: “Las empleadas y empleados de Galicia están descontentos porque fueron instados, e incluso obligados a declararse personas católicas”. Es otra cosa. El uso no sexista del lenguaje es una forma más y no de escasa importancia para poner freno a ese terrible monstruo que devora a las mujeres.
December 10 2009, 10:00pm | Comments »
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