Queremos creer, incluso en lo que no podemos. Dice Francis Bacon que “cuanto más apetece a una persona que una opinión sea cierta, con más facilidad la cree”. Sólo así puede entenderse la extraordinaria facilidad con la que muchos fanáticos e ignorantes dan por buenos hechos, opiniones y creencias. Hace poco, en un programa de televisión, vi un reportaje sobre las apariciones de la Virgen en El Escorial. Una vidente llamada Amparo Cuevas actúa como médium en los mensajes que la Virgen envía a la humanidad. Como siempre la Virgen, en lugar de aparecerse a un notario o aun registrador de la propiedad, que sería lo suyo, se manifiesta a una persona humilde e inculta o a unos crédulos infantes. Qué casualidad. Quedé completamente obnubilado. No tanto por las manifestaciones de la vidente, que también, cuanto por el papanatismo de mucha gente que la sigue. ¿Cómo es posible creer en semejante superchería? Me sorprende sobremanera la enorme credulidad que muestra el ser humano en general y algunas personas en particular. Miles de hombres y de mujeres, desde hace más de 25 años, peregrinan los primeros sábados de mes hasta Prado Nuevo, un paraje de la ciudad madrileña de El Escorial.¿Por qué la gente es tan crédula? La Iglesia no ha aceptado como verdaderas estas apariciones pero muchos creyentes, más papistas que el Papa, creen a pie juntillas estas patrañas. ¿Cómo es posible? Probablemente porque les gusta creer en ellas, porque así tienen algo a lo que agarrarse, porque así dejan de pensar en otras cosas que les obligarían a esforzarse, a buscar información fidedigna. No son uno ni dos sino miles y miles de fanáticos. Niños, jóvenes, adultos y ancianos. Porque el fanatismo no es exclusivo de una sola edad. No me estoy ocupando aquí de los inductores, propagadores y comparsas de estos fenómenos, que también merecerían una atención. Estoy pensando en los seguidores y seguidoras que muestras un entusiasmo irrefrenable. Es increíble, pero es cierto. El reportaje mostraba muchedumbres fervorosas postradas ante la imagen. Hablaban de milagros, de hechos portentosos que contravienen las leyes de la naturaleza, de intervenciones sobrenaturales. No están fingiendo, se lo creen de verdad. Y tú llegas a pensar: ¿están en su sano juicio? Sé que sería imposible convencerlas de su error. Ni las evidencias más clamorosas ni los argumentos más sólidos tendrían valor alguno para ellas. Detrás del fenómeno se esconden muchos intereses. Escuché decir a una persona perteneciente a la Asociación de Víctimas de las Apariciones de El Escorial que a un pariente suyo le vendieron un trozo de cielo a cambio de la entrega de todas sus propiedades. De la buena fe (¿no seria mejor calificarla de tonta?) de algunas personas suelen aprovecharse los espabilados que a su costa hacen pingües negocios. Claro, que bien merecido se lo tienen. Recibo insistentemente en mi teléfono mensajes de videntes y tarotistas. Muchos de esos mensajes están cargados de faltas de ortografía. La ignorancia tiene mucho que ver con estos fenómenos.. En ellos se me garantiza la solución de todos los problemas. Sin conocerlos, claro. Sin saber si tienen solución. No me sorprenden los mensajes. Lo que me llama la atención es que haya alguien que les de crédito. Pero los hay, no me cabe duda. ¿No ha visto el lector o lectora cómo proliferan en la televisión los anuncios de curanderos, videntes y otros engañabobos?. Me he preguntado muchas cuál es el origen de tanta credulidad al ver penitentes en la procesiones de Semana Santa, al admirar tantos exvotos colgados en los templos, al contemplar peregrinaciones y manifestaciones masivas. Pienso que responden más a la superstición que a la religión, más al fanatismo que a la fe… Veo muchos gestos supersticiosos en la vida de las personas: un futbolista sale al campo, toca la hierba con la mano y se persigna tres veces seguidas, un camionero cuelga una imagen de la Virgen al lado de un calendario de mujeres desnudas, un marinero mira con devoción mientras blasfema un cuadro de la Virgen del Carmen… Esta credulidad de la que hablo no se produce sólo en la esfera de lo religioso. Pensemos, por ejemplo, en la vertiente comercial. ¿Cuántas personas dan por buenas las propiedades atribuidas a un producto? ¿Cómo puede alguien pensar que va a aprender inglés en quince días? ¿Cuántas personas creen las promesas que hacen determinados anunciantes? Lo mismo pienso de las manifestaciones de la superstición: el número 13, derramar sal, pasar por debajo de una escalera, pisar las rayas de las baldosas, el color amarillo… El ser humano tiene una credulidad sin límites. Cree, contra toda lógica, incluso en aquello que otros dicen que se debe creer. El premio Nobel de Física Niels Böhr, recibió un día la visita de varios periodistas. Querían entrevistarle. En un momento del encuentro, uno de los periodistas le preguntó: - Señor Böhr, ¿usted cree que las herraduras colocadas en las puertas de las casas traen suerte a sus inquilinos? Böhr se quedó pensativo un momento y contestó: - No. No lo puedo creer. Soy un científico. - Sin embargo, le replicaron, hemos visto que usted tiene una herradura colgada de la puerta de su casa. - Claro. Porque me han dicho que las herraduras en las puertas de las casas traen suerte incluso a quien no cree en ello. ¿Cuántas costumbres están asentadas en creencias irracionales? Repasémoslo. Preguntémonos: ¿por qué hago esto?. ¿por qué lo hago así?, ¿por qué hago ahora? Hay un tendencia a asumir, personal y colectivamente, creencias falsas y absurdas. Porque se busca una seguridad de forma fácil y equivocada. Porque se elude así la esforzada tarea de razonar. ¿Cómo puede creerse con tanta fidelidad los mensajes, las promesas y las explicaciones de los políticos? ¿Cómo puede darse con tanta facilidad por bueno todo lo que dicen? Mientras más inculta es la gente, más credulidad muestra. Mientras más torpe es la gente, más se entrega a estas prácticas ridículas. Mientras menos lee la gente, más se deja llevar por estos reclamos. Por eso es tan importante la educación.
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Credulidad sin límites
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2009/12/19/credulidad-sin-limites/
December 18 2009, 10:00pm | Comments »
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Machismo lingüístico
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2009/12/12/machismo-linguistico/
La palabra puede ser una forma de agresión tan brutal como los golpes. Frecuentemente nos golpean noticias de maltrato contra las mujeres. Cuando llega este momento, nos aflige el dolor y nos invade la rabia. Pero pronto volvemos a la tranquilidad, hasta que un nuevo golpe nos despierta de la indiferencia y el olvido. - Qué horrible, otra mujer asesinada por su pareja, decimos. Pero, ¿qué hacemos más allá de lamentarnos? Porque, entre todos y entre todas tenemos que detener ese brazo que golpea y golpea sin piedad. Y, ¿cómo podremos hacerlo? Pues muy sencillo y muy difícil a la vez: acabando con la terrible lacra del machismo. Lacra que no desaparece por decreto ley, aunque las leyes sean necesarias. “La sociedad no cambia por decreto”, reza el título de un libro de Michel Crozier. En efecto, ¿puede cambiar una ley las concepciones y las actitudes de las personas? Hay que combatir todas las formas en las que se manifiesta el sexismo, porque de él nace la violencia, la discriminación y el horror de los asesinatos. Por eso me entristecen (esa es la palabra exacta) esos artículos machistas que critican con buena carga de sorna, el uso no sexista del lenguaje, Ya sé que al decir “hombres” incluimos a hombres y a mujeres. Ya sé que al decir niños podemos referirnos genéricamente a niños y niñas. Pero no me dejará de reconocer el lector (o lectora) que en ambos casos silenciamos a las mujeres y a las niñas. Es indiscutible que, a través del lenguaje, se hacen invisibles. Por eso hay que referirse explícitamente a ellas. No me hacen gracias sus bromas, señor Pedro Jota (¿o será Pedro Joto para seguir sus derroteros de mordacidad?). No me gusta su estilo insensible a estas cuestiones, señor Pérez Reverte. Y no creo que se hagan más contundentes sus opiniones por utilizar unos términos gruesos y unas descalificaciones hirientes. No me hace ninguna gracia que usted califique el lenguaje no sexista como “una soplapollez”. No me gusta, señor Jiménez Losantos ese desprecio que usted muestra al Ministerio de Igualdad, a la Ministra y a las causas que plantea desde una cartera imprescindible. Me molestan sus palabras despectivas, señor Juan Manuel de Prada, por ejemplo cuando dice que “se necesitan vocablos nuevos para designar a esas mujeres que sólo alcanzarán la felicidad satisfecha de los lacayos cuando sienten que les crece una miembra virila entre las piernas” (ABC, 3/2/2007). Utilizar un lenguaje no sexista no es capricho, no es un intento de despreciar el diccionario y la gramática, es una exigencia de la lógica y e la justicia. Hay que conectar ese hecho, aparentemente menor, con la atrocidad del asesinato de las mujeres. Ya sé que no se puede establecer un nexo causal directo, pero sí se puede decir que ese árbol maldito que regamos de mil formas va dando frutos envenenados. Las gotas del lenguaje sexista, de los gestos discriminatorios, de las bromas procaces, de la falta de respeto van haciendo crecer y fructificar el árbol del sexismo. Si no lo hiciésemos así acabaría por secarse y pudrirse para siempre. Sé que hay que respetar la gramática y el diccionario y la sintaxis. Pero sé también que lo que no se nombra no existe. Sé también que hay que hacer visibles a la mujeres a través del lenguaje. No podemos olvidar que fueron hombres quienes hicieron la gramática, la sintaxis y los diccionarios. Cuando decimos que los adjetivos tienen que concordar con el sustantivo “por el género noble”, ¿a qué género nos estamos refiriendo? Obviamente, al género masculino. ¿Por qué es ese el género noble? Porque lo decidieron así quienes crearon la norma. No me gusta el efecto que produce sobre el lenguaje su uso no sexista. Lo hace más farragoso y menos elegante. Pero creo que, ante dos principios que chocan, ante esa disonancia lingüística, debe prevalecer el principio más noble, ahora sí. Es decir el que está del lado de la equidad. Remito al lector (o lectora) al excelente artículo de la profesora Olga Castro Vázquez “Rebatiendo lo que Otros dicen del lenguaje no sexista”, publicado en gallego en la Revista “Festa da Palabra Silenciada” en el número monográfico “O verbo patriarcal”. Una a una (hasta once) va desmontando las acusaciones que los detractores (también hay alguna detractora, por supuesto) del lenguaje no sexista formulan manifestando una inequívoca actitud sexista. Mencionaré sólo alguno de sus argumentos. Utilizar y defender un lenguaje no sexista es una cuestión importante porque pensamos con palabras y categorías gramaticales e imaginamos la realidad a través de la representación cognitiva que hacemos de ella mediante el lenguaje. No es, pues, una cuestión menor hacer visibles a las mujeres cuando se habla o se escribe. Reducir el lenguaje no sexista al que llena el texto de arrobas, barras, guiones, paréntesis, palabras inexistentes o dobles, entorpeciendo el texto y creando un lenguaje antinatural es una agresión es una ridiculización y una simplificación inadmisible. Decir que hay cosas más importantes por las que preocuparse no es más que una excusa sin fundamento. En primer lugar porque el uso no sexista del lenguaje no es incompatible con la lucha contra otras formas de discriminación como la violencia doméstica, la desigualdad salarial o la negación del derecho al aborto…No es cierto que el lenguaje no sexista sea antinatural . ¿Qué es un lenguaje antinatural? El lenguaje no es fenómeno estático e inamovible y por supuesto, ajeno al uso. Es una construcción humana que refleja concepciones, actitudes y valores (frecuentemente los dominantes). Es un constructo social y una cuestión de hábito que puede cambiarse y que de hecho se cambia. Muchas palabras que antes sonaban mal o, sencillamente, no sonaban, son hoy tan “naturales” como otras de uso secular. ¿A quién le sorprende hoy hablar de médicas, arquitectas, juezas y abogadas? ¿Por qué dentro de un tiempo no va a suceder lo mismo con otras palabras como miembra o fiscala? El lenguaje no sexista no es contrario a la economía del lenguaje. No es necesario escribir textos como éste: “Los empleados y las empleadas gallegos y gallegas están descontentos y descontentas por “. Estas expresiones invitan a la ridiculez. No se trata de escribir así sino de forma que se haga pensar en la representación de las mujeres y hombres en la lengua. Por ejemplo: “Las empleadas y empleados de Galicia están descontentos porque fueron instados, e incluso obligados a declararse personas católicas”. Es otra cosa. El uso no sexista del lenguaje es una forma más y no de escasa importancia para poner freno a ese terrible monstruo que devora a las mujeres.
December 11 2009, 10:00pm | Comments »
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Machismo lingüístico
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2009/12/11/machismo-linguistico/
La palabra puede ser una forma de agresión tan brutal como los golpes. Frecuentemente nos golpean noticias de maltrato contra las mujeres. Cuando llega este momento, nos aflige el dolor y nos invade la rabia. Pero pronto volvemos a la tranquilidad, hasta que un nuevo golpe nos despierta de la indiferencia y el olvido. - Qué horrible, otra mujer asesinada por su pareja, decimos. Pero, ¿qué hacemos más allá de lamentarnos? Porque, entre todos y entre todas tenemos que detener ese brazo que golpea y golpea sin piedad. Y, ¿cómo podremos hacerlo? Pues muy sencillo y muy difícil a la vez: acabando con la terrible lacra del machismo. Lacra que no desaparece por decreto ley, aunque las leyes sean necesarias. “La sociedad no cambia por decreto”, reza el título de un libro de Michel Crozier. En efecto, ¿puede cambiar una ley las concepciones y las actitudes de las personas? Hay que combatir todas las formas en las que se manifiesta el sexismo, porque de él nace la violencia, la discriminación y el horror de los asesinatos. Por eso me entristecen (esa es la palabra exacta) esos artículos machistas que critican con buena carga de sorna, el uso no sexista del lenguaje, Ya sé que al decir “hombres” incluimos a hombres y a mujeres. Ya sé que al decir niños podemos referirnos genéricamente a niños y niñas. Pero no me dejará de reconocer el lector (o lectora) que en ambos casos silenciamos a las mujeres y a las niñas. Es indiscutible que, a través del lenguaje, se hacen invisibles. Por eso hay que referirse explícitamente a ellas. No me hacen gracias sus bromas, señor Pedro Jota (¿o será Pedro Joto para seguir sus derroteros de mordacidad?). No me gusta su estilo insensible a estas cuestiones, señor Pérez Reverte. Y no creo que se hagan más contundentes sus opiniones por utilizar unos términos gruesos y unas descalificaciones hirientes. No me hace ninguna gracia que usted califique el lenguaje no sexista como “una soplapollez”. No me gusta, señor Jiménez Losantos ese desprecio que usted muestra al Ministerio de Igualdad, a la Ministra y a las causas que plantea desde una cartera imprescindible. Me molestan sus palabras despectivas, señor Juan Manuel de Prada, por ejemplo cuando dice que “se necesitan vocablos nuevos para designar a esas mujeres que sólo alcanzarán la felicidad satisfecha de los lacayos cuando sienten que les crece una miembra virila entre las piernas” (ABC, 3/2/2007). Utilizar un lenguaje no sexista no es capricho, no es un intento de despreciar el diccionario y la gramática, es una exigencia de la lógica y e la justicia. Hay que conectar ese hecho, aparentemente menor, con la atrocidad del asesinato de las mujeres. Ya sé que no se puede establecer un nexo causal directo, pero sí se puede decir que ese árbol maldito que regamos de mil formas va dando frutos envenenados. Las gotas del lenguaje sexista, de los gestos discriminatorios, de las bromas procaces, de la falta de respeto van haciendo crecer y fructificar el árbol del sexismo. Si no lo hiciésemos así acabaría por secarse y pudrirse para siempre. Sé que hay que respetar la gramática y el diccionario y la sintaxis. Pero sé también que lo que no se nombra no existe. Sé también que hay que hacer visibles a la mujeres a través del lenguaje. No podemos olvidar que fueron hombres quienes hicieron la gramática, la sintaxis y los diccionarios. Cuando decimos que los adjetivos tienen que concordar con el sustantivo “por el género noble”, ¿a qué género nos estamos refiriendo? Obviamente, al género masculino. ¿Por qué es ese el género noble? Porque lo decidieron así quienes crearon la norma. No me gusta el efecto que produce sobre el lenguaje su uso no sexista. Lo hace más farragoso y menos elegante. Pero creo que, ante dos principios que chocan, ante esa disonancia lingüística, debe prevalecer el principio más noble, ahora sí. Es decir el que está del lado de la equidad. Remito al lector (o lectora) al excelente artículo de la profesora Olga Castro Vázquez “Rebatiendo lo que Otros dicen del lenguaje no sexista”, publicado en gallego en la Revista “Festa da Palabra Silenciada” en el número monográfico “O verbo patriarcal”. Una a una (hasta once) va desmontando las acusaciones que los detractores (también hay alguna detractora, por supuesto) del lenguaje no sexista formulan manifestando una inequívoca actitud sexista. Mencionaré sólo alguno de sus argumentos. Utilizar y defender un lenguaje no sexista es una cuestión importante porque pensamos con palabras y categorías gramaticales e imaginamos la realidad a través de la representación cognitiva que hacemos de ella mediante el lenguaje. No es, pues, una cuestión menor hacer visibles a las mujeres cuando se habla o se escribe. Reducir el lenguaje no sexista al que llena el texto de arrobas, barras, guiones, paréntesis, palabras inexistentes o dobles, entorpeciendo el texto y creando un lenguaje antinatural es una agresión es una ridiculización y una simplificación inadmisible. Decir que hay cosas más importantes por las que preocuparse no es más que una excusa sin fundamento. En primer lugar porque el uso no sexista del lenguaje no es incompatible con la lucha contra otras formas de discriminación como la violencia doméstica, la desigualdad salarial o la negación del derecho al aborto…No es cierto que el lenguaje no sexista sea antinatural . ¿Qué es un lenguaje antinatural? El lenguaje no es fenómeno estático e inamovible y por supuesto, ajeno al uso. Es una construcción humana que refleja concepciones, actitudes y valores (frecuentemente los dominantes). Es un constructo social y una cuestión de hábito que puede cambiarse y que de hecho se cambia. Muchas palabras que antes sonaban mal o, sencillamente, no sonaban, son hoy tan “naturales” como otras de uso secular. ¿A quién le sorprende hoy hablar de médicas, arquitectas, juezas y abogadas? ¿Por qué dentro de un tiempo no va a suceder lo mismo con otras palabras como miembra o fiscala? El lenguaje no sexista no es contrario a la economía del lenguaje. No es necesario escribir textos como éste: “Los empleados y las empleadas gallegos y gallegas están descontentos y descontentas por “. Estas expresiones invitan a la ridiculez. No se trata de escribir así sino de forma que se haga pensar en la representación de las mujeres y hombres en la lengua. Por ejemplo: “Las empleadas y empleados de Galicia están descontentos porque fueron instados, e incluso obligados a declararse personas católicas”. Es otra cosa. El uso no sexista del lenguaje es una forma más y no de escasa importancia para poner freno a ese terrible monstruo que devora a las mujeres.
December 10 2009, 10:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Mentira cochina
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2009/12/05/mentira-cochina/
El armadillo, ejemplo de como acorazarse ante el entorno. Acabo de leer un curioso libro escrito por dos reconocidos filósofos, Thomas Cathcart y Daniel Klein, licenciados por la Facultad de Filosofía de Harvard. El libro tiene un título ciertamente llamativo: “Aristóteles y un armadillo van a la capital”. Estos mismos autores escribieron hace poco una historia de la filosofía que también titularon de manera original: “Platón y un ornitorrinco entran en un bar”. Me gustó más el primero, pero éste no tiene desperdicio. El subtítulo orienta sobre el contenido: “Las mentiras de los políticos analizadas con humor”. Quiero en estas líneas abrir un poco el diafragma de la visión para referirme a todos aquellos que dicen mentiras en la política, en los periódicos, en las televisiones, en los púlpitos y en las clases. O mejor, de quienes las escuchan impávida e ingenuamente. Pretendo llamar la atención sobre la necesidad de permanecer atentos a las falacias y a los engaños. Muchas de las mentiras están ancladas en el lenguaje. Hay muchos sofismas que adulteran la argumentación. Es preciso saber descubrirlos para no dejarse engañar. Otras, sencilla y llanamente, se explican por la credulidad de los destinatarios. Las mentiras son, casi siempre fruto del interés. Te engaña quien promete en época de elecciones hacer un puente en una localidad que ni siquiera tiene río. Para que le votes. Te engaña quien te anuncia un producto a través de una inteligente asociación de imágenes. Para que compres. Te engaña quien te presenta un falso modelo de individuo como feliz triunfador. Para que lo sigas. Te engaña quien te anuncia milagros de manera irracional..Para que creas. Me sorprende la ingenuidad que tenemos los humanos. Es decir, la facilidad con la que nos dejamos engañar. Me sorprende, por ejemplo, El enorme poder de seducción de las televisiones. - Si lo ha dicho la tele, exclama con énfasis el espectador convencido de que aquello tiene que ser verdad si se si todo el mundo lo sabe porque se ha dicho en televisión. Con la cacareada crisis vengo recibiendo mensajes de engañabobos que anuncian a través de videncia, cartas del tarot y otras singulares artes la solución a todos los problemas. ¿Cómo se han hecho con mi número de teléfono? ¿Quién les ha dado autorización para entrar en mi vida? Pero claro, si lo hacen, es porque muchos caen en la trampa. ¿Cómo puede morder alguien ese anzuelo tan escandalosamente visible? Cuántas sectas proliferan prometiendo lo habido y por haber. Con qué increíble facilidad entran algunas personas en esas engañifas. Me gustaría que en las homilías, en los mítines, en las clases…, se pudiera levantar la mano con más facilidad y frecuencia para decir, ante una afirmación engañosa: - ¡Mentira cochina! Y luego poder argumentar por qué se considera aquella idea, aquel dato, aquella conclusión una solemne mentira. Pero no. Lo normal es callar, lo normal es aceptar, lo normal es creer. Desmenuzar el contenido de los mítines sería un excelente ejercicio de detección de mentiras y de engaños más o menos sutiles. Hay casos en que la mentira se encuentra escondida bajo el manto de la confusión. Lo dicen en una pequeña viñeta de su libro Cathcart y Klein. Corresponde a la fase de preparación de un mitin. Uno de los personajes le dice a otro: “Es un buen discurso…sólo hay un par de puntos que necesitan un poco más de confusión”. Hace unos días Mariano Rajoy respondía a la inteligente y sensata (acaso dictada) pregunta de un escolar en un Colegio privado: - Tener trabajo, decía el niño, es un derecho que tienen las personas, ¿por qué no es real ese derecho? Y Mariano Rajoy, con una “jeta de feldespato”, en expresión de alguien que no es santo de mi devoción, contesta a su pequeño interlocutor (¿de unos 10 añitos?): . - Porque el Gobierno está haciendo las cosas muy mal. Si nosotros gobernásemos habría trabajo para todos. - ¡Mentira cochina y mentira cochina! Dos de una tacada. ¿Es posible un cinismo mayor? ¿Sólo es culpa del Gobierno? ¿No hay otros factores? ¿Ningún otro factor? ¿Cuando gobernaba el señor Mariano Rajoy –que ya gobernó- había trabajo para todos? ¿Cuando gobierne -si gobierna algún día- lo habrá? Hace muy poquito, en el periódico El País, decía mi admirada Rosa Montero en un artículo titulado “Mentirosos”: “Lo cierto es que la vida pública española ha adquirido un tono general de mentira estridente que resulta difícilmente soportable. Como suele suceder con los grandes falsarios, todos se acusan mutuamente de engañar pero cuanto más alardean de honestidad, menos fiables resultan. Aristóteles decía que, para ser convincente era mejor utilizar una mentira creíble que una verdad increíble. Pero aquí ya ni se molestan en ser buenos farsantes y sueltan sin pudor mentiras increíbles, porque de alguna manera parece que mentir no importa, que la sociedad se ha resignado a ello como si fuera algo inevitable”. A muchos que han sido pillados con la trola en la boca nada les sucede y siguen tan campantes. Es más, vuelven a ser votados. ¿Por qué esta complicidad con los mentirosos? Creo que la tarea de la educación consiste en ayudar a que las personas aprendan a pensar por sí mismas, a tener criterios rigurosos de análisis, a saber discernir cuándo les dicen la verdad y cuándo les pretenden engañar. El conocimiento nos viene de muchas fuentes. La información nos llega de muchas personas. Es preciso saber discernir si el agua de la argumentación es potable o está contaminada por intereses políticos, religiosos, comerciales o proselitistas. Criticar no es demoler, es discernir. Educar es ayudar a que cada uno construya un detector de mentiras poderoso y sensible.
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December 4 2009, 10:00pm | Comments »


