La relación entre padres y madres y sus hijos e hijas adolescentes suele ser problemática. No es fácil tratar con alguien que ha dejado de ser niño y todavía no es un adulto, aunque él se lo crea. No es fácil. hacer frente a las exigencias, a las pretensiones y a las desconsideradas y agresivas actitudes de quien hace poco fue un bebé y ahora se erige en mandamás. Ya sé que no se puede meter en un saco a todos los adolescentes como si todos y todas fueran iguales. Algunos, no sé si muchos, plantean a sus progenitores sus exigencias como si todo se les debiera y mantienen unas actitudes violentas, que tienen poco que ver con el necesario respeto y la debida consideración. Gritan, exigen, juzgan, sin tener en cuenta la historia y circunstancias de quienes les están educando. Han aprendido derechos, pero no saben de obligaciones. Siendo profesor de bachillerato le oí decir a un adolescente, dirigiéndose a su padre:: - Trabaja, cabrón, que trabajas para mí. Me duelen, me indignan y me preocupan estas posturas exigentes y altaneras, mantenidas algunas veces ante personas que han sufrido mucho y que se han esforzado al máximo por ofrecerles lo mejor. Me escribe una madre y profesora cuyo nombre y procedencia voy a silenciar por motivos obvios, contándome una experiencia personal que ha vivido recientemente con su hijo mayor. Aunque los hechos son reales, todos los nombres son supuestos. Esta madre, se carga de razones cuando le recuerda a su hijo lo que ella ha vivido y lo contrasta con la situación de privilegio que el hijo está viviendo. Estas son las palabras que le dirige en una carta, después de aguantar sus gritos y descalificaciones: “Querido Javier: cuando te enojes conmigo por algo, en lugar de gritarme, amenazarme o insultarme, tómate la molestia al menos de preguntar por qué hago lo que hago. Tengo cincuenta años de razones para explicarte mi actitud con el abuelo. Nunca fue un buen padre. Me hizo trabajar desde los 5 o 6 años en trabajos muy pesados, como cuidar animales, hacer quinta, cosechar maíz… Recuerdo que lloraba de frío arrastrando una bolsa pesada que casi podía conmigo… Siempre me pegó terribles palizas, con la mano, con palos, con sogas. Toda la infancia tuve las piernas llenas de moretones de las palizas que me daba. La última la recibí a los 15, porque no me había presentado a unos exámenes. De castigo me quitó toda la ropa y unas sandalias rojas y unos suecos y los partió con el hacha (…). Todas las chicas usaban minifaldas, nosotras teníamos que usar las polleras por la rodilla y ropas con mangas. Parecíamos de asilo. A los 15 años me depilé por primera vez las cejas y papá me dio una tremenda cachetada y me dijo que parecía una puta. Como éramos muy pobres y no teníamos más que para comer, mis abuelos y sobre todo la tía Laura nos hacían de papá Noel y de Reyes Magos y nos regalaban esas cosas que tanto deseábamos: una malla, unas sandalias, algún vestidito y golosinas. Cuando Mi tía Laura se iba, papá hacía una pila con todo lo que nos había traído y le prendía fuego… Lo mismo hacía con nuestros pocos juguetes, también regalados por nuestros abuelos, si los llegábamos a dejar tirados. Recuerdo que para el día de mi primera comunión (tenía 6 años) mi madrina me había regalado una preciosa muñeca. Mi hermana, que era muy chiquita, la dejó por ahí. Nunca más la vi. Él la quemó al día siguiente de mi comunión. A los 16 años me fui de casa a una comunidad religiosa (la de la tía Victoria) no porque tuviera ninguna vocación sino porque quería irme lejos de papá y que nunca más volviera a pegarme ni tuviera ninguna autoridad sobre mi. Solo iba de visita dos veces al año. Todo lo que soy lo hice a pulmón y gracias a mamá y a la comunidad de la tía Victoria. Tuve la mala suerte de que mamá estuviera en una silla de ruedas toda mi vida. Yo solo tenía nueve años cuando quedó paralítica. Ella ni siquiera pudo ir a llevarla. A los 28 volví. Y estuve dos años en el campo. Trabajando por supuesto y gratis o mejor dicho por casa y comida. Le ayudé a construir el negocio y lo atendía el día entero todos los días incluidos los domingos. Esos dos años también tuvimos muchas peleas, solo que ya no podía pegarme. Esto son solo algunas pequeñas cosas personales. Me olvidaba contarte que al igual que mis hermanos, siempre estuve cuando me necesitó. Pero esta vez me cansé. Estoy harta de abuso y manipulación. No puedo sentir ninguna ternura por alguien que siempre fue increíblemente egoísta. Dirás que por qué pasan estás cosas ahora. Es que no está la abuela. Ella que fue la persona más increíble que conocí, con la cuál nunca jamás tuve ningún pero, hizo siempre de paragolpes. Estuvo siempre en el medio para apaciguar y consolar, para aconsejar y proteger, para querer a cada uno como cada uno era. Siento contarte estás cosas. Pero si eres un adulto para gritarme y para poner en tela de juicio lo que hago también lo eres para saberlas. Es tu abuelo. Con eso no me meto. Quizás como abuelo trate de redimir todo lo que no fue como padre. Ahora te pido que hagas un repaso de tu vida y veas si le encuentras algún parecido con la mía. Dios te regalo un padre que es un lujo. Quizás al leer esto puedes entender lo que vale. Siempre envidié el padre que tenéis. Un abrazo. Te quiero mucho. Mamá”. Esta madre ha puesto la cruda verdad ante los ojos de su hijo. Es necesario, a veces, plantear con esta claridad las cosas. No se debe mantener a los hijos adolescentes en una perpetua infancia. Deben saber lo que es la vida. Deben saber dónde están los límites. Hay que bajar a los adolescentes de las nubes de sus fantasías a la realidad de la tierra.
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Tú trabajas para mí
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2011/01/22/tu-trabajas-para-mi/
January 21 2011, 10:00pm | Comments »
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El escalofrio
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2011/01/15/el-escalofrio/
Al terminar una conferencia en la ciudad argentina de Rosario del Tala (Entre Ríos) se me acercó una docente y me entregó un escrito redactado por un alumno de 12 años. Me contó que una profesora les había pedido a sus alumnos y alumnas que escribieran lo que sucedía en el trayecto que recorrían desde la casa a la escuela. Uno de los niños había presentado el ejercicio que, en ese momento, ella ponía en mis manos. Lo transcribo íntegramente eliminando cualquier referencia que permita identificar al alumno, al colegio y a la profesora: “Cuando salgo de mi casa voy muy bien hasta que llego a la calle (…). Cuando entro al Colegio y miro para fuera veo a la señora (…) venir en su moto 110. Me da un escalofrío y cuando termina la hora de ella es para todos un alivio”. El texto no puede ser más corto ni más elocuente. Todo hace pensar que el escalofrío del que habla el niño tiene que ver con el miedo y no con el entusiasmo. Las cosas van bien hasta que llega la hora de clase de esa docente. Y luego todo va mal hasta que termina. Por lo que escribe el alumno, eso sucede con todo el grupo al que pertenece. No es, por consiguiente, un mal rollo del autor del escrito. Es un problema que genera la actitud de la profesora. Me gustaría saber con qué ánimo acude la docente a sus clases. Si disfruta o padece su trabajo, si quiere a los niños y a las niñas o los aborrece. O quizás, si le son indiferentes. Me gustaría saber cómo termina ella su hora de clase. Es decir, si ese sentimiento de alivio que tienen sus alumnos es también para ella un sentimiento de liberación. Porque creo que las relaciones del aula se establecen en espejo. Los niños ven reflejada su imagen en el espejo del profesor y viceversa. Ambos devuelven la imagen proyectando lo que sienten, reflejando lo que viven. Ambos se retroalimentan. En esta historia me preocupan los alumnos y las alumnas. Y también la profesora. No creo que se sienta muy feliz. Y no hay nada más importante que serlo. ¿No sería mejor que pudiese disfrutar de su tarea? Pero hoy me quiero centrar en la actitud de esta docente que convierte sus clases en un calvario para los escolares. Lo que podía ser un fiesta se convierte por arte de su mala magia en una tortura. Lo que podría ser hermoso se convierte en horrible. Decía Winston Churchill: “Me encanta aprender, pero me horroriza que me enseñen”. Es probable que, preguntada por las reacciones de sus pupilos, ella argumente que son indeseables, que son malos estudiantes, personas de escasa capacidad y de nulo interés. Sin caer en la cuenta de que, quizás, ese mismo grupo sea un grupo aceptable o excelente para otros docentes que trabajan con ella en la misma escuela. Sé que hay alumnos y alumnas que hacen la vida imposible a sus compañeros y a sus profesores. Es muy fácil reventar una clase. Sé que hay alumnos y alumnas que acuden a la escuela forzados por la familia y por la ley. Lo oigo cada día. Y sé que no es fácil, para aquellos docentes esforzados que quieren enseñar, reducir esos aires desafiantes y provocadores. Sobre todo si los padres han arrojado la toalla o han dimitido de cualquier responsabilidad. El verbo aprender como el verbo amar no se pueden conjugar en imperativo. Sólo aprende el que quiere. Pero no es menos cierto que nosotros podemos hacer más cosas y, sobre todo, hacerlas mejor. La docente de nuestra historia está enfrentada a la enseñanza. Está enemistada con ella. Su presencia hace ingrata una tarea que, en sí misma, es placentera e, incluso, apasionante. El ser humano está diseñado para el aprendizaje. Los niños y las niñas gatean, exploran, preguntan, tienen una curiosidad innata. ¿Cómo es posible que cuando llega la hora de realizar aprendizajes sientan el escalofrío del miedo? ¿Cómo es posible que cuando termina una experiencia de aprendizaje sientan alivio? Algo falla cuando esto sucede. Y si sucediese en todas las clases no es aventurado deducir que los alumnos carecen de aquella disposición emocional para el aprendizaje que hace viables las adquisiciones relevantes y significativas. Pero si sólo sucede en una asignatura, si sólo sucede con una profesora, es obvio que ella arrastra un problema a sus clases, que su actitud está provocando un rechazo peligroso. No todas las clases pueden ser divertidas, chispeantes, motivadoras. Los niños y las niñas tienen que aprender que algunas serán más aburridas, más pesadas, menos emocionantes. Es entonces cuando tienen que echar mano de la voluntad, del esfuerzo complementario, del interés añadido. Pero es obligación del docente procurar que sus alumnos tengan interés por el aprendizaje, provocar con su actitud, con sus métodos, con su ejemplo y con sus palabras el deseo de aprender y de ayudar a que los demás aprendan. Cuando saco a colación un caso como este no es que quiera desprestigiar a los docentes, sacarles los colores o decir cuán inútiles son. No. Sé que la inmensa mayoría de los docentes son trabajadores esforzados y entusiastas. Lo que me interesa es instar a la pregunta, a la interrogación, a la preocupación por la mejora. Porque si no nos hacemos preguntas es imposible que busquemos y que encontremos respuestas. Dice Manuel Cruz en un excelente artículo titulado “Amar la duda”: “Al ignorante, por su condición de tal, todo debería sorprenderle y, sin embargo, nada parece venirle de nuevas”. Eso es. Cuando la rutina, la pereza, el desamor, el pesimismo, la comodidad o el desaliento matan la perplejidad, estamos condenados a repetir aquello que hacemos, aunque esté impregnado de evidentes y lamentables errores.
January 14 2011, 10:00pm | Comments »
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La infancia robada
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/12/11/la-infancia-robada/
Habituados a contemplar la infancia en un contexto, nos olvidamos fácilmente de otros en los que la realidad es muy diferente. Como vemos escolarizada a la práctica totalidad de los niños y de las niñas de nuestro entorno, no reparamos en que existen millones de niños y de niñas sometidos a la tortura de la explotación laboral. Hoy debemos considerar trabajo infantil (más allá de la relación laboral de empleo) toda aquella actividad económica, remunerada o no, realizada por niños y niñas, por debajo de la edad mínima de admisión al empleo o trabajo. La Convención sobre los Derechos del Niño, en su artículo 32, define con claridad el derecho del niño a ser protegido del trabajo infantil: “Los Estados Partes reconocen el derecho del niño a estar protegido contra la explotación económica y contra el desempeño de cualquier trabajo que pueda ser peligroso o entorpecer su educación, o que sea nocivo para su salud o para su desarrollo físico, mental, espiritual, moral o social”. No estoy muy de acuerdo con esta redacción, aunque sí con el principio que la inspira. Y no estoy de acuerdo porque no hay nada que especificar. Los niños y las niñas deben ser protegidos contra el desarrollo de cualquier trabajo que no sea el de su educación. Porque se puede dar a entender que si el trabajo no es peligroso o nocivo para la salud o para su desarrollo entonces no hay problema. Y lo hay. Choca ver con qué facilidad se incumplen las leyes que no interesan. Si se atenta contra la propiedad privada de cualquier político o de cualquier juez, las consecuencias de esa acción serán inevitables, Pero si, contraviniendo la ley, se pone en peligro la vida de millones de niños y de niñas, no pasa nada. Respecto al trabajo infantil existen algunos mitos y errores que conviene denunciar. Uno de ellos consiste en pensar que “el trabajo dignifica”. El trabajo es un valor para los adultos pero, para los niños y las niñas, es una forma de tortura. Otro mito es afirmar que “los niños y las niñas son explotados por sus padres y madres” cuando lo que en realidad sucede es que toda la familia es víctima de la pobreza. Un tercer mito es decir que “es mejor que los niños trabajen a que estén sin hacer nada”. Los niños y las niñas tienen derecho a su educación y ésta es esencial para su desarrollo. El cuarto mito al que quiero referirme es el que sostiene que “si un niño trabaja va a estar mejor preparado para conseguir empleos cuando sea adulto”. No es así. Por el contrario, todo lo que atenta contra una buena educación, limita las posibilidades de empleo en el fututo. “Los niños tienen mejores condiciones que los adultos para realizar ciertos trabajos”, dice el quinto mito. No es cierto que puedan realizar mejor los trabajos, aunque sí es cierto que son tratados y pagados de forma diferente. El sexto mito se enuncia así: “Es mejor que un niño trabaje a que esté robando”. No es cierta la afirmación de que hay delincuencia porque los niños no trabajan. El último se refiere a las niñas y dice “que las niñas que realizan trabajos domésticos en el hogar no trabajan”. Entonces, ¿qué hacen? La pobreza es la principal causa del trabajo infantil en el mundo. Pero lo es también la avaricia y la insensibilidad de muchas personas que pretenden enriquecerse de forma abusiva. Hay en el mundo un elevadísimo número de niños a quienes se está robando la infancia. Familias que viven en la miseria, sacan del trabajo de sus hijos e hijas un pequeño emolumento que les permite sobrevivir. El patrón es, a veces, el propio padre. Otras veces se trata de empresas que utilizan una mano de obra dócil y barata. El problema no reside sólo en la explotación y en las malas condiciones de trabajo, que ya es mucho. El problema es que esa situación les arrebata el tiempo de juego y la ocasión de aprender. El lugar de los niños es el hogar, es la escuela. El lugar de los niños no es la fábrica, la calle o el campo. Además, cuando el trabajo no supone la plena desescolarización suele producir malos resultados en el aprendizaje, repetición de cursos y abandono temprano. Hay muchas modalidades de trabajo infantil, Citaré las más frecuentes: - Cuidado de la casa y de sus hermanos cuando los mayores no están. - Trabajo doméstico en su propia casa o en casa de terceros. - Industria textil y de calzado, del vidrio, de materiales eléctricos, construcción, fabricación de juguetes, minería, cuero… - Petición de propinas, apertura de puertas de taxis, limpieza de parabrisas, cuidado y lavado de coches… - Venta ambulante. - Utilización de armas en situaciones de guerra. - Recuperación de materiales reciclables. - Explotación sexual, tráfico y venta de droga y actividades ilícitas. - Preparación de la tierra, siembra y cosechas en el campo. - Cuidado de animales y cultivos, fumigaciones, acarreo de agua. Es necesario erradicar el trabajo infantil en el mundo. Todos los niños y las niñas deberían importarnos. Millones de víctimas se ven obligadas a realizar trabajos inhumanos y a renunciar a su derecho a la educación. ¿Qué pasa con la leyes que proclaman los derechos de los niños y de las niñas? Son papel mojado en muchos lugares del mundo en los que los infantes son condenados a la explotación más denigrante. La impune violación de los derechos de los niños y de las niñas no puede dejar indiferente a nadie. Y, por ello, nadie debe quedarse con los brazos cruzados. El hecho de que esos niños y esas niñas no estén cerca no quiere decir que no existan. ¿Cómo mostrarnos impasibles ante esta tragedia que sigue en vigor mientras nuestros niños y niñas acuden cada día a las escuelas? ¿Cómo no denunciar a quienes explotan de manera tan brutal a estas criaturas? ¿Cómo no gritar y exigir a los políticos que tomen cartas en el asunto? ¿Cómo no comprometernos a mandar a la ruina a todos aquellos negocios que se construyen con el sudor de los niños y de las niñas?
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December 10 2010, 10:00pm | Comments »
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Construir una catedral
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/12/04/construir-una-catedral/
Es curioso. En dos libros que acabo de leer (los dos del año 2010), he visto reproducida una historia de la que ya conocía una versión peculiar. El primer libro es de José Antonio Marina, afamado filósofo y pedagogo irreductible, que anda empeñado en una imprescindible “movilización educativa”. El libro se titula “La educación del talento”.y es el primero de una serie que constituirá la Biblioteca de la Universidad de Padres (UP) que él mismo ha puesto en marcha. Del segundo es autor Enrique Mariscal, reconocido escritor argentino que ha inundado el mercado con hermosos libros de cuentos. La obra se titula “La magia de la felicidad”. Los dos son prolíficos autores y ambos me honran con su amistad. Esta coincidencia ha sido el revulsivo que me ha llevado a contar a los lectores y lectoras este relato al que alguna vez me he referido en clases y conferencias. Llama la atención que, tratándose en esencia de la misma historia, existan versiones tan dispares. El acervo cultural imprime en cada una matices diferentes de fechas, contextos ,y expresiones aunque mantiene en cada caso el mismo fondo aleccionador. Compartiré con el lector o lectora la versión que no sé por qué camino me había llegado hace ya muchos años. Se estaba construyendo la catedral de Chartres. Los obreros trabajaban afanosamente en las tareas de la costosa y lenta edificación. Un buen día pasó por allí un viandante que se detuvo para observar las obras. El día era en extremo caluroso y, bajo aquel sol de justicia, los obreros trabajaban sudorosos y extenuados. El viandante se dirigió a uno de los trabajadores que, maldiciente y, con el rostro contraído por el esfuerzo y la acritud, levantaba una piedra enorme. - ¿Qué está haciendo, buen hombre?, preguntó el viajero. - Ya lo ve, levantando esta enorme piedra. Con este sol abrasador el trabajo resulta insoportable. Esto no hay quien lo aguante. Un día tras otro. Un mes tras otro. Un año tras otro. Unos días, como éste, con calor, otros con lluvia, muchos con frío. Maldito el día en que me contrataron para este trabajo,. El viandante camina unos pasos y se dirige a otro trabajador que, después de golpear una enorme piedra con el pico, está levantando con gran esfuerzo para colocarla sobre otra. - ¿Qué hace usted, buen hombre?, pregunta al esforzado trabajador. Molesto por la mirada del visitante y malhumorado por el terrible esfuerzo que acaba de realizar, contesta mientras se seca el sudor : - ¿Es que no lo ve? Estoy levantando este interminable muro que, si Dios no lo remedia, acabará conmigo. El viandante avanza un poco más y se encuentra a un tercer trabajador que está realizando una tarea similar a la de los dos anteriores. Está levantando una enorme piedra para colocarla en el lugar adecuado. - ¿Qué está haciendo usted, buen hombre?, pregunta por tercera vez el viandante. El trabajador, sonriente y orgulloso, contesta de manera entusiasta - Estoy construyendo una catedral. Los tres trabajadores estaban haciendo una tarea similar. Una tarea que requería esfuerzo y tesón. Pero la actitud con la que la realizaban era muy diferente. Uno maldecía la tarea. Otro, resignado y miope, realizaba rutinariamente su trabajo a la espera del jornal. El tercero disfrutaba de la tarea imprimiendo a su trabajo un sentido elevado y motivador. Esta leyenda (o cuento, o historia, o metáfora, o parábola…) nos invita a reflexionar sobre el sentido que damos a nuestro trabajo. Pienso en la actitud con la que los profesores y profesoras realizan su trabajo. Pienso en un maestro o maestra que acude a la escuela cada lunes con la actitud de aquel condenado a muerte que caminaba hacia el cadalso un lunes por la mañana, mientras decía: - Mal empiezo la semana. ¿Qué se puede esperar de quien va a la escuela dándose latigazos en la espalda y maldiciendo el día en que abrazó su profesión? Él estará amargado y sus alumnos y alumnas sufrirán las consecuencias de su desgraciada actitud. Otro, resignadamente, arrastra la monotonía de una tarea que considera aburrida y tediosa. Soporta lo que hace, arrastra las horas con dejadez esperando el fin de mes para cobrar el salario. El tercero hace las mismas cosas que los otros, pero no con la misma actitud, no con el miso ánimo, no con la misma pasión. Porque éste sabe imprimir a su trabajo un sentido excelso. Éste sabe que está realizando una tarea que redime a la humanidad de su ignorancia y de su opresión. Éste es consciente de que forma parte de esa legión de maestros y maestras que a lo largo de la historia ha rescatado del cubo de la basura los conceptos de libertad, de dignidad, de solidaridad, de respeto y de compasión. Los tres cobran lo mismo, los tres están trabajando en la misma escuela, con el mismo Ministro, el mismo Consejero, el mismo Inspector, el mismo Director, idénticas condiciones y parecidos alumnos o alumnas. Pero la diferencia entre ellos es abismal, dependiendo de la actitud con la que viven el trabajo. Los obreros de la catedral realizaban idéntico trabajo y hacían un esfuerzo similar, pero su actitud, sus miras, su sentido de la tarea eran muy diferentes. En el caso de los profesores o profesoras las consecuencias de la actitud son todavía mayores porque las piedras no sienten ni padecen, pero los alumnos y alumnas sí,. No es lo mismo trabajar con un profesor ilusionado, entusiasmado, apasionado, feliz que con otro que maldice su profesión y lamenta cada minuto el esfuerzo que realiza. Por la cuenta que les trae a nuestros alumnos y alumnas y por la cuenta que nos trae a nosotros, es muy importante ser conscientes de que esta profesión resulta imprescindible para el desarrollo de las personas y para la mejora de las sociedades,. Dice Herbert Wells que “la historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”. Y nosotros estamos en la educación. ¿Hay quien da más?
December 3 2010, 10:00pm | Comments »
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Construir una catedral
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/12/03/construir-una-catedral/
Es curioso. En dos libros que acabo de leer (los dos del año 2010), he visto reproducida una historia de la que ya conocía una versión peculiar. El primer libro es de José Antonio Marina, afamado filósofo y pedagogo irreductible, que anda empeñado en una imprescindible “movilización educativa”. El libro se titula “La educación del talento”.y es el primero de una serie que constituirá la Biblioteca de la Universidad de Padres (UP) que él mismo ha puesto en marcha. Del segundo es autor Enrique Mariscal, reconocido escritor argentino que ha inundado el mercado con hermosos libros de cuentos. La obra se titula “La magia de la felicidad”. Los dos son prolíficos autores y ambos me honran con su amistad. Esta coincidencia ha sido el revulsivo que me ha llevado a contar a los lectores y lectoras este relato al que alguna vez me he referido en clases y conferencias. Llama la atención que, tratándose en esencia de la misma historia, existan versiones tan dispares. El acervo cultural imprime en cada una matices diferentes de fechas, contextos ,y expresiones aunque mantiene en cada caso el mismo fondo aleccionador. Compartiré con el lector o lectora la versión que no sé por qué camino me había llegado hace ya muchos años. Se estaba construyendo la catedral de Chartres. Los obreros trabajaban afanosamente en las tareas de la costosa y lenta edificación. Un buen día pasó por allí un viandante que se detuvo para observar las obras. El día era en extremo caluroso y, bajo aquel sol de justicia, los obreros trabajaban sudorosos y extenuados. El viandante se dirigió a uno de los trabajadores que, maldiciente y, con el rostro contraído por el esfuerzo y la acritud, levantaba una piedra enorme. - ¿Qué está haciendo, buen hombre?, preguntó el viajero. - Ya lo ve, levantando esta enorme piedra. Con este sol abrasador el trabajo resulta insoportable. Esto no hay quien lo aguante. Un día tras otro. Un mes tras otro. Un año tras otro. Unos días, como éste, con calor, otros con lluvia, muchos con frío. Maldito el día en que me contrataron para este trabajo,. El viandante camina unos pasos y se dirige a otro trabajador que, después de golpear una enorme piedra con el pico, está levantando con gran esfuerzo para colocarla sobre otra. - ¿Qué hace usted, buen hombre?, pregunta al esforzado trabajador. Molesto por la mirada del visitante y malhumorado por el terrible esfuerzo que acaba de realizar, contesta mientras se seca el sudor : - ¿Es que no lo ve? Estoy levantando este interminable muro que, si Dios no lo remedia, acabará conmigo. El viandante avanza un poco más y se encuentra a un tercer trabajador que está realizando una tarea similar a la de los dos anteriores. Está levantando una enorme piedra para colocarla en el lugar adecuado. - ¿Qué está haciendo usted, buen hombre?, pregunta por tercera vez el viandante. El trabajador, sonriente y orgulloso, contesta de manera entusiasta - Estoy construyendo una catedral. Los tres trabajadores estaban haciendo una tarea similar. Una tarea que requería esfuerzo y tesón. Pero la actitud con la que la realizaban era muy diferente. Uno maldecía la tarea. Otro, resignado y miope, realizaba rutinariamente su trabajo a la espera del jornal. El tercero disfrutaba de la tarea imprimiendo a su trabajo un sentido elevado y motivador. Esta leyenda (o cuento, o historia, o metáfora, o parábola…) nos invita a reflexionar sobre el sentido que damos a nuestro trabajo. Pienso en la actitud con la que los profesores y profesoras realizan su trabajo. Pienso en un maestro o maestra que acude a la escuela cada lunes con la actitud de aquel condenado a muerte que caminaba hacia el cadalso un lunes por la mañana, mientras decía: - Mal empiezo la semana. ¿Qué se puede esperar de quien va a la escuela dándose latigazos en la espalda y maldiciendo el día en que abrazó su profesión? Él estará amargado y sus alumnos y alumnas sufrirán las consecuencias de su desgraciada actitud. Otro, resignadamente, arrastra la monotonía de una tarea que considera aburrida y tediosa. Soporta lo que hace, arrastra las horas con dejadez esperando el fin de mes para cobrar el salario. El tercero hace las mismas cosas que los otros, pero no con la misma actitud, no con el miso ánimo, no con la misma pasión. Porque éste sabe imprimir a su trabajo un sentido excelso. Éste sabe que está realizando una tarea que redime a la humanidad de su ignorancia y de su opresión. Éste es consciente de que forma parte de esa legión de maestros y maestras que a lo largo de la historia ha rescatado del cubo de la basura los conceptos de libertad, de dignidad, de solidaridad, de respeto y de compasión. Los tres cobran lo mismo, los tres están trabajando en la misma escuela, con el mismo Ministro, el mismo Consejero, el mismo Inspector, el mismo Director, idénticas condiciones y parecidos alumnos o alumnas. Pero la diferencia entre ellos es abismal, dependiendo de la actitud con la que viven el trabajo. Los obreros de la catedral realizaban idéntico trabajo y hacían un esfuerzo similar, pero su actitud, sus miras, su sentido de la tarea eran muy diferentes. En el caso de los profesores o profesoras las consecuencias de la actitud son todavía mayores porque las piedras no sienten ni padecen, pero los alumnos y alumnas sí,. No es lo mismo trabajar con un profesor ilusionado, entusiasmado, apasionado, feliz que con otro que maldice su profesión y lamenta cada minuto el esfuerzo que realiza. Por la cuenta que les trae a nuestros alumnos y alumnas y por la cuenta que nos trae a nosotros, es muy importante ser conscientes de que esta profesión resulta imprescindible para el desarrollo de las personas y para la mejora de las sociedades,. Dice Herbert Wells que “la historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”. Y nosotros estamos en la educación. ¿Hay quien da más?
December 3 2010, 5:57am | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
El maestro del biblioburro
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/10/23/el-maestro-del-biblioburro/
Dice la profesora inglesa Joan Dean que, si los profesores compartiésemos las experiencias positivas que vivimos, encontraríamos una fuente inagotable de energía y de optimismo. No lo hacemos por un falso pudor, por pereza o por creer que lo que hacemos no tiene la misma importancia que las iniciativas que otros llevan a cabo. ¿Cuántas experiencias creativas, hermosas y emocionantes llevan a cabo los docentes en los diversos ámbitos de intervención del sistema educativo? ¿E, incluso, fuera del mismo? ¿Por qué no difundirlas y combatir así ese fondo de pesimismo que es tan nocivo y, por otra parte, tan antagónico con la esencia de la educación? Me han enviado un maravilloso documento pedagógico que quiero compartir con mis lectores y lectoras. Se trata de la iniciativa que hace varios años, diez aproximadamente, está llevando a la práctica un maestro colombiano llamado Humberto Luis Soriano Borges en La Gloria, Departamento de Magdalena (República de Colombia). Se trata de una biblioteca ambulante que se mueve a lomos de un burro y de una burra. La burra se llama Alfa y el burro se llama Beto. “Biblioburro” llama a su biblioteca andante este joven maestro. Él dice que hay niños y niñas que viven apartados de cualquier tipo de libros, ya que sus familias se encuentran diseminadas por los valles y perdidas en pequeñas aldeas de montaña. No llega allí ningún tipo de vehículo y ellos no tienen posibilidades de acudir a los centros de población en los que hay bibliotecas. Los fines de semana, el maestro Soriano, carga de libros las alforjas de Alfa y Beto y va con esos humildes tesoros al encuentro de los niños y de las niñas que los reciben con entusiasmo. El dice que pretende cultivar su imaginación, que pretende poner un poco de color en sus vidas grises. Él dice, que esos niños y niñas “atravesados por la violencia”, necesitan asomarse a las maravillas que encierran los libros. Es emocionante ver las caras de los niños y de las niñas leyendo los libros y haciendo ejercicios diversos después de la lectura. Es emocionante escuchar las opiniones que los padres y las madres de esos niños manifiestan respecto a la iniciativa del maestro.. - Espectacular, dice una niña entusiasmada refiriéndose al encuentro con Alfa y Beto. - Como los niños no pueden acudir a las bibliotecas, el maestro les trae la biblioteca a los niños, señala una mamá agradecida. Mi admiración por este maestro que no se somete a su horario ni está pendiente del reloj para medir su jornada. Él acude a visitar a los niños y a las niñas que, alborozados, celebran la llegada de la biblioteca. Me admira también que no se trate de una experiencia de un día o de dos, ocasional, pasajera, sino de un proyecto prolongado en el tiempo, que se ha hecho parte de la vida de esas personas a las que Paulo Freire calificaba de “los desheredados de la tierra”. Me pregunto por qué no hace el gobierno la tarea que este humilde maestro realiza en sus horas de descanso. ¿Por qué abandona el gobierno a esas criaturas que necesitan acceder a los bienes de la cultura en mayor medida que otras que tienen a mano muchos medios y recursos? ¿Por qué las ignora y las deja abandonadas a su suerte? Tiene que ser este soñador y sacrificado maestro el que realiza estas labores de rescate. Él tiene que brindar su preocupación, su sensibilidad, su tiempo y su dinero para suplir las carencias del Ministerio de Educación del país. Uno llega a pensar si no es verdad aquella antigua sospecha que muchos albergaban respecto al poder: ¿no le interesará que los ciudadanos y ciudadanos sean ignorantes? De esa manera no pondrán en solfa su actitud y sus políticas. De esa manera no pretenderán desalojarles del poder. Cuando contemplaba, emocionado, las imágenes a las que remito al lector o lectora (escriban en cualquier buscador la palabra biblioburro), pensaba en la desafección que muchos de nuestros escolares muestrean hacia los libros y hacia la lectura. ¿Qué nos pasa? Creo que la sobreabundancia nos ha saciado y ya no mostramos aprecio a bienes de los que otros carecen y que valoran en muy alto grado. Es muy significativo ver cómo reciben los niños y las niñas de estas aldeas al maestro y a sus burros y comparar esa actitud con el rechazo que algunos de nuestros escolares tienen hacia la lectura. He contado en alguna ocasión la anécdota que el fallecido y querido Eduardo Haro Tecglen transcribió en su entonces habitual columna de El País. Contaba que, estando haciendo una mudanza, un joven levantaba sudoroso en su casa una pesada caja de libros. Eduardo le dice: - Siento que tengas que hacer un esfuerzo tan grande. Los libros pesan y, además, la caja es excesivamente grande. Y el chico le dice: - No se preocupe por mí, Don Eduardo. Lo mío no es nada. Lo malo es lo suyo que tiene que leerlos. ¿Por qué este rechazo, por qué esta aversión, por qué esta actitud negativa hacia la lectura. Es preciso pensar qué estrategias didácticas utilizamos en las casas y en las escuelas. Y pensar si otros estímulos están conquistando las parcelas de curiosidad innata que tiene el ser humano. Es preciso pensar también si nuestra actitud hacia la lectura arrastra hacia los libros o aleja de ellos a nuestros hijos y a nuestros alumnos. Porque no hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Los niños y las niñas actúan como nosotros somos, no tanto como nosotros les decimos que tienen que actuar. Una persona que no ama los libros no puede contagiar el deseo de leer. El maestro colombiano de nuestra historia es una apasionado de la lectura, es un verdadero ejemplo de amor a los libros. Por eso contagia su actitud, por eso transmite tan eficazmente su emoción.
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October 22 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
¡A jugar a la calle!
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Acabo de leer la interesante novela “Aurora boreal” de Äsa Larsson. No haré ninguna glosa sobre ella. Solamente voy a remitirme a un breve pasaje que me llamó la atención por su interés pedagógico. Uno de los magníficos personajes de la novela, llamado Siving, le dice a la abogada Rebecka Martinsson: “Aunque hoy en día parece que algunos críos no saben jugar fuera de casa por culpa de las películas y todos esos juegos de la consola. ¿Te acuerdas de Manfred, el que vive al otro lado del río,? Me contó que fueron a verle sus nietos este verano. Al final los tuvo que obligar a salir para que salieran fuera. “ En verano solo se puede estar dentro de caqsa si llueve a cántaros”, les dijo. Y los niños salieron. Pero no tenían ni idea de cómo jugar. Se quedaron allí en el jardín, totalmente apáticos. Al cabo de un rato Manfred vio que se había puesto en círculo cogidos de la mano. Cuando salió y lesa preguntó qué hacían, le dijeron que estaban pidiendo a Dios que se pusiera a llover a cántaros”. Significativa anécdota. Un grupo de niños le pide a Dios que llueva a cántaros para poder estar en casa y no salir a jugar a la calle. ¿Qué pasa hoy en día con el juego de los niños y de las niñas? ¿Qué pasa con sus formas de vivirlo y practicarlo? En primer lugar, los juegos están diseñados, programados y organizados por otros. En segundo lugar son juegos que se pueden practicar en solitario, en tercer lugar, que hay que practicarlos sentados en un sillón y en cuarto lugar que son enormemente caros. Dice Bruner: “estoy firmemente convencido de que un juego más elaborado, más rico y más prolongado da lugar a que crezcan seres humanos más completos”. Desde ese presupuesto, que comparto íntegramente, nos queda a los adultos de hoy preguntarnos lo que sucede con el juego de nuestros niños y de nuestras niñas. No me reprocharán mis críticos en esta ocasión que utilice ambos géneros, ya que hay peculiaridades muy interesantes en el juego de unos y de otras. Y hay repercusiones importantes diferenciales para unos y para otras. Recuerdo los juegos de mi infancia en Grajal de Campos, un pequeño pueblo de la provincia de León. Todo el día en la calle. Todo el día en la libertad, en la relación y en la plena creatividad. Bastaba un aro y su guía, unas tabas, unas piedras que servían de portería… Todo gratis, claro. Todo en grupo. Todo inventado. Con una camiseta vieja y una cuerda se podía hacer un improvisado balón. Sabido es que el pedagogo italiano Francesco Tonucci trabaja con niños y niñas cómo ha de ser la configuración de las ciudades Con buen criterio dice que si una ciudad está hecha a la medida de los niños y de las niñas, todo el mundo puede vivir en ella seguro: enfermos, ancianos, discapacitados. Si, por el contrario, una ciudad se construye teniendo como prototipo al conductor, varón, apresurado y violento, hay personas que no tienen cabida en ella. En cierta ocasión me contó que, cuando le preguntó a un niño cómo quería que fuese su ciudad, éste le contestó con aplomo representando los intereses de su colegas: - Queremos jugar gratis. Para que un niño pueda jugar hoy hace falta mucho dinero en cualquier ciudad. Es necesario pagar para entrar en los parques acuáticos, en los parques de atracciones, en las salas de cine… Es necesario pagar para jugar una partida de futbolín, o para conducir un cochecito eléctrico; hace falta pagar para subirse a una cama elástica o a un castillo hinchable… Todo se ha convertido en negocio. Hasta el juego de los niños y de las niñas, juego que necesitan como el aire para respirar. Es decir que les cobramos por respirar. Les cobramos por ser niños. Les cobramos por vivir. ¿Qué sucede con los niños cuyos padres no tienen dinero? Pues que deben adaptarse a una permanente frustración. Pueden ver y no tocar. Pueden envidiar cómo otros disfrutan sin que ellos puedan hacerlo. Jugar es caro en una sociedad mercantilista como la nuestra. Además, las ocupaciones crecientes que les imponemos dejan un tiempo escaso para el juego. Los “deberes” de los colegios, con frecuencia desmesurados, comienzan muy pronto como exigencia de una escuela encaminada al logro más que a la felicidad. Cada profesor demanda unas tareas sin tener en cuenta lo que piden sus colegas. La suma de todos los trabajos ocupa un tiempo que no deja lugar al juego y al descanso. Las familias, por motivos diversos (interés por los aprendizajes, dificultad para atenderlos, comparación con lo que hacen otras familias, compensación de viejas frustraciones…) se empeñan en que, a una edad temprana, los niños y las niñas realicen una serie de aprendizajes añadidos a los que brinda la institución escolar. Aprenden piano, ballet, canto, baile, judo, macramé…Son actividades que les gustan, decimos. Pero lo cierto es que les gustaría más estar jugando libremente. Resulta dramático pensar en ese grupo de niños cogidos de la mano pidiendo a Dios que se ponga a llover a cántaros para poder entrar en la casa y dedicarse a juegos sedentarios, individualistas y diseñados por otros. ¿Qué nos está pasando? ¿No serían más felices nuestros niños y niñas si tuviesen más tiempo para jugar en la calle, juntos y a juegos que ellos mismos se inventasen? Parece que sólo son efectivos y valiosos los aprendizajes formales Escuchemos a Bruner: “El juego proporciona una excelente oportunidad para ensayar combinaciones de conductas que nunca serían intentadas bajo condiciones de presión funcional”. El tiempo de juego no es tiempo perdido, sino plenamente aprovechado. No les robemos el tiempo de juego. No les encerremos en jaulas, aunque sean de oro.
September 17 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Papá, mira lo que hago
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Quien tenga hijos o hijas de corta edad sabrá con cuánta insistencia se dirigen a los padres y a las madres, diciendo ante cualquiera de sus nuevas o ya conocidas habilidades: - Papá, mamá, mira lo que hago. Quien esté en un aula con niños y niñas, sabe con qué persistente asiduidad se dirigen al maestro o a la maestra para mostrarle la obra que con tanto empeño han concluido: - Seño, mira mi dibujo… Lo mismo digo respecto al comportamiento que quieren ofrecer como muestra de su esfuerzo, de su aplicación o de su obediencia: - Mamá, ¿has visto lo bien que me he portado? Y es que los niños y las niñas tienen necesidad del reconocimiento de los adultos. Necesitan el respaldo de quien tiene la autoridad de decir lo que está bien y lo que está mal y el elogio por el esfuerzo realizado o el reproche por lo que han hecho. Ellos se miran en el espejo de nuestros ojos y en la sonrisa o el reproche que merece lo que han conseguido. Sin esa retroalimentación, sin ese eco de atención su esfuerzo les parece baldío. Hace unos días, mi hija Carla, cinco años, se echó a llorar desesperadamente porque yo no le había prestado atención mientras se tiraba de cabeza en la piscina. Ella quería que su papá fuese testigo de los avances que estaba realizando. Sin ese reconocimiento, sin esa mirada, sin esa presencia, el éxito no se producía. Cuando le pregunté por qué lloraba, me lo explicó de forma clara y terminante: - Porque tú no me mirabas, porque tú no me mirabas… Los niños y las niñas necesitan de nuestra presencia, de nuestra valoración, de nuestra aprobación. Necesitan que alguien que les quiere, los mire y reconozca sus avances, sus esfuerzos, sus intentos de mejora. Porque quieren superarse constantemente. Nos distraen de esa mirada atenta y de esa atención amorosa muchas ocupaciones, muchas preocupaciones, muchos intereses, muchas personas a primera vista más importantes que esos pequeños, a veces minúsculos progresos. Parece que las cosas de los niños y de las niñas son siempre cosas sin importancia. A nuestros ojos de adultos lo que ellos hacen puede ser irrelevante, pero para ellos es toda su vida, es todo lo que tienen, todo lo que son. No hay nada más importante que ese reconocimiento, que esa felicitación, que esa sonrisa. “La sonrisa es una línea curva que lo endereza todo”, dice Phillis Diller. Esa actitud amorosa del adulto es sumamente importante para los niños y las niñas. Esa postura atenta a las pequeñas cosas, a los diminutos avances es lo que necesitan para crecer. ¿Por qué estorban tanto los niños a ciertos adultos? - Vete a ver la televisión… - ¿Por qué no vas a tu cuarto a jugar? - Busca a tu hermano y juega con él - Ha llamado tu tío para llevarte al cine ¡Uf, qué respiro! Algunos padres consideran muy largas las vacaciones. Les resulta agotador estar constantemente pendientes de sus pequeños sin caer en la cuenta de que necesitan esa mirada solícita, esa preocupación cercana. Ya sé que no se puede leer, que no se puede conversar, que no se puede dormir la siesta, que no se puede tomar tranquilamente el sol. Pero ellos necesitan sentirse mirados como las plantas necesitan la luz del sol. De esa manera se sienten importantes, se sienten únicos, se sienten queridos. - Papá, mira lo que hago… Es una demandan de atención y de reconocimiento. Muchas veces rompe nuestra comodidad, nuestro egoísmo, nuestros intereses de adultos, pero alimenta la construcción de una identidad sana y equilibrada. Esa actitud cuidadosa, sensible, cercana y generosa no sólo beneficiará a los niños y a las niñas sino que nos hará a nosotros mejores personas. Porque no es igual practicar el egoísmo que la generosidad, la responsabilidad que el abandono, la dureza que la sensibilidad, la ternura que a violencia, la alegría que la tristeza… He leído esta hermosa historia en el libro de Isha “¿Por qué caminar si puedes volar?” . Un chico corre al encuentro de su abuelo y le dice: - Abuelo, abuelo, ¿cuál es el secreto de la vida? En la boca arrugada del anciano se dibuja una sonrisa mientras responde: Mi niño, dentro de todos nosotros es como si hubiese dos lobos luchando. Uno está enfocado en proteger su territorio, en la rabia, la crítica y el resentimiento; es miedoso y controlador. El otro está enfocado en el amor, la alegría y la paz; es travieso y está lleno de aventuras. Pero abuelo, exclamó el niño con sus ojos muy abiertos de curiosidad, ¿cuál de ellos es el que va a ganar? El anciano le responde: - El que tú alimentes. Ahí está la clave. Lo vemos en estas fechas de vacaciones. Hay personas que se hartan de los niños, que los soportan como si fueran una tortura, que están deseando que empiece el colegio para librarse de ellos. Otras personas, sin embargo, disfrutan de los niños, juegan con ellos, los tienen en la presencia de su mirada y en el afecto de la compañía. Y, puestos a hacer confidencias, diré que tengo una suegra que se encuentra entre este segundo tipo de personas. Demuestra esa magnífica actitud la expresión que utiliza después de una tarde en compañía de su nieta: - ¡Lo que he disfrutado de la niña esta tarde! Eso es. Esa es la actitud que hace crecer y la que permite disfrutar. Y no la de quien se pasa rabiando y despotricando del permanente ajetreo, de la incesante movilidad y de la inacabable demanda de atención de los niños y de las niñas. Porque ellos necesitan nuestra mirada amorosa y nuestra exigente atención. Ellos necesitan, para crecer y alimentar su personalidad, la conciencia de que son importantes para alguien, de que lo que ellos hacen merece la atención de quien les quiere.
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August 13 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Hábleme de usted
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/08/07/hableme-de-usted/
Me cuenta una amiga, con una larga y rica experiencia en cuestiones judiciales, que asistiendo un día a un juicio en un juzgado de primera instancia oye cómo el juez le pregunta a un joven delincuente sobre sus reiteradas fechorías relacionadas con el quebrantamiento de la propiedad ajena. El chico le contesta al juez con desparpajo tratándole insistentemente de tú. - Porque tú ya sabes que… Como ya te dije antes… Lo que tienes que comprender… Llegado un momento, el juez, sorprendido y un tanto molesto por esa inhabitual familiaridad que él no había propiciado, le dice al joven: - Por favor, hábleme de usted. Su señoría y todos los presentes se quedaron atónitos al escuchar la displicente contestación del acusado: - ¿Y qué te voy a contar yo de mi vida? La anécdota me parece tan significativa como oportuna. Llega un momento en que, a fuerza de despreciar las muestras de respeto, acaban por desaparecer. El joven de esta verídica historia ni siquiera entiende la solicitud que le hace el juez. Muy al contrario, acostumbrado a pensar sólo en sí mismo, entiende que su señoría está interesado en conocer los pormenores de su acreditada carrera. Creo que se están perdiendo muchas muestras de respeto (ya sé que no constituyen el respeto en sí, ya sé que a veces se sustentan en la hipocresía) pero que lo sostienen, lo valoran y lo desarrollan. Voy a referirme a un elemento que influye en el desarrollo de la ordinariez, de la falta cuidado, de la forma irrespetuosa de dirigirse y de tratar a los otros. Me refiero a esos chabacanos programas de televisión en los que parece que pretenden hacer un catálogo de faltas de respeto. Mencionaré algunas: La forma soez de expresarse. En los diálogos, en los debates, en las intervenciones se habla de manera desvergonzada, de manera chabacana. La utilización de insultos para descalificar el comportamiento o las palabras de los demás. Quien emplea insultos de mayor bulto parece tener más razón. Da vergüenza ajena ser testigo de ese desparpajo en agredir, en descalificar, en insultar. Los gritos como forma habitual de diálogo. Aquí se produce también una competición irracional: quien más grita es quien acaba llevándose el gato al agua, quien parece tener la verdad. Los gestos procaces. No hace falta esperar mucho para ver un corte de mangas, una pedorreta, una expresión mímica grosera. No sólo lo que se dice sino las formas de expresarlo suelen ser poco elegantes. Los atropellos del turno de intervención. Es habitual escuchar cómo dos, o tres, o cinco hablan a la vez, sin esperar el turno, sin que se les haya dado la palabra. A los moderadores o moderadoras les cuesta mantener el orden, imponer un turno de intervenciones, conceder el derecho a réplica…Los contertulios tienen encendidos sus móviles y reciben llamadas y mensajes que muestra como trofeos a los demás y a toda la audiencia. Mientras lo hacen, ¿pueden escuchar a quien está hablando? La exhibición de comportamientos salaces como una forma de modernidad, de autenticidad, de espontaneidad y de saber hacer. Mientras más explícito y más procaz sea lo que se cuenta o hace, mejor. El cotilleo sobre la vida de los otros bajo excusas de lo más pintoresco: estamos trabajando (también los asesinos o los terroristas están trabajando cuando matan), una vez vendieron su vida privada y por eso han renunciado a ella (es como si por haber vendido un sofá se deduce la obligación de vender la casa), es que ese tipo de noticias interesa a la gente (y si a la gente le interesasen las torturas, ¿habría que torturar?)… La invasión de la vida privada: exhibición de fotos íntimas, relato de experiencias familiares, desvelamiento de infidelidades… Vale todo con tal de ganar audiencia, de mantener el circo, de alargar la espiral de la ordinariez. O con tal de ganar un poco o un mucho de dinero: criadas o criados que cuentan la vida íntima de sus empleadores, novios y novias que cuentan con detalle las relaciones íntimas, esposos que describen con pelos y señales las infidelidades… El enfrentamiento entre familiares y amigos: padres e hijos, esposos y esposas, hermanos y hermanas, amigos y amigas… Valen traiciones, lucha por la herencia, conflictos de adolescentes… Burlas sobre la identidad sexual, sobre la relación íntima con otras personas, sobre los comportamientos profesionales… Todo vale. Nadie pone un límite a las provocaciones y a los escándalos porque unas cadenas compiten con otras. Y hay que llevarse la audiencia. Resulta tramposo y repugnante ese círculo maldito que justifica esa exhibición de ordinariez diciendo que es lo que desea la audiencia. Mentira. La audiencia también desea que los responsables repartan gratuitamente mil euros a cada espectador. ¿Se lo dan? ¿No les importa mucho la audiencia? ¿No pretenden tenerla contenta? Sí, pero con tal de que esa satisfacción llene sus bolsillos. Lo tremendo es que algunos de esos programas son premiados luego por su originalidad, por su capacidad de innovación, por su éxito en el número de espectadores. Es como si premiase a un gángster por la originalidad con la que ha despachado a su víctima. Dicen algunos de estos señores y señoras que su deber no es educar. ¿Cómo que no? Su deber es poner un granito de arena para hacer una sociedad mejor, una sociedad en la que todos y todas podamos vivir dignamente. Y, desde luego, su deber, es no ofrecer un ejemplo constante de ordinariez, de zafiedad y de estupidez. Si disponen de un ratito y en sus cabezas queda un rinconcito para pensar en lo que están haciendo lean el libro “El poder de la estupidez”. En ese caldo de cultivo crecen nuestros niños y nuestros jóvenes. En ese clima de falta de respeto a la dignidad de las personas se desarrolla nuestra infancia y nuestra juventud. No me extraña que cuando a un joven le dicen “hábleme de usted” entienda que le están pidiendo que cuenta sus fecharías. Ojalá sepamos educarlos para que sean espectadores críticos y no se traguen sin pestañear tanta porquería.
August 6 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Las ratas chinas
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/07/17/las-ratas-chinas/
A veces es peor el remedio que la enfermedad. A veces se toman decisiones con la mejor intención y sucede que no sólo resultan inútiles sino que se convierten en contraproducentes. Damos por hecho que, por tener el buen deseo de haber hecho bien las cosas, los resultados van a ser los esperados. En todos los ámbitos de la vida, después de hacer un diagnóstico más o menos riguroso de la situación, tomamos decisiones que consideramos justas y racionales y que luego nos olvidamos de evaluar. Damos por hecho que el buen criterio o la buena voluntad resultarán suficientes. No siempre es así. Los hechos, que son muy tozudos, dicen luego si la decisión fue acertada o equivocada, eficaz o perniciosa. Por eso es necesario analizar, a corto y largo plazo, las consecuencias de las decisiones. Cuentan que en China se produjo una enorme invasión de ratas. La alarma se hizo mayor al saber que las ratas eran portadoras de una terrible epidemia. La proliferación fue tan grande que el gobierno decidió tomar cartas en el asunto y preparó rápidamente un decreto con la intención de acabar cuanto antes con la plaga. En él se anunció que se premiaría con una cantidad de dinero a todos los que se presentasen en el Ayuntamiento mostrando una rata muerta. Los empleados las recogerían y las quemarían para acabar con el problema. El dinero por cada rata muerta era tan abundante que las ratas, de entes amenazadores y repungantes, se convirtieron en bienes preciados, de manera que las personas las buscaban y las sacrificaban sin descanso. ¿Qué sucedió? Que los chinos descubrieron muy pronto que la cantidad de dinero percibida por las ratas capturadas y entregadas al Ayuntamiento era tan suculenta que decidieron dejar de plantar arroz y ponerse a criar ratas. El problema no se hizo esperar. Faltaban alimentos. Tenían mucho dinero, pero era un dinero que no les permitía satisfacer sus necesidades más perentorias. La medida parecía lógica, pero la realidad torció la intención del legislador. La pretensión de acabar con las ratas se convirtió en el principal modo de multiplicarlas. Si se hubiesen quedado tan tranquilos, sin ver cómo evolucionaba la realidad, hubieran sufrido graves consecuencias. Hay que estar atentos, pues, a la realidad. Hay que analizar qué es lo que puede cambiar la intención de quien decide. Intereses de otras personas se interponen, a veces, en la puesta en acción de una medida cargada de bondad y de lógica. Otras veces es la aparición de nuevas e inesperadas circunstancias lo que acaba pervirtiendo la voluntad benéfica de quien decide. Quizás, en algunas ocasiones, sea un malhadado azar. (Doy por supuesto en este caso que se ha hecho un diagnóstico riguroso y que se ha tomado la decisión de manera bienintencionada e inteligente. Ya sé que hay casos en que no es así). Me centraré en el campo educativo que es el que más me interesa y me preocupa. Y pondré algunos ejemplos tomados de manera escalonada, de lo más general a lo más particular. Pienso en las grandes reformas del sistema educativo. Algunas están inspiradas en la democratización, en la justicia y en la equidad. En definitiva, en el deseo de corregir, cuando no de eliminar, las desigualdades existentes. Pero luego viene la realidad con su pertinaz desarrollo de los hechos. Diversificar el currículo, por ejemplo, si no se pone dinero en la escuela pública, acabará dando más oportunidades a quien más oportunidades tiene ya en la escuela privada. Decía Papagiannis ya hace unos cuantos años que muchas reformas educativas que se emprenden para favorecer a los más desfavorecidos el sistema las acaba convirtiendo en reformas que favorecen a los más favorecidos. Hay que pensar. En algunos centros se ponen en funcionamiento medidas que pretenden eliminar los conflictos. Se instalan cámaras, se aumentan las amenazas, se endurecen los castigos. Y, a veces, lo que se consigue es que los alumnos aprendan a delinquir de manera más subrepticia, a extorsionar sin que les sorprendan, a molestar sin ser descubiertos. La escuela no es una institución coercitiva sino educativa y en ella se ha de tratar de enseñar respeto a la dignidad de las personas. ¿Qué sucederá cuando no tengan vigilancia, amenazas y castigos? Hay que pensar. El tercer nivel de concreción será un caso concreto. En una familia que conozco el hijo robó en la casa una determinada cantidad de euros. La orientadora de su centro supo de su boca que la finalidad era comprar un móvil porque no tenía amigos y pensaba que el móvil podría servirle de gancho. Los padres, desconocedores de la causa del robo, le habían prohibido las salidas durante todo el trimestre. De ese modo habían agudizado la crisis de soledad y la angustia por sus malas comunicaciones con los pares. Hay que pensar. La mecánica de las decisiones nos puede dejar encerrados en nuestra buena voluntad y en nuestro análisis preliminar. La carencia de dudas, la instalación en la certidumbre, el orgullo que nos conduce a pensar que no podemos equivocarnos, nos impide interrogarnos sobre las consecuencias de nuestras acciones. ¿Hasta cuándo ha de durar el seguimiento de las decisiones? No hay un plazo exacto porque depende de la naturaleza de la misma, de la edad de los destinatarios, de las características del contexto, del valor de la experiencia anterior. Pero sí se puede decir que no basta una preocupación por la reacción inmediata. Hay que darle tiempo al tiempo. Las prisas son malas consejeras. De la misma manera que los efectos deseados no aparecen, a veces, de forma inmediata, tampoco lo hacen los efectos perversos, que permanecen ocultos bajo diversas inofensivas apariencias. Hay que pensar.
July 16 2010, 11:00pm | Comments »
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