Horacio Muros vive, trabaja y educa en la ciudad de San Rafael, provincia de Mendoza (Argentina). Es ingeniero de formación y educador de cuerpo y alma. Dirige, es decir, hace crecer una escuela que se esfuerza cada día en aprender, no sólo en enseñar. Como es un excelente educador va por la vida con los ojos bien abiertos para ver dónde se dan lecciones de las que se pueda aprender. Está claro que las personas inteligentes aprenden siempre. Me cuenta mi querido amigo Horacio que un verdulero al que visita con frecuencia para las compras domésticas tiene instalada en su puesto de verduras una pizarra de 2 metros por 1.50 en la que cada día escribe una sentencia. De esta forma ha convertido el mercado en un aula desde la que imparte a quien quiera recibirlas algunas lecciones de optimismo, de esperanza y de buena educación. Me imagino al pedagógico verdulero buscando cada noche, en su memoria, en los libros o en los archivos de la vida, un pensamiento ejemplar que contenga algún mensaje saludable para sus clientes y para el público en general. Me lo imagino escribiendo, con aplicación y buena letra, la frase elegida, no sé si con arreglo a la fecha o, sencillamente, sin ningún referencia al calendario. Lo cierto es que todos los días las personas que se acercan a su verdulería se pueden llevar unas zanahorias, unos tomates, unas lechugas o unos puerros acompañados de un pensamiento que pretende hacer mejores a quienes estén en disposición de intentarlo. Él hace su parte, que es elegir, escribir y exponer la sabia sentencia. Queda en los demás el leerla, el memorizarla y el llevarla a la práctica de sus vidas. El tamaño de la pizarra hace que se entere todo el vecindario e, incluso, los conductores que pasan por la calle en la que está instalado su puesto de venta. Podría utilizar la pizarra para exponer el precio de los pepinos, pero no, a él le importan también otras cosas de mayor calado. Qué hermosa lección para los niños y las niñas a quienes dañan los ojos tantos grafitis agresivos y groseros y a quienes machacan los oídos tantas frases estúpidas y cargadas de maldad. Pasar por el puesto de este ilustrado vendedor de frutas y verduras es como ir a una clase de filosofía. Citaré algunas sentencias que Horacio recuerda, ya que me dice que no se ha tomado la precaución de escribirlas todas y estudiar si tienen algún hilo conductor o alguna estructura lógica: “¿Y si tengo yo la culpa?”, “Por orgullo perdí muchas cosas”, “Mas vale te con pan que leche en discordia”, “Qué lindo día hace hoy”, “Hoy puede ser un gran día”… Estoy convencido de que a muchos de los lectores de la pizarra del verdulero les habrá hecho pensar alguna frase, otra les habrá hecho sonreír, quizá alguna otra les habrá llevado a una buena acción. Se trata, como verá el lector o la lectora, de frases cortas que ofrecen un mensaje positivo. En medio de un clima de negatividad en el que las consignas nos cargan de pesimismo y desaliento, de egoísmo y zafiedad, de competitividad y eficientismo, de avaricia y de relativismo moral…, es bueno que un ciudadano de a pie, que no es ni un profesor, ni sacerdote, ni un filósofo… nos recuerde que la vida merece la pena ser vivida y que está en nuestras manos aportar un granito de arena para que así sea. No sé si utiliza esta estrategia como un reclamo comercial o si, sencilla y llanamente, quiere ofrecer a sus conciudadanos un pequeño aliciente para pasar mejor el día. Es sabido que no sólo se vive de pan. El alimento gratuito que ofrece el verdulero mendocino es un magnífico sustento del optimismo y de la bondad. El caso del verdulero me lleva a reflexionar sobre la cantidad tremenda de mensajes que nos invade cada día. Y a pensar en la naturaleza de sus contenidos. Muchos de esos mensajes van calando en la memoria y en la conciencia de las personas y creando un estado de opinión que acaba configurando la actitud y el comportamiento: “Tú a lo tuyo”, “Sálvese el que pueda”, “Por la caridad entró la peste”, “Vale todo”, “Al que Dios se la da, San Pedro se la bendice”, “Piensa mal y acertarás”, “Esto es un asco”, “La vida es como el palo de un gallinero, corta y llena de mierda”… Me dirá alguno o alguna: lo que hace falta es cambiar las estructuras económicas y políticas, lo que es preciso para mejorar la vida es una revolución de carácter social que ponga patas arriba el mundo. No me voy a oponer a estas tesis ambiciosas. Pero veo más factible, más rápido y más eficaz el paso que puede dar cada uno transformando y mejorando la pequeña parcela en la que se desenvuelve su vida. Por otra parte, no son incompatibles ambas estrategias.. Se puede luchar por la transformación social y conseguir ser mejores personas cada día y ayudar a que otros lo sean. Vivimos en tiempos críticos. Es necesario avanzar a través de dificultades de diverso tipo. Luis Rojas Marcos acaba de publicar un interesante libro titulado “Superar la adversidad”. Para hacerlo, explica, es necesaria la fuerza del optimismo, el sentimiento positivo de la vida. Dice textualmente: “El estilo optimista de juzgar los avatares de la vida nos ayuda a minimizar el impacto de las desgracias, al tiempo que nos protege del derrotismo y de la indefensión”. No sé si algún día le llegará este artículo al verdulero de San Rafael. Es probable. Porque estoy seguro de que mi amigo Horacio será un buen cartero. En ese caso, quiero que reciba mi más sincera felicitación por su iniciativa. Sin recibir un sueldo se ha convertido en un educador de calle, en un maestro que vende peras, manzanas y sandías mientras hace brotar una sonrisa y buen deseo en las personas que leen la frase de su pizarra.
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
El verdulero de San Rafael
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/06/05/el-verdulero-de-san-rafael/
June 4 2010, 11:00pm | Comments »
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El verdulero de San Rafael
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/06/04/el-verdulero-de-san-rafael/
Horacio Muros vive, trabaja y educa en la ciudad de San Rafael, provincia de Mendoza (Argentina). Es ingeniero de formación y educador de cuerpo y alma. Dirige, es decir, hace crecer una escuela que se esfuerza cada día en aprender, no sólo en enseñar. Como es un excelente educador va por la vida con los ojos bien abiertos para ver dónde se dan lecciones de las que se pueda aprender. Está claro que las personas inteligentes aprenden siempre. Me cuenta mi querido amigo Horacio que un verdulero al que visita con frecuencia para las compras domésticas tiene instalada en su puesto de verduras una pizarra de 2 metros por 1.50 en la que cada día escribe una sentencia. De esta forma ha convertido el mercado en un aula desde la que imparte a quien quiera recibirlas algunas lecciones de optimismo, de esperanza y de buena educación. Me imagino al pedagógico verdulero buscando cada noche, en su memoria, en los libros o en los archivos de la vida, un pensamiento ejemplar que contenga algún mensaje saludable para sus clientes y para el público en general. Me lo imagino escribiendo, con aplicación y buena letra, la frase elegida, no sé si con arreglo a la fecha o, sencillamente, sin ningún referencia al calendario. Lo cierto es que todos los días las personas que se acercan a su verdulería se pueden llevar unas zanahorias, unos tomates, unas lechugas o unos puerros acompañados de un pensamiento que pretende hacer mejores a quienes estén en disposición de intentarlo. Él hace su parte, que es elegir, escribir y exponer la sabia sentencia. Queda en los demás el leerla, el memorizarla y el llevarla a la práctica de sus vidas. El tamaño de la pizarra hace que se entere todo el vecindario e, incluso, los conductores que pasan por la calle en la que está instalado su puesto de venta. Podría utilizar la pizarra para exponer el precio de los pepinos, pero no, a él le importan también otras cosas de mayor calado. Qué hermosa lección para los niños y las niñas a quienes dañan los ojos tantos grafitis agresivos y groseros y a quienes machacan los oídos tantas frases estúpidas y cargadas de maldad. Pasar por el puesto de este ilustrado vendedor de frutas y verduras es como ir a una clase de filosofía. Citaré algunas sentencias que Horacio recuerda, ya que me dice que no se ha tomado la precaución de escribirlas todas y estudiar si tienen algún hilo conductor o alguna estructura lógica: “¿Y si tengo yo la culpa?”, “Por orgullo perdí muchas cosas”, “Mas vale te con pan que leche en discordia”, “Qué lindo día hace hoy”, “Hoy puede ser un gran día”… Estoy convencido de que a muchos de los lectores de la pizarra del verdulero les habrá hecho pensar alguna frase, otra les habrá hecho sonreír, quizá alguna otra les habrá llevado a una buena acción. Se trata, como verá el lector o la lectora, de frases cortas que ofrecen un mensaje positivo. En medio de un clima de negatividad en el que las consignas nos cargan de pesimismo y desaliento, de egoísmo y zafiedad, de competitividad y eficientismo, de avaricia y de relativismo moral…, es bueno que un ciudadano de a pie, que no es ni un profesor, ni sacerdote, ni un filósofo… nos recuerde que la vida merece la pena ser vivida y que está en nuestras manos aportar un granito de arena para que así sea. No sé si utiliza esta estrategia como un reclamo comercial o si, sencilla y llanamente, quiere ofrecer a sus conciudadanos un pequeño aliciente para pasar mejor el día. Es sabido que no sólo se vive de pan. El alimento gratuito que ofrece el verdulero mendocino es un magnífico sustento del optimismo y de la bondad. El caso del verdulero me lleva a reflexionar sobre la cantidad tremenda de mensajes que nos invade cada día. Y a pensar en la naturaleza de sus contenidos. Muchos de esos mensajes van calando en la memoria y en la conciencia de las personas y creando un estado de opinión que acaba configurando la actitud y el comportamiento: “Tú a lo tuyo”, “Sálvese el que pueda”, “Por la caridad entró la peste”, “Vale todo”, “Al que Dios se la da, San Pedro se la bendice”, “Piensa mal y acertarás”, “Esto es un asco”, “La vida es como el palo de un gallinero, corta y llena de mierda”… Me dirá alguno o alguna: lo que hace falta es cambiar las estructuras económicas y políticas, lo que es preciso para mejorar la vida es una revolución de carácter social que ponga patas arriba el mundo. No me voy a oponer a estas tesis ambiciosas. Pero veo más factible, más rápido y más eficaz el paso que puede dar cada uno transformando y mejorando la pequeña parcela en la que se desenvuelve su vida. Por otra parte, no son incompatibles ambas estrategias.. Se puede luchar por la transformación social y conseguir ser mejores personas cada día y ayudar a que otros lo sean. Vivimos en tiempos críticos. Es necesario avanzar a través de dificultades de diverso tipo. Luis Rojas Marcos acaba de publicar un interesante libro titulado “Superar la adversidad”. Para hacerlo, explica, es necesaria la fuerza del optimismo, el sentimiento positivo de la vida. Dice textualmente: “El estilo optimista de juzgar los avatares de la vida nos ayuda a minimizar el impacto de las desgracias, al tiempo que nos protege del derrotismo y de la indefensión”. No sé si algún día le llegará este artículo al verdulero de San Rafael. Es probable. Porque estoy seguro de que mi amigo Horacio será un buen cartero. En ese caso, quiero que reciba mi más sincera felicitación por su iniciativa. Sin recibir un sueldo se ha convertido en un educador de calle, en un maestro que vende peras, manzanas y sandías mientras hace brotar una sonrisa y buen deseo en las personas que leen la frase de su pizarra.
June 4 2010, 3:04am | Comments »
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El sentido del deber
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/22/el-sentido-del-deber/
Se ha insistido tanto últimamente en la exigencia de los derechos propios que algunos se han olvidado de hacer el mismo hincapié en el cumplimiento de los deberes. Es bueno y necesario conocer los derechos y exigir su ejercicio por todos los medios. Es una parte del desarrollo ciudadano. Pero no es menos cierto que debemos ser conscientes de las obligaciones. Y asumir que esas obligaciones nos interpelan desde nuestra condición de personas. Hay quien aplica la ley del embudo a esta correlación de derechos y deberes. “Yo tengo derechos respecto a los demás, y los demás tienen deberes respecto a mí”, sería el lema de estos personajes. “El deber es lo que esperas de los demás”, decía Albert Camus. Debemos tener en cuenta este equilibrio en la formación de nuestros hijos y en la de nuestros alumnos. Es necesario trabajar en el desarrollo de los deberes, y en el cumplimiento de las obligaciones. No porque podamos incurrir en sanciones cuando no las cumplimos o recibir recompensas cuando lo hacemos sino por la conciencia del deber. “El sendero del deber, decía Niceto Alcalá Zamora, se encuentra enfrente del sendero del egoísmo”. Me preocupa en ese sentido la formación de los profesionales. Voy a referirme al colectivo sanitario, pero podría decir lo mismo de otros colectivos, por ejemplo, el de docentes. Una cirujana plástica, excelente profesional por lo que pude saber, me habla en un curso impartido a tutores y tutoras, de su inquietud al respecto y me brinda una anécdota que le ha parecido muy significativa y que más adelante contaré. Es importante la formación técnica de los médicos que se incorporan al sistema sanitario, pero me preocupa más, si cabe, su compromiso con la profesión. Suelo hacer hincapié en la importancia de esa forma de ser, de estar y de relacionarse con los demás y con la tarea que se circunscribe a la esfera de los valores. Es importante lo que se sabe, pero es muy importante lo que se es. De ahí que en las estrategias de formación y evaluación de los profesionales de la salud no debamos estar sólo preocupados por los conocimientos y las destrezas de la especialidad sino por la forma de vivir la profesión, de ser y de estar en ella. Esa excelente cirujana de la especialidad a la que antes aludía, ha tenido la amabilidad de compartir conmigo esta curiosa anécdota, acaecida recientemente. Una noche de guardia en el Hospital, sobre las once de la noche, llamaron al busca del residente para comentarle que un paciente de la planta se encontraba peor y requería que fuese evaluado por el médico de guardia para ver si precisaba algún tratamiento complementario o cambios en el que ya tenía. El residente respondió a la llamada y, una vez colgado el teléfono, llamó inmediatamente al adjunto de guardia, que se encontraba en el Hospital, aunque en otra planta y le dijo lo siguiente: - Perdóname, X, me han llamado de la planta para avisarme de que el paciente de la 13-2 está peor y deberíamos pasar a verlo. Ve tú que estás más cerca, si no te importa, porque yo estoy terminando de ver una película… No digo con esta anécdota que todos los MIR tengan la misma o parecida actitud ante la tarea y la comunicación con los colegas. No trato de reflejar la identidad de una generación sino de llamar la atención sobre una parcela del compromiso profesional. La actitud de este médico sería rechazable, aún viniendo de una persona con rango superior. Es más grave que la demanda esté formulada por una persona en período de formación. No es, a mi juicio, de recibo enviar a otro a realizar una tarea urgente porque resulta más cómodo seguir viendo una película. Es preocupante que una persona que está empezando le pida a un “superior” que le supla en una demanda urgente para poder ver el desenlace de una película, por muy emocionante que ésta sea. El sentido de la responsabilidad exige el saber priorizar. Y, en este caso, está muy claro que lo que demanda el deber es acudir a la planta y atender al paciente. Lo que exige la solidaridad es no molestar a otro que está realizando su trabajo y que no puede dejarlo súbitamente por un antojo ajeno. Lo que demanda el sentido común es no invertir la jerarquía institucional por capricho y comodidad. Se imagina uno fácilmente cómo actuará una persona con esta actitud cuando tenga unos cuantos años más y ocupe un cargo de responsabilidad en la institución. No quisiera ser un súbdito suyo. Ni un compañero. Ni un paciente. Hay que preocuparse en la formación por la esfera de los valores. No se debe olvidar que fueron médicos muy buen preparados, ingenieros muy bien formados y enfermeras muy capacitadas en su oficio los profesionales que diseñaron las cámaras de gas en la Segunda Guerra Mundial. ¿Sabían mucho? Sí, sin duda. Se han hecho estudios sobre lo bien que ventilaban los hornos crematorios. Pero carecían de una parte esencial de la formación: la dimensión ética. No tenían conciencia de su deber. En la formación, en el trabajo y en la evaluación de los profesionales hay que tener en cuenta como criterio esencial el saber ser un auténtico profesional. Y eso requiere tener buenas actitudes, relaciones respetuosas y desarrollo de los valores. Me gusta brindar a los profesionales un lema que a mí me ha servido en el desarrollo de mi actividad: “Que mi institución sea mejor porque yo estoy trabajando en ella”. Es preciso ejercitarse en el cumplimiento del deber. De manera placentera a veces y otras esforzada. Thomas W. Wilson decía: “El carácter se forja en el gran laboratorio diario del deber”. Pero todavía hay una exigencia más compleja e importante, que nos recuerda Alejandro Vinet: “Nada vale que se nos enseñe cuál es nuestro deber si no se nos hace amarlo”.
May 21 2010, 11:00pm | Comments »
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El sentido del deber
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/20/el-sentido-del-deber/
Se ha insistido tanto últimamente en la exigencia de los derechos propios que algunos se han olvidado de hacer el mismo hincapié en el cumplimiento de los deberes. Es bueno y necesario conocer los derechos y exigir su ejercicio por todos los medios. Es una parte del desarrollo ciudadano. Pero no es menos cierto que debemos ser conscientes de las obligaciones. Y asumir que esas obligaciones nos interpelan desde nuestra condición de personas. Hay quien aplica la ley del embudo a esta correlación de derechos y deberes. “Yo tengo derechos respecto a los demás, y los demás tienen deberes respecto a mí”, sería el lema de estos personajes. “El deber es lo que esperas de los demás”, decía Albert Camus. Debemos tener en cuenta este equilibrio en la formación de nuestros hijos y en la de nuestros alumnos. Es necesario trabajar en el desarrollo de los deberes, y en el cumplimiento de las obligaciones. No porque podamos incurrir en sanciones cuando no las cumplimos o recibir recompensas cuando lo hacemos sino por la conciencia del deber. “El sendero del deber, decía Niceto Alcalá Zamora, se encuentra enfrente del sendero del egoísmo”. Me preocupa en ese sentido la formación de los profesionales. Voy a referirme al colectivo sanitario, pero podría decir lo mismo de otros colectivos, por ejemplo, el de docentes. Una cirujana plástica, excelente profesional por lo que pude saber, me habla en un curso impartido a tutores y tutoras, de su inquietud al respecto y me brinda una anécdota que le ha parecido muy significativa y que más adelante contaré. Es importante la formación técnica de los médicos que se incorporan al sistema sanitario, pero me preocupa más, si cabe, su compromiso con la profesión. Suelo hacer hincapié en la importancia de esa forma de ser, de estar y de relacionarse con los demás y con la tarea que se circunscribe a la esfera de los valores. Es importante lo que se sabe, pero es muy importante lo que se es. De ahí que en las estrategias de formación y evaluación de los profesionales de la salud no debamos estar sólo preocupados por los conocimientos y las destrezas de la especialidad sino por la forma de vivir la profesión, de ser y de estar en ella. Esa excelente cirujana de la especialidad a la que antes aludía, ha tenido la amabilidad de compartir conmigo esta curiosa anécdota, acaecida recientemente. Una noche de guardia en el Hospital, sobre las once de la noche, llamaron al busca del residente para comentarle que un paciente de la planta se encontraba peor y requería que fuese evaluado por el médico de guardia para ver si precisaba algún tratamiento complementario o cambios en el que ya tenía. El residente respondió a la llamada y, una vez colgado el teléfono, llamó inmediatamente al adjunto de guardia, que se encontraba en el Hospital, aunque en otra planta y le dijo lo siguiente: - Perdóname, X, me han llamado de la planta para avisarme de que el paciente de la 13-2 está peor y deberíamos pasar a verlo. Ve tú que estás más cerca, si no te importa, porque yo estoy terminando de ver una película… No digo con esta anécdota que todos los MIR tengan la misma o parecida actitud ante la tarea y la comunicación con los colegas. No trato de reflejar la identidad de una generación sino de llamar la atención sobre una parcela del compromiso profesional. La actitud de este médico sería rechazable, aún viniendo de una persona con rango superior. Es más grave que la demanda esté formulada por una persona en período de formación. No es, a mi juicio, de recibo enviar a otro a realizar una tarea urgente porque resulta más cómodo seguir viendo una película. Es preocupante que una persona que está empezando le pida a un “superior” que le supla en una demanda urgente para poder ver el desenlace de una película, por muy emocionante que ésta sea. El sentido de la responsabilidad exige el saber priorizar. Y, en este caso, está muy claro que lo que demanda el deber es acudir a la planta y atender al paciente. Lo que exige la solidaridad es no molestar a otro que está realizando su trabajo y que no puede dejarlo súbitamente por un antojo ajeno. Lo que demanda el sentido común es no invertir la jerarquía institucional por capricho y comodidad. Se imagina uno fácilmente cómo actuará una persona con esta actitud cuando tenga unos cuantos años más y ocupe un cargo de responsabilidad en la institución. No quisiera ser un súbdito suyo. Ni un compañero. Ni un paciente. Hay que preocuparse en la formación por la esfera de los valores. No se debe olvidar que fueron médicos muy buen preparados, ingenieros muy bien formados y enfermeras muy capacitadas en su oficio los profesionales que diseñaron las cámaras de gas en la Segunda Guerra Mundial. ¿Sabían mucho? Sí, sin duda. Se han hecho estudios sobre lo bien que ventilaban los hornos crematorios. Pero carecían de una parte esencial de la formación: la dimensión ética. No tenían conciencia de su deber. En la formación, en el trabajo y en la evaluación de los profesionales hay que tener en cuenta como criterio esencial el saber ser un auténtico profesional. Y eso requiere tener buenas actitudes, relaciones respetuosas y desarrollo de los valores. Me gusta brindar a los profesionales un lema que a mí me ha servido en el desarrollo de mi actividad: “Que mi institución sea mejor porque yo estoy trabajando en ella”. Es preciso ejercitarse en el cumplimiento del deber. De manera placentera a veces y otras esforzada. Thomas W. Wilson decía: “El carácter se forja en el gran laboratorio diario del deber”. Pero todavía hay una exigencia más compleja e importante, que nos recuerda Alejandro Vinet: “Nada vale que se nos enseñe cuál es nuestro deber si no se nos hace amarlo”.
May 20 2010, 3:58pm | Comments »
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