A crónica de Miguel Santos Guerra (infelizmente sempre actual, sobretudo agora que começa novo ano);¿Qué esperamos de nuestros alumnos y alumnas? ¿Creemos que van ser magníficos estudiantes o que ya son y, por consiguiente, que acabarán siendo una total calamidad? De lo que nosotros esperamos dependerá una buena parte de lo que van a conseguir.Me cuenta un amigo mientras varios profesores compartimos mesa y mantel que, cuando estudiaba bachillerato en Salamanca, una profesora había dividido la clase en varios grupos. Uno era el grupo de los olmos. Estaban éstos convenientemente numerados: “olmo uno”, “olmo dos”, “olmo tres”… No denominaba a los alumnos y alumnas por sus nombres de pila sino por el número de olmo que le correspondía. Quien lo contaba era precisamente uno de aquellos olmos. La pregunta inevitable surge de uno de los comensales:- ¿Por qué os llamaba olmos?- Porque, según decía, no se le puede pedir peras al olmo.¿Era ingeniosa la profesora? Era tan ingeniosa como cruel. Ella había puesto una etiqueta sobre las personas y las vidas de sus alumnos y alumnas: no se puede esperar nada bueno de ellos. Son, por naturaleza, incapaces. Son olmos de los que no se puede esperar que den peras.- A ver, el “olmo uno”, que pase a la pizarra…¿Se imagina alguien a ese olmo andante, dirigirse al encerado pensando que va a solucionar el problema? Aunque lo resolviera, la profesora diría que había sonado la flauta por casualidad. Y, sobre todo, no cambiará de opinión.¿Alguien se ha metido alguna vez en la piel de estas personas que, por mágicas dotes adivinatorias de sus profesores y profesoras, se han visto etiquetadas como seres inútiles e incapaces de dar frutos? Pueden sentir y vivir sus etiquetas como fruto del certero diagnóstico de quien realmente sabe y tiene el poder de ponerlas. También pueden pensar que el conocimiento académico es una de las múltiples parcelas del saber y que hay otros saberes y habilidades importantes en la vida. Pueden estas personas pensar que los etiquetadores se equivocan y que la vida les dará ocasión de probarlo.La etiqueta está puesta. Si no tiene frutos ese árbol, es porque no puede darlos. Si los tiene es porque se ha producido una ruptura de las leyes de la naturaleza. Como si la inteligencia no dependiese de su cultivo y desarrollo. Como si las capacidades fuesen algo indiscutible e inamovible. Como si hubiese modos inequívocos de saber cuánta inteligencia y qué tipo de inteligencia se tiene.Este discurso fatalista ha tenido consecuencias destructivas para muchas personas. “Casualmente” para las personas menos favorecidas cultural y económicamente. Se decía (eran conclusiones “científicas”) que los negros eran menos inteligentes que los blancos, que las hombres eran más inteligentes que las mujeres. Había pruebas que lo confirmaban. No se tenía en cuenta que las pruebas que se aplicaban tenían un componente cultural decisivo ni que durante mucho tiempo esos grupos habían cultivado en menor medida sus capacidades. Tampoco se veía como un factor de sesgo que el diseño, aplicación y resultados de las pruebas eran manejados, casualmente, por hombres blancos.El problema es más complicado de lo que a primera vista parece porque el etiquetado tiene dimensiones sociales, políticas y económicas importantes. En efecto, no es solamente un fenómeno psicológico de graves consecuencias sino que hunde sus raíces en terrenos socioculturales.Dice Michel Apple en su obra “Ideología y currículo”: “Una gran parte de la literatura de etiquetado de los niños en la escuela descansa en una rama particular del idealismo. Es decir, supone que las identidades de los alumnos son creadas totalmente por las percepciones que los profesores tienen de los estudiantes en el aula… Además de eso se hallan también profundamente implicadas las expectativas y circunstancias materiales objetivas que forman y rodean el entorno escolar”. Es decir que niños y niñas de los entornos más depauperados serán destinatarios de etiquetas más abundantes y más negativas.La maldición de tener unas pésimas condiciones culturales, sociales y económicas se multiplica en una institución que debería corregir las desigualdades y actúa como un mecanismo reproductor. Es decir, que es más probable que sea calificado de olmo un niño gitano o magrebí o de una extracción social depauperada. Los “olmos” son “olmos” (no se les puede pedir, por consiguiente, que den peras) no tanto porque tienen unas capacidades insignificantes sino porque están plantados en terrenos improductivos. Esta visión encierra un fatalismo que opera destructivamente. Se es o no se es “olmo”, independientemente de lo que gustaría o debería ser.Poner la etiqueta sobre la mente y el corazón de las personas, decir de ellos que son olmos de los que no se puede esperar ni una pera es instalarse y pretender instalarlos en la desesperanza, en el fatalismo. Suscribo el pensamiento del pedagogo brasileño Paulo Freire: “La esperanza es la exigencia ontológica de los seres humanos. Aún más, en la medida que mujeres y hombres se hacen seres de relaciones con el mundo y con los otros, su naturaleza histórica se encuentra condicionada a la posibilidad o no de esa concreción”.No hay “olmos” en la educación. Sólo hay perales, de muy diverso tipo ciertamente, de los que se puede esperar una buena cosecha de frutos si se les ayuda a crecer, si se les riega, si se les abona, si se les poda, si encuentran primaveras en la sociedad y en la escuela que les permitan desarrollarse, florecer. Parafraseando a Neruda: la educación hace con los niños y las niñas lo que la primavera hace con los cerezos.Fonte
-
João Marques passando os olhos por... terrear.blogspot.com
O Efeito de Etiquetagem
http://terrear.blogspot.com/2009/09/o-efeito-de-etiquetagem.html
- Tags:
- Pigmaleão
- etiquetagem
September 12 2009, 7:38am | Comments »
-
João Marques passando os olhos por... terrear.blogspot.com
Efeito de Pigmaleão
http://terrear.blogspot.com/2009/02/efeito-de-pigmaleao.html
Efeito Pigmaleão (também efeito Rosenthal), é nome dado em psicologia ao efeito de nossas expectativas e percepção da realidade na maneira como nos relacionamos com a mesma, como se realinhássemos a realidade de acordo com as nossas expectativas em relação a ela.O poeta romano Ovídio, que viveu no início da era cristã, escreveu sobre o escultor Pigmaleão, que se apaixonou pela própria estátua e foi premiado pela deusa da beleza Vênus, que deu vida a ela. O sentimento do artista mudou a condição da estátua. A partir desse tema, muitos escreveram, até mesmo o crítico, polemista e dramaturgo irlandês George Bernard Shaw, autor da peça Pigmaleão, posteriormente adaptada para o musical My Fair Lady, história de uma florista que se transformou em lady porque alguém a viu como tal e assim deu vida à lady que já existia dentro dela. Eis aí de onde veio um termo muito importante para efeito de trabalho e carreira: o Efeito Pigmalião.Também chamado Efeito Rosenthal, o Efeito Pigmaleão foi assim nomeado por Robert Rosenthal e Lenore Jacobson, destacados psicólogos americanos, que realizaram um importante estudo sobre como as expectativas dos professores afetam o desempenho dos alunos. É simples: professores que têm uma visão positiva dos alunos tendem a estimular o lado bom desses e a obter melhores resultados; professores que vêem os alunos com olhos negativos adotam posturas que acabam por comprometer negativamente o desempenho desses. Esse efeito, chamado também de profecia auto-realizável, porque quem faz a profecia é na verdade quem a faz acontecer, afeta as relações em todos os campos da vida, conforme amplamente documentam os estudos posteriores de Rosenthal, um premiado cientista. Na gestão, a profecia auto-realizável foi apresentada em célebre estudo de Douglas McGregor, na década de 1960, que mostrou que a expectativa dos gerentes afeta o desempenho dos empregados - quando o gerente espera coisas positivas deles, essas tendem a vir; quando espera coisas negativas, elas provavelmente serão confirmadas.Fonte
February 25 2009, 8:09am | Comments »
1
