Al terminar hace unos días la conferencia de apertura del V Encuentro Nacional de Orientación en Sevilla se me acercó una de las asistentes y, con ojos llenos de tristeza, me habló de la experiencia de un hijo suyo de diez años que le había dicho: - Mamá, quiero ser viejo. - ¿Por qué, hijo?, le preguntó ella, sorprendida y preocupada. - Porque no quiero ir a la escuela. La mamá, orientadora de profesión y, por consiguiente, persona muy vinculada a la escuela, vivió aquella confidencia con una profunda desolación. Que un niño de diez años quiera ser un viejo es algo anormal. Y que la causa sea el rechazo de la escuela es algo preocupante. Si los profesionales de la educación atribuimos la cusa de esa desafección a que el niño tiene escasa motivación, nulo interés, poca capacidad, insuficiente valía, mala relación con los demás, excesiva pereza, conducta indeseable o sobreprotección familiar, será imposible mejorar lo que hacemos. Si nos excusamos en el hecho de que otros sí que quieren ir a la escuela y, por consiguiente, esa es una demostración de nuestro buen hacer, conseguiremos instalarnos en la rutina y dejaremos que algunos o muchos niños y niñas sigan fracasando. Porque los niños y las niñas no sólo tienen derecho a la escolarización. A lo que de verdad tienen derecho es a tener éxito en la escolarización. Y ya sé que una parte depende de los niños y de las niñas. De su esfuerzo, de su aplicación, de su constancia. Nosotros debemos preguntarnos por qué ese niño quiere ser viejo para no ir a la escuela. Y si nos lo preguntamos quizá descubramos que el niño se aburre, no se siente querido, se ve comparado y descalificado, estudia cosas que no le interesan, se siente acosado… Y ese descubrimiento nos tiene que hacer reaccionar para mejorar aquello que le hace ver la escuela como un lugar indeseado. Las personas están diseñadas para aprender. El ser humano tiene una curiosidad innata. Tenemos que preguntarnos por qué no quieren aprender o, como en este caso, por qué no quieren ir al lugar donde se aprende. Decía Winston Churchill: “Me encanta aprender, pero me horroriza que me enseñen”. No me sorprendió la angustia de la madre. Tiene que ser horrible percibir esa reacción en un hijo que no quiere ir a una institución en la que tú crees, a la que tú amas y por la que tú trabajas. Que nadie entienda esta reflexión como una descalificación a quienes trabajan en las escuelas sino como una invitación a la reflexión, al compromiso, a la cooperación. En el año 2003 publicó la Editorial Gedisa un hermoso libro titulado “Por qué tengo que ir a la escuela”. El libro lleva como subtítulo “Cartas a Tobías”. Explicaré por qué. Una familia está despidiendo en la estación a un familiar, reconocido pedagogo alemán llamado Harmunt Von Hentig. El niño, que se llama Tobías, se muestra revoltoso y agitado, se tira al suelo para ver los frenos del tren, no para quieto un momento. La madre, un tanto irritada, le dice: - Ya está bien. Ganas tengo de que empiece la escuela. El niño se pone de pie y formula esta pregunta a los padres: - ¿Por qué tengo que ir a la escuela? El tren está arrancando, de modo que el tío, que ha escuchado la pregunta, le dice al sobrino, mientras agita la mano en son de despedida: - Yo te voy a contestar a esa pregunta. El tren se va, la madre sigue reconviniendo al niño mientras regresan a casa. Y el tío le envía a su nieto Tobías 26 cartas en las que le explica cuáles son los motivos por los que tiene que ir a la escuela. Se trata de relatos breves y sugerentes que empiezan explicando por qué en la experiencia de su tío fue importante acudir a la escuela. Todas van dirigidas a Tobías. Y todas las firma su tío Harmunt. “Mis cartas os pueden ser útiles –le dice en la primera de ellas-, sobre todo si las leéis todos juntos. Se lo propondré a tus padres. Pero son tus cartas; cuando hayas leído la segunda o la tercera carta, decide tú cómo quieres hacerlo”. Este libro, que puede ser leído por padres, profesores y alumnos, es una invitación a reflexionar sobre el sentido de la escuela y sobre la forma en que la escuela puede convertirse en una institución creativa que verdaderamente ayude a responder a la curiosidad innata de los seres humanos por aprender. La escuela no está ahí como caída del cielo. Hacemos la escuela entre todos. Se lo dice Von Hentig a su sobrino. Puede ser que la escuela a la que vas –viene a decir- tenga cosas que no te gusten, pero tú puedes contribuir a cambiarlas, a mejorarlas. Hacemos la esuela cada día con nuestro trabajo, nuestras actitudes y nuestras relaciones con los demás. No es producto que3 venga manufacturado y que no podamos tocar sino que es, en buena medida, lo que nosotros queramos que sea. La exclamación del niño nos pone a todos y a todas contra las cuerdas. ¿Por qué este niño, que está empezando a vivir, quiere hacerse de repente un viejo? ¿Cómo puede dejarnos indiferentes su rechazo, sin preguntarnos qué pasa con su terrible experiencia, con su dolor cotidiano? Porque, aunque él no quiera, tiene que ir a la escuela cada día, de modo que una tarea apasionante como aprender se puede convertir en una condena a trabajos forzados. ¿Cómo no estimularnos para hacer de la escuela un lugar soñado de aprendizajes relevantes y de encuentros enriquecedores? ¿Cómo no comprometernos en hacer una escuela donde todos y cada uno de los alumnos y de las alumnas puedan encontrarse con quienes van a guiarlos amorosa y exigentemente hacia cotas elevadas de saber y de felicidad? Ya sé que estudiar es a veces arduo y difícil, pero no es igual para hacerlo tener una disposición emocional positiva hacia al aprendizaje que desear tener canas para quedarse en casa viendo la televisión.
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Mamá, quiero ser viejo
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March 19 2010, 11:00pm | Comments »
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Esqueismo
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/02/27/esqueismo/
Hay gente que nunca va a tener la culpa de nada. Aunque la esté utilizando aquí, la palabra esqueismo no existe. Me refiero con ella a ese vicio tan extendido de utilizar excusas para justificar comportamientos indebidos u omisiones flagrantes. Llamo esqueismo, pues, al hábito de utilizar la expresión “es que…”. Hay personas especializadas en el uso de esta locución exculpatoria. Personas que hacen un uso tan frecuente de ella, que ya lo han mecanizado, lo han convertido en un automatismo. Seguro que el lector conoce a más de una. Porque abundan. En lugar de reconocer un error, una equivocación, un olvido, un despiste o un fallo, dirán con una contundencia y un desparpajo admirables: “Es que…”. Tienen una rara habilidad para cargar en las espaldas de los demás el peso de sus fallos. Si te pisan dirán que no tenías que tener el pie debajo en ese momento. Si las pisas dirán que tenías que haber mirado previamente. Ellas son perfectas. Nunca tienen la culpa de nada. “Todos son culpables, salvo yo”, decía Celine. El diccionario de la RAE define el concepto de excusa como “el motivo o pretexto que se invoca para eludir una obligación o disculpar una omisión”. La excusa se sustenta en un motivo insuficiente, arbitrario, poco real. Una cosa es una justificación rigurosa y otra una excusa. Cuando explicamos por qué hemos hecho algo o por qué lo hemos dejado de hacer, tratamos de ofrecer un argumento creíble. Puede ser que resulte creíble para el que lo da, pero no para el que lo recibe. O al revés. Algunas veces, quien ofrece la explicación sabe que miente, pero el que la recibe se lo cree a pie juntillas. ¿Cuándo una explicación se convierte en una excusa? Cuando es mentirosa o no tiene consistencia. En el campo de la enseñanza, que me resulta tan cercano, se practica con frecuencia el “esqueismo”: es que los alumnos son vagos, torpes y están mal preparados, la Administración es injusta, las familias son desaprensivas, la sociedad es desastrosa, los sueldos son bajos y la televisión resulta estúpida. Los alumnos también lo practican con soltura: es que los profesores son exigentes, me tienen manía, no saben explicar, los libros son difíciles y el Colegio o el Instituto son aburridos. Las familias pueden apuntarse, como no podía ser menos, a esta reacción que impide pensar, reconocer y actuar positivamente: es que los profesores sólo piensan en las vacaciones, sólo se preocupan de los que van bien, los chicos sólo piensan en divertirse, la vida se ha puesto así… En la política son frecuentes las excusas: es que el partido que gobernaba dejó las arcas vacías, dice el partido que gobierna. Es que el gobierno no quiere pactar, dice la oposición que no desea llegar a un acuerdo. Una excusa siempre es interesada. Detrás de ella escondemos las verdaderas razones: la torpeza, la incompetencia, la cobardía, el olvido, la dejadez o la maldad. La excusa más incoherente y pintoresca que he escuchado en mi vida me la dio un alumno mío de diez años en un colegio de Oviedo cuando le pregunté por qué llegaba tarde a la clase. Me dijo: - Es que me ha salido un toro en la calle y he tenido torearlo. No sé si la había elaborado previamente o se le ocurrió en el momento. Lo cierto es que, con toda la tranquilidad del mundo me explicó la causa del retraso a través de una emergencia insólita. No pensó que acaso hubiera sido más lógico correr delante del toro y llegar antes de la hora. Sobre todo, al no disponer del necesario capote y de la imprescindible valentía. Algunas veces, la excusa es previa a la acción o a la omisión. Y se convierte en la causa de la inacción. Es que no se lo merecen, dice el profesor que no quiere llevar a los alumnos de excursión. Es que voy a suspender de todos modos, dice el alumno que no quiere estudiar. Es que no sabe apreciar los buenos regalos, dice el novio que no quiere gastarse mucho dinero en el obsequio que debe hacer a su pareja.
El engaño tiene que ver con los demás pero también con nosotros mismos. Nosotros podemos convertir en un motivo lo que no es más que una excusa descarada. Cualquier espectador imparcial podría corroborarlo.
¿Cómo nos las arreglamos para proteger la irresponsabilidad detrás de explicaciones futiles? Haciéndolas lo más creíbles que se puede. Mientras más irresponsabilidad existe, se manejarán más excusas. Los niños y las niñas utilizan excusas con frecuencia. Mientras menos autenticidad tenga una persona, más fácil será el uso y el abuso de excusas. Todos conocemos gente especialista en formularlas. Es fácil que, después de un tiempo, hasta las explicaciones verdaderas de esas personas sean tomadas por falsas. Desde el punto de vista social, la irresponsabilidad demuestra una pésima integración del individuo en una colectividad civilizada. Por eso el individuo maduro, el individuo responsable, es capaz de asumir sus fallos y sus limitaciones. Y es capaz de hacer frente a la consecuencias de sus actos. Pascal Bruckner, autor en 1995 de “La tentación de la inocencia”, auténtico vademecum de la moderna cultura de la irresponsabilidad, dice: “Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes”. Al rechazar su responsabilidad, las personas se convierten en autistas morales. Unas veces mediante la maldad, otras mediante el autoengaño. Y es que, como decía La Rochefoucauld: “Es tan fácil engañarse a uno mismo sin darse cuenta como engañar a los demás sin que se den cuenta”. No nos engañemos. No nos dejemos engañar.
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February 26 2010, 10:00pm | Comments »
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Estúpida burocracia
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/01/16/estupida-burocracia/
Se habla mucho de la inutilidad de la burocracia, pero menos del desconsuelo que procura. Me cuenta una querida cuñada que está desesperada con el trabajo desmedido que le encomienda la inspección. Es una excelente maestra, una profesional concienzuda, una magnífica persona que se desvive por los niños y las niñas que le han tocado en suerte. Y hoy la veo abrumada y desconsolada con el ímprobo y absurdo trabajo que tiene que llevar a cabo. Me impresionó oírla decir hace poco: - No creo que yo me jubile como maestra. Es una pena. Porque disfruta trabajando con los niños y las niñas, pero sufre llevándose tarea a la casa diariamente, en los fines de semana y durante las vacaciones. Está metida en un sinvivir. Tiene la convicción de que muchas de las tareas burocráticas que le imponen no sirven para nada, salvo para hacer estadísticas y amontonar papeles. No es justo, no es lógico, no es decente que la burocracia abrase a los mejores profesionales de la educación. Hay que preguntarse con seriedad y urgencia: ¿Cuántas horas de trabajo burocrático asumen los profesionales de la educación? ¿Cuántas horas se dilapidan entregadas a tareas absurdas que no sirven para nada? ¿Cuánto aburrimiento se acumula en las mentes y en el corazón de los docentes por estas iniciativas cada vez más ridículas? La pirámide jerárquica no se rompe nunca. El ministro le exige a los consejeros, los consejeros a los delegados, los delegados a los inspectores, los inspectores a los directores y los directores a los profesores. (Ya sé que también hay mujeres, y muchas, en la educación, pero no he querido redactar un párrafo rocambolesco). ¿Por dónde se romper esa cadena maldita? ¿Quién le pone el cascabel al gato? ¿Quién es capaz de decir “yo eso no lo mando porque es un sinsentido o “yo eso no lo hago porque es un estupidez”?. ¿Para cuándo la unión de todos y de todas contra la irracionalidad? Hay quien toma el camino más corto. Se va. Pide una baja y se acabó el problema. Mi cuñada no es capaz de hacerlo porque es una persona con responsabilidad. Entrega como tributo su salud física y mental. Porque es una persona sacrificada. Y hace a conciencia lo que se le pide. Mil doscientas dieciséis fichas ha tenido que entregar hace poco, correspondientes a los trescientos cuatro alumnos y alumnas a quienes tiene que enseñar inglés. Ficha de cada concepto que ha enseñado en cuatro dimensiones: leer, escribir, escuchar, hablar. Es decir que es para la autoridad educativa es más importante dedicarse a contar lo que se ha hecho que tratar de mejorar las condiciones para hacerlo bien. ¿Quién detiene esta trituradora de ilusiones? ¿Quién para esta maquinaria infernal? No es justo, no es lógico que el trabajo tenga que realizarse a costa de la familia, de la salud o del descanso. Hay que decir basta. Alguien tiene que poner coto a esta insensatez progresiva. La burocracia es un condena en cualquier trabajo. En la enseñanza es una maldición. Porque se desperdician las horas y porque los profesionales se queman inútilmente. La burocracia potencia el régimen organizativo jerarquizado e impone una obediencia irracional “Esto hay que hacerlo porque hay que hacerlo”. Pero, qué sentido tiene, para qué sirve, qué impide hacer, qué consecuencias tiene, son preguntas que nadie se hace y si se las hace se las contesta cada uno en privado sin que las respuestas ayuden a corregir las situaciones injustas e irracionales. Tiene la situación un efecto derivado pernicioso, que es el desarrollo de la cultura burocrática en la que se instalan las prácticas de manera rutinaria, acrítica e irracional. Esas prácticas se perpetúan a veces a través del tiempo y se convierten en comportamientos anquilosados que nadie sabe a qué finalidad responden. Pero se repiten una y otra vez. ¿Cuántas horas dedican los directores y directoras a la burocracia? Pueden destinar su tiempo a tareas pedagógicamente ricas, como coordinar,inspirar proyectos innovadores, investigar sobre la práctica, crear un clima positivo, hacer equipo, proponer iniciativas… O bien, a tareas pedagógicamente pobres, una de las más apremiantes y absorbentes sería la de rellenar papeles, hacer estadísticas y cultivar la burocracia. Sería un atropello exigirles que la mayor parte de su tiempo se invirtiese en tareas tan aburridas como inútiles. Recuerdo ahora aquella vieja historia que pasa de boca en boca. En un centro se pintó un banco y se encargó a un conserje que se sentara en otro que estaba enfrente para advertir a las personas que el banco estaba recién pintado y que no podían sentarse en él. Diez años después, todas las mañanas, un conserje se sentaba en aquel banco. Cuando alguien le preguntó cual era su misión, no supo qué responder. Siempre, desde que él entró, se había hecho así. La burocracia potencia el poder irracional. Si tienes que hacer por obediencia cosas más absurdas e ineficaces re refuerza la sensación de que quien manda puede mandar lo que quiera. Robert Mitchel elevó esta idean a una “ley de hierro de la oligarquía”, según la cual cuanto más crece y se burocratiza una organización, más grado de poder se concentra en manos de un pequeño número de personas de posiciones elevadas. Esta ley da por bueno el dicho de P. Masson: “Los funcionarios son como los libros de una biblioteca: los que están en los lugares más altos son los que menos sirven”. Las autoridades educativas tienen que velar para que los educadores más sensibles no se convierten en burócratas acomodados o desesperados. Sería muy triste que utilizasen su poder para hacer exactamente lo contrario a lo que deben. Y me temo, por lo que mi cuñada me cuenta, que es lo que está sucediendo. Los alumnos y alumnas de mi cuñada no se merecen que traten así a su maestra quienes tienen que cuidarla. Y ella, menos.
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January 15 2010, 10:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
No puedo crecer por ti
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/01/09/no-puedo-crecer-por-ti/
Cada persona tiene que madurar y crecer a través de su propio esfuerzo. Nadie puede suplir a otro en la tarea de su maduración. Los demás pueden ayudar, aconsejar, aplaudir, pero no pueden reemplazar a nadie en lo que cada persona tiene que hacer. Hay que regar el árbol, abonarlo y podarlo, pero es el árbol quien tiene que crecer. Y, por cierto, hace muy poco ruido cuando crece. No se puede tirar de las ramas hacia arriba para que lo haga. Los agentes externos facilitan, propician ayudan, pero no crecen por él. Suelo aplicar a la educación una metáfora que Neruda dedica al amor. Amar (educar) es hacer con las personas lo que la primavera hace con los cerezos. La primera crea las condiciones pero es el árbol el que crece. el que florece, el que da frutos. Es necesaria la primavera, pero ella sola no hace que el árbol se desarrolle. En plena primavera hay árboles que se atrofian, que acaban muriendo. Reivindico aquí la autonomía del ser humano para llegar a ser lo que realmente quiere ser, dentro de sus posibilidades genéticas, dentro de sus potencialidades, en el marco del contexto que elige. Reivindico su derecho a desarrollar al máximo y de forma autónoma sus potencialidades. Lo que los hijos y alumnos nos dicen a los adultos es lo siguiente: “Ayúdame a hacerlo sólo”. De lo que se trata no es de que los alumnos y los hijos piensen como nosotros sino de que piensen por sí mismos. Lo que se pretende no es que decidan lo que nosotros queremos sino que aprendan a decidir por sí mismos. La indoctrinación se diferencia de la educación en que no deja un margen a la libertad del individuo. Impone los valores a la fuerza. Y un valor que se impone a la fuerza deja de ser un valor. La educación propone, sugiere, explica, pero respeta la libertad del educando. De ahí la importancia de la libertad y de la responsabilidad que de ella se deriva. No es cierto que hasta que no tengan responsabilidad no se les puede conceder libertad sino que mientras no ejerciten la libertad no pueden adquirir responsabilidad. (Tengo que matizar lo que he dicho. Porque he hablado de conceder libertad. Sería más preciso hablar de devolver la libertad. Porque la libertad es suya, no es que nosotros se la concedamos). Cuando se habla y se piensa y se escribe sobre educación se suele poner el foco en los educadores y menos veces en los educandos. Ellos tienen una parte inexcusable de responsabilidad. Hace tiempo y no sé dónde leí (o escuché) una anécdota que viene como anillo al dedo para explicar lo que quiero decir. Un profesor recibe una demanda exigente de un alumno para que le explique con más detalle, con más pormenores, de manera desmenuzada y clara el tema que tiene que estudiar. Y, además, le exige que le indique dónde puede encontrar más información. El profesor le dice que le explicará lo que le pide, pero que será en otro momento. Invita a comer a su alumno y, en los postres, le dice que le permita hacerle un pequeño favor en muestra del aprecio que le tiene. El favor consiste en pelar el melocotón que el alumno va a tomar de postre. - No, por favor, dice el alumno, yo puedo hacerlo sin dificultad alguna. - Por favor, insiste el profesor, yo lo haré encantado. Quiero mostrarte mi aprecio. El profesor monda el melocotón cuidadosamente. Una vez realizada la tarea le dice al sorprendido alumno: - Permíteme ahora partírtelo en pequeños trozos para que puedas comerlo con facilidad. - No, por favor, profesor, yo puedo hacerlo solo. Estoy acostumbrado. El profesor parte el melocotón en pedazos ante la asombrada mirada de su alumno. Y, al terminar, le dice, metiendo un trozo en la boca: - Permíteme que te lo mastique para que puedas comerlo de manera más fácil. El alumno comprende lo que le ha querido decir el profesor con la metáfora del melocotón. Avergonzado, se disculpa con rapidez: - Gracias, profesor Tiene usted razón. Me he equivocado al pedir que recorriese por mí el camino que yo tenía que atravesar en el proceso de mi aprendizaje. - Sí, amigo, yo no puedo crecer por ti, concluye el profesor. En el discurso pedagógico se olvida frecuentemente el papel del alumno, como si todo dependiese del quehacer del profesor, de la institución escolar y de la familia. Es cierto que algunos docentes han quemado las mejores ilusiones de sus alumnos por aprender, pero no es menos cierto que algunos alumnos han destruido las mejores intenciones que tenían sus profesores de enseñar. Tendremos mejores alumnos en la medida que haya buenos profesores, pero será más fácil que haya buenos profesores si tenemos buenos alumnos. Los alumnos tienen su papel, un papel determinante. Porque sólo aprende el que quiere. Cuando un alumno no se esfuerza, cuando no pone nada de su parte, se hace inútil la tarea del profesor. Hay que insistir en esa parte de la responsabilidad en el éxito escolar. Frecuentemente se atribuye el fracaso a la administración educativa, al profesorado, a la familia, a los medios de comunicación, a la sociedad en general, pero no se piensa en la parte que le corresponde al estudiante. Hay que decirlo así de claro. El estudiante tiene que ser consciente del privilegio que supone poder estudiar de forma gratuita. Hay muchos niños y jóvenes en el mundo que no pueden disfrutar de él. Tiene que saber lo que cuesta su puesto en una escuela. Tiene que prestar atención a cada explicación o consigna, tiene que tratar bien las instalaciones y los materiales, tiene que esforzarse (porque el estudio requiere esfuerzo) de forma continuada y tiene que respetar a quienes tratan de ayudarle a aprender. En sus manos está una gran parte de la clave del éxito o del fracaso..Tenemos que decírselo así de claro los profesores y profesoras. Y no menos claramente los padres y las madres.
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January 8 2010, 10:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Machismo lingüístico
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2009/12/12/machismo-linguistico/
La palabra puede ser una forma de agresión tan brutal como los golpes. Frecuentemente nos golpean noticias de maltrato contra las mujeres. Cuando llega este momento, nos aflige el dolor y nos invade la rabia. Pero pronto volvemos a la tranquilidad, hasta que un nuevo golpe nos despierta de la indiferencia y el olvido. - Qué horrible, otra mujer asesinada por su pareja, decimos. Pero, ¿qué hacemos más allá de lamentarnos? Porque, entre todos y entre todas tenemos que detener ese brazo que golpea y golpea sin piedad. Y, ¿cómo podremos hacerlo? Pues muy sencillo y muy difícil a la vez: acabando con la terrible lacra del machismo. Lacra que no desaparece por decreto ley, aunque las leyes sean necesarias. “La sociedad no cambia por decreto”, reza el título de un libro de Michel Crozier. En efecto, ¿puede cambiar una ley las concepciones y las actitudes de las personas? Hay que combatir todas las formas en las que se manifiesta el sexismo, porque de él nace la violencia, la discriminación y el horror de los asesinatos. Por eso me entristecen (esa es la palabra exacta) esos artículos machistas que critican con buena carga de sorna, el uso no sexista del lenguaje, Ya sé que al decir “hombres” incluimos a hombres y a mujeres. Ya sé que al decir niños podemos referirnos genéricamente a niños y niñas. Pero no me dejará de reconocer el lector (o lectora) que en ambos casos silenciamos a las mujeres y a las niñas. Es indiscutible que, a través del lenguaje, se hacen invisibles. Por eso hay que referirse explícitamente a ellas. No me hacen gracias sus bromas, señor Pedro Jota (¿o será Pedro Joto para seguir sus derroteros de mordacidad?). No me gusta su estilo insensible a estas cuestiones, señor Pérez Reverte. Y no creo que se hagan más contundentes sus opiniones por utilizar unos términos gruesos y unas descalificaciones hirientes. No me hace ninguna gracia que usted califique el lenguaje no sexista como “una soplapollez”. No me gusta, señor Jiménez Losantos ese desprecio que usted muestra al Ministerio de Igualdad, a la Ministra y a las causas que plantea desde una cartera imprescindible. Me molestan sus palabras despectivas, señor Juan Manuel de Prada, por ejemplo cuando dice que “se necesitan vocablos nuevos para designar a esas mujeres que sólo alcanzarán la felicidad satisfecha de los lacayos cuando sienten que les crece una miembra virila entre las piernas” (ABC, 3/2/2007). Utilizar un lenguaje no sexista no es capricho, no es un intento de despreciar el diccionario y la gramática, es una exigencia de la lógica y e la justicia. Hay que conectar ese hecho, aparentemente menor, con la atrocidad del asesinato de las mujeres. Ya sé que no se puede establecer un nexo causal directo, pero sí se puede decir que ese árbol maldito que regamos de mil formas va dando frutos envenenados. Las gotas del lenguaje sexista, de los gestos discriminatorios, de las bromas procaces, de la falta de respeto van haciendo crecer y fructificar el árbol del sexismo. Si no lo hiciésemos así acabaría por secarse y pudrirse para siempre. Sé que hay que respetar la gramática y el diccionario y la sintaxis. Pero sé también que lo que no se nombra no existe. Sé también que hay que hacer visibles a la mujeres a través del lenguaje. No podemos olvidar que fueron hombres quienes hicieron la gramática, la sintaxis y los diccionarios. Cuando decimos que los adjetivos tienen que concordar con el sustantivo “por el género noble”, ¿a qué género nos estamos refiriendo? Obviamente, al género masculino. ¿Por qué es ese el género noble? Porque lo decidieron así quienes crearon la norma. No me gusta el efecto que produce sobre el lenguaje su uso no sexista. Lo hace más farragoso y menos elegante. Pero creo que, ante dos principios que chocan, ante esa disonancia lingüística, debe prevalecer el principio más noble, ahora sí. Es decir el que está del lado de la equidad. Remito al lector (o lectora) al excelente artículo de la profesora Olga Castro Vázquez “Rebatiendo lo que Otros dicen del lenguaje no sexista”, publicado en gallego en la Revista “Festa da Palabra Silenciada” en el número monográfico “O verbo patriarcal”. Una a una (hasta once) va desmontando las acusaciones que los detractores (también hay alguna detractora, por supuesto) del lenguaje no sexista formulan manifestando una inequívoca actitud sexista. Mencionaré sólo alguno de sus argumentos. Utilizar y defender un lenguaje no sexista es una cuestión importante porque pensamos con palabras y categorías gramaticales e imaginamos la realidad a través de la representación cognitiva que hacemos de ella mediante el lenguaje. No es, pues, una cuestión menor hacer visibles a las mujeres cuando se habla o se escribe. Reducir el lenguaje no sexista al que llena el texto de arrobas, barras, guiones, paréntesis, palabras inexistentes o dobles, entorpeciendo el texto y creando un lenguaje antinatural es una agresión es una ridiculización y una simplificación inadmisible. Decir que hay cosas más importantes por las que preocuparse no es más que una excusa sin fundamento. En primer lugar porque el uso no sexista del lenguaje no es incompatible con la lucha contra otras formas de discriminación como la violencia doméstica, la desigualdad salarial o la negación del derecho al aborto…No es cierto que el lenguaje no sexista sea antinatural . ¿Qué es un lenguaje antinatural? El lenguaje no es fenómeno estático e inamovible y por supuesto, ajeno al uso. Es una construcción humana que refleja concepciones, actitudes y valores (frecuentemente los dominantes). Es un constructo social y una cuestión de hábito que puede cambiarse y que de hecho se cambia. Muchas palabras que antes sonaban mal o, sencillamente, no sonaban, son hoy tan “naturales” como otras de uso secular. ¿A quién le sorprende hoy hablar de médicas, arquitectas, juezas y abogadas? ¿Por qué dentro de un tiempo no va a suceder lo mismo con otras palabras como miembra o fiscala? El lenguaje no sexista no es contrario a la economía del lenguaje. No es necesario escribir textos como éste: “Los empleados y las empleadas gallegos y gallegas están descontentos y descontentas por “. Estas expresiones invitan a la ridiculez. No se trata de escribir así sino de forma que se haga pensar en la representación de las mujeres y hombres en la lengua. Por ejemplo: “Las empleadas y empleados de Galicia están descontentos porque fueron instados, e incluso obligados a declararse personas católicas”. Es otra cosa. El uso no sexista del lenguaje es una forma más y no de escasa importancia para poner freno a ese terrible monstruo que devora a las mujeres.
December 11 2009, 10:00pm | Comments »
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Machismo lingüístico
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La palabra puede ser una forma de agresión tan brutal como los golpes. Frecuentemente nos golpean noticias de maltrato contra las mujeres. Cuando llega este momento, nos aflige el dolor y nos invade la rabia. Pero pronto volvemos a la tranquilidad, hasta que un nuevo golpe nos despierta de la indiferencia y el olvido. - Qué horrible, otra mujer asesinada por su pareja, decimos. Pero, ¿qué hacemos más allá de lamentarnos? Porque, entre todos y entre todas tenemos que detener ese brazo que golpea y golpea sin piedad. Y, ¿cómo podremos hacerlo? Pues muy sencillo y muy difícil a la vez: acabando con la terrible lacra del machismo. Lacra que no desaparece por decreto ley, aunque las leyes sean necesarias. “La sociedad no cambia por decreto”, reza el título de un libro de Michel Crozier. En efecto, ¿puede cambiar una ley las concepciones y las actitudes de las personas? Hay que combatir todas las formas en las que se manifiesta el sexismo, porque de él nace la violencia, la discriminación y el horror de los asesinatos. Por eso me entristecen (esa es la palabra exacta) esos artículos machistas que critican con buena carga de sorna, el uso no sexista del lenguaje, Ya sé que al decir “hombres” incluimos a hombres y a mujeres. Ya sé que al decir niños podemos referirnos genéricamente a niños y niñas. Pero no me dejará de reconocer el lector (o lectora) que en ambos casos silenciamos a las mujeres y a las niñas. Es indiscutible que, a través del lenguaje, se hacen invisibles. Por eso hay que referirse explícitamente a ellas. No me hacen gracias sus bromas, señor Pedro Jota (¿o será Pedro Joto para seguir sus derroteros de mordacidad?). No me gusta su estilo insensible a estas cuestiones, señor Pérez Reverte. Y no creo que se hagan más contundentes sus opiniones por utilizar unos términos gruesos y unas descalificaciones hirientes. No me hace ninguna gracia que usted califique el lenguaje no sexista como “una soplapollez”. No me gusta, señor Jiménez Losantos ese desprecio que usted muestra al Ministerio de Igualdad, a la Ministra y a las causas que plantea desde una cartera imprescindible. Me molestan sus palabras despectivas, señor Juan Manuel de Prada, por ejemplo cuando dice que “se necesitan vocablos nuevos para designar a esas mujeres que sólo alcanzarán la felicidad satisfecha de los lacayos cuando sienten que les crece una miembra virila entre las piernas” (ABC, 3/2/2007). Utilizar un lenguaje no sexista no es capricho, no es un intento de despreciar el diccionario y la gramática, es una exigencia de la lógica y e la justicia. Hay que conectar ese hecho, aparentemente menor, con la atrocidad del asesinato de las mujeres. Ya sé que no se puede establecer un nexo causal directo, pero sí se puede decir que ese árbol maldito que regamos de mil formas va dando frutos envenenados. Las gotas del lenguaje sexista, de los gestos discriminatorios, de las bromas procaces, de la falta de respeto van haciendo crecer y fructificar el árbol del sexismo. Si no lo hiciésemos así acabaría por secarse y pudrirse para siempre. Sé que hay que respetar la gramática y el diccionario y la sintaxis. Pero sé también que lo que no se nombra no existe. Sé también que hay que hacer visibles a la mujeres a través del lenguaje. No podemos olvidar que fueron hombres quienes hicieron la gramática, la sintaxis y los diccionarios. Cuando decimos que los adjetivos tienen que concordar con el sustantivo “por el género noble”, ¿a qué género nos estamos refiriendo? Obviamente, al género masculino. ¿Por qué es ese el género noble? Porque lo decidieron así quienes crearon la norma. No me gusta el efecto que produce sobre el lenguaje su uso no sexista. Lo hace más farragoso y menos elegante. Pero creo que, ante dos principios que chocan, ante esa disonancia lingüística, debe prevalecer el principio más noble, ahora sí. Es decir el que está del lado de la equidad. Remito al lector (o lectora) al excelente artículo de la profesora Olga Castro Vázquez “Rebatiendo lo que Otros dicen del lenguaje no sexista”, publicado en gallego en la Revista “Festa da Palabra Silenciada” en el número monográfico “O verbo patriarcal”. Una a una (hasta once) va desmontando las acusaciones que los detractores (también hay alguna detractora, por supuesto) del lenguaje no sexista formulan manifestando una inequívoca actitud sexista. Mencionaré sólo alguno de sus argumentos. Utilizar y defender un lenguaje no sexista es una cuestión importante porque pensamos con palabras y categorías gramaticales e imaginamos la realidad a través de la representación cognitiva que hacemos de ella mediante el lenguaje. No es, pues, una cuestión menor hacer visibles a las mujeres cuando se habla o se escribe. Reducir el lenguaje no sexista al que llena el texto de arrobas, barras, guiones, paréntesis, palabras inexistentes o dobles, entorpeciendo el texto y creando un lenguaje antinatural es una agresión es una ridiculización y una simplificación inadmisible. Decir que hay cosas más importantes por las que preocuparse no es más que una excusa sin fundamento. En primer lugar porque el uso no sexista del lenguaje no es incompatible con la lucha contra otras formas de discriminación como la violencia doméstica, la desigualdad salarial o la negación del derecho al aborto…No es cierto que el lenguaje no sexista sea antinatural . ¿Qué es un lenguaje antinatural? El lenguaje no es fenómeno estático e inamovible y por supuesto, ajeno al uso. Es una construcción humana que refleja concepciones, actitudes y valores (frecuentemente los dominantes). Es un constructo social y una cuestión de hábito que puede cambiarse y que de hecho se cambia. Muchas palabras que antes sonaban mal o, sencillamente, no sonaban, son hoy tan “naturales” como otras de uso secular. ¿A quién le sorprende hoy hablar de médicas, arquitectas, juezas y abogadas? ¿Por qué dentro de un tiempo no va a suceder lo mismo con otras palabras como miembra o fiscala? El lenguaje no sexista no es contrario a la economía del lenguaje. No es necesario escribir textos como éste: “Los empleados y las empleadas gallegos y gallegas están descontentos y descontentas por “. Estas expresiones invitan a la ridiculez. No se trata de escribir así sino de forma que se haga pensar en la representación de las mujeres y hombres en la lengua. Por ejemplo: “Las empleadas y empleados de Galicia están descontentos porque fueron instados, e incluso obligados a declararse personas católicas”. Es otra cosa. El uso no sexista del lenguaje es una forma más y no de escasa importancia para poner freno a ese terrible monstruo que devora a las mujeres.
December 10 2009, 10:00pm | Comments »



