Las Navidades son fechas cargadas de significados religiosos para los creyentes. Y encierran también un poderoso caudal de referentes culturales para quienes no lo son.. Los recuerdos de la infancia que se avivan en los corazones, los villancicos que resuenan en los centros comerciales, en las calles y en las casas, las luces que adornan el centro de las ciudades, la añoranza de los seres queridos que ya no están, el cruce de felicitaciones, el intercambio de regalos…Si hay un adjetivo que se repite una y otra vez al lado de la fiesta de Navidad es “entrañable”. Pero esta impronta cultural funciona, a veces, como un cuchillo que hiere y hace sufrir. Hoy me quiero ocupar de quienes sufren en Navidad. Por paradójico que parezca, hay mucho sufrimiento en Navidad. Un sufrimiento que se esconde detrás de las luces, que se calla detrás de las canciones y que no se muestra en los escaparates. Voy a traer a estas a líneas una dolorosa letanía de personas afligidas, de personas que sufren no digo en Navidad sino por ser Navidad. Pienso en las personas que en el último año han perdido a un ser querido. Cuántas veces oímos expresiones como estas en estas fechas: “son las primeras Navidades sin…”, “es el primer año que falta…”, “hace sólo unas semanas que murió…”. Es el síndrome de la silla vacía en las cenas de Nochebuena y Nochevieja. Es el dolor de la ausencia. Pienso también en las personas que, en ese festín comercial, en ese derroche de cosas, en este frenesí de compras y ventas, no tienen para comprar a los hijos e hijas ni un abrigo, ni un juguete, ni un adorno, ni una figurita del Belén. Miran con ojos no sé si deslumbrados o entristecidos o rabiosos ese desfile de anuncios, de paquetes, de llamativos escaparates. Y, delante de ese desfile, ven un cartel con un texto contundente: “Nada es para ti”. O lo que es más doloroso: “Nada es para tus hijos”. Es probable que esta cruel realidad le haya sobrevenido a familias que han sido víctimas de esta crisis persistente. Antes podían tener cosas, pero ahora no. Y se preguntan por qué. Pienso en quienes se sienten agredidos por esa invasión de creencia a la que no pueden escapar. Cuando se coloca una frase en un autobús con el pensamiento “Probablemente Dios no existe”, algunos creyentes protestan irritados por la falta de respeto, por la agresión, por la persecución de sus ideas y valores. Pero los ateos no pueden abrir la boca para protestar por la invasión de villancicos, de campanas, de panderetas, de belenes, de figuritas y de mensajes papales… Pienso en todos y en todas las personas solitarias que no tienen con quien compartir una comida, un café, una conversación. En estas fechas se agudiza el sentido de la relación con los demás, se estrechan los lazos familiares, se multiplican las reuniones, se organizan comidas navideñas. Pero hay quien no tiene a nadie para mantener una conversación. Andan por las calles como perros vagabundos en medio de toda esta orgía de cosas y sentimientos. Pienso en todos aquellos y aquellas a quienes estas fiestas les hacen sentir incómodos, tristes, irritados, ya que desatienden ese mandato universal de felicidad que no pueden cumplir. Sienten que en las Navidades hay que ser felices por obligación y ellos o ellas no pueden obedecer ese invisible pero poderoso mandato.. Pienso en quienes están en situación de privación. Privación de libertad (presos en las cárceles), de salud (enfermos en los hospitales), de vivienda (mendigos que duermen en las calles), de dinero (personas que no tienen para comer o para cobijarse o calentarse…), de paz (personas en conflictos bélicos…), de amor (personas que acaban de ser engañadas, abandonadas, maltratadas por sus parejas…). Pienso en quienes tienen que trabajar en las noches tradicionalmente consideradas familiares o en quienes, por diversos motivos, se encuentra a kilómetros de los seres queridos. Y en aquellos que en las inevitables reuniones familiares sienten el rechazo, el desprecio, la humillación, la agresión emocional de alguno de los asistentes: la nuera que no soporta a la suegra (o viciversa), el hermano que desde hace años no se habla con un cuñado, el padre que no ha sido capaz de recuperar el afecto de un hijo, el nuevo esposo que es rechazado por los hijos de su exmujer… Pienso en quien acaban de recibir un diagnóstico fatal que le asegura que ya no estará en las próximas Navidades con aquellas personas a las que ahora tanto quiere, en quien tiene que asimilar la brutal noticia de la desaparición de un hijo o de una hija en un accidente de coche en plenas fiestas… Pienso en los ancianos y ancianas que han sido recluidos en Residencias contra su voluntad por aquellos a quienes generosamente han dado todo durante muchos años, incluida la vida. Hoy se sienten un engorro, un estorbo, una carga insoportable. La compasión es la simpatía con el dolor ajeno. Dicen José Antonio Marina y Marisa López Penas en su libro “Diccionario de los sentimientos”: “El amor a los pobres, a los desvalidos, a los que sufren, a los enfermos no supone complacencia en su existencia, ni deslumbramiento ante su aparecer, sino un afán de aliviar su desdicha”. No digo con esta letanía que haya que suprimir las Navidades. No digo que estas sean unas fiestas que castigan a los dolientes. Sólo quiero recordar a quienes no van a tener la fortuna de sentirse felices en estas fiestas. E invitar a pensar en las causas de tanta desigualdad. Sé que estas líneas no llevarán felicidad a quien no la tiene, pero podrán activar la compasión de aquellas personas con sensibilidad y buen corazón. Si, además, instan a compartir la felicidad que alguien disfruta con alguien que no la tiene, bienvenidas sean. Ojalá sirvan para mover a la acción y no sólo al pensamiento y a la emoción. Ojalá sirvan, al menos, para que un abrazo a alguien que sufre sea más sentido y más firme. A pesar de todo, felices fiestas.
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Letanía de la Navidad
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/12/24/letania-de-la-navidad/
December 23 2010, 10:00pm | Comments »
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Controles descendentes
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/07/31/controles-descendentes/
Estoy comprobando que, cada día que pasa, se hacen más estrictos y minuciosos los controles sobre el dinero público. Pero, curiosamente, sólo con carácter descendente. Es decir, que a los ciudadanos de a pie que manejamos cantidades casi ridículas se nos mira con lupa. A mí me parece muy bien que se vigile estrechamente el dinero de todos. Pero claro, uno se pregunta: ¿cómo es posible que esos controles tan finos permitan la evasión de miles de millones? El dinero público se ha gastado muchas veces con excesiva alegría: comidas, viajes en primera clase, coches oficiales, regalos, fiestas, protocolo… No se pide lo mismo en un restaurante cuando uno paga de su bolsillo que cuando se paga con dinero ajeno. Basta ver el distinto consumo que se produce en un avión cuando invita la compañía o cuando paga el pasajero. Si la azafata sirve un refresco gratuito casi todos los pasajeros tienen sed. Si hay que pagarlo, ya beberemos lo que sea cuando lleguemos a casa. Es así de sencillo. Dada esta tendencia se hace necesario controlar el gasto del dinero público. Defiendo que así sea. Exijo que así sea. Y esa es una muestra del buen funcionamiento de la democracia. Pero, si se ha de hacer debe hacerse con mayor celo mirando hacia arriba que hacia abajo. Por dos motivos: el primero porque las cantidades suelen ser más elevadas. El segundo por una cuestión de ejemplo. La democracia no es un sistema de control descendente sino ascendente. El control descendente lo ejerce a las mil maravillas las dictadura. El tirano actúa en coherencia con la permisiva ventaja que se ha tomado. Exige a todos y a él nadie la puede exigir nada. Pero en una democracia el poder está en el pueblo. Una democracia está corrompida en la medida de que los que tienen el poder (por voluntad del pueblo) viven con menos controles que el pueblo, con más prebendas que quienes les han votado. Por eso la corrupción resulta tan escandalosa en una democracia, “Nosotros te ponemos ahí para que veles por los intereses de todos y tú aprovechas la confianza que hemos depositado en ti para engañarnos a todos, para robarnos a todos, para reírte de todos”. Eso es lo que dice el pueblo a quienes no sólo se corrompen a sí mismos sino al sistema que nos hemos dado para vivir. Lo diré con un ejemplo, que es una manía arraigada de los profesores. He impartido una conferencia en una de nuestras islas canarias. Tuve que justificar el gasto de taxis enviando los correspondientes justificantes. Y luego me llega una hoja en la que debo dejar constancia firmada de que esos tickets corresponden a desplazamientos que yo he hecho. Pero, hombre, si figuran las fechas, los lugares y los importes en cada ticket. ¿Me los he podido inventar? ¿A qué viene esa necesidad de firmar un documento acreditativo? Me pidieron también los resguardos de las tarjetas de embarque. ¿No estuve allí? ¿Había hecho el desplazamiento a nado? ¿No habían pagado ellos mismos los billetes de avión? Además tuve que enviar un justificante acreditativo de que la cuenta en la que se iba a ingresar el dinero era la mía. Perdí unas horas yendo al banco para sellar el documento en el que se decía que yo era el titular de la cuenta de ingreso. Me pidieron también una fotocopia de mi carnet de identidad y una declaración jurada certificando que las horas de la conferencia no excedían el máximo de las horas permitidas a aun funcionario público para realizar esas actividades. Todo me parece muy bien. Lo que me indigna es que después, con esos controles tan minuciosos, en el mismo lugar desaparezcan cantidades enormes de dinero sin que nadie se entere. Si las grietas son tan pequeñas y están tan vigiladas, ¿cómo se puede escapar esa enorme cantidad de agua? ¿Cómo se explica ese control desmedido para las cantidades minúsculas y esa laxitud para las cantidades exorbitantes? Pues muy sencillo. Porque los controles tienen un sentido descendente y no ascendente. Porque la mirada se agudiza hacia los comportamientos de los inferiores Y eso tiene consecuencias perversas. Porque, en el fondo, percibes un proceder hipócrita. Lo que se ofrece es una imagen de honradez extremadamente fina. Pero, según los hechos, eso es sólo una imagen. Si correspondiese a una realidad fehaciente, no desaparecerían después esas cantidades astronómicas. Porque nacen de una desconfianza radical de unos en otros. Y ya he dicho que no me parece mal controlar el dinero público,. Pero no me gusta que desconfíen de mí y que no lo hagan de quien después resulta que se lleva el dinero a expuertas. Porque esos controles minuciosos acaban siendo muy caros. Exigen un personal, unos medios y unos tiempos que cuestan dinero. Y luego se producen dos hechos para mí inaceptables cuando uno de estos ladrones se larga con el dinero público. Algunos lo hacen impunemente, porque se guardan muy mucho de dejar rastro, pero otros que son acusados y condenados y que, incluso, van a la cárcel, salen de ella sin devolver un euro. ¿Cómo se les deja salir de la cárcel sin que hayan devuelto hasta el último céntimo? Si así se hiciera veríamos cómo aparecen como por ensalmo los dineros volatilizados. Y si no aparecen, no hay libertad. Te cuesta ver cómo algunos golfos redomados, después de permanecer en la cárcel, disfrutan de las fortunas que han amasado robándonos a todos. No hay derecho. El segundo hecho tiene que ver con la existencia de paraísos fiscales. ¿Cómo se puede burlar así a la justicia? Hoy, que tanta importancia damos a la justicia universal, ¿no se puede fortalecer el mecanismo de la justicia para que inspeccione hasta el último rincón del último banco del mundo? Si se puede perseguir a las personas hasta dar con ellas, ¿por qué no se puede buscar el dinero? Hay que intensificar los controles ascendentes.
July 30 2010, 11:00pm | Comments »
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En estado vegetativo
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/04/02/en-estado-vegetativo/
Me han enviado un correo con un mensaje ingenioso y, a la vez, inquietante. Se trata de una de esas perlas que te encuentras explorando en la red y que alguna vez te llegan como pequeños regalos anónimos. Ayudan a pensar y, a veces, a sonreír. Se pregunta uno por las fuentes de donde brota tanto ingenio y tanta sabiduría. Sin autoría garantizada, sin patentes rigurosas. Agustín Rodríguez Mas publicó, en el año 2002, una sugerente recopilación bajo el título “E-mail. Historias de humor que circulan por la red”. Quiero compartir y comentar con el lector o lectora esta pequeña anécdota procedente, como dice Bioy Casares, “de jardines ajenos”. “Anoche, mi papá y yo estábamos sentados en el salón hablando de las muchas cosas de la vida; entre otras, estábamos hablando del tema de vivir y de morir. En un momento de la conversación le dije, de la manera más convincente que pude: - Papá, nunca me dejes vivir en estado vegetativo, dependiendo de máquinas y líquidos de una botella. Si me ves en ese estado, desenchufa los artefactos y tira las botellas que me mantienen vivo. Prefiero morir. Entonces, mi papá se levantó con decisión exhibiendo una sonrisa irónica y me desenchufó el televisor, el DVD, el cable de internet, la PC, el mp3, la play y el teléfono. Seguidamente me quitó el móvil, la notebook y me tiró todas las cervezas a la basura. - ¿A quién se le ocurre? Casi me muero, me dije entre desconcertado y furioso”. Vivimos así, con una enorme cantidad de adicciones. No podemos prescindir de la televisión. Parece que nos falta algo esencial si no funciona, parece que nuestra vida no es plena si no podemos contar con su chorro incesante de imágenes, noticias y anuncios. La televisión no es aquello que vemos sino aquello con lo que vemos. Como si tuviéramos un sentido nuevo y necesitásemos ejercitarlo. He visto a personas que entran en casa y lo primero que hacen es encender la televisión. Luego van a colgar el abrigo, pasan por el baño y saludan a los miembros de la familia… La televisión ya está funcionando. Está asegurada la conexión. No podemos entender la vida sin el teléfono mal llamado móvil (porque por sí mismo no se mueve) que nos mantiene conectados con el mundo entero. Necesitamos tener la línea abierta para estar en contacto con quien quiera llamarnos y para poder entrar en la vida de cualquier persona sin previo aviso. ¿Qué decir de internet? La red se ha convertido en un lugar de citas en la que nos encontramos de forma casi instantánea con personas del mundo entero. Allí acudimos para buscar información, recibir un mensaje, encontrar y formular una opinión, escuchar música, ver una película, conocer una noticia o ver el resultado de un partido… Algunos se han convertido en “ermitaños del siglo XXI”, desconectados de todo lo que les rodea y enganchados a desconocidos que se esconden detrás de una personalidad fingida. Solitarios en el monasterio que ha construido la red. Cuando nos vamos de vacaciones (si es que las tenemos porque las adicciones se imponen a veces a la lógica y a la necesidad), procuramos tener conexión con todos esos cables de los que parece pender la vida, en los que parece residir la felicidad. A veces nos preguntamos cómo podíamos vivir sin todos estos avances, sin esta tecnología que nos agita, nos divierte, nos informa, nos comunica y nos mantiene en ascuas. Me pregunto hasta qué punto somos propietarios de nuestra propia existencia. Me pregunto hasta qué punto no vivimos en ese “estado vegetativo” al que irónicamente hace referencia la anécdota que me ha servido de excusa para hacer estos comentarios. No sé si la vida se va haciendo cada vez más libre o cada vez más dependiente. No sé si vamos siendo cada vez más lo que nosotros queremos o lo que quieren los agentes que, a través de los medios técnicos, gobiernan la realidad o un modo determinado de verla. Todo ello me pone ante el reto que se le presenta a la educación. No podemos vivir de espaldas al progreso, al margen de la realidad, pero hemos de tener en cuenta que, otras personas pueden coger el mando de nuestra vida y llevarnos hacia donde no queremos ir. Es decir, que es preciso enseñar a utilizar los medios para que no sean ellos los que nos utilicen a nosotros. La iniciativa, la capacidad de discernimiento, la sabiduría de las elecciones tienen que estar en nuestras manos. Un cuchillo puede ser un instrumento de gran utilidad pero también puede servir para causar heridas. Vegetar es vivir maquinalmente con vida meramente orgánica comparable a la de las plantas. Vivir vegetativamente nos limita a las funciones básicas inconscientes. Una vida llena de adicciones nos priva del ejercicio de la libertad y merma el desarrollo de la responsabilidad. En la anécdota que ha inspirado estas líneas se habla también de las botellas que mantienen el estado vegetativo. No puedo emitir su importancia. ¿Cómo no hacer referencia al abuso del alcohol que nos atrofia y enajena? Me preocupa la concentración de los jóvenes en torno a las bebidas que atrofian la mente y debilitan la voluntad. Es hermoso reunirse para hablar, para conocerse, para compartir, para divertirse, para hacer proyectos. Es penoso hacerlo en el caldo del cultivo del alcohol. Algunos (y algunas) tienen que beber para desinhibirse, para lanzarse a la aventura, al sexo, a las drogas y a la conducción temeraria. No estoy contra los medios. Estoy contra la utilización torpe y esclavizante de ellos. No estoy contra los medios, digo, ya que están llenos de inmensos aprendizajes y de comunicaciones hermosas. Estoy contra una forma de utilizarlos que empobrece las relaciones, genera servidumbre y destruye la libertad.
April 1 2010, 11:00pm | Comments »
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¿Qué hay para cenar?
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/03/13/%C2%BFque-hay-para-cenar/
El pasado día 8 de marzo se celebró el Día Internacional de la Mujer trabajadora. Decir “mujer trabajadora” es incurrir en una clamorosa redundancia. Porque las mujeres han trabajado sin descanso desde el comienzo de los tiempos. Y cuando sus maridos (y ellas mismas) se han jubilado, han seguido cocinando y barriendo y lavando y planchando y cosiendo…Nunca hay jubilación plena para las mujeres, hasta que les sobrevenga la invalidez o la muerte. Llegó un momento en el que las mujeres consiguieron con su esfuerzo salir de la esfera privada de lo doméstico para acceder al trabajo público en empresas, oficinas y ministerios. Y se encontraron con una curiosa y a la vez lacerante situación: hacer dos trabajos en lugar de uno solo. Por eso este día no debería denominarse “de la mujer trabajadora” sino “de la mujer doblemente trabajadora”. No sé dónde he visto una ilustración en la que se manifiesta meridianamente lo que estoy diciendo. Un caballero está sentado en el salón de la casa en un cómodo sofá leyendo el periódico. A su lado, una cartera de ejecutivo y un vasito de cerveza. Por la puerta del salón está entrando una mujer, supuestamente su esposa o compañera. Viste traje de ejecutiva y lleva en las manos una lujosa cartera. El caballero, dirigiéndose a ella, dice: - ¡Por fin! ¿Qué hay para cenar? Los dos han tenido una jornada laboral intensa pero, al llegar a la casa, ella se encuentra con otra jornada suplementaria. Él ha llegado antes y espera sentado el regreso de su esposa. Sé que están cambiando las cosas. Sé que algunos hombres “ayudan”, “echan una mano”, “colaboran” en las tareas domésticas. Pero el trabajo de la casa sigue siendo un trabajo de las mujeres. Ellas se responsabilizan, planifican y realizan las tareas domésticas casi en su totalidad. ¡Qué decir de los hijos! La mujer ha conquistado el mercado laboral, pero no ha abandonado su otro territorio. Un dominio que le es propio y al que se sigue dedicando con abnegación. Hay muchos factores que hacen que las cosas sigan siendo así. Uno radica en los varones, que no acabamos de enterarnos de que la casa es de los dos, que la ropa es de los dos y que la comida es para los dos. Otro reside en la actitud de las mujeres que se sienten responsables de lo que acontece en la casa, en su limpieza y en su orden. Un tercero estriba en los estereotipos sociales que exigen a hombres y mujeres que sigan asumiendo los patrones tradicionales de comportamiento. No es una causa menor el hecho de que los hombres tengamos poco desarrolladas las competencias domésticas Lo hacemos mal. Y ese es el motivo por el que, a veces, las esposas acaban echando de la cocina a sus cónyuges. - Vete de aquí, que es peor que hagas algo. Porque lo tengo que volver a hacer yo. Quiero hacer referencia al terrible peso que todavía tiene el machismo. Esa resistencia zafia a la lógica y a la justicia que ofrecen quienes están anclados en el pasado. Y aquí tengo que incluir a muchos hombres y algunas mujeres que creen que las diferencias están en los genes y que la mujer está hecha para la casa, para la sumisión y para el sacrificio. Todavía hay quien critica al feminismo, todavía hay quien piensa que las cosas estaban bien como estaban. Acabo de leer un insólito libro, un libro reaccionario, que se titula “Las mujeres que no amaban a los hombres” y que se subtitula “El régimen feminista en España”. Un libro que ha escrito Diego de los Santos, Jefe de Sección del Departamento de Cirugía del Hospital Universitario Virgen del Rocío de Sevilla. Un libro que, de forma tramposa, pretende aprovechar el título y la imagen de portada del primer volumen de la trilogía de Stieg Largson “Los hombres que no amaban a las mujeres”. La doble jornada de la mujer se ha convertido en una nueva esclavitud. Como mujer liberada, ella se siente impelida a ejercer su profesión o, sencillamente, a realizar un trabajo fuera del hogar. Como mujer responsable se ve en la necesidad de contribuir al bienestar familiar con otro sueldo (o, a veces, con el único). Como mujer que ha visto trabajar a su madre en las tareas domésticas, se ve impulsada a mantener un hogar acogedor, hermoso y confortable. No hay que olvidar la presión que ejercen las madres (y, sobre todo, los padres) tradicionales sobre sus hijas cuando las visitan o hablan de estas cuestiones. La madre reprocha a la hija que “deje” a su marido hacer la cama, barrer la casa o preparar la cena. Esta doble jornada, esta doble exigencia deja a la mujer sin tiempo y sin descanso. Llega un momento en el que hasta duda si no era mejor la situación anterior en la que disponía de toda la jornada para hacer lo que ahora tiene que llevar a cabo en los ratos que le deja el trabajo exterior o en los fines de semana. Si, además, el sueldo que reciben las mujeres por el mismo trabajo que realizan los hombres llega a ser un treinta por ciento inferior, caeremos en la cuenta de algunas trampas que se esconden detrás de la liberación de la mujer, de algunos tributos que tienen que pagar por alcanzar la igualdad. Que algunos hombres se sientan acomplejados cuando la mujer lleva a la casa un sueldo mayor que el suyo puede enturbiar las relaciones. No lo confesarán abiertamente, pero el resentimiento puede estar ahí, agazapado detrás de las palabras más hermosas y de los hechos más corteses. Hay que estar siempre vigilantes. No es fácil salir bruscamente de una situación pésima a una situación óptima. Las trampas son a veces burdas y a veces sutiles. Las soluciones no avanzan como las balas. Y algunas veces esconden retrocesos inesperados. Están bien las celebraciones, están bien las flores, están bien las felicitaciones, están bien los regalos. Pero no tiene que alejarnos de la cordura y menos de la justicia. Queda mucho camino por recorrer, aunque hayamos dado ya algunos pasos.
March 12 2010, 10:00pm | Comments »
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Esqueismo
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/02/27/esqueismo/
Hay gente que nunca va a tener la culpa de nada. Aunque la esté utilizando aquí, la palabra esqueismo no existe. Me refiero con ella a ese vicio tan extendido de utilizar excusas para justificar comportamientos indebidos u omisiones flagrantes. Llamo esqueismo, pues, al hábito de utilizar la expresión “es que…”. Hay personas especializadas en el uso de esta locución exculpatoria. Personas que hacen un uso tan frecuente de ella, que ya lo han mecanizado, lo han convertido en un automatismo. Seguro que el lector conoce a más de una. Porque abundan. En lugar de reconocer un error, una equivocación, un olvido, un despiste o un fallo, dirán con una contundencia y un desparpajo admirables: “Es que…”. Tienen una rara habilidad para cargar en las espaldas de los demás el peso de sus fallos. Si te pisan dirán que no tenías que tener el pie debajo en ese momento. Si las pisas dirán que tenías que haber mirado previamente. Ellas son perfectas. Nunca tienen la culpa de nada. “Todos son culpables, salvo yo”, decía Celine. El diccionario de la RAE define el concepto de excusa como “el motivo o pretexto que se invoca para eludir una obligación o disculpar una omisión”. La excusa se sustenta en un motivo insuficiente, arbitrario, poco real. Una cosa es una justificación rigurosa y otra una excusa. Cuando explicamos por qué hemos hecho algo o por qué lo hemos dejado de hacer, tratamos de ofrecer un argumento creíble. Puede ser que resulte creíble para el que lo da, pero no para el que lo recibe. O al revés. Algunas veces, quien ofrece la explicación sabe que miente, pero el que la recibe se lo cree a pie juntillas. ¿Cuándo una explicación se convierte en una excusa? Cuando es mentirosa o no tiene consistencia. En el campo de la enseñanza, que me resulta tan cercano, se practica con frecuencia el “esqueismo”: es que los alumnos son vagos, torpes y están mal preparados, la Administración es injusta, las familias son desaprensivas, la sociedad es desastrosa, los sueldos son bajos y la televisión resulta estúpida. Los alumnos también lo practican con soltura: es que los profesores son exigentes, me tienen manía, no saben explicar, los libros son difíciles y el Colegio o el Instituto son aburridos. Las familias pueden apuntarse, como no podía ser menos, a esta reacción que impide pensar, reconocer y actuar positivamente: es que los profesores sólo piensan en las vacaciones, sólo se preocupan de los que van bien, los chicos sólo piensan en divertirse, la vida se ha puesto así… En la política son frecuentes las excusas: es que el partido que gobernaba dejó las arcas vacías, dice el partido que gobierna. Es que el gobierno no quiere pactar, dice la oposición que no desea llegar a un acuerdo. Una excusa siempre es interesada. Detrás de ella escondemos las verdaderas razones: la torpeza, la incompetencia, la cobardía, el olvido, la dejadez o la maldad. La excusa más incoherente y pintoresca que he escuchado en mi vida me la dio un alumno mío de diez años en un colegio de Oviedo cuando le pregunté por qué llegaba tarde a la clase. Me dijo: - Es que me ha salido un toro en la calle y he tenido torearlo. No sé si la había elaborado previamente o se le ocurrió en el momento. Lo cierto es que, con toda la tranquilidad del mundo me explicó la causa del retraso a través de una emergencia insólita. No pensó que acaso hubiera sido más lógico correr delante del toro y llegar antes de la hora. Sobre todo, al no disponer del necesario capote y de la imprescindible valentía. Algunas veces, la excusa es previa a la acción o a la omisión. Y se convierte en la causa de la inacción. Es que no se lo merecen, dice el profesor que no quiere llevar a los alumnos de excursión. Es que voy a suspender de todos modos, dice el alumno que no quiere estudiar. Es que no sabe apreciar los buenos regalos, dice el novio que no quiere gastarse mucho dinero en el obsequio que debe hacer a su pareja.
El engaño tiene que ver con los demás pero también con nosotros mismos. Nosotros podemos convertir en un motivo lo que no es más que una excusa descarada. Cualquier espectador imparcial podría corroborarlo.
¿Cómo nos las arreglamos para proteger la irresponsabilidad detrás de explicaciones futiles? Haciéndolas lo más creíbles que se puede. Mientras más irresponsabilidad existe, se manejarán más excusas. Los niños y las niñas utilizan excusas con frecuencia. Mientras menos autenticidad tenga una persona, más fácil será el uso y el abuso de excusas. Todos conocemos gente especialista en formularlas. Es fácil que, después de un tiempo, hasta las explicaciones verdaderas de esas personas sean tomadas por falsas. Desde el punto de vista social, la irresponsabilidad demuestra una pésima integración del individuo en una colectividad civilizada. Por eso el individuo maduro, el individuo responsable, es capaz de asumir sus fallos y sus limitaciones. Y es capaz de hacer frente a la consecuencias de sus actos. Pascal Bruckner, autor en 1995 de “La tentación de la inocencia”, auténtico vademecum de la moderna cultura de la irresponsabilidad, dice: “Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes”. Al rechazar su responsabilidad, las personas se convierten en autistas morales. Unas veces mediante la maldad, otras mediante el autoengaño. Y es que, como decía La Rochefoucauld: “Es tan fácil engañarse a uno mismo sin darse cuenta como engañar a los demás sin que se den cuenta”. No nos engañemos. No nos dejemos engañar.
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February 26 2010, 10:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Un tsunami de regalos
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/02/13/un-tsunami-de-regalos/
¿No estaremos pasándonos un poco con los regalos de los niños? Han pasado las Navidades dejando un verdadero tsunami de regalos entre los niños y las niñas de nuestro país. Ya sé qué que la cuestión afecta sólo a una parte de la infancia y que hay otra parte que sólo recibe un aluvión de olvido y de miseria. Para muchos niños y niñas de esta sociedad consumista se está produciendo un fenómeno verdaderamente preocupante. Hay regalos de Papá Noel, de Nochevieja, de Año Nuevo y de Reyes Magos. Y los hay en la casa de papá y mamá (o de papá por una parte y de mamá por otra si la pareja está separada), en casa de los abuelos maternos y paternos (o en las cuatro si están divorciados), en la de los tíos, primos, amigos, conocidos y vecinos…En definitiva, el milagro de la multiplicación de los regalos y de los paquetes. Para que todo esto llegue, el niño o la niña sólo tienen que hacer un pequeño esfuerzo: existir.
Los niños y las niñas están tan saturados de regalos que no tienen tiempo para disfrutarlos. Casi ni para abrirlos. Obsérvese la rapidez con la que desembalan los paquetes en la mañana de Reyes. Sólo existen unos segundos para fijar la atención en el objeto que aparece debajo del envoltorio. Es suficiente con ver su forma o su tamaño o su color. A veces, ni siquiera saben para qué sirve aquel artilugio. Enseguida deben abrir otro. El niño parece poquita cosa entre aquella montaña que parece medir el amor de los progenitores hacia su criatura. Progenitores que recogerán pacientemente los cartones, los papeles y los libros de instrucciones esparcidos por el suelo. Los niños y niñas eligen ( y exigen) lo que se les tiene que regalar. Padres y abuelos corren de tienda en tienda en busca de aquella novedad que ha sido el boom entre la infancia y que, para más inri se ha agotado. Y llegan a la última tienda exhaustos, después de un peregrinaje por centros comerciales: - No me diga que no les queda ni un sólo ejemplar de… ¿Y no lo habrá en otra de sus tiendas, aunque no sea de Málaga? ¿No van a recibir una nueva remesa? Después de las Navidades (o antes, que para el caso es lo mismo) hay que celebrar el cumpleaños con los compañeros y compañeras de la clase. Cada niño o niña viene a la fiesta con su correspondiente obsequio. Veinticinco. Treinta. Literalmente, no dan abasto. Hay que abrir un paquete tras otro, a cual más grande, a cuál más llamativo. Una vez abierto un regalo, enseguida le ofrecen otro que tiene que abrir con rapidez porque otro compañero espera. La atención de la niña o del niño sobre cada objeto no dura más de unos segundos. Uno a uno, hasta veinticinco, hasta treinta. Una locura. Los regalos se van amontonando en un rincón porque no hay tiempo para entretenerse con ellos. El parque de bolas espera para los juegos, los saltos y las carreras. Los juguetes casi no caben en el coche. Y, al llegar a casa, hay que colocados en armarios atestados o en huecos recónditos. El niño o la niña no saben quién le ha regalado qué. Y luego llegan otras fechas, otros acontecimientos, otras ocasiones de recibir regalos. Los viajes, por ejemplo. Hace poco, al regreso de un viaje, mi pequeña Carla me preguntó: - Papá, ¿sólo me has traído eso? Esta oleada sucesiva de regalos, este tsunami, no depende sólo del poder adquisitivo de los padres y de las madres. Satisfacer a los niños se han convertido en lo primero. Pueden faltar en la casa libros, ropa y hasta comida, pero a los niños no les puede faltar nada. Nada que tengan otros niños. Porque aquí reside otro problema: la competitividad. Hay situaciones en las que el problema se agrava: hijos únicos, matrimonios mal avenidos que quieren compensar la ausencia de lo esencial con objetos, compra del niño a través de obsequios más abundantes y caros por parte de los cónyuges separados, familia que ha perdido a un hijo y colma al otro con regalos, historia pasada de los padres en la que carecieron de lo que ahora le pueden ofrecer con facilidad a su niño… El comercio, además, nos invade con publicidad atractiva, engañosa y persistente ante la que los niños y las niñas reaccionan: - Me lo pido, me lo pido, me lo pido… Creo que estamos cayendo en un tremendo error. Porque les estamos robando la ilusión. Les estamos matando el deseo porque el deseo se sacia y dejan de florecer otros nuevos. No esperan nada porque lo tienen todo. No tienen que ganarse nada porque se les regala todo. Y hasta piensan que las cosas no cuestan dinero ni esfuerzo porque todo les llega de forma gratuita y misteriosa. Como caído del cielo. Nosotros somos el maremoto que genera este tsunami de cosas bajo la que quedan sepultados los sueños y las ilusiones. ¿Cómo detener esas gigantescas olas que amenazan con anegarlo todo? Poniendo freno a este derroche, a esta locura. Racionalizando y ordenando las compras. Por ejemplo, ¿no sería mejor que cada familia pusiera una pequeña cantidad de dinero y, entre todas, comprasen un sólo regalo de cumpleaños de los compañeros de clase? ¿No sería conveniente elegir una de las fechas -sólo una- para los regalos de Navidad? ¿No sería mejor que el niño descubriera que un regalo es algo excepcional y no algo rutinario? No estoy contra los regalos. Estoy contra la avalancha de regalos, contra los regalos sin ton ni son, contra la sobreabundancia, contra la irracionalidad, contra la competitividad y contra el exceso. No me ocupo ahora de cuáles son los regalos, que es otra cuestión importante. Me mueve también a hacer este comentario el hecho de que millones de niños y de niñas en el mundo no tengan nada, no digo ya de regalos sino de lo más indispensable, como es el vestido y la comida. Ya sé que por dejar de comprar regalos a los hijos y a las hijas no se soluciona el problema de los niños y de las niñas necesitados. Pero algo habrá que hacer también en ese sentido explicando a los niños que no es justo que unos estén nadando en la abundancia mientras otros no tienen nada. Explicando y, claro está, actuando consecuentemente.
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February 12 2010, 10:00pm | Comments »
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