La relación entre padres y madres y sus hijos e hijas adolescentes suele ser problemática. No es fácil tratar con alguien que ha dejado de ser niño y todavía no es un adulto, aunque él se lo crea. No es fácil. hacer frente a las exigencias, a las pretensiones y a las desconsideradas y agresivas actitudes de quien hace poco fue un bebé y ahora se erige en mandamás. Ya sé que no se puede meter en un saco a todos los adolescentes como si todos y todas fueran iguales. Algunos, no sé si muchos, plantean a sus progenitores sus exigencias como si todo se les debiera y mantienen unas actitudes violentas, que tienen poco que ver con el necesario respeto y la debida consideración. Gritan, exigen, juzgan, sin tener en cuenta la historia y circunstancias de quienes les están educando. Han aprendido derechos, pero no saben de obligaciones. Siendo profesor de bachillerato le oí decir a un adolescente, dirigiéndose a su padre:: - Trabaja, cabrón, que trabajas para mí. Me duelen, me indignan y me preocupan estas posturas exigentes y altaneras, mantenidas algunas veces ante personas que han sufrido mucho y que se han esforzado al máximo por ofrecerles lo mejor. Me escribe una madre y profesora cuyo nombre y procedencia voy a silenciar por motivos obvios, contándome una experiencia personal que ha vivido recientemente con su hijo mayor. Aunque los hechos son reales, todos los nombres son supuestos. Esta madre, se carga de razones cuando le recuerda a su hijo lo que ella ha vivido y lo contrasta con la situación de privilegio que el hijo está viviendo. Estas son las palabras que le dirige en una carta, después de aguantar sus gritos y descalificaciones: “Querido Javier: cuando te enojes conmigo por algo, en lugar de gritarme, amenazarme o insultarme, tómate la molestia al menos de preguntar por qué hago lo que hago. Tengo cincuenta años de razones para explicarte mi actitud con el abuelo. Nunca fue un buen padre. Me hizo trabajar desde los 5 o 6 años en trabajos muy pesados, como cuidar animales, hacer quinta, cosechar maíz… Recuerdo que lloraba de frío arrastrando una bolsa pesada que casi podía conmigo… Siempre me pegó terribles palizas, con la mano, con palos, con sogas. Toda la infancia tuve las piernas llenas de moretones de las palizas que me daba. La última la recibí a los 15, porque no me había presentado a unos exámenes. De castigo me quitó toda la ropa y unas sandalias rojas y unos suecos y los partió con el hacha (…). Todas las chicas usaban minifaldas, nosotras teníamos que usar las polleras por la rodilla y ropas con mangas. Parecíamos de asilo. A los 15 años me depilé por primera vez las cejas y papá me dio una tremenda cachetada y me dijo que parecía una puta. Como éramos muy pobres y no teníamos más que para comer, mis abuelos y sobre todo la tía Laura nos hacían de papá Noel y de Reyes Magos y nos regalaban esas cosas que tanto deseábamos: una malla, unas sandalias, algún vestidito y golosinas. Cuando Mi tía Laura se iba, papá hacía una pila con todo lo que nos había traído y le prendía fuego… Lo mismo hacía con nuestros pocos juguetes, también regalados por nuestros abuelos, si los llegábamos a dejar tirados. Recuerdo que para el día de mi primera comunión (tenía 6 años) mi madrina me había regalado una preciosa muñeca. Mi hermana, que era muy chiquita, la dejó por ahí. Nunca más la vi. Él la quemó al día siguiente de mi comunión. A los 16 años me fui de casa a una comunidad religiosa (la de la tía Victoria) no porque tuviera ninguna vocación sino porque quería irme lejos de papá y que nunca más volviera a pegarme ni tuviera ninguna autoridad sobre mi. Solo iba de visita dos veces al año. Todo lo que soy lo hice a pulmón y gracias a mamá y a la comunidad de la tía Victoria. Tuve la mala suerte de que mamá estuviera en una silla de ruedas toda mi vida. Yo solo tenía nueve años cuando quedó paralítica. Ella ni siquiera pudo ir a llevarla. A los 28 volví. Y estuve dos años en el campo. Trabajando por supuesto y gratis o mejor dicho por casa y comida. Le ayudé a construir el negocio y lo atendía el día entero todos los días incluidos los domingos. Esos dos años también tuvimos muchas peleas, solo que ya no podía pegarme. Esto son solo algunas pequeñas cosas personales. Me olvidaba contarte que al igual que mis hermanos, siempre estuve cuando me necesitó. Pero esta vez me cansé. Estoy harta de abuso y manipulación. No puedo sentir ninguna ternura por alguien que siempre fue increíblemente egoísta. Dirás que por qué pasan estás cosas ahora. Es que no está la abuela. Ella que fue la persona más increíble que conocí, con la cuál nunca jamás tuve ningún pero, hizo siempre de paragolpes. Estuvo siempre en el medio para apaciguar y consolar, para aconsejar y proteger, para querer a cada uno como cada uno era. Siento contarte estás cosas. Pero si eres un adulto para gritarme y para poner en tela de juicio lo que hago también lo eres para saberlas. Es tu abuelo. Con eso no me meto. Quizás como abuelo trate de redimir todo lo que no fue como padre. Ahora te pido que hagas un repaso de tu vida y veas si le encuentras algún parecido con la mía. Dios te regalo un padre que es un lujo. Quizás al leer esto puedes entender lo que vale. Siempre envidié el padre que tenéis. Un abrazo. Te quiero mucho. Mamá”. Esta madre ha puesto la cruda verdad ante los ojos de su hijo. Es necesario, a veces, plantear con esta claridad las cosas. No se debe mantener a los hijos adolescentes en una perpetua infancia. Deben saber lo que es la vida. Deben saber dónde están los límites. Hay que bajar a los adolescentes de las nubes de sus fantasías a la realidad de la tierra.
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Tú trabajas para mí
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2011/01/22/tu-trabajas-para-mi/
January 21 2011, 10:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Un tsunami de regalos
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/02/13/un-tsunami-de-regalos/
¿No estaremos pasándonos un poco con los regalos de los niños? Han pasado las Navidades dejando un verdadero tsunami de regalos entre los niños y las niñas de nuestro país. Ya sé qué que la cuestión afecta sólo a una parte de la infancia y que hay otra parte que sólo recibe un aluvión de olvido y de miseria. Para muchos niños y niñas de esta sociedad consumista se está produciendo un fenómeno verdaderamente preocupante. Hay regalos de Papá Noel, de Nochevieja, de Año Nuevo y de Reyes Magos. Y los hay en la casa de papá y mamá (o de papá por una parte y de mamá por otra si la pareja está separada), en casa de los abuelos maternos y paternos (o en las cuatro si están divorciados), en la de los tíos, primos, amigos, conocidos y vecinos…En definitiva, el milagro de la multiplicación de los regalos y de los paquetes. Para que todo esto llegue, el niño o la niña sólo tienen que hacer un pequeño esfuerzo: existir.
Los niños y las niñas están tan saturados de regalos que no tienen tiempo para disfrutarlos. Casi ni para abrirlos. Obsérvese la rapidez con la que desembalan los paquetes en la mañana de Reyes. Sólo existen unos segundos para fijar la atención en el objeto que aparece debajo del envoltorio. Es suficiente con ver su forma o su tamaño o su color. A veces, ni siquiera saben para qué sirve aquel artilugio. Enseguida deben abrir otro. El niño parece poquita cosa entre aquella montaña que parece medir el amor de los progenitores hacia su criatura. Progenitores que recogerán pacientemente los cartones, los papeles y los libros de instrucciones esparcidos por el suelo. Los niños y niñas eligen ( y exigen) lo que se les tiene que regalar. Padres y abuelos corren de tienda en tienda en busca de aquella novedad que ha sido el boom entre la infancia y que, para más inri se ha agotado. Y llegan a la última tienda exhaustos, después de un peregrinaje por centros comerciales: - No me diga que no les queda ni un sólo ejemplar de… ¿Y no lo habrá en otra de sus tiendas, aunque no sea de Málaga? ¿No van a recibir una nueva remesa? Después de las Navidades (o antes, que para el caso es lo mismo) hay que celebrar el cumpleaños con los compañeros y compañeras de la clase. Cada niño o niña viene a la fiesta con su correspondiente obsequio. Veinticinco. Treinta. Literalmente, no dan abasto. Hay que abrir un paquete tras otro, a cual más grande, a cuál más llamativo. Una vez abierto un regalo, enseguida le ofrecen otro que tiene que abrir con rapidez porque otro compañero espera. La atención de la niña o del niño sobre cada objeto no dura más de unos segundos. Uno a uno, hasta veinticinco, hasta treinta. Una locura. Los regalos se van amontonando en un rincón porque no hay tiempo para entretenerse con ellos. El parque de bolas espera para los juegos, los saltos y las carreras. Los juguetes casi no caben en el coche. Y, al llegar a casa, hay que colocados en armarios atestados o en huecos recónditos. El niño o la niña no saben quién le ha regalado qué. Y luego llegan otras fechas, otros acontecimientos, otras ocasiones de recibir regalos. Los viajes, por ejemplo. Hace poco, al regreso de un viaje, mi pequeña Carla me preguntó: - Papá, ¿sólo me has traído eso? Esta oleada sucesiva de regalos, este tsunami, no depende sólo del poder adquisitivo de los padres y de las madres. Satisfacer a los niños se han convertido en lo primero. Pueden faltar en la casa libros, ropa y hasta comida, pero a los niños no les puede faltar nada. Nada que tengan otros niños. Porque aquí reside otro problema: la competitividad. Hay situaciones en las que el problema se agrava: hijos únicos, matrimonios mal avenidos que quieren compensar la ausencia de lo esencial con objetos, compra del niño a través de obsequios más abundantes y caros por parte de los cónyuges separados, familia que ha perdido a un hijo y colma al otro con regalos, historia pasada de los padres en la que carecieron de lo que ahora le pueden ofrecer con facilidad a su niño… El comercio, además, nos invade con publicidad atractiva, engañosa y persistente ante la que los niños y las niñas reaccionan: - Me lo pido, me lo pido, me lo pido… Creo que estamos cayendo en un tremendo error. Porque les estamos robando la ilusión. Les estamos matando el deseo porque el deseo se sacia y dejan de florecer otros nuevos. No esperan nada porque lo tienen todo. No tienen que ganarse nada porque se les regala todo. Y hasta piensan que las cosas no cuestan dinero ni esfuerzo porque todo les llega de forma gratuita y misteriosa. Como caído del cielo. Nosotros somos el maremoto que genera este tsunami de cosas bajo la que quedan sepultados los sueños y las ilusiones. ¿Cómo detener esas gigantescas olas que amenazan con anegarlo todo? Poniendo freno a este derroche, a esta locura. Racionalizando y ordenando las compras. Por ejemplo, ¿no sería mejor que cada familia pusiera una pequeña cantidad de dinero y, entre todas, comprasen un sólo regalo de cumpleaños de los compañeros de clase? ¿No sería conveniente elegir una de las fechas -sólo una- para los regalos de Navidad? ¿No sería mejor que el niño descubriera que un regalo es algo excepcional y no algo rutinario? No estoy contra los regalos. Estoy contra la avalancha de regalos, contra los regalos sin ton ni son, contra la sobreabundancia, contra la irracionalidad, contra la competitividad y contra el exceso. No me ocupo ahora de cuáles son los regalos, que es otra cuestión importante. Me mueve también a hacer este comentario el hecho de que millones de niños y de niñas en el mundo no tengan nada, no digo ya de regalos sino de lo más indispensable, como es el vestido y la comida. Ya sé que por dejar de comprar regalos a los hijos y a las hijas no se soluciona el problema de los niños y de las niñas necesitados. Pero algo habrá que hacer también en ese sentido explicando a los niños que no es justo que unos estén nadando en la abundancia mientras otros no tienen nada. Explicando y, claro está, actuando consecuentemente.
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February 12 2010, 10:00pm | Comments »
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