Me cuenta mi migo Horacio Muros, fuente inagotable de sugerencias didácticas, que en la provincia de San Juan (Argentina) hay una escuela que tiene por nombre “El Arca de Noé”. Me ha parecido una magnífica denominación para representar el papel de una institución que navega en medio de un diluvio de mensajes neoliberales y en un mar proceloso y convulso en el que fácilmente podría naufragar la humanidad. El nombre de las escuelas tiene que ver habitualmente con algún personaje célebre o con algún acontecimiento relevante de la historia de un pueblo. Pero, pocas veces, reflejan el imaginario social y la construcción de representaciones simbólicas. Pocas veces hacen referencia al papel que la institución desempeña en la sociedad, a su significado para la vida de los docentes, de los escolares y de los ciudadanos en general. “El Arca de Noé”: qué nombre más hermoso para una escuela. Esa humilde escuela (todas las escuelas son humildes) recibe a los alumnos y alumnas de contextos desfavorecidos y en ella se refugian de la ignorancia y de la inmadurez hasta que pasen los cuarenta días del diluvio. Se trata de un diluvio de concepciones, de actitudes y de comportamientos que amenazan la permanencia del Arca sobre las aguas agitadas. Individualismo exacerbado, competitividad extrema, relativismo moral, eficientismo, olvido de los desfavorecidos, privatización de bienes y servicios, hipertrofia de la imagen, imperio de las leyes del mercado, capitalismo salvaje, reificación del conocimiento… Sólo se salvarán quienes estén dentro del Arca. Protegidos del avance las aguas. Aunque el Arca sea frágil (o precisamente porque es frágil) podrá mantenerse a flote. Hay niños y niñas que sólo en la escuela podrán refugiarse de la ignorancia y de la abalancha de contravalores de una sociedad que se asemeja a una selva en la que sólo puede sobrevivir el más fuerte. Hay niños y niñas cuyos entornos familiares y sociales están tan depauperados que poco pueden hacer las familias para sacarles de la ignorancia y de la miseria. Para ellos la escuela es un salvífico “Arca de Noé”. Incluso los niños y niñas de familias cultas y económicamente desahogadas van a encontrar en la escuela esa tabla de salvación que les haga sentirse iguales a los otros y responsables de la superación de las desigualdades. Al salir del Arca habrá que emprender una tarea conjunta de reconstrucción de la sociedad. Una sociedad que se asiente sobre la solidaridad, la justicia, la libertad, el respeto a la dignidad de las personas. Se trata de vivir en el Arca no para reinstaurar la selva sino para poner en práctica los principios de la convivencia que se han aprendido dentro de ella. La escuela, sobre esas aguas agitadas, mantiene el equilibrio inestable esperando el sol y el anuncio del ramo de olivo en el pico de la paloma de la paz. En “El Arca de Noé” se produce una mezcolanza insuperable de etnias, de credos, de culturas, de edades, de sexos, de inteligencias, de expectativas…. Todos tienen un lugar en ese Arca que se ha convertido actualmente, en palabras de Phillip Roth, en la gran “mezcladora social”. Juntos aprenden, juntos conviven, juntos se relacionan, juntos miran el futuro desde la misma incertidumbre y desde parecida confianza. Mientras están en ese refugio contra la ignorancia y las perversiones, están protegidos de la destrucción. Hay quien pensará que le estoy dando demasiada importancia a la escuela. Pero incluso los defensores y practicantes de la Home School tendrán que reconocer que no pueden sustituir de manera plena e indefinida a la escuela institucional. Pasados unos años tienen que incorporar a sus hijos e hijas al sistema educativo. En El Arca de Noé están también los profesores y profesoras. Ellos y ellas se salvan o se hunden con todos los que están cobijados bajo su techo. Ellos se salvan de la vulgaridad, del individualismo, de la superficialidad, del egoísmo y de la ignorancia porque tienen que realizar una función excelsa en el seno de un equipo. Noé y su familia también se salvaron del diluvio. Aprender a convivir en el Arca es una empresa tan complicada como importante. Cada uno es diferente. Cada uno tiene su régimen de comida y sus condiciones peculiares de vida. El que todos se salven depende de que cada uno lo haga posible. El que casa uno se salve depende de que todos lo hagan posible. Los constructores del Arca tienen que hacerla sólida y firme, con buenos materiales porque las dificultades que tiene que superar son muy grandes: vientos de disputa ideológica, lluvia de críticas injustas, tempestades de demandas crecientes, olas de avatares legislativos, escollos de dificultades imprevistas… No se puede hacer frente a grandes problemas con una estructura frágil y unas pobres condiciones . Salvarse en el Arca de Noé no tiene que ver sólo con el egoísmo de la sobrevivencia, tiene que ver con la posterior vida en común. Se ha sorteado el peligro de la destrucción toda con el fin de construir una sociedad mejor. Me gustan los profesores, los alumnos, las familias y los ciudadanos que valoran la escuela, que la aman. No me gustan las bromas como la que circula por la red bajo el título “demolition call” en la que una niña inglesa llama a una empresa de derribos pidiendo que destruyan la escuela asegurándose de que los profesores se encuentran dentro de ella. Destruir el Arca de Noé sería un desastre para todos los que en ella pueden salvarse, en definitiva, para toda la humanidad.
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El Arca de Noé
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September 3 2010, 11:00pm | Comments »
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El Arca de Noé
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Me cuenta mi migo Horacio Muros, fuente inagotable de sugerencias didácticas, que en la provincia de San Juan (Argentina) hay una escuela que tiene por nombre “El Arca de Noé”. Me ha parecido una magnífica denominación para representar el papel de una institución que navega en medio de un diluvio de mensajes neoliberales y en un mar proceloso y convulso en el que fácilmente podría naufragar la humanidad. El nombre de las escuelas tiene que ver habitualmente con algún personaje célebre o con algún acontecimiento relevante de la historia de un pueblo. Pero, pocas veces, reflejan el imaginario social y la construcción de representaciones simbólicas. Pocas veces hacen referencia al papel que la institución desempeña en la sociedad, a su significado para la vida de los docentes, de los escolares y de los ciudadanos en general. “El Arca de Noé”: qué nombre más hermoso para una escuela. Esa humilde escuela (todas las escuelas son humildes) recibe a los alumnos y alumnas de contextos desfavorecidos y en ella se refugian de la ignorancia y de la inmadurez hasta que pasen los cuarenta días del diluvio. Se trata de un diluvio de concepciones, de actitudes y de comportamientos que amenazan la permanencia del Arca sobre las aguas agitadas. Individualismo exacerbado, competitividad extrema, relativismo moral, eficientismo, olvido de los desfavorecidos, privatización de bienes y servicios, hipertrofia de la imagen, imperio de las leyes del mercado, capitalismo salvaje, reificación del conocimiento… Sólo se salvarán quienes estén dentro del Arca. Protegidos del avance las aguas. Aunque el Arca sea frágil (o precisamente porque es frágil) podrá mantenerse a flote. Hay niños y niñas que sólo en la escuela podrán refugiarse de la ignorancia y de la abalancha de contravalores de una sociedad que se asemeja a una selva en la que sólo puede sobrevivir el más fuerte. Hay niños y niñas cuyos entornos familiares y sociales están tan depauperados que poco pueden hacer las familias para sacarles de la ignorancia y de la miseria. Para ellos la escuela es un salvífico “Arca de Noé”. Incluso los niños y niñas de familias cultas y económicamente desahogadas van a encontrar en la escuela esa tabla de salvación que les haga sentirse iguales a los otros y responsables de la superación de las desigualdades. Al salir del Arca habrá que emprender una tarea conjunta de reconstrucción de la sociedad. Una sociedad que se asiente sobre la solidaridad, la justicia, la libertad, el respeto a la dignidad de las personas. Se trata de vivir en el Arca no para reinstaurar la selva sino para poner en práctica los principios de la convivencia que se han aprendido dentro de ella. La escuela, sobre esas aguas agitadas, mantiene el equilibrio inestable esperando el sol y el anuncio del ramo de olivo en el pico de la paloma de la paz. En “El Arca de Noé” se produce una mezcolanza insuperable de etnias, de credos, de culturas, de edades, de sexos, de inteligencias, de expectativas…. Todos tienen un lugar en ese Arca que se ha convertido actualmente, en palabras de Phillip Roth, en la gran “mezcladora social”. Juntos aprenden, juntos conviven, juntos se relacionan, juntos miran el futuro desde la misma incertidumbre y desde parecida confianza. Mientras están en ese refugio contra la ignorancia y las perversiones, están protegidos de la destrucción. Hay quien pensará que le estoy dando demasiada importancia a la escuela. Pero incluso los defensores y practicantes de la Home School tendrán que reconocer que no pueden sustituir de manera plena e indefinida a la escuela institucional. Pasados unos años tienen que incorporar a sus hijos e hijas al sistema educativo. En El Arca de Noé están también los profesores y profesoras. Ellos y ellas se salvan o se hunden con todos los que están cobijados bajo su techo. Ellos se salvan de la vulgaridad, del individualismo, de la superficialidad, del egoísmo y de la ignorancia porque tienen que realizar una función excelsa en el seno de un equipo. Noé y su familia también se salvaron del diluvio. Aprender a convivir en el Arca es una empresa tan complicada como importante. Cada uno es diferente. Cada uno tiene su régimen de comida y sus condiciones peculiares de vida. El que todos se salven depende de que cada uno lo haga posible. El que casa uno se salve depende de que todos lo hagan posible. Los constructores del Arca tienen que hacerla sólida y firme, con buenos materiales porque las dificultades que tiene que superar son muy grandes: vientos de disputa ideológica, lluvia de críticas injustas, tempestades de demandas crecientes, olas de avatares legislativos, escollos de dificultades imprevistas… No se puede hacer frente a grandes problemas con una estructura frágil y unas pobres condiciones . Salvarse en el Arca de Noé no tiene que ver sólo con el egoísmo de la sobrevivencia, tiene que ver con la posterior vida en común. Se ha sorteado el peligro de la destrucción toda con el fin de construir una sociedad mejor. Me gustan los profesores, los alumnos, las familias y los ciudadanos que valoran la escuela, que la aman. No me gustan las bromas como la que circula por la red bajo el título “demolition call” en la que una niña inglesa llama a una empresa de derribos pidiendo que destruyan la escuela asegurándose de que los profesores se encuentran dentro de ella. Destruir el Arca de Noé sería un desastre para todos los que en ella pueden salvarse, en definitiva, para toda la humanidad.
September 3 2010, 5:42pm | Comments »
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Los desaprensivos
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/08/28/los-desaprensivos/
Una persona desaprensiva, dice el diccionario de la RAE, es aquella que actúa sin atenerse a las reglas o sin miramiento hacia los demás. Hay gente que va por la vida con una desenvoltura tremenda. Piensan en sí mismos y funcionan como si su ombligo fuera el centro del universo. Todo se les debe y ellos nunca se ven obligados a corresponder. Entienden que los demás han nacido para estar a su servicio. Así se comportan. No es que pidan, es que exigen. Sus parejas, sus amigos, sus colegas e, incluso, los extraños, están ahí para rendirles pleitesía. Me hacía pensar en ellos una historia que me han contado hace unos días. Un borracho llama a las tres de la mañana a un domicilio particular. Se levanta somnoliento el dueño de la casa, alarmado por lo intempestivo de la hora y por lo insistente de la llamada. Abre la puerta y se encuentra con un individuo que, con no muy buenas maneras le dice: - ¿Quiere usted empujarme? La respuesta no se hace esperar: - Déjeme en paz. ¿Cómo se le ocurre molestarme a estas horas? Me levanto a las cinco de la mañana para ir a trabajar. Busque a otra persona que le ayude. Cierra la puerta de inmediato y se va a la cama con la intención de aprovechar las pocas horas que le quedan de descanso. Pero no puede conciliar el sueño. Le remuerde la conciencia. ¿Y si le pasa algo? ¿Y si por mi culpa tiene un accidente con el coche? ¿Y si no encuentra a nadie que le ayude? Se levanta, se viste y baja a la calle. No ve a nadie. Levanta un poco la voz para preguntar: - ¿Está por ahí la persona que necesita ayuda? ¿Todavía necesita que alguien le empuje? - Un poco más allá surge la voz del borracho diciendo, en medio de la noche, a grito limpio: - Sí, aquí, en el columpio. Es el colmo de la caradura, de la tomadura de pelo, de la desfachatez. Levántese, que necesito que alguien me haga cobrar impulso en el columpio. Desconsideración, caradura, desfachatez. Desaprensión. ¿No conocen el lector o la lectora a personas de este tipo? Podríamos encontrar ejemplos en todos ámbitos de la vida. En el ámbito laboral todo el mundo conoce a personas que tienen como ley suprema la del mínimo esfuerzo. Los demás tienen que hacer lo suyo, tienen que responsabilizarse de aquello que les compete. Claro que a la hora de cobrar son los primeros que ponen la mano. Son también los que más protestan cuando en el reparto les corresponde una carga como la de los demás. Ellos se consideran caso aparte. Se consideran acreedores de privilegios y prebendas. Por una sencilla razón: por ser quienes son. En el ámbito familiar se distinguen por la actitud de servicio que le reclaman a los demás. Ellos están para ser servidos, no para servir. Dejan la ropa tirada por todas partes, se sientan a la mesa cuando ya está puesta y la comida servida, se levantan de la mesa sin recoger ni un plato, nunca se preguntan cuánto se paga por la luz o por el agua. La casa es su Hotel y los gastos no saben a cargo de quién corren. En el ámbito ciudadano los ejemplos se multiplican. No hace falta pensar mucho para encontrarse con actitudes y comportamientos de personas desaprensivas. El conductor del coche que se para en medio de la calle y entabla una conversación con un amigo o conocido sin importarle lo más mínimo los bocinazos de los impacientes conductores que esperan el final de su parsimoniosa conversación. Al terminar no sólo no pide disculpas sino que hace un corte de mangas a quienes le han increpado por su cara dura. El que llega a un fila y pretende colarse, sin importarle las miradas desaprobatorias o las frases disuasorias de quien han llegado antes que él. El que tira una lata de refresco con toda la desconsideración del mundo, sin importarle las advertencias de quien le dice que eso no se debe hacer, que alguien deberá recogerla. El que aparca tranquilamente en una zona reservada para minusválidos haciendo caso omiso de las señales que claramente indican la prohibición. ¿Qué solución tienen estas personas? Porque el problema fundamental en el que se asienta su comportamiento es que lo que les suceda a los demás les importa un comino. Lo que les dicen los demás les trae al pairo y ni se plantean las consecuencias que tengan sus actuaciones. El que venga detrás, que arree. Hace poco vi una colilla que estaba empezando a quemar la hierba seca que había a su alrededor. Y me dije: ¿Qué habrá pensado quien la ha tirado al suelo estando encendida? ¿O ni siquiera ha pensado? ¿O ha pensado que si provoca el incendio él se encontrará lejos de allí? La solución a esas formas incívicas y egoístas es una auténtica educación asentada en valores. Una educación que enseñe a convivir, que enseñe responsabilidad, que ponga límites y que recuerde de forma eficaz que no sólo tenemos derechos sino que éstos tienen sus correlativas obligaciones y deberes. No podemos vivir en una sociedad justa si cada uno va a lo suyo, si se impone la ley del más fuerte, es decir la ley de la selva. O si ignoramos que tenemos unas obligaciones que cumplir como ciudadanos y ciudadanas responsables. No basta imponer sanciones porque si todo se cifra en la sanción las personas pueden optar por saltarse la ley o burlarse del prójimo cuando no sean sorprendidos por quien vigila o sanciona. La base de la convivencia es el respeto, no el temor. Es el reconocimiento de la dignidad de las personas, no el temor a los castigos. Y la educación no se desarrolla sólo en la familia, ni sólo en la escuela. La educación es una responsabilidad de toda la sociedad. Es bueno recordar, una vez más, el sabio proverbio africano: Hace falta un pueblo entero para educar a un niño o a una niña.
August 27 2010, 11:00pm | Comments »
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Mujeres en construcción
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/08/21/mujeres-en-construccion/
He visto un documental conmovedor sobre un grupo de mujeres que han sufrido los horrores del terrorismo. Está dirigido por Begoña Atin y Montse Ibáñez. Tenían que ser mujeres también. Sólo desde su sensibilidad se puede entrar con ese tacto y con esa profundidad en el corazón de quien sufre. El documental lleva el significativo título que he querido utilizar para encabezar estas líneas. Es un buen título. Porque estas mujeres, cuya vida fue destruida de forma súbita, injusta y cruel, están reconstruyendo sus historias personales sobre los escombros psicológicos en los que se convirtieron. Hace falta coraje. Hace falta constancia. Hace falta mucho esfuerzo para salir a flote de un inmenso mar de lágrimas. Quiero comenzar felicitando a quienes han tenido esta hermosa iniciativa de rescatar del silencio el dolor insondable de estas mujeres. Porque un atentado terrorista tiene sólo presencia en los medios unos días. Y, a veces, ni eso. Una escueta noticia a la que ya estamos habituados y que sólo nos ocupa unos momentos de atención. Pero la vida de quien ha perdido al marido, al padre, al hermano, al hijo…sigue, desde ese momento, inmersa en el dolor, en la angustia, en el miedo y en la rabia. ¿Cómo se sale de ese pozo oscuro, profundo, asfixiante en el que la sinrazón ha arrojado a esas heroicas mujeres? El documental, técnicamente impecable en cuanto al montaje, la planificación, las angulaciones, los movimientos de cámara, la música, los tiempos y el guión, nos mete de lleno, desde las primeras imágenes, en ese mundo terrible de las secuelas de los atentados para aquellas personas que reciben la noticia, que la asumen y que tienen que seguir viviendo, con ese indescriptible dolor, con esa terrible y definitiva ausencia. El documental deja claro quiénes son las protagonistas: esas mujeres que luchan, que amasan con sufrimiento la superación, que ofrecen sus testimonios doloridos y serenos, que lloran a veces cuando hablan. Los protagonistas de este interesante documental no son los asesinos de ETA, ni los políticos que combaten el terrorismo de una forma u otra, ni los técnicos que filman, ni las directoras que elaboran y desarrollan el guión técnico… Las protagonistas son estas mujeres que han sufrido el golpe brutal de un atentado y que, durante años –día a día, noche a noche- van reconstruyendo sus vidas con un inmenso dolor en el corazón. Me he imaginado durante el documental, cómo podría contemplar esas imágenes tan contundentes los asesinos que han matado, que están pensando en matar o quienes apoyan y alientan a los que matan. Y me he preguntado por los caminos que recorre el ser humano para llegar a un grado de envilecimiento y de locura semejantes. Me ha sorprendido que no aparezca un sentimiento que, desde que apreté el botón del play me asaltaba sin cesar. ¿Por qué estas muertes? ¿Por qué y para qué estos atentados? Cuando una enfermedad, un accidente o incluso un suicidio, nos arrebatan a un ser querido, nos cuesta un triunfo superar la ausencia. A la muerte, como al sol, no se les puede mirar de frente. Pero cuando esa muerte ha sido el fruto de una decisión deliberada, planificada y ejecutada a sangre fría por un semejante sobre una víctima inocente, imagino que el dolor y la desesperación es aún mayor. Las mujeres, de diversas edades y condiciones, van desgranando sus ideas y sentimientos de una manera que parece espontánea y que sin duda es sincera. Esas imágenes tienen detrás un intenso trabajo, una idea directriz y una planificación exigente. Explorar el mundo de los sentimientos es tan importante como difícil. Porque estamos más acostumbrados a decir lo que pensamos que a expresar lo que sentimos. Una de las manifestantes dice que lo más horrible es que haya niños y niñas afectados por esa brutalidad incomprensible. ¿Cómo se le puede arrebatar a un niño o a una niña a su padre para siempre? ¿Qué maldita causa merece un tributo de tal magnitud? Una de las primeras reacciones que varias manifestantes expresan, al recibir la noticia que cambiará sus vidas, es la de incredulidad: “no me lo podía creer”, “no puede ser”, “no me cabía en la cabeza”, “mi vida no me importaba”, “esto es una pesadilla y cuando despierte habrá pasado”… Es lógico. Cuesta recuperarse de ese mazazo, de ese golpe brutal que detiene súbitamente la vida. Y luego viene esa desgana por vivir, esa falta de energía para encontrar sentido a las cosas, esa difícil para hacerle frente a la vida: “estaba acobardada”, “nos paralizó por completo”, “no quise seguir adelante”, “el sofá es mi vida”, “casi no hablábamos”, “todo se vuelve oscuro”, “vives de forma mecánica”, “te falta aire”… Cuántas lágrimas. Cuánto dolor. Cuánta ausencia. Al ver las imágenes puedes entender cómo esas personas han visto marcadas sus vidas por la tragedia. Hay un antes y un después del atentado. Hay una vida plena antes y una vida en construcción después. Los materiales están hechos de sufrimientos y la argamasa está hecha de lágrimas. Y algunas veces de terapias, de antidepresivos, de somníferos. Y vas viendo cómo lentamente, esforzadamente van edificando la vida: “ya puedo acercarme al centro”, “te caes de bruces y te levantas”, “tienes que seguir”… Lo dice magníficamente Victoria Campo recitando un poema con el que se cierra el documental: “Puedes llorar/ porque se ha ido/ o puedes reír porque ha vivido”. Con estas líneas quiero rendir un sencillo y humilde homenaje a estas mujeres que han recibido el zarpazo irracional del terrorismo y que se esfuerzan con paciencia y coraje ilimitados en reconstruir las vidas que les fueron arrebatadas. Gracias por vuestro ejemplo. Y suerte sin límites. La que un día se os negó tan cruelmente.
August 20 2010, 11:00pm | Comments »
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Papá, mira lo que hago
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/08/14/papa-mira-lo-que-hago/
Quien tenga hijos o hijas de corta edad sabrá con cuánta insistencia se dirigen a los padres y a las madres, diciendo ante cualquiera de sus nuevas o ya conocidas habilidades: - Papá, mamá, mira lo que hago. Quien esté en un aula con niños y niñas, sabe con qué persistente asiduidad se dirigen al maestro o a la maestra para mostrarle la obra que con tanto empeño han concluido: - Seño, mira mi dibujo… Lo mismo digo respecto al comportamiento que quieren ofrecer como muestra de su esfuerzo, de su aplicación o de su obediencia: - Mamá, ¿has visto lo bien que me he portado? Y es que los niños y las niñas tienen necesidad del reconocimiento de los adultos. Necesitan el respaldo de quien tiene la autoridad de decir lo que está bien y lo que está mal y el elogio por el esfuerzo realizado o el reproche por lo que han hecho. Ellos se miran en el espejo de nuestros ojos y en la sonrisa o el reproche que merece lo que han conseguido. Sin esa retroalimentación, sin ese eco de atención su esfuerzo les parece baldío. Hace unos días, mi hija Carla, cinco años, se echó a llorar desesperadamente porque yo no le había prestado atención mientras se tiraba de cabeza en la piscina. Ella quería que su papá fuese testigo de los avances que estaba realizando. Sin ese reconocimiento, sin esa mirada, sin esa presencia, el éxito no se producía. Cuando le pregunté por qué lloraba, me lo explicó de forma clara y terminante: - Porque tú no me mirabas, porque tú no me mirabas… Los niños y las niñas necesitan de nuestra presencia, de nuestra valoración, de nuestra aprobación. Necesitan que alguien que les quiere, los mire y reconozca sus avances, sus esfuerzos, sus intentos de mejora. Porque quieren superarse constantemente. Nos distraen de esa mirada atenta y de esa atención amorosa muchas ocupaciones, muchas preocupaciones, muchos intereses, muchas personas a primera vista más importantes que esos pequeños, a veces minúsculos progresos. Parece que las cosas de los niños y de las niñas son siempre cosas sin importancia. A nuestros ojos de adultos lo que ellos hacen puede ser irrelevante, pero para ellos es toda su vida, es todo lo que tienen, todo lo que son. No hay nada más importante que ese reconocimiento, que esa felicitación, que esa sonrisa. “La sonrisa es una línea curva que lo endereza todo”, dice Phillis Diller. Esa actitud amorosa del adulto es sumamente importante para los niños y las niñas. Esa postura atenta a las pequeñas cosas, a los diminutos avances es lo que necesitan para crecer. ¿Por qué estorban tanto los niños a ciertos adultos? - Vete a ver la televisión… - ¿Por qué no vas a tu cuarto a jugar? - Busca a tu hermano y juega con él - Ha llamado tu tío para llevarte al cine ¡Uf, qué respiro! Algunos padres consideran muy largas las vacaciones. Les resulta agotador estar constantemente pendientes de sus pequeños sin caer en la cuenta de que necesitan esa mirada solícita, esa preocupación cercana. Ya sé que no se puede leer, que no se puede conversar, que no se puede dormir la siesta, que no se puede tomar tranquilamente el sol. Pero ellos necesitan sentirse mirados como las plantas necesitan la luz del sol. De esa manera se sienten importantes, se sienten únicos, se sienten queridos. - Papá, mira lo que hago… Es una demandan de atención y de reconocimiento. Muchas veces rompe nuestra comodidad, nuestro egoísmo, nuestros intereses de adultos, pero alimenta la construcción de una identidad sana y equilibrada. Esa actitud cuidadosa, sensible, cercana y generosa no sólo beneficiará a los niños y a las niñas sino que nos hará a nosotros mejores personas. Porque no es igual practicar el egoísmo que la generosidad, la responsabilidad que el abandono, la dureza que la sensibilidad, la ternura que a violencia, la alegría que la tristeza… He leído esta hermosa historia en el libro de Isha “¿Por qué caminar si puedes volar?” . Un chico corre al encuentro de su abuelo y le dice: - Abuelo, abuelo, ¿cuál es el secreto de la vida? En la boca arrugada del anciano se dibuja una sonrisa mientras responde: Mi niño, dentro de todos nosotros es como si hubiese dos lobos luchando. Uno está enfocado en proteger su territorio, en la rabia, la crítica y el resentimiento; es miedoso y controlador. El otro está enfocado en el amor, la alegría y la paz; es travieso y está lleno de aventuras. Pero abuelo, exclamó el niño con sus ojos muy abiertos de curiosidad, ¿cuál de ellos es el que va a ganar? El anciano le responde: - El que tú alimentes. Ahí está la clave. Lo vemos en estas fechas de vacaciones. Hay personas que se hartan de los niños, que los soportan como si fueran una tortura, que están deseando que empiece el colegio para librarse de ellos. Otras personas, sin embargo, disfrutan de los niños, juegan con ellos, los tienen en la presencia de su mirada y en el afecto de la compañía. Y, puestos a hacer confidencias, diré que tengo una suegra que se encuentra entre este segundo tipo de personas. Demuestra esa magnífica actitud la expresión que utiliza después de una tarde en compañía de su nieta: - ¡Lo que he disfrutado de la niña esta tarde! Eso es. Esa es la actitud que hace crecer y la que permite disfrutar. Y no la de quien se pasa rabiando y despotricando del permanente ajetreo, de la incesante movilidad y de la inacabable demanda de atención de los niños y de las niñas. Porque ellos necesitan nuestra mirada amorosa y nuestra exigente atención. Ellos necesitan, para crecer y alimentar su personalidad, la conciencia de que son importantes para alguien, de que lo que ellos hacen merece la atención de quien les quiere.
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August 13 2010, 11:00pm | Comments »
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Hábleme de usted
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/08/07/hableme-de-usted/
Me cuenta una amiga, con una larga y rica experiencia en cuestiones judiciales, que asistiendo un día a un juicio en un juzgado de primera instancia oye cómo el juez le pregunta a un joven delincuente sobre sus reiteradas fechorías relacionadas con el quebrantamiento de la propiedad ajena. El chico le contesta al juez con desparpajo tratándole insistentemente de tú. - Porque tú ya sabes que… Como ya te dije antes… Lo que tienes que comprender… Llegado un momento, el juez, sorprendido y un tanto molesto por esa inhabitual familiaridad que él no había propiciado, le dice al joven: - Por favor, hábleme de usted. Su señoría y todos los presentes se quedaron atónitos al escuchar la displicente contestación del acusado: - ¿Y qué te voy a contar yo de mi vida? La anécdota me parece tan significativa como oportuna. Llega un momento en que, a fuerza de despreciar las muestras de respeto, acaban por desaparecer. El joven de esta verídica historia ni siquiera entiende la solicitud que le hace el juez. Muy al contrario, acostumbrado a pensar sólo en sí mismo, entiende que su señoría está interesado en conocer los pormenores de su acreditada carrera. Creo que se están perdiendo muchas muestras de respeto (ya sé que no constituyen el respeto en sí, ya sé que a veces se sustentan en la hipocresía) pero que lo sostienen, lo valoran y lo desarrollan. Voy a referirme a un elemento que influye en el desarrollo de la ordinariez, de la falta cuidado, de la forma irrespetuosa de dirigirse y de tratar a los otros. Me refiero a esos chabacanos programas de televisión en los que parece que pretenden hacer un catálogo de faltas de respeto. Mencionaré algunas: La forma soez de expresarse. En los diálogos, en los debates, en las intervenciones se habla de manera desvergonzada, de manera chabacana. La utilización de insultos para descalificar el comportamiento o las palabras de los demás. Quien emplea insultos de mayor bulto parece tener más razón. Da vergüenza ajena ser testigo de ese desparpajo en agredir, en descalificar, en insultar. Los gritos como forma habitual de diálogo. Aquí se produce también una competición irracional: quien más grita es quien acaba llevándose el gato al agua, quien parece tener la verdad. Los gestos procaces. No hace falta esperar mucho para ver un corte de mangas, una pedorreta, una expresión mímica grosera. No sólo lo que se dice sino las formas de expresarlo suelen ser poco elegantes. Los atropellos del turno de intervención. Es habitual escuchar cómo dos, o tres, o cinco hablan a la vez, sin esperar el turno, sin que se les haya dado la palabra. A los moderadores o moderadoras les cuesta mantener el orden, imponer un turno de intervenciones, conceder el derecho a réplica…Los contertulios tienen encendidos sus móviles y reciben llamadas y mensajes que muestra como trofeos a los demás y a toda la audiencia. Mientras lo hacen, ¿pueden escuchar a quien está hablando? La exhibición de comportamientos salaces como una forma de modernidad, de autenticidad, de espontaneidad y de saber hacer. Mientras más explícito y más procaz sea lo que se cuenta o hace, mejor. El cotilleo sobre la vida de los otros bajo excusas de lo más pintoresco: estamos trabajando (también los asesinos o los terroristas están trabajando cuando matan), una vez vendieron su vida privada y por eso han renunciado a ella (es como si por haber vendido un sofá se deduce la obligación de vender la casa), es que ese tipo de noticias interesa a la gente (y si a la gente le interesasen las torturas, ¿habría que torturar?)… La invasión de la vida privada: exhibición de fotos íntimas, relato de experiencias familiares, desvelamiento de infidelidades… Vale todo con tal de ganar audiencia, de mantener el circo, de alargar la espiral de la ordinariez. O con tal de ganar un poco o un mucho de dinero: criadas o criados que cuentan la vida íntima de sus empleadores, novios y novias que cuentan con detalle las relaciones íntimas, esposos que describen con pelos y señales las infidelidades… El enfrentamiento entre familiares y amigos: padres e hijos, esposos y esposas, hermanos y hermanas, amigos y amigas… Valen traiciones, lucha por la herencia, conflictos de adolescentes… Burlas sobre la identidad sexual, sobre la relación íntima con otras personas, sobre los comportamientos profesionales… Todo vale. Nadie pone un límite a las provocaciones y a los escándalos porque unas cadenas compiten con otras. Y hay que llevarse la audiencia. Resulta tramposo y repugnante ese círculo maldito que justifica esa exhibición de ordinariez diciendo que es lo que desea la audiencia. Mentira. La audiencia también desea que los responsables repartan gratuitamente mil euros a cada espectador. ¿Se lo dan? ¿No les importa mucho la audiencia? ¿No pretenden tenerla contenta? Sí, pero con tal de que esa satisfacción llene sus bolsillos. Lo tremendo es que algunos de esos programas son premiados luego por su originalidad, por su capacidad de innovación, por su éxito en el número de espectadores. Es como si premiase a un gángster por la originalidad con la que ha despachado a su víctima. Dicen algunos de estos señores y señoras que su deber no es educar. ¿Cómo que no? Su deber es poner un granito de arena para hacer una sociedad mejor, una sociedad en la que todos y todas podamos vivir dignamente. Y, desde luego, su deber, es no ofrecer un ejemplo constante de ordinariez, de zafiedad y de estupidez. Si disponen de un ratito y en sus cabezas queda un rinconcito para pensar en lo que están haciendo lean el libro “El poder de la estupidez”. En ese caldo de cultivo crecen nuestros niños y nuestros jóvenes. En ese clima de falta de respeto a la dignidad de las personas se desarrolla nuestra infancia y nuestra juventud. No me extraña que cuando a un joven le dicen “hábleme de usted” entienda que le están pidiendo que cuenta sus fecharías. Ojalá sepamos educarlos para que sean espectadores críticos y no se traguen sin pestañear tanta porquería.
August 6 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Controles descendentes
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/07/31/controles-descendentes/
Estoy comprobando que, cada día que pasa, se hacen más estrictos y minuciosos los controles sobre el dinero público. Pero, curiosamente, sólo con carácter descendente. Es decir, que a los ciudadanos de a pie que manejamos cantidades casi ridículas se nos mira con lupa. A mí me parece muy bien que se vigile estrechamente el dinero de todos. Pero claro, uno se pregunta: ¿cómo es posible que esos controles tan finos permitan la evasión de miles de millones? El dinero público se ha gastado muchas veces con excesiva alegría: comidas, viajes en primera clase, coches oficiales, regalos, fiestas, protocolo… No se pide lo mismo en un restaurante cuando uno paga de su bolsillo que cuando se paga con dinero ajeno. Basta ver el distinto consumo que se produce en un avión cuando invita la compañía o cuando paga el pasajero. Si la azafata sirve un refresco gratuito casi todos los pasajeros tienen sed. Si hay que pagarlo, ya beberemos lo que sea cuando lleguemos a casa. Es así de sencillo. Dada esta tendencia se hace necesario controlar el gasto del dinero público. Defiendo que así sea. Exijo que así sea. Y esa es una muestra del buen funcionamiento de la democracia. Pero, si se ha de hacer debe hacerse con mayor celo mirando hacia arriba que hacia abajo. Por dos motivos: el primero porque las cantidades suelen ser más elevadas. El segundo por una cuestión de ejemplo. La democracia no es un sistema de control descendente sino ascendente. El control descendente lo ejerce a las mil maravillas las dictadura. El tirano actúa en coherencia con la permisiva ventaja que se ha tomado. Exige a todos y a él nadie la puede exigir nada. Pero en una democracia el poder está en el pueblo. Una democracia está corrompida en la medida de que los que tienen el poder (por voluntad del pueblo) viven con menos controles que el pueblo, con más prebendas que quienes les han votado. Por eso la corrupción resulta tan escandalosa en una democracia, “Nosotros te ponemos ahí para que veles por los intereses de todos y tú aprovechas la confianza que hemos depositado en ti para engañarnos a todos, para robarnos a todos, para reírte de todos”. Eso es lo que dice el pueblo a quienes no sólo se corrompen a sí mismos sino al sistema que nos hemos dado para vivir. Lo diré con un ejemplo, que es una manía arraigada de los profesores. He impartido una conferencia en una de nuestras islas canarias. Tuve que justificar el gasto de taxis enviando los correspondientes justificantes. Y luego me llega una hoja en la que debo dejar constancia firmada de que esos tickets corresponden a desplazamientos que yo he hecho. Pero, hombre, si figuran las fechas, los lugares y los importes en cada ticket. ¿Me los he podido inventar? ¿A qué viene esa necesidad de firmar un documento acreditativo? Me pidieron también los resguardos de las tarjetas de embarque. ¿No estuve allí? ¿Había hecho el desplazamiento a nado? ¿No habían pagado ellos mismos los billetes de avión? Además tuve que enviar un justificante acreditativo de que la cuenta en la que se iba a ingresar el dinero era la mía. Perdí unas horas yendo al banco para sellar el documento en el que se decía que yo era el titular de la cuenta de ingreso. Me pidieron también una fotocopia de mi carnet de identidad y una declaración jurada certificando que las horas de la conferencia no excedían el máximo de las horas permitidas a aun funcionario público para realizar esas actividades. Todo me parece muy bien. Lo que me indigna es que después, con esos controles tan minuciosos, en el mismo lugar desaparezcan cantidades enormes de dinero sin que nadie se entere. Si las grietas son tan pequeñas y están tan vigiladas, ¿cómo se puede escapar esa enorme cantidad de agua? ¿Cómo se explica ese control desmedido para las cantidades minúsculas y esa laxitud para las cantidades exorbitantes? Pues muy sencillo. Porque los controles tienen un sentido descendente y no ascendente. Porque la mirada se agudiza hacia los comportamientos de los inferiores Y eso tiene consecuencias perversas. Porque, en el fondo, percibes un proceder hipócrita. Lo que se ofrece es una imagen de honradez extremadamente fina. Pero, según los hechos, eso es sólo una imagen. Si correspondiese a una realidad fehaciente, no desaparecerían después esas cantidades astronómicas. Porque nacen de una desconfianza radical de unos en otros. Y ya he dicho que no me parece mal controlar el dinero público,. Pero no me gusta que desconfíen de mí y que no lo hagan de quien después resulta que se lleva el dinero a expuertas. Porque esos controles minuciosos acaban siendo muy caros. Exigen un personal, unos medios y unos tiempos que cuestan dinero. Y luego se producen dos hechos para mí inaceptables cuando uno de estos ladrones se larga con el dinero público. Algunos lo hacen impunemente, porque se guardan muy mucho de dejar rastro, pero otros que son acusados y condenados y que, incluso, van a la cárcel, salen de ella sin devolver un euro. ¿Cómo se les deja salir de la cárcel sin que hayan devuelto hasta el último céntimo? Si así se hiciera veríamos cómo aparecen como por ensalmo los dineros volatilizados. Y si no aparecen, no hay libertad. Te cuesta ver cómo algunos golfos redomados, después de permanecer en la cárcel, disfrutan de las fortunas que han amasado robándonos a todos. No hay derecho. El segundo hecho tiene que ver con la existencia de paraísos fiscales. ¿Cómo se puede burlar así a la justicia? Hoy, que tanta importancia damos a la justicia universal, ¿no se puede fortalecer el mecanismo de la justicia para que inspeccione hasta el último rincón del último banco del mundo? Si se puede perseguir a las personas hasta dar con ellas, ¿por qué no se puede buscar el dinero? Hay que intensificar los controles ascendentes.
July 30 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Tapar la boca
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/07/24/tapar-la-boca/
La libertad de expresión es un derecho básico de los ciudadanos y ciudadanas en una democracia. Tapar la boca a las personas para que no puedan decir lo que piensan es un atropello inadmisible. Si la causa de la decisión es que quien habla critica al poder, resulta doblemente pernicioso porque no sólo se destruye la libertad sino que se ejercita el abuso de autoridad, cáncer de la democracia. La democracia consiste en reconocer que el poder está en el pueblo. El pueblo es la autoridad. Y quienes han sido elegidos por el pueblo tienen el deber de servir, no de acallar, tienen el deber de garantizar la libertad, no de coartarla. Eso es lo que ha sucedido en el Ayuntamiento de Valdivielso (norte de Burgos). Acabo de escuchar la grabación del pleno municipal celebrado el día 4 de julio en el que se debatió la continuidad de una Radio Municipal que lleva funcionado varios años. Se trata de una Radio que organiza muchas actividades con niños y adultos, que pretende preservar la memoria del pueblo, que rescata del olvido usos y costumbres, que sirve de enlace entre los ciudadanos y ciudadanas para ofrecer ayuda a quien se ha quedado sin gasolina o necesita alguna cosa urgente… En un punto del orden del día del citado pleno se aborda la continuidad de la radio que está sufragada con las aportaciones de los miembros de una Asociación Cultural y con una subvención de 8900 euros anuales del Ayuntamiento. Se dice literalmente en el pleno que no se puede aceptar que una Asociación que recibe esa ayuda se dedique a criticar a los concejales y al alcalde. Lo que debería haber hecho la Corporación al concederles la ayuda es exigirles bajo contrato que dedicasen varios programas a cantar las loas de los señores concejales y del señor alcalde. El error básico reside, a mi juicio, en la concepción del dinero público que tienen esos gobernantes. Creen que el dinero es suyo. Y, por consiguiente, tienen que decir cómo se ha de emplear. Pues no. El dinero es del pueblo (¿o lo han puesto de su bolsillo?) y los gobernantes lo tienen que administrar según los intereses y la voluntad del pueblo. Criticar las actuaciones del alcalde es un ejercicio de democracia que no se puede eliminar. La composición de la corporación es de tres miembros del PSOE, entre ellos el alcalde, tres concejales del PP y una concejala que es miembro de la Agrupación “Juntos por Valdivielso”. Los tres miembros del PP quieren clausurar la radio. Los tres del PSOE quieren sustituir a quien la dirige por un periodista contratado durante seis meses hasta que llegue, en primavera, una nueva Corporación tras las elecciones. Y la concejala que pertenece a la Agrupación quiere la continuidad de la radio. Ante el resultado de la votación 3-3-1 se impone el voto de calidad del alcalde. Y allí, sin más, éste da por zanjado el asunto diciendo que si cuesta mucho llevar a cabo la decisión ganadora, se impondrá la decisión del PP. Es decir, que se acaba con la Asociación o se acaba con la Asociación. Y, por consiguiente, con la radio. Al parecer la radio puso en marcha una recogida de firmas que no gustó a los munícipes. Y se quejan de que esa no es una función cultural. Depende de lo que entendamos por cultura, claro está. Porque si entendemos por cultura el conocimiento, el análisis y la participación en lo que atañe a la ciudadanía la recogida de firmas es cultura. En el pleno se ve claramente que la decisión está tomada, que no interesa debatir, que no se cuenta con la opinión del pueblo, que lo que se pretende es acabar con la radio. No se puede silenciar esta radio. No se puede acallar la voz de quienes opinan. Lo que tienen que hacer el alcalde y los concejales es rebatir en la radio los argumentos que consideren falsos. Estoy seguro de que nunca se lo han impedido. No puede calificar la crítica de falta de respeto porque falta de respeto es la suya al decidir acabar con la Asociación y con la radio. Lo que tiene que hacer es ofrecer la oportunidad de hablar de la libertad de expresión y de las cortapisas que esta encuentra cuando el ejercicio de esa libertad desagrada a quien tiene el poder. Un empresario decía: a mí no me gusta que mis trabajadores me adulen, a mí me gusta que digan la verdad, aunque eso les cueste el puesto. La pregunta es bien sencilla: ¿Hubieran tomado esta decisión sobre la radio si no se hubiera mostrado crítica con el poder, si hubiera recogido firmas para apoyar la gestión municipal? Otro empresario invitó a un grupo de trabajadores a una comida de fraternidad. En los postres se puso de pie y contó un chiste. Todos los trabajadores se rieron a carcajadas, menos uno, que se quedó impasible. El empresario se dirigió a él y le preguntó: - ¿Es que a usted no le ha hecho gracia? Y el trabajador contestó: - Mire usted, a mí me ha hecho la misma gracia que a todos los demás, pero es que yo me jubilo mañana. Si el alcalde, como dice en el pleno, entiende que la radio le falta al respeto, que denuncie los hechos ante el juzgado, pero que no cierre la radio. El juez dirá quién tiene la razón. Es fácil confundir con falta de respeto el sano ejercicio de la crítica que manifiesta con crudeza el desacuerdo ante la política. No vale decir cualquier cosa: no vale calumniar, por ejemplo. No vale insultar, pero hay modos de saber si lo que se dice es una opinión razonada o un exabrupto indecente. Lo último es tapar la boca a quien habla, con la excusa de que no están hablando bien del que les ha regalado un micrófono. Intenté hablar con el alcalde, pero no fue posible, a pesar de su buena disposición. Me hubiera gustado conocer directamente su opinión. En cualquier conflicto es conveniente escuchar a las dos partes. Pero bueno, él habló con sus intervenciones y con su decisión en el pleno. Invito a la Corporación a que revoque la decisión que ha tomado y de continuidad a la radio renovando el contrato que vence el 31 de agosto. Esa radio es una hermosa iniciativa de la que todo el pueblo se beneficia y se siente orgulloso. Sería un gesto de inteligencia y de honradez. Cuando en una sociedad los aduladores prosperan y los críticos están condenados a la persecución o al ostracismo la democracia está en peligro.
July 23 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Por tres bragas, un libro
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/07/10/por-tres-bragas-un-libro/
Me han enviado una foto que ha sido tomada en un mercadillo. En ella se puede ver un puesto de bragas extendidas sobre una mesa y dos pilas de libros en medio. Sobre los libros aparece un significativo cartel publicitario: “Por la compra de tres bragas, le regalamos un libro”. Es decir que si la clienta o el cliente paga por lo que realmente vale dinero, le hacen un obsequio de lo que apenas tiene valor. Si se hubiera hecho la oferta opuesta, todo sería más inteligible en los tiempos que corren o, mejor dicho, que vuelan. “Por la compra de tres libros, le regalamos unas bragas”. Pero no. Me he esforzado en reconocer qué tipo de libros es el que tan generosamente se regala, pero no me ha sido posible descifrarlo. No es legible su título dado el plano de la toma y el ángulo de la foto. Y bien que me hubiera gustado saberlo. Por tres bragas, “Cien años de soledad”. O “El viaje del elefante”, o “Los cuadernos de Don Rigoberto”. No sé hasta qué punto habrá tenido éxito la estrategia publicitaria. Ni sé tampoco si las clientas o los clientes que hayan mordido el anzuelo habrán tenido como reclamo principal el libro o las bragas. Podría también suceder que el autor de la obra sea el propio tendero y que no vea otro modo mejor de difundirla que a través de la venta de un artículo imprescindible. No sé a quién le habrá convencido para pagar por un artículo que acaso no necesitaba comprar, el hecho de llevarse a casa un libro de poesía, de novela o de ensayo. También me imagino a alguna compradora pidiendo que, en lugar del libro, le regale otras bragas, ya que la lectura le parece más que un regalo, un castigo. Pienso en la lectura. En su importancia. En su complejidad. Porque no se trata sólo de leer, sino de leer con criterio. Siempre me ha sorprendido el hecho de que se entienda la lectura como algo bueno per se de la misma o parecida manera que se considera el hecho de ver televisión como algo negativo. No lo veo así. Porque se pueden leer cosas estúpidas y ver programas magníficos, aunque no haya muchos. Pensemos que se insiste mucho en la invitación a la lectura, en la iniciación a la lectura. Pero no en la invitación a ver la televisión o en la iniciación a ver la televisión. Lo que necesitamos son lectores y espectadores inteligentes que no se dejen engañar, que no se dejen seducir. Porque están formados. Porque tienen criterio. Lo que habrá que formar es lectores y lectoras, espectadores y espectadoras capaces de saber discernir cuándo le están diciendo majaderías o grandes verdades y cuándo se las están contando de manera bella o chabacana. Respecto a la lectura me sorprende el rechazo de muchas personas a una actividad tan apasionante como divertida. Claro, que ha de ser esforzada también. Porque hay que entender lo que se lee. E interpretar lo que se lee. ¿Por qué muchas personas consideran que leer es una actividad aburrida? Acaso porque les han obligado a leer lo que no querían o lo que no entendían. Recuerdo que, cuando escribía su columna en El País el ya fallecido Eduardo Haro Tecglen contaba en una ocasión que estaba realizando una mudanza. Entre las cosas que tenía que trasladar era una montaña de libros. Un joven se esforzaba, sudando, en transportar una caja llena de libros. Eduardo, al ver su esfuerzo, le dice: - Siento que tengas que hacer un esfuerzo tan grande. Los libros son pesados y la caja demasiado grande. El chico se dirige al escritor y replica: - Lo mío no es nada, Don Eduardo. Lo malo es lo suyo que tiene que leerlos. Con lo que se puede disfrutar leyendo. Con lo que se puede aprender leyendo. Si se sabe leer, claro está. Hay que elegir los libros con criterio. Dada la abundancia de literatura que hoy existe es muy importante saber seleccionar. Quizá sea más importante saber qué no hay que leer que lo que conviene leer. Y luego hay que saber leer con criterio, con capacidad de discernimiento. Porque se pueden leer libros con la misma actitud papanata con la que algunos ven la televisión. Abriendo a la vez los ojos y la boca. No. Cuando se lee hay que entender y hay que descifrar. Hay que comprender y hay que analizar. Disfrutando, sí, pero no tragando como tragan los pavos la comida. Hay que masticar. Hay que digerir. En un hermoso libro titulado “La magia de leer”, José Antonio Marina y María de la Válgoma dicen: “Aprender a leer es conseguir la llave para entrar en un mundo nuevo, hasta entonces hermético. Proporciona una alegre sensación de poder y libertad que experimentan sobre todo las personas mayores que aprenden. Ser analfabeto es un modo de esclavitud, de parálisis o de ceguera”. Todo es hermoso en los libros: su formato, su tacto, su olor. “Oye este libro que a tus manos envío/ en ademán de selva”, dice el poeta Vicente Aleixandre. Los títulos son, a veces, ingeniosos y sugerentes: “Donde el corazón te lleve”, “Quien no lea este libro es un imbécil”, “Cómo leer en bicicleta”, “Crónica de una muerte anunciada”, “El tiempo envejece deprisa”, “El peso de la noche”… Las dedicatorias son una fuente de sonrisas: “A mi mujer, sin cuya ausencia nunca hubiera podido escribir este libro”. “Mira, mi vida” (en una autobiografía). Las erratas son, en ocasiones, filones de humor: “Ayer nos visitó nuestro querido señor obispo, tonto más amado cuando más conocido”. Y, sobre todo el contenido, que nos hace disfrutar, aprender, viajar, conocer personajes, desentrañar historias, discutir teorías. A mí me gusta aconsejar a los alumnos que se hagan su “ex libris”, un sello personal con su nombre y logotipo original que, desde la primera página identifique a su feliz poseedor. Bienvenida la idea del vendedor de bragas si consigue que alguien se asome a la lectura cuando sólo pretendía remediar una perentoria carencia. “Por la compra de tres bragas, le regalamos un libro”. ¿Hay quien de más?
July 9 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
La niña y el cigarrillo
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/07/03/la-nina-y-el-cigarrillo/
He leído un libro polémico. O eso pienso. Se titula “La niña y el cigarrillo”. Su autor es Benoît Duteurtre, novelista, ensayista y crítico musical. Es dueño de una prosa clara, en absoluto preciosista. Sus novelas (hasta el momento diecinueve) contemplan la sociedad contemporánea con una mirada irónica que suscitan, a la vez, polémica y admiración. El libro que me ocupa está bien escrito (y bien traducido), pero la tesis es, a mi juicio, más que discutible. El autor viene a sostener que los niños y niñas de hoy son depositarios de muchos derechos y que los adultos van viendo paulatinamente recortados los suyos. Y pone como ejemplo el derecho de fumar. La historia no tiene desperdicio. El protagonista, hombre muy aficionado al tabaco y muy desafecto respecto a los niños y niñas (le molestan allí donde se encuentren), se ve constreñido a fumar en los servicios de su lugar de trabajo. Para hacerlo con tranquilidad, se baja los pantalones y, en calzoncillos, se sienta sobre la taza. Lleva un destornillador para abrir la ventana y que el humo no le delate. Un buen día que se había dejado sin echar el pestillo, una niña de cinco años abre la puerta y sorprende a nuestro personaje fumando. - ¿Por qué tienes bajados los pantalones y no los calzoncillos?, pregunta la niña. - He dicho que salgas. - Pero ella le corrige con su vocecilla infantil: - ¡Aquí no se puede fumar! ¡Es por la salud de los niños! El la echa con cajas destempladas, blandiendo el destornillador: - ¡Que te vayas, pedazo de tonta!, son sus palabras exactas. A partir de este hecho en apariencia inocuo se desencadena una pesadilla horrible. La niña acusa al hombre de amenazas y de abusos. Como, al parecer, no se puede poner en tela de juicio el testimonio de una niña, ya que siempre dice la verdad, la bola se va haciendo cada vez más grande. Sucesivas y terribles tergiversaciones de los hechos (policía, abogados, jueces…) llevan al personaje de la novela a pasar por un tremendo calvario. Las cosas se van complicando de tal manera que el desenlace de la obra (que no quiero descubrir del todo) no puede ser más fatal. Me ha gustado el libro, pero no la tesis que defiende: nos hemos pasado concediendo derechos a los niños y a las niñas. En un pasaje de la obra dice Duteurtre: “La edad adulta era nuestro horizonte y nuestro ideal. La infancia estaba sometida a reglas ingratas; durante esos años, demasiado largos, vivíamos como esclavos en espera de la libertad”. Lo que viene a decir el autor con esta novela es que ahora los esclavos son los adultos y a quienes se procura una total libertad (inmerecida, desde luego) es a los niños y a las niñas. Hace precisamente unas semanas compartí en Granada con Francesco Tonucci una experiencia de formación y reflexión en una Asociación Pedagógica que, felizmente, lleva su nombre. El eje de la preocupación eran la escuela y la infancia. Como no podía ser de otro moldo los niños y las niñas tuvieron un lugar de privilegio. Nos presentaron a los conferenciantes, preguntaron cosas sugerentes e hicieron propuestas muy lúcidas. El querido y admirado pedagogo italiano, al que se ha dado en llamar niñólogo por su apasionada defensa de los niños y de las niñas, llegó a decir que las escuelas son ilegales porque incumplen leyes que obligan a pedir opinión a los niños en aquellos asuntos que les conciernen. Y por eso habría que cerrarlas. Hablaba del artículo 12 de la Convención que dice “Los Estados Partes garantizarán al niño que esté en condiciones de formarse un juicio propio, el derecho de expresar su opinión libremente en todos los asuntos que afecten al niño, teniéndose debidamente en cuenta las opiniones del niño, en función de la edad y madurez…”. Al autor de esta novela no le gusta esta tesis. Pero yo creo que es extremadamente justa. Porque los niños y las niñas tienen la indiscutible condición de personas y se encuentran en una posición de fragilidad social, física, psicológica, económica e institucional que debe ser protegida. Pasaron los siglos en que el filicidio estaba permitido y en los que el maltrato era una práctica común. Aún existen muchos niños explotados en trabajos inhumanos, maltratados y castigados sin piedad. El pedagogo francés Philippe Meirieu acaba de publicar un hermoso libro que se titula “Una llamada de atención. Carta a los mayores sobre los niños de hoy”. Y habla de esta cuestión en el capítulo 3 que tiene este significativo título: “Los derechos del niño: ¿impostura o exigencia?”. Meirieu adopta, como se ve, una postura interrogativa sobre esta espinosa cuestión. Dice que “la necesaria división entre el adulto –ciudadano de derecho- y el niño –ciudadano en formación- no anula, antes bien cimenta la necesidad de formar al ciudadano, lo que vale para todos los niños y desde la más tierna infancia. Porque existe una frontera que hay que aprender a cruzar”. Lo que plantea este lúcido profesor de la Universidad Lumière-Lyon 2 es que mientras el niño está en etapa de formación no es ciudadano de pleno derecho. “Antes de acceder a la mayoría de edad civil, no es un sujeto de derecho en el sentido estricto del término”. Por eso, dice que “escucharlo es reconocer su derecho a expresarse al tiempo que nos reservamos el derecho a decidir”. Nos encontramos ante una cuestión delicada. Me sumo a la postura de Tonucci, aunque comparto algunos interrogantes de Meirieu. La educación tiene, pues, un determinante papel en la formación del ciudadano. Eso quiere decir que los niños y las niñas no sólo tienen derechos. Tienen también obligaciones y, en la medida de su responsabilidad, debe exigírseles que las cumplan. Eso es la educación.
July 2 2010, 11:00pm | Comments »