Me han enviado un correo con un mensaje ingenioso y, a la vez, inquietante. Se trata de una de esas perlas que te encuentras explorando en la red y que alguna vez te llegan como pequeños regalos anónimos. Ayudan a pensar y, a veces, a sonreír. Se pregunta uno por las fuentes de donde brota tanto ingenio y tanta sabiduría. Sin autoría garantizada, sin patentes rigurosas. Agustín Rodríguez Mas publicó, en el año 2002, una sugerente recopilación bajo el título “E-mail. Historias de humor que circulan por la red”. Quiero compartir y comentar con el lector o lectora esta pequeña anécdota procedente, como dice Bioy Casares, “de jardines ajenos”. “Anoche, mi papá y yo estábamos sentados en el salón hablando de las muchas cosas de la vida; entre otras, estábamos hablando del tema de vivir y de morir. En un momento de la conversación le dije, de la manera más convincente que pude: - Papá, nunca me dejes vivir en estado vegetativo, dependiendo de máquinas y líquidos de una botella. Si me ves en ese estado, desenchufa los artefactos y tira las botellas que me mantienen vivo. Prefiero morir. Entonces, mi papá se levantó con decisión exhibiendo una sonrisa irónica y me desenchufó el televisor, el DVD, el cable de internet, la PC, el mp3, la play y el teléfono. Seguidamente me quitó el móvil, la notebook y me tiró todas las cervezas a la basura. - ¿A quién se le ocurre? Casi me muero, me dije entre desconcertado y furioso”. Vivimos así, con una enorme cantidad de adicciones. No podemos prescindir de la televisión. Parece que nos falta algo esencial si no funciona, parece que nuestra vida no es plena si no podemos contar con su chorro incesante de imágenes, noticias y anuncios. La televisión no es aquello que vemos sino aquello con lo que vemos. Como si tuviéramos un sentido nuevo y necesitásemos ejercitarlo. He visto a personas que entran en casa y lo primero que hacen es encender la televisión. Luego van a colgar el abrigo, pasan por el baño y saludan a los miembros de la familia… La televisión ya está funcionando. Está asegurada la conexión. No podemos entender la vida sin el teléfono mal llamado móvil (porque por sí mismo no se mueve) que nos mantiene conectados con el mundo entero. Necesitamos tener la línea abierta para estar en contacto con quien quiera llamarnos y para poder entrar en la vida de cualquier persona sin previo aviso. ¿Qué decir de internet? La red se ha convertido en un lugar de citas en la que nos encontramos de forma casi instantánea con personas del mundo entero. Allí acudimos para buscar información, recibir un mensaje, encontrar y formular una opinión, escuchar música, ver una película, conocer una noticia o ver el resultado de un partido… Algunos se han convertido en “ermitaños del siglo XXI”, desconectados de todo lo que les rodea y enganchados a desconocidos que se esconden detrás de una personalidad fingida. Solitarios en el monasterio que ha construido la red. Cuando nos vamos de vacaciones (si es que las tenemos porque las adicciones se imponen a veces a la lógica y a la necesidad), procuramos tener conexión con todos esos cables de los que parece pender la vida, en los que parece residir la felicidad. A veces nos preguntamos cómo podíamos vivir sin todos estos avances, sin esta tecnología que nos agita, nos divierte, nos informa, nos comunica y nos mantiene en ascuas. Me pregunto hasta qué punto somos propietarios de nuestra propia existencia. Me pregunto hasta qué punto no vivimos en ese “estado vegetativo” al que irónicamente hace referencia la anécdota que me ha servido de excusa para hacer estos comentarios. No sé si la vida se va haciendo cada vez más libre o cada vez más dependiente. No sé si vamos siendo cada vez más lo que nosotros queremos o lo que quieren los agentes que, a través de los medios técnicos, gobiernan la realidad o un modo determinado de verla. Todo ello me pone ante el reto que se le presenta a la educación. No podemos vivir de espaldas al progreso, al margen de la realidad, pero hemos de tener en cuenta que, otras personas pueden coger el mando de nuestra vida y llevarnos hacia donde no queremos ir. Es decir, que es preciso enseñar a utilizar los medios para que no sean ellos los que nos utilicen a nosotros. La iniciativa, la capacidad de discernimiento, la sabiduría de las elecciones tienen que estar en nuestras manos. Un cuchillo puede ser un instrumento de gran utilidad pero también puede servir para causar heridas. Vegetar es vivir maquinalmente con vida meramente orgánica comparable a la de las plantas. Vivir vegetativamente nos limita a las funciones básicas inconscientes. Una vida llena de adicciones nos priva del ejercicio de la libertad y merma el desarrollo de la responsabilidad. En la anécdota que ha inspirado estas líneas se habla también de las botellas que mantienen el estado vegetativo. No puedo emitir su importancia. ¿Cómo no hacer referencia al abuso del alcohol que nos atrofia y enajena? Me preocupa la concentración de los jóvenes en torno a las bebidas que atrofian la mente y debilitan la voluntad. Es hermoso reunirse para hablar, para conocerse, para compartir, para divertirse, para hacer proyectos. Es penoso hacerlo en el caldo del cultivo del alcohol. Algunos (y algunas) tienen que beber para desinhibirse, para lanzarse a la aventura, al sexo, a las drogas y a la conducción temeraria. No estoy contra los medios. Estoy contra la utilización torpe y esclavizante de ellos. No estoy contra los medios, digo, ya que están llenos de inmensos aprendizajes y de comunicaciones hermosas. Estoy contra una forma de utilizarlos que empobrece las relaciones, genera servidumbre y destruye la libertad.
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En estado vegetativo
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April 1 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Eso no ser puede hacer
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/03/27/eso-no-ser-puede-hacer/
Hay quien pone a las personas al servicio de las normas y hay quien pone las normas al servicio de las personas. No tengo duda de cuál de las dos opciones es mejor. Mejor por más lógica y mejor por más beneficiosa. Cargarse prescripciones y de normas sólo es bueno si éstas acaban ayudando a vivir mejor, a ser más felices. Tiene que haber normas, porque la sociedad no es la selva. Pero hemos de ser inteligentes y dotarnos de normas que beneficien la convivencia, que no la dificulten, que la hagan más amable. Y esas normas deben ser cumplidas por todos y por todas con racionalidad y con sentido de la justicia. Conviene aplicar la norma con flexibilidad, lo cual no quiere decir con arbitrariedad, capricho, debilidad, nepotismo o injusticia. No es débil, sino todo lo contrario, aquel que se muestra magnánimo en el cumplimiento de la norma. Lo he visto mil veces. En mi profesión, por ejemplo. He podido comprobar cómo profesores y profesoras actúan en la evaluación con el siguiente lema: “si puedo aprobarlo, lo apruebo”. Y he visto quien se rige por la consigna contraria: “si puedo suspenderlo, lo suspendo”. Y así, si es preciso para aprobar alcanzar un 5, alguien no acepta un 4.9 y otro lo da por bueno interpretando flexiblemente lo prescrito. No es difícil constatar esa actitud divergente en la vida. No es difícil encontrarse con personas rígidas y con personas flexibles. Porque, en efecto, frente a la flexibilidad está la rigidez, frente a la magnanimidad la mezquindad, frente a la dureza la sensibilidad, frente a la estupidez la cordura y frente a la intransigencia, la permisividad. Pondré algunos ejemplos con los que la mayoría de los lectores y lectoras se habrá topado en su vida cotidiana. Todo el mundo habrá tenido experiencia de un signo u otro. Todo el mundo se habrá encontrado con un conductor de autobús que no le ha querido cambiar un billete de veinte euros (aunque tuviera suficientes monedas para hacerlo), con un funcionario que le ha dado con la ventanilla en las narices a la hora exacta del cierre, con un policía que le ha multado por aparcar dos minutos en zona de carga y descarga… De la misma manera, todo el mundo se habrá encontrado con un farmacéutico que ha abierto la puerta que tenía ya cerrada cuando ha visto la cara de desesperación del que llega tarde, con un conductor que abre la puerta a un viajero que llega corriendo con la lengua fuera, con un profesor que ha subido una décima para salvar un curso… Hace unos días, en un aeropuerto de la península, al pasar una maleta por el control de seguridad, la persona encargada de la pantalla que visualiza el contenido, me dijo:: - Esa colonia excede del tamaño reglamentario….. La próxima vez no se la dejaré pasar…. Qué contraste con esta otra actitud aeroportuaria: a un pasajero no le deja viajar con el carnet de conducir un celoso trabajador que interpreta que sólo es válido como documento acreditativo el Documento Nacional de Identidad o el pasaporte.. ¿De dónde procede esa actitud diametralmente opuesta? Puede explicar ese modo de actuar (uno y otro) el carácter que ha ido fraguando en la vida, la forma en que uno ha sido tratado, la educación que ha recibido, la imitación de personas a las que admira, alguna mala experiencia vivida, el tipo de jefes que ha disfrutado o padecido Las actitudes a las que hago referencia tienen que ver, realmente, con quien toma la decisión auténtica. Digo esto porque algunas personas, de talante amable, no se atreven a intervenir de forma que pueda contrariar a su jefe. Lo habrá oído el lector (o lectora) alguna vez: - Mire, señor, por mí lo haría, pero yo obedezco órdenes. Si mi jefe se entera…No puedo jugarme el puesto. Es curioso comprobar la vehemencia con la que los intransigentes justifican su modo de proceder. “La norma es la norma”, dicen. “Si se quebranta una vez, se puede quebrantar siempre”, añaden. “No debe haber excepciones en el cumplimiento de las normas”, sentencian. Y cuando tratas de razonar se cierran herméticamente. “Esa es la norma”, te dicen. Es como pretender romper una pared con la cabeza. Te rompes la cabeza y la pared no se mueve. Es más fácil y más eficiente ir en busca de otra persona que te sepa escuchar. Las personas rígidas se consideran justas cuando actúan con un elevado nivel de exigencia. - Es que eso que usted pide no se puede hacer. - Dirá que se debe hacer, porque poder sí se puede y de hecho algunos han podido hacerlo, replica con razón quien pide un trato singular. Ante las súplicas, sobre todo si son insistentes y apremiantes, la persona rígida no se ablanda. Tiene idea de que si cede pierde toda la autoridad y toda su dignidad.. - He dicho que no y es que no. Los intransigentes se consideran a sí mismos buenos cumplidores de la ley. Yo pienso que no lo son. Porque creo que hay que interpretar la norma y aplicarla para ayudar a las personas, no para someterlas, no para esclavizarlas, no para fastidiarlas. Desde esa concepción rígida del cumplimiento de la norma, es fácil asumir una pequeña parcela de poder como si se tratase del gobierno de un imperio. A alguien le das una gorra y se siente un general. Uno se echa a temblar cuando piensa en la forma de actuar que tendrían si tuviesen en sus manos un gran poder de decisión. Esa actitud es hija de la cortedad mental y del orgullo más ramplón. Hay quien pone como excusa que actuar de una forma flexible genera un precedente. Pues qué bien, si se trata de un buen precedente. Ojalá se actuase de la misma manera en ocasiones similares. La cara y la cruz. ¿En que lado estás, lector o lectora? ¿En el orilla de la amabilidad o la de la intransigencia? Tengo, para actuar en estos casos, un criterio que puede ser útil: ¿Cómo me gustaría que me tratasen a mí en una situación similar?
March 26 2010, 11:00pm | Comments »
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Mamá, quiero ser viejo
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/03/20/mama-quiero-ser-viejo/
Al terminar hace unos días la conferencia de apertura del V Encuentro Nacional de Orientación en Sevilla se me acercó una de las asistentes y, con ojos llenos de tristeza, me habló de la experiencia de un hijo suyo de diez años que le había dicho: - Mamá, quiero ser viejo. - ¿Por qué, hijo?, le preguntó ella, sorprendida y preocupada. - Porque no quiero ir a la escuela. La mamá, orientadora de profesión y, por consiguiente, persona muy vinculada a la escuela, vivió aquella confidencia con una profunda desolación. Que un niño de diez años quiera ser un viejo es algo anormal. Y que la causa sea el rechazo de la escuela es algo preocupante. Si los profesionales de la educación atribuimos la cusa de esa desafección a que el niño tiene escasa motivación, nulo interés, poca capacidad, insuficiente valía, mala relación con los demás, excesiva pereza, conducta indeseable o sobreprotección familiar, será imposible mejorar lo que hacemos. Si nos excusamos en el hecho de que otros sí que quieren ir a la escuela y, por consiguiente, esa es una demostración de nuestro buen hacer, conseguiremos instalarnos en la rutina y dejaremos que algunos o muchos niños y niñas sigan fracasando. Porque los niños y las niñas no sólo tienen derecho a la escolarización. A lo que de verdad tienen derecho es a tener éxito en la escolarización. Y ya sé que una parte depende de los niños y de las niñas. De su esfuerzo, de su aplicación, de su constancia. Nosotros debemos preguntarnos por qué ese niño quiere ser viejo para no ir a la escuela. Y si nos lo preguntamos quizá descubramos que el niño se aburre, no se siente querido, se ve comparado y descalificado, estudia cosas que no le interesan, se siente acosado… Y ese descubrimiento nos tiene que hacer reaccionar para mejorar aquello que le hace ver la escuela como un lugar indeseado. Las personas están diseñadas para aprender. El ser humano tiene una curiosidad innata. Tenemos que preguntarnos por qué no quieren aprender o, como en este caso, por qué no quieren ir al lugar donde se aprende. Decía Winston Churchill: “Me encanta aprender, pero me horroriza que me enseñen”. No me sorprendió la angustia de la madre. Tiene que ser horrible percibir esa reacción en un hijo que no quiere ir a una institución en la que tú crees, a la que tú amas y por la que tú trabajas. Que nadie entienda esta reflexión como una descalificación a quienes trabajan en las escuelas sino como una invitación a la reflexión, al compromiso, a la cooperación. En el año 2003 publicó la Editorial Gedisa un hermoso libro titulado “Por qué tengo que ir a la escuela”. El libro lleva como subtítulo “Cartas a Tobías”. Explicaré por qué. Una familia está despidiendo en la estación a un familiar, reconocido pedagogo alemán llamado Harmunt Von Hentig. El niño, que se llama Tobías, se muestra revoltoso y agitado, se tira al suelo para ver los frenos del tren, no para quieto un momento. La madre, un tanto irritada, le dice: - Ya está bien. Ganas tengo de que empiece la escuela. El niño se pone de pie y formula esta pregunta a los padres: - ¿Por qué tengo que ir a la escuela? El tren está arrancando, de modo que el tío, que ha escuchado la pregunta, le dice al sobrino, mientras agita la mano en son de despedida: - Yo te voy a contestar a esa pregunta. El tren se va, la madre sigue reconviniendo al niño mientras regresan a casa. Y el tío le envía a su nieto Tobías 26 cartas en las que le explica cuáles son los motivos por los que tiene que ir a la escuela. Se trata de relatos breves y sugerentes que empiezan explicando por qué en la experiencia de su tío fue importante acudir a la escuela. Todas van dirigidas a Tobías. Y todas las firma su tío Harmunt. “Mis cartas os pueden ser útiles –le dice en la primera de ellas-, sobre todo si las leéis todos juntos. Se lo propondré a tus padres. Pero son tus cartas; cuando hayas leído la segunda o la tercera carta, decide tú cómo quieres hacerlo”. Este libro, que puede ser leído por padres, profesores y alumnos, es una invitación a reflexionar sobre el sentido de la escuela y sobre la forma en que la escuela puede convertirse en una institución creativa que verdaderamente ayude a responder a la curiosidad innata de los seres humanos por aprender. La escuela no está ahí como caída del cielo. Hacemos la escuela entre todos. Se lo dice Von Hentig a su sobrino. Puede ser que la escuela a la que vas –viene a decir- tenga cosas que no te gusten, pero tú puedes contribuir a cambiarlas, a mejorarlas. Hacemos la esuela cada día con nuestro trabajo, nuestras actitudes y nuestras relaciones con los demás. No es producto que3 venga manufacturado y que no podamos tocar sino que es, en buena medida, lo que nosotros queramos que sea. La exclamación del niño nos pone a todos y a todas contra las cuerdas. ¿Por qué este niño, que está empezando a vivir, quiere hacerse de repente un viejo? ¿Cómo puede dejarnos indiferentes su rechazo, sin preguntarnos qué pasa con su terrible experiencia, con su dolor cotidiano? Porque, aunque él no quiera, tiene que ir a la escuela cada día, de modo que una tarea apasionante como aprender se puede convertir en una condena a trabajos forzados. ¿Cómo no estimularnos para hacer de la escuela un lugar soñado de aprendizajes relevantes y de encuentros enriquecedores? ¿Cómo no comprometernos en hacer una escuela donde todos y cada uno de los alumnos y de las alumnas puedan encontrarse con quienes van a guiarlos amorosa y exigentemente hacia cotas elevadas de saber y de felicidad? Ya sé que estudiar es a veces arduo y difícil, pero no es igual para hacerlo tener una disposición emocional positiva hacia al aprendizaje que desear tener canas para quedarse en casa viendo la televisión.
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March 19 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
¿Qué hay para cenar?
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El pasado día 8 de marzo se celebró el Día Internacional de la Mujer trabajadora. Decir “mujer trabajadora” es incurrir en una clamorosa redundancia. Porque las mujeres han trabajado sin descanso desde el comienzo de los tiempos. Y cuando sus maridos (y ellas mismas) se han jubilado, han seguido cocinando y barriendo y lavando y planchando y cosiendo…Nunca hay jubilación plena para las mujeres, hasta que les sobrevenga la invalidez o la muerte. Llegó un momento en el que las mujeres consiguieron con su esfuerzo salir de la esfera privada de lo doméstico para acceder al trabajo público en empresas, oficinas y ministerios. Y se encontraron con una curiosa y a la vez lacerante situación: hacer dos trabajos en lugar de uno solo. Por eso este día no debería denominarse “de la mujer trabajadora” sino “de la mujer doblemente trabajadora”. No sé dónde he visto una ilustración en la que se manifiesta meridianamente lo que estoy diciendo. Un caballero está sentado en el salón de la casa en un cómodo sofá leyendo el periódico. A su lado, una cartera de ejecutivo y un vasito de cerveza. Por la puerta del salón está entrando una mujer, supuestamente su esposa o compañera. Viste traje de ejecutiva y lleva en las manos una lujosa cartera. El caballero, dirigiéndose a ella, dice: - ¡Por fin! ¿Qué hay para cenar? Los dos han tenido una jornada laboral intensa pero, al llegar a la casa, ella se encuentra con otra jornada suplementaria. Él ha llegado antes y espera sentado el regreso de su esposa. Sé que están cambiando las cosas. Sé que algunos hombres “ayudan”, “echan una mano”, “colaboran” en las tareas domésticas. Pero el trabajo de la casa sigue siendo un trabajo de las mujeres. Ellas se responsabilizan, planifican y realizan las tareas domésticas casi en su totalidad. ¡Qué decir de los hijos! La mujer ha conquistado el mercado laboral, pero no ha abandonado su otro territorio. Un dominio que le es propio y al que se sigue dedicando con abnegación. Hay muchos factores que hacen que las cosas sigan siendo así. Uno radica en los varones, que no acabamos de enterarnos de que la casa es de los dos, que la ropa es de los dos y que la comida es para los dos. Otro reside en la actitud de las mujeres que se sienten responsables de lo que acontece en la casa, en su limpieza y en su orden. Un tercero estriba en los estereotipos sociales que exigen a hombres y mujeres que sigan asumiendo los patrones tradicionales de comportamiento. No es una causa menor el hecho de que los hombres tengamos poco desarrolladas las competencias domésticas Lo hacemos mal. Y ese es el motivo por el que, a veces, las esposas acaban echando de la cocina a sus cónyuges. - Vete de aquí, que es peor que hagas algo. Porque lo tengo que volver a hacer yo. Quiero hacer referencia al terrible peso que todavía tiene el machismo. Esa resistencia zafia a la lógica y a la justicia que ofrecen quienes están anclados en el pasado. Y aquí tengo que incluir a muchos hombres y algunas mujeres que creen que las diferencias están en los genes y que la mujer está hecha para la casa, para la sumisión y para el sacrificio. Todavía hay quien critica al feminismo, todavía hay quien piensa que las cosas estaban bien como estaban. Acabo de leer un insólito libro, un libro reaccionario, que se titula “Las mujeres que no amaban a los hombres” y que se subtitula “El régimen feminista en España”. Un libro que ha escrito Diego de los Santos, Jefe de Sección del Departamento de Cirugía del Hospital Universitario Virgen del Rocío de Sevilla. Un libro que, de forma tramposa, pretende aprovechar el título y la imagen de portada del primer volumen de la trilogía de Stieg Largson “Los hombres que no amaban a las mujeres”. La doble jornada de la mujer se ha convertido en una nueva esclavitud. Como mujer liberada, ella se siente impelida a ejercer su profesión o, sencillamente, a realizar un trabajo fuera del hogar. Como mujer responsable se ve en la necesidad de contribuir al bienestar familiar con otro sueldo (o, a veces, con el único). Como mujer que ha visto trabajar a su madre en las tareas domésticas, se ve impulsada a mantener un hogar acogedor, hermoso y confortable. No hay que olvidar la presión que ejercen las madres (y, sobre todo, los padres) tradicionales sobre sus hijas cuando las visitan o hablan de estas cuestiones. La madre reprocha a la hija que “deje” a su marido hacer la cama, barrer la casa o preparar la cena. Esta doble jornada, esta doble exigencia deja a la mujer sin tiempo y sin descanso. Llega un momento en el que hasta duda si no era mejor la situación anterior en la que disponía de toda la jornada para hacer lo que ahora tiene que llevar a cabo en los ratos que le deja el trabajo exterior o en los fines de semana. Si, además, el sueldo que reciben las mujeres por el mismo trabajo que realizan los hombres llega a ser un treinta por ciento inferior, caeremos en la cuenta de algunas trampas que se esconden detrás de la liberación de la mujer, de algunos tributos que tienen que pagar por alcanzar la igualdad. Que algunos hombres se sientan acomplejados cuando la mujer lleva a la casa un sueldo mayor que el suyo puede enturbiar las relaciones. No lo confesarán abiertamente, pero el resentimiento puede estar ahí, agazapado detrás de las palabras más hermosas y de los hechos más corteses. Hay que estar siempre vigilantes. No es fácil salir bruscamente de una situación pésima a una situación óptima. Las trampas son a veces burdas y a veces sutiles. Las soluciones no avanzan como las balas. Y algunas veces esconden retrocesos inesperados. Están bien las celebraciones, están bien las flores, están bien las felicitaciones, están bien los regalos. Pero no tiene que alejarnos de la cordura y menos de la justicia. Queda mucho camino por recorrer, aunque hayamos dado ya algunos pasos.
March 12 2010, 10:00pm | Comments »
