Es curioso. En dos libros que acabo de leer (los dos del año 2010), he visto reproducida una historia de la que ya conocía una versión peculiar. El primer libro es de José Antonio Marina, afamado filósofo y pedagogo irreductible, que anda empeñado en una imprescindible “movilización educativa”. El libro se titula “La educación del talento”.y es el primero de una serie que constituirá la Biblioteca de la Universidad de Padres (UP) que él mismo ha puesto en marcha. Del segundo es autor Enrique Mariscal, reconocido escritor argentino que ha inundado el mercado con hermosos libros de cuentos. La obra se titula “La magia de la felicidad”. Los dos son prolíficos autores y ambos me honran con su amistad. Esta coincidencia ha sido el revulsivo que me ha llevado a contar a los lectores y lectoras este relato al que alguna vez me he referido en clases y conferencias. Llama la atención que, tratándose en esencia de la misma historia, existan versiones tan dispares. El acervo cultural imprime en cada una matices diferentes de fechas, contextos ,y expresiones aunque mantiene en cada caso el mismo fondo aleccionador. Compartiré con el lector o lectora la versión que no sé por qué camino me había llegado hace ya muchos años. Se estaba construyendo la catedral de Chartres. Los obreros trabajaban afanosamente en las tareas de la costosa y lenta edificación. Un buen día pasó por allí un viandante que se detuvo para observar las obras. El día era en extremo caluroso y, bajo aquel sol de justicia, los obreros trabajaban sudorosos y extenuados. El viandante se dirigió a uno de los trabajadores que, maldiciente y, con el rostro contraído por el esfuerzo y la acritud, levantaba una piedra enorme. - ¿Qué está haciendo, buen hombre?, preguntó el viajero. - Ya lo ve, levantando esta enorme piedra. Con este sol abrasador el trabajo resulta insoportable. Esto no hay quien lo aguante. Un día tras otro. Un mes tras otro. Un año tras otro. Unos días, como éste, con calor, otros con lluvia, muchos con frío. Maldito el día en que me contrataron para este trabajo,. El viandante camina unos pasos y se dirige a otro trabajador que, después de golpear una enorme piedra con el pico, está levantando con gran esfuerzo para colocarla sobre otra. - ¿Qué hace usted, buen hombre?, pregunta al esforzado trabajador. Molesto por la mirada del visitante y malhumorado por el terrible esfuerzo que acaba de realizar, contesta mientras se seca el sudor : - ¿Es que no lo ve? Estoy levantando este interminable muro que, si Dios no lo remedia, acabará conmigo. El viandante avanza un poco más y se encuentra a un tercer trabajador que está realizando una tarea similar a la de los dos anteriores. Está levantando una enorme piedra para colocarla en el lugar adecuado. - ¿Qué está haciendo usted, buen hombre?, pregunta por tercera vez el viandante. El trabajador, sonriente y orgulloso, contesta de manera entusiasta - Estoy construyendo una catedral. Los tres trabajadores estaban haciendo una tarea similar. Una tarea que requería esfuerzo y tesón. Pero la actitud con la que la realizaban era muy diferente. Uno maldecía la tarea. Otro, resignado y miope, realizaba rutinariamente su trabajo a la espera del jornal. El tercero disfrutaba de la tarea imprimiendo a su trabajo un sentido elevado y motivador. Esta leyenda (o cuento, o historia, o metáfora, o parábola…) nos invita a reflexionar sobre el sentido que damos a nuestro trabajo. Pienso en la actitud con la que los profesores y profesoras realizan su trabajo. Pienso en un maestro o maestra que acude a la escuela cada lunes con la actitud de aquel condenado a muerte que caminaba hacia el cadalso un lunes por la mañana, mientras decía: - Mal empiezo la semana. ¿Qué se puede esperar de quien va a la escuela dándose latigazos en la espalda y maldiciendo el día en que abrazó su profesión? Él estará amargado y sus alumnos y alumnas sufrirán las consecuencias de su desgraciada actitud. Otro, resignadamente, arrastra la monotonía de una tarea que considera aburrida y tediosa. Soporta lo que hace, arrastra las horas con dejadez esperando el fin de mes para cobrar el salario. El tercero hace las mismas cosas que los otros, pero no con la misma actitud, no con el miso ánimo, no con la misma pasión. Porque éste sabe imprimir a su trabajo un sentido excelso. Éste sabe que está realizando una tarea que redime a la humanidad de su ignorancia y de su opresión. Éste es consciente de que forma parte de esa legión de maestros y maestras que a lo largo de la historia ha rescatado del cubo de la basura los conceptos de libertad, de dignidad, de solidaridad, de respeto y de compasión. Los tres cobran lo mismo, los tres están trabajando en la misma escuela, con el mismo Ministro, el mismo Consejero, el mismo Inspector, el mismo Director, idénticas condiciones y parecidos alumnos o alumnas. Pero la diferencia entre ellos es abismal, dependiendo de la actitud con la que viven el trabajo. Los obreros de la catedral realizaban idéntico trabajo y hacían un esfuerzo similar, pero su actitud, sus miras, su sentido de la tarea eran muy diferentes. En el caso de los profesores o profesoras las consecuencias de la actitud son todavía mayores porque las piedras no sienten ni padecen, pero los alumnos y alumnas sí,. No es lo mismo trabajar con un profesor ilusionado, entusiasmado, apasionado, feliz que con otro que maldice su profesión y lamenta cada minuto el esfuerzo que realiza. Por la cuenta que les trae a nuestros alumnos y alumnas y por la cuenta que nos trae a nosotros, es muy importante ser conscientes de que esta profesión resulta imprescindible para el desarrollo de las personas y para la mejora de las sociedades,. Dice Herbert Wells que “la historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”. Y nosotros estamos en la educación. ¿Hay quien da más?
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Construir una catedral
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/12/04/construir-una-catedral/
December 3 2010, 10:00pm | Comments »
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Construir una catedral
http://blogs.opinionmalaga.com/eladarve/2010/12/03/construir-una-catedral/
Es curioso. En dos libros que acabo de leer (los dos del año 2010), he visto reproducida una historia de la que ya conocía una versión peculiar. El primer libro es de José Antonio Marina, afamado filósofo y pedagogo irreductible, que anda empeñado en una imprescindible “movilización educativa”. El libro se titula “La educación del talento”.y es el primero de una serie que constituirá la Biblioteca de la Universidad de Padres (UP) que él mismo ha puesto en marcha. Del segundo es autor Enrique Mariscal, reconocido escritor argentino que ha inundado el mercado con hermosos libros de cuentos. La obra se titula “La magia de la felicidad”. Los dos son prolíficos autores y ambos me honran con su amistad. Esta coincidencia ha sido el revulsivo que me ha llevado a contar a los lectores y lectoras este relato al que alguna vez me he referido en clases y conferencias. Llama la atención que, tratándose en esencia de la misma historia, existan versiones tan dispares. El acervo cultural imprime en cada una matices diferentes de fechas, contextos ,y expresiones aunque mantiene en cada caso el mismo fondo aleccionador. Compartiré con el lector o lectora la versión que no sé por qué camino me había llegado hace ya muchos años. Se estaba construyendo la catedral de Chartres. Los obreros trabajaban afanosamente en las tareas de la costosa y lenta edificación. Un buen día pasó por allí un viandante que se detuvo para observar las obras. El día era en extremo caluroso y, bajo aquel sol de justicia, los obreros trabajaban sudorosos y extenuados. El viandante se dirigió a uno de los trabajadores que, maldiciente y, con el rostro contraído por el esfuerzo y la acritud, levantaba una piedra enorme. - ¿Qué está haciendo, buen hombre?, preguntó el viajero. - Ya lo ve, levantando esta enorme piedra. Con este sol abrasador el trabajo resulta insoportable. Esto no hay quien lo aguante. Un día tras otro. Un mes tras otro. Un año tras otro. Unos días, como éste, con calor, otros con lluvia, muchos con frío. Maldito el día en que me contrataron para este trabajo,. El viandante camina unos pasos y se dirige a otro trabajador que, después de golpear una enorme piedra con el pico, está levantando con gran esfuerzo para colocarla sobre otra. - ¿Qué hace usted, buen hombre?, pregunta al esforzado trabajador. Molesto por la mirada del visitante y malhumorado por el terrible esfuerzo que acaba de realizar, contesta mientras se seca el sudor : - ¿Es que no lo ve? Estoy levantando este interminable muro que, si Dios no lo remedia, acabará conmigo. El viandante avanza un poco más y se encuentra a un tercer trabajador que está realizando una tarea similar a la de los dos anteriores. Está levantando una enorme piedra para colocarla en el lugar adecuado. - ¿Qué está haciendo usted, buen hombre?, pregunta por tercera vez el viandante. El trabajador, sonriente y orgulloso, contesta de manera entusiasta - Estoy construyendo una catedral. Los tres trabajadores estaban haciendo una tarea similar. Una tarea que requería esfuerzo y tesón. Pero la actitud con la que la realizaban era muy diferente. Uno maldecía la tarea. Otro, resignado y miope, realizaba rutinariamente su trabajo a la espera del jornal. El tercero disfrutaba de la tarea imprimiendo a su trabajo un sentido elevado y motivador. Esta leyenda (o cuento, o historia, o metáfora, o parábola…) nos invita a reflexionar sobre el sentido que damos a nuestro trabajo. Pienso en la actitud con la que los profesores y profesoras realizan su trabajo. Pienso en un maestro o maestra que acude a la escuela cada lunes con la actitud de aquel condenado a muerte que caminaba hacia el cadalso un lunes por la mañana, mientras decía: - Mal empiezo la semana. ¿Qué se puede esperar de quien va a la escuela dándose latigazos en la espalda y maldiciendo el día en que abrazó su profesión? Él estará amargado y sus alumnos y alumnas sufrirán las consecuencias de su desgraciada actitud. Otro, resignadamente, arrastra la monotonía de una tarea que considera aburrida y tediosa. Soporta lo que hace, arrastra las horas con dejadez esperando el fin de mes para cobrar el salario. El tercero hace las mismas cosas que los otros, pero no con la misma actitud, no con el miso ánimo, no con la misma pasión. Porque éste sabe imprimir a su trabajo un sentido excelso. Éste sabe que está realizando una tarea que redime a la humanidad de su ignorancia y de su opresión. Éste es consciente de que forma parte de esa legión de maestros y maestras que a lo largo de la historia ha rescatado del cubo de la basura los conceptos de libertad, de dignidad, de solidaridad, de respeto y de compasión. Los tres cobran lo mismo, los tres están trabajando en la misma escuela, con el mismo Ministro, el mismo Consejero, el mismo Inspector, el mismo Director, idénticas condiciones y parecidos alumnos o alumnas. Pero la diferencia entre ellos es abismal, dependiendo de la actitud con la que viven el trabajo. Los obreros de la catedral realizaban idéntico trabajo y hacían un esfuerzo similar, pero su actitud, sus miras, su sentido de la tarea eran muy diferentes. En el caso de los profesores o profesoras las consecuencias de la actitud son todavía mayores porque las piedras no sienten ni padecen, pero los alumnos y alumnas sí,. No es lo mismo trabajar con un profesor ilusionado, entusiasmado, apasionado, feliz que con otro que maldice su profesión y lamenta cada minuto el esfuerzo que realiza. Por la cuenta que les trae a nuestros alumnos y alumnas y por la cuenta que nos trae a nosotros, es muy importante ser conscientes de que esta profesión resulta imprescindible para el desarrollo de las personas y para la mejora de las sociedades,. Dice Herbert Wells que “la historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”. Y nosotros estamos en la educación. ¿Hay quien da más?
December 3 2010, 5:57am | Comments »
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Fábula del tonto
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/09/25/fabula-del-tonto/
¿Quién es tonto y quién es listo? ¿Qué es ser inteligente? Binet, que creó el primer test para medir la inteligencia definió así esta capacidad humana: “inteligencia es lo que mide mi test”. Ya hace tiempo que se sabe que ser inteligente no es tener la capacidad de almacenar muchos conocimientos abstractos o de memorizar los textos más largos y complejos. Ya hace mucho que se descubrió que hay inteligencias múltiples, que la inteligencia puede desarrollarse, que depende del contexto y que tiene que ver con la forma de vida. ¿Es inteligente la persona que no sabe relacionarse, que vive desgraciadamente, que no sabe aceptarse a sí mima, aunque haya alcanzado el máximo nivel académico en la mejor Universidad del mundo? Es inteligente aquella persona que sabe vivir dignamente y que es capaz de situarse de forma razonable en el mundo. Fracasa la inteligencia, dice José Antonio Marina en su preciso libro “La inteligencia fracasada”, cuando nos convertimos en seres desgraciados. Repito: ¿quién es tonto y quién es inteligente? Una querida amiga me envía un aleccionador relato sobre la cuestión. Se titula “Fábula del tonto”. Dice así: Se cuenta que en una lugar del interior un grupo de personas se divertían con el tonto del pueblo, un pobre infeliz de poca inteligencia que vivía haciendo pequeños recados y recibiendo limosnas. Diariamente algunos hombres llamaban al tonto al bar donde se reunían y le ofrecían escoger entre dos monedas: una grande de 50 céntimos y otra más pequeña, pero de 1 peso. Él siempre tomaba la más grande y menos valiosa, lo que era motivo de risas para todos. Le dejaban llevarse la moneda de 50 céntimos mientras le miraban burlonamente. Un día alguien que observaba al grupo divertirse con el inocente hombre le llamó aparte y le preguntó si todavía no había percibido que la moneda de mayor tamaño valía menos y éste le respondió: - Lo sé, señor, no soy tan tonto, vale la mitad, pero el día que escoja la otra, el juego se acabará y no volveré a ganar mi moneda. Esta historia podría concluir aquí, como un simple chiste, pero de ella se pueden extraer varias conclusiones. Quien parece tonto, no siempre lo es. Los verdaderos tontos de esta historia son los que quieren aparecer como inteligentes. Una ambición desmedida puede acabar cortando la fuente de ingresos. Podemos estar bien, aun cuando los otros no tengan buena opinión de nosotros. Por lo tanto, lo que importa no es lo que piensen los demás de nosotros sino lo que pensamos de nosotros mismos. Y, sobre todo, el verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser tonto delante de un tonto que aparenta ser inteligente. Como decía, esta fábula es aleccionadora, como suelen serlo las fábulas. Y centra la atención en lo que es inteligencia y estupidez. Cuestión de gran interés que tendría que plantear casi obsesivamente la educación. ¿Cómo desarrollar la inteligencia? ¿Cómo no caer en la estupidez? Quien se amarga la existencia de manera creciente y profunda, ¿es una persona inteligente? ¿Por qué consideramos inteligentes a las personas que escriben libros o saben muchas cosas, si no fuesen capaces de entender la vida, de comprender al prójimo y de aceptarse a sí mimas? Hay quien se considera inteligente porque sabe engañar, porque sabe explotar a los otros, porque es capaz de vivir sin dar golpe, porque es capaz de hacer dinero fácilmente, porque se aprovecha de todo y de todos… Hay quien considera tonto a quien ayuda, a quien paga sus impuestos, a quien cumple las leyes, a quien respeta al prójimo, a quien trabaja, a quien se esfuerza… Cuando pensamos así, nos instalamos en una gran equivocación. Se suele pensar que es inteligente el pícaro, el descarado, el aprovechado. Alguna vez he contado que un anciano que acudió a las oficinas del censo en la ciudad argentina de Santiago del Estero fue preguntado por el funcionario de turno: - ¿Cuántos hijos tiene usted? - Cinco, respondió. - ¿Todos vivos?, inquirió el funcionario. - No. Dos trabajan, contestó con plena convicción el anciano. La contestación dejó meridianamente claro cuál era su visión de la inteligencia. Ser inteligente es vivir del cuento, ser inteligente es vivir sin dar golpe, ser inteligente es vivir a costa de los demás. El fracaso de la inteligencia es la desgracia, es la infelicidad, es la maldad. El fin más importante de la educación debería ser enseñar a ser felices. “La inteligencia fracasa, dice Marina en el libro citado, cuando se equivoca en la elección de marco. El marco de superior jerarquía para el individuo es su felicidad. Es un fracaso de la inteligencia aquello que lo aparte o le impida conseguir la felicidad”. Está visto que hay quien sitúa el marco en otras esferas: en el dinero, en el poder, en la fama, en el alcohol, en la droga. Está claro que no constituyen en sí mismos un verdadero y sostenible marco de felicidad. Lo que digo para los individuos lo aplico también a las sociedades. ¿Cuándo nos comportamos de manera inteligente como ciudadanos y ciudadanas? Cuando contribuimos a crear y a mantener una comunidad justa, solidaria, compasiva y, en definitiva, feliz. Si cada vez fuésemos más prósperos y más infelices habría que pensar si no estaríamos instalados en la estupidez. Vuelvo de nuevo al libro de Marina: “Son inteligentes las sociedades justas. Y estúpidas las injustas. Puesto que la inteligencia tiene como meta la felicidad privada y pública, todo fracaso de la inteligencia entraña desdicha. La desdicha privada es el dolor. La desdicha pública es el mal, es decir, la injusticia”. Son enemigos de la inteligencia el pesimismo, la pereza, el fanatismo, el desamor, el odio, la injusticia, las diversas adicciones, la sumisión, la cobardía, el fatalismo, la rutina que conduce al conformismo… Esos poderosos enemigos acaban derrotando a la inteligencia. Pero pienso que hemos de mantener el optimismo respecto a la capacidad (individual y colectiva) que tiene el ser humano de aprender, de mejorar, de construir una sociedad mejor. El optimismo es la gran condición que nos pone en el camino de la inteligencia.
September 24 2010, 11:00pm | Comments »
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La niña y el cigarrillo
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/07/03/la-nina-y-el-cigarrillo/
He leído un libro polémico. O eso pienso. Se titula “La niña y el cigarrillo”. Su autor es Benoît Duteurtre, novelista, ensayista y crítico musical. Es dueño de una prosa clara, en absoluto preciosista. Sus novelas (hasta el momento diecinueve) contemplan la sociedad contemporánea con una mirada irónica que suscitan, a la vez, polémica y admiración. El libro que me ocupa está bien escrito (y bien traducido), pero la tesis es, a mi juicio, más que discutible. El autor viene a sostener que los niños y niñas de hoy son depositarios de muchos derechos y que los adultos van viendo paulatinamente recortados los suyos. Y pone como ejemplo el derecho de fumar. La historia no tiene desperdicio. El protagonista, hombre muy aficionado al tabaco y muy desafecto respecto a los niños y niñas (le molestan allí donde se encuentren), se ve constreñido a fumar en los servicios de su lugar de trabajo. Para hacerlo con tranquilidad, se baja los pantalones y, en calzoncillos, se sienta sobre la taza. Lleva un destornillador para abrir la ventana y que el humo no le delate. Un buen día que se había dejado sin echar el pestillo, una niña de cinco años abre la puerta y sorprende a nuestro personaje fumando. - ¿Por qué tienes bajados los pantalones y no los calzoncillos?, pregunta la niña. - He dicho que salgas. - Pero ella le corrige con su vocecilla infantil: - ¡Aquí no se puede fumar! ¡Es por la salud de los niños! El la echa con cajas destempladas, blandiendo el destornillador: - ¡Que te vayas, pedazo de tonta!, son sus palabras exactas. A partir de este hecho en apariencia inocuo se desencadena una pesadilla horrible. La niña acusa al hombre de amenazas y de abusos. Como, al parecer, no se puede poner en tela de juicio el testimonio de una niña, ya que siempre dice la verdad, la bola se va haciendo cada vez más grande. Sucesivas y terribles tergiversaciones de los hechos (policía, abogados, jueces…) llevan al personaje de la novela a pasar por un tremendo calvario. Las cosas se van complicando de tal manera que el desenlace de la obra (que no quiero descubrir del todo) no puede ser más fatal. Me ha gustado el libro, pero no la tesis que defiende: nos hemos pasado concediendo derechos a los niños y a las niñas. En un pasaje de la obra dice Duteurtre: “La edad adulta era nuestro horizonte y nuestro ideal. La infancia estaba sometida a reglas ingratas; durante esos años, demasiado largos, vivíamos como esclavos en espera de la libertad”. Lo que viene a decir el autor con esta novela es que ahora los esclavos son los adultos y a quienes se procura una total libertad (inmerecida, desde luego) es a los niños y a las niñas. Hace precisamente unas semanas compartí en Granada con Francesco Tonucci una experiencia de formación y reflexión en una Asociación Pedagógica que, felizmente, lleva su nombre. El eje de la preocupación eran la escuela y la infancia. Como no podía ser de otro moldo los niños y las niñas tuvieron un lugar de privilegio. Nos presentaron a los conferenciantes, preguntaron cosas sugerentes e hicieron propuestas muy lúcidas. El querido y admirado pedagogo italiano, al que se ha dado en llamar niñólogo por su apasionada defensa de los niños y de las niñas, llegó a decir que las escuelas son ilegales porque incumplen leyes que obligan a pedir opinión a los niños en aquellos asuntos que les conciernen. Y por eso habría que cerrarlas. Hablaba del artículo 12 de la Convención que dice “Los Estados Partes garantizarán al niño que esté en condiciones de formarse un juicio propio, el derecho de expresar su opinión libremente en todos los asuntos que afecten al niño, teniéndose debidamente en cuenta las opiniones del niño, en función de la edad y madurez…”. Al autor de esta novela no le gusta esta tesis. Pero yo creo que es extremadamente justa. Porque los niños y las niñas tienen la indiscutible condición de personas y se encuentran en una posición de fragilidad social, física, psicológica, económica e institucional que debe ser protegida. Pasaron los siglos en que el filicidio estaba permitido y en los que el maltrato era una práctica común. Aún existen muchos niños explotados en trabajos inhumanos, maltratados y castigados sin piedad. El pedagogo francés Philippe Meirieu acaba de publicar un hermoso libro que se titula “Una llamada de atención. Carta a los mayores sobre los niños de hoy”. Y habla de esta cuestión en el capítulo 3 que tiene este significativo título: “Los derechos del niño: ¿impostura o exigencia?”. Meirieu adopta, como se ve, una postura interrogativa sobre esta espinosa cuestión. Dice que “la necesaria división entre el adulto –ciudadano de derecho- y el niño –ciudadano en formación- no anula, antes bien cimenta la necesidad de formar al ciudadano, lo que vale para todos los niños y desde la más tierna infancia. Porque existe una frontera que hay que aprender a cruzar”. Lo que plantea este lúcido profesor de la Universidad Lumière-Lyon 2 es que mientras el niño está en etapa de formación no es ciudadano de pleno derecho. “Antes de acceder a la mayoría de edad civil, no es un sujeto de derecho en el sentido estricto del término”. Por eso, dice que “escucharlo es reconocer su derecho a expresarse al tiempo que nos reservamos el derecho a decidir”. Nos encontramos ante una cuestión delicada. Me sumo a la postura de Tonucci, aunque comparto algunos interrogantes de Meirieu. La educación tiene, pues, un determinante papel en la formación del ciudadano. Eso quiere decir que los niños y las niñas no sólo tienen derechos. Tienen también obligaciones y, en la medida de su responsabilidad, debe exigírseles que las cumplan. Eso es la educación.
July 2 2010, 11:00pm | Comments »
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Ladrones de sueños
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/15/ladrones-de-suenos/
Hace unos días, mi compañera y amiga Juana María Sancho, catedrática de la Universidad de Barcelona, me contaba la tremenda impresión que le produjo, en su etapa de maestra, una observación que vio en la ficha de uno de sus alumnos (dudo ahora si se trataba de un niño o de una niña). Cuando se describía la inteligencia de esa persona, el psicólogo (o psicóloga, tampoco lo sé) de la institución había escrito una sola palabra: NULA. Me costaba creerlo, pero ella me persuadió de la verdad cuando me dijo que esa anotación no sólo le había producido consternación sino que le había hecho derramar alguna lágrima. ¿Cómo se puede decir de alguien que tiene una inteligencia nula? ¿Nula? Inteligencia nula tienen las piedras, pero una persona no puede tener inteligencia nula. ¿Desde qué tipo de diagnóstico se puede llegar a esa conclusión? Hablamos largamente sobre esa tremenda responsabilidad que los educadores tenemos en las manos. La responsabilidad de estimular, de ayudar, de impulsar… pero también la de hundir, de aplastar, de bloquear… Desde esa valoración se puede comprender fácilmente la actitud educativa (o, mejor dicho, deseducativa) que la inspira: desesperanza, abandono y fatalismo. Para concluir, cuando el estrepitoso fracaso se produzca, que “eso estaba cantado”, “que ya se veía venir”, “que era imposible esperar otro resultado”. Le dije a Juana María que esa actitud negativa me preocupaba hondamente e, incluso, le prometí convertir su pequeña anécdota en el presente artículo. Quiero aportar, para insistir en esta cuestión una pequeña historia que acabo de leer en el libro “¿Por qué caminar si quieres volar?, escrito por Isha, del que ya he tomado alguna otra. Había una vez un joven cuyo padre era un pobre entrenador de caballos que si bien disfrutaba de su trabajo apenas ganaba suficiente dinero para mantener a su familia. Un día al niño le asignaron en la escuela la tarea de escribir sobre lo que le gustaría ser cuando fuera mayor. Esa noche, muy emocionado, escribió un ensayo de siete páginas describiendo su sueño de ser, algún día, dueño de una caballeriza para así criar a sus caballos. Escribió su ensayo con mucho cuidado y atención a los detalles. Incluso dibujó un plano de la tierra y la casa que soñaba poseer. Puso todo su corazón en ese proyecto. Al día siguiente le entregó su proyecto a su profesor. Cuando lo recibió de vuelta había sido calificado con una E (error), y su profesor había escrito en la parte superior del ensayo, en letras rojas: “Véame después de la clase”. El joven se quedó después de que el timbre de salida hubiera sonado y le preguntó a su profesor: ¿Por qué me ha calificado el trajo con una E? El profesor le dijo: “Para eso te he llamado. Para explicarte la calificación. Tu ensayo describe un futuro irreal para un joven como tú. No tienes dinero y tu familia es pobre. No tienes recursos para comprar tu propia caballeriza. Tendrías que comprar la tierra, los caballos y todos los recursos necesarios y, además, tendrías que pagar los costos del mantenimiento, No hay forma de que puedas lograr eso”. El joven fue a casa y lo pensó durante largo rato. Incluso le preguntó a su padre qué debería hacer. Su padre le respondió: “Mira, hijo, tienes que decidir por ti mismo. Esa es una decisión importante, y no puedo tomarla por ti”. Después de considerarlo durante todo un día, el chico entregó el ensayo a su profesor sin ningún cambio, y le dijo: “Usted puede mantener su mala calificación. Yo voy a mantener mi sueño” Pasaron lo años. Un día el profesor, ahora próximo a la jubilación, llevó a un grupo de niños a visitar una famosa caballeriza que criaba algunos de los caballos más espectaculares del país. Y se asombró cuando reconoció al dueño. Se dio cuenta de que era el mismo joven al que había calificado el trabajo con una E.. Antes de marcharse, el viejo profesor le dijo al dueño de la caballeriza: “Cuando era tu profesor, hace muchos años, yo era un ladrón de sueños. Durante años le robé los sueños a los niños. Afortunadamente tú te las arreglaste para mantener el tuyo”. No parece justo que quien está pagado para ayudar a crecer emplee su posición y su fuerza en destruir los sueños, en mermar las esperanzas, en destrozar las ilusiones. ¿Cuántas veces nos hemos equivocado en los vaticinios? Y, sobre todo, ¿cuántas veces hemos convertido esas profecías en hechos que las han confirmado? El profesor de nuestra historia acabó reconociendo, aunque tarde, su tremendo error y, humildemente se confiesa un ladrón de sueños. Eso le honra. Qué hermosa tarea la de generar sueños, impulsarlos, mantenerlos y potenciarlos. A riesgo de que alguna vez no se cumplan, de que se produzcan algunas frustraciones. Habrá que ayudar también s superar esas decepciones, nacidas algunas veces de las adversidades de la vida y otras de la insuficiencias de nuestro empeño. Habrá que enseñar también que los sueños se construyen con esfuerzo, con fe y con una inquebrantable constancia. Porque alcanzar un sueño no es un regalo de los dioses sino el fruto de una fortaleza y de una una ilusión contrastadas. Quiero pensar que los educadores somos creadores de sueños y no ladrones que se aprovechan de su situación privilegiada para arrebatar los que comienzan a formarse en el corazón y en la mente de sus alumnos y alumnas.
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May 14 2010, 11:00pm | Comments »
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Ladrones de sueños
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/05/14/ladrones-de-suenos/
Hace unos días, mi compañera y amiga Juana María Sancho, catedrática de la Universidad de Barcelona, me contaba la tremenda impresión que le produjo, en su etapa de maestra, una observación que vio en la ficha de uno de sus alumnos (dudo ahora si se trataba de un niño o de una niña). Cuando se describía la inteligencia de esa persona, el psicólogo (o psicóloga, tampoco lo sé) de la institución había escrito una sola palabra: NULA. Me costaba creerlo, pero ella me persuadió de la verdad cuando me dijo que esa anotación no sólo le había producido consternación sino que le había hecho derramar alguna lágrima. ¿Cómo se puede decir de alguien que tiene una inteligencia nula? ¿Nula? Inteligencia nula tienen las piedras, pero una persona no puede tener inteligencia nula. ¿Desde qué tipo de diagnóstico se puede llegar a esa conclusión? Hablamos largamente sobre esa tremenda responsabilidad que los educadores tenemos en las manos. La responsabilidad de estimular, de ayudar, de impulsar… pero también la de hundir, de aplastar, de bloquear… Desde esa valoración se puede comprender fácilmente la actitud educativa (o, mejor dicho, deseducativa) que la inspira: desesperanza, abandono y fatalismo. Para concluir, cuando el estrepitoso fracaso se produzca, que “eso estaba cantado”, “que ya se veía venir”, “que era imposible esperar otro resultado”. Le dije a Juana María que esa actitud negativa me preocupaba hondamente e, incluso, le prometí convertir su pequeña anécdota en el presente artículo. Quiero aportar, para insistir en esta cuestión una pequeña historia que acabo de leer en el libro “¿Por qué caminar si quieres volar?, escrito por Isha, del que ya he tomado alguna otra. Había una vez un joven cuyo padre era un pobre entrenador de caballos que si bien disfrutaba de su trabajo apenas ganaba suficiente dinero para mantener a su familia. Un día al niño le asignaron en la escuela la tarea de escribir sobre lo que le gustaría ser cuando fuera mayor. Esa noche, muy emocionado, escribió un ensayo de siete páginas describiendo su sueño de ser, algún día, dueño de una caballeriza para así criar a sus caballos. Escribió su ensayo con mucho cuidado y atención a los detalles. Incluso dibujó un plano de la tierra y la casa que soñaba poseer. Puso todo su corazón en ese proyecto. Al día siguiente le entregó su proyecto a su profesor. Cuando lo recibió de vuelta había sido calificado con una E (error), y su profesor había escrito en la parte superior del ensayo, en letras rojas: “Véame después de la clase”. El joven se quedó después de que el timbre de salida hubiera sonado y le preguntó a su profesor: ¿Por qué me ha calificado el trajo con una E? El profesor le dijo: “Para eso te he llamado. Para explicarte la calificación. Tu ensayo describe un futuro irreal para un joven como tú. No tienes dinero y tu familia es pobre. No tienes recursos para comprar tu propia caballeriza. Tendrías que comprar la tierra, los caballos y todos los recursos necesarios y, además, tendrías que pagar los costos del mantenimiento, No hay forma de que puedas lograr eso”. El joven fue a casa y lo pensó durante largo rato. Incluso le preguntó a su padre qué debería hacer. Su padre le respondió: “Mira, hijo, tienes que decidir por ti mismo. Esa es una decisión importante, y no puedo tomarla por ti”. Después de considerarlo durante todo un día, el chico entregó el ensayo a su profesor sin ningún cambio, y le dijo: “Usted puede mantener su mala calificación. Yo voy a mantener mi sueño” Pasaron lo años. Un día el profesor, ahora próximo a la jubilación, llevó a un grupo de niños a visitar una famosa caballeriza que criaba algunos de los caballos más espectaculares del país. Y se asombró cuando reconoció al dueño. Se dio cuenta de que era el mismo joven al que había calificado el trabajo con una E.. Antes de marcharse, el viejo profesor le dijo al dueño de la caballeriza: “Cuando era tu profesor, hace muchos años, yo era un ladrón de sueños. Durante años le robé los sueños a los niños. Afortunadamente tú te las arreglaste para mantener el tuyo”. No parece justo que quien está pagado para ayudar a crecer emplee su posición y su fuerza en destruir los sueños, en mermar las esperanzas, en destrozar las ilusiones. ¿Cuántas veces nos hemos equivocado en los vaticinios? Y, sobre todo, ¿cuántas veces hemos convertido esas profecías en hechos que las han confirmado? El profesor de nuestra historia acabó reconociendo, aunque tarde, su tremendo error y, humildemente se confiesa un ladrón de sueños. Eso le honra. Qué hermosa tarea la de generar sueños, impulsarlos, mantenerlos y potenciarlos. A riesgo de que alguna vez no se cumplan, de que se produzcan algunas frustraciones. Habrá que ayudar también s superar esas decepciones, nacidas algunas veces de las adversidades de la vida y otras de la insuficiencias de nuestro empeño. Habrá que enseñar también que los sueños se construyen con esfuerzo, con fe y con una inquebrantable constancia. Porque alcanzar un sueño no es un regalo de los dioses sino el fruto de una fortaleza y de una una ilusión contrastadas. Quiero pensar que los educadores somos creadores de sueños y no ladrones que se aprovechan de su situación privilegiada para arrebatar los que comienzan a formarse en el corazón y en la mente de sus alumnos y alumnas.
May 14 2010, 3:07am | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Un faro con escasa luz
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/04/17/un-faro-con-escasa-luz/
El poeta y escritor inglés John Edward Masefield, fallecido en 1967, escribió hace ya muchos años, creo que fue en 1942, un texto sobre la Universidad que me gusta recordar y que quiero compartir contigo, querido lector, que has tenido la amabilidad de dedicarme estos minutos. Dice así: “Existen pocas cosas terrenales más bellas que una Universidad. Es un lugar donde aquellos que odian la ignorancia pueden esforzarse por saber, donde aquellos que perciben la verdad pueden esforzarse en que otros la vean, donde los buscadores y estudiosos, asociados en la búsqueda del conocimiento, honrarán el pensamiento en todas sus más delicadas formas, acogerán a los pensadores en peligro o el exilio, defenderán siempre la dignidad del pensamiento y del aprendizaje y exigirán valores morales a las cosas. Ellos dan a los jóvenes esa íntima camaradería que los jóvenes anhelan, y esa oportunidad de discusión infinita sobre temas que son infinitos, sin los cuales la juventud parecería una pérdida de tiempo. Existen pocas cosas más perdurables que una Universidad”. Hermoso texto. Aunque creo que entre lo que dice y la realidad, media hoy una gran distancia. Me preocupa comparar lo que debería ser y lo que cada día es la Universidad. Pienso que debería ser un faro que orientase en la noche de esta cultura neoliberal que nos invade, en la niebla de esta sociedad llena de tantas informaciones adulteradas por intereses comerciales, políticos y religiosos. Debería ser, pienso, el faro que permitiese orientarse en noches de tormenta, en días de escasa visibilidad, como los de hoy. Me temo que ese hipotético faro tenga hoy escasa luz. Y que ni siquiera esté bien orientado hacia la sociedad. En parte porque se han instalado en la Universidad algunas rutinas que afectan al entramado de una perversa micropolítica (selección endogámica, políticas pervertidas de evaluación, acomodación al funcionariado, intrigas mezquinas, escaso o nulo control democrático, cicatera financiación, masificación del alumnado, ensimismamiento…), en parte porque los profesionales que trabajamos en ella estamos poco preocupados por superar el individualismo, la mediocridad, la rutina, la comodidad y la obsesión por la meritocrática… El llamado Plan Bolonia, que pretendía ser una ocasión de transformación metodológica, de homogeneización con otras Universidades europeas y de racionalización del currículo, se está convirtiendo en un trampa ya que se pretende hacer los cambios con coste cero. Es decir que se está queriendo fabricar toneladas de nieve frita. ¿Cómo mejorar la calidad didáctica si no se reduce el número de alumnos por aula? ¿Cómo mejorar la calidad de la enseñanza si no se cuenta con el número necesario de profesores y profesoras? ¿Cómo mejorar el trabajo sin presupuestos que permitan disponer de los medios y espacios necesarios? ¿Cómo hacer mejor la tarea docente sin mejorar en algo al menos la capacitación pedagógica del profesorado? La obsesión meritocrática aleja de las preocupaciones por mejorar la docencia ya que no se evalúa ni se tiene en cuenta la valoración que de ella hacen los alumnos y alumnas. Sin embargo, los mecanismos para evaluar la investigación son cada día más rigurosos y exigentes. De ahí que, con ese modo de proceder, se esté castigando la docencia. Desde mi punto de vista la falta de preparación didáctica del profesorado es nuestra lacra más importante. He definido, no sin sarcasmo, la enseñanza universitaria como un proceso mediante el cual lo que está escrito en los papeles de los profesores pasa a los papeles de los alumnos sin pasar por la cabeza de ninguno de los dos. Sé que hay profesores y profesoras extraordinarios. Auténticos maestros. Mi respeto y mi admiración para ellos. Sobre estos magníficos profesionales escribió Ken Bain un hermoso libro titulado “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”. Pero sé también que la mayoría tenemos muchas cosas que mejorar. Otro pilar de la buena enseñanza y del buen aprendizaje es la calidad del trabajo del alumnado. No habrá buena enseñanza si no hay buenos aprendices. Si lo que les importa es aprobar al menor costo, si la obsesión es conseguir la mejor calificación con el menor esfuerzo, será muy difícil que exista calidad en la enseñanza universitaria. Hace unos años comencé la clase pidiendo a mis alumnos y alumnas que expresaraan en unas cuartillas cómo les defraudaría yo como profesor. Les dije que estudiaría sus demandas y que las discutiría con ellos. Podría muy bien suceder, les dije, que no quisiese satisfacer algunas de sus expectativas. Por ejemplo, si me pidiesen que no hubiese exigencia, que diese igual saber que no saber con tal de aprobar, que diese igual esforzarse que no, que se lo diese todo hecho… Y yo les escribí a ellos cómo me defraudarían como alumnos y alumnas. Les decía que me defraudarían si les viese más obsesionados por la calificación que por el aprendizaje, si les viese competir en lugar de ayudarse, si les viese desinteresados por saber, si no aportasen lo que ellos sabían, si no fuesen trabajadores y exigentes, si no se atrevieran a hacer preguntas, si se entregasen a la ley del mínimo esfuerzo, si hicieran trampas para aprobar.. Uno de ellos levantó la mano para decir que cuando había plazas de profesores en el Facultad se miraba el expediente y no la ilusión, la bondad o el esfuerzo. Estuve de acuerdo y les propuse hacer una comisión mixta en la que estuvieran ellos y yo para responder a esta pregunta: ¿Cómo nos defrauda el sistema a los dos? Así lo hicimos y así lo escribimos. Es muy importante que profesores y alumnos trabajemos como aliados y no como enemigos. En el fondo (y en la superficie) a los dos nos preocupa un fin común que es el aprendizaje. Y la mejora de la sociedad a través de la formación de ciudadanos inteligentes, críticos y comprometidos con los valores de una sociedad democrática.
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April 16 2010, 11:00pm | Comments »
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João Marques passando os olhos por... blog.laopiniondemalaga.es
Un faro con escasa luz
http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/04/16/un-faro-con-escasa-luz/
El poeta y escritor inglés John Edward Masefield, fallecido en 1967, escribió hace ya muchos años, creo que fue en 1942, un texto sobre la Universidad que me gusta recordar y que quiero compartir contigo, querido lector, que has tenido la amabilidad de dedicarme estos minutos. Dice así: “Existen pocas cosas terrenales más bellas que una Universidad. Es un lugar donde aquellos que odian la ignorancia pueden esforzarse por saber, donde aquellos que perciben la verdad pueden esforzarse en que otros la vean, donde los buscadores y estudiosos, asociados en la búsqueda del conocimiento, honrarán el pensamiento en todas sus más delicadas formas, acogerán a los pensadores en peligro o el exilio, defenderán siempre la dignidad del pensamiento y del aprendizaje y exigirán valores morales a las cosas. Ellos dan a los jóvenes esa íntima camaradería que los jóvenes anhelan, y esa oportunidad de discusión infinita sobre temas que son infinitos, sin los cuales la juventud parecería una pérdida de tiempo. Existen pocas cosas más perdurables que una Universidad”. Hermoso texto. Aunque creo que entre lo que dice y la realidad, media hoy una gran distancia. Me preocupa comparar lo que debería ser y lo que cada día es la Universidad. Pienso que debería ser un faro que orientase en la noche de esta cultura neoliberal que nos invade, en la niebla de esta sociedad llena de tantas informaciones adulteradas por intereses comerciales, políticos y religiosos. Debería ser, pienso, el faro que permitiese orientarse en noches de tormenta, en días de escasa visibilidad, como los de hoy. Me temo que ese hipotético faro tenga hoy escasa luz. Y que ni siquiera esté bien orientado hacia la sociedad. En parte porque se han instalado en la Universidad algunas rutinas que afectan al entramado de una perversa micropolítica (selección endogámica, políticas pervertidas de evaluación, acomodación al funcionariado, intrigas mezquinas, escaso o nulo control democrático, cicatera financiación, masificación del alumnado, ensimismamiento…), en parte porque los profesionales que trabajamos en ella estamos poco preocupados por superar el individualismo, la mediocridad, la rutina, la comodidad y la obsesión por la meritocrática… El llamado Plan Bolonia, que pretendía ser una ocasión de transformación metodológica, de homogeneización con otras Universidades europeas y de racionalización del currículo, se está convirtiendo en un trampa ya que se pretende hacer los cambios con coste cero. Es decir que se está queriendo fabricar toneladas de nieve frita. ¿Cómo mejorar la calidad didáctica si no se reduce el número de alumnos por aula? ¿Cómo mejorar la calidad de la enseñanza si no se cuenta con el número necesario de profesores y profesoras? ¿Cómo mejorar el trabajo sin presupuestos que permitan disponer de los medios y espacios necesarios? ¿Cómo hacer mejor la tarea docente sin mejorar en algo al menos la capacitación pedagógica del profesorado? La obsesión meritocrática aleja de las preocupaciones por mejorar la docencia ya que no se evalúa ni se tiene en cuenta la valoración que de ella hacen los alumnos y alumnas. Sin embargo, los mecanismos para evaluar la investigación son cada día más rigurosos y exigentes. De ahí que, con ese modo de proceder, se esté castigando la docencia. Desde mi punto de vista la falta de preparación didáctica del profesorado es nuestra lacra más importante. He definido, no sin sarcasmo, la enseñanza universitaria como un proceso mediante el cual lo que está escrito en los papeles de los profesores pasa a los papeles de los alumnos sin pasar por la cabeza de ninguno de los dos. Sé que hay profesores y profesoras extraordinarios. Auténticos maestros. Mi respeto y mi admiración para ellos. Sobre estos magníficos profesionales escribió Ken Bain un hermoso libro titulado “Lo que hacen los mejores profesores universitarios”. Pero sé también que la mayoría tenemos muchas cosas que mejorar. Otro pilar de la buena enseñanza y del buen aprendizaje es la calidad del trabajo del alumnado. No habrá buena enseñanza si no hay buenos aprendices. Si lo que les importa es aprobar al menor costo, si la obsesión es conseguir la mejor calificación con el menor esfuerzo, será muy difícil que exista calidad en la enseñanza universitaria. Hace unos años comencé la clase pidiendo a mis alumnos y alumnas que expresaraan en unas cuartillas cómo les defraudaría yo como profesor. Les dije que estudiaría sus demandas y que las discutiría con ellos. Podría muy bien suceder, les dije, que no quisiese satisfacer algunas de sus expectativas. Por ejemplo, si me pidiesen que no hubiese exigencia, que diese igual saber que no saber con tal de aprobar, que diese igual esforzarse que no, que se lo diese todo hecho… Y yo les escribí a ellos cómo me defraudarían como alumnos y alumnas. Les decía que me defraudarían si les viese más obsesionados por la calificación que por el aprendizaje, si les viese competir en lugar de ayudarse, si les viese desinteresados por saber, si no aportasen lo que ellos sabían, si no fuesen trabajadores y exigentes, si no se atrevieran a hacer preguntas, si se entregasen a la ley del mínimo esfuerzo, si hicieran trampas para aprobar.. Uno de ellos levantó la mano para decir que cuando había plazas de profesores en el Facultad se miraba el expediente y no la ilusión, la bondad o el esfuerzo. Estuve de acuerdo y les propuse hacer una comisión mixta en la que estuvieran ellos y yo para responder a esta pregunta: ¿Cómo nos defrauda el sistema a los dos? Así lo hicimos y así lo escribimos. Es muy importante que profesores y alumnos trabajemos como aliados y no como enemigos. En el fondo (y en la superficie) a los dos nos preocupa un fin común que es el aprendizaje. Y la mejora de la sociedad a través de la formación de ciudadanos inteligentes, críticos y comprometidos con los valores de una sociedad democrática.
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April 16 2010, 2:37pm | Comments »
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