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Las ratas chinas

http://blogs.laopiniondemalaga.es/eladarve/2010/07/17/las-ratas-chinas/

A veces es peor el remedio que la enfermedad. A veces se toman decisiones con la mejor intención y sucede que no sólo resultan inútiles sino que se convierten en contraproducentes. Damos por hecho que, por tener el buen deseo de haber hecho bien las cosas, los resultados van a ser los esperados. En todos los ámbitos de la vida, después de hacer un diagnóstico más o menos riguroso de la situación, tomamos decisiones que consideramos justas y racionales y que luego nos olvidamos de evaluar. Damos por hecho que el buen criterio o la buena voluntad resultarán suficientes. No siempre es así. Los hechos, que son muy tozudos, dicen luego si la decisión fue acertada o equivocada, eficaz o perniciosa. Por eso es necesario analizar, a corto y largo plazo, las consecuencias de las decisiones. Cuentan que en China se produjo una enorme invasión de ratas. La alarma se hizo mayor al saber que las ratas eran portadoras de una terrible epidemia. La proliferación fue tan grande que el gobierno decidió tomar cartas en el asunto y preparó rápidamente un decreto con la intención de acabar cuanto antes con la plaga. En él se anunció que se premiaría con una cantidad de dinero a todos los que se presentasen en el Ayuntamiento mostrando una rata muerta. Los empleados las recogerían y las quemarían para acabar con el problema. El dinero por cada rata muerta era tan abundante que las ratas, de entes amenazadores y repungantes, se convirtieron en bienes preciados, de manera que las personas las buscaban y las sacrificaban sin descanso. ¿Qué sucedió? Que los chinos descubrieron muy pronto que la cantidad de dinero percibida por las ratas capturadas y entregadas al Ayuntamiento era tan suculenta que decidieron dejar de plantar arroz y ponerse a criar ratas. El problema no se hizo esperar. Faltaban alimentos. Tenían mucho dinero, pero era un dinero que no les permitía satisfacer sus necesidades más perentorias. La medida parecía lógica, pero la realidad torció la intención del legislador. La pretensión de acabar con las ratas se convirtió en el principal modo de multiplicarlas. Si se hubiesen quedado tan tranquilos, sin ver cómo evolucionaba la realidad, hubieran sufrido graves consecuencias. Hay que estar atentos, pues, a la realidad. Hay que analizar qué es lo que puede cambiar la intención de quien decide. Intereses de otras personas se interponen, a veces, en la puesta en acción de una medida cargada de bondad y de lógica. Otras veces es la aparición de nuevas e inesperadas circunstancias lo que acaba pervirtiendo la voluntad benéfica de quien decide. Quizás, en algunas ocasiones, sea un malhadado azar. (Doy por supuesto en este caso que se ha hecho un diagnóstico riguroso y que se ha tomado la decisión de manera bienintencionada e inteligente. Ya sé que hay casos en que no es así). Me centraré en el campo educativo que es el que más me interesa y me preocupa. Y pondré algunos ejemplos tomados de manera escalonada, de lo más general a lo más particular. Pienso en las grandes reformas del sistema educativo. Algunas están inspiradas en la democratización, en la justicia y en la equidad. En definitiva, en el deseo de corregir, cuando no de eliminar, las desigualdades existentes. Pero luego viene la realidad con su pertinaz desarrollo de los hechos. Diversificar el currículo, por ejemplo, si no se pone dinero en la escuela pública, acabará dando más oportunidades a quien más oportunidades tiene ya en la escuela privada. Decía Papagiannis ya hace unos cuantos años que muchas reformas educativas que se emprenden para favorecer a los más desfavorecidos el sistema las acaba convirtiendo en reformas que favorecen a los más favorecidos. Hay que pensar. En algunos centros se ponen en funcionamiento medidas que pretenden eliminar los conflictos. Se instalan cámaras, se aumentan las amenazas, se endurecen los castigos. Y, a veces, lo que se consigue es que los alumnos aprendan a delinquir de manera más subrepticia, a extorsionar sin que les sorprendan, a molestar sin ser descubiertos. La escuela no es una institución coercitiva sino educativa y en ella se ha de tratar de enseñar respeto a la dignidad de las personas. ¿Qué sucederá cuando no tengan vigilancia, amenazas y castigos? Hay que pensar. El tercer nivel de concreción será un caso concreto. En una familia que conozco el hijo robó en la casa una determinada cantidad de euros. La orientadora de su centro supo de su boca que la finalidad era comprar un móvil porque no tenía amigos y pensaba que el móvil podría servirle de gancho. Los padres, desconocedores de la causa del robo, le habían prohibido las salidas durante todo el trimestre. De ese modo habían agudizado la crisis de soledad y la angustia por sus malas comunicaciones con los pares. Hay que pensar. La mecánica de las decisiones nos puede dejar encerrados en nuestra buena voluntad y en nuestro análisis preliminar. La carencia de dudas, la instalación en la certidumbre, el orgullo que nos conduce a pensar que no podemos equivocarnos, nos impide interrogarnos sobre las consecuencias de nuestras acciones. ¿Hasta cuándo ha de durar el seguimiento de las decisiones? No hay un plazo exacto porque depende de la naturaleza de la misma, de la edad de los destinatarios, de las características del contexto, del valor de la experiencia anterior. Pero sí se puede decir que no basta una preocupación por la reacción inmediata. Hay que darle tiempo al tiempo. Las prisas son malas consejeras. De la misma manera que los efectos deseados no aparecen, a veces, de forma inmediata, tampoco lo hacen los efectos perversos, que permanecen ocultos bajo diversas inofensivas apariencias. Hay que pensar.

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