Quien tenga hijos o hijas de corta edad sabrá con cuánta insistencia se dirigen a los padres y a las madres, diciendo ante cualquiera de sus nuevas o ya conocidas habilidades: - Papá, mamá, mira lo que hago. Quien esté en un aula con niños y niñas, sabe con qué persistente asiduidad se dirigen al maestro o a la maestra para mostrarle la obra que con tanto empeño han concluido: - Seño, mira mi dibujo… Lo mismo digo respecto al comportamiento que quieren ofrecer como muestra de su esfuerzo, de su aplicación o de su obediencia: - Mamá, ¿has visto lo bien que me he portado? Y es que los niños y las niñas tienen necesidad del reconocimiento de los adultos. Necesitan el respaldo de quien tiene la autoridad de decir lo que está bien y lo que está mal y el elogio por el esfuerzo realizado o el reproche por lo que han hecho. Ellos se miran en el espejo de nuestros ojos y en la sonrisa o el reproche que merece lo que han conseguido. Sin esa retroalimentación, sin ese eco de atención su esfuerzo les parece baldío. Hace unos días, mi hija Carla, cinco años, se echó a llorar desesperadamente porque yo no le había prestado atención mientras se tiraba de cabeza en la piscina. Ella quería que su papá fuese testigo de los avances que estaba realizando. Sin ese reconocimiento, sin esa mirada, sin esa presencia, el éxito no se producía. Cuando le pregunté por qué lloraba, me lo explicó de forma clara y terminante: - Porque tú no me mirabas, porque tú no me mirabas… Los niños y las niñas necesitan de nuestra presencia, de nuestra valoración, de nuestra aprobación. Necesitan que alguien que les quiere, los mire y reconozca sus avances, sus esfuerzos, sus intentos de mejora. Porque quieren superarse constantemente. Nos distraen de esa mirada atenta y de esa atención amorosa muchas ocupaciones, muchas preocupaciones, muchos intereses, muchas personas a primera vista más importantes que esos pequeños, a veces minúsculos progresos. Parece que las cosas de los niños y de las niñas son siempre cosas sin importancia. A nuestros ojos de adultos lo que ellos hacen puede ser irrelevante, pero para ellos es toda su vida, es todo lo que tienen, todo lo que son. No hay nada más importante que ese reconocimiento, que esa felicitación, que esa sonrisa. “La sonrisa es una línea curva que lo endereza todo”, dice Phillis Diller. Esa actitud amorosa del adulto es sumamente importante para los niños y las niñas. Esa postura atenta a las pequeñas cosas, a los diminutos avances es lo que necesitan para crecer. ¿Por qué estorban tanto los niños a ciertos adultos? - Vete a ver la televisión… - ¿Por qué no vas a tu cuarto a jugar? - Busca a tu hermano y juega con él - Ha llamado tu tío para llevarte al cine ¡Uf, qué respiro! Algunos padres consideran muy largas las vacaciones. Les resulta agotador estar constantemente pendientes de sus pequeños sin caer en la cuenta de que necesitan esa mirada solícita, esa preocupación cercana. Ya sé que no se puede leer, que no se puede conversar, que no se puede dormir la siesta, que no se puede tomar tranquilamente el sol. Pero ellos necesitan sentirse mirados como las plantas necesitan la luz del sol. De esa manera se sienten importantes, se sienten únicos, se sienten queridos. - Papá, mira lo que hago… Es una demandan de atención y de reconocimiento. Muchas veces rompe nuestra comodidad, nuestro egoísmo, nuestros intereses de adultos, pero alimenta la construcción de una identidad sana y equilibrada. Esa actitud cuidadosa, sensible, cercana y generosa no sólo beneficiará a los niños y a las niñas sino que nos hará a nosotros mejores personas. Porque no es igual practicar el egoísmo que la generosidad, la responsabilidad que el abandono, la dureza que la sensibilidad, la ternura que a violencia, la alegría que la tristeza… He leído esta hermosa historia en el libro de Isha “¿Por qué caminar si puedes volar?” . Un chico corre al encuentro de su abuelo y le dice: - Abuelo, abuelo, ¿cuál es el secreto de la vida? En la boca arrugada del anciano se dibuja una sonrisa mientras responde: Mi niño, dentro de todos nosotros es como si hubiese dos lobos luchando. Uno está enfocado en proteger su territorio, en la rabia, la crítica y el resentimiento; es miedoso y controlador. El otro está enfocado en el amor, la alegría y la paz; es travieso y está lleno de aventuras. Pero abuelo, exclamó el niño con sus ojos muy abiertos de curiosidad, ¿cuál de ellos es el que va a ganar? El anciano le responde: - El que tú alimentes. Ahí está la clave. Lo vemos en estas fechas de vacaciones. Hay personas que se hartan de los niños, que los soportan como si fueran una tortura, que están deseando que empiece el colegio para librarse de ellos. Otras personas, sin embargo, disfrutan de los niños, juegan con ellos, los tienen en la presencia de su mirada y en el afecto de la compañía. Y, puestos a hacer confidencias, diré que tengo una suegra que se encuentra entre este segundo tipo de personas. Demuestra esa magnífica actitud la expresión que utiliza después de una tarde en compañía de su nieta: - ¡Lo que he disfrutado de la niña esta tarde! Eso es. Esa es la actitud que hace crecer y la que permite disfrutar. Y no la de quien se pasa rabiando y despotricando del permanente ajetreo, de la incesante movilidad y de la inacabable demanda de atención de los niños y de las niñas. Porque ellos necesitan nuestra mirada amorosa y nuestra exigente atención. Ellos necesitan, para crecer y alimentar su personalidad, la conciencia de que son importantes para alguien, de que lo que ellos hacen merece la atención de quien les quiere.
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Papá, mira lo que hago
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