He visto un documental conmovedor sobre un grupo de mujeres que han sufrido los horrores del terrorismo. Está dirigido por Begoña Atin y Montse Ibáñez. Tenían que ser mujeres también. Sólo desde su sensibilidad se puede entrar con ese tacto y con esa profundidad en el corazón de quien sufre. El documental lleva el significativo título que he querido utilizar para encabezar estas líneas. Es un buen título. Porque estas mujeres, cuya vida fue destruida de forma súbita, injusta y cruel, están reconstruyendo sus historias personales sobre los escombros psicológicos en los que se convirtieron. Hace falta coraje. Hace falta constancia. Hace falta mucho esfuerzo para salir a flote de un inmenso mar de lágrimas. Quiero comenzar felicitando a quienes han tenido esta hermosa iniciativa de rescatar del silencio el dolor insondable de estas mujeres. Porque un atentado terrorista tiene sólo presencia en los medios unos días. Y, a veces, ni eso. Una escueta noticia a la que ya estamos habituados y que sólo nos ocupa unos momentos de atención. Pero la vida de quien ha perdido al marido, al padre, al hermano, al hijo…sigue, desde ese momento, inmersa en el dolor, en la angustia, en el miedo y en la rabia. ¿Cómo se sale de ese pozo oscuro, profundo, asfixiante en el que la sinrazón ha arrojado a esas heroicas mujeres? El documental, técnicamente impecable en cuanto al montaje, la planificación, las angulaciones, los movimientos de cámara, la música, los tiempos y el guión, nos mete de lleno, desde las primeras imágenes, en ese mundo terrible de las secuelas de los atentados para aquellas personas que reciben la noticia, que la asumen y que tienen que seguir viviendo, con ese indescriptible dolor, con esa terrible y definitiva ausencia. El documental deja claro quiénes son las protagonistas: esas mujeres que luchan, que amasan con sufrimiento la superación, que ofrecen sus testimonios doloridos y serenos, que lloran a veces cuando hablan. Los protagonistas de este interesante documental no son los asesinos de ETA, ni los políticos que combaten el terrorismo de una forma u otra, ni los técnicos que filman, ni las directoras que elaboran y desarrollan el guión técnico… Las protagonistas son estas mujeres que han sufrido el golpe brutal de un atentado y que, durante años –día a día, noche a noche- van reconstruyendo sus vidas con un inmenso dolor en el corazón. Me he imaginado durante el documental, cómo podría contemplar esas imágenes tan contundentes los asesinos que han matado, que están pensando en matar o quienes apoyan y alientan a los que matan. Y me he preguntado por los caminos que recorre el ser humano para llegar a un grado de envilecimiento y de locura semejantes. Me ha sorprendido que no aparezca un sentimiento que, desde que apreté el botón del play me asaltaba sin cesar. ¿Por qué estas muertes? ¿Por qué y para qué estos atentados? Cuando una enfermedad, un accidente o incluso un suicidio, nos arrebatan a un ser querido, nos cuesta un triunfo superar la ausencia. A la muerte, como al sol, no se les puede mirar de frente. Pero cuando esa muerte ha sido el fruto de una decisión deliberada, planificada y ejecutada a sangre fría por un semejante sobre una víctima inocente, imagino que el dolor y la desesperación es aún mayor. Las mujeres, de diversas edades y condiciones, van desgranando sus ideas y sentimientos de una manera que parece espontánea y que sin duda es sincera. Esas imágenes tienen detrás un intenso trabajo, una idea directriz y una planificación exigente. Explorar el mundo de los sentimientos es tan importante como difícil. Porque estamos más acostumbrados a decir lo que pensamos que a expresar lo que sentimos. Una de las manifestantes dice que lo más horrible es que haya niños y niñas afectados por esa brutalidad incomprensible. ¿Cómo se le puede arrebatar a un niño o a una niña a su padre para siempre? ¿Qué maldita causa merece un tributo de tal magnitud? Una de las primeras reacciones que varias manifestantes expresan, al recibir la noticia que cambiará sus vidas, es la de incredulidad: “no me lo podía creer”, “no puede ser”, “no me cabía en la cabeza”, “mi vida no me importaba”, “esto es una pesadilla y cuando despierte habrá pasado”… Es lógico. Cuesta recuperarse de ese mazazo, de ese golpe brutal que detiene súbitamente la vida. Y luego viene esa desgana por vivir, esa falta de energía para encontrar sentido a las cosas, esa difícil para hacerle frente a la vida: “estaba acobardada”, “nos paralizó por completo”, “no quise seguir adelante”, “el sofá es mi vida”, “casi no hablábamos”, “todo se vuelve oscuro”, “vives de forma mecánica”, “te falta aire”… Cuántas lágrimas. Cuánto dolor. Cuánta ausencia. Al ver las imágenes puedes entender cómo esas personas han visto marcadas sus vidas por la tragedia. Hay un antes y un después del atentado. Hay una vida plena antes y una vida en construcción después. Los materiales están hechos de sufrimientos y la argamasa está hecha de lágrimas. Y algunas veces de terapias, de antidepresivos, de somníferos. Y vas viendo cómo lentamente, esforzadamente van edificando la vida: “ya puedo acercarme al centro”, “te caes de bruces y te levantas”, “tienes que seguir”… Lo dice magníficamente Victoria Campo recitando un poema con el que se cierra el documental: “Puedes llorar/ porque se ha ido/ o puedes reír porque ha vivido”. Con estas líneas quiero rendir un sencillo y humilde homenaje a estas mujeres que han recibido el zarpazo irracional del terrorismo y que se esfuerzan con paciencia y coraje ilimitados en reconstruir las vidas que les fueron arrebatadas. Gracias por vuestro ejemplo. Y suerte sin límites. La que un día se os negó tan cruelmente.
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Mujeres en construcción
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