Una persona desaprensiva, dice el diccionario de la RAE, es aquella que actúa sin atenerse a las reglas o sin miramiento hacia los demás. Hay gente que va por la vida con una desenvoltura tremenda. Piensan en sí mismos y funcionan como si su ombligo fuera el centro del universo. Todo se les debe y ellos nunca se ven obligados a corresponder. Entienden que los demás han nacido para estar a su servicio. Así se comportan. No es que pidan, es que exigen. Sus parejas, sus amigos, sus colegas e, incluso, los extraños, están ahí para rendirles pleitesía. Me hacía pensar en ellos una historia que me han contado hace unos días. Un borracho llama a las tres de la mañana a un domicilio particular. Se levanta somnoliento el dueño de la casa, alarmado por lo intempestivo de la hora y por lo insistente de la llamada. Abre la puerta y se encuentra con un individuo que, con no muy buenas maneras le dice: - ¿Quiere usted empujarme? La respuesta no se hace esperar: - Déjeme en paz. ¿Cómo se le ocurre molestarme a estas horas? Me levanto a las cinco de la mañana para ir a trabajar. Busque a otra persona que le ayude. Cierra la puerta de inmediato y se va a la cama con la intención de aprovechar las pocas horas que le quedan de descanso. Pero no puede conciliar el sueño. Le remuerde la conciencia. ¿Y si le pasa algo? ¿Y si por mi culpa tiene un accidente con el coche? ¿Y si no encuentra a nadie que le ayude? Se levanta, se viste y baja a la calle. No ve a nadie. Levanta un poco la voz para preguntar: - ¿Está por ahí la persona que necesita ayuda? ¿Todavía necesita que alguien le empuje? - Un poco más allá surge la voz del borracho diciendo, en medio de la noche, a grito limpio: - Sí, aquí, en el columpio. Es el colmo de la caradura, de la tomadura de pelo, de la desfachatez. Levántese, que necesito que alguien me haga cobrar impulso en el columpio. Desconsideración, caradura, desfachatez. Desaprensión. ¿No conocen el lector o la lectora a personas de este tipo? Podríamos encontrar ejemplos en todos ámbitos de la vida. En el ámbito laboral todo el mundo conoce a personas que tienen como ley suprema la del mínimo esfuerzo. Los demás tienen que hacer lo suyo, tienen que responsabilizarse de aquello que les compete. Claro que a la hora de cobrar son los primeros que ponen la mano. Son también los que más protestan cuando en el reparto les corresponde una carga como la de los demás. Ellos se consideran caso aparte. Se consideran acreedores de privilegios y prebendas. Por una sencilla razón: por ser quienes son. En el ámbito familiar se distinguen por la actitud de servicio que le reclaman a los demás. Ellos están para ser servidos, no para servir. Dejan la ropa tirada por todas partes, se sientan a la mesa cuando ya está puesta y la comida servida, se levantan de la mesa sin recoger ni un plato, nunca se preguntan cuánto se paga por la luz o por el agua. La casa es su Hotel y los gastos no saben a cargo de quién corren. En el ámbito ciudadano los ejemplos se multiplican. No hace falta pensar mucho para encontrarse con actitudes y comportamientos de personas desaprensivas. El conductor del coche que se para en medio de la calle y entabla una conversación con un amigo o conocido sin importarle lo más mínimo los bocinazos de los impacientes conductores que esperan el final de su parsimoniosa conversación. Al terminar no sólo no pide disculpas sino que hace un corte de mangas a quienes le han increpado por su cara dura. El que llega a un fila y pretende colarse, sin importarle las miradas desaprobatorias o las frases disuasorias de quien han llegado antes que él. El que tira una lata de refresco con toda la desconsideración del mundo, sin importarle las advertencias de quien le dice que eso no se debe hacer, que alguien deberá recogerla. El que aparca tranquilamente en una zona reservada para minusválidos haciendo caso omiso de las señales que claramente indican la prohibición. ¿Qué solución tienen estas personas? Porque el problema fundamental en el que se asienta su comportamiento es que lo que les suceda a los demás les importa un comino. Lo que les dicen los demás les trae al pairo y ni se plantean las consecuencias que tengan sus actuaciones. El que venga detrás, que arree. Hace poco vi una colilla que estaba empezando a quemar la hierba seca que había a su alrededor. Y me dije: ¿Qué habrá pensado quien la ha tirado al suelo estando encendida? ¿O ni siquiera ha pensado? ¿O ha pensado que si provoca el incendio él se encontrará lejos de allí? La solución a esas formas incívicas y egoístas es una auténtica educación asentada en valores. Una educación que enseñe a convivir, que enseñe responsabilidad, que ponga límites y que recuerde de forma eficaz que no sólo tenemos derechos sino que éstos tienen sus correlativas obligaciones y deberes. No podemos vivir en una sociedad justa si cada uno va a lo suyo, si se impone la ley del más fuerte, es decir la ley de la selva. O si ignoramos que tenemos unas obligaciones que cumplir como ciudadanos y ciudadanas responsables. No basta imponer sanciones porque si todo se cifra en la sanción las personas pueden optar por saltarse la ley o burlarse del prójimo cuando no sean sorprendidos por quien vigila o sanciona. La base de la convivencia es el respeto, no el temor. Es el reconocimiento de la dignidad de las personas, no el temor a los castigos. Y la educación no se desarrolla sólo en la familia, ni sólo en la escuela. La educación es una responsabilidad de toda la sociedad. Es bueno recordar, una vez más, el sabio proverbio africano: Hace falta un pueblo entero para educar a un niño o a una niña.
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Los desaprensivos
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